Fate of Magic - Capítulo 41
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Capítulo 41: Infiltracion
Las semanas que siguieron a la clase de Lupin transcurrieron con una tranquilidad que rayaba en lo monótono. Octubre se deslizó hacia noviembre, y noviembre arrastró consigo los primeros fríos que anunciaban la llegada del invierno. Las paredes de piedra de Hogwarts, siempre húmedas, comenzaron a cubrirse de una capa de escarcha que los elfos domésticos combatían con hechizos de calefacción en los pasillos principales. Las ventanas, especialmente las de la torre de Gryffindor y los salones de Ravenclaw, mostraban paisajes cada vez más blancos, y el lago Negro había adquirido ese tono plomizo que precedía a la congelación.
Gudao se había adaptado a la rutina con la facilidad de quien ha pasado meses en entornos hostiles. Las clases, las comidas, los estudios en la biblioteca, las conversaciones ocasionales con Harry y los demás Gryffindor, las interacciones forzadas con Draco y Daphne en la sala común de Slytherin… todo seguía un patrón predecible, casi reconfortante en su falta de sobresaltos.
Pero incluso en la calma, la vida seguía su curso. Y la vida, en Hogwarts, nunca era completamente predecible.
Fue una mañana de martes, durante el desayuno, cuando Lavender Brown irrumpió en el Gran Comedor con el rostro desencajado y los ojos enrojecidos. No lloraba, pero estaba a punto de hacerlo. Parvati Patil la seguía, con una expresión de consternación mal disimulada, susurrando algo que Gudao no pudo distinguir desde la mesa de Slytherin.
—¿Qué le pasa a Lavender? —preguntó Draco en voz alta, con ese tono de suficiencia que caracterizaba cada una de sus intervenciones—. ¿Perdió algún brillo de labios?
Crabbe y Goyle rieron con la obediencia de perros bien entrenados. Pero nadie más en la mesa de Slytherin siguió la broma. Algo en la expresión de Lavender, en la forma en que sus manos temblaban mientras se dejaba caer junto a Hermione, transmitía un dolor que iba más allá de los problemas superficiales de una adolescente.
Gudao observó la escena con atención, manteniendo su expresión neutra. Desde su posición, podía ver cómo Hermione rodeaba los hombros de Lavender con un brazo, cómo Harry y Ron intercambiaban miradas de preocupación, cómo la profesora McGonagall se acercaba a la mesa de Gryffindor con paso rápido.
—¿Ha ocurrido algo, señorita Brown? —preguntó McGonagall, su voz aguda pero no carente de suavidad.
Lavender alzó la vista, y las palabras brotaron de ella en un torrente entrecortado por sollozos contenidos.
—Es Brillo… mi conejo… ha muerto… Lo encontré esta mañana en su jaula… estaba… estaba tan quieto… y tenía los ojos abiertos y…
No pudo continuar. Parvati tomó la palabra, su voz más firme pero igualmente afectada.
—Los elfos de la cocina dijeron que no encontraron nada raro. Parece que murió de viejo, pero… Lavender lo quería mucho.
McGonagall asintió con comprensión. —Lo siento mucho, señorita Brown. Puede ausentarse de las primeras clases si lo necesita. Hablaré con sus profesores.
Lavender asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Hermione le ofreció un pañuelo, y las dos chicas se quedaron en un silencio que, para Gudao, tenía un significado que iba más allá de la pérdida de una mascota.
No era la primera vez que veía a alguien llorar por un ser querido. En Chaldea, había visto a soldados derrumbarse ante la noticia de la muerte de sus compañeros. Había visto a Mash llorar en silencio cuando un singularidad les había arrebatado a civiles que no habían podido salvar. La muerte, para Gudao, no era un concepto abstracto. Era una compañera constante, una sombra que caminaba a su lado desde que había asumido el rol de Master de la Humanidad.
Pero para Lavender, una chica de trece años que probablemente nunca había visto la muerte de cerca, la pérdida de su conejo era un mundo que se derrumbaba. Y aunque para algunos pudiera parecer una tontería, Gudao sabía que el dolor no se medía en la magnitud de la pérdida, sino en el amor que se había invertido en lo perdido.
«La niña Brown sufre», comentó Edmond desde las profundidades de su mente. «Su dolor es genuino, aunque su causa parezca pequeña para los ojos del mundo.»
