Fate of Magic - Capítulo 39
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Capítulo 39: Temor
Los días posteriores al incidente del hipogrifo transcurrieron con una lentitud exasperante para Gudao. No por las clases, ni por las tareas, ni siquiera por la constante vigilancia que debía mantener para identificar a los Masters restantes del bando Negro. La exasperación tenía un nombre y un apellido: Draco Malfoy.
El heredero de la familia Malfoy había convertido su encuentro con Buckbeak en una ópera de siete actos. Aprovechando la generosa baja que Snape le había concedido—el profesor de Pociones siempre había tenido debilidad por los Slytherin de sangre pura—, Draco se paseaba por la sala común como un general victorioso, su brazo vendado con más gasa de la necesaria, relatando a todo el que quisiera escuchar (y a muchos que no) su épica batalla contra la “criatura salvaje e incontrolable” de Hagrid.
“Os digo que fue cuestión de reflejos”, decía Draco, recostado en un sofá de cuero negro mientras Crabbe y Goyle asentían como muñecos con resorte. “Si no llego a apartarme en el último momento, me arranca el brazo. Pero yo soy más rápido. Siempre lo soy.”
Gudao, sentado en un rincón con un libro de runas antiguas, levantó la vista lo justo para observar la escena. La vendas de Draco eran impecables, blancas y limpias, y su brazo se movía con total naturalidad cuando gesticulaba. La herida real, si es que había sido grave, debía de ser mínima. Pero Draco había encontrado una mina de oro: la atención.
“Mi padre ya ha enviado una queja formal al Ministerio”, continuó Draco, con una sonrisa de suficiencia. “Hagrid no debería estar dando clases. Es un peligro. Un semigigante incompetente. Cuando terminen con él, no volverá a poner un pie en Hogwarts.”
Daphne Greengrass, sentada cerca con Pansy y Millicent, asentía con entusiasmo. “Totalmente de acuerdo, Draco. No es seguro tener a alguien así enseñando a estudiantes. Menos mal que estás bien.”
Pansy y Millicent secundaron el comentario con sonrisas forzadas. Gudao observó sus expresiones con atención. Pansy parecía genuinamente interesada en Draco—quizás por razones románticas o de estatus—pero Millicent… Millicent miraba a Daphne con una mezcla de hastío y resignación. Era la mirada de alguien que está cumpliendo un papel porque no tiene otra opción.
La política de la sangre pura, pensó Gudao. Incluso entre ellos, las relaciones son transacciones.
Durante toda la semana, la cantinela se repitió. Draco en la sala común, Draco en la mesa de Slytherin durante las comidas, Draco en los pasillos entre clases, siempre con su brazo vendado, siempre con su historia, siempre con su séquito asintiendo. Era agotador.
Pero Gudao tenía otras preocupaciones.
Su lista de Masters crecía en su mente, aunque no en el pergamino. El pergamino real, el que contenía los nombres y las marcas, estaba protegido por capas de magia rúnica que había aprendido de los libros de la biblioteca de Slytherin. No era magia poderosa, pero sí efectiva: cualquier persona que no fuera él que intentara leerlo vería solo garabatos sin sentido, o peor, una lista de la compra aburrida. Era una medida de seguridad necesaria. En una guerra que aún no había comenzado, la información era el arma más valiosa.
Los siete Rojos estaban identificados. Los dos Negros, también. Faltaban cinco. ¿Dónde estaban? ¿Quiénes eran? ¿Profesores? ¿Alumnos de otros cursos? ¿Personas en el mundo exterior? La incertidumbre lo carcomía.
El miércoles de la semana siguiente, finalmente, Draco regresó a clases. Sus vendas habían sido reemplazadas por un simple parche en el antebrazo, apenas visible bajo la manga de su túnica. Pero su actitud no había cambiado. Entró en el Gran Comedor para el desayuno como un rey que regresa de la guerra, recibiendo las miradas de admiración (reales o fingidas) de sus compañeros de Slytherin.
Gudao lo ignoró. Hoy era un día importante. Tendrían su segunda clase de Defensa Contra las Artes Oscuras con el profesor Lupin. La primera clase había sido una introducción teórica, una revisión de los contenidos del curso y una evaluación de lo que sabían. Pero hoy… hoy sería la primera clase práctica.
