Fate of Magic - Capítulo 40
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Capítulo 40: Normal
Los días que siguieron a la clase de Lupin tuvieron un matiz extraño, como si el aire mismo de Hogwarts se hubiera vuelto más denso, más consciente de los secretos que albergaba. Las risas que había provocado el boggart de Gudao —ese Goetia con tutú rosa y lazos en los cuernos— se habían desvanecido, pero las miradas no. En los pasillos, en el Gran Comedor, en las aulas, los estudiantes observaban a Gudao Roberts con una curiosidad renovada, una mezcla de fascinación y desconcierto.
Nadie entendía lo que habían visto. Esa escena futurista, esos cuerpos inertes, esa criatura dorada de maldad tangible… no encajaba con nada que conocieran. No era un dementor, no era un mortífago, no era nada de su mundo. Y eso, precisamente eso, era lo que perturbaba.
Gudao, sin embargo, caminaba entre ellos con su habitual impasibilidad. Si las miradas le afectaban, no lo demostraba. Sus ojos oscuros seguían observando, analizando, catalogando información como un archivero meticuloso. Pero por dentro, muy en el fondo, agradecía la rutina. La normalidad. La paz.
Porque después de la tormenta, incluso la calma más frágil era un regalo.
En la sala común de Slytherin, los días transcurrían con una monotonía casi ritual. Los verdes y plateados de las tapicerías, el fuego que crepitaba en la chimenea iluminando los sillones de cuero negro, los vitrales que mostraban escenas de serpientes y mazmorras… todo era familiar, casi acogedor para quienes habían aprendido a llamarlo hogar.
Gudao se sentaba siempre en el mismo rincón, cerca de la ventana que daba a las profundidades del lago. Le gustaba ver las sombras de los peces y las criaturas acuáticas deslizándose entre las algas. Era hipnótico, casi meditativo. En esos momentos, podía fingir que estaba en Chaldea, observando las estrellas falsas del simulador, con Mash a su lado comentando algo sobre el último singularidad.
Pero Mash no estaba. Y las estrellas eran agua y peces.
—Roberts.
La voz de Daphne Greengrass lo sacó de su ensimismamiento. La chica estaba frente a él, con su postura erguida y esa expresión de superioridad que parecía tallada en su rostro. Detrás de ella, como siempre, Pansy Parkinson y Millicent Bulstrode la flanqueaban, sonrisas forzadas en sus labios.
Gudao levantó la vista de su libro de runas. No dijo nada. Solo esperó.
Daphne frunció el ceño, molesta por la falta de reacción. Siempre le molestaba. Era como si sus ataques chocaran contra un muro de seda que los absorbía sin inmutarse.
—He oído que tu actuación en la clase de Lupin fue… peculiar —dijo, cruzando los brazos—. Un monstruo dorado con tutú. Muy original. Supongo que los muggles tienen imaginaciones muy… extrañas.
Pansy soltó una risita forzada. Millicent se limitó a asentir, con la mirada perdida.
Gudao la observó un momento. Millicent. La chica grande y callada que siempre seguía a Daphne como una sombra. Había algo en sus ojos, una especie de resignación, que le recordaba a ciertos soldados que había conocido en Chaldea. Los que luchaban no por convicción, sino porque no tenían otro lugar al que ir.
—Todos tenemos miedos, Greengrass —respondió Gudao, con su voz tranquila—. Los tuyos también salieron a la luz.
El rostro de Daphne cambió por un instante. Una fracción de segundo. Algo cruzó sus ojos, algo que no era orgullo ni superioridad. Pero luego, como si hubiera entrenado para ello, recuperó la compostura.
—¿Mis miedos? —rió, pero fue una risa hueca—. Por favor. Yo me enfrenté a mi boggart como una verdadera sangre pura. Sin aspavientos. Sin dramas.
Mentira. Gudao lo sabía. Había visto su turno. El boggart de Daphne se había transformado en una versión de ella misma, pero sola. Completamente sola. En un salón vacío, con todas las mesas puestas para una fiesta a la que nadie había asistido. Sus amigas, su familia, todos habían desaparecido. Y ella estaba allí, en ese vestido elegante que solía usar en las fotos que le enviaba a Gudao, mirando a su alrededor con una expresión de pánico absoluto.
Daphne había gritado. Un grito corto, agudo, que había helado la sangre de varios compañeros. Y luego, con una rapidez que delataba desesperación, había lanzado el hechizo. Su boggart se había transformado en una versión ridícula de sí misma bailando un vals con un trasgo. La clase había reído, pero Gudao había visto sus manos temblar durante el resto de la hora.
El miedo a la soledad. Ese era el verdadero terror de Daphne Greengrass. No a los monstruos, no a la oscuridad, no a Voldemort. A estar sola. A que todo su séquito, todas esas “amigas” que la rodeaban por estatus, desaparecieran y la dejaran vacía.
Gudao guardó esa información en el archivo mental de “posibles debilidades del enemigo”. No porque planeara explotarla cruelmente, sino porque en una guerra, conocer las grietas en la armadura del adversario podía significar la diferencia entre la victoria y la derrota. Y Daphne, con sus marcas negras en la muñeca, era adversaria. Quisiera o no.
—Claro —dijo Gudao, sin ironía, sin sarcasmo. Solo una afirmación plana, como si hablara del clima—. Lo hiciste muy bien.
Daphne parpadeó, desconcertada. No era la respuesta que esperaba. Esperaba indiferencia, esperaba sarcasmo, esperaba algo que pudiera usar para seguir atacando. Pero esto… esto era desarmante.
—Bueno —dijo, tras un silencio incómodo—. Al menos reconoces mi superioridad. Eso es un progreso.
Gudao volvió a su libro. —Sin duda.
Daphne se quedó allí un momento, como si esperara algo más. Luego, con un bufido, dio media vuelta y se alejó, su séquito siguiéndola como polluelos. Pero antes de desaparecer tras la puerta que llevaba a los dormitorios, Gudao la vio mirar por encima del hombro. Solo un instante. Una mirada rápida, casi imperceptible. Y en esa mirada, por un segundo, la máscara de superioridad se resquebrajó.
Pansy no lo notó. Millicent, sin embargo, sí. Sus ojos se encontraron con los de Gudao, y en ellos había algo parecido al reconocimiento. Como si supiera que él había visto lo mismo que ella.
Luego, la puerta se cerró, y la sala común quedó en silencio, roto solo por el crepitar del fuego y el susurro del agua contra los vitrales.
«La chica Greengrass es más compleja de lo que aparenta», comentó Edmond desde las profundidades de su mente. «Su miedo no es a la muerte ni al dolor. Es a la insignificancia. A no ser recordada. A desaparecer sin dejar huella.»
«Lo sé», respondió Gudao mentalmente. «Y eso la hace peligrosa. Los que temen la insignificancia son capaces de cualquier cosa por ser vistos.»
«O de unirse a cualquier causa que les prometa un lugar en la historia.»
Gudao asintió para sí mismo. Voldemort prometía eso. Un mundo nuevo, un orden nuevo, donde los sangre pura gobernaran. Para alguien como Daphne, criada en la creencia de su superioridad pero vacía por dentro, esa promesa debía ser tentadora.
Otro dato para el archivo.
Si los miedos de Daphne eran un secreto a voces para quien supiera mirar, los de Draco Malfoy eran un espectáculo público. El heredero de los Malfoy había reaccionado a su boggart de una manera que nadie esperaba.
Cuando le llegó el turno, Lupin abrió el armario y de él emergió… nada. O más bien, una ausencia. Un vacío. Y luego, una voz. La voz de Lucius Malfoy, su padre, resonando en el aula vacía.
“¿Draco? ¿Eres tú? No… no puede ser. Tú no eres mi hijo. Mi hijo es un verdadero sangre pura. Mi hijo es digno del nombre Malfoy. Tú… tú no eres más que un fraude.”
