Fingiendo ser un capo intocable - Capítulo 118
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118: Juntos caemos.
118: Juntos caemos.
Estaban tan jodidos que Mike simplemente regresó al SUV y se sentó en el suelo junto a Arine, que no se había movido ni un centímetro desde entonces.
Ya no le quedaba munición en el subfusil, y a su pistola solo le quedaba un cargador, quizá suficiente para matar a uno o dos si tenía suerte.
Benji también se había quedado sin munición y se limitó a sentarse, mientras dos guardias y Luke seguían disparando sus últimas balas.
—¿Qué pasa con esa cara…?
—le preguntó Arine a Mike.
Él solo negó con la cabeza y le sonrió.
—Creo que este es el final, Arine.
—Ah…, bueno, joder, preferiría que me pegaran un tiro a que me metieran en la cárcel.
—Apenas lo dijo, las balas comenzaron a silbar e impactar en el SUV cuando los agentes del SWAT empezaron a dispararles.
No esperaron ni un segundo y hasta lanzaron granadas aturdidoras mientras el camión blindado comenzaba a avanzar hacia ellos.
A uno de los guardias le dispararon en el hombro, pues un francotirador se había posicionado en uno de los edificios.
Al caer su cuerpo hacia atrás, la sangre salpicó a Arine y a Mike.
La bala de gran calibre, esta vez, atravesó el chaleco antibalas y salió por la espalda.
Pero Mike no se movió.
Solo se quedó mirando al guardia mientras este se agarraba la herida, presionándola, con la sangre brotando a borbotones entre sus dedos, como si ya lo hubiera dado todo por perdido.
—¡Mike, mueve el culo!
—le gritó Benji mientras se asomaba y vaciaba el cargador de su pistola hacia el camión blindado, alcanzando el arma de uno de los agentes.
Ese único impacto fue suficiente para detener sus movimientos y ganar unos segundos más.
Esta vez, Mike se levantó y volvió a ser el de antes, arrastrándose más cerca del guardia y presionando la herida con la mano.
Cogió el torniquete del chaleco de Arine y se lo puso, pero no le quedaban vendas, así que siguió presionando la herida tanto como pudo.
Pero el momento siguiente lo golpeó directo en el corazón.
El guardia al que estaba ayudando sacó su teléfono y empezó a grabar un mensaje de voz.
—Hola, cariño…
Siento no haber estado ahí…
—Se le quebró la voz a medida que la adrenalina empezaba a desaparecer—.
Si desaparezco, por favor, dile a nuestro bebé cuando crezca que lo quería, ¿vale?
Que lo quería más que a nada…
—Se le volvió a quebrar la voz mientras las lágrimas comenzaban a caer por su rostro—.
Te quiero, cariño…
y nunca me olvidaré de ti y de Cilia.
—Envió el mensaje y tiró el teléfono al suelo mientras echaba la cabeza hacia atrás.
No pasó ni un minuto y su teléfono empezó a vibrar en el suelo.
Mike lo miró, y en el identificador de llamadas ponía «Cariño», con la foto de un bebé y una mujer: la familia del guardia.
Alargó la mano para cogerlo, pero el guardia se la agarró.
—No…
está bien, tío…
está bien —dijo, apretando los dientes mientras el dolor se intensificaba.
Mike giró la cabeza hacia Arine.
—¡Llama a tu familia!
—No tengo familia, Mike…
vosotros sois mi familia.
Tú y los Bellinis —dijo Arine con una leve sonrisa.
Sintió que esas palabras lo golpeaban como un tren.
Era la verdad, y dolía más de lo que podría haber previsto.
Siempre había pensado en la familia como algo más, algo cálido y completo, algo en lo que podías confiar en momentos como este.
Pero ninguno de ellos tenía ese lujo.
Ninguno de ellos tenía ya una familia de verdad.
Se tenían los unos a los otros, y eso era todo.
—Nos tienes a nosotros —dijo Mike