«El dolor nunca es pequeño para quien lo siente», respondió Gudao mentalmente. «Eso lo aprendí hace mucho tiempo.»
Cuando Lavender se levantó para abandonar el Gran Comedor, seguida por Parvati y Hermione, Gudao notó algo que le hizo fruncir el ceño. Hermione, al pasar cerca de la mesa de Slytherin, le lanzó una mirada rápida. No era la mirada de quien busca apoyo o compañía. Era la mirada de quien observa, de quien evalúa. Y en sus ojos, por un instante, Gudao vio algo que no esperaba encontrar en una estudiante de tercer año de Gryffindor.
Había cálculo en esa mirada. Había estrategia.
¿Qué esconde Hermione Granger?, se preguntó por enésima vez.
Pero no tuvo tiempo de profundizar en la pregunta. Draco, fiel a su costumbre, había decidido convertir la tragedia ajena en espectáculo.
—¿Un conejo? —se burló, con la voz lo suficientemente alta para que todo Slytherin lo escuchara—. ¿En serio se ponen así por un conejo? Los sangre sucia son tan sensibles…
Gudao no respondió. No porque no tuviera respuesta, sino porque sabía que cualquier reacción alimentaría el circo que Draco intentaba montar. Pero en su interior, anotó mentalmente el incidente. No por el conejo, sino por lo que revelaba: Draco Malfoy, el niño que temía no ser suficiente para su padre, reaccionaba al dolor ajeno con burla porque no sabía procesarlo de otra manera. Era un mecanismo de defensa, patético en su previsibilidad, pero no por ello menos peligroso.
Cuando la guerra llegue, pensó, gente como Draco será la primera en romperse. O la primera en traicionar.
El resto de la semana transcurrió sin incidentes mayores. Lavender volvió a clases al día siguiente, con los ojos aún enrojecidos pero la compostura recuperada. Hermione había vuelto a sus apariciones y desapariciones misteriosas, y Harry había comenzado a hablar con más frecuencia sobre Sirius Black, obsesionado con la idea de que el prófugo pudiera estar buscándolo.
—Mi padre y mi madre —le dijo a Gudao una tarde, mientras paseaban por el patio cubierto de hojas secas—, murieron por culpa de Sirius Black. Él los traicionó. Le dijo a Voldemort dónde estaban escondidos.
—Eso es lo que dicen —respondió Gudao con cuidado—. Pero ¿has considerado que quizás no es tan simple?
Harry lo miró con una mezcla de esperanza y frustración. —¿Por qué dices eso?
—Porque las historias oficiales rara vez cuentan toda la verdad. Y porque, si Sirius Black es tan peligroso como dicen, ¿por qué esperó doce años para escapar? ¿Por qué ahora?
Harry se quedó callado, mordiéndose el labio inferior. Era evidente que la pregunta lo había rondado antes, pero no se había atrevido a formularla en voz alta.
—No lo sé —admitió al fin—. Pero tengo que saberlo. Necesito saber por qué lo hizo. Por qué los mató.
Gudao asintió. Comprendía esa necesidad. La necesidad de entender, de encontrar un sentido en el sinsentido del dolor. Era la misma necesidad que lo había impulsado a seguir luchando después de cada pérdida en Chaldea.
—Entonces averigüémoslo —dijo—. Pero con cuidado. Y sin hacer nada imprudente.
Harry sonrió, y por un momento, la sombra de Sirius Black pareció alejarse de sus ojos.
El primer fin de semana de diciembre trajo consigo la primera visita programada a Hogsmeade, el único pueblo completamente mágico de Gran Bretaña. Para los estudiantes de tercer año en adelante, era un evento esperado con ansias, una oportunidad de salir de los muros del castillo y respirar un aire diferente.
Pero para Harry, era una tortura.
—No puedo ir —dijo con amargura durante el desayuno, mientras los demás estudiantes discutían emocionados sus planes para la excursión—. Mi tío no firmó el permiso.
Ron puso los ojos en blanco. —Podrías haberlo falsificado. Yo lo hice el año pasado, y a mi padre ni siquiera se le ocurrió comprobarlo.
—Yo no sé falsificar firmas —replicó Harry con tono sombrío—. Y además, Hermione dice que es peligroso con Sirius Black suelto.
—Hermione dice muchas cosas —murmuró Ron, pero sin verdadera malicia.
