Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Fate of Magic - Capítulo 36

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Fate of Magic
  4. Capítulo 36 - 36 Dementor
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

36: Dementor 36: Dementor El taxi atravesaba las calles de Londres bajo un cielo gris y amenazante, como si el mismo clima quisiera reflejar el estado de ánimo de su único pasajero.

Gudao Roberts iba sentado en el asiento trasero, su mochila negra a su lado, la túnica de Slytherin cuidadosamente doblada sobre sus piernas.

A través de la ventanilla, veía desfilar los edificios grises, los semáforos cambiando de color, la vida muggle continuando indiferente a los secretos que se ocultaban tras las paredes de ladrillo y los andenes invisibles.

Pero su mente no estaba en el paisaje urbano.

Desde hacía tres días, el dorso de su mano izquierda había ardido con una intensidad incómoda.

No era un dolor insoportable, sino una quemazón persistente, como si alguien estuviera presionando un hierro caliente contra su piel a intervalos irregulares.

La primera vez que ocurrió, Gudao dejó lo que estaba haciendo—repasando un libro de teoría de encantamientos avanzados—y examinó la marca.

Las líneas plateadas de su contrato con Chaldea, ese tenue y casi imperceptible entramado que siempre había estado allí, parecían ligeramente más definidas, como si alguien hubiera repasado los trazos con tinta invisible.

Pero no había nada más.

Ninguna herida, ninguna ampolla, ningún cambio evidente.

Había cerrado los ojos y se había sumergido en su espacio mental, buscando a Edmond.

El Château d’If se alzaba ante él, sombrío y majestuoso.

Las olas imaginarias golpeaban sus muros con un rugido sordo.

En la celda más profunda, encontró al Avenger, de pie junto a la única ventana estrecha, observando un horizonte que no existía.

«Edmond», llamó, su proyección mental materializándose a su lado.

«¿Has sentido algo extraño?

En mi mano…

hay una molestia.» El Conde de Montecristo giró lentamente la cabeza.

Sus ojos, dos ascuas en la penumbra, escrutaron a Gudao con su intensidad habitual.

Tras un largo momento, negó con la cabeza.

«Nada, Maestro.

Mi existencia aquí es estable.

No percibo alteraciones en su psique ni en nuestro vínculo.

¿Quizás es una reacción alérgica a algo que haya comido?

¿O un eco residual del daño nervioso?» Gudao dudó.

La explicación de Edmond era lógica.

Los médicos muggles hablaban de dolores fantasma, de miembros amputados que seguían doliendo.

Sus nervios habían sido brutalmente torturados; era posible que su cuerpo, incluso curado por la lágrima de fénix, guardara algún recuerdo físico de esa agonía.

«Puede ser», concedió.

«Pero no puedo evitar sentir que es algo más.» Edmond sonrió, una sonrisa sin alegría.

«Confíe en sus instintos, Maestro.

Le han salvado la vida más veces de las que puede contar.

Pero no se obsesione.

Un guerrero que se preocupa por cada sombra termina siendo víctima de la primera luz cegadora.» La conversación no le había dado respuestas, solo una advertencia críptica.

Y ahora, en el taxi, el ardor había cesado por completo, como si nunca hubiera existido.

Eso, en lugar de aliviarlo, aumentó su inquietud.

Gudao apoyó la frente contra el cristal frío de la ventanilla.

El nerviosismo que sentía no era el miedo paralizante de un novato, sino esa tensión fría y calculadora que precedía a las batallas en las singularidades.

Era una alerta sutil, un cosquilleo en la base del cráneo, una sensación de que el universo estaba conteniendo el aliento.

La había sentido antes.

En el primer año, cuando Quirrell se acercaba sigilosamente a la piedra filosofal.

En el segundo año, cuando el Basiliscos reptaba por las tuberías, sus ojos amarillos buscando presas.

Era un radar interno forjado en años de combate, un sexto sentido que le susurraba: peligro cerca.

Pero esta vez era diferente.

El peligro no estaba cerca.

Estaba…

en algún lugar.

Acechando en el futuro, quizás.

