Fénix: Ascensión - Capítulo 15
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15: Cínicamente Muerto 15: Cínicamente Muerto Narrador: Logan Fénix, por ahora El aire era pesado, denso, casi asfixiante.
Los corredores de metal bruñido reflejaban las luces blancas de la base de la Alianza con una frialdad que calaba en los huesos.
Todo aquí era calculado, eficiente, sin espacio para errores o flaquezas.
Un lugar hecho para soldados sin alma o máquinas sin conciencia, no para personas.
Atrás quedaba el calor de los bosques de la ZP, los murmullos familiares de las voces que una vez me rodearon, el eco constante del nombre que ya no debía mencionar.
Logan Fénix estaba muerto.
Lo había rematado yo mismo el día en que decidí formar parte de la Alianza, enterrándolo junto a las cenizas de mi pasado.
Ahora, en su lugar, se erguía un hombre sin raíces, sin hogar, sin nombre.
O eso me decía a mí mismo.
—Logan C.
Krauther…
—probé el sonido en mi mente.
No era mío, no todavía, pero debía hacerlo propio si quería sobrevivir.
Han pasado semanas desde que me trajeron al seno de la Coalición de Hierro, desde que renuncié a mi nombre…
bueno, mejor dicho, a ese maldito apellido.
Mentiría si dijera que no sentí alivio cuando me permitieron usar la inicial del apellido de mi padre, “Cinder,” y borrar cualquier rastro de la herencia del “Demonio de Fuego” y de su hija “La Llamarada.” La Coalición de Hierro no era como las demás.
Otros se enorgullecían de controlar el aire, el rayo, el fuego o el agua.
Aquí, éramos acero: la fuerza bruta que corta, perfora y resiste cualquier embate.
Ser parte de ellos significaba romperme y forjarme de nuevo, hasta convertirme en una herramienta funcional.
Como recluta nuevo, los primeros días fueron un infierno.
James Krauther, El Mastodonte, no era un hombre paciente.
Ni siquiera se molestó en presentarme al resto de novatos.
—Aquí no hay espacio para sentimentalismos —había dicho en nuestra primera conversación.
Me había estudiado de arriba abajo como si fuera un arma defectuosa que él debía desmontar.
—Te reconstruiré desde cero, chico.
Si quieres sobrevivir, olvida todo lo que eras.
Aquí no eres un Fénix, no tienes privilegios, ni siquiera eres un hombre.
Eres un recurso, una herramienta.
Si no sirves, serás desechado.
Sus palabras eran un golpe en el estómago, y en otra vida habrían roto algo en mí.
Pero ahora, me encendían.
Solo quería hacer que se tragara su discurso.
Mantendré a Luna a salvo, al igual que a Marriot, y luego de asesinar a Cassandra y a los traidores, los traeré conmigo., repetía dentro de mí.
Durante los tres meses que llevo aquí, una sola cosa me ha quedado clara: los entrenamientos no eran solo ejercicios físicos; eran castigos.
Cada error costaba huesos rotos, hambre o días enteros sin descanso.
Krauther no enseñaba, él destruía.
Y yo, un pedazo de carbón, debía resistir el fuego hasta volverme hierro.
—Eres lento, C.
Krauther.
¿Te lastima correr sin tus malditas Cadenas?
—escupió Krauther en un entrenamiento.
No respondí.
Mi respiración ardía, mis piernas temblaban, pero no me detuve.
Si paraba, perdería.
Y si perdía, Logan C.
Krauther nunca existiría.
En varias ocasiones recibí brutales castigos.
Por fallar en la práctica de tiro, me rompieron los dedos.
Por perder en la última ronda de los combates cuerpo a cuerpo sin habilidades elementales, el Mastodonte me rompió el fémur.
Su tortura era variada, siempre aprovechándose de mi naturaleza como Darkquinetic.
Un poco de sangre y carne humana, y mis heridas sanaban.
Lloraba al consumirla, pero la necesitaba.
Me daba asco, pero debía sobrevivir.
