Fate of Magic - Capítulo 38
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38: Masters 38: Masters Los primeros días del tercer año en Hogwarts transcurrieron con una normalidad que resultaba casi inquietante.
Las clases se sucedían unas a otras en el ritmo familiar que Gudao ya conocía bien: el aula de Transformaciones con la profesora McGonagall, severa pero justa; Encantamientos con el profesor Flitwick, siempre entusiasta y preciso; Pociones con Snape, cuyo desprecio por los estudiantes que no eran de Slytherin era tan constante como el latido de un corazón.
Pero para Gudao, cada clase era una oportunidad.
Una oportunidad de observar, de escudriñar, de buscar.
Los sellos de comando que había visto en Draco Malfoy y Daphne Greengrass durante el banquete de bienvenida eran una obsesión constante en su mente.
No podía permitirse el lujo de ignorarlos.
En una Guerra del Santo Grial estándar, siete Masters competían por el artefacto milagroso.
Él ya había identificado a tres, incluyéndose a sí mismo.
Faltaban cuatro.
La mañana del primer día de clases, Gudao se levantó temprano, como era su costumbre.
Revisó su horario mientras desayunaba en la mesa de Slytherin, manteniéndose lo más alejado posible del grupo de Malfoy y Daphne, que reían estruendosamente en el otro extremo.
Pansy Parkinson y Millicent Bulstrode acompañaban a Daphne, pero Gudao notó algo que le hizo arquear una ceja: las sonrisas de las chicas eran forzadas, sus ojos no reían.
Era como si estuvieran interpretando un papel, el de “mejores amigas de la princesa de sangre pura”, pero sin convicción.
Millicent, en particular, lanzaba miradas de hastío cuando Daphne no miraba.
Interesante, pensó Gudao.
Hasta las amistades basadas en la pureza de sangre tienen sus grietas.
Pero no tenía tiempo para analizar la dinámica social de Slytherin.
Su prioridad era otra.
La primera clase del día era Encantamientos, que compartía con Hufflepuff.
El aula de Flitwick estaba cálida y acogedora, llena de objetos flotantes que el profesor usaba como ejemplos.
Gudao se sentó en un lugar estratégico, desde donde podía observar a la mayoría de los estudiantes sin resultar obvio.
Mientras Flitwick explicaba las complejidades del encantamiento Accio—el hechizo convocatorio—, los ojos de Gudao recorrieron las manos, los cuellos, las muñecas de sus compañeros de Hufflepuff.
Nada.
Los estudiantes de la casa de las maltejones parecían…
normales.
Demasiado normales.
Sus manos estaban limpias de marcas extrañas.
Algunos llevaban pulseras o relojes, pero nada que delatara un sello de comando.
Gudao anotó mentalmente: Hufflepuff: cero candidatos.
La clase terminó sin incidentes.
Gudao entregó un ejercicio práctico impecable—Flitwick lo felicitó efusivamente—y se dirigió a la siguiente asignatura.
Historia de la Magia, con el profesor Binns, era famosa por ser la clase más aburrida del mundo mágico.
El fantasma del profesor continuaba dando sus lecciones monocordes como si nada hubiera cambiado en los últimos siglos, sin importarle que sus estudiantes cayeran en estados de somnolencia profunda.
Pero para Gudao, era el lugar perfecto para observar a los Ravenclaw.
La mesa de Ravenclaw estaba cerca de la de Slytherin en el aula.
Gudao podía ver a los estudiantes de la casa del águila con claridad.
Mientras Binns dronaba sobre la Revuelta de los Duendes de 1612, él escaneaba fila tras fila.
Y entonces la vio.
Luna Lovegood estaba sentada en la tercera fila, con su característica expresión de ensoñación, como si estuviera escuchando música que nadie más podía oír.
Su mano derecha descansaba sobre el pupitre, y en el dorso, justo donde los dedos se unen con la palma, Gudao vio unas marcas.
Eran tenues, casi imperceptibles, pero estaban allí.
Un patrón de líneas finas que, bajo la luz tenue del aula, tenían un tono rojizo.
Gudao contuvo el aliento.
Luna.
