Fate of Magic - Capítulo 37
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37: Inicio del tercer año 37: Inicio del tercer año El compartimento estaba en silencio.
El único sonido era el traqueteo rítmico de las ruedas sobre los rieles y la respiración profunda de Neville, que seguía inconsciente en su asiento.
Luna observaba a Gudao con sus grandes ojos azules, una expresión de calma curiosidad en su rostro, como si lo que acababa de presenciar—un ataque de dementor, la aparición de una sombra protectora, y el colapso emocional de su nuevo amigo—fuera simplemente otro dato interesante para añadir a su colección de rarezas del mundo.
Gudao, por su parte, intentaba recuperar la compostura.
Su corazón aún latía con fuerza, y las imágenes de Goetia, de Mash cayendo, de Chaldea desmoronándose, seguían bailando en los bordes de su conciencia.
Pero la presencia de Luna, su mirada serena y sus palabras simples pero poderosas—No estás solo—actuaban como un ancla, impidiendo que la corriente de desesperación lo arrastrara de nuevo.
Respiró hondo varias veces, intentando regular su pulso.
La técnica de respiración que Romani le había enseñado en los primeros días en Chaldea, cuando el estrés de las singularidades amenazaba con abrumarlo.
Inhalar contando cuatro.
Retener contando cuatro.
Exhalar contando cuatro.
Repetir.
Poco a poco, la niebla en su mente comenzó a disiparse.
Fue entonces cuando unos pasos firmes se acercaron por el pasillo y se detuvieron frente a la puerta abierta de su compartimento.
Una figura alta y delgada apareció en el umbral, bloqueando parcialmente la tenue luz del pasillo que se había restablecido.
Era un hombre de aspecto cansado pero amable.
Tendría unos treinta y tantos años, vestía una túnica gastada y remendada en varios lugares, y su cabello castaño claro estaba entremezclado con canas prematuras.
Su rostro, marcado por profundas arrugas de preocupación o sufrimiento, tenía una expresión de genuina preocupación.
Sostenía en la mano una barra de chocolate envuelta en papel dorado.
“Hola”, dijo con voz suave, mirando alternativamente a Gudao y a Luna.
“Soy Remus Lupin.
Me han asignado como el nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.” Hizo una pausa, evaluando la situación.
“El conductor me informó que hubo un incidente con un dementor en este vagón.
¿Están todos bien?” Luna asintió con su sonrisa flotante.
“Neville se desmayó”, dijo, señalando al chico inconsciente.
“Y Gudao también tuvo problemas.
Su sombra tuvo que ahuyentar al dementor.” Lupin arqueó una ceja ante la mención de la “sombra”, pero no hizo comentarios.
En lugar de eso, se acercó a Gudao y se arrodilló frente a él para estar a su altura.
Sus ojos, de un marrón cálido pero con un brillo de inteligencia y tristeza, examinaron al chico de Slytherin con atención.
“¿Cómo te sientes?”, preguntó.
No era una pregunta retórica; era una pregunta genuina, de alguien que entendía lo que significaba enfrentarse a un dementor.
Gudao intentó responder, pero su voz salió ronca, apenas un susurro.
“He estado mejor.” Lupin asintió, como si esperara esa respuesta.
Rompió la barra de chocolate por la mitad y le ofreció un trozo.
“Toma.
Cómete esto.
El chocolate es un remedio simple pero efectivo contra los efectos de los dementores.
No cura el daño emocional, pero ayuda a restaurar el equilibrio.” Gudao tomó el chocolate con manos aún ligeramente temblorosas.
Lo miró un momento, dudando, pero luego dio un mordisco.
El efecto fue casi inmediato.
No fue mágico, no exactamente.
El chocolate no borró los recuerdos dolorosos ni silenció los ecos de la risa de Goetia.
Pero trajo consigo una sensación de calidez, de normalidad, de humanidad.
El sabor dulce y ligeramente amargo en su lengua fue un ancla en el presente, un recordatorio de que estaba aquí, en un tren, camino a Hogwarts, y no en aquella torre que se desmoronaba.
Su cuerpo, que había estado tenso como una cuerda de violín, comenzó a relajarse gradualmente.