Cada vez que estaba agonizando en mi celda y me tiraban viales de sangre y trozos de carne de algún desafortunado bastardo, cuando me negaba a comer la carne o ingerir la sangre, por instinto recordaba a mi madre.
Sus palabras, repetidas como un eco, me obligaban a moverme, a no ceder.
—Mientras aún puedas respirar, puedes avanzar.
Entonces les daba el gusto y la ingería y bebía, todo para poder avanzar al siguiente entrenamiento.
Y cada vez que veía a Krauther observándome desde las sombras, con esa mirada calculadora, como si esperara que me quebrara, juraba que un día sería él quien bajaría la mirada ante mí.
Fue en uno de esos días interminables cuando conocí a Crips, un Terraquinetick.
Él no encajaba aquí, no del todo.
Tenía esa sonrisa brillante que parecía gritarle al mundo que aún quedaba algo de humanidad en él.
—Ey, novato —su voz rompió mi aislamiento mientras me tiraba un sándwich envuelto en papel—.
Come, pareces a punto de caer.
—No soy tu amigo, Crips, —respondí con el tono más cortante que pude reunir.
Él sonrió aún más, como si mi desprecio fuera combustible para su absurda energía.
—Eso lo decidiré yo, no tú.
No pude evitarlo: solté una risa corta, casi mecánica, como si hubiese olvidado cómo hacerlo.
Quizás Crips fue el primer atisbo de luz que encontré en este lugar.
Una luz tan fuerte que me lastimaba.
Si Crips era un faro, Kim era una sombra eficiente y controladora.
Ella no se molestaba en ocultar lo que pensaba de mí.
—No durarás, novato —dijo una vez, mientras ajustaba un dron sobre la mesa de operaciones.
Sus dedos bailaban con precisión quirúrgica sobre los controles.
—¿Apostamos?
—respondí con sorna.
Ella no me miró.
Solo murmuró: —No es una apuesta si ya conozco el resultado.
La hija del Mastodonte.
Rumores decían que podía hackear drones enemigos en segundos y que nadie se escapaba de su ojo.
A mí solo me importaba que no intentara jugar conmigo como hacía su padre.
Las noches eran las peores.
Solo en el frío de mi celda, el silencio se llenaba de ecos del pasado: Luna, Levin, Jessi, incluso la voz de Marriot retumbaba en mi mente como golpes sordos.
—Logan Fénix ha muerto, ya no debes recordarlos.
Ellos ya no son tus recuerdos —me repetía en esos momentos.
Pero dolía.
Dolía tanto que la frase se volvía un veneno, un placebo que nunca terminaba de sanar la herida.
Una noche, mientras intentaba encontrar consuelo en la oscuridad, James Krauther apareció en la puerta de mi celda.
—¿Sigues resistiéndote?
Deja que Fénix muera y tu nuevo yo, el que has forjado aquí con sangre, sudor y lágrimas, tome su lugar.
No respondí.
Él suspiró.
—Mañana comienzas tu primera misión.
Será tu prueba de fuego.
O te adaptas, o mueres.
—No moriré —respondí, con la voz firme, casi desafiante.
Él asintió lentamente, aunque su mirada seguía siendo la de un verdugo que ya conocía el desenlace.
—Eso lo veremos.
No vuelvas corriendo con los hijos de la ZP.
Sería decepcionante después de haber gastado tantos recursos en ti.
Cuando se fue, el eco de sus pasos quedó en el aire como una advertencia.
Esta misión sería la verdadera prueba.
Logan Fénix jamás pensaría en levantar su puño contra sus hermanos en armas.
Pero Logan Fénix fue herido de muerte en aquella emboscada, aquella que prepararon sus “hermanos en armas”.
Es hora de ver si Logan C.
Krauther podría vengar a aquel ingenuo niño.
Debo dejar que ese Logan débil, sumiso y desesperante muera y que Logan Cinder Krauther tome su lugar para siempre.
A la mañana siguiente, el Mastodonte nos convocó en la sala de operaciones.
Cuando llegué, Kim y Crips ya estaban ahí, inclinados sobre la mesa holográfica, hablando en susurros que se detuvieron en cuanto me acerqué.
