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Fatum R [ESP] - Capítulo 26

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Capítulo 26: Sociedad

Zein caminaba con calma por una de las calles más concurridas de la isla. A su alrededor, la multitud alzaba la voz, reclamando con carteles en alto y consignas que se superponían unas a otras, formando un ruido constante y denso. Entre ellos, varios soldados permanecían firmes, alineados a los costados, con las armas sujetas con rigidez y la mirada atenta, vigilando sin intervenir.

Zein observó la escena sin detenerse. Sus pasos siguieron avanzando hasta que, poco a poco, el bullicio quedó atrás y el murmullo se fue apagando, sustituido por un silencio más cómodo. Fue entonces cuando recordó la tarjeta. La sacó y la examinó con más atención; a simple vista no parecía tener nada extraño. El reverso seguía completamente en blanco, pero el anverso le provocó una ligera incomodidad. La información había cambiado. No una, sino varias veces desde que se la habían entregado.

Frunció el ceño.

«¿Será magia?» pensó.

Movido por la curiosidad, canalizó una pequeña cantidad de maná hacia la tarjeta. El objeto reaccionó de inmediato. Sobre el reverso, una frase comenzó a revelarse lentamente, como si emergiera desde el propio material. Las palabras se detuvieron a la mitad: “divide y…”. Un segundo después, justo debajo, apareció el resto: “…vencerás”.

Zein sostuvo la tarjeta unos instantes más, sin comprender del todo su propósito. No encontró una respuesta clara, así que decidió no darle demasiada importancia y la guardó antes de dirigirse hacia la ubicación marcada.

Tras caminar un rato, llegó al lugar indicado. Era un callejón estrecho, encajonado entre edificios altos que apenas dejaban pasar la luz. El espacio era reducido, incómodo, y al fondo se alzaba una puerta común, metálica y sin marcas, similar a una salida de emergencia olvidada por el tiempo.

Zein se acercó y llamó tres veces.

Esperó.

Finalmente, la puerta se abrió apenas lo suficiente para dejar ver una sombra al otro lado.

—Divide y… —dijo una voz desconocida desde el interior.

Zein se quedó inmóvil por un instante, buscando sentido a aquellas palabras… hasta que recordó la frase oculta en la tarjeta.

—Vencerás —respondió Zein.

La puerta se abrió por completo. O, al menos, lo suficiente para dejar pasar a quien custodiaba del otro lado. No era un hombre alto ni imponente, sino un enano de mirada dura y barba espesa, que lo observó de arriba abajo antes de hacerse a un lado.

—Ven —dijo, sin más.

Zein lo siguió. Descendieron por unas escaleras estrechas, muy parecidas a las que llevaban al bar de Alexander: paredes cercanas, pasos que resonaban demasiado y un aire cargado que parecía quedarse atrapado ahí abajo. Mientras bajaban, el enano habló sin girarse.

—¿Estás insatisfecho con el régimen?

Zein dudó apenas un instante.

—Sí.

«Sería malo si les digo que solo vine por curiosidad…», pensó. «Veré de qué trata esto y luego me iré».

Al llegar al final, entraron a una sala de iluminación amarillenta, demasiado pequeña para la cantidad de personas reunidas allí. Había muchos más de los que esperaba. Algunos vestían uniformes del gobierno, otros los de los liquidadores, y varios más ropa común. Jóvenes, ancianos, rostros tensos, miradas expectantes. Nadie hablaba en voz alta.

Zein recorrió el lugar con la mirada, atento, midiendo el ambiente.

Entonces la vio.

Apoyada contra una pared, ligeramente apartada del resto, estaba Naoko. Tenía los brazos cruzados y la postura rígida, como si intentara pasar desapercibida sin demasiado éxito. Al reconocerla, Zein abrió los ojos con sorpresa.

—¡¿Naoko?! —exclamó sin pensarlo.

Naoko dio un pequeño salto, sobresaltada por completo.

—¡¿Qué haces aquí?! —respondió, alzando la voz sin querer.

Varias miradas se dirigieron de inmediato hacia ella. Naoko se tensó al instante. Bajó la cabeza y caminó rápido hasta Zein, deteniéndose frente a él.

—¿Por qué gritaste mi nombre? —susurró, con el rostro ligeramente sonrojado—. Pudiste haber venido y hablarme normal…

Desvió la mirada por un segundo, incómoda, antes de volver a mirarlo de reojo.

—¿Y qué tiene? Así pude tener tu atención más rápido —dijo Zein, con una sonrisa tranquila.

—¿Ustedes dos se conocen? —preguntó el enano, observándolos con suspicacia.

—S… —Naoko intentó responder, pero se quedó a medio camino.

—Somos amigos —intervino Zein sin pensarlo.

El enano los miró unos segundos más, como evaluando la respuesta, y finalmente asintió.

—Bien. Eso facilita las cosas. Naoko, tú explícale a Zein —ordenó antes de alejarse entre la gente.

—Claro… —respondió ella, aún un poco tensa.

Zein notó entonces la espada que Naoko llevaba sujeta al costado. Era muy similar a la de la capitana, misma forma, mismo filo curvo.