Su nueva amiga, la chica que veía cosas que otros no podían ver, la que le había dicho “no estás solo” en el momento más oscuro del ataque del dementor.
Ella también era una Master.
Pero lo que más llamó su atención fue el color.
Las marcas de Luna eran rojas.
Las de Malfoy y Daphne, negras.
Las suyas propias, bajo el camuflaje, eran…
¿de qué color eran realmente?
Cuando las examinó en la intimidad de su habitación esa noche, pudo ver que las líneas plateadas de su contrato con Chaldea ahora estaban matizadas con un tono rojo oscuro, como si el Grial de este mundo las hubiera integrado a su sistema.
Dos colores, pensó.
Rojo y negro.
¿Dos bandos?
La clase de Historia terminó sin que pudiera encontrar más candidatos en Ravenclaw.
Pero ya tenía un nombre más para su lista: Luna Lovegood, posibles marcas rojas.
El Gran Comedor al mediodía era un hervidero de actividad.
Los estudiantes llenaban las cuatro mesas, las conversaciones se entrecruzaban creando un murmullo constante, y los platos se llenaban y vaciaban mágicamente con una eficiencia asombrosa.
Gudao se sentó en el extremo más alejado de la mesa de Slytherin, junto a la pared, desde donde podía observar gran parte del comedor sin resultar demasiado obvio.
Frente a él, la mesa de Gryffindor bullía de actividad.
Más allá, las de Hufflepuff y Ravenclaw completaban el panorama.
Tomó un trozo de pan y mordió distraídamente, mientras sus ojos recorrían el espacio con una técnica que había perfeccionado en Chaldea: observación periférica reforzada con un toque de magia.
No era un hechizo complejo, solo un pequeño refuerzo en su visión, un truco que Da Vinci le había enseñado para analizar campos de batalla.
Pero el Gran Comedor era enorme, y había cientos de estudiantes.
Incluso con el refuerzo, era como buscar una aguja en un pajar.
Las manos se movían constantemente, las mangas ocultaban muñecas, los cuellos estaban cubiertos por bufandas o túnicas.
No podía simplemente escanear a todos sin llamar la atención.
A su izquierda, Daphne Greengrass reía con Pansy y Millicent.
Su risa era estridente, forzada, como si estuviera interpretando el papel de “chica popular” para un público invisible.
Pansy le seguía el juego con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Millicent, la más grande y menos expresiva de las tres, simplemente asentía de vez en cuando, con una expresión que Gudao interpretó como “ojalá estuviera en otro lado”.
Fachadas, pensó.
Todo son fachadas en Slytherin.
Draco Malfoy, sentado más cerca del centro de la mesa, flanqueado por Crabbe y Goyle, también reía, aunque sus ojos se desviaban constantemente hacia la mesa de Gryffindor, buscando a Harry.
Crabbe y Goyle masticaban con la dedicación de animales de granja, claramente ajenos a cualquier sutileza social.
Gudao apartó la mirada y continuó su escaneo.
Fila tras fila, grupo tras grupo.
Nada.
Hasta que…
Un destello.
En la mesa de Gryffindor, Hermione Granger gesticulaba animadamente mientras hablaba con Harry y Ron.
En su movimiento, la manga de su túnica se retiró ligeramente, revelando un fragmento de su muñeca.
Por un instante, Gudao vio algo: unas líneas rojas, finas como hebras de seda, que se enroscaban en su piel.
Hermione.
Su corazón dio un vuelco.
Pero antes de que pudiera confirmarlo, Hermione bajó la mano y la manga volvió a cubrir la marca.
Fue solo un destello, un instante, pero suficiente.
Anotó mentalmente: Hermione Granger, posible marca roja.
La comida terminó.
Gudao había añadido un nombre más a su lista, pero todavía tenía la sensación de estar nadando en aguas desconocidas.
Necesitaba más información.
Necesitaba ver a todos los Gryffindor de cerca, en una situación donde las mangas estuvieran arremangadas o las manos fueran visibles.
Esa oportunidad llegaría en la última clase del día.