O peor aún, ya presente pero invisible, esperando el momento de revelarse.

Sacudió la cabeza, apartando los pensamientos.

No podía luchar contra sombras.

Debía concentrarse en lo tangible: la amenaza inmediata de Sirius Black, el posible peligro para Harry, y su propia investigación del Santo Grial.

Esa era su prioridad.

Lo demás…

ya se manifestaría cuando tuviera que hacerlo.

El taxi se detuvo frente a la imponente fachada de la estación King’s Cross.

Gudao pagó al conductor—un hombre de mediana edad que lo miró con curiosidad al ver la túnica, pero que, educado, no hizo comentarios—y bajó.

El bullicio de la estación lo envolvió: pasos apresurados, anuncios por megafonía, el chirriar de maletas sobre el suelo de piedra.

Se mezcló con la multitud, un joven más entre cientos, aunque su vestimenta y su expresión reservada lo delataban como diferente.

Llegó al pilar que separaba los andenes 9 y 10.

Miró a su alrededor.

Nadie lo observaba con atención.

Con la naturalidad de quien ha realizado el gesto cientos de veces, se apoyó en la barrera de ladrillo y la atravesó.

El mundo cambió.

El ruido de los trenes muggles se desvaneció, reemplazado por el resoplido majestuoso de una locomotora escarlata.

El Expreso de Hogwarts se alzaba ante él, su chimenea vomitando nubes de vapor blanco que olían a carbón y magia.

En el andén 9¾, las familias se despedían, los estudiantes cargaban sus maletas, las lechuzas ululaban en sus jaulas y los gatos maullaban dentro de sus transportines.

Era un caos organizado, familiar y reconfortante.

Gudao sonrió levemente.

Había llegado temprano, como siempre.

Los primeros minutos en el andén eran los mejores: podía observar sin ser observado, respirar el ambiente sin el agobio de las multitudes.

Se sentó en uno de los bancos de hierro forjado cercanos a la entrada, colocó su mochila a su lado, y se permitió un momento de tregua.

Miraba a los estudiantes de los primeros cursos, con sus túnicas nuevas y sus ojos brillantes de emoción.

Recordó su propio primer año, la confusión, el descubrimiento, la sensación abrumadora de haber caído en un mundo que no entendía del todo pero que, de alguna manera, le resultaba extrañamente familiar.

Ahora, dos años después, seguía siendo un extranjero, pero al menos había aprendido a navegar las corrientes.

Su mente volvió a Harry.

El chico de Gryffindor, el Niño que Vivió.

Su reciente amigo, si es que se podía llamar así.

Desde sus cartas de verano, habían intercambiado varias misivas más.

Harry había mencionado, de manera vaga, que había tenido “problemas en casa” y que había pasado parte del verano en el Caldero Chorreante.

No había dado detalles, y Gudao no había preguntado.

Sabía lo que era tener una vida que no se quería compartir.

Pero la noticia de la fuga de Sirius Black lo había puesto en alerta máxima.

Un asesino convicto, seguidor de Voldemort, escapando de Azkaban y con un posible interés en Hogwarts…

y en Harry.

Las casualidades no existían.

Black tenía que tener algún vínculo con los Potter.

Gudao había pasado horas en el orfanato, durante el verano, leyendo viejos recortes del Profeta que había conseguido, tratando de armar el rompecabezas.

La historia era confusa: Black había sido el mejor amigo de James Potter, según algunos testimonios; según otros, era su asesino, el que había revelado su paradero a Voldemort.

¿Cómo podían coexistir esas dos versiones?

La respuesta, sospechaba, era más compleja y más oscura de lo que parecía.

No tenía suficiente información.

Necesitaba más.

Y necesitaba hablar con Harry, evaluar su estado, asegurarse de que el chico no estuviera caminando hacia una trampa sin saberlo.

Un silbido agudo lo sacó de sus cavilaciones.

Las puertas del tren se estaban abriendo.

El andén, que hasta hacía unos minutos estaba semivacío, ahora bullía de actividad.