Gudao, que estaba en una mesa cercana con algunos compañeros de Slytherin, captó parte de la conversación. Harry se quedaba en Hogwarts. Eso significaba que, mientras los demás se divertían en Hogsmeade, Harry estaría solo en el castillo. O casi solo, porque Hermione también se quedaba.
—No voy a ir —había dicho Hermione la noche anterior, con determinación—. Alguien tiene que acompañar a Harry. No es seguro que esté solo con Sirius Black suelto.
Ron había protestado, pero Hermione había sido firme. Y aunque Ron había ido finalmente con sus hermanos Fred y George, Gudao sabía que Hermione se quedaría.
Eso es interesante, pensó. Hermione sacrifica su propia diversión por proteger a Harry. Pero también podría ser una oportunidad para observar su comportamiento sin las distracciones de otros.
No tenía mucho tiempo para investigar, sin embargo. Él mismo tenía que ir a Hogsmeade. No porque le interesara especialmente, sino porque no hacerlo habría levantado sospechas. Un estudiante de tercer año que se queda voluntariamente en el castillo cuando todos los demás se van… eso llama la atención. Y en estos momentos, Gudao prefería pasar desapercibido.
El viaje a Hogsmeade fue… mundano. Las calles empedradas estaban llenas de estudiantes de Hogwarts, sus bufandas de colores señalando sus casas como banderas en un campo de batalla. Gudao caminó con un grupo de Slytherin neutrales —Tracey Davis, los gemelos Derrick, y sorprendentemente, Theodore Nott, que se había unido a ellos casi sin decir palabra— y recorrieron las tiendas sin mayor entusiasmo.
—¿Vas a comprar algo, Roberts? —preguntó Tracey, mientras hojeaba una revista en las Tiendas de Zonko.
—Quizás algo de chocolate —respondió Gudao—. A Lupin le gusta, y tengo la impresión de que es buena idea tenerlo a mano.
Tracey rió. —¿Le estás haciendo la pelota al profesor?
—Estoy siendo estratégico —respondió Gudao con una sonrisa tenue—. Hay una diferencia.
Los gemelos Derrick compraron una colección de bromas que, según aseguraron, usarían para “vengarse de Peeves por lo del mes pasado”. Theodore Nott compró un libro de runas antiguas que había estado buscando desde el inicio del curso, y por un momento, sus ojos grises se encontraron con los de Gudao con una expresión que podía ser camaradería o simplemente reconocimiento mutuo de almas solitarias.
—Has estado investigando runas —dijo Theodore, con su voz baja y pausada—. He visto tus anotaciones en la biblioteca.
—Son interesantes —respondió Gudao—. Tienen aplicaciones que la mayoría ignora.
Theodore asintió lentamente. —Mi padre dice que las runas son la base de la magia antigua. La magia verdadera. La que no necesita varitas ni palabras.
—¿Tu padre es un entusiasta de las runas?
—Mi padre es muchas cosas —respondió Theodore, y en su voz había un matiz que Gudao no pudo identificar del todo—. Pero no todas son para compartir.
La conversación quedó ahí, pero Gudao guardó el intercambio en su memoria. Theodore Nott era un hijo de mortífago, pero no parecía compartir las ideas de su padre. O quizás las compartía, pero las ocultaba bajo una capa de indiferencia. En cualquier caso, era alguien a quien observar.
La tarde en Hogsmeade pasó sin incidentes. No hubo señales de Sirius Black, no hubo dementores acechando, no hubo nada que rompiera la normalidad del día. Gudao compró una caja de bombones de miel y un pequeño cuaderno de piel para tomar notas, y cuando el grupo regresó al castillo al anochecer, estaba cansado pero no insatisfecho.
La normalidad, pensó mientras subían las escaleras hacia el Gran Comedor, era un lujo que no podía permitirse el lujo de despreciar.
La cena fue tranquila. Los estudiantes que habían ido a Hogsmeade intercambiaban historias sobre sus compras, sobre los fantasmas que habían visto en las calles, sobre el nuevo sabor de cerveza de mantequilla que servían en las Tres Escobas. Los que se habían quedado en el castillo —un grupo reducido, en su mayoría de cursos inferiores— escuchaban con envidia o indiferencia, según su carácter.
Harry estaba sentado en la mesa de Gryffindor con Hermione, ambos en silencio. Gudao notó que Harry parecía cansado, con ojeras bajo sus ojos verdes, y que Hermione estaba más callada de lo habitual. Había algo en la atmósfera entre ellos, una tensión que no se explicaba solo por la frustración de haberse perdido la excursión.