Y Gudao tenía preguntas. Muchas preguntas. Sobre Lupin, sobre su pasado, sobre su conocimiento. El profesor le había ayudado en el tren, le había dado chocolate, le había mirado con esos ojos que parecían saber más de lo que decían. Había algo en él… algo familiar. Algo que Gudao no podía identificar.
Pero antes de Defensa, tenían que sobrevivir a Pociones.
El aula de Pociones estaba, como siempre, sumergida en una penumbra húmeda y fría. Las paredes de piedra goteaban una humedad ancestral, y el aire olía a ingredientes secos y a la presencia aplastante de Severus Snape.
Gudao ocupaba su lugar habitual, en la segunda fila, desde donde podía ver la pizarra y al profesor sin resultar demasiado obvio. Harry, Ron y Hermione estaban al fondo, como siempre, en el territorio de Gryffindor dentro de la mazmorra.
Snape entró con su característico vuelo de murciélago, sus túnicas negras ondulando tras él. Su mirada recorrió el aula con el desprecio habitual, deteniéndose un instante más de lo necesario en Harry y, para sorpresa de Gudao, en él mismo.
“Antes de comenzar”, dijo Snape, su voz un susurro que exigía silencio, “debo comentar el lamentable incidente de la semana pasada en la clase del profesor Hagrid.”
Gudao suspiró internamente. Allá vamos.
“Parece que algunos alumnos”, continuó Snape, con una mirada que ahora sí se clavó directamente en Harry, “no tienen suficiente criterio para saber cuándo deben contener sus impulsos de protagonismo. Montar una criatura peligrosa sin la debida preparación… no es de extrañar que ciertas casas tengan un récord tan deplorable en accidentes.”
Harry apretó la mandíbula. Ron abrió la boca para responder, pero Hermione le pisó el pie bajo la mesa.
“Pero no solo eso”, añadió Snape, y su mirada se desvió hacia Gudao. “También hay quienes, desde la supuesta discreción, observan sin actuar, permitiendo que sus compañeros cometan imprudencias sin intervenir. Una actitud cobarde, si me preguntan.”
Gudao mantuvo su expresión impasible. Snape no sabía nada. No podía saber nada. Sus palabras eran suposiciones, ataques aleatorios basados en su odio generalizado. Pero aun así, dolían. No por el contenido, sino por la injusticia.
Harry, sin embargo, no pudo contenerse.
“Con todo respeto, profesor”, dijo, su voz tensa pero educada, “yo hice exactamente lo que Hagrid nos enseñó. La reverencia, el respeto. Buckbeak se inclinó primero. No fue una imprudencia.”
El silencio que siguió fue más frío que las paredes de la mazmorra.
Snape se volvió lentamente hacia Harry, sus ojos negros brillando con un odio contenido. “¿Buckbeak? ¿El hipogrifo tiene nombre? Qué entrañable. Me pregunto si también le has puesto nombre a tu arrogancia, Potter.”
“Mi arrogancia se llama ‘tener razón’, profesor”, replicó Harry, y Gudao pudo ver cómo Hermione cerraba los ojos con resignación.
El intercambio continuó durante varios minutos, un duelo verbal entre el profesor y el alumno que todos habían presenciado decenas de veces. Snape lanzaba pullas, Harry respondía con sarcasmo, Snape le quitaba puntos a Gryffindor, Harry se enfurecía más. Era un ciclo infinito, un ritual de odio mutuo.
Pero lo que llamó la atención de Gudao fue que, en medio de su guerra personal con Harry, Snape no se olvidó de él.
Cuando la clase pasó a la parte práctica—preparación de la Poción para la Paz, un brebaje complejo que requería precisión milimétrica—, Snape merodeó por el aula con la paciencia de un depredador. Y cuando llegó junto a Gudao, se detuvo.
Su sombra cayó sobre la mesa de trabajo. Gudao no levantó la vista, concentrado en medir exactamente tres gotas de esencia de valeriana.
“Roberts”, susurró Snape, su voz tan baja que solo Gudao podía oírla. “Me pregunto… ¿qué pasa por esa mente tuya mientras observas? Siempre observando, nunca participando. Como una araña en su tela.”