Y entonces, la imagen se materializó. Lucius Malfoy, con su característica expresión de desdén, mirando a Draco no con orgullo, sino con decepción. Con repulsión. Como si su propio hijo fuera un error, una mancha en el linaje familiar.
Draco había palidecido. Su varita había temblado en su mano, y durante un momento terrible, todos pensaron que no podría lanzar el hechizo. Pero lo hizo. “Riddikulus”. Y el boggart se transformó en Lucius vestido de payaso, con una nariz roja y un sombrero de copa que echaba agua.
La clase había reído. Draco también, pero su risa era forzada, hueca, un intento desesperado de ocultar lo que todos habían visto: Draco Malfoy, el niño de sangre pura por excelencia, el que se burlaba de los nacidos de muggles, el que presumía de su linaje en cada oportunidad… tenía miedo de no ser suficiente. Miedo de que su padre lo rechazara. Miedo de que toda su identidad, construida sobre la base de la pureza de sangre, fuera una mentira.
Desde ese día, algo en Draco había cambiado. No en su actitud externa —seguía siendo el mismo imbécil arrogante de siempre—, pero en sus ojos… en sus ojos había una sombra nueva. Una duda. Y eso, en alguien como Draco, era más peligroso que cualquier amenaza externa.
En la sala común, Draco se había vuelto más ruidoso. Más teatral. Como si necesitara compensar con volumen lo que había perdido en certeza.
—¡Mi padre me ha escrito! —anunció una tarde, agitando un pergamino con el sello de los Malfoy—. Está muy orgulloso de cómo manejé lo del hipogrifo. Dice que el Ministerio tomará cartas en el asunto. ¡Hagrid será despedido, ya lo veréis!
Crabbe y Goyle asintieron con entusiasmo, sus mentes simples incapaces de procesar la contradicción entre las palabras de Draco y la expresión de sus ojos. Pero Gudao, desde su rincón, observaba.
El miedo de Draco no era a la muerte ni al dolor. Era al fracaso. A no estar a la altura. A que todo lo que le habían enseñado sobre su superioridad resultara ser una fachada, un castillo de naipes que podía derrumbarse con el primer soplo de realidad.
Eso, pensó Gudao, es lo que Voldemort explotará. La necesidad de validación. La desesperación por demostrar que es digno.
En la guerra que se avecinaba, Draco Malfoy no sería un enemigo por convicción, sino por necesidad. Porque si no era el heredero de los Malfoy, el sangre pura perfecto, ¿qué era? ¿Quién era?
Y esa pregunta, sin respuesta, era el mejor cebo que un manipulador como Voldemort podía desear.
No solo los alumnos habían revelado sus miedos. Durante la clase, cuando el boggart había quedado brevemente sin objetivo entre un alumno y otro, Lupin se había interpuesto para evitar que la criatura se manifestara sin control. Pero en ese breve instante, el boggart había empezado a transformarse.
Había sido solo un destello. Una imagen fugaz que la mayoría no alcanzó a ver. Pero Gudao, con sus reflejos entrenados en mil batallas, la capturó.
Una luna llena. Plateada, inmensa, colgando sobre un paisaje oscuro. Y bajo ella, una silueta que comenzaba a deformarse, a retorcerse, a cubrirse de pelo…
Lupin había cerrado el armario de golpe, su rostro más pálido de lo habitual, y había cambiado de tema con una habilidad que delataba años de práctica. Pero Gudao había visto. Y había entendido.
Hombre lobo. El profesor Lupin era un hombre lobo.
No dijo nada. No era su lugar. Además, ¿qué derecho tenía él a juzgar? En Chaldea había conocido a seres mucho más extraños, mucho más peligrosos, que habían resultado ser aliados leales. Mordred, la bestia de la rebelión. Kiara, la bestia del placer. incluso Goetia, en cierto modo, había terminado ayudándolos. La naturaleza de alguien no definía su moral.
Pero el dato era útil. Explicaba por qué Lupin estaba tan delgado, tan cansado, por qué sus ropas estaban siempre gastadas. También explicaba su conocimiento de los dementores y su conexión con el pasado de Harry. Los hombres lobo, Gudao lo sabía por sus lecturas, eran criaturas perseguidas, marginadas. Lupin debía haber sufrido mucho para llegar hasta aquí.
«Otro secreto que guardar», pensó. «Pero este no es mío. No lo usaré a menos que sea necesario.»
Esa era su regla. No indagar en la vida privada de los demás si no era imprescindible. En Chaldea, había aprendido que la confianza se construía con respeto, no con intromisiones. Y aunque Lupin no era de Chaldea, merecía el mismo trato.
Las semanas pasaron, y Hogwarts recuperó su ritmo habitual. Las clases se sucedían unas a otras como los vagones de un tren: Transformaciones con McGonagall, Herbología con Sprout, Historia de la Magia con Binns (donde Gudao aprovechaba para dormir o planificar), y por supuesto, Pociones con Snape.
Snape seguía siendo Snape. Su odio hacia Harry no disminuía, y su desconfianza hacia Gudao tampoco. Pero al menos, después de la clase del boggart, parecía haber perdido un poco de interés en atacarlo directamente. Quizás porque había visto algo en los ojos de Gudao que le había hecho pensar. O quizás porque, simplemente, tenía cosas más importantes de las que ocuparse.
En Defensa Contra las Artes Oscuras, Lupin continuaba con sus clases prácticas y teóricas. Enseñó sobre grindylows, sobre kappas, sobre red caps. Siempre con ese tono calmado, siempre con ese conocimiento profundo que denotaba experiencia real. Gudao disfrutaba sus clases. No solo por el contenido, sino porque Lupin era el único profesor, aparte de Dumbledore, que parecía ver más allá de las apariencias.
—Señor Roberts —le dijo un día, al final de una clase—. ¿Podría quedarse un momento?
Gudao asintió y esperó a que los demás alumnos salieran. Harry le lanzó una mirada de curiosidad antes de desaparecer por la puerta con Ron y Hermione.
Cuando estuvieron solos, Lupin se sentó en su escritorio y lo miró con esa expresión suya, mitad cansada, mitad perspicaz.
—Quería preguntarle cómo se encuentra —dijo—. Después de lo del boggart. No es fácil enfrentarse a los propios miedos, y el suyo… bueno, era bastante intenso.
Gudao sostuvo su mirada. —Estoy bien, profesor. Gracias por preocuparse.
—No es preocupación, exactamente —Lupin sonrió con suavidad—. Es curiosidad profesional. He visto muchos miedos en mi vida, pero el suyo era… diferente. No reconozco el lugar que apareció, ni a esas personas. Y esa criatura… no era nada de este mundo, ¿verdad?
Gudao no respondió de inmediato. Evaluó sus opciones. Mentir era fácil, pero Lupin no merecía mentiras. Tampoco podía decir la verdad. No aún.
—Vengo de muy lejos, profesor —dijo al fin—. De un lugar donde las cosas son muy diferentes. Allí, esa criatura era real. Y esas personas… eran mis amigos.
Lupin asintió lentamente, como si esa respuesta confirmara algo que ya sospechaba.
—Lo imaginé. No hace falta que me dé detalles si no quiere. Pero sepa que, si alguna vez necesita hablar con alguien… estoy aquí. No solo como profesor, sino como alguien que también ha cargado con secretos.
Gudao sintió un calor extraño en el pecho. Era agradecimiento. Un sentimiento que creía haber enterrado junto con Chaldea.
—Gracias, profesor. Lo tendré en cuenta.
Salió del aula con una sensación de paz inusual. Lupin era buena persona. Y en este mundo lleno de sombras y conspiraciones, eso era más valioso de lo que parecía.
Las comidas en el Gran Comedor se habían convertido en un punto de encuentro, aunque no oficial. Harry, Ron y Hermione solían sentarse cerca de la mesa de Slytherin —no al lado, porque eso habría levantado demasiadas cejas, pero lo suficientemente cerca para intercambiar saludos y conversaciones breves.