Las familias se apresuraban, los abrazos se multiplicaban, los “no te olvides de escribir” flotaban en el aire.

Gudao se levantó, tomó su mochila, y se dirigió hacia el tren.

No quería subirse en los primeros vagones.

Sabía por experiencia que Daphne Greengrass y Draco Malfoy, en su infinita y predecible arrogancia, siempre ocupaban los compartimentos más cercanos a la locomotora.

“Para estar más cerca del frente”, había dicho una vez Daphne, como si viajar en un tren fuera una competición de estatus.

Era ridículo, pero también era útil: saber dónde no estar.

Caminó a lo largo del andén, pasando junto a ventanillas donde ya se asomaban caras conocidas y desconocidas.

Saludó con una leve inclinación de cabeza a algunos compañeros de Slytherin de cursos superiores, que le respondieron con indiferencia o curiosidad.

Llegó a los vagones finales, donde el gentío era menor.

Subió las escaleras metálicas y recorrió el estrecho pasillo, buscando un compartimento vacío.

Lo encontró casi al final: un espacio pequeño, con dos asientos enfrentados, las ventanillas empañadas por el vapor de la locomotora.

Perfecto.

Entró, lanzó su mochila a la red superior, y se dejó caer en el asiento junto a la ventana.

Sacó de su bolsillo un libro—Historia de la Magia Moderna, Tomo III: El Auge de los Magos Oscuros en el Siglo XX—y se sumergió en su lectura.

El tiempo pasó.

El ruido del exterior fue aumentando a medida que más estudiantes abordaban el tren.

Voces, risas, portazos.

Gudao leía, pero una parte de su mente permanecía alerta, escuchando los pasos que se acercaban y se alejaban por el pasillo, temiendo siempre que una voz familiar y petulante preguntara: “¿Está ocupado este asiento?” Pero los minutos siguieron pasando y nadie abrió la puerta de su compartimento.

Comenzaba a relajarse, pensando que tal vez, solo tal vez, tendría un viaje tranquilo y solitario, cuando un suave golpe resonó en la madera.

Gudao levantó la vista.

Su cuerpo se tensó instintivamente, preparado para la aparición de Daphne con su sonrisa de hielo y sus comentarios sobre la pureza de sangre.

Pero la puerta se deslizó y lo que apareció no fue la rubia de Slytherin.

Era una chica de su edad, tal vez un año menos.

Tenía el cabello rubio, casi blanco, largo y lacio, que le caía sobre los hombros.

Sus ojos eran grandes, de un azul pálido y acuoso, y miraban el mundo con una expresión que oscilaba entre la ensoñación y la observación aguda.

Llevaba puesta la túnica de Ravenclaw, pero de una manera un poco desaliñada, como si no le importara demasiado la pulcritud.

Su sonrisa era amplia y un poco inquietante, como si supiera algo que los demás no sabían.

“Hola”, dijo, su voz suave y flotante.

“¿Puedo sentarme aquí?

En los otros compartimentos…

no quieren que me siente con ellos.” Lo dijo con una sonrisa que no se alteró, como si el rechazo fuera un hecho tan natural como la lluvia.

Gudao la observó con atención.

En sus ojos, detrás de esa mirada soñadora, vio algo que reconocía al instante: dolor.

Un dolor profundo, acostumbrado, escondido tras una máscara de alegría excéntrica.

Era la misma mirada que había visto en su propio reflejo, en los primeros meses después de caer a este mundo.

La mirada de alguien que ha aprendido a sonreír mientras el mundo le dice que no pertenece.

“Claro”, dijo Gudao, cerrando su libro.

“Pasa.” La chica entró, arrastrando una maleta que parecía pesar el doble que ella.

Era enorme, de cuero marrón gastado, y tenía pegatinas de criaturas extrañas—unas parecían nabos con patas, otras eran algo así como caballos alados con trompa—que Gudao no reconoció.

Forcejeó para levantarla hacia la red superior, pero sus brazos delgados no tenían suficiente fuerza.

Gudao se levantó sin decir palabra, tomó la maleta con una facilidad que sorprendió incluso a la chica, y la colocó junto a su mochila.