Gudao añadió las gotas al caldero y comenzó a agitar en la dirección correcta, exactamente siete veces hacia la izquierda. “Pienso en la poción, profesor. Como debería hacer cualquier estudiante.”
“Ah, sí. Las palabras correctas. La actitud correcta.” Snape se inclinó ligeramente, acercándose más. “Pero las palabras no engañan a quien sabe leer entre líneas. He visto tu tipo antes, Roberts. Los que callan, los que observan… suelen ser los más peligrosos.”
Gudao levantó la vista por primera vez, encontrando los ojos negros de Snape. No había miedo en su mirada, solo una calma fría. “No sé a qué se refiere, profesor. Solo intento no cometer errores.”
Snape mantuvo la mirada un momento más, luego se enderezó. “Continúa. Y procura que tu poción no explote. Sería una lástima perder a un estudiante tan… aplicado.”
Se alejó, dejando a Gudao con una sensación de inquietud. Snape sospechaba algo. No sabía qué, pero olfateaba que Gudao era diferente. Y en el mundo de Snape, lo diferente era sospechoso.
La clase terminó sin más incidentes. Harry había perdido veinte puntos para Gryffindor, y Gudao había perdido cinco por “actitud evasiva”. Una injusticia, pero una pequeña en comparación con lo que vendría después.
La tarde había llegado, y con ella, la expectación. Los estudiantes de tercer año de Gryffindor y Slytherin se reunieron frente al aula de Defensa Contra las Artes Oscuras, un murmullo de anticipación recorriendo sus filas. Las clases con Lupin, hasta ahora, habían sido teóricas pero interesantes. El profesor tenía una manera de explicar que atrapaba la atención, que hacía que incluso los conceptos más áridos cobraran vida.
Cuando la puerta se abrió, Lupin los recibió con su sonrisa cansada pero amable. Llevaba la misma túnica gastada de siempre, pero su presencia transmitía una autoridad tranquila, sin necesidad de alzar la voz.
“Pasad, pasad”, dijo, haciendo un gesto hacia el interior. “Hoy tenemos una clase práctica. Os advierto que puede ser un poco… intimidante, pero confío en que todos saldréis bien parados.”
El aula había sido despejada. Las mesas y sillas estaban apiladas contra las paredes, dejando un amplio espacio en el centro. Y allí, justo en medio, había un armario.
No era un armario cualquiera. Se movía.
Gudao lo observó con atención. El mueble, de madera oscura y con una pequeña cerradura, temblaba ligeramente, como si algo en su interior estuviera forcejeando por salir. De vez en cuando, un golpe sordo resonaba desde dentro, seguido de un silencio tenso.
“Antes de empezar”, dijo Lupin, situándose junto al armario, “necesito que alguien me diga qué es un boggart.”
La pregunta flotó en el aire. Varias manos se alzaron, pero Lupin señaló a una figura que acababa de aparecer en la puerta.
“Señorita Granger. Adelante.”
Hermione, que había entrado en el aula sin que nadie la viera llegar—como era su costumbre últimamente—, se adelantó con seguridad. “Un boggart es un ser amoral que cambia de forma, profesor. No tiene forma fija porque adopta la apariencia de lo que más teme la persona que lo enfrenta. Se alimenta del miedo.”
Ron y Harry, que estaban cerca, dieron un respingo. Ambos se volvieron hacia Hermione con expresiones de sorpresa.
“¿De dónde saliste?”, preguntó Ron, parpadeando.
“Llevo aquí todo el rato”, respondió Hermione, con un tono de “es obvio”. “Estabais demasiado distraídos para notarlo.”
Gudao, que había observado la escena, frunció el ceño. No era la primera vez que Hermione aparecía de repente, como materializándose de la nada. En el tren, en el comedor, en los pasillos… siempre estaba allí de pronto, sin que nadie la hubiera visto llegar. Era un detalle menor, quizás insignificante, pero en el contexto de la guerra inminente, cualquier anomalía merecía atención.
¿Tendrá algo que ver con sus marcas? se preguntó. ¿Algún poder especial que aún no ha manifestado?
Lupin, ajeno a las cavilaciones de Gudao, asintió con satisfacción. “Excelente, señorita Granger. Diez puntos para Gryffindor.” Se volvió hacia el resto de la clase. “Lo que ha dicho Hermione es completamente correcto. Los boggart son criaturas fascinantes y, a su manera, inofensivas. No pueden haceros daño físico directo. Pero pueden paralizaros del miedo, y eso, en una situación de peligro real, puede ser mortal.”