Hermione, como siempre, aparecía y desaparecía de manera misteriosa. Un momento estaba sentada con ellos, y al siguiente, sin que nadie la hubiera visto moverse, estaba en la biblioteca o en clase. Gudao lo había notado, y aunque le parecía extraño, no había encontrado una explicación lógica.
—¿Has visto a Hermione? —preguntó Ron un día, con la boca llena de pastel de calabaza.
—Está allí —respondió Harry, señalando un punto vacío.
—No, no está.
—Pero si la vi…
—Es que siempre hace lo mismo —intervino Gudao, acercándose a su mesa con su bandeja—. Aparece y desaparece sin que nadie la vea. Es un talento impresionante.
Ron y Harry se rieron, pero Gudao no bromeaba del todo. Había algo en Hermione, algo relacionado con sus marcas de comando, que aún no comprendía. Quizás era un poder latente. Quizás era simplemente que era muy callada al moverse. Pero en una guerra, incluso los detalles más pequeños podían ser importantes.
Ron, por su parte, había cambiado. Ya no mostraba esa hostilidad inicial hacia Gudao. Todavía había cierta incomodidad, cierta rigidez en sus interacciones, pero era más bien la timidez de alguien que no sabe cómo actuar después de haber sido un idiota. No el odio genuino que sentía hacia Slytherin en general.
—Oye, Roberts —le dijo un día, mientras esperaban juntos en la cola para la cena—. Lo del boggart… lo siento. No me reí de ti ni nada, ¿eh? Es solo que… bueno, era muy raro ver a ese monstruo con tutú.
—Fue intencionado —respondió Gudao—. Cuanto más ridículo, más efectivo es el hechizo.
—Sí, ya, pero… —Ron dudó—. Lo que había antes del tutú. Esos amigos tuyos… ¿están bien?
Gudao lo miró. Ron parecía genuinamente preocupado. No era el chico que se burlaba de él en la biblioteca hacía meses. Era alguien que estaba aprendiendo a ver más allá de las etiquetas.
—No lo sé —admitió Gudao—. Espero que sí.
Ron asintió, como si entendiera. Y en cierto modo, quizás lo hacía. Él también tenía miedo por su familia, por sus hermanos, por sus amigos. El miedo a perder a los seres queridos era universal.
Harry, por su parte, se había convertido en un amigo más directo. Lo buscaba en los pasillos, le preguntaba por las tareas, compartía chocolate con él cuando podían. Había algo en su relación que trascendía la simple amistad escolar. Era el reconocimiento mutuo de dos personas que cargaban con pesos que nadie más podía ver.
—¿Crees que Lupin sabe algo? —le preguntó Harry un día, mientras paseaban por el lago—. Sobre Sirius Black, quiero decir.
—Es posible —respondió Gudao—. Lupin parece saber muchas cosas. Pero no creo que te ocultara información a propósito. Quizás solo espera el momento adecuado.
Harry suspiró. —Es que no entiendo por qué Sirius Black se escapó de Azkaban. Dicen que era seguidor de Voldemort, que traicionó a mis padres… pero entonces, ¿por qué huir ahora? Llevaba doce años encerrado.
Gudao reflexionó. La historia de Sirius Black tenía agujeros. Muchos agujeros. Y en su experiencia, cuando una historia tenía demasiados agujeros, era porque alguien estaba mintiendo.
—Quizás no es tan simple —dijo—. Quizás hay algo más que no sabes.
Harry lo miró con una mezcla de esperanza y escepticismo. —¿Como qué?
—No lo sé. Pero si algo he aprendido, es que las cosas casi nunca son lo que parecen. Los héroes pueden ser villanos, los villanos pueden ser héroes, y la verdad suele estar en algún punto intermedio.
Harry se quedó pensativo, mirando las aguas tranquilas del lago negro. En su superficie, el castillo se reflejaba como un espejo de piedra y luz.
—A veces pienso —dijo Harry en voz baja— que mi vida sería más fácil si todo fuera blanco o negro. Bueno o malo. Voldemort o Dumbledore. Pero no es así, ¿verdad?
—No —confirmó Gudao—. Nunca lo es.
En la sala común de Slytherin, Gudao había aprendido a navegar las complejas dinámicas sociales de su casa. No todos eran como Draco o Daphne. De hecho, la mayoría de los Slytherin eran estudiantes normales que simplemente habían sido asignados a esa casa por sus ambiciones o su astucia, no por su maldad inherente.
Estaban los gemelos Derrick, dos hermanos de cuarto año que siempre estaban dispuestos a ayudar con las tareas de Pociones a cambio de un poco de compañía. Estaba Tracey Davis, una chica de su curso que, aunque amiga de Daphne por obligación social, prefería pasar el tiempo leyendo novelas de aventuras en su rincón favorito. Estaba Theodore Nott, un chico delgado y callado cuyo padre era mortífago, pero que nunca hablaba de eso y parecía preferir la soledad.
Con ellos, Gudao había establecido una relación cordial. No eran amigos íntimos, pero sí compañeros con los que podía compartir un rato sin temor a puñaladas traperas. En un ambiente como Slytherin, eso era más valioso de lo que parecía.
—Roberts, ¿has terminado el ensayo de Pociones? —le preguntó Tracey una tarde, mientras ambos estudiaban en la biblioteca—. El mío es un desastre. Snape me va a matar.
—Todavía no —respondió Gudao—. Pero puedo echarte un vistazo si quieres.
—¿En serio? —Tracey lo miró con sorpresa—. ¿No te importa?
—Para eso están los compañeros.
Tracey sonrió, y por un momento, su rostro perdió esa máscara de indiferencia que solía llevar. Era agradable, pensó Gudao. Poder ayudar a alguien sin segundas intenciones. Sin esperar nada a cambio.
Pero no todo era paz en Slytherin. Draco y su séquito seguían siendo una presencia constante, y sus ataques, aunque cada vez más predecibles, no cesaban.
—¿Estudias con los de Gryffindor ahora, Roberts? —se burló Draco una noche, al verlo entrar en la sala común—. Cuidado, que se te pegue la pobreza.
Gudao no respondió. Se dirigió a su rincón habitual y se sentó con su libro.
—¿No tienes nada que decir? —insistió Draco, acercándose—. ¿O es que eres demasiado cobarde?
Gudao levantó la vista. Sus ojos oscuros se encontraron con los de Draco, y por un momento, el silencio se hizo incómodo.
—No tengo nada que decir porque no me importa lo que pienses —respondió con calma—. Tú sigue con tu vida, yo seguiré con la mía. Y si algún día te cansas de hacer el ridículo, quizás podamos hablar.
Draco enrojeció. Crabbe y Goyle se tensaron, esperando una orden. Pero Draco, después de un momento de duda, dio media vuelta y se alejó, murmurando algo sobre “muggles insolentes”.
Gudao volvió a su libro. Pero por dentro, sonreía. Draco estaba perdiendo su poder. Cuanto más lo ignoraba, más se desinflaba su arrogancia. Y eso, en una guerra psicológica, era una victoria.
A pesar de la calma, Gudao no olvidaba su misión. En los márgenes de sus pergaminos, en los momentos de soledad en la sala común, en las noches de insomnio en su dormitorio, seguía trabajando en su lista.
Siete Rojos identificados: él, Harry, Hermione, Ron, Neville, Luna, Hagrid. Todos con sus marcas visibles, aunque ninguno, excepto él, sabía lo que significaban.
Dos Negros identificados: Draco y Daphne. Sus marcas eran inconfundibles, y ambos, aunque no comprendían su significado, eran conscientes de ellas.
Faltaban cinco Negros. ¿Dónde estaban? ¿Quiénes eran?
Había considerado la posibilidad de que fueran adultos. Profesores, quizás. Pero ninguno de los profesores, excepto Hagrid (que era Rojo), mostraba marcas visibles. Dumbledore no las tenía, o al menos no las mostraba. Snape… Snape era una incógnita. Sus mangas siempre largas, sus guantes en Pociones… podría ocultar marcas, pero ¿por qué lo haría? Los Negros, como Draco y Daphne, no parecían interesados en ocultarlas.