Luego volvió a sentarse.

“Gracias”, dijo ella, sentándose frente a él.

Su sonrisa se había vuelto un poco más genuina.

“Eres muy amable.

La mayoría de la gente no lo es.” “Soy Gudao Roberts”, se presentó él, extendiendo la mano.

Ella la tomó.

Su mano era fría y pequeña, pero su apretón fue firme.

“Luna Lovegood.

Encantada de conocerte, Gudao.” Y entonces ocurrió.

En el momento en que sus manos se tocaron, Gudao vio los ojos de Luna cambiar.

Fue sutil, casi imperceptible.

Por un instante, sus pupilas se dilataron y un brillo tenue, como el reflejo de la luna en agua quieta, apareció en sus iris.

Luna lo miró fijamente, no a sus ojos, sino a través de ellos, como si estuviera leyendo algo escrito en las paredes de su alma.

Gudao sintió un escalofrío.

Conocía esa mirada.

La había visto en Circe, en Medusa, en ciertos Espíritus Heroicos con habilidades especiales.

Eran Ojos Místicos.

Una capacidad innata, rarísima incluso en el mundo mágico, para percibir lo que los ojos normales no podían.

Luna parpadeó, y el brillo desapareció.

Pero su expresión había cambiado.

La sonrisa flotante seguía allí, pero ahora había algo más: una curiosidad genuina, una atención que antes no estaba.

“Vaya”, dijo Luna, inclinando ligeramente la cabeza.

“Eres muy interesante, Gudao Roberts.” “¿Por qué lo dices?” preguntó él, manteniendo su voz neutra.

“Porque te rodean muchas cosas que no puede ver la gente normal”, respondió ella con naturalidad.

“Tienes mucho estrés.

Como si llevaras una armadura muy pesada.

También tienes tristeza.

Mucha tristeza, muy honda.

Como un pozo sin fondo.

Y luego…

hay algo más.” Frunció el ceño, intentando enfocar lo que veía.

“Una sombra.

Una sombra muy grande y muy fría que te rodea.

Pero no es mala.

Es…

protectora.

Como un perro muy grande que no deja que nadie se acerque a su dueño.” Hizo una pausa, y luego añadió: “Y también hay un brillo dorado.

Muy lejano.

Como una estrella que está muy, muy lejos, pero que sigue brillando.” Gudao se quedó sin palabras.

Todo lo que Luna había dicho era cierto.

El estrés de la guerra inminente que solo él presentía.

La tristeza por Chaldea, por Mash, por Romani, por todos los que había perdido.

La sombra protectora de Edmond Dantès.

Y el brillo lejano…

¿era su conexión con Chaldea?

¿El vínculo que aún lo unía a su hogar?

“¿Cómo…?” comenzó, pero se detuvo.

No sabía qué preguntar.

Luna sonrió, esa sonrisa enigmática que parecía saber más de lo que decía.

“Mi madre decía que yo veía cosas que otros no ven.

Los demás niños se burlaban.

Decían que estaba loca, que inventaba cosas.

Pero yo sé que lo que veo es real.

Solo que ellos no tienen los ojos para verlo.” Se encogió de hombros con despreocupación.

“Tú sí tienes ojos, Gudao.

Pero no para verte a ti mismo.

Para eso hace falta un espejo muy especial.” Gudao la observó largamente.

Esta chica, Luna Lovegood, era mucho más de lo que aparentaba.

Sus “ojos místicos” no eran un don menor; eran una herramienta de percepción de la realidad que podría ser increíblemente valiosa.

Pero también la hacían vulnerable.

En un mundo que no entendía lo que veía, era fácil etiquetarla como excéntrica o loca.

Él sabía lo que era eso.

“Gracias, Luna”, dijo finalmente.

“Por decirme lo que ves.

Es…

útil saberlo.” Ella asintió, como si fuera lo más natural del mundo.

Luego, sin transición, comenzó a hablar de otras cosas.

“Mi papá edita una revista, El Quisquilloso.

¿La conoces?