La tarde era fresca pero soleada cuando los estudiantes de tercer año de Slytherin y Gryffindor se reunieron junto a la cabaña de Hagrid, en los límites del Bosque Prohibido.
El guardián, visiblemente nervioso pero emocionado, los esperaba con una amplia sonrisa en su rostro barbudo.
“¡Buenas tardes, buenas tardes!”, saludó Hagrid, su voz atronadora resonando en el claro.
“Bienveníos a vuestra primera clase de Cuidado de Criaturas Mágicas.
Soy el profesor Hagrid, y os aseguro que este va a ser un año inolvidable.” Gudao se mantuvo al margen del grupo, observando.
Harry, Ron y Hermione estaban en primera fila, junto a otros Gryffindor como Neville, Seamus Finnigan y Dean Thomas.
De Slytherin, además de él, estaban Malfoy—que ya había empezado a hacer comentarios sarcásticos en voz baja—, Crabbe, Goyle, Daphne, Pansy, Millicent, Theodore Nott y Blaise Zabini, entre otros.
Hagrid comenzó su clase con una introducción general sobre las criaturas que estudiarían ese año, mencionando algo sobre “bichos interesantes y bastante mansos, si se les trata bien”.
Luego, sin más preámbulos, los condujo hacia un pequeño prado cercano al bosque.
Y entonces Gudao lo vio.
En el centro del prado, atado a una estaca con una cuerda gruesa, había un hipogrifo.
Era una criatura magnífica.
Tenía la cabeza, las alas y las patas delanteras de un águila gigante, y el cuerpo, las patas traseras y la cola de un caballo.
Su plumaje era de un gris acerado, casi plateado, y sus ojos anaranjados miraban a los estudiantes con una inteligencia orgullosa y desconfiada.
Gudao se quedó paralizado.
No era la primera vez que veía un hipogrifo.
En Chaldea, había conocido a Astolfo, el Paladín de Carlomagno, cuyo Noble Phantasma era precisamente un hipogrifo llamado Hipogrifo (sí, el Paladín tenía la originalidad de llamar al animal por lo que era).
Recordaba las discusiones sobre el género de Astolfo—un tema que siempre terminaba en disputas acaloradas entre los Servants, y que ellos habían resuelto diplomáticamente declarando a Astolfo como “el primero de su especie sin género determinado”.
Recordaba también las veces que había visto a Astolfo montar a Hipogrifo en los simulacros de batalla, la criatura alada surcando los cielos artificiales de Chaldea con una gracia incomparable.
Y ahora, aquí, en este mundo, había un hipogrifo real.
Vivo.
Respirando.
No era una invocación temporal, ni un Noble Phantasma que se desvanecería al terminar la batalla.
Era una criatura de carne y hueso, existiendo en este mundo con la misma naturalidad que un caballo o un perro.
Por un momento, la nostalgia lo golpeó con la fuerza de un tren.
Astolfo.
Bradamante.
Todos los Paladines de Francia con los que había luchado.
¿Cómo estarían?
¿Seguirían en Chaldea, esperando su regreso?
¿O habrían sido devueltos al Trono, asumiendo que su Master había muerto?
El dolor fue agudo, pero breve.
Gudao lo apartó con la disciplina de un soldado.
No podía permitirse ahogarse en recuerdos.
No ahora.
Hagrid, ajeno a la tormenta emocional de Gudao, continuó su clase.
Explicó la biología de los hipogrifos: su origen en los cruces entre grifos y yeguas, su hábitat natural en las montañas de Grecia, su estatus legal como criaturas que requieren permisos especiales para tenencia.
Habló de su dieta—principalmente insectos, pájaros y pequeños mamíferos—y de su tamaño, que podía alcanzar los tres metros de altura cuando estaban completamente desarrollados.
“Pero lo más importante”, dijo Hagrid, alzando la voz para asegurarse de que todos lo oyeran, “es que los hipogrifos son criaturas orgullosas.
Muy orgullosas.
No toleran que se les falte al respeto.
Si queréis acercaros a uno, tenéis que hacerlo correctamente.
Tenéis que mostrarle respeto.” Demostró la técnica: mantener contacto visual, inclinarse lentamente, esperar a que la criatura devolviera la inclinación.