Otra posibilidad: que estuvieran fuera de Hogwarts. Voldemort, sin cuerpo, era un candidato obvio. Bellatrix Lestrange estaba en Azkaban, pero eso no impedía que fuera Master. Lucius Malfoy se movía con libertad. Fenrir Greyback, el hombre lobo, era una amenaza constante. Y Peter Pettigrew… de Peter Pettigrew no había rastro, pero Gudao recordaba haber leído sobre él en los periódicos. Era uno de los supuestos cómplices de Sirius Black, dado por muerto hace doce años.
¿Y si no está muerto? se preguntó. ¿Y si está escondido?
Era una posibilidad. En las guerras del Santo Grial, los Masters podían ser cualquier persona con suficiente potencial mágico. No importaba si estaban en prisión, si no tenían cuerpo, si estaban escondidos. El Grial los elegía, y ellos, de alguna manera, participarían.
Gudao anotó los nombres en su mente: Voldemort, Bellatrix, Lucius, Fenrir, Peter. Cinco nombres. Cinco candidatos. No tenía pruebas, pero su instinto le decía que no se equivocaba.
«Maestro», dijo Edmond, emergiendo de las sombras de su conciencia. «El Grial se está cargando. Lo siento incluso desde aquí. Pronto, muy pronto, los servants comenzarán a ser invocados.»
«Lo sé», respondió Gudao. «Y cuando eso pase, la guerra comenzará de verdad.»
«¿Está preparado?»
Gudao miró por la ventana de la sala común, hacia las profundidades oscuras del lago. Allí abajo, criaturas desconocidas nadaban en la penumbra, ajenas a los conflictos de los humanos. Como este mundo, pensó. Ajeno a la guerra que se avecinaba.
«Lo estaré», respondió. «Tengo que estarlo.»
Esa noche, Gudao no pudo dormir. Se levantó sigilosamente, evitando despertar a sus compañeros de dormitorio —Theodore Nott, que dormía en la cama de al lado, era un durmiente ligero—, y se dirigió a la sala común.
El fuego seguía encendido, alimentado por magia, proyectando sombras danzantes en las paredes. Se sentó en su sillón favorito y se quedó mirando las llamas.
Los últimos meses habían sido… extraños. Había llegado a este mundo después de la batalla en el Templo del Tiempo, confundido, herido, solo. Y poco a poco, había ido construyendo una nueva vida. Amigos nuevos. Propósitos nuevos.
Pero Chaldea seguía allí, en el fondo de su mente. Mash, Romani, Da Vinci, todos los servants que había conocido… no eran recuerdos, eran heridas abiertas que se negaban a cerrar.
«Maestro», dijo Edmond, apareciendo a su lado. No físicamente, sino como una presencia tangible, una sombra entre las sombras. «Debería descansar.»
—No puedo —respondió Gudao en voz baja—. Cada vez que cierro los ojos, los veo. A todos ellos.
«Es el precio de amar. Recordar a quienes hemos perdido.»
—¿Tú perdiste a alguien, Edmond?
El Avenger guardó silencio un momento. «A mí mismo. Perdí al hombre que era antes del Château d’If. Pero también perdí a Mercedes, de la manera más cruel. El amor no correspondido es otra forma de pérdida.»
Gudao asintió. Todos tenían sus fantasmas.
—¿Crees que podré volver? —preguntó—. ¿A Chaldea?
«No lo sé, Maestro. Pero mientras haya posibilidad, hay esperanza. Y mientras haya esperanza, hay razón para luchar.»
Las mismas palabras que le había dicho después de lo del boggart. Gudao sonrió levemente.
—Eres terco, ¿lo sabías?
«Es parte de mi encanto.»
Por primera vez en semanas, Gudao rió. Fue una risa corta, baja, pero genuina. Edmond, a su manera, era un buen compañero.
—Gracias —dijo—. Por estar aquí.
«Siempre, Maestro. Siempre.»
El fuego crepitó, y Gudao se quedó mirándolo hasta que, finalmente, el sueño llegó. No fue un sueño profundo, pero sí reparador. Y cuando despertó, con los primeros rayos del sol filtrándose por los vitrales, se sintió un poco más ligero.
La rutina continuaba. Las clases, las comidas, las interacciones con amigos y enemigos. Pero algo había cambiado. Una certeza nueva, una calma interior que no había sentido desde que llegó a este mundo.
La guerra se acercaba. Lo sabía. Pero mientras tanto, mientras la paz durara, viviría. Disfrutaría de estos momentos de normalidad. Porque cuando la tormenta estallara, necesitaría recordar por qué valía la pena luchar.
Se levantó, se estiró, y se dirigió a los dormitorios para cambiarse. Un nuevo día comenzaba. Nuevas clases, nuevos desafíos, nuevas oportunidades.
Y en algún lugar, en las sombras, los Masters Negros esperaban su momento.
Pero eso, pensó Gudao mientras se ajustaba la corbata verde y plateada, sería preocupación del Gudao del futuro. El Gudao del presente tenía un desayuno que disfrutar y amigos con los que compartirlo.
La calma después de la tormenta era frágil, pero era suya. Y la protegería mientras pudiera.
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Las semanas que siguieron a la clase de Lupin transcurrieron con una tranquilidad que rayaba en lo monótono. Octubre se deslizó hacia noviembre, y noviembre arrastró consigo los primeros fríos que anunciaban la llegada del invierno. Las paredes de piedra de Hogwarts, siempre húmedas, comenzaron a cubrirse de una capa de escarcha que los elfos domésticos combatían con hechizos de calefacción en los pasillos principales. Las ventanas, especialmente las de la torre de Gryffindor y los salones de Ravenclaw, mostraban paisajes cada vez más blancos, y el lago Negro había adquirido ese tono plomizo que precedía a la congelación.
Gudao se había adaptado a la rutina con la facilidad de quien ha pasado meses en entornos hostiles. Las clases, las comidas, los estudios en la biblioteca, las conversaciones ocasionales con Harry y los demás Gryffindor, las interacciones forzadas con Draco y Daphne en la sala común de Slytherin… todo seguía un patrón predecible, casi reconfortante en su falta de sobresaltos.
Pero incluso en la calma, la vida seguía su curso. Y la vida, en Hogwarts, nunca era completamente predecible.
Fue una mañana de martes, durante el desayuno, cuando Lavender Brown irrumpió en el Gran Comedor con el rostro desencajado y los ojos enrojecidos. No lloraba, pero estaba a punto de hacerlo. Parvati Patil la seguía, con una expresión de consternación mal disimulada, susurrando algo que Gudao no pudo distinguir desde la mesa de Slytherin.
—¿Qué le pasa a Lavender? —preguntó Draco en voz alta, con ese tono de suficiencia que caracterizaba cada una de sus intervenciones—. ¿Perdió algún brillo de labios?
Crabbe y Goyle rieron con la obediencia de perros bien entrenados. Pero nadie más en la mesa de Slytherin siguió la broma. Algo en la expresión de Lavender, en la forma en que sus manos temblaban mientras se dejaba caer junto a Hermione, transmitía un dolor que iba más allá de los problemas superficiales de una adolescente.
Gudao observó la escena con atención, manteniendo su expresión neutra. Desde su posición, podía ver cómo Hermione rodeaba los hombros de Lavender con un brazo, cómo Harry y Ron intercambiaban miradas de preocupación, cómo la profesora McGonagall se acercaba a la mesa de Gryffindor con paso rápido.
—¿Ha ocurrido algo, señorita Brown? —preguntó McGonagall, su voz aguda pero no carente de suavidad.
Lavender alzó la vista, y las palabras brotaron de ella en un torrente entrecortado por sollozos contenidos.
—Es Brillo… mi conejo… ha muerto… Lo encontré esta mañana en su jaula… estaba… estaba tan quieto… y tenía los ojos abiertos y…
No pudo continuar. Parvati tomó la palabra, su voz más firme pero igualmente afectada.