“Gracias”, dijo, y esta vez su voz sonó más firme.
Lupin sonrió, una sonrisa cansada pero genuina.
“No hay de qué.
Los dementores son criaturas terribles.
No deberían estar en un tren lleno de estudiantes.” Suspiró, y por un momento su expresión se oscureció, como si recordara algo personal y doloroso.
“Pero el Ministerio tomó sus decisiones.
Nosotros solo podemos protegernos como podamos.” Se levantó y examinó a Neville, que empezaba a moverse y a emitir pequeños quejidos.
Le dio el otro trozo de chocolate y esperó a que el chico de Gryffindor recuperara la conciencia por completo.
Neville parpadeó, confundido, mirando a su alrededor como si no recordara dónde estaba.
“¿Qué…
qué pasó?”, preguntó, frotándose los ojos.
“Un dementor”, explicó Lupin con calma.
“Pero ya se fue.
Estás a salvo.
Come un poco de chocolate, te ayudará a sentirte mejor.” Neville obedeció, mordisqueando el chocolate con la expresión de alguien que todavía no entiende bien lo que ha ocurrido pero acepta que probablemente es mejor no preguntar demasiado.
Lupin se despidió con un gesto amable y continuó su recorrido por el tren, probablemente para verificar que no hubiera más estudiantes afectados.
Antes de irse, lanzó una última mirada a Gudao, una mirada que decía: Sé lo que es cargar con cosas pesadas.
Cuídate.
El tren reanudó su marcha, y el resto del viaje transcurrió sin más incidentes.
Luna volvió a su revista, Neville recuperó el color en sus mejillas y comenzó a hablar nerviosamente sobre lo que diría su abuela si se enteraba de que se había desmayado por un dementor, y Gudao permaneció en silencio, mirando por la ventana, procesando.
Pero su mente, aunque más calmada, no descansaba.
Había demasiadas preguntas sin respuesta.
¿Por qué los dementores estaban en el tren?
¿Era una medida de seguridad rutinaria por la fuga de Sirius Black, o había algo más?
¿Y por qué el dementor se había detenido tanto tiempo frente a él?
¿Qué había visto en su alma que lo había fascinado de esa manera?
No lo sabía.
Pero una cosa era cierta: este año no sería tranquilo.
Lo presentía en los huesos, en ese mismo instinto que le había advertido antes del peligro.
El Expreso de Hogwarts llegó a la estación de Hogsmeade cuando el sol ya se había ocultado tras las montañas, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y naranjas.
La noche caía sobre Escocia, fría y húmeda, anunciando la llegada del otoño.
Los estudiantes descendieron del tren en masa, un río de túnicas negras y voces emocionadas que se derramaba sobre el andén iluminado por antorchas mágicas.
Gudao bajó con su mochila al hombro, seguido de Luna, que caminaba con su característico aire de ensoñación, y Neville, que aún parecía un poco aturdido pero funcional.
“¿Vendréis en las barcas con nosotros?”, preguntó Neville, dirigiéndose principalmente a Luna, ya que Gudao, como Slytherin, iría en las carrozas tiradas por testrales que solo los que habían visto la muerte podían ver.
“Claro”, dijo Luna con una sonrisa.
Luego se volvió hacia Gudao.
“Nos vemos en el Gran Comedor, Gudao.
Cuídate.” “Tú también”, respondió él, y por un momento sus miradas se encontraron.
En los ojos de Luna, vio algo que no había visto antes: una comprensión profunda, una aceptación incondicional de todo lo que él era, incluyendo las sombras que lo rodeaban.
Era una mirada que no pedía explicaciones, que no juzgaba.
Solo decía: Te veo, y está bien.
Los alumnos de primer curso y los de Gryffindor, Hufflepuff y Ravenclaw se dirigieron hacia el lago, donde las barcas los esperaban para cruzar las aguas negras hasta el castillo iluminado.
Los de Slytherin, por su parte, se encaminaron hacia las carrozas.
Gudao subió a una de ellas junto a otros estudiantes de su casa.