¿Qué pasó hoy mientras estábamos fuera?, se preguntó Gudao. Pero no tenía manera de averiguarlo sin preguntar directamente, y hacerlo en el Gran Comedor, con tantos oídos alrededor, no era prudente.
La cena terminó sin novedad. Gudao se despidió de Tracey y los gemelos y se dirigió hacia la mazmorra, donde la sala común de Slytherin lo recibió con su habitual penumbra verde. Draco no estaba —probablemente aún presumiendo en Hogsmeade de alguna compra cara—, y Daphne tampoco. La sala estaba casi vacía, con solo unos pocos estudiantes de cursos superiores estudiando en silencio.
Gudao se sentó en su rincón habitual, abrió el libro de runas que Theodore le había recomendado, y comenzó a leer. No esperaba que la noche trajera nada fuera de lo común. No esperaba que la paz durara.
Pero duró. Hasta que los gritos comenzaron.
Fue un sonido lejano al principio, un rumor que se filtraba por los pasillos de piedra como un eco distorsionado. Gudao levantó la vista de su libro, los músculos tensándose de forma automática. El instinto de combate, forjado en decenas de batallas, no se olvidaba con unas semanas de paz.
—¿Has oído eso? —preguntó Tracey, que estaba sentada cerca con un ensayo de Historia de la Magia.
Antes de que Gudao pudiera responder, las puertas de la sala común se abrieron de golpe. Un estudiante de quinto año, pálido y jadeante, entró corriendo.
—¡Algo ha pasado! —gritó, su voz quebrada por la agitación—. ¡En la torre de Gryffindor! ¡Han llamado a todos los prefectos!
La sala común estalló en murmullos. Los estudiantes dejaron sus libros, sus conversaciones, sus partidas de ajedrez mágico, y se agolparon hacia las puertas. Gudao se levantó con calma, pero su mente ya estaba en movimiento.
Gryffindor. La torre. Algo ha pasado.
Snape apareció en la entrada de la sala común como un espectro de tela negra, su rostro pálido y severo. Su presencia, normalmente fuente de temor entre los Slytherin, en ese momento fue un ancla de autoridad.
—Silencio —dijo, y su voz, aunque baja, cortó el murmullo como un cuchillo—. Todos permanecerán aquí. Los prefectos, conmigo. El resto, en sus asientos. No se muevan hasta nueva orden.
—Profesor, ¿qué está pasando? —preguntó una voz desde el fondo.
Snape no respondió. Sus ojos, negros y fríos, recorrieron la sala, y por un instante se detuvieron en Gudao. Fue solo un segundo, pero Gudao sintió el peso de esa mirada, la pregunta tácita que contenía. ¿Sabes algo? ¿Estás involucrado?
Gudao mantuvo su expresión neutra. No tenía nada que ver con lo que estaba ocurriendo. No esta vez.
Snape se fue, seguido por los prefectos de Slytherin, y la sala común quedó sumida en una tensión apenas contenida. Los estudiantes susurraban, especulaban, pero nadie se atrevía a desafiar la orden de Snape. Gudao se quedó en su rincón, el libro de runas olvidado sobre sus rodillas, la mente trabajando a toda velocidad.
Sirius Black, pensó. Tiene que ser él.
Pero no podía estar seguro. No aún.
Lo que sucedió después lo supo por fragmentos, por los relatos que llegaron a la sala común en las horas siguientes, cuando los prefectos regresaron y la información comenzó a filtrarse. Fue Percy Weasley, el prefecto de Gryffindor, quien dio la versión más completa cuando vino a coordinar con los prefectos de Slytherin.
Harry Potter había sido el primero en encontrar la escena.
La versión de los hechos, reconstruida a partir de múltiples testimonios, era la siguiente:
Harry había subido las escaleras hacia la torre de Gryffindor alrededor de las diez de la noche. La cena había terminado, los estudiantes se dispersaban hacia sus dormitorios, y él estaba cansado después de un día entero sin salir del castillo. Hermione lo había acompañado hasta la entrada de la torre, pero luego se había desviado hacia la biblioteca para devolver unos libros.
Cuando Harry llegó al séptimo piso, encontró un grupo de estudiantes apiñados frente al retrato de la Dama Gorda. Al principio pensó que era la cola habitual para entrar, pero pronto notó que nadie se movía. Los que estaban delante no avanzaban. Y los que estaban detrás, aunque intentaban ver qué pasaba, no podían.