No hacía falta ser un genio para entender que había información a la que yo no tenía acceso.
Poco después, entraron cuatro soldados más.
Lucían cansados, sus rostros reflejaban agotamiento, como si no hubieran dormido en días o arrastraran semanas de misiones que los habían desgastado.
—Presentaciones, ahora —ordenó Krauther.
Kim y Crips se acercaron primero, mencionando rápidamente sus nombres con una indiferencia ensayada.
Los otros cuatro se presentaron con menos entusiasmo: —Carl.
—Lim.
—Krost.
—Mark.
Finalmente, fue mi turno: —Logan…
Logan C.
Krauther.
Los cuatro me miraron y sonrieron con nerviosismo.
Tal vez era mi apellido, o el simple hecho de estar aquí.
No me importaba.
Un aplauso seco del Mastodonte reclamó nuestra atención: —La misión es una de sabotaje.
Los malditos hijos de la ZP se han instalado en las ruinas de la vieja ciudad oeste de Vastiria, a unos 320 kilómetros de las fronteras conjuntas de la Alianza.
Un mapa tomó forma en la mesa, mostrando nuestra ubicación y la de Vastiria.
Recuerdos de aquella fallida misión vinieron a mi cabeza.
—Ellos han logrado construir una pequeña fábrica en el corazón del distrito suburbano de la ciudad, una fábrica de explosivos y municiones que está nutriendo parte de los puestos de avanzada en las zonas circundantes.
Destruir esa fábrica se ha convertido en prioridad.
—El tamaño del equipo es preciso para sabotaje.
Sus habilidades han sido evaluadas; no están aquí por mero capricho.
Guardó un poco de silencio mientras me escaneaba con cierta diversión.
—Crips será el líder de la misión a quien tendrán que respetar y seguir.
Hizo un ligero ademán: —Adelante, Crips.
Este comenzó, su voz grave resonaba como una orden implícita, contrastando un poco con la personalidad que venía conociendo: —Esto no es un juego.
Vastiria está infestada de drones cazadores y vigilancia.
Si activamos sus alarmas, nos superarán en número antes de que podamos parpadear.
El plan es simple: entramos, colocamos las bombas y salimos.
Si todo va bien, nadie tendrá que disparar.
Si algo sale mal…
bueno, recen por un tiro limpio.
El mapa cambió, mostrando el objetivo: un corazón suburbano rodeado por un paisaje desolado.
Las líneas brillantes del holograma destacaban la fábrica como un nodo central, mientras puntos rojos pulsaban a su alrededor, indicando los drones cazadores.
Kim levantó la vista y avanzó hacia Crips.
Su mirada evaluaba a cada uno de nosotros con frialdad.
—Yo soy el Oráculo.
Mi trabajo es monitorear a todos y asegurar que volvamos vivos…
o al menos enteros.
Controlo los drones, sensores y cualquier otra cosa que pueda darnos ventaja.
Yo marco el camino.
Si necesitas algo, lo pides.
Si no, te callas y obedeces.
Su tono cortante no dejaba lugar para dudas.
En sus manos, un dron pequeño giraba sobre sí mismo como un juguete inquietante.
Crips señaló su propio pecho con una sonrisa burlona: —Soy un Banliner, pero en esta misión seré su Líder.
Eso significa que mi palabra es la última.
Si digo que corras, corres.
Si digo que dispares, disparas.
Yo pongo los explosivos, yo doy el golpe final.
Si alguien duda o no sigue órdenes, será el primero en caer.
Luego miró a mis cuatro desconocidos y, señalándolos, exclamó: —Carl, Lim, Krost y Mark.
Ustedes son la Front Line.
Su trabajo es abrirnos paso si enfrentamos combate directo.
Si no, apoyan.
Nada más, nada menos.
Carl, un hombre alto y delgado con cicatrices en las mejillas, asintió con firmeza, pero sin decir nada más.
Lim, más bajo y robusto, apretaba los puños como si tratara de mantener bajo control semanas de frustración.