Habla de cosas que El Profeta no se atreve a publicar.

Como la existencia de los Snorkacks Cornudos, o la conspiración del Ministerio para ocultar que los duendes están construyendo un ejército subterráneo.

¿Tú crees que los duendes tienen un ejército subterráneo?” Gudao la escuchó con atención.

No interrumpió, no se burló.

Dejó que Luna hablara, que compartiera su mundo de criaturas imaginarias y teorías absurdas, porque entendía que para ella no eran absurdas.

Eran su forma de procesar una realidad que a menudo la rechazaba.

Pasaron así varios minutos, con Luna hablando animadamente y Gudao asintiendo, haciendo preguntas ocasionales que demostraban que realmente estaba escuchando.

Fue un interludio extrañamente pacífico, un oasis de normalidad en medio de la tensión que lo envolvía.

La paz se rompió con otro golpe en la puerta.

Esta vez, cuando la puerta se abrió, apareció un chico regordete y de aspecto nervioso, con el rostro redondo y el cabello castaño claro.

Llevaba la túnica de Gryffindor y una rana de chocolate en la mano, a la que miraba con una mezcla de cariño y aprensión.

“¿Puedo…?” comenzó Neville Longbottom, y luego reconoció a Gudao.

Sus ojos se abrieron como platos.

“¡Roberts!

Eh…

quiero decir…

¿puedo sentarme aquí?

Los otros compartimentos están llenos y…” Su mirada se desvió hacia Luna, que lo observaba con su sonrisa flotante.

“Y…

eh…” “Pasa, Neville”, dijo Gudao, con un tono mucho más cálido del que usaba con la mayoría de la gente.

Neville era otro de los que había sufrido bajo el peso de las expectativas y las burlas.

Merecía un poco de amabilidad.

Neville entró, aliviado, y se sentó junto a Luna.

Colocó su rana de chocolate en la mesita junto a la ventana, donde el animal de caramelo intentó torpemente escalar el cristal antes de ser aplastado por Neville, que se había olvidado de él.

“¿Te gustan las ranas de chocolate?” preguntó Luna, con genuino interés.

“Eh…

sí, supongo”, dijo Neville, sonrojándose ligeramente.

“Mi abuela dice que son una pérdida de tiempo, pero a mí me gustan las láminas de los magos famosos.

Las colecciono.” “Yo también”, dijo Luna.

“Mi favorita es la de Alberto Grunnion, el que inventó el champú para el copot.

Dicen que su fórmula era tan poderosa que una vez, por error, le creció una planta carnívora en la cabeza.” Neville la miró desconcertado, pero Gudao notó que no se estaba burlando.

Luna hablaba en serio.

O al menos, su versión de la seriedad.

El tren comenzó a moverse, con un silbido largo y un traqueteo suave.

Las casas de Londres comenzaron a desfilar por la ventana, cada vez más rápidas, hasta que la ciudad se desvaneció y dio paso al campo verde.

Gudao observó el paisaje, dejando que Neville y Luna trabaran una conversación extraña pero extrañamente armoniosa sobre criaturas mágicas, plantas carnívoras y las excentricidades de la abuela de Neville.

De vez en cuando, veía pasar por el pasillo a otros estudiantes.

En un momento, vio a Harry, Ron y Hermione caminando hacia la parte trasera del tren, buscando un compartimento vacío.

Harry lo saludó con una pequeña sonrisa y un movimiento de cabeza.

Gudao respondió de igual manera.

No era el momento de hablar; ya se encontrarían en Hogwarts.

El tren siguió su curso, adentrándose en la campiña inglesa.

Las nubes grises del exterior se habían despejado, dejando paso a un cielo azul pálido.

El compartimento se llenó de una luz suave y cálida.

Luna había sacado una revista—El Quisquilloso, por supuesto—y se la mostraba a Neville, señalando artículos sobre “La invasión silenciosa de los espectros de la leche” y “Cómo detectar si tu vecino es un cambiaformas”.

Neville, para su propio asombro, parecía genuinamente interesado.

Gudao sonrió para sus adentros.

