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Fate of Magic - Capítulo 7

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7: El control es la clave 7: El control es la clave Gudao POV…

Estaba furioso, el trato que me da esta escuela no es de mi agrado, he tenido mis expectativas aplastadas por todos cada día que pasaba, no es lo mismo a cuando trataba de socializar con Gilgamesh o con Ozymandias, estos niños de mi edad en verdad estaba sesgados de una manera brutal, no abrían sus mentes a opiniones distintas y discriminaban sin ningún tipo de restricción, los profesores no corregían este comportamiento (algunos hasta lo incentivaban y premiaban) lo que me deja con un mal sabor de boca.

Este cuarto que encontré hace poco me ha ayudado a soltar todas estas frustraciones, es lo único que me mantiene sano mentalmente, es un cuarto muy útil, descubrí que este cuarto toma la forma que mas se necesite, para lo cual, lo he utilizado para practicar mi hechicería personal y la magia de las clases.

He intentado que replique la estética de Chaldea, de esa manera se me haría más fácil adaptarme, pero por alguna razón, el cuarto no lo hace, tal vez no lo esté deseando de manera urgente, pero no lo sabré hasta intentarlo, lo haré después, por ahora debo de poner esfuerzo extra por la inutilidad de los profesores.

El aire dentro de este cuarto siempre tiene un aroma distinto.

Hoy huele a pergamino nuevo, cera de velas y humo de incienso, como si supiera que necesito calma.

La Sala de los Menesteres nunca deja de sorprenderme: sus muros están tapizados de estantes con libros antiguos, algunos incluso con títulos que jamás vi en Chaldea.

En el centro, un espacio despejado me espera, con marcas en el suelo semejantes a círculos de invocación, como si el cuarto mismo intentara recordarme lo que soy en esencia: un Invocador.

Aquí soy libre.

Aquí no necesito soportar las miradas de odio de mis compañeros de Slytherin, ni el desprecio velado de los profesores que prefieren creer que soy una mancha en la reputación de su “sagrada” escuela.

No importa cuánto intente encajar, en sus ojos siempre seré el muggle que se atrevió a pisar su terreno.

Mis manos tiemblan un poco, pero no de miedo: es el cosquilleo familiar que siento cuando la energía mágica empieza a fluir.

La magia de este mundo es… distinta.

Ordenada, limitada por palabras y varitas, como si alguien hubiese decidido ponerle reglas a lo que debería ser libre.

Yo, en cambio, he probado otra cosa: la hechicería que aprendí en mi vida pasada, esa que no necesitaba pronunciar un Lumos o un Expelliarmus, sino que surgía de mi voluntad, de mi vínculo con los héroes del pasado.

—Hypnos… —susurro, y mi respiración se acompasa.

El aire se condensa alrededor de mis palmas, como un leve brillo dorado que arde y se extingue.

No puedo invocar a nadie todavía —mis sellos de comando aún son incompletos—, pero la esencia está ahí, latente, esperándome.

Con la otra mano tomo la varita que me entregaron en el Callejón Diagon.

Madera de tejo, núcleo de fibra de corazón de dragón.

Una ironía: una varita digna de magos que suelen usarla para maldecir, en manos del “muggle indigno”.

—Expulso.

Un estallido repentino lanza hacia atrás a uno de los maniquíes que el cuarto conjuró para mí.

Su cuerpo de madera se parte contra la pared, y el eco resuena como un aplauso burlón.

—No es suficiente.

Nunca es suficiente… —murmuro con los dientes apretados.

Mi magia de Hogwarts es correcta, precisa… pero carece de la fuerza que necesito.

Y mi hechicería es poderosa, pero inestable.

Estoy en un punto medio, como si llevara dos almas luchando en un mismo cuerpo.

Camino hacia el espejo que apareció frente a mí.

No es el Espejo de Oesed, eso lo sé, pero tiene algo extraño: refleja no solo mi figura cansada, sino también un destello rojo en mi mano derecha.