Las carrozas, tiradas por caballos alados esqueléticos que solo unos pocos podían ver, se elevaron en el aire y recorrieron el corto trayecto hasta las puertas del castillo.
Desde arriba, Gudao contempló la silueta de Hogwarts recortada contra el cielo nocturno, sus torres y ventanas brillando con luz cálida.
Por un momento, a pesar de todo, sintió una punzada de algo parecido a la paz.
Pero esa paz se desvaneció en cuanto puso un pie en el castillo.
El Gran Comedor estaba, como siempre, deslumbrante.
Miles de velas flotaban sobre las cabezas de los estudiantes, reflejando su luz en la vajilla dorada y en el cielo encantado del techo, que mostraba un firmamento estrellado y despejado.
Las cuatro mesas largas estaban ya casi llenas, y el murmullo de cientos de conversaciones creaba un zumbido constante y reconfortante.
Gudao se dirigió a la mesa de Slytherin y encontró un asiento en un extremo, lo más alejado posible del centro donde solían congregarse Malfoy y su séquito.
Quería pasar desapercibido, observar, procesar la información que había recibido y, sobre todo, evitar interacciones innecesarias.
A su alrededor, sus compañeros de casa conversaban animadamente sobre las vacaciones, las nuevas asignaturas, y por supuesto, la fuga de Sirius Black.
Los rumores volaban: que Black era un mortífago fanático, que había jurado matar a Harry Potter, que los dementores lo buscarían por todo el país.
Gudao escuchaba en silencio, archivando cada dato, cada especulación.
La ceremonia de Selección comenzó.
Los niños de primer año, pálidos y temblorosos, desfilaron uno a uno ante el banco de profesores, y el Sombrero Seleccionador cantó su canción anual, una mezcla de sabiduría antigua y advertencias veladas sobre la unidad en tiempos de crisis.
Gudao intentó prestar atención, pero su mente divagaba, repasando una y otra vez el incidente en el tren, la reacción del dementor, la intervención de Edmond…
Fue entonces cuando escuchó la voz de Malfoy.
No la oyó directamente, porque la mesa de Gryffindor estaba al otro lado del Gran Comedor, separada por las mesas de Hufflepuff y Ravenclaw.
Pero el tono de Malfoy era lo suficientemente alto y petulante como para viajar por encima del murmullo general.
Gudao giró la cabeza ligeramente y vio a Draco inclinado hacia adelante, con esa sonrisa de suficiencia que tanto odiaba, lanzando pullas hacia la mesa de Gryffindor.
“…oí que te desmayaste, Potter”, decía Malfoy, su voz clara y cortante.
“¿Te encontrabas con el dementor?
¿O fue que te vio la cara y te dio miedo tu propio reflejo?” Algunos Slytherin rieron.
En la mesa de Gryffindor, Harry se puso rojo, y Ron hizo ademán de levantarse, pero Hermione lo sujetó del brazo, susurrándole algo con urgencia.
Gudao frunció el ceño.
Sabía que Harry había sufrido el ataque del dementor; lo había visto tambalearse en el tren justo antes de que los suyos lo auxiliaran.
La burla de Malfoy era cruel y predecible.
Pero no era su problema.
No ahora.
Tenía cosas más importantes en qué pensar.
O eso creía.
“Cállate, Malfoy”, dijo Harry, con la voz tensa.
“¿Cállarme?
Pero si solo estoy expresando mi preocupación”, replicó Draco, con fingida inocencia.
“Es peligroso tener a alguien tan…
frágil…
en nuestra escuela.
Quién sabe qué podría pasar si Black aparece de verdad.
Probablemente te desmayarías antes de que pudieras decir ‘expelliarmus’.” Más risas.
Gudao estaba a punto de ignorarlos y volver a sus pensamientos cuando sintió una presencia a su lado.
Demasiado cerca.
Demasiado familiar.
“Hablando de desmayos…” La voz de Daphne Greengrass era como seda helada.
Gudao giró la cabeza y la encontró de pie junto a su asiento, con Pansy Parkinson y Millicent Bulstrode flanqueándola como guardaespaldas mal entrenados.
Su sonrisa era la de una gata que ha visto un ratón indefenso.