Tal vez este año no sería tan malo después de todo.

Tenía aliados, aunque fueran inusuales.

Tenía un plan, aunque fuera vago.

Tenía a Edmond, aunque fuera solo en su mente.

Tal vez…

El tren se detuvo.

No fue un frenazo gradual, como cuando se acercaba a una estación.

Fue una parada brusca, violenta, que hizo que los objetos en la red superior se tambalearan y que Neville casi cayera de su asiento.

Las luces del compartimento parpadearon una, dos, tres veces…

y luego se apagaron por completo.

La oscuridad era total, espesa, como si alguien hubiera absorbido toda la luz del mundo.

Y luego llegó el frío.

No era el frío normal de una noche de otoño.

Era un frío que calaba los huesos, que helaba la sangre en las venas, que robaba el aliento de los pulmones.

Un frío que no era físico, sino espiritual.

Un frío que olía a desesperación, a tristeza infinita, a muerte.

Gudao se puso en pie de un salto, su cuerpo reaccionando antes que su mente.

Su mano fue instintivamente a su varita, pero no la sacó.

No sabía a qué se enfrentaba.

Junto a él, Neville temblaba, sus dientes castañeteando.

Luna había dejado de sonreír.

Por primera vez, su expresión era seria, sus ojos muy abiertos, fijos en la puerta del compartimento.

A través de la madera, comenzó a filtrarse una presencia.

Era una sensación horrible, indescriptible.

Como si mil voces susurraran al mismo tiempo, contando historias de pérdida y desesperanza.

Como si una mano helada acariciara la nuca, prometiendo un olvido eterno.

Como si el mundo entero se estuviera desvaneciendo, dejando solo un vacío negro y frío.

La puerta del compartimento se abrió lentamente, sin que nadie la tocara.

Lo que apareció en el umbral era una pesadilla hecha carne.

Una figura alta, cubierta por una túnica negra y harapienta que colgaba como si estuviera eternamente mojada.

No tenía rostro, solo una capucha vacía, y de donde deberían estar sus ojos, solo había oscuridad.

Sus manos, largas y descarnadas, de dedos como garras, emergían de las mangas, listas para agarrar, para succionar.

Un Dementor.

Gudao lo reconoció al instante por las descripciones de los libros.

Eran los guardianes de Azkaban, criaturas que se alimentaban de la felicidad, que obligaban a las víctimas a revivir sus peores recuerdos.

¿Pero qué hacían aquí?

¿En el Expreso de Hogwarts?

El dementor se inclinó, introduciendo su capucha en el compartimento.

Primero miró a Neville.

El chico emitió un gemido ahogado y se desplomó, inconsciente, sobre el asiento.

Luego se volvió hacia Luna.

Ella mantuvo su mirada, pero su sonrisa se había vuelto tensa, forzada, y sus manos aferraban la revista con tanta fuerza que el papel crujía.

Finalmente, la criatura se giró hacia Gudao.

Y se detuvo.

Durante un largo momento, el dementor lo observó.

No tenía ojos, pero Gudao sintió su mirada como un peso físico, como si algo estuviera escudriñando cada rincón de su alma.

Y entonces, el ataque comenzó.

No fue físico.

Gudao sintió que algo dentro de él era jalado.

No su cuerpo, no su magia, sino algo más profundo, más esencial.

Sus recuerdos, sus emociones, su mismísima esencia comenzaron a ser succionados hacia esa criatura de pesadilla.

Y con ellos, vinieron los recuerdos.

Estaba en Chaldea.

Las alarmas sonaban.

Las pantallas mostraban la incineración de la historia humana.

Mash estaba a su lado, con su escudo levantado, pero en sus ojos había miedo.

Un miedo que él no podía consolar.

Estaba en el Templo del Tiempo.

Goetia reía.

Su risa llenaba el vacío, un sonido terrible y triunfante.

Y Mash caía.

Mash caía lentamente, su escudo rompiéndose, su sonrisa dirigiéndose a él por última vez.

“Senpai…” Estaba solo.

Romani se había ido.