—Parece que ese tipo de espadas son bastante comunes —comentó, señalándola.

—No tanto —corrigió Naoko—. Se llaman Katanas, por cierto.

—Vaya… —murmuró Zein—. Aun así, de verdad me sorprende verte aquí.

Se quedaron conversando durante un rato, apartados del centro del cuarto. Naoko habló en voz baja, explicándole que aquella reunión pertenecía a un grupo que se oponía directamente al Imperio, un movimiento que buscaba derrocarlo. Mientras hablaba, Zein notó cómo evitaba mirar a la gente por mucho tiempo, cómo sus manos se movían nerviosas antes de volver a quedarse quietas.

En la última década, le explicó, el descontento había crecido sin freno. Decisiones mal tomadas, accidentes encubiertos, una economía que asfixiaba a la mayoría. Todo eso fue acumulándose hasta que la inconformidad terminó por explotar. Así nació el movimiento. Y con el tiempo, comenzó a atraer a todo tipo de personas: empleados del gobierno, liquidadores, soldados, civiles comunes. Gente cansada.

Había crecido tanto que ya más de la mitad de la isla simpatizaba con la causa o formaba parte de ella.

Eso era la resistencia.

—Sinceramente, jamás creí que te unirías a algo así, Naoko —admitió Zein—. Creo que voy a tener que cambiar un poco la percepción que tenía de ti.

Soltó una pequeña risa, sin burla, más bien sincera.

Naoko bajó la mirada y juntó con torpeza las puntas de los dedos de ambas manos.

—Así que… ya cambié la forma en que me ves ¿Eh? —murmuró para sí, con un hilo de voz.

—¿Dijiste algo? —preguntó Zein, inclinando un poco la cabeza.

—No, nada —respondió Naoko con rapidez, apartando la mirada.

Zein no insistió.

—Por cierto… ¿por qué decidiste unirte a la resistencia? —preguntó al poco rato.

Naoko bajó la vista. Sus dedos se entrelazaron con lentitud, como si buscaran algo a lo que aferrarse.

—Bueno… se podría decir que el Imperio me quitó a mis seres queridos —murmuró—. Y solo quiero vengarme de ellos.

—Entonces tenemos algo en común —dijo Zein, esbozando una sonrisa suave.

Naoko lo miró por un instante de más. Cuando se dio cuenta, giró el rostro con torpeza, el gesto traicionando un leve rubor.

En ese momento, el enano que custodiaba la puerta bajó corriendo las escaleras.

—¡La Schatta está aquí! —gritó.

El ambiente se rompió de golpe. Las voces se alzaron, la gente empezó a moverse, buscando salidas, chocando unos con otros.

—¡Calma! ¡Calma! —ordenó uno de los organizadores, alzando la voz—. Algunos nos quedaremos aquí y haremos parecer que es una reunión de amigos. Los demás salgan por la puerta trasera.

—¿Schatta? ¿Qué es eso? —preguntó Zein, inclinándose hacia Naoko.

—La policía secreta del Imperio —susurró ella—. Buscan traidores… y los matan.

Sin darle tiempo a responder, Naoko tomó la mano de Zein y tiró de él.

—Ven, por aquí.

Subieron escaleras estrechas, recorrieron pasillos largos y mal iluminados, hasta que finalmente salieron al exterior. La calle principal los recibió con gritos, pancartas y el murmullo constante de la protesta. Siguieron avanzando entre la multitud durante un rato, Naoko sin soltarlo, abriéndose paso con pasos rápidos.

No fue hasta que se detuvieron en medio de la calle que Naoko cayó en cuenta. Miró sus manos, aún entrelazadas con las de Zein, y la soltó de inmediato.

—Eh… ¿sabes? —dijo, apresurada, buscando cambiar el tema—. Alexander y Mei también son parte de esto.

—¿En serio? —respondió Zein—. Qué raro… nunca me di cuenta.

El ruido de la protesta los envolvió de nuevo, como si nada hubiera pasado.

Entonces Naoko, con un gesto juguetón, se colocó frente a él y llevó las manos a la espalda.

—Bienvenido a la revolución —dijo con una sonrisa.

Zein le devolvió la sonrisa sin pensarlo.

En ese mismo instante, el murmullo de las protestas cambió. Los gritos se volvieron más agudos, más cercanos. Más adelante, los soldados que vigilaban la calle comenzaron a forcejear con los manifestantes; empujones, escudos chocando, voces de mando alzándose por encima del caos.

—Vaya… deberíamos irnos —señaló Naoko, mirando la escena con preocupación.

—Sí, tienes razón —respondió Zein.

Se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo en seco.

Al otro lado de la calle, entre la multitud agitada, algo llamó su atención. Un destello blanco que no encajaba con nada más. Cabello tan claro como el suyo, inmóvil en medio del movimiento, destacando incluso entre banderas y armaduras.

Zein entrecerró los ojos.

Por un instante, una idea imposible cruzó su mente. Tal vez… solo tal vez… no era el único niño bendito en la isla.

Y antes de que pudiera reaccionar, la figura desapareció entre la multitud.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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