—Los elfos de la cocina dijeron que no encontraron nada raro. Parece que murió de viejo, pero… Lavender lo quería mucho.
McGonagall asintió con comprensión. —Lo siento mucho, señorita Brown. Puede ausentarse de las primeras clases si lo necesita. Hablaré con sus profesores.
Lavender asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Hermione le ofreció un pañuelo, y las dos chicas se quedaron en un silencio que, para Gudao, tenía un significado que iba más allá de la pérdida de una mascota.
No era la primera vez que veía a alguien llorar por un ser querido. En Chaldea, había visto a soldados derrumbarse ante la noticia de la muerte de sus compañeros. Había visto a Mash llorar en silencio cuando un singularidad les había arrebatado a civiles que no habían podido salvar. La muerte, para Gudao, no era un concepto abstracto. Era una compañera constante, una sombra que caminaba a su lado desde que había asumido el rol de Master de la Humanidad.
Pero para Lavender, una chica de trece años que probablemente nunca había visto la muerte de cerca, la pérdida de su conejo era un mundo que se derrumbaba. Y aunque para algunos pudiera parecer una tontería, Gudao sabía que el dolor no se medía en la magnitud de la pérdida, sino en el amor que se había invertido en lo perdido.
«La niña Brown sufre», comentó Edmond desde las profundidades de su mente. «Su dolor es genuino, aunque su causa parezca pequeña para los ojos del mundo.»
«El dolor nunca es pequeño para quien lo siente», respondió Gudao mentalmente. «Eso lo aprendí hace mucho tiempo.»
Cuando Lavender se levantó para abandonar el Gran Comedor, seguida por Parvati y Hermione, Gudao notó algo que le hizo fruncir el ceño. Hermione, al pasar cerca de la mesa de Slytherin, le lanzó una mirada rápida. No era la mirada de quien busca apoyo o compañía. Era la mirada de quien observa, de quien evalúa. Y en sus ojos, por un instante, Gudao vio algo que no esperaba encontrar en una estudiante de tercer año de Gryffindor.
Había cálculo en esa mirada. Había estrategia.
¿Qué esconde Hermione Granger?, se preguntó por enésima vez.
Pero no tuvo tiempo de profundizar en la pregunta. Draco, fiel a su costumbre, había decidido convertir la tragedia ajena en espectáculo.
—¿Un conejo? —se burló, con la voz lo suficientemente alta para que todo Slytherin lo escuchara—. ¿En serio se ponen así por un conejo? Los sangre sucia son tan sensibles…
Gudao no respondió. No porque no tuviera respuesta, sino porque sabía que cualquier reacción alimentaría el circo que Draco intentaba montar. Pero en su interior, anotó mentalmente el incidente. No por el conejo, sino por lo que revelaba: Draco Malfoy, el niño que temía no ser suficiente para su padre, reaccionaba al dolor ajeno con burla porque no sabía procesarlo de otra manera. Era un mecanismo de defensa, patético en su previsibilidad, pero no por ello menos peligroso.
Cuando la guerra llegue, pensó, gente como Draco será la primera en romperse. O la primera en traicionar.
El resto de la semana transcurrió sin incidentes mayores. Lavender volvió a clases al día siguiente, con los ojos aún enrojecidos pero la compostura recuperada. Hermione había vuelto a sus apariciones y desapariciones misteriosas, y Harry había comenzado a hablar con más frecuencia sobre Sirius Black, obsesionado con la idea de que el prófugo pudiera estar buscándolo.
—Mi padre y mi madre —le dijo a Gudao una tarde, mientras paseaban por el patio cubierto de hojas secas—, murieron por culpa de Sirius Black. Él los traicionó. Le dijo a Voldemort dónde estaban escondidos.
—Eso es lo que dicen —respondió Gudao con cuidado—. Pero ¿has considerado que quizás no es tan simple?
Harry lo miró con una mezcla de esperanza y frustración. —¿Por qué dices eso?
—Porque las historias oficiales rara vez cuentan toda la verdad. Y porque, si Sirius Black es tan peligroso como dicen, ¿por qué esperó doce años para escapar? ¿Por qué ahora?
Harry se quedó callado, mordiéndose el labio inferior. Era evidente que la pregunta lo había rondado antes, pero no se había atrevido a formularla en voz alta.
—No lo sé —admitió al fin—. Pero tengo que saberlo. Necesito saber por qué lo hizo. Por qué los mató.
Gudao asintió. Comprendía esa necesidad. La necesidad de entender, de encontrar un sentido en el sinsentido del dolor. Era la misma necesidad que lo había impulsado a seguir luchando después de cada pérdida en Chaldea.
—Entonces averigüémoslo —dijo—. Pero con cuidado. Y sin hacer nada imprudente.
Harry sonrió, y por un momento, la sombra de Sirius Black pareció alejarse de sus ojos.
El primer fin de semana de diciembre trajo consigo la primera visita programada a Hogsmeade, el único pueblo completamente mágico de Gran Bretaña. Para los estudiantes de tercer año en adelante, era un evento esperado con ansias, una oportunidad de salir de los muros del castillo y respirar un aire diferente.
Pero para Harry, era una tortura.
—No puedo ir —dijo con amargura durante el desayuno, mientras los demás estudiantes discutían emocionados sus planes para la excursión—. Mi tío no firmó el permiso.
Ron puso los ojos en blanco. —Podrías haberlo falsificado. Yo lo hice el año pasado, y a mi padre ni siquiera se le ocurrió comprobarlo.
—Yo no sé falsificar firmas —replicó Harry con tono sombrío—. Y además, Hermione dice que es peligroso con Sirius Black suelto.
—Hermione dice muchas cosas —murmuró Ron, pero sin verdadera malicia.
Gudao, que estaba en una mesa cercana con algunos compañeros de Slytherin, captó parte de la conversación. Harry se quedaba en Hogwarts. Eso significaba que, mientras los demás se divertían en Hogsmeade, Harry estaría solo en el castillo. O casi solo, porque Hermione también se quedaba.
—No voy a ir —había dicho Hermione la noche anterior, con determinación—. Alguien tiene que acompañar a Harry. No es seguro que esté solo con Sirius Black suelto.
Ron había protestado, pero Hermione había sido firme. Y aunque Ron había ido finalmente con sus hermanos Fred y George, Gudao sabía que Hermione se quedaría.
Eso es interesante, pensó. Hermione sacrifica su propia diversión por proteger a Harry. Pero también podría ser una oportunidad para observar su comportamiento sin las distracciones de otros.
No tenía mucho tiempo para investigar, sin embargo. Él mismo tenía que ir a Hogsmeade. No porque le interesara especialmente, sino porque no hacerlo habría levantado sospechas. Un estudiante de tercer año que se queda voluntariamente en el castillo cuando todos los demás se van… eso llama la atención. Y en estos momentos, Gudao prefería pasar desapercibido.
El viaje a Hogsmeade fue… mundano. Las calles empedradas estaban llenas de estudiantes de Hogwarts, sus bufandas de colores señalando sus casas como banderas en un campo de batalla. Gudao caminó con un grupo de Slytherin neutrales —Tracey Davis, los gemelos Derrick, y sorprendentemente, Theodore Nott, que se había unido a ellos casi sin decir palabra— y recorrieron las tiendas sin mayor entusiasmo.
—¿Vas a comprar algo, Roberts? —preguntó Tracey, mientras hojeaba una revista en las Tiendas de Zonko.
—Quizás algo de chocolate —respondió Gudao—. A Lupin le gusta, y tengo la impresión de que es buena idea tenerlo a mano.
Tracey rió. —¿Le estás haciendo la pelota al profesor?
—Estoy siendo estratégico —respondió Gudao con una sonrisa tenue—. Hay una diferencia.