Los sellos de comando, incompletos, titilan débilmente bajo la piel como brasas apagadas.

—¿Por qué ahora?

—me pregunto, acercando los dedos a esa marca.

El cuarto parece reaccionar a mi duda.

Las velas parpadean y el suelo vibra suavemente, como si la Sala quisiera advertirme de algo.

Entonces lo escucho: pasos.

Muy tenues, pero no son míos.

Me doy la vuelta de inmediato, varita en mano.

La puerta de la Sala de los Menesteres, que nunca debería abrirse si alguien más no lo necesita, se desliza apenas unos centímetros.

Un susurro de voces femeninas llega hasta mí.

—Te digo que lo vi entrar aquí… —una voz suave, fría, con ese tono de nobleza que ya reconozco.

Daphne Greengrass.

Mi ceño se frunce.

¿Qué demonios hace ella siguiéndome?

¿Qué necesidad puede haber tenido la Sala para dejarla entrar?

El aire se tensa, como si la misma magia del cuarto me pusiera en guardia.

Y entonces entiendo: este refugio ya no es solo mío.

Respiro hondo y alzo mi varita, preparado para lo que venga.

Si Daphne entró, probablemente no esté sola… y el poco espacio que tenía para ser yo mismo podría estar en riesgo.

Gudao POV Me deslicé hacia la penumbra antes de que el picaporte siquiera insinuara moverse.

La respiración al diafragma, lenta, contando hasta cuatro al inspirar, dos al sostener, seis al exhalar.

“Borra tu latido de la habitación; deja que el cuarto respire por ti”.

Los Assassin de Chaldea me lo enseñaron con paciencia cruel: no basta con esconder el cuerpo; hay que desvanecer la intención.

Así que apagué la chispa que delataba mi presencia, plegué hombros y cadera para romper mi silueta, y hundí el peso en el metatarso, como si fuera parte del tablón.

La Sala de los Menesteres entendió.

Las velas se apagaron en el sector donde yo estaba, una cortina de sombra se tensó como un telón, y el olor a cera caliente se mezcló con piedra húmeda, feo pero útil: el olfato distrae al ojo.

La puerta se abrió apenas.

Un hilo de luz arañó el suelo.

—Sé que estás aquí —la voz de Daphne Greengrass cortó el aire como un cuchillo frío.

Entró con el mentón alzado y los labios tensos; la rabia le hacía brillar los ojos como vidrio verde.

El dobladillo de su túnica rozó una alfombra que la Sala colocó adrede para amortiguar cualquier crujido: si intentaba “oírme”, oiría silencio.

Dio dos, tres pasos, dejando que el tacón marcara territorio.

Buscó con la vista: estantes, maniquíes de práctica, un espejo velado por polvo reciente, círculos de tiza en el suelo.

Nada.

Yo, estatua.

Ni siquiera miradas rápidas: el reflejo de un ojo puede delatarte tanto como un pestañeo.

“Niega la línea de visión”, decían ellos; “haz que tu ausencia se sienta inevitable”.

—Tsch —chasqueó la lengua, frustrada—.

Maldito sangre sucia.

Soltó el insulto con la naturalidad de quien se cree respaldada por siglos de costumbre.

Me llamó por mi apellido como se señala un objeto molesto en un salón: Gudao Roberts, la grieta en su porcelana.

—Deberías haber sido expulsado el primer día.

Romper varitas… —apretó la mandíbula; el recuerdo le torció la postura—.

Lo pagarás.

La Sala tragó su amenaza y la devolvió en eco mudo.

Yo seguí siendo nadie.

Un latido, dos, tres; deslizó la mirada, tanteó con dedos nerviosos el bolsillo donde antes habría estado su varita rota.

El gesto, tan pequeño, le horadó el aplomo.

—Ridículo.

—Se dio la media vuelta con un giro ensayado y salió, arrastrando con ella una ráfaga de perfume caro, mezcla de menta y biblioteca.

La puerta se cerró.