“También oí que tú te desmayaste, Roberts”, dijo Daphne, con un tono de fingida preocupación que imitaba perfectamente el de Malfoy.
“Qué coincidencia.
El gran misterio de Slytherin, el chico que siempre va solo, el que parece tan fuerte…
resulta que se desmaya como un bebé cuando ve una sombra.” Pansy soltó una risita.
Millicent gruñó algo ininteligible.
Alrededor de Gudao, varios Slytherin que antes lo ignoraban ahora lo miraban con curiosidad o desdén.
Era como si Daphne hubiera dado la señal para que todos los que habían sentido envidia o desconfianza hacia él pudieran ahora atacarlo.
Gudao mantuvo su expresión impasible.
No les daría el placer de una reacción.
“Los dementores afectan a todos por igual, Greengrass.
O eso dicen.
Pero tú pareces saber mucho de ellos.
¿Has tenido encuentros cercanos?” Fue un contraataque sutil, una insinuación de que Daphne podría tener razones para conocer a los dementores que no quisiera revelar.
Ella enarcó una ceja, pero no picó el anzuelo.
“Qué gracioso”, dijo, con desdén.
“El sangre sucia intentando ser ingenioso.
No te preocupes, Roberts.
Guardaré tu secreto.
No todo el mundo necesita saber que el gran héroe de la Cámara de los Secretos es en realidad un blandengue que se derrilla ante la primera adversidad.” Gudao sintió el impulso de responder, de defenderse, pero se contuvo.
No valía la pena.
Daphne solo quería una reacción, cualquier reacción.
Ignorarla era la mejor arma.
Pero entonces, Malfoy, que había estado observando la escena desde lejos, hizo algo que llamó la atención de Gudao de una manera completamente diferente.
Draco levantó su mano derecha y, con un gesto que pretendía ser casual, se rozó el cuello.
Justo donde Gudao pudo ver, claramente, unas marcas negras en su piel.
Marcas que formaban un patrón complejo, casi como un tatuaje de runas.
Y luego, mirando directamente a Daphne, hizo un pequeño gesto de reconocimiento, como si estuviera señalando algo.
Daphne, sonriendo, levantó su propia mano izquierda y se apartó ligeramente la manga de la túnica, revelando en su muñeca unas finas líneas negras, como filigrana oscura, que Gudao no había notado antes.
El mundo se detuvo.
Gudao conocía esas marcas.
Las había visto en su propia mano, aunque las suyas eran diferentes—las suyas eran plateadas, entrelazadas con su contrato de Chaldea.
Pero la forma, la complejidad, la sensación de magia antigua y poderosa que emanaban…
no podía equivocarse.
Eran sellos de comando.
Los reconoció al instante.
Había pasado demasiado tiempo en Chaldea, había visto demasiados contratos de Master, para no identificar las marcas que designaban a un participante en una Guerra del Santo Grial.
Pero esas marcas no deberían existir aquí.
El Santo Grial de este mundo era un mito, una leyenda, un objeto que él estaba investigando, no algo que ya estuviera activo y designando Masters.
Y sin embargo, ahí estaban.
En Draco Malfoy.
En Daphne Greengrass.
Gudao sintió que un sudor frío le recorría la espalda.
Su mente, que momentos antes estaba lidiando con insultos infantiles, cambió de marcha a velocidad de combate.
Las piezas comenzaron a encajar en un patrón aterrador.
El ardor en su mano días atrás.
La sensación de que algo estaba mal, de que el peligro acechaba desde lejos.
La aparición de Edmond como respuesta a su invocación en la Cámara.
Y ahora esto.
El Santo Grial de este mundo no era un mito inactivo.
Estaba despertando.
Y ya estaba seleccionando a sus Masters.
Con un movimiento casi imperceptible, Gudao deslizó su mano izquierda bajo la mesa.
Con un susurro mental, aplicó un pequeño encantamiento de camuflaje sobre las marcas plateadas en su dorso.
No las ocultó por completo—eso habría requerido más magia y podría haber sido detectado—pero las hizo menos notorias, más difíciles de ver a simple vista.