Los gemelos Derrick compraron una colección de bromas que, según aseguraron, usarían para “vengarse de Peeves por lo del mes pasado”. Theodore Nott compró un libro de runas antiguas que había estado buscando desde el inicio del curso, y por un momento, sus ojos grises se encontraron con los de Gudao con una expresión que podía ser camaradería o simplemente reconocimiento mutuo de almas solitarias.
—Has estado investigando runas —dijo Theodore, con su voz baja y pausada—. He visto tus anotaciones en la biblioteca.
—Son interesantes —respondió Gudao—. Tienen aplicaciones que la mayoría ignora.
Theodore asintió lentamente. —Mi padre dice que las runas son la base de la magia antigua. La magia verdadera. La que no necesita varitas ni palabras.
—¿Tu padre es un entusiasta de las runas?
—Mi padre es muchas cosas —respondió Theodore, y en su voz había un matiz que Gudao no pudo identificar del todo—. Pero no todas son para compartir.
La conversación quedó ahí, pero Gudao guardó el intercambio en su memoria. Theodore Nott era un hijo de mortífago, pero no parecía compartir las ideas de su padre. O quizás las compartía, pero las ocultaba bajo una capa de indiferencia. En cualquier caso, era alguien a quien observar.
La tarde en Hogsmeade pasó sin incidentes. No hubo señales de Sirius Black, no hubo dementores acechando, no hubo nada que rompiera la normalidad del día. Gudao compró una caja de bombones de miel y un pequeño cuaderno de piel para tomar notas, y cuando el grupo regresó al castillo al anochecer, estaba cansado pero no insatisfecho.
La normalidad, pensó mientras subían las escaleras hacia el Gran Comedor, era un lujo que no podía permitirse el lujo de despreciar.
La cena fue tranquila. Los estudiantes que habían ido a Hogsmeade intercambiaban historias sobre sus compras, sobre los fantasmas que habían visto en las calles, sobre el nuevo sabor de cerveza de mantequilla que servían en las Tres Escobas. Los que se habían quedado en el castillo —un grupo reducido, en su mayoría de cursos inferiores— escuchaban con envidia o indiferencia, según su carácter.
Harry estaba sentado en la mesa de Gryffindor con Hermione, ambos en silencio. Gudao notó que Harry parecía cansado, con ojeras bajo sus ojos verdes, y que Hermione estaba más callada de lo habitual. Había algo en la atmósfera entre ellos, una tensión que no se explicaba solo por la frustración de haberse perdido la excursión.
¿Qué pasó hoy mientras estábamos fuera?, se preguntó Gudao. Pero no tenía manera de averiguarlo sin preguntar directamente, y hacerlo en el Gran Comedor, con tantos oídos alrededor, no era prudente.
La cena terminó sin novedad. Gudao se despidió de Tracey y los gemelos y se dirigió hacia la mazmorra, donde la sala común de Slytherin lo recibió con su habitual penumbra verde. Draco no estaba —probablemente aún presumiendo en Hogsmeade de alguna compra cara—, y Daphne tampoco. La sala estaba casi vacía, con solo unos pocos estudiantes de cursos superiores estudiando en silencio.
Gudao se sentó en su rincón habitual, abrió el libro de runas que Theodore le había recomendado, y comenzó a leer. No esperaba que la noche trajera nada fuera de lo común. No esperaba que la paz durara.
Pero duró. Hasta que los gritos comenzaron.
Fue un sonido lejano al principio, un rumor que se filtraba por los pasillos de piedra como un eco distorsionado. Gudao levantó la vista de su libro, los músculos tensándose de forma automática. El instinto de combate, forjado en decenas de batallas, no se olvidaba con unas semanas de paz.
—¿Has oído eso? —preguntó Tracey, que estaba sentada cerca con un ensayo de Historia de la Magia.
Antes de que Gudao pudiera responder, las puertas de la sala común se abrieron de golpe. Un estudiante de quinto año, pálido y jadeante, entró corriendo.
—¡Algo ha pasado! —gritó, su voz quebrada por la agitación—. ¡En la torre de Gryffindor! ¡Han llamado a todos los prefectos!
La sala común estalló en murmullos. Los estudiantes dejaron sus libros, sus conversaciones, sus partidas de ajedrez mágico, y se agolparon hacia las puertas. Gudao se levantó con calma, pero su mente ya estaba en movimiento.
Gryffindor. La torre. Algo ha pasado.
Snape apareció en la entrada de la sala común como un espectro de tela negra, su rostro pálido y severo. Su presencia, normalmente fuente de temor entre los Slytherin, en ese momento fue un ancla de autoridad.
—Silencio —dijo, y su voz, aunque baja, cortó el murmullo como un cuchillo—. Todos permanecerán aquí. Los prefectos, conmigo. El resto, en sus asientos. No se muevan hasta nueva orden.
—Profesor, ¿qué está pasando? —preguntó una voz desde el fondo.
Snape no respondió. Sus ojos, negros y fríos, recorrieron la sala, y por un instante se detuvieron en Gudao. Fue solo un segundo, pero Gudao sintió el peso de esa mirada, la pregunta tácita que contenía. ¿Sabes algo? ¿Estás involucrado?
Gudao mantuvo su expresión neutra. No tenía nada que ver con lo que estaba ocurriendo. No esta vez.
Snape se fue, seguido por los prefectos de Slytherin, y la sala común quedó sumida en una tensión apenas contenida. Los estudiantes susurraban, especulaban, pero nadie se atrevía a desafiar la orden de Snape. Gudao se quedó en su rincón, el libro de runas olvidado sobre sus rodillas, la mente trabajando a toda velocidad.
Sirius Black, pensó. Tiene que ser él.
Pero no podía estar seguro. No aún.
Lo que sucedió después lo supo por fragmentos, por los relatos que llegaron a la sala común en las horas siguientes, cuando los prefectos regresaron y la información comenzó a filtrarse. Fue Percy Weasley, el prefecto de Gryffindor, quien dio la versión más completa cuando vino a coordinar con los prefectos de Slytherin.
Harry Potter había sido el primero en encontrar la escena.
La versión de los hechos, reconstruida a partir de múltiples testimonios, era la siguiente:
Harry había subido las escaleras hacia la torre de Gryffindor alrededor de las diez de la noche. La cena había terminado, los estudiantes se dispersaban hacia sus dormitorios, y él estaba cansado después de un día entero sin salir del castillo. Hermione lo había acompañado hasta la entrada de la torre, pero luego se había desviado hacia la biblioteca para devolver unos libros.
Cuando Harry llegó al séptimo piso, encontró un grupo de estudiantes apiñados frente al retrato de la Dama Gorda. Al principio pensó que era la cola habitual para entrar, pero pronto notó que nadie se movía. Los que estaban delante no avanzaban. Y los que estaban detrás, aunque intentaban ver qué pasaba, no podían.
—¿Qué ocurre? —preguntó Harry, abriéndose paso entre los estudiantes.
Nadie respondió. Los rostros que lo miraban estaban pálidos, algunos con los ojos muy abiertos, otros con las manos cubriéndose la boca. Y entonces, Harry vio.
El retrato de la Dama Gorda estaba rasgado.
No era un daño superficial. El lienzo había sido desgarrado desde la parte superior hasta la inferior, como si garras enormes lo hubieran abierto en canal. La Dama Gorda no estaba. El fondo del cuadro, normalmente animado con su paisaje favorito, estaba vacío, un espacio negro y muerto que parecía tragarse la luz de las antorchas cercanas.
Los cortes eran profundos, irregulares. No parecían hechos con un cuchillo, sino con algo más bestial, más primitivo. Harry sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de diciembre.
—¡Retírense! —la voz de Percy Weasley resonó en el pasillo, aguda y autoritaria—. ¡Todos hacia atrás! ¡No se acerquen!
Percy se abrió paso entre los estudiantes, su rostro tan pálido como el de ellos. Cuando vio el retrato, sus manos temblaron visiblemente, pero mantuvo la compostura.
—Silencio —ordenó, aunque nadie estaba hablando—. Vamos, todos, bajen las escaleras. Con calma. La profesora McGonagall ya ha sido avisada.