“Si él se inclina, podéis acercaros.
Si no…
mejor os alejáis con cuidado.” Mientras Hagrid hablaba, Gudao aprovechó para observar a sus compañeros.
Los Gryffindor estaban a su izquierda, formando un grupo compacto.
Los Slytherin, a su derecha, más dispersos.
Y entonces comenzó a verlas.
Harry Potter, de pie junto a Ron, tenía las mangas ligeramente arremangadas.
En su mano derecha, Gudao distinguió unas pequeñas marcas rojizas en el dorso, casi como lunares formando un triángulo.
Las marcas que Harry había mencionado en su carta como “algo raro que me salió en verano”.
Ron Weasley, a su lado, llevaba los calcetines un poco caídos, revelando su tobillo derecho.
Y allí, en la piel clara, había un pequeño grupo de motas rojas que parecían formar un patrón.
Hermione Granger, que sostenía su cuaderno con la izquierda, tenía la manga de esa mano ligeramente retirada, mostrando las líneas rojas que Gudao había vislumbrado en el almuerzo.
Neville Longbottom, un poco más apartado, nervioso como siempre, se rascaba distraídamente la muñeca derecha.
Cuando apartó la mano, Gudao vio unas marcas rojas, tenues pero inconfundibles.
Y luego, cuando Hagrid se volvió para señalar algo en el hipogrifo, su manga izquierda se levantó lo suficiente para revelar…
Hagrid también tenía marcas.
Rojas.
En su antebrazo, ocultas bajo la masa de vello y la ropa gastada.
Gudao sintió que el aire se escapaba de sus pulmones.
Contó mentalmente: Harry, Ron, Hermione, Neville, Hagrid.
Más Luna, que ya había identificado en Ravenclaw.
Más él mismo.
Eso hacía…
siete.
Solo de su posible bando.
Y luego estaban los que había visto con marcas negras: Draco Malfoy y Daphne Greengrass.
Nueve.
Nueve Masters en total.
Pero una Guerra del Santo Grial estándar tenía siete.
Siete Masters.
Siete Servants.
Esa era la regla fundamental, el pilar sobre el que se construía el sistema.
Lo había aprendido de Kirschtaria Wodime, de Kadoc Zemlupus, de todos los Masters de los siete anillos.
Siete.
Siempre siete.
¿Por qué había nueve?
Su respiración se aceleró.
Las manos le temblaban ligeramente.
A su alrededor, la clase continuaba, ajena a su crisis interna.
Hagrid estaba explicando cómo acercarse al hipogrifo, y Harry ya se preparaba para ser el voluntario.
Malfoy murmuraba comentarios sarcásticos a Crabbe y Goyle.
Daphne susurraba algo a Pansy, probablemente criticando a Hagrid o a la criatura.
Pero Gudao no los oía.
Su mente se había disparado en otra dirección, buscando en los archivos de su memoria, en las conversaciones con los Servants, en los informes de Chaldea sobre las diferentes líneas temporales y sus variaciones.
Y entonces, como un relámpago, llegó el recuerdo.
Sieg.
El Hombre Dragón, el Servant que había nacido de un deseo y había luchado en una guerra que no era la suya.
En los días tranquilos entre singularidades, cuando los Servants compartían historias de sus propias leyendas, Sieg había hablado de algo.
Una memoria prestada, quizás, o un conocimiento incrustado en su ser al convertirse en Servant.
Había mencionado una guerra diferente.
Una guerra mayor.
“En algún lugar, en alguna línea temporal, existió una Gran Guerra del Santo Grial”, había dicho Sieg, con su voz calmada y profunda.
“No siete Masters, sino catorce.
Divididos en dos bandos: Rojo y Negro.
Cada bando con sus propios siete Masters y siete Servants.
Y para supervisar el caos, un Servant especial, sin Master, de la clase Ruler.” Gudao recordaba haber escuchado con atención, fascinado por la escala del conflicto.
Catorce Servants luchando simultáneamente.
Dos ejércitos de héroes enfrentados.
Había preguntado detalles, pero Sieg había sido vago, como si el recuerdo no fuera completamente suyo, sino prestado de otra existencia.