—¿Qué ocurre? —preguntó Harry, abriéndose paso entre los estudiantes.
Nadie respondió. Los rostros que lo miraban estaban pálidos, algunos con los ojos muy abiertos, otros con las manos cubriéndose la boca. Y entonces, Harry vio.
El retrato de la Dama Gorda estaba rasgado.
No era un daño superficial. El lienzo había sido desgarrado desde la parte superior hasta la inferior, como si garras enormes lo hubieran abierto en canal. La Dama Gorda no estaba. El fondo del cuadro, normalmente animado con su paisaje favorito, estaba vacío, un espacio negro y muerto que parecía tragarse la luz de las antorchas cercanas.
Los cortes eran profundos, irregulares. No parecían hechos con un cuchillo, sino con algo más bestial, más primitivo. Harry sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de diciembre.
—¡Retírense! —la voz de Percy Weasley resonó en el pasillo, aguda y autoritaria—. ¡Todos hacia atrás! ¡No se acerquen!
Percy se abrió paso entre los estudiantes, su rostro tan pálido como el de ellos. Cuando vio el retrato, sus manos temblaron visiblemente, pero mantuvo la compostura.
—Silencio —ordenó, aunque nadie estaba hablando—. Vamos, todos, bajen las escaleras. Con calma. La profesora McGonagall ya ha sido avisada.
Fue entonces cuando Dumbledore apareció. El director descendió por las escaleras con una rapidez que desmentía su edad, sus túnicas plateadas ondeando tras él como alas de ave. McGonagall iba a su lado, su expresión más severa que nunca, su varita ya desenvainada.
—Atrás —dijo Dumbledore, y su voz, aunque calmada, tenía un filo que hizo que todos, incluido Percy, dieran un paso atrás.
Dumbledore se arrodilló frente al retrato, sus dedos largos y huesudos rozando los bordes rasgados del lienzo. Examinó los cortes con una lentitud meticulosa, como si estuviera leyendo un texto en un idioma olvidado. McGonagall se quedó detrás de él, su mandíbula apretada, su mirada recorriendo el pasillo como si esperara que el agresor emergiera de las sombras.
—Filch —dijo Dumbledore, sin levantar la vista—. ¿Dónde está la Dama Gorda?
Filch, que había aparecido arrastrando los pies con su habitual mezcla de servilismo y satisfacción morbosa, se encogió de hombros. —No lo sé, profesor. No está en ninguna de las pinturas de los pasillos. He revisado.
—Búscala —ordenó Dumbledore—. Registra cada pintura del castillo si es necesario. Pero encuéntrala.
Filch asintió y se alejó con pasos rápidos, su gata Mrs. Norris siguiéndolo como una sombra felina.
Los minutos que siguieron fueron eternos. Los estudiantes permanecían en el pasillo, acurrucados unos contra otros, susurrando teorías que iban desde “ha sido Peeves” hasta “ha vuelto, ha vuelto”, refiriéndose a algo que ninguno se atrevía a nombrar. Harry, que había sido apartado por McGonagall junto con los otros Gryffindor, observaba a Dumbledore con una mezcla de miedo y fascinación.
Y entonces, Filch regresó.
—La he encontrado, profesor —jadeó, casi con orgullo—. Está en el tercer piso. En la galería de los antiguos directores. Está… está muy asustada.
Dumbledore se levantó con la lentitud de un árbol que crece, y sin decir palabra, se dirigió hacia las escaleras. McGonagall lo siguió, y detrás de ella, Percy, y detrás de Percy, los prefectos de otras casas que habían acudido al oír el alboroto.
Harry no se movió. Sabía que no debía seguirlos. Pero también sabía que lo haría. Porque la Dama Gorda había visto algo. Y ese algo, Harry lo sabía con una certeza que le helaba la sangre, tenía que ver con Sirius Black.
La Dama Gorda estaba en la pintura de un antiguo director calvo que Harry no reconoció. Estaba acurrucada en un rincón del lienzo, sus ropas desgarradas, su rostro pálido como la nieve. Cuando vio a Dumbledore, lanzó un gemido agudo y se cubrió la cara con las manos.
—No, no, no… —murmuró—. No quiero volver a verlo…
—Dama Gorda —la voz de Dumbledore era suave, pero firme—. Necesito que me diga quién hizo esto.