Fue entonces cuando Dumbledore apareció. El director descendió por las escaleras con una rapidez que desmentía su edad, sus túnicas plateadas ondeando tras él como alas de ave. McGonagall iba a su lado, su expresión más severa que nunca, su varita ya desenvainada.
—Atrás —dijo Dumbledore, y su voz, aunque calmada, tenía un filo que hizo que todos, incluido Percy, dieran un paso atrás.
Dumbledore se arrodilló frente al retrato, sus dedos largos y huesudos rozando los bordes rasgados del lienzo. Examinó los cortes con una lentitud meticulosa, como si estuviera leyendo un texto en un idioma olvidado. McGonagall se quedó detrás de él, su mandíbula apretada, su mirada recorriendo el pasillo como si esperara que el agresor emergiera de las sombras.
—Filch —dijo Dumbledore, sin levantar la vista—. ¿Dónde está la Dama Gorda?
Filch, que había aparecido arrastrando los pies con su habitual mezcla de servilismo y satisfacción morbosa, se encogió de hombros. —No lo sé, profesor. No está en ninguna de las pinturas de los pasillos. He revisado.
—Búscala —ordenó Dumbledore—. Registra cada pintura del castillo si es necesario. Pero encuéntrala.
Filch asintió y se alejó con pasos rápidos, su gata Mrs. Norris siguiéndolo como una sombra felina.
Los minutos que siguieron fueron eternos. Los estudiantes permanecían en el pasillo, acurrucados unos contra otros, susurrando teorías que iban desde “ha sido Peeves” hasta “ha vuelto, ha vuelto”, refiriéndose a algo que ninguno se atrevía a nombrar. Harry, que había sido apartado por McGonagall junto con los otros Gryffindor, observaba a Dumbledore con una mezcla de miedo y fascinación.
Y entonces, Filch regresó.
—La he encontrado, profesor —jadeó, casi con orgullo—. Está en el tercer piso. En la galería de los antiguos directores. Está… está muy asustada.
Dumbledore se levantó con la lentitud de un árbol que crece, y sin decir palabra, se dirigió hacia las escaleras. McGonagall lo siguió, y detrás de ella, Percy, y detrás de Percy, los prefectos de otras casas que habían acudido al oír el alboroto.
Harry no se movió. Sabía que no debía seguirlos. Pero también sabía que lo haría. Porque la Dama Gorda había visto algo. Y ese algo, Harry lo sabía con una certeza que le helaba la sangre, tenía que ver con Sirius Black.
La Dama Gorda estaba en la pintura de un antiguo director calvo que Harry no reconoció. Estaba acurrucada en un rincón del lienzo, sus ropas desgarradas, su rostro pálido como la nieve. Cuando vio a Dumbledore, lanzó un gemido agudo y se cubrió la cara con las manos.
—No, no, no… —murmuró—. No quiero volver a verlo…
—Dama Gorda —la voz de Dumbledore era suave, pero firme—. Necesito que me diga quién hizo esto.
La Dama Gorda bajó las manos lentamente, sus ojos redondos y asustados encontrando los de Dumbledore.
—Fue él —susurró—. El que está en todas las noticias. El que escapó de Azkaban. Sirius Black.
El nombre cayó en el pasillo como una piedra en un estanque congelado, rompiendo la superficie de la calma y dejando al descubierto el agua oscura que se ocultaba debajo.
—Me pidió que lo dejara pasar —continuó la Dama Gorda, su voz temblorosa—. Le dije que no, que esa no era su casa, que no podía. Y entonces… entonces… se puso furioso. Empezó a gritar, a golpear la pintura. Y luego… luego sacó algo… un cuchillo, creo… y comenzó a cortar. Empezó a cortar y yo corrí, corrí todo lo que pude…
No pudo continuar. Dumbledore cerró los ojos por un momento, y cuando los abrió, Harry vio algo en ellos que no había visto antes. Miedo. No por sí mismo, sino por todos ellos.
—Profesora McGonagall —dijo Dumbledore, y su voz había perdido toda suavidad—. Reúna a todos los estudiantes en el Gran Comedor. Todos. Sin excepción. Los prefectos se quedarán con ellos. Los profesores, conmigo. Vamos a registrar el castillo.
McGonagall asintió sin cuestionar. —¿Y los dementores?
—Los dementores seguirán patrullando los terrenos —respondió Dumbledore—. Pero si Sirius Black ha entrado en el castillo una vez, puede volver a hacerlo. Necesitamos asegurarnos de que no haya… acceso.
La orden se extendió como un reguero de pólvora. Percy, con su voz aguda y autoritaria, comenzó a organizar a los Gryffindor para que bajaran al Gran Comedor. Los prefectos de otras casas hicieron lo mismo. Y en cuestión de minutos, el séptimo piso quedó vacío, con solo el retrato rasgado de la Dama Gorda como testigo mudo de lo que había ocurrido.
Harry bajó las escaleras con el resto de Gryffindor, su mente en blanco. Sirius Black había estado aquí. En Hogwarts. En la misma torre donde él dormía. Había estado a metros de su cama, de su vida, de todo lo que conocía. Y si no hubiera sido porque la Dama Gorda se negó a abrir…
No quiso terminar el pensamiento.
Cuando Gudao llegó al Gran Comedor junto con el resto de Slytherin, la estancia ya estaba medio llena. Los Gryffindor ocupaban un extremo, sus rostros pálidos y susurrantes. Los Ravenclaw y Hufflepuff, que habían sido despertados por los prefectos, llegaban en grupos, algunos con pijamas bajo las túnicas, otros con los ojos aún llenos de sueño pero despertando rápidamente al ver la tensión en el ambiente.
Las mesas largas, normalmente llenas de comida y risas, estaban vacías. En su lugar, los profesores se habían dispuesto en torno a la estancia como centinelas: Snape cerca de la entrada principal, McGonagall junto a los Gryffindor, Flitwick con los Ravenclaw, Sprout con los Hufflepuff. Y en el centro, con una expresión que no dejaba lugar a dudas sobre la gravedad de la situación, Albus Dumbledore esperaba a que todos estuvieran reunidos.
Gudao se sentó en la mesa de Slytherin, en su lugar habitual. A su alrededor, los estudiantes murmuraban, especulaban, pero él no prestaba atención. Su mirada recorría la estancia, evaluando, calculando. Los profesores estaban en alerta máxima. Los prefectos, aunque intentaban mantener la calma, estaban claramente asustados. Y los estudiantes… los estudiantes eran un mar de rostros jóvenes que, por primera vez en sus vidas, comprendían que los muros de Hogwarts no eran invencibles.
Sirius Black, pensó. Entró en el castillo. Llegó hasta la torre de Gryffindor. Y si hubiera llegado unos minutos antes o después…
No quería pensar en eso. No aún.
Cuando todos estuvieron reunidos, Dumbledore alzó la voz. No gritó, no necesitó hacerlo. Su presencia era suficiente para imponer silencio.
—Señoras y señores —dijo, y su voz resonó en el Gran Comedor con una claridad que parecía desafiar la propia arquitectura del lugar—. Esta noche, un intruso ha logrado acceder al castillo. El señor Sirius Black, un fugitivo de Azkaban, ha sido visto en el séptimo piso, donde intentó forzar la entrada a la torre de Gryffindor.
Los murmullos estallaron como un trueno. Dumbledore esperó, paciente, hasta que el silencio volvió a imponerse.
—Afortunadamente —continuó—, la Dama Gorda, guardiana de la entrada a Gryffindor, se negó a abrir. El señor Black, frustrado, desgarró el retrato y huyó. No tenemos constancia de que haya logrado acceder a ninguna sala común ni a ningún dormitorio. Pero no podemos correr riesgos.
Dumbledore hizo una pausa, y sus ojos azules recorrieron la estancia, deteniéndose por un instante en Harry, que estaba sentado en la mesa de Gryffindor con los puños apretados.