Si alguien miraba de cerca, aún las vería, pero con un vistazo casual, parecerían simples vetas de la piel o sombras.
En su mente, la voz de Edmond resonó, tensa y alerta.
«Maestro…
¿es lo que creo?» «Sí», respondió Gudao mentalmente.
«Sellos de comando.
Malfoy y Greengrass son Masters.
O lo serán pronto.» Un silencio pesado en su espacio interior.
Luego, Edmond habló de nuevo, su tono grave como una campana fúnebre.
«Entonces la guerra ha comenzado.
O está a punto de comenzar.
Esto cambia todo, Maestro.» «Lo sé.» Gudao contó rápidamente.
Él mismo era un Master—lo había sido desde su invocación de Edmond, aunque entonces no lo había sabido.
Si él, Malfoy y Daphne eran tres, en una Guerra del Santo Grial estándar debería haber siete Masters en total.
Faltaban cuatro por identificar.
Cuatro personas en este mundo, probablemente en Hogwarts o cerca de él, que llevaban marcas similares en sus cuerpos.
Pero no sabía que eran diferentes.
Las marcas de Malfoy y Daphne eran negras.
Las suyas eran…
¿de qué color eran realmente?
Las marcas originales de Chaldea eran rojas, pero el Grial de este mundo las había “tocado”, integrado a su sistema.
¿Qué significaba eso?
¿Era él parte de su guerra?
Demasiadas preguntas, muy pocas respuestas.
A su alrededor, la burla de Daphne había perdido fuelle.
Sin una reacción, el ataque se volvía aburrido.
Ella y Pansy se alejaron finalmente, dejando a Gudao en paz, aunque las miradas de algunos Slytherin aún pesaban sobre él.
Él ni siquiera las notó.
Su mente estaba a años luz de allí, procesando, analizando, planificando.
La ceremonia de Selección concluyó.
Los nuevos alumnos de primer año, con sus casas asignadas, se unieron a sus respectivas mesas entre aplausos.
El bullicio aumentó cuando Dumbledore se puso en pie, su silueta alta y delgada proyectando una sombra imponente sobre la asamblea.
El Gran Comedor se fue silenciando gradualmente, todas las miradas fijas en el anciano director.
Dumbledore esperó a que el silencio fuera absoluto, y luego habló, su voz resonando con claridad en cada rincón de la sala.
“Bienvenidos, bienvenidos a un nuevo curso en Hogwarts”, comenzó, con una sonrisa benevolente.
“Tengo el placer de ver caras nuevas y, por supuesto, las familiares.
Tengo algunos anuncios que hacer, y como siempre, los haré con la brevedad que merecen, pues estoy seguro de que todos estáis deseando disfrutar del banquete.” Hizo una pausa, y su expresión se volvió más seria.
“Antes de nada, quiero presentar a nuestro nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, el señor Remus Lupin.” Un aplauso cortés, aunque no especialmente entusiasta, recorrió las mesas.
Lupin, sentado en la mesa de profesores, inclinó ligeramente la cabeza en agradecimiento.
“También me complace anunciar”, continuó Dumbledore, “que Rubeus Hagrid, nuestro querido guardián de caza y llaves, ha aceptado el puesto de profesor en la asignatura de Cuidado de Criaturas Mágicas.” Esta vez, el aplauso fue más cálido, especialmente de los estudiantes que conocían y apreciaban a Hagrid.
Desde la mesa de Gryffindor, Harry, Ron y Hermione aplaudían con entusiasmo.
Dumbledore levantó una mano, pidiendo silencio de nuevo.
Su rostro, que momentos antes mostraba una alegre expectación, se ensombreció perceptiblemente.
“Y ahora, debo abordar un asunto de gravedad”, dijo, y su voz perdió toda su calidez.
“Como sin duda habréis leído en El Profeta, o escuchado en vuestros viajes, el temido asesino Sirius Black ha escapado de la prisión de Azkaban.” Un murmullo de inquietud recorrió el comedor.
Los estudiantes más jóvenes se miraron con aprensión; los mayores, que conocían mejor la historia, guardaron un silencio tenso.