La Dama Gorda bajó las manos lentamente, sus ojos redondos y asustados encontrando los de Dumbledore.
—Fue él —susurró—. El que está en todas las noticias. El que escapó de Azkaban. Sirius Black.
El nombre cayó en el pasillo como una piedra en un estanque congelado, rompiendo la superficie de la calma y dejando al descubierto el agua oscura que se ocultaba debajo.
—Me pidió que lo dejara pasar —continuó la Dama Gorda, su voz temblorosa—. Le dije que no, que esa no era su casa, que no podía. Y entonces… entonces… se puso furioso. Empezó a gritar, a golpear la pintura. Y luego… luego sacó algo… un cuchillo, creo… y comenzó a cortar. Empezó a cortar y yo corrí, corrí todo lo que pude…
No pudo continuar. Dumbledore cerró los ojos por un momento, y cuando los abrió, Harry vio algo en ellos que no había visto antes. Miedo. No por sí mismo, sino por todos ellos.
—Profesora McGonagall —dijo Dumbledore, y su voz había perdido toda suavidad—. Reúna a todos los estudiantes en el Gran Comedor. Todos. Sin excepción. Los prefectos se quedarán con ellos. Los profesores, conmigo. Vamos a registrar el castillo.
McGonagall asintió sin cuestionar. —¿Y los dementores?
—Los dementores seguirán patrullando los terrenos —respondió Dumbledore—. Pero si Sirius Black ha entrado en el castillo una vez, puede volver a hacerlo. Necesitamos asegurarnos de que no haya… acceso.
La orden se extendió como un reguero de pólvora. Percy, con su voz aguda y autoritaria, comenzó a organizar a los Gryffindor para que bajaran al Gran Comedor. Los prefectos de otras casas hicieron lo mismo. Y en cuestión de minutos, el séptimo piso quedó vacío, con solo el retrato rasgado de la Dama Gorda como testigo mudo de lo que había ocurrido.
Harry bajó las escaleras con el resto de Gryffindor, su mente en blanco. Sirius Black había estado aquí. En Hogwarts. En la misma torre donde él dormía. Había estado a metros de su cama, de su vida, de todo lo que conocía. Y si no hubiera sido porque la Dama Gorda se negó a abrir…
No quiso terminar el pensamiento.
Cuando Gudao llegó al Gran Comedor junto con el resto de Slytherin, la estancia ya estaba medio llena. Los Gryffindor ocupaban un extremo, sus rostros pálidos y susurrantes. Los Ravenclaw y Hufflepuff, que habían sido despertados por los prefectos, llegaban en grupos, algunos con pijamas bajo las túnicas, otros con los ojos aún llenos de sueño pero despertando rápidamente al ver la tensión en el ambiente.
Las mesas largas, normalmente llenas de comida y risas, estaban vacías. En su lugar, los profesores se habían dispuesto en torno a la estancia como centinelas: Snape cerca de la entrada principal, McGonagall junto a los Gryffindor, Flitwick con los Ravenclaw, Sprout con los Hufflepuff. Y en el centro, con una expresión que no dejaba lugar a dudas sobre la gravedad de la situación, Albus Dumbledore esperaba a que todos estuvieran reunidos.
Gudao se sentó en la mesa de Slytherin, en su lugar habitual. A su alrededor, los estudiantes murmuraban, especulaban, pero él no prestaba atención. Su mirada recorría la estancia, evaluando, calculando. Los profesores estaban en alerta máxima. Los prefectos, aunque intentaban mantener la calma, estaban claramente asustados. Y los estudiantes… los estudiantes eran un mar de rostros jóvenes que, por primera vez en sus vidas, comprendían que los muros de Hogwarts no eran invencibles.
Sirius Black, pensó. Entró en el castillo. Llegó hasta la torre de Gryffindor. Y si hubiera llegado unos minutos antes o después…
No quería pensar en eso. No aún.
Cuando todos estuvieron reunidos, Dumbledore alzó la voz. No gritó, no necesitó hacerlo. Su presencia era suficiente para imponer silencio.
—Señoras y señores —dijo, y su voz resonó en el Gran Comedor con una claridad que parecía desafiar la propia arquitectura del lugar—. Esta noche, un intruso ha logrado acceder al castillo. El señor Sirius Black, un fugitivo de Azkaban, ha sido visto en el séptimo piso, donde intentó forzar la entrada a la torre de Gryffindor.