Golpeó el armario con los nudillos. El mueble tembló con más fuerza.
“El hechizo para enfrentarse a un boggart se llama Riddikulus. Es un encantamiento complejo porque no depende solo de la pronunciación o la técnica de varita. Depende de vuestra mente. Del poder de vuestra imaginación.”
Explicó el mecanismo: el boggart adoptaba la forma del peor miedo de la persona. El hechicero debía, en el momento justo, imaginar algo gracioso relacionado con ese miedo, algo que lo volviera ridículo. Y entonces, el hechizo transformaba al boggart en esa imagen cómica. La risa, explicó Lupin, debilitaba al boggart, lo desarmaba, lo volvía inofensivo.
“La clave está en el poder de la mente”, repitió Lupin. “No es magia compleja, pero requiere concentración y, sobre todo, valentía. El valor para enfrentarse a vuestro mayor miedo y reíros de él.”
Gudao sintió un nudo en el estómago. Su mayor miedo. ¿Cuál era?
Había enfrentado a Goetia, la Bestia de la Piedad, el ser que había incinerado la historia humana. Había visto morir a Mash frente a sus ojos. Había visto a Romani sacrificarse, a Da Vinci desvanecerse, a Olga Marie… no, no podía pensar en eso.
Pero un miedo… un miedo profundo… sí, existía. Y lo sabía. Lo había sabido siempre, enterrado bajo capas de deber y determinación. El miedo a que todo hubiera sido en vano. El miedo a que sus amigos, sus seres queridos en Chaldea, hubieran muerto sin él, y que él estuviera aquí, en este mundo, mientras ellos… ellos…
Se obligó a dejar de pensar. No era el momento.
Lupin eligió al primer voluntario: Neville Longbottom.
El chico de Gryffindor se acercó temblando visiblemente. Lupin se inclinó y le susurró algo al oído. Neville asintió, pálido, y luego se situó frente al armario.
Cuando Lupin abrió la puerta, lo que emergió hizo que varios estudiantes contuvieran el aliento. Era Snape. No un Snape cualquiera, sino una versión intensificada de todas las pesadillas de Neville: vestido con las ropas de su abuela, con una expresión de desaprobación absoluta, señalando a Neville con un dedo acusador.
Neville se quedó paralizado. Pero luego, recordando las instrucciones de Lupin, levantó la varita.
“¡Riddikulus!”
Por un instante, nada ocurrió. Y entonces, la transformación comenzó. El Snape-boggart parpadeó, confundido, mientras su túnica negra comenzaba a cambiar. Los pliegues se volvieron más anchos, más coloridos. Un bolso de mujer apareció colgando de su brazo. Un sombrero con flores adornó su cabeza. Y la expresión de desaprobación se transformó en una mueca de perplejidad cómica.
La clase estalló en risas. Incluso los Slytherin, que normalmente apoyaban a Snape, no pudieron evitar reírse. El boggart, ahora convertido en una anciana ridícula con el rostro de Snape, dio dos pasos vacilantes y luego retrocedió hacia el armario.
Lupin cerró la puerta de golpe. “¡Excelente, Neville! Muy bien. Has demostrado un gran valor.”
Neville, sonrojado pero sonriendo, volvió a su lugar entre los aplausos de sus compañeros.
Lupin organizó una fila. Los estudiantes irían pasando uno a uno, enfrentándose al boggart, que adoptaría su peor miedo y luego sería transformado por el hechizo. Era una práctica controlada, segura, pero Gudao sabía que para él no sería así de simple.
Mientras la fila avanzaba, observó a sus compañeros. Un estudiante de Gryffindor cuyo miedo era una araña gigante la convirtió en una pelota de goma que rebotaba cómicamente. Una chica de Slytherin que temía a su padre autoritario lo transformó en un payaso de circo. Risas, aplausos, alivio.
Pero Gudao no reía. Su mente daba vueltas, intentando encontrar una respuesta a la pregunta que lo atormentaba: ¿cuál era su peor miedo?