Esperé el ritual completo: diez respiraciones, tres cambios de peso, una prueba de rumor con el dorso de la mano en el suelo (si alguien más hubiera quedado, vibraría).

Nada.

Seguro.

Solté el aire.

La sombra me devolvió, y con ella la leve comezón en el dorso de la mano derecha: los sellos de comando, incompletos, pulsan como brasas bajo la piel.

Me miré el reflejo en el espejo sin quitarle el velo; apenas vi mi contorno y el tenue rojo de las marcas.

—No vales su ira —me dije en voz baja, sin rencor, solo como un recordatorio de dirección—.

Vale más el tiempo que invierto en mí.

Chasqueé los dedos y la Sala obedeció.

El espacio se reconfiguró para entrenamiento: el suelo dibujó tres círculos de tiza concéntricos, cada uno con runas simples de conducción de prana; a la derecha, una hilera de maniquíes con articulaciones reforzadas y placas de madera para medir impacto; al fondo, un reloj de péndulo sin números, que marcaba compases más que minutos.

Tomé la varita.

La pesé.

Madera de tejo, fibra de corazón de dragón.

El yugo de este mundo.

En la otra palma, abrí mis “circuitos” a la vieja usanza: la sensación ardió como agua demasiado caliente recorriéndome los antebrazos hasta el centro del pecho.

Od propio primero, mana ambiental después.

La mezcla siempre es difícil en Hogwarts: aquí el aire tiene su propio modo de ser magia, tozudo, escrito en latín.

—Pilar uno: presencia —susurré, iniciando el ciclo—.

Sin varita.

Hechicería pura.

Hundí la intención en el estómago, apagué el “ruido” de mi voluntad hasta que el reloj dejó de percibirme.

Caminé los tres círculos sin que el péndulo variara su compás.

A la tercera vuelta, la Sala premió con un susurro: las runas quedaron sin brillo, señal de éxito.

—Pilar dos: refuerzo.

Fluí prana hacia manos y pies: el viejo Refuerzo de Chaldea, distinto al “Encantamiento de Ligereza” de Hogwarts, menos elegante pero más directo.

Las falanges vibraron con un zumbido casi placentero; el arco del pie se hizo elástico.

Probé un salto corto, apenas un metro, y caí sin ruido.

Bien.

—Pilar tres: sinergia.

Varita en alto, prana fijo.

Quería que ambos lenguajes colaboraran en vez de estorbarse.

—Protego.

El escudo estalló en una cúpula justa, ni más ni menos.

Noté el empuje en los hombros; acepté el retroceso y lo canalicé al suelo.

Cerrar.

Abrir de nuevo.

—Expulso.

El chorro de fuerza partió el primer maniquí; astillas al aire, olor a resina.

Incliné la muñeca para no romper la línea del cuerpo, reforcé el antebrazo con prana: el retroceso no me desmontó.

Otra vez.

—Silencio.

No para la sala, sino para mí mismo: un velo en la garganta, otro en las suelas.

La palabra se tragó en espuma, y el reloj me “perdió” un instante.

Perfecto.

El péndulo marcó tres compases largos; la Sala tomó eso como señal y soltó una sorpresa: del muro se despegó una figura de humo con la altura y el alcance de un lancero.

No era un Servant, no podía serlo —mis sellos apenas son brasas—, pero la idea de un héroe se condensó en un sparring honesto.

El asta de su lanza silbó al aire.

—Vamos —le dije, más a mí que a él.

Carga oblicua.

Paso cruzado, hombro bajo.

Protego inclinado en un ángulo que desviara, no que bloqueara; dejé que la lanza resbalara por la cúpula y la llevé al vacío.

El humo giró con economía perfecta; contraataque en diagonal.

“No bloquees dos veces en el mismo plano”, escuché la voz de un instructor que ya no existe.

Hundí prana en el muslo, cambié el peso en un latido, y el arma cortó donde yo había estado.

—Expulso.

El estallido no dio en el centro, sino a los pies: un error calculado.

Levanté al enemigo de niebla lo justo para robarle el apoyo.

Caía cuando ya estaba sobre él, varita a la línea de la clavícula.

Se disolvió.

El péndulo recuperó su ritmo.

La marca en mi mano ardió y se calmó, como si hubiese aprobado un examen mínimo.

Seguí.

Me impuse series como si mi cuerpo fuera un hechizo largo: —Diez escudos sin pérdida de forma.

—Quince Expulso con retroceso controlado y muñeca firme.

—Treinta pasos en presencia nula, cronometrando el vacío entre campanadas del péndulo.

—Cinco combinaciones: Silencio + Refuerzo + Protego móvil, transformando el escudo en “hombro” para empujar.

Los errores se hicieron rutina y dejaron de ser errores.

En dos ocasiones el escudo estalló mal y un golpe de fuerza me golpeó el hombro; acepté el moratón como ofrenda.

En otra, el refuerzo falló y el tobillo me gritó; hice la corrección: prana primero al arco plantar, luego al gemelo, entonces al cuádriceps.

Orden correcto, resultado correcto.

Cada tres series me detenía frente al espejo velado.

Con el dorso de la mano rozaba el cristal; el frío me devolvía el tamaño real de las cosas.

En el vidrio, el rojo leve de mis sellos latía con un tempo que todavía no entiendo.

No es todavía un pacto; es… atención.

Como si el mundo que dejé me observara por una mirilla.

—No es invocación —le dije a la marca—.

Es memoria.

Trabajo con lo que soy, no con lo que extraño.

La Sala mudó de escenario, ofreciéndome un tramo de pasillo angosto con puertas falsas a ambos lados: práctica de tránsito bajo presión.

Lo caminé dos veces “visible” —varita a media altura, hombros sueltos, mirada blanda— y dos veces “ausente”, plegando la voluntad.

Al final, la propia Sala me arrojó un par de proyectiles acolchados desde rendijas —trampas didácticas.

Los vi tarde la primera vez; la segunda, dejé que mi escudo tragara uno y devolviera el otro en diagonal.

El péndulo marcó aprobación con un golpe más grave.

Cuando el sudor ya me corría por las muñecas, marqué el cierre.

No por cansancio, por método: mejor terminar con precisión que alargar con vicio.

—Última —susurré.

Me planté en el círculo interior.

Diez respiraciones cuadradas.

Apagué el ruido de mi nombre.

En ese silencio, algo se alineó: ni Hogwarts ni Chaldea, sino el punto medio exacto donde ambas lenguas se vuelven una sola idea.

La varita estuvo, sí, pero no mandó; mi prana fluyó, sí, pero no se desbordó.

Sentí el cuarto como extensión de mis manos, y por un latido creí entenderlo: la Sala desea utilidad, no obediencia.

Abrí los ojos.

El espejo ya no estaba velado.

En la esquina inferior, grabadas como por una mano paciente, aparecieron líneas nuevas, discretas: > Registro de Práctica — Día 11 Presencia: estable.

Refuerzo: sin lesión.

Sinergia: mejora.

No fui yo quien escribió eso.

La Sala toma nota.

Sonreí apenas: es bueno tener un juez que no odia por costumbre.

Guardé la varita.

La marca en la mano se calmó, tibia como una promesa que no exige prisa.

Crucé el cuarto hacia la puerta, y la Sala, amable, volvió a oler a pergamino nuevo y cera.

Antes de salir, me detuve.

En el suelo, junto al zócalo, había quedado un minúsculo resto: un hilo de cabello rubio pálido atrapado en una astilla.

Daphne.

No lo toqué; no por miedo, por higiene de guerra.

Los Assassin me enseñaron que los rastros son rutas, y yo no pienso dejarle ninguna.

—No voy a gastar mi vida defendiéndome de prejuicios —le dije al silencio, más firme que amargo—.

Voy a hacer que importarles me cueste demasiado.

La puerta se cerró detrás de mí sin ruido.

El pasillo del castillo me recibió con su frío de siempre.

El reloj de la Sala siguió marcando compases dentro de mi cabeza, y cada campanada me recordó lo único que de verdad me pertenece: el trabajo que pongo en el siguiente paso.

POV: Albus Dumbledore El despacho estaba en silencio, salvo por el chisporroteo del fuego en la chimenea y el crujido ocasional de Fawkes, que dormitaba sobre su pedestal con la cabeza bajo un ala.

Albus Dumbledore, sentado detrás de su escritorio de caoba, mantenía los dedos entrelazados, apoyados sobre su barba plateada, mientras observaba a los tres profesores que había convocado.

Severus Snape, erguido y rígido, con la sombra de un ceño perpetuo, fue el primero en romper el silencio.

—Roberts es un problema —dijo con tono acerado, como si pronunciara un veredicto—.

No solo muestra una desobediencia flagrante hacia las normas de su casa, sino que además… tiene un aire de insolencia que no corresponde a alguien de su condición.

La magia corre por sus venas de manera… extraña.

No confío en ello.

El “de su condición” quedó suspendido en el aire como una daga envenenada.

Minerva McGonagall, que se mantenía con la espalda recta y la mirada firme, intervino de inmediato.

—Severus, basta con insinuaciones.

El muchacho es un alumno, y lo que ha hecho, aunque reprochable, tiene explicación.

No podemos olvidar que se vio acorralado por sus propios compañeros.

Cualquiera reaccionaría si lo apuntaran con varitas en su primer día en Hogwarts.

Su voz tenía un dejo de severidad, pero también de justicia.

Sin embargo, pronto añadió, con cierto pesar: —Dicho eso, Director, creo que sus acciones requieren una sanción más estricta.

Romper las varitas de otros estudiantes… es un acto muy grave, más allá de las circunstancias.

Si no aprende límites, será difícil que se adapte.

Filius Flitwick, encogido sobre su asiento pero con una chispa de irritación en sus ojos, habló a continuación: —Yo debo insistir, Director.

El joven Roberts apenas presta atención en mis clases.

Siempre parece distraído, como si considerara que lo que enseño carece de valor.

Y, sin embargo… —hizo una pausa, frunciendo los labios como si el dato le incomodara— sus encantamientos funcionan, y no de forma mediocre, sino con una precisión sorprendente para alguien que finge no escuchar.

No sé si lo hace para provocarme o porque realmente cree que no necesita aprender.

Dumbledore escuchó cada palabra con paciencia, sin mover un solo músculo del rostro.

Sabía que este momento llegaría: que el nombre de Gudao Roberts saldría en más de una reunión, tarde o temprano.

Lo que le inquietaba no era el contenido de los reportes, sino el eco de sus propios pensamientos.

Un niño muggle en Slytherin.

Algo que nunca había ocurrido en siglos.

Una anomalía en la estructura misma de Hogwarts.

Y peor aún: un niño que había mostrado, desde el inicio, un aire de desafío hacia la autoridad de su casa, y que cargaba con un aura de misterio que ni siquiera él, Albus Dumbledore, había podido descifrar.

Recordaba con claridad la noche de la selección.

Cuando el Sombrero lo colocó en Slytherin, la sala entera contuvo el aliento.

Dumbledore había decidido actuar en ese mismo instante.

Había pronunciado en su mente el hechizo que tan útil le había resultado en otras ocasiones: Legilimens.

Esperaba encontrar recuerdos de infancia, emociones desordenadas, algún atisbo de miedo o entusiasmo.

En cambio, lo que encontró fue… nada.

Un vacío insondable, como si las paredes de la mente del muchacho estuviesen selladas con un material imposible de penetrar.

Un hueco demasiado perfecto.

Y eso lo preocupaba más que cualquier falta disciplinaria.

Severus volvió a hablar, interrumpiendo el silencio pensativo del director.

—Insisto, Albus.

Este niño traerá problemas.

No debemos bajar la guardia con él.

Minerva entrelazó las manos con fuerza, en un gesto inusual en ella.

—Problemas o no, Severus, sigue siendo nuestro deber enseñarle.

El castigo que se le impuso ya fue suficientemente severo.

No podemos permitir que toda la escuela se vuelva contra él sin que los profesores demos ejemplo de justicia.

Flitwick asintió tímidamente.

—Eso es cierto, aunque no niego mi frustración.

Dumbledore alzó una mano, y el gesto bastó para devolver el silencio a la sala.

Sus ojos azules, tan brillantes como a menudo eran descritos, se movieron de un profesor al otro.

—Aprecio sus preocupaciones, de verdad.

Pero no olvidemos que nuestra labor no es solo enseñar magia, sino también guiar.

El joven Roberts ya ha enfrentado sanciones, y aun así demuestra avances significativos en pociones, encantamientos y transformaciones.

No podemos ignorar sus progresos por centrarnos solo en sus faltas.

Su voz fue suave, pero firme, y por un instante, incluso Snape guardó silencio.

—Les pido, pues, que bajen sus prejuicios —añadió, con un matiz que no admitía réplica—.

La verdadera prueba de un maestro no está en enseñar a quien ya desea aprender, sino en llegar a aquellos que parecen cerrados al mundo.

Los tres profesores asintieron, algunos con más renuencia que otros.

Primero Snape, con una mueca apenas perceptible; luego Flitwick, con un encogimiento de hombros resignado; finalmente Minerva, con un leve suspiro de aceptación.

Cuando se retiraron, el despacho volvió a quedar en silencio.

Dumbledore se inclinó hacia atrás en su silla, tamborileando los dedos contra el brazo del sillón.

Un vacío en la mente.

Un niño muggle en Slytherin.

Poder en sus manos y resentimiento en su mirada.

Era imposible no recordar a Tom Riddle.

El mismo aislamiento, la misma diferencia marcada desde pequeño.

Y sin embargo… había algo distinto.

Riddle buscaba imponerse al mundo desde el primer instante; Roberts parecía luchar contra él mismo, como si ocultara un secreto demasiado grande para compartir.

La pluma de su escritorio comenzó a escribir sola sobre un pergamino nuevo: Investigación: Gudao Roberts.

Dumbledore se levantó, caminó hasta la ventana y observó las torres de Hogwarts recortándose contra el cielo estrellado.

La brisa nocturna llevaba un susurro antiguo, y en el corazón del director una certeza crecía como un nudo apretado: No podía permitirse ignorar a Gudao Roberts.

La noche ya había caído sobre Hogwarts, y el castillo entero respiraba en calma.

Los pasillos, antes llenos de risas, pasos y voces de alumnos, se encontraban ahora en silencio, apenas interrumpido por el chasquido de las antorchas que iluminaban los corredores.

Las salas comunes eran un refugio cálido en contraste con el aire frío de las piedras del castillo, y poco a poco todos los estudiantes se iban preparando para dormir.

Gudao Roberts empujó la puerta de la sala común de su casa, entrando con paso firme, aunque su cuerpo no ocultaba el cansancio.

El sudor le resbalaba por la frente y su respiración era pesada, el resultado de horas de entrenamiento oculto que había llevado a cabo cuando todos ya descansaban.

Sus músculos tensos y sus circuitos mágicos aún vibraban por el esfuerzo, pero a pesar del desgaste, sus ojos reflejaban una calma determinada, como si todo el esfuerzo fuera apenas un peldaño más en el camino que había decidido recorrer.

Los murmullos no tardaron en surgir.

Algunos de sus compañeros alzaron la mirada apenas lo vieron entrar.

Las miradas cargadas de desdén se clavaron en él como cuchillos silenciosos.

Desde el incidente con las varitas —cuando las rompió con fría decisión después de que lo apuntaran en masa—, el ambiente hacia él se había vuelto hostil.

Aunque el castigo había caído y las varitas habían sido reemplazadas, la humillación seguía siendo una herida abierta entre sus compañeros.

Ahora lo miraban con odio contenido, con miedo disfrazado de rencor.

Nadie se atrevía ya a levantar la varita contra él.

Nadie deseaba volver a probar qué tan dispuesto estaba Gudao a defenderse.

Pero él, indiferente, avanzó con paso tranquilo, sin regalarles una sola palabra, sin detenerse en las expresiones de rechazo.

La hostilidad era evidente, pero en vez de molestarle, la aceptaba como un ruido de fondo que no merecía su atención.

Había asuntos mucho más importantes en los que concentrarse.

Se dirigió directo al baño.

Una vez dentro, el vapor cálido del agua pronto llenó la estancia.

Gudao dejó escapar un suspiro al dejar que el agua recorriera su cuerpo, aliviando la tensión de sus músculos endurecidos por los entrenamientos.

Había estado forzando sus límites, no solo en lo físico, sino en lo mágico.

El flujo de sus circuitos aún ardía, un zumbido bajo que le recordaba que cada ejercicio era una inversión a futuro, un paso hacia un poder que aún no podía mostrar.

Se quedó bajo el agua más tiempo del que había planeado, disfrutando la relajación que apenas se permitía.

Por un momento, la fatiga fue remplazada por la serenidad del silencio, roto solo por el caer del agua sobre las baldosas.

Al terminar, se secó, vistió ropa limpia y volvió a la habitación.

Sus pasos eran seguros, metódicos.

Lo primero que hizo no fue tumbarse en la cama ni cerrar los ojos: fue revisar las protecciones.

Deslizó la mano sobre los pliegues de su colchón, los bordes de su cortina y el marco de la cama.

Runa tras runa, sello tras sello, cada línea brilló levemente bajo su toque, respondiendo a su voluntad.

Todo estaba en orden.

Nadie había intentado manipular sus protecciones, y eso lo tranquilizó.

Gudao sabía que si alguien lo intentaba, el resultado sería inmediato y claro: los intrusos terminarían paralizados en el suelo, sin poder articular palabra, hasta que él mismo los liberara.

Ese sistema era un regalo —o más bien, un legado— de su maestra, Scáthach.

Ella le había enseñado a inscribir runas con precisión, a imbuir magia en símbolos y ataduras, a transformar un espacio aparentemente común en una fortaleza personal.

El arte de la imbuición era, para él, tan importante como cualquier hechizo aprendido en Hogwarts.

Se acomodó en su cama, apoyando la espalda contra el cabecero, mientras los sellos continuaban brillando débilmente, como estrellas diminutas que lo rodeaban.

Sus ojos se posaron en su mano derecha, donde los débiles trazos de sus Sellos de Comando comenzaban a delinearse lentamente.

No eran aún visibles para cualquiera, pero él podía sentirlos: un calor constante, un poder que esperaba el momento de completarse.

No podía invocar a sus Servants todavía.

Ese era su mayor límite actual.

Sin embargo, no desesperaba.

Sabía que los Sellos se estaban formando con cada gota de esfuerzo que ponía en dominar su magia.

Era cuestión de tiempo.

Mientras tanto, su objetivo era claro: mejorar.

Mejorar el control de sus circuitos mágicos, hasta que el flujo de energía fuese tan natural como respirar.

Mejorar sus habilidades físicas, hasta que su cuerpo pudiera responder al mismo nivel que su mente.

Mejorar en cada aspecto posible, porque en su interior, Gudao sabía una verdad que lo mantenía despierto aún en noches como esta: el futuro era incierto, y nadie podía predecir qué clase de amenaza caería sobre él.

Con esa convicción, cerró los ojos, permitiéndose al fin descansar.

Sus protecciones vibraban suavemente a su alrededor, como un recordatorio de que estaba preparado, aunque el resto del mundo no lo entendiera.

En la oscuridad, solo un pensamiento se repetía en su mente: “Uno nunca sabe lo que el destino prepara… pero yo estaré listo.” REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreo para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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