Krost y Mark, los más jóvenes, intercambiaron miradas nerviosas, intentando parecer más seguros de lo que realmente estaban.
Finalmente, sus ojos se clavaron en mí, y su sonrisa se tornó más cínica.
—Y tú, novato, eres el Segador.
Tu trabajo es limpiar el camino.
Ataques rápidos, silenciosos y precisos.
En sigilo, deberías ser letal…
dudo un poco que tengas las habilidades para estar a la altura.
Pero confío en la palabra del General.
—¿Segador?
—repetí, con un deje de incredulidad—.
No soy exactamente sutil y mi fuerte es abatir a larga distancia, por si no lo han notado.
Les sirvo más como Sniper.
—No necesitas serlo —interrumpió Kim, su tono cargado de sarcasmo—.
Ya eres bueno para deshacerte de lo que sea que quede en el camino.
Llámalo…
instinto animal.
Antes de que pudiera replicar, el Mastodonte intervino: —Todos ustedes han sido entrenados para cumplir casi cualquiera de estos roles.
Son engranajes.
Calcen en su lugar o mueran.
La frialdad en sus palabras era un golpe seco en la moral.
Ese maldito Mastodonte tiene el concepto equivocado de motivación.
Crips se acercó a los cuatro soldados restantes y les dio una palmada en la espalda, su sonrisa inquebrantable contrastando con la tensión en el ambiente.
—No los traje aquí para morir, chicos.
Haremos esto rápido y limpio.
Confío en ustedes, incluso en ti, novato.
Me miró con esa misma maldita sonrisa que parecía perforar mi cinismo.
La atención volvió al General, quien siguió con su explicación: —Un vehículo terrestre los llevará a 3.5 kilómetros del objetivo.
Los explosivos son la prioridad.
Si alguien cae, no pueden detenerse.
Nadie es más importante que el objetivo.
Todos asentimos y fuimos a alistarnos para ir a un lugar del que presiento que no volveré.
Mientras el motor rugía y nos acercábamos a Vastiria, sentí una punzada de nostalgia.
Recordé las primeras misiones con la ZP, cuando todo parecía tan claro.
Ahora, estaba en el lado opuesto, con órdenes de destruir lo que alguna vez protegí.
Pero Logan Fénix murió en esa emboscada.
Logan C.
Krauther cumpliría con su rol…
aunque lo odiara.
La tensión en el transporte blindado era casi palpable.
El rugido del motor se mezclaba con el eco de las sacudidas del terreno.
Nadie hablaba.
Kim revisaba su dron con una precisión meticulosa.
Carl y Lim ajustaban sus armas, intercambiando miradas rápidas.
Krost y Mark se movían nerviosos, pero intentaban mantener la calma.
Crips, sentado frente a mí, rompió el silencio: —Recuerden sus roles.
Kim, tú eres los ojos y los oídos.
Logan, tú eres el Segador.
Limpia el camino, hazlo rápido y sin errores.
Carl, Lim, Krost y Mark, mantengan la línea si todo se complica.
Miré a Crips mientras hablaba, intentando descifrar cómo alguien podía mantener tanta calma en una situación como esta.
Kim, mientras tanto, manipulaba su dron, ignorándome por completo.
El paisaje comenzó a cambiar.
Las ruinas de Vastiria aparecieron en el horizonte, una ciudad marcada por la guerra.
Recordé las historias de cómo Lord Bragmus había intervenido personalmente aquí, reduciendo la ciudad a escombros con sus propias manos.
Era un lugar muerto, un recordatorio del poder de la ZP, la brutalidad de la Alianza y de lo poco que valían las vidas para ambos bandos.
Mientras el transporte se detenía a 3.5 kilómetros del objetivo, Crips se levantó y nos miró a todos.
—Esto es todo.
Recuerden, todos debemos volver.
Pero si alguien queda atrás, asegúrense de que valga la pena.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES miguel_martillo Este es el nuevo inicio de Logan, Su travesia en la Alianza es una para reformarlo, para que por fin sea quien siempre debió ser
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