“El Ministerio de Magia ha tomado medidas extraordinarias para protegeros”, prosiguió Dumbledore.
“Como habréis notado, dementores de Azkaban patrullan los perímetros de la escuela.
Están aquí para localizar a Sirius Black, y su presencia es, desafortunadamente, una medida necesaria.” Hizo una pausa significativa, sus ojos azules recorriendo la asamblea con una intensidad que helaba la sangre.
“Pero debo ser absolutamente claro.
Los dementores no son criaturas con las que se pueda razonar.
No distinguen entre amigos y enemigos; se alimentan de las emociones positivas, de la felicidad, de la esperanza.
Si os acercáis a ellos, si les provocáis, sufriréis las consecuencias.
Por lo tanto, tengo la obligación de deciros: no os acerquéis a los dementores bajo ninguna circunstancia.
No intentéis enfrentaros a ellos.
Si sentís su presencia, apartaos.
Si os afectan, buscad ayuda inmediata.” El silencio era absoluto.
Incluso Malfoy había dejado de sonreír.
Dumbledore aguardó un momento, dejando que sus palabras calaran, y luego, como si un interruptor hubiera sido accionado, su expresión se suavizó y su voz recuperó la calidez.
“Dicho esto, os recuerdo que Hogwarts es vuestro hogar, y mientras estéis dentro de sus muros, estáis a salvo.
Ahora, ¡que comience el banquete!” Las mesas se llenaron al instante de montañas de comida: pollo asado, pasteles de carne, patatas asadas, verduras al vapor, jarras de calabaza y jarras de zumo de calabaza, y postres de todo tipo.
El murmullo de conversaciones se reanudó, pero esta vez con un tono diferente, más contenido, más nervioso.
Gudao apenas probó la comida.
Movía la comida en su plato mecánicamente, llevándose algún que otro bocado a la boca sin saborearlo.
Su mente estaba en otro lugar, procesando la nueva información.
Tres Masters confirmados.
Él mismo, con sus marcas camufladas.
Draco Malfoy, con marcas negras en el cuello.
Daphne Greengrass, con marcas negras en la muñeca izquierda.
Faltaban cuatro.
Pero mientras observaba a Dumbledore, que conversaba animadamente con Lupin en la mesa de profesores, una idea inquietante cruzó su mente.
Dumbledore no tenía marcas visibles, pero ¿y si las tenía ocultas?
¿Y si el director también era un Master?
No, improbable.
Dumbledore era demasiado poderoso, demasiado consciente.
Si tuviera sellos de comando, probablemente ya sabría lo que significaban y estaría tomando medidas.
Pero entonces, ¿quiénes eran los otros?
¿Estaban en Hogwarts?
¿Entre los profesores?
¿Entre los estudiantes?
¿Y qué pasaba con Harry?
El chico de Gryffindor tenía una conexión con Voldemort, con la profecía, con todo esto.
¿Podría ser también un Master?
Gudao escaneó la sala con la mirada, buscando cualquier signo, cualquier gesto, cualquier movimiento que delatara a alguien tocándose inconscientemente una marca en la piel.
Pero era inútil.
Podían estar en cualquier parte.
En su mente, Edmond habló de nuevo.
«Maestro, su prioridad ha cambiado.
La amenaza inmediata para el niño Potter debe pasar a segundo plano.
La Guerra del Santo Grial es un peligro de orden completamente diferente.
Si estalla, si los Servants comienzan a invocarse y a luchar…
este mundo entero podría verse arrasado.» «Lo sé», respondió Gudao, sombrío.
«Pero no podemos ignorar a Black.
Si mata a Harry, el equilibrio de poder en este mundo cambiará.
Voldemort podría regresar más fuerte que nunca, y si además consigue el Grial…» «Una catástrofe dentro de otra catástrofe», completó Edmond.
«Debe hacer malabares con múltiples frentes, Maestro.
Como siempre.» Gudao casi sonrió ante la ironía.
Siempre había sido así.
En Chaldea, cada singularidad era un caos de múltiples amenazas que debía gestionar simultáneamente.
La diferencia era que allí tenía a Da Vinci, a Romani, a todo un equipo de apoyo.