Da Vinci se había ido.

Todos se habían ido.

Las luces de Chaldea parpadeaban, y él estaba solo en el vacio, sin saber cómo seguir, sin saber por qué seguía.

La risa de Goetia resonó en su mente, no como un recuerdo, sino como una presencia real, aterradora, omnipresente.

El rostro del Rey Demonio se materializó ante sus ojos, burlón, cruel, celebrando la aniquilación de todo lo que él amaba.

Gudao no podía moverse.

No podía pensar.

Estaba atrapado en el momento más oscuro de su existencia, reviviéndolo una y otra vez.

La desesperación lo envolvía como un sudario.

¿Para qué luchar?

¿Para qué seguir?

Todo estaba perdido.

Todo había estado perdido desde el principio.

Y entonces, desde las profundidades de su ser, una voz rugió.

¡MAESTRO!

Edmond Dantès, el Conde de Montecristo, el Avenger, se materializó en el estrecho espacio del compartimento.

No era una invocación completa, ni siquiera una aparición física real.

Era una proyección de pura voluntad, alimentada por la furia y la protección.

Su silueta, envuelta en llamas negras, se interpuso entre Gudao y el dementor.

¡FUERA, ALIMAÑA!

bramó, y su voz era el eco de mil traiciones vengadas, de siglos de odio concentrado.

¡ESTA ALMA ME PERTENECE!

¡NO TE ATREVAS A TOCARLA!

Y con un movimiento que pareció desgarrar la realidad misma, Edmond extendió su brazo y un torrente de fuego negro—la manifestación de su Vengenza, de su propia naturaleza como Avenger—golpeó al dementor.

La criatura chilló.

Fue un sonido horrible, como el viento aullando a través de huesos rotos.

Retrocedió, tambaleándose, su forma etérea ondulando y desgarrada por el impacto.

El fuego negro no la quemaba como el fuego normal; la desgarraba, la disolvía, atacando su misma esencia de negatividad con una negatividad aún más antigua y más furiosa.

El dementor huyó.

Desapareció por el pasillo, su chillido desvaneciéndose en la distancia, llevándose consigo el frío y la oscuridad.

Las luces del tren parpadearon y volvieron a encenderse.

La calidez regresó lentamente al compartimento.

Edmond se volvió hacia Gudao.

Su expresión, normalmente estoica y burlona, era de preocupación genuina.

“Maestro”, dijo, agachándose junto a él.

“Maestro, ya pasó.

El peligro ha sido repelido.

Vuelva a mí.” Pero Gudao no respondía.

Sus ojos estaban abiertos, fijos en un punto que no existía.

Su cuerpo temblaba con pequeños espasmos.

Y en su mente, la risa de Goetia seguía resonando.

“Je…

je…

je…

¿Crees que puedes escapar, Master of Chaldea?

Tu sufrimiento es eterno.

Tu fracaso, inevitable.

La humanidad arderá, y tú arderás con ella.” Luna, que había permanecido consciente durante todo el ataque gracias a su naturaleza peculiar, observaba la escena con sus ojos místicos.

Veía algo que los demás no podían ver: la sombra protectora de Edmond, sí, pero también veía las cadenas oscuras que ataban a Gudao a algo terrible, algo que reía en las profundidades de su alma.

Veía la batalla que se libraba dentro de él, la lucha por no ahogarse en sus propias tinieblas.

Neville seguía inconsciente, ajeno a todo.

Edmond intentó tocar a Gudao, pero su mano etérea atravesó el hombro de su Maestro.

No tenía forma física, no podía intervenir más allá de lo que ya había hecho.

Solo podía observar, impotente, cómo su Maestro se hundía en las arenas movedizas de sus recuerdos.

“Maestro”, susurró, y por primera vez, el Vengador, el hombre que había jurado venganza contra el destino, sonó desesperado.

“Vuelva.

No se rinda.

No ahora.

Lo necesito.” Gudao no lo oía.

Estaba en otro lugar.

En otro tiempo.

En la cima de una torre que se desmoronaba, frente a un dios que reía, viendo cómo todo por lo que había luchado se desvanecía en luz.