—A partir de esta noche —prosiguió—, se implementarán nuevas medidas de seguridad. Todos los retratos guardianes de las salas comunes serán reforzados con hechizos de protección adicionales. Los profesores patrullarán el castillo en turnos de noche. Y los estudiantes permanecerán en sus salas comunes o en sus dormitorios después del toque de queda, sin excepción.
—Profesor —la voz de Percy Weasley se alzó, temblorosa pero decidida—. ¿Y si Sirius Black vuelve a intentarlo? ¿Y si logra entrar en otra torre?
Dumbledore lo miró con una expresión que era mitad severidad, mitad compasión.
—No lo hará —respondió—. Pero si lo hace, encontraremos las puertas cerradas. Y nosotros, los profesores de este colegio, estaremos allí para recibirlo.
La declaración no era tranquilizadora, pero tenía un efecto. Los estudiantes se calmaron, al menos lo suficiente para dejar de gritar y empezar a susurrar.
—Por ahora —dijo Dumbledore—, permanecerán aquí. Los profesores y yo registraremos el castillo. Si no encontramos nada, podrán volver a sus dormitorios antes del amanecer. Hasta entonces, los prefectos serán responsables de mantener el orden. Y ustedes… ustedes serán responsables de mantener la calma.
Dicho esto, Dumbledore se retiró, seguido por los profesores. Snape, al pasar junto a la mesa de Slytherin, lanzó una última mirada a sus alumnos. No dijo nada, pero su expresión era clara: quietos, callados, y sobre todo, no hagan nada estúpido.
Las horas que siguieron fueron las más largas que Gudao había vivido desde su llegada a este mundo. Los estudiantes intentaban dormir en los bancos, acurrucados bajo sus túnicas, pero la mayoría solo lograba cerrar los ojos y fingir. Los prefectos caminaban entre las mesas, sus varitas en alto, proyectando luces que dibujaban sombras danzantes en las paredes de piedra.
Gudao no intentó dormir. Se sentó en la mesa de Slytherin, la espalda recta, los ojos entreabiertos, y dejó que su mente trabajara.
Sirius Black había entrado en Hogwarts. Eso significaba varias cosas. Primero, que las defensas del castillo, que Gudao había asumido como impenetrables, no lo eran tanto. Segundo, que Sirius Black era más peligroso de lo que parecía, o más desesperado. Tercero, que Harry Potter estaba en el centro de todo.
¿Por qué Sirius Black quiere entrar en la torre de Gryffindor?, se preguntó. ¿Por qué Harry? Si realmente traicionó a sus padres, ¿por qué esperar doce años para buscar al hijo? ¿Por qué no lo hizo antes?
No encajaba. La historia que todos daban por cierta tenía agujeros. Demasiados agujeros.
«Maestro», la voz de Edmond resonó en su mente, suave pero firme. «He estado patrullando el castillo como me pidió. No he encontrado rastro de Sirius Black. Pero he sentido algo… extraño.»
Gudao frunció el ceño mentalmente. «¿Extraño? ¿En qué sentido?»
«Hay una presencia en el castillo. No es Black. Es algo más… antiguo. Más profundo. Como si los muros mismos recordaran algo que nosotros no podemos ver.»
Gudao reflexionó. «¿Podría ser el Grial?»
«No. El Grial está latente, acumulando energía. Esto es diferente. Es… como si algo estuviera esperando. Al acecho.»
La información era inquietante, pero no podía hacer nada con ella en ese momento. Tenía prioridades más inmediatas.
«Continúa patrullando», ordenó. «Pero con cuidado. Si encuentras a Sirius Black, no lo enfrentes. Solo obsérvalo. Necesito saber qué quiere.»
«Entendido, Maestro.»
La conexión se desvaneció, y Gudao volvió a la realidad del Gran Comedor. A su alrededor, los estudiantes seguían susurrando, los prefectos seguían vigilando, y el reloj de arena de las horas seguía vaciándose gota a gota.
Fue cerca de las tres de la madrugada cuando Dumbledore regresó. El director entró en el Gran Comedor con paso cansado pero firme, y detrás de él, los demás profesores, todos con expresiones que revelaban el agotamiento de una noche entera de búsqueda.
—El castillo ha sido registrado —anunció Dumbledore, y el alivio que recorrió la estancia fue casi palpable—. No hay señales de Sirius Black. Parece que ha huido.
Los suspiros de alivio se convirtieron en murmullos de alegría. Algunos estudiantes rieron, otros se abrazaron, otros simplemente cerraron los ojos y dejaron que el cansancio los venciera.
—Pueden volver a sus dormitorios —continuó Dumbledore—. Pero quiero que tengan cuidado. Las nuevas medidas de seguridad estarán en vigor desde esta misma noche. Si alguien ve algo sospechoso, debe informar a un profesor inmediatamente.
Los estudiantes comenzaron a levantarse, estirándose, desperezándose, formando grupos para regresar a sus salas comunes. Gudao se levantó con el resto de Slytherin, pero antes de salir del Gran Comedor, lanzó una última mirada atrás.
Harry Potter estaba sentado en la mesa de Gryffindor, inmóvil, con la mirada perdida en algún punto del vacío. Hermione estaba a su lado, susurrándole algo, pero Harry no parecía escucharla. Ron, con el rostro pálido y los ojos llenos de un miedo que no intentaba ocultar, lo miraba con una mezcla de compasión y horror.
Sirius Black había ido por Harry. Todos lo sabían. Y aunque Harry había sobrevivido esta noche, la pregunta que flotaba en el aire era tan pesada como una losa de piedra: ¿y la próxima?
Gudao salió del Gran Comedor con el resto de su casa, pero en su mente ya estaba trazando planes. Sirius Black era ahora la prioridad. La investigación sobre el Santo Grial, sobre los dos Masters Negros restantes, sobre la guerra que se avecinaba… todo eso podía esperar. Porque mientras un asesino potencial merodeara por el castillo, la seguridad de todos estaba en juego.
Y aunque Harry no era Mash, aunque este mundo no era Chaldea, Gudao había jurado una vez proteger a la humanidad. Y eso incluía a Harry Potter.
«Edmond», llamó mentalmente, mientras descendía las escaleras hacia las mazmorras. «Cambio de planes. Quiero que patrulles el castillo todas las noches. Especialmente cerca de la torre de Gryffindor. Si Sirius Black regresa, quiero saberlo antes de que nadie más.»
«¿Y si lo encuentro?»
Gudao llegó a la entrada de la sala común de Slytherin. Frente a él, la pared de piedra esperaba la contraseña, que esa noche había sido cambiada por Snape a “Nigrum Corvus”. Pronunció las palabras, y la pared se deslizó hacia un lado, revelando la penumbra verde de la sala interior.
«Si lo encuentras, me avisas. Y luego… luego decidiremos qué hacer.»
Entró en la sala común, y detrás de él, la pared se cerró con un ruido sordo que sonó como el cierre de una tumba. Los otros Slytherin se dispersaron hacia sus dormitorios, demasiado cansados para hablar, demasiado asustados para hacer otra cosa que no fuera buscar la seguridad de sus camas.
Gudao no fue a su dormitorio. Se sentó en su rincón habitual, junto a la ventana que daba al lago negro, y observó las sombras que se movían en la profundidad del agua. Allí abajo, criaturas que nunca veían la luz del día nadaban en la oscuridad perpetua, ajenas al terror que había sacudido el castillo.
Sirius Black, pensó. ¿Qué eres realmente? ¿Un asesino? ¿Un traidor? ¿O algo más?
No tenía respuestas. Pero las tendría. Porque en este mundo, como en Chaldea, las respuestas siempre llegaban. Solo había que esperar el momento adecuado para encontrarlas.
El fuego crepitó en la chimenea, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra. Gudao cerró los ojos y dejó que el cansancio lo envolviera, pero no para dormir. Para planificar. Porque la noche había terminado, pero la guerra, de una forma u otra, acababa de comenzar.
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