Aquí estaba solo.
No, no solo.
Tenía a Edmond.
Y ahora, quizás, tenía a Luna.
Y a Harry, y a Hermione.
Pero no podía arrastrarlos a esto.
No todavía.
No sin saber más.
El banquete llegó a su fin.
Dumbledore dio las últimas indicaciones—los horarios se repartirían al día siguiente, los prefectos guiarían a los nuevos alumnos a sus salas comunes—y los estudiantes comenzaron a levantarse y a salir del Gran Comedor en un torrente de túnicas negras.
Gudao se levantó con los demás, pero en lugar de seguir la corriente, se quedó rezagado, observando.
Vio a Draco Malfoy salir con su séquito, su mano rozándose el cuello distraídamente.
Vio a Daphne Greengrass caminar erguida entre sus compañeras de Slytherin, su muñeca izquierda oculta bajo la manga.
Vio a Harry, Ron y Hermione encaminarse hacia las mazmorras de Gryffindor, Harry aún pálido pero recuperándose.
Y luego, cuando casi todos se habían ido, vio algo que lo detuvo en seco.
En una de las mesas de Ravenclaw, una figura solitaria permanecía sentada, aparentemente ajena al éxodo general.
Luna Lovegood estaba allí, con su revista El Quisquilloso abierta sobre la mesa, leyendo con una sonrisa en los labios.
Pero no estaba sola.
A su lado, en el banco, había un libro abierto, y sobre él, una pequeña marca.
Gudao entrecerró los ojos, esforzándose por ver.
La distancia era demasiado grande, la luz demasiado tenue.
Pero por un instante, le pareció ver un destello rojo en el dorso de la mano de Luna, justo donde ella apoyaba la mejilla mientras leía.
¿Luna?
Pero antes de que pudiera acercarse, la chica de Ravenclaw cerró su revista, recogió sus cosas y se perdió entre los últimos estudiantes que abandonaban el comedor.
Gudao se quedó allí, de pie, mientras las velas comenzaban a apagarse una a una.
La posibilidad de que Luna también fuera una Master era…
inquietante.
Y a la vez, extrañamente esperanzadora.
Si había alguien en este mundo que pudiera manejar el peso de un secreto así sin romperse, era ella.
Pero también significaba que ella estaría en peligro.
Que todos los que llevaban esas marcas estarían en peligro.
Salió del Gran Comedor y se dirigió hacia las mazmorras de Slytherin.
La sala común estaba llena de estudiantes, pero él pasó entre ellos como una sombra, ignorando las miradas y los susurros.
Llegó a su dormitorio, se dejó caer en su cama, y cerró los ojos.
En la oscuridad de sus párpados, las marcas de comando de Malfoy y Daphne bailaban como ascuas negras.
Su propia mano izquierda, bajo el camuflaje, latía con un calor sordo.
Siete Masters, pensó.
Siete si esto es una guerra estándar.
Pero, ¿y si no lo es?
¿Y si el Grial de este mundo, al despertar, ha decidido hacer algo diferente?
No lo sabía.
Y no saberlo era lo peor.
Edmond, desde su celda interior, le ofreció las únicas palabras de consuelo que podía ofrecer: «Mañana será otro día, Maestro.
Otro día para investigar, para observar, para prepararse.
Por ahora, descanse.
La guerra no comenzará esta noche.» Gudao asintió mentalmente, aunque no estaba seguro de poder dormir.
Demasiadas piezas en movimiento, demasiadas incógnitas.
Pero Edmond tenía razón: no podía hacer nada más hoy.
Miró por la ventana hacia las aguas negras del lago.
En algún lugar, más allá de los terrenos del castillo, los dementores patrullaban en la oscuridad.
En algún lugar, Sirius Black acechaba.
Y en algún lugar, en las profundidades de la realidad, el Santo Grial latía, esperando el momento de desatar su guerra.
Tres Masters identificados.
Cuatro por descubrir.
Y un año escolar que prometía ser cualquier cosa menos tranquilo.
Gudao cerró los ojos y, en la oscuridad, comenzó a planificar.
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