Fate of Magic - Capítulo 9
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9: La piedra filosofal 9: La piedra filosofal Las semanas habían transcurrido de manera monótona para Gudao Roberts, al menos en apariencia.
Su rutina seguía siendo estricta y disciplinada: cada oportunidad que tenía, se internaba en la Sala de los Menesteres para entrenar su magia, perfeccionar hechizos y explorar los límites de su habilidad física.
Allí, entre paredes que cambiaban a voluntad, podía practicar sin restricciones, moldeando el espacio según sus necesidades, diseñando obstáculos, entrenando movimientos, simulando combates y perfeccionando su destreza en encantamientos y transmutaciones.
Su análisis estructural, desarrollado con la precisión aprendida de sus experiencias previas, le facilitaba enormemente la fabricación de pociones.
Cada ingrediente, cada técnica, cada tiempo de espera era calculado con una exactitud casi mecánica.
Podía anticipar cómo reaccionarían los componentes antes de siquiera comenzar, lo que le permitía experimentar con variantes más arriesgadas sin temor a errores graves.
En cuanto a transformaciones, su imaginación y disciplina le daban ventaja: podía visualizar un objeto, una forma, un efecto, y reproducirlo con un nivel de detalle que dejaba a muchos alumnos de su misma edad atrás.
Los encantamientos también habían dejado de ser un reto; la práctica constante en un espacio flexible le permitía manipular la magia de manera más intuitiva que sus compañeros de clase, que se limitaban a repetir fórmulas memorizadas.
Aun así, sus colegas de Slytherin continuaban tratándolo con desprecio, y los de otras casas no se quedaban atrás.
Malfoy, quien había sido siempre su antagonista más directo, ahora había formado una inesperada alianza con Daphne Greengrass.
Juntos se dedicaban a buscar cualquier oportunidad para molestarlo: comentarios, bromas, pequeñas trampas durante las clases conjuntas.
Sin embargo, hasta el momento no habían tenido éxito.
Gudao, frío y calculador, simplemente ignoraba sus ataques o los neutralizaba de manera tan discreta que ni siquiera ellos sabían cuándo habían fallado.
Una de las noticias recientes que Gudao escuchó, aunque no directamente, fue la de Harry Potter.
Por casualidad, el berrinche de Malfoy en su dormitorio de Slytherin llegó hasta él, con la voz cargada de indignación y frustración.
Malfoy gritaba sobre el hecho de que Harry se había convertido en el buscador más joven de la historia del equipo de Gryffindor, rompiendo récords que parecían imposibles.
Gudao no prestó mucha atención al principio; lo que le llamó la atención fue el enfado de Malfoy, cómo su obsesión con Potter parecía eclipsar cualquier otra cosa.
Pero un día, durante el almuerzo, Gudao recibió su propio periódico entregado por su lechuza.
Lo había escogido ese día en el Callejón Diagon: una joven lechuza de plumaje café, entusiasta y vivaz, que había demostrado inteligencia y capacidad de adaptarse a la vida dentro de Hogwarts.
Mientras le ofrecía un poco de su comida como agradecimiento, la lechuza picoteó con rapidez, emitió un leve sonido alegre y se marchó hacia el sitio donde descansaba, dejando a Gudao con el periódico entre las manos.
Al abrirlo, sus ojos recorrieron primero las noticias de rutina: eventos deportivos, anuncios de clases y pequeñas historias de estudiantes destacados.
Nada parecía relevante hasta que se detuvo en un titular que capturó su atención de inmediato: “Intento de Robo en Gringotts: Bóveda Desaparece Temporalmente”.
El artículo relataba que alguien había logrado entrar en una de las bóvedas más protegidas de Gringotts y escapar sin ser detectado por los sistemas de seguridad.
Gudao leyó con detenimiento, absorbiendo cada detalle técnico: sellos, encantamientos, dragones guardianes, sistemas de alarma mágicos, todos neutralizados con una precisión que indicaba conocimiento avanzado.
Sin embargo, lo que realmente activó su instinto de peligro fue la conversación que surgió más tarde, cuando escuchó a Harry hablando con otros estudiantes sobre el caso.
Se mencionaba que el objeto sustraído parecía estar relacionado con un paquete que Hagrid había ido a recoger en la bóveda cuando había acompañado a Harry a retirar el dinero de sus padres para los útiles escolares.
El nombre de Hagrid, el vínculo con Harry y la naturaleza de lo sustraído dispararon una alarma inmediata en la mente de Gudao.
Aunque los detalles eran confusos y fragmentarios, su experiencia pasada le enseñaba a interpretar los indicios: cualquier objeto que fuese suficientemente valioso para despertar la atención de Gringotts y de Hagrid tendría repercusiones inmediatas, ya fuera en el mundo mágico, en Hogwarts, o incluso entre los propios estudiantes.
Se recostó ligeramente en su silla, dejando que sus pensamientos fluyeran con rapidez.
Analizó posibles escenarios: quién podría haber robado la bóveda, qué clase de magia o técnica habría utilizado, y cuál sería el objetivo real.
Cada posibilidad aumentaba la tensión en su interior; la certeza de que lo que fuera que se había llevado podía generar caos o poner a alguien en peligro era innegable.
Gudao no estaba preocupado solo por él mismo; sabía que el peligro podía afectar indirectamente a la escuela, o incluso a alumnos desprevenidos.
Y aunque aún no conocía los detalles completos, su instinto estaba claro: esto no podía ser ignorado.
Había que prepararse, analizar, anticipar.
Lo que fuera que estuviera ocurriendo, se avecinaba un cambio en el equilibrio de Hogwarts, y él debía estar listo para afrontarlo.
El periódico quedó abierto frente a él mientras la lechuza revoloteaba cerca, observándolo con atención.
Gudao cerró los ojos un instante, respirando profundo.
Su entrenamiento constante, su disciplina, sus habilidades recién perfeccionadas en la Sala de los Menesteres: todo eso ahora cobraría un nuevo significado.
Lo que estaba en juego podría no ser solo un simple robo, sino un preludio de algo mucho más grande, y su papel, silencioso y oculto, sería crucial para lo que vendría.
Gudao Roberts permanecía en su habitual posición de observación, encorvado discretamente junto a una columna del Gran Comedor, lejos de cualquier mirada curiosa o indiscreta.
Era un hábito que había desarrollado con el tiempo: moverse sin ser visto, escuchar sin ser escuchado.
En su oído, la conversación de Harry, Ron y Hermione fluía como un hilo de información valiosa que él no podía ignorar.
—No puedo creerlo —decía Harry, aún con la emoción contenida—.
Hagrid me contó que el paquete que sacó de la bóveda no es cualquier cosa.
Según él, Dumbledore y… y un tal Nicolás Flamel están involucrados en su creación.
Ron se encogió de hombros, entre incrédulo y nervioso: —¿Nicolás Flamel?
¿No era aquel tipo de las historias de magia antigua, que se decía que había creado la piedra filosofal o algo así?
Hermione asintió, con ese brillo obsesivo de quien siempre tiene que completar la información: —Sí, Flamel trabajó con Dumbledore en la creación de un artefacto al que llaman la piedra del hechicero.
La leyenda dice que permite la inmortalidad y la transmutación de metales en oro, pero la evidencia histórica es limitada.
Sin embargo, Hagrid parecía seguro de que lo que sacó tiene relación directa con esa piedra.
Gudao escuchaba con atención cada palabra.
Su mente, entrenada para detectar riesgos y patrones de peligro, comenzaba a encender alarmas.
Aunque no era un experto en magia de este mundo, ni en historia mágica, ciertos nombres le resultaban familiares.
Flamel.
Dumbledore.
Aquellos nombres habían aparecido en su vida anterior en Chaldea, durante su trabajo en singularidades y en investigaciones sobre figuras históricas y legendarias susceptibles de ser invocadas como Servants.
Nicolás Flamel había sido objeto de innumerables teorías: si alguna vez existió realmente, podría ser invocado como Caster; si no, su leyenda permanecía lo suficientemente fuerte como para crear una forma espiritual que pudiera responder a los llamados de un Maestro.
Pero, hasta ahora, Gudao no había tenido éxito.
Durante años, como Ritsuka, había intentado contactar con Flamel en diversas oportunidades, pero nunca respondió.
No sabía si el problema era que no existía realmente, o que su fuerza de Servant era demasiado antigua y poderosa para interactuar con un mundo que apenas empezaba a comprender.
El interés de Gudao se intensificó.
La posibilidad de que un artefacto tan poderoso estuviera en Hogwarts, bajo la supervisión directa de Dumbledore y posiblemente vinculado a Flamel, no era algo que pudiera ignorar.
Si algo saliera mal, las consecuencias podrían ser catastróficas, y no solo para él: la escuela, los alumnos, incluso el equilibrio de la magia en el Reino Unido podrían verse afectados.
Al terminar de escuchar, Gudao decidió actuar con rapidez.
Con pasos silenciosos, abandonó su escondite y se dirigió hacia la biblioteca, evitando el contacto con otros estudiantes, con la mirada fija en los pasillos y cada rincón.
Una vez allí, se perdió entre las estanterías de la sección de Historia de la Magia y la Alquimia, buscando pistas, referencias y textos antiguos que pudieran aclararle los hechos.
Horas pasaron mientras hojeaba libros polvorientos, desdoblaba pergaminos y tomaba notas en su cuaderno.
Finalmente, encontró lo que buscaba: un volumen encuadernado en cuero gastado, con el título dorado apenas legible: “Alquimia y Filosofía: Maestros y Artefactos de Poder”.
Sus páginas hablaban de experimentos realizados durante siglos, teorías de transmutación, y, entre capítulos y anotaciones, apareció un apartado que lo dejó completamente concentrado: “El trabajo conjunto de Nicolás Flamel y Albus Dumbledore se centró en la creación de un artefacto capaz de concentrar el flujo de energía vital y mágica, conocido como la Piedra del Hechicero, o Piedra Filosofal.
Su propósito era dual: permitir la prolongación de la vida y la transmutación de metales.
Aun hoy, su existencia es objeto de debate, aunque los registros mágicos más recientes confirman la supervisión de Dumbledore sobre su custodia.” Gudao absorbió cada palabra con intensidad.
La Piedra del Hechicero no era solo un mito; había pruebas, aunque veladas y parciales, de su existencia y del interés directo de Dumbledore.
Su mente comenzó a procesar posibilidades: si la piedra estaba en Hogwarts, ¿quién más podía tener acceso a ella?
¿Podría alguien intentar robarla o usarla para fines oscuros?
Su instinto de protector se activó al instante.
Ya no era solo curiosidad o interés académico: había un riesgo real y tangible.
Cada habilidad que había entrenado —magia, pociones, encantamientos, transformación, percepción de peligros— tendría que ser puesta a prueba si quería asegurar que la Piedra del Hechicero no cayera en manos equivocadas.
Se recostó contra una columna de la biblioteca, los dedos rozando las páginas del libro, y dejó que su mente trabajara.
Recordó el paquete en Gringotts, la bóveda violada, la conversación de Harry y la conexión con Hagrid.
Cada hilo comenzaba a unirse en un patrón que solo su instinto podía descifrar completamente.
Gudao sabía una cosa con certeza: lo que fuera que estuviera ocurriendo alrededor de esa piedra, no sería algo que un simple estudiante pudiera ignorar.
Y él, por mucho que lo deseara, no podía seguir siendo un espectador.
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