Había pensado en Goetia. En Tiamat. En los Reyes Demonio. Pero esos eran enemigos, no miedos. El miedo no era a la batalla, sino a la pérdida. A la soledad. A que todo el sacrificio hubiera sido inútil.
Y entonces, mientras observaba a otro estudiante convertir su miedo en algo ridículo, la imagen llegó a su mente con una claridad aterradora.
Chaldea. La sala de comandos. Los cuerpos de sus amigos yacían en el suelo. Mash, con su escudo roto a su lado. Romani, con su bata blanca manchada de sangre. Da Vinci, su sonrisa eterna finalmente apagada. Todos ellos, todos los que había llegado a querer, inertes, sin vida.
Y en medio de ellos, de pie, con una sonrisa de triunfo absoluto, Goetia. No en su forma humana, sino en su forma verdadera. La Bestia I, el Rey Demonio, con su piel dorada como armadura, sus cuernos retorcidos como ramas de un árbol maldito, las venas rojas surcando su cuerpo como ríos de sangre, y ese gran ojo en su pecho, abierto, mirándolo, riéndose de él.
“Todo fue en vano, Master of Chaldea. Todos murieron. Y tú… tú no pudiste hacer nada.”
Gudao sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Esa era su pesadilla. La más profunda, la más oscura. La que había enterrado bajo capas de deber y determinación, pero que siempre, siempre, acechaba en las sombras de su mente.
Quiso salirse de la fila. Quiso huir. Pero era demasiado tarde. El estudiante frente a él acababa de terminar, y Lupin lo señalaba a él.
“Señor Roberts. Le toca.”
Gudao se acercó al armario con paso firme, aunque por dentro cada fibra de su ser le pedía que corriera, que se escondiera, que evitara ver aquello. Pero no podía. Era un Comandante. Los Comandantes no huyen.
Se situó frente al armario. Lupin, al ver su expresión, frunció ligeramente el ceño. Había algo en los ojos de este chico, algo que no había visto en los demás. Una profundidad. Un dolor.
“¿Estás listo?”, preguntó en voz baja.
Gudao asintió. No confiaba en su voz.
Lupin abrió la puerta.
Lo que emergió del armario no fue una criatura, ni una persona, ni nada que los demás pudieran reconocer. Fue una escena.
El aula de Defensa Contra las Artes Oscuras se desvaneció, reemplazada por una visión terrible. Los estudiantes que observaban vieron, como en una proyección fantasmal, una sala de aspecto metálico y futurista, llena de pantallas apagadas y luces parpadeantes. Y en el suelo, había cuerpos.
Un chico con el pelo naranja y una bata blanca, yacía con los ojos abiertos, sin vida. Una mujer de cabello rojizo y sonrisa de Mona Lisa, estaba inclinada contra una consola, inmóvil. Una chica de pelo morado, con una armadura rota a su lado, tenía la mano extendida, como si hubiera intentado alcanzar algo antes de caer.
Y muchos más. Demasiados para contarlos.
En medio de todos ellos, una figura imponente se alzaba. Medía más de dos metros, su piel era como oro bruñido, y su cuerpo estaba cubierto de una armadura orgánica que parecía parte de él. Grandes cuernos se retorcían desde su cabeza como las ramas de un sauce llorón, y venas rojas pulsaban bajo su piel, iluminándola con un brillo siniestro. En el centro de su pecho, un ojo enorme, grotesco, miraba fijamente a Gudao.
Goetia.
El Rey Demonio sonrió. Era la sonrisa de quien ha ganado, de quien ha visto todos los futuros y sabe que este es el final.
“Ritsuka Fujimaru”, dijo, y su voz resonó en la mente de todos los presentes, aunque solo Gudao entendía las palabras. “Has llegado al final de tu viaje. Todos los que amabas han muerto. La humanidad ha sido incinerada. Y tú… tú no pudiste hacer nada para evitarlo. ¿No es esa la definición del fracaso?”
Gudao sintió que sus piernas se debilitaban. El aire se volvió espeso, irrespirable. Las imágenes de Mash, de Romani, de Da Vinci, de todos ellos, muertos, se clavaban en su corazón como cuchillos de hielo.
Pero entonces, en medio del horror, una chispa. Un pensamiento.
Esto no es real.