Y ahora, ese recuerdo fragmentado cobraba una nueva dimensión.
Miró a su alrededor con nuevos ojos.
Los rojos: él, Harry, Ron, Hermione, Neville, Luna, Hagrid.
Siete.
Los negros: Draco, Daphne.
Dos.
¿Dónde estaban los otros cinco del bando negro?
¿Y los del bando rojo ya estaban completos, o faltaba alguno?
Malfoy se tocó el cuello distraídamente, donde Gudao sabía que estaban sus marcas negras.
Daphne hizo un gesto similar con su muñeca izquierda.
Sus movimientos eran inconscientes, como si las marcas les picaran o llamaran su atención de alguna manera.
Dos bandos, pensó Gudao, su mente funcionando a la velocidad de una supercomputadora.
Siete Masters por bando.
Catorce en total.
Los sellos de comando de color rojo para un bando, negros para el otro.
Y probablemente un Ruler para supervisar.
Esto era mucho más grave de lo que había imaginado.
Una Guerra del Santo Grial estándar ya era un evento catastrófico, capaz de destruir ciudades enteras y alterar el curso de la historia.
Una Gran Guerra, con catorce Servants…
las consecuencias serían apocalípticas.
Y todo estaba sucediendo sin que nadie lo supiera.
Sin que nadie se preparara.
Los futuros Masters—sus compañeros de clase, sus amigos—llevaban las marcas sin saber lo que significaban, ajenos al peligro que se cernía sobre ellos.
Un grito lo sacó de sus cavilaciones.
“¡MALFOY, NO!” Gudao giró la cabeza justo a tiempo para ver una escena de caos.
Harry había conseguido montar al hipogrifo—al que Hagrid llamaba Buckbeak—después de realizar la reverencia correctamente.
La criatura había aceptado al chico de Gryffindor y había dado un corto vuelo sobre el prado, para deleite de la mayoría de los estudiantes y la evidente envidia de Malfoy.
Cuando Buckbeak aterrizó y Harry se bajó, radiante, Malfoy no pudo contenerse.
Se adelantó, ignorando las advertencias de Hagrid, y se plantó frente al hipogrifo con una sonrisa arrogante.
“Bah, no parece tan peligroso”, dijo, su voz petulante.
“Si Potter pudo, cualquiera puede.
Oye, tú, bicho, inclínate ante mí.” No hizo la reverencia.
No mostró respeto.
Solo se quedó allí, desafiante, esperando que la criatura se sometiera a su voluntad.
Buckbeak reaccionó como cualquier criatura orgullosa.
Sus ojos anaranjados se estrecharon, sus plumas se erizaron, y con un movimiento más rápido que la vista, su pico afilado se lanzó hacia adelante.
Malfoy chilló.
El pico le alcanzó el brazo, desgarrando la tela de su túnica y dejando un corte profundo y sangrante.
Draco cayó al suelo, agarrándose el brazo y gritando de dolor y furia.
Su sangre manchaba la hierba verde.
Hagrid corrió hacia él, su rostro pálido de terror.
“¡Lo siento, lo siento mucho!
¡Os dije que había que mostrar respeto!
¡Os lo dije!” Mientras otros estudiantes murmuraban y algunos de Slytherin—Crabbe y Goyle, particularmente—corrían hacia su caído líder, Gudao observó la escena con una mezcla de distanciamiento analítico y una punzada de…
¿satisfacción?
No, no satisfacción.
Simplemente, la confirmación de que la arrogancia siempre encuentra su castigo.
Pero entonces, mientras Hagrid y algunos prefectos ayudaban a levantar a Malfoy y lo colocaban en una camilla improvisada, Gudao vio algo que le heló la sangre.
En el brazo herido de Malfoy, donde la manga había sido desgarrada, las marcas negras en su cuello no eran las únicas.
Al caer, su camisa se había desabrochado parcialmente, revelando más marcas en su pecho.
Y en su otro brazo, el que no sangraba, Gudao pudo ver claramente un patrón más extenso, más complejo, que se extendía desde el hombro hasta el codo.
No eran solo marcas en el cuello.
Draco Malfoy tenía todo un sistema de sellos de comando negros repartidos por su cuerpo.
Eso significaba…
¿qué?
¿Más poder?
¿Una conexión más profunda con el Grial?
No tenía tiempo para analizarlo.
Malfoy era llevado a la enfermería entre gemidos de dolor y amenazas entrecortadas de que su padre se enteraría de esto.
Hagrid lo seguía, angustiado, dejando a los estudiantes solos con la indicación de que la clase había terminado.
Los Gryffindor y Slytherin comenzaron a dispersarse, algunos comentando el incidente con emoción, otros con preocupación.
Gudao se quedó un momento más, observando a Buckbeak, que se había calmado y ahora picoteaba la hierba como si nada hubiera pasado.
Luego, con paso firme, se dirigió hacia el castillo.
Esa noche, en la tranquilidad de su dormitorio, Gudao desplegó un pergamino sobre su escritorio y comenzó a escribir.
Las velas parpadeaban, proyectando sombras bailarinas en las paredes de piedra.
Sus compañeros de habitación—Blaise Zabini, Theodore Nott y otros—ya dormían, ajenos a la tormenta que se gestaba en la mente de su callado compañero.
MASTERS IDENTIFICADOS – TERCER AÑO BANDO ROJO (Marcas Rojas): Gudao Roberts (Slytherin) – Marca en dorso de mano izquierda (integrada con contrato Chaldea, tono rojo oscuro) Harry Potter (Gryffindor) – Marcas en dorso de mano derecha (tres puntos formando triángulo) Hermione Granger (Gryffindor) – Marcas en muñeca izquierda (líneas finas en espiral) Ron Weasley (Gryffindor) – Marcas en tobillo derecho (motas formando patrón) Neville Longbottom (Gryffindor) – Marcas en muñeca derecha (tenues, aún desarrollándose) Luna Lovegood (Ravenclaw) – Marcas en dorso de mano derecha (patrón geométrico) Rubeus Hagrid (Profesor) – Marcas en antebrazo izquierdo BANDO NEGRO (Marcas Negras): Draco Malfoy (Slytherin) – Múltiples marcas: cuello, pecho, brazo derecho (patrón extenso) Daphne Greengrass (Slytherin) – Marcas en muñeca izquierda (filigrana negra) Total identificados: 9 (7 Rojos, 2 Negros) Pendientes por identificar: 5 Negros (para completar 7 por bando) Gudao dejó la pluma y observó la lista.
Siete Rojos.
Eso significaba que su bando ya estaba completo.
Los siete Masters del equipo Rojo estaban en Hogwarts, probablemente sin saberlo.
Harry, Hermione, Ron, Neville, Luna, Hagrid y él mismo.
El equipo Negro, en cambio, solo tenía dos identificados.
Faltaban cinco.
¿Quiénes podrían ser?
¿Estaban también en Hogwarts?
¿O en otros lugares?
¿Profesores?
¿Alumnos de otros cursos?
¿Personas fuera del castillo?
Y luego estaba la cuestión de los colores.
¿Por qué esta división?
¿Qué criterio había usado el Grial para asignar los bandos?
Miró su propia mano, donde las marcas rojas latían débilmente bajo el camuflaje.
¿Qué significaba ser Rojo?
¿Y qué significaba ser Negro?
Recordó las palabras de Sieg sobre la Gran Guerra: “Los bandos representaban ideologías opuestas.
El Rojo buscaba la obtención del Grial para sus propios fines, mientras que el Negro defendía la protección del mundo mágico contra la corrupción del artefacto.
O al revés.
La memoria es confusa.” ¿Era eso?
¿Su bando, el Rojo, era el que buscaba el Grial?
¿O el que lo protegía?
No podía saberlo.
Necesitaba más información.
Necesitaba…
Un susurro en su mente.
Edmond.
«Maestro, su lista es impresionante, pero incompleta.
Hay algo más que debe considerar.» «¿El qué?» preguntó Gudao mentalmente.
«El número.
Siete por bando.
Pero usted ha contado siete Rojos y solo dos Negros.
Eso significa que en algún lugar, cinco personas más llevan marcas negras.
Algunas podrían estar en Hogwarts.
Otras, fuera.
Pero hay algo que no cuadra.» «Explícate.» «La reacción de Malfoy ante el hipogrifo.
Su arrogancia, su deseo de demostrar superioridad.
No es solo un niño malcriado.
Es alguien que siente, inconscientemente, que tiene algo que demostrar.
Las marcas en su cuerpo son extensas, más que las de cualquier otro que hayas visto.
Eso sugiere que el Grial lo ha marcado de manera especial.
Quizás sea el Master principal de su bando.» Gudao consideró la idea.
Draco Malfoy, el líder del equipo Negro.
Era…
posible.
Y Daphne sería su segunda al mando, quizás.
«Y el bando Rojo», continuó Edmond, «tiene una composición interesante.
Potter, Granger, Weasley, Longbottom, Lovegood, Hagrid…
y usted.
Todos unidos por lazos de amistad o respeto mutuo.
El Grial no elige al azar.
Elige basándose en algo más profundo.
En potencial.
En destino.» «¿Crees que el Grial sabe lo que hace?» «El Grial es un mecanismo, Maestro.
No tiene voluntad propia, solo programación.
Pero esa programación es antigua y poderosa.
Ha sido diseñado para seleccionar a los más aptos, a los que tienen más probabilidades de llegar al final y reclamar el premio.
Que haya elegido a estos siete para el mismo bando…
no es casualidad.» Gudao asintió lentamente.
Tenía sentido.
De alguna manera, el Grial había visto en él, en Harry, en Hermione, en los demás, algo que los unía.
Algo que los hacía merecedores de luchar juntos.
Pero también significaba que los cinco Negros desconocidos eran igualmente peligrosos.
Habían sido elegidos por una razón.
Y cuando la guerra comenzara, serían enemigos.
Miró la lista una vez más.
Luego, con mano firme, añadió una nota al final: OBJETIVOS INMEDIATOS: Identificar a los 5 Masters Negros restantes.
Determinar la naturaleza del Ruler (si existe) y su papel.
Evaluar la amenaza de Sirius Black y su posible relación con la guerra.
Decidir cuándo y cómo revelar la verdad a los Masters Rojos.
Prepararse para la invocación.
Cuando la guerra comience, los Servants aparecerán.
Debemos estar listos.
El último punto era crucial.
En una Guerra del Santo Grial, los Masters invocaban a sus Servants y luchaban hasta que solo quedaba un bando.
Él ya tenía a Edmond, pero Edmond no era un Servant invocado por este Grial; era un remanente de Chaldea, un ancla en su alma.
¿Contaría como su Servant en esta guerra?
¿O tendría que invocar a otro cuando llegara el momento?
Demasiadas preguntas.
Muy pocas respuestas.
Apoyó la cabeza en las manos, sintiendo el peso de la responsabilidad aplastándolo.
Una vez más, estaba en medio de un conflicto que no había buscado.
Una vez más, tenía que proteger a personas que no sabían que necesitaban protección.
Una vez más, era el Comandante.
Pero esta vez no tenía a Da Vinci para guiarlo.
No tenía a Romani para calmarlo.
No tenía a Mash para apoyarlo.
Solo tenía a Edmond, y a sí mismo.
«Maestro», dijo Edmond, su voz más suave de lo habitual.
«No está solo.
Tiene a estos siete.
Cuando llegue el momento, ellos estarán a su lado.
Usted los guiará, como guió a los Servants en Chaldea.
Es para lo que nació.» Gudao sonrió débilmente.
Edmond siempre encontraba la manera de recordarle quién era.
“Gracias”, susurró en la oscuridad.
Apagó las velas con un gesto y se acostó.
El sueño tardó en llegar, acunado por el sonido distante de las aguas del lago golpeando los muros de las mazmorras.
En sus sueños, vio hipogrifos volando sobre campos de batalla, y risas de niños que pronto dejarían de ser niños para convertirse en guerreros.
El tercer año apenas comenzaba.
Y ya estaba claro que sería cualquier cosa menos tranquilo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.
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