Los murmullos estallaron como un trueno. Dumbledore esperó, paciente, hasta que el silencio volvió a imponerse.
—Afortunadamente —continuó—, la Dama Gorda, guardiana de la entrada a Gryffindor, se negó a abrir. El señor Black, frustrado, desgarró el retrato y huyó. No tenemos constancia de que haya logrado acceder a ninguna sala común ni a ningún dormitorio. Pero no podemos correr riesgos.
Dumbledore hizo una pausa, y sus ojos azules recorrieron la estancia, deteniéndose por un instante en Harry, que estaba sentado en la mesa de Gryffindor con los puños apretados.
—A partir de esta noche —prosiguió—, se implementarán nuevas medidas de seguridad. Todos los retratos guardianes de las salas comunes serán reforzados con hechizos de protección adicionales. Los profesores patrullarán el castillo en turnos de noche. Y los estudiantes permanecerán en sus salas comunes o en sus dormitorios después del toque de queda, sin excepción.
—Profesor —la voz de Percy Weasley se alzó, temblorosa pero decidida—. ¿Y si Sirius Black vuelve a intentarlo? ¿Y si logra entrar en otra torre?
Dumbledore lo miró con una expresión que era mitad severidad, mitad compasión.
—No lo hará —respondió—. Pero si lo hace, encontraremos las puertas cerradas. Y nosotros, los profesores de este colegio, estaremos allí para recibirlo.
La declaración no era tranquilizadora, pero tenía un efecto. Los estudiantes se calmaron, al menos lo suficiente para dejar de gritar y empezar a susurrar.
—Por ahora —dijo Dumbledore—, permanecerán aquí. Los profesores y yo registraremos el castillo. Si no encontramos nada, podrán volver a sus dormitorios antes del amanecer. Hasta entonces, los prefectos serán responsables de mantener el orden. Y ustedes… ustedes serán responsables de mantener la calma.
Dicho esto, Dumbledore se retiró, seguido por los profesores. Snape, al pasar junto a la mesa de Slytherin, lanzó una última mirada a sus alumnos. No dijo nada, pero su expresión era clara: quietos, callados, y sobre todo, no hagan nada estúpido.
Las horas que siguieron fueron las más largas que Gudao había vivido desde su llegada a este mundo. Los estudiantes intentaban dormir en los bancos, acurrucados bajo sus túnicas, pero la mayoría solo lograba cerrar los ojos y fingir. Los prefectos caminaban entre las mesas, sus varitas en alto, proyectando luces que dibujaban sombras danzantes en las paredes de piedra.
Gudao no intentó dormir. Se sentó en la mesa de Slytherin, la espalda recta, los ojos entreabiertos, y dejó que su mente trabajara.
Sirius Black había entrado en Hogwarts. Eso significaba varias cosas. Primero, que las defensas del castillo, que Gudao había asumido como impenetrables, no lo eran tanto. Segundo, que Sirius Black era más peligroso de lo que parecía, o más desesperado. Tercero, que Harry Potter estaba en el centro de todo.
¿Por qué Sirius Black quiere entrar en la torre de Gryffindor?, se preguntó. ¿Por qué Harry? Si realmente traicionó a sus padres, ¿por qué esperar doce años para buscar al hijo? ¿Por qué no lo hizo antes?
No encajaba. La historia que todos daban por cierta tenía agujeros. Demasiados agujeros.
«Maestro», la voz de Edmond resonó en su mente, suave pero firme. «He estado patrullando el castillo como me pidió. No he encontrado rastro de Sirius Black. Pero he sentido algo… extraño.»
Gudao frunció el ceño mentalmente. «¿Extraño? ¿En qué sentido?»
«Hay una presencia en el castillo. No es Black. Es algo más… antiguo. Más profundo. Como si los muros mismos recordaran algo que nosotros no podemos ver.»
Gudao reflexionó. «¿Podría ser el Grial?»
«No. El Grial está latente, acumulando energía. Esto es diferente. Es… como si algo estuviera esperando. Al acecho.»
La información era inquietante, pero no podía hacer nada con ella en ese momento. Tenía prioridades más inmediatas.
«Continúa patrullando», ordenó. «Pero con cuidado. Si encuentras a Sirius Black, no lo enfrentes. Solo obsérvalo. Necesito saber qué quiere.»