Y la risa no cesaba.

Nunca cesaba.

Luna se acercó lentamente, con cautela, y se arrodilló frente a Gudao.

Sus ojos místicos brillaron con más intensidad, enfocándose no en su aura, sino en algo más profundo.

En el núcleo de su ser.

Allí donde residía su voluntad.

“Gudao”, dijo, con una voz que no era la suya habitual.

Era más grave, más resonante, como si hablara desde un lugar más antiguo.

“No estás solo.” No fue un hechizo.

No fue magia.

Fue una simple declaración, dicha con una convicción absoluta.

Y por un instante, la risa de Goetia se detuvo.

Gudao parpadeó.

Su mirada, perdida, comenzó a enfocarse lentamente en el rostro de Luna.

Vio sus ojos azules, su expresión seria pero no aterrada.

Vio a Edmond, su sombra protectora, de pie detrás de ella, observándolo con una mezcla de alivio y preocupación.

“Luna…” murmuró, su voz ronca.

“Estás aquí”, dijo ella, simplemente.

“En el tren.

Camino a Hogwarts.

Conmigo.

Con Neville.

Estás a salvo.” Gudao respiró hondo.

El aire llenó sus pulmones, y con él, volvió la realidad.

El compartimento.

La luz tenue.

El traqueteo del tren que se había reanudado.

Neville roncando suavemente en el asiento.

Luna frente a él, con su sonrisa enigmática pero ahora también con una calidez que no había estado antes.

“El dementor…” comenzó.

“Se fue”, dijo Luna.

“Tu sombra lo ahuyentó.” Miró hacia donde estaba Edmond, aunque no podía verlo, pero lo sentía.

“Es muy leal, ¿verdad?” Gudao asintió débilmente.

Miró a su alrededor.

Edmond había desaparecido de nuevo, replegado a las profundidades de su mente para conservar energía.

Pero su presencia seguía allí, como un faro en la oscuridad.

Se pasó una mano por el rostro, temblorosa.

Acababa de experimentar algo peor que la tortura física.

Había revivido el momento más oscuro de su vida, y lo había hecho sin la barrera de la distancia, sin el consuelo de saber que era un recuerdo.

Por un instante, había sido real otra vez.

Goetia había sido real otra vez.

Pero Luna tenía razón.

No estaba solo.

“Gracias”, dijo, mirándola a los ojos.

“Gracias, Luna.” Ella inclinó la cabeza, aceptando el agradecimiento con naturalidad.

“No hay de qué.

Para eso están los amigos, ¿no?” Amigos.

La palabra resonó en el silencio del compartimento.

Gudao no había tenido muchos amigos en este mundo.

Tenía aliados, conocidos, compañeros de clase.

Pero amigos…

¿desde cuándo?

Desde Chaldea.

Desde Mash.

Desde Romani.

Y ahora, tal vez, comenzaba a tenerlos de nuevo.

Miró por la ventana.

El tren continuaba su marcha, atravesando campos verdes y pequeñas estaciones.

El cielo seguía gris, pero ya no amenazante.

El peligro había pasado.

Por ahora.

Pero en su mente, una pregunta persistía: ¿por qué el dementor se había detenido tanto tiempo frente a él?

¿Qué había visto en su alma que lo había fascinado?

¿Y qué significaba esa conexión con Goetia que seguía atormentándolo incluso aquí, en este mundo lejano?

No tenía respuestas.

Solo más preguntas.

Más sombras acechando en los bordes de su percepción.

El tren se acercaba a Hogsmeade.

El año escolar comenzaba.

Y Gudao Roberts, el Comandante de Chaldea, el Master de la Humanidad, se preparaba para enfrentar un nuevo curso en Hogwarts, cargado con el peso de sus recuerdos, la protección de un Vengador, y la amistad inesperada de una chica que veía más allá de lo visible.

La guerra por el Santo Grial aún no había comenzado.

Pero las piezas se estaban moviendo en el tablero.

Y él, sin saberlo, era una de las más importantes.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo