Fate of Magic - Capítulo 8
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8: Sueños y opiniones 8: Sueños y opiniones La oscuridad del sueño se volvió pesada, como un manto que lo envolvía por completo.
No había descanso en ella, ni calma, solo la sensación sofocante de estar atrapado en recuerdos que no le permitían escapar.
Como siempre, las imágenes empezaron con fragmentos dispersos: la primera singularidad, las llamas de Fuyuki devorando la ciudad; la voz de Mash resonando con firmeza y miedo a la vez; las súplicas de los inocentes que nunca pudo salvar a tiempo.
El flujo onírico lo arrastraba sin piedad, mostrándole, una y otra vez, los rostros de los Servants que había invocado, aliados que se habían convertido en familia.
Nero, con su sonrisa radiante; Jeanne, con la mirada resuelta aun en la adversidad; Kiyohime, con su obsesión tan ardiente como peligrosa; y Mash, siempre Mash, que no importaba cuánto se esforzara, él aún la veía con aquel escudo interponiéndose entre él y la muerte.
Cada singularidad se reconstruía en sus sueños con precisión cruel: la Francia en guerra contra dragones, Roma al borde del colapso, Londres en llamas, la arena desbordada de sangre en Okeanos… y así, una tras otra, hasta que todo lo arrastraba de nuevo hacia el final ineludible.
El templo del tiempo.
La escena se repetía con una fidelidad que lo hacía estremecerse cada noche.
Goetia, imponente, su figura ardiente y monstruosa, lo miraba desde lo alto con el desprecio de un dios que había caído.
El rugido del Rey de los Demonios resonaba en el espacio roto, mientras Gudao—solo, cansado, casi quebrado—lanzaba sus últimos hechizos, sus últimas órdenes, su propia vida como ofrenda para dar a sus Servants la oportunidad de luchar hasta el último aliento.
Y aun así, en sus sueños, aunque lograba derrotarlo… el desenlace era siempre el mismo.
La vibración del espacio rompiéndose, el vacío infinito tragándose todo lo que amaba, y él cayendo, sin fuerzas, sin poder alcanzar esa luz cálida que representaba Chaldea.
Siempre caía.
Siempre despertaba en el mismo punto.
El cuerpo de Gudao se agitó en la cama.
Su respiración se aceleró, gotas de sudor frío resbalaban por su frente y su cuello, empapando las sábanas.
Su mano temblaba, buscaba en el aire un Command Seal inexistente, el reflejo automático de alguien que había vivido demasiado tiempo confiando en esa marca.
Despertó de golpe, incorporándose con violencia.
El dormitorio estaba en silencio, apenas iluminado por la tenue luz de la luna que se filtraba por las ventanas de la sala común.
Sus compañeros dormían profundamente, ignorando la pesadilla que acababa de desgarrarlo desde dentro.
Gudao se llevó una mano al rostro y respiró con fuerza, intentando controlar el temblor en su pecho.
El miedo lo atenazaba.
No sabía si aquellos sueños eran solo eso, simples ecos de su memoria, o si en verdad significaban que el destino podía repetirse.
La idea de volver a perderlo todo… de no poder regresar jamás con sus Servants… era un pensamiento que le hacía sentir un vacío aún mayor que el del sueño.
“Los extraño…” murmuró, apenas audible, como si al decirlo en voz alta pudiera acercarlos de nuevo a él.
Nombres pasaron por su mente, uno tras otro, con el mismo peso que en vida.
Todos, sin excepción.
Apretó los puños, cerró los ojos y trató de calmarse.
No podía hundirse en el pasado, no ahora.
Lo único que le quedaba era avanzar.
Mejorar, endurecerse, prepararse para el futuro… y tener la esperanza de que, en algún punto, los volvería a ver.
Se recostó otra vez, aunque el sueño no regresó fácil.
La cama protegida por sus runas se sentía como un santuario mínimo en un mundo hostil, pero dentro de su mente la batalla seguía librándose.
Y en el fondo de su corazón, la promesa ardía: nunca permitiría que ese final se repitiera.
— La vida en Hogwarts estaba resultando mucho mejor de lo que Harry había imaginado.
Después de semanas viviendo dentro del castillo, ya había descubierto que, pese a las clases agotadoras, las estrictas normas y los deberes interminables, era incomparablemente más acogedor que la casa de los Dursley.
No había tíos gritando ni un primo persiguiéndolo por cada rincón.
En lugar de eso, había magia, comida caliente, pasillos interminables que invitaban a explorar y un aire de libertad que jamás había experimentado antes.
Sin embargo, no todo era perfecto.
Si había algo que le desagradaba intensamente, eran los Slytherin.
Harry lo había notado desde el principio: aquella casa estaba llena de chicos arrogantes, con miradas altivas y voces cargadas de desprecio.
Draco Malfoy era el ejemplo más claro.
Siempre que podía, se burlaba de él o de Ron, lanzando comentarios hirientes sobre el dinero de la familia Weasley, sobre la cicatriz de Harry o sobre cualquiera que no cumpliera sus estándares.
Malfoy no solo era molesto, sino que parecía tener un séquito de seguidores dispuestos a reír sus bromas por más crueles que fueran.
En contraste, Ron Weasley se había convertido rápidamente en su mejor amigo.
Su forma de hablar sin rodeos, su lealtad casi instintiva y su capacidad para hacerle reír en los momentos más tensos habían creado un vínculo inmediato entre ellos.
Con Hermione Granger era distinto.
Harry reconocía que era muy lista, quizá la más lista de toda la clase, pero su obsesión con seguir las reglas y demostrar que lo sabía todo resultaba agotadora.
Harry no la despreciaba, al contrario, la consideraba una amiga… aunque a veces le molestaba que pareciera querer ser más profesora que compañera.
En Gryffindor, como en casi todo el colegio, la rivalidad con Slytherin era abierta y directa.
Los dos grupos se detestaban de manera casi natural, como si aquello estuviera escrito en la tradición misma de Hogwarts.
Era lo normal, lo esperado.
Pero había un caso particular que Harry había notado, alguien que estaba en una situación distinta a todos: Gudao Roberts.
Harry no lo conocía personalmente, ni había hablado nunca con él.
Sin embargo, lo había visto en más de una ocasión en los pasillos, en las clases compartidas e incluso en el Gran Comedor.
Gudao era diferente a cualquier otro alumno.
Para empezar, no era un mago de nacimiento; era un muggle, el único en toda la casa Slytherin.
Eso, en sí mismo, ya era extraño, porque Harry había escuchado que los Slytherin despreciaban a los nacidos de muggles.
Y, sin embargo, ahí estaba, sentado en la mesa de la serpiente, con esa expresión fría y distante que lo hacía resaltar todavía más entre sus compañeros.
Lo que Harry notaba era el odio generalizado hacia él.
Los alumnos de Gryffindor y de otras casas lo despreciaban simplemente por ser Slytherin; eso era comprensible dentro de la lógica del castillo.
Pero los propios Slytherin lo detestaban aún más, por ser un muggle en una casa que valoraba tanto la pureza de sangre.
Era un rechazo absoluto, sin excepción.
Incluso los profesores parecían incomodarse con su presencia, lanzándole miradas severas o mostrándole una falta de paciencia que Harry no había visto con ningún otro estudiante.
En los ojos de Harry, todo eso solo confirmaba lo que él ya creía: cualquiera que estuviera en Slytherin no podía ser buena persona.
Si todos lo odiaban, entonces debía haber una razón.
Tal vez Gudao lo merecía.
Tal vez había hecho algo terrible antes de llegar allí, algo que explicara ese aire de desdén que siempre parecía tener.
Harry no se molestaba en preguntarse si era justo o no; los prejuicios estaban demasiado arraigados.
Así, mientras veía a los Slytherin pasar de largo en los pasillos, con Gudao caminando entre ellos como una sombra, Harry sentía que todo encajaba en un esquema sencillo: Gryffindor eran los buenos, Slytherin eran los malos, y Gudao Roberts, aquel muggle extraño, no era más que una confirmación de que en esa casa no podía existir nadie digno de confianza.
— Ron Weasley siempre había creído firmemente lo que su familia le había enseñado desde pequeño: los Slytherin eran el origen de todos los males en Hogwarts, futuros mortífagos en entrenamiento, serpientes venenosas esperando el momento para traicionar a cualquiera.
Y no era solo una creencia de su familia; lo había visto con sus propios ojos desde el primer día de clases.
Draco Malfoy era el ejemplo perfecto de todo lo que se esperaba de un Slytherin: arrogante, altanero, cruel con quienes tenían menos que él.
Por eso, cuando el Sombrero Seleccionador gritó que aquel extraño muchacho, Gudao Roberts, debía ir a Slytherin, Ron no se sorprendió.
Lo que sí lo había sorprendido, lo que lo dejó con la boca abierta igual que a la mayoría de estudiantes, fue enterarse de que Gudao era un muggle.
Un muggle, en Slytherin.
Eso jamás había ocurrido en la historia de Hogwarts, al menos ninguna de las historias que su padre o sus hermanos le habían contado mencionaban algo parecido.
Para Ron, aquello era absurdo, casi ofensivo.
Los Slytherin siempre se habían enorgullecido de la pureza de sangre y de su linaje.
¿Cómo podía un simple muggle, alguien que no tenía una gota de magia en sus venas, formar parte de ellos?
En su mente, la respuesta era clara: el muchacho debía de ser tan retorcido, tan extraño, que incluso el Sombrero Seleccionador lo había considerado digno de la casa de la serpiente.
Eso lo hacía, a los ojos de Ron, aún más peligroso.
Cada vez que se cruzaba con él en los pasillos, Ron lo observaba de reojo.
Gudao no hablaba mucho, pero su sola presencia resultaba incómoda.
Los demás estudiantes murmuraban a sus espaldas, algunos lo insultaban abiertamente.
Y lo más curioso era que hasta sus propios compañeros de Slytherin parecían despreciarlo.
Le hacían zancadillas, lo empujaban en los corredores, lo dejaban de lado en las clases conjuntas.
Para Ron, aquello era prueba suficiente: si incluso los Slytherin lo odiaban, debía de ser realmente alguien desagradable.
En el fondo, Ron pensaba que Gudao se lo tenía bien merecido.
—Si está en Slytherin, entonces seguro que es malvado —murmuró una vez mientras caminaba con Harry hacia el Gran Comedor—.
No importa lo que digan, nadie que acabe en esa casa puede ser buena persona.
La curiosidad natural de Ron a veces lo empujaba a preguntarse cómo un muggle había logrado entrar en Hogwarts y mucho menos en una casa como esa.
Pero cada vez que esa duda aparecía, él mismo se respondía: no importaba.
El simple hecho de ser un Slytherin anulaba cualquier otra cosa.
No necesitaba conocerlo, no necesitaba darle una oportunidad.
Los Weasley siempre habían sabido distinguir entre los que valían la pena y los que no.
Y Gudao Roberts, muggle o no, estaba del lado equivocado.
Lo que más lo sorprendía, sin embargo, era ver a Harry mirando ocasionalmente a Gudao con cierta curiosidad.
Como si en el fondo dudara de la idea de que alguien pudiera ser rechazado por todos.
Ron no podía entenderlo.
—No te fíes, Harry —le decía en voz baja, casi con tono de advertencia—.
Los Slytherin son todos iguales.
Y ese Roberts… ya verás, tarde o temprano mostrará lo que en verdad es.
Con esa seguridad inquebrantable, Ron se permitió sentir un leve alivio: por suerte, Gudao no estaba en Gryffindor.
Porque para él, la mera idea de tener que compartir dormitorio o clases cercanas con un Slytherin —y encima un muggle— era simplemente intolerable.
POV: Hermione Granger Hermione llevaba semanas descubriendo que Hogwarts era un lugar donde la lógica no siempre servía.
Los hechizos tenían reglas, sí; los encantamientos seguían patrones; las transformaciones exigían precisión.
Pero las personas… las personas funcionaban con otra clase de magia: prejuicios, tradiciones, historias repetidas hasta volverse verdad.
Cada vez que veía a Gudao Roberts cruzar el Gran Comedor con la barbilla tensa y los pasos medidos, sentía un nudo raro.
Ella también venía de una familia completamente muggle.
Sabía cómo se sentía que te miraran como si no pertenecieras.
Lo había escuchado ya—susurros ásperos como papel de lija: sangre sucia.
La palabra le hervía por dentro.
Pero en Gudao había algo que la descolocaba: ese silencio constante, esa distancia.
Y, sobre todo, el hecho de que estuviera en Slytherin.
Intentó no conformarse con la versión fácil: “los Slytherin son todos malos”.
No era su estilo aceptar afirmaciones sin comprobarlas.
De modo que un sábado por la tarde, con el cielo encapotado y media escuela en el campo de Quidditch, Hermione se fue a la biblioteca a buscar respuestas.
El recinto la recibió con su olor a pergamino viejo, tinta y polvo en suspensión.
Madam Pince la miró por encima de las gafas con esa expresión de “no arrugue las páginas o la convertiré en sujetalibros”.
Hermione le devolvió una sonrisa prudente y se internó entre las estanterías.
Sacó una pila de volúmenes: Grandes Brujas y Magos del Siglo XX, Historia de las Casas de Hogwarts y su Evolución, Linajes y Genealogías del Reino Unido Mágico, El Wizengamot: Composición y Casos Célebres, Magia y Política: Un Estudio Ético.
Se sentó en una mesa junto a la ventana, organizó una libreta, una pluma y empezó a subrayar con meticulosidad.
Buscaba contraejemplos, pruebas que refutaran el cliché.
Quería encontrar Slytherins notables por su valentía, su integridad, su contribución desinteresada.
Tenía que haberlos.
Encontró nombres, sí.
Muchos.
Ministros, Subsecretarios, Jefes de Departamento.
Pero junto a la mayoría aparecían notas al margen que la incomodaban: “reformas controvertidas”, “vínculos con círculos supremacistas de sangre”, “investigación suspendida por prácticas no éticas”.
En El Wizengamot: Composición y Casos Célebres contabilizó sentencias: demasiadas togas verdes involucradas en procesos de encubrimiento, sobornos, “excesos” en el uso de maleficios.
Magia y Política: Un Estudio Ético dedicaba capítulos enteros a redes de influencia donde los apellidos de Slytherin se repetían como un estribillo.
Hubo excepciones dispersas.
Encontró menciones ambiguas de brujas y magos que, “según registros parciales”, habían roto con su familia por razones morales.
Nombres velados por la discreción británica.
Pero eran notas a pie de página, islotes en un mar de ejemplos poco edificantes.
Aun admitiendo el sesgo de los textos, el patrón resultaba tozudo.
Hermione llenó dos páginas de su libreta con columnas: Hechos, Contexto, Posibles sesgos.
También anotó: “El Sombrero Seleccionador valora ambición y determinación → ¿ambición ≠ maldad?
¿Sistema que premia fines sobre medios?” Subrayó tres veces.
Miró la pila de libros, luego a la ventana.
Se dio cuenta de que llevaba horas allí: la luz se había inclinado ya hacia el anochecer.
Cerró Historia de las Casas con cuidado.
En el margen final escribió, casi a regañadientes: “No encuentro suficiente evidencia positiva para contradecir la reputación de Slytherin”.
Aquella conclusión la decepcionó.
Ella quería creer que los datos rescatarían a la gente de los prejuicios.
Pero los datos no la estaban ayudando.
Volvió al pasillo principal con el eco apagado de sus pasos.
De camino al dormitorio de Gryffindor se cruzó con un grupo de Slytherin.
Reconoció a Malfoy por la forma de levantar la barbilla.
Detrás, un poco apartado, iba Gudao.
Cansado, con el cabello húmedo como si acabara de entrenar, los ojos atentos al suelo y a… todo.
Lo miró un segundo de más.
Sintió esa punzada incómoda: compasión y recelo mezclados.
Pensó en su propio primer día, en la angustia de equivocarse, en el alivio orgulloso de pronunciar bien un hechizo.
Pensó en la historia que había leído—siglos de tradiciones que empujaban en una misma dirección.
Pensó en la regla rota: romper varitas.
Apretó los labios.
Seguir reglas no era solo una manía; para Hermione era la manera de crear un terreno común, un lenguaje compartido.
Gudao, en cambio, ya había traspasado una línea.
Aunque tuviera motivos, se dijo, aunque lo acorralaran, la línea seguía ahí.
Cuando pasó junto a ellos, bajó la mirada a su libreta.
No dijo nada.
No intentó saludar.
No buscó su mirada.
Eligió la solución más ordenada, más segura para un primer año con dos amigos impulsivos y un prefecto invisible en la conciencia: ignorar.
Ignorar a Malfoy y su séquito de risas facilonas.
Ignorar a Slytherin como categoría para no tener que discutir con Ron cada noche.
Ignorar a Gudao Roberts, por más que una parte de ella—pequeña, obstinada—quisiera preguntarle cómo era ser muggle y estar rodeado de serpientes.
Al llegar al retrato de la Dama Gorda, respiró hondo.
“Caput Draconis”.
El cuadro se abrió con un giro pausado.
Dentro, el salón de Gryffindor la recibió con brasas encendidas y sillones mullidos.
Hermione subió la escalera hacia el dormitorio de chicas, el uniforme aún oliendo a biblioteca.
En su mesilla dejó, bien apilados, los libros y su libreta.
Antes de apagar la lámpara garabateó una última línea en la página: > Hipótesis de trabajo: hasta que no haya evidencia clara de lo contrario, mantener distancia.
Acción: concentrarme en mis estudios.
Sopló la llama.
La oscuridad la cubrió con la calma ordenada que tanto agradecía.
Si el mundo no encajaba en la lógica, al menos sus cuadernos seguirían haciéndolo.
Y si alguna vez aparecía algo que la obligara a reescribir esa conclusión, se prometió, lo haría.
Pero no hoy.
No con Gudao.
No con Slytherin.
No todavía.
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Mi patreon: SeathScale
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com