El boggart mostraba sus miedos, no la realidad. En Chaldea, sus amigos podrían estar vivos. Podrían estar esperándolo. No lo sabía con certeza, pero la duda era suficiente. El miedo era a lo peor, pero lo peor no había sucedido. No todavía.
Y si había algo que Gudao Roberts había aprendido en su tiempo como Comandante, era que mientras hubiera esperanza, había lucha.
Buscó en su mente algo gracioso. Algo que pudiera transformar esta visión de horror en algo ridículo. Y lo encontró.
Recordó una de las muchas discusiones entre los Servants sobre el género de Astolfo. Recordó a Mordred riendo a carcajadas, a Jeanne tratando de mediar, a Astolfo completamente ajeno al drama, diciendo “¿Pero qué importa? ¡Soy fabuloso!”. Recordó la solución final que habían adoptado: declarar a Astolfo como “el primero de su especie sin género determinado”.
Y entonces imaginó a Goetia, el Rey Demonio, la Bestia que incineró la historia humana, teniendo esa misma discusión. Imaginó a Goetia, con su forma imponente y terrorífica, discutiendo acaloradamente con Astolfo sobre si era “él” o “ella” o “elle”. Imaginó a Goetia rindiéndose, frustrado, y declarando: “¡Está bien! ¡Declaro que soy el primero de mi especie sin género determinado también! ¡Ahora déjame en paz!”
Fue tan absurdo, tan ridículo, que casi se rió en la vida real.
Levantó la varita.
“Riddikulus.”
El boggart tembló. La escena de Chaldea comenzó a distorsionarse, los colores a mezclarse. Los cuerpos en el suelo se desvanecieron. Goetia, en su imponente forma dorada, parpadeó… y de repente, estaba vestido con un tutú de ballet.
Un tutú rosa. Con lentejuelas.
Sus cuernos estaban adornados con lazos. Su gran ojo en el pecho tenía pestañas postizas. Y en sus manos, sostenía un ramo de flores mientras intentaba hacer una pirueta.
El contraste era tan brutal, tan absurdo, tan ridículamente cómico, que la clase entera estalló en carcajadas. Incluso los Slytherin, que normalmente mantenían su compostura, se doblaron de risa.
Gudao no rió. No podía.
Miraba al boggart transformado, a esa parodia de su peor pesadilla, y sentía un vacío en el pecho. El hechizo había funcionado. El miedo había sido neutralizado. Pero el recuerdo, la imagen de sus amigos muertos, seguía allí, grabada a fuego en su mente.
El boggart, confundido por las risas, retrocedió hacia el armario. Lupin cerró la puerta de golpe y se volvió hacia la clase, su rostro mostrando una satisfacción profesional, pero sus ojos… sus ojos estaban fijos en Gudao con una expresión que era mitad preocupación, mitad asombro.
“Muy bien, clase”, dijo, pero su voz sonó distante. “Eso es todo por hoy. Podéis iros. La próxima clase hablaremos más sobre los boggart y otras criaturas de las sombras.”
Los estudiantes comenzaron a dispersarse, aún riendo y comentando las transformaciones. Nadie parecía haber entendido realmente lo que había visto en el miedo de Gudao. Para ellos, había sido solo una escena extraña con monstruos y gente rara. No significaba nada.
Pero Harry, que había estado observando desde la fila, no reía.
Había visto los cuerpos. Había visto la desesperación en los ojos de Gudao. Y había visto a esa criatura, ese ser dorado y terrible, que irradiaba una maldad que ni siquiera Voldemort podía igualar. No entendía lo que significaba, pero sabía que era real. Sabía que Gudao cargaba con algo terrible.
Gudao se apartó del grupo y se dirigió a un rincón vacío del aula, donde se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared. Cerró los ojos y se sumergió en su interior.
El Château d’If lo recibió con su oscuridad familiar. Las olas golpeaban los muros, el viento aullaba entre las rejas. Y allí, en la celda más profunda, Edmond Dantès lo esperaba.
«Maestro», dijo el Avenger, su voz más suave de lo habitual. «Ha sido una prueba difícil.»
Gudao asintió sin palabras. No necesitaba hablar; Edmond podía sentir sus emociones, su agotamiento, su dolor.
«El miedo no es debilidad, Maestro. Es el recordatorio de lo que valoramos. Usted teme perder a quienes ama porque los ama de verdad. Eso no es algo de lo que avergonzarse.»