«Entendido, Maestro.»
La conexión se desvaneció, y Gudao volvió a la realidad del Gran Comedor. A su alrededor, los estudiantes seguían susurrando, los prefectos seguían vigilando, y el reloj de arena de las horas seguía vaciándose gota a gota.
Fue cerca de las tres de la madrugada cuando Dumbledore regresó. El director entró en el Gran Comedor con paso cansado pero firme, y detrás de él, los demás profesores, todos con expresiones que revelaban el agotamiento de una noche entera de búsqueda.
—El castillo ha sido registrado —anunció Dumbledore, y el alivio que recorrió la estancia fue casi palpable—. No hay señales de Sirius Black. Parece que ha huido.
Los suspiros de alivio se convirtieron en murmullos de alegría. Algunos estudiantes rieron, otros se abrazaron, otros simplemente cerraron los ojos y dejaron que el cansancio los venciera.
—Pueden volver a sus dormitorios —continuó Dumbledore—. Pero quiero que tengan cuidado. Las nuevas medidas de seguridad estarán en vigor desde esta misma noche. Si alguien ve algo sospechoso, debe informar a un profesor inmediatamente.
Los estudiantes comenzaron a levantarse, estirándose, desperezándose, formando grupos para regresar a sus salas comunes. Gudao se levantó con el resto de Slytherin, pero antes de salir del Gran Comedor, lanzó una última mirada atrás.
Harry Potter estaba sentado en la mesa de Gryffindor, inmóvil, con la mirada perdida en algún punto del vacío. Hermione estaba a su lado, susurrándole algo, pero Harry no parecía escucharla. Ron, con el rostro pálido y los ojos llenos de un miedo que no intentaba ocultar, lo miraba con una mezcla de compasión y horror.
Sirius Black había ido por Harry. Todos lo sabían. Y aunque Harry había sobrevivido esta noche, la pregunta que flotaba en el aire era tan pesada como una losa de piedra: ¿y la próxima?
Gudao salió del Gran Comedor con el resto de su casa, pero en su mente ya estaba trazando planes. Sirius Black era ahora la prioridad. La investigación sobre el Santo Grial, sobre los dos Masters Negros restantes, sobre la guerra que se avecinaba… todo eso podía esperar. Porque mientras un asesino potencial merodeara por el castillo, la seguridad de todos estaba en juego.
Y aunque Harry no era Mash, aunque este mundo no era Chaldea, Gudao había jurado una vez proteger a la humanidad. Y eso incluía a Harry Potter.
«Edmond», llamó mentalmente, mientras descendía las escaleras hacia las mazmorras. «Cambio de planes. Quiero que patrulles el castillo todas las noches. Especialmente cerca de la torre de Gryffindor. Si Sirius Black regresa, quiero saberlo antes de que nadie más.»
«¿Y si lo encuentro?»
Gudao llegó a la entrada de la sala común de Slytherin. Frente a él, la pared de piedra esperaba la contraseña, que esa noche había sido cambiada por Snape a “Nigrum Corvus”. Pronunció las palabras, y la pared se deslizó hacia un lado, revelando la penumbra verde de la sala interior.
«Si lo encuentras, me avisas. Y luego… luego decidiremos qué hacer.»
Entró en la sala común, y detrás de él, la pared se cerró con un ruido sordo que sonó como el cierre de una tumba. Los otros Slytherin se dispersaron hacia sus dormitorios, demasiado cansados para hablar, demasiado asustados para hacer otra cosa que no fuera buscar la seguridad de sus camas.
Gudao no fue a su dormitorio. Se sentó en su rincón habitual, junto a la ventana que daba al lago negro, y observó las sombras que se movían en la profundidad del agua. Allí abajo, criaturas que nunca veían la luz del día nadaban en la oscuridad perpetua, ajenas al terror que había sacudido el castillo.
Sirius Black, pensó. ¿Qué eres realmente? ¿Un asesino? ¿Un traidor? ¿O algo más?
No tenía respuestas. Pero las tendría. Porque en este mundo, como en Chaldea, las respuestas siempre llegaban. Solo había que esperar el momento adecuado para encontrarlas.
El fuego crepitó en la chimenea, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra. Gudao cerró los ojos y dejó que el cansancio lo envolviera, pero no para dormir. Para planificar. Porque la noche había terminado, pero la guerra, de una forma u otra, acababa de comenzar.
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