«Lo sé», respondió Gudao mentalmente. «Pero verlo así… tan real…»
«Fue una ilusión. Una proyección. Sus amigos en Chaldea pueden estar vivos. Mientras no tenga pruebas de lo contrario, esa esperanza es válida. Y mientras haya esperanza, hay razón para luchar.»
Gudao permaneció en silencio un largo momento. Luego, lentamente, asintió.
«Gracias, Edmond.»
«Siempre, Maestro. Ahora descanse. La clase aún no ha terminado, y el niño Potter se acerca.»
Gudao abrió los ojos en el mundo real. Harry estaba frente a él, con una expresión de preocupación genuina.
“¿Estás bien?”, preguntó Harry, en voz baja. “Lo que vi allí… parecía horrible.”
Gudao lo miró. El Niño que Vivió, el chico que había perdido a sus padres sin conocerlos, que cargaba con una profecía y un destino que no había elegido. En otra vida, en otro mundo, podrían haber sido amigos. Aquí, comenzaban a serlo.
“Estoy bien”, dijo Gudao, y aunque no era del todo cierto, sonaba más firme que antes. “Gracias, Harry.”
Harry asintió, y por un momento, hubo un entendimiento silencioso entre ellos. Dos personas que cargaban con pesos que nadie más podía ver.
La conversación se interrumpió cuando Lupin llamó a Harry para su turno. El chico de Gryffindor se acercó al armario, y Gudao observó desde su rincón.
Cuando Lupin abrió la puerta, lo que emergió no fue un miedo cualquiera. Fue un dementor.
La criatura flotó hacia Harry, su capucha negra vacía, sus manos descarnadas extendidas. El frío inundó el aula. Las luces parpadearon. Harry levantó la varita, pero su mano temblaba, y su rostro estaba pálido como la cera.
Lupin se interpuso rápidamente, su propia varita en alto. “¡Riddikulus!”
El dementor se transformó en un globo inflable que flotó sin rumbo hasta chocar contra el techo. Lupin lo atrapó con un hechizo y lo metió de vuelta en el armario, cerrando la puerta con violencia.
La clase terminó. Los estudiantes se fueron, algunos aún riendo, otros comentando lo cerca que había estado Harry de desmayarse. Lupin se acercó a Harry y le ofreció un trozo de chocolate, como había hecho con Gudao en el tren.
“Toma. Te ayudará.”
Harry lo aceptó con manos temblorosas.
Gudao, desde su rincón, observó la escena. Dos personas, él y Harry, marcados por sus miedos. Dos personas que habían visto sus peores pesadillas hechas realidad frente a ellos. Dos personas que, de alguna manera, tendrían que aprender a convivir con ellas.
Se levantó lentamente y salió del aula sin hacer ruido. El pasillo estaba vacío, bañado por la luz tenue de las antorchas. Caminó sin rumbo, dejando que sus pies lo llevaran.
En su mente, la imagen de Goetia con tutú luchaba con la imagen de sus amigos muertos. El hechizo había funcionado, pero el miedo seguía allí. Siempre estaría allí.
«Maestro», dijo Edmond, desde las profundidades. «Este día será recordado. No solo por usted, sino por todos los que presenciaron sus miedos. Cuando la guerra comience, ellos recordarán que usted también es humano. Que también tiene algo que perder. Y eso, paradójicamente, los hará confiar más en usted.»
Gudao no respondió. Solo siguió caminando, perdiéndose en los pasillos de Hogwarts, mientras la tarde caía y las sombras se alargaban.
Ese día, todos los que habían estado en la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras habían visto algo que no olvidarían. Los miedos de Harry Potter eran comprensibles: dementores, la oscuridad, la pérdida. Pero los miedos de Gudao Roberts… esos eran de otro mundo. De otro tiempo. De otro lugar.
Y aunque nadie lo entendía del todo, todos sabían que el chico de Slytherin, el que siempre observaba en silencio, el que había sobrevivido al Basilisco y a la Cámara de los Secretos, escondía secretos mucho más profundos y oscuros de lo que nadie podía imaginar.
La guerra por el Santo Grial aún no había comenzado. Pero las piezas se estaban moviendo, y los miedos de los futuros combatientes ya estaban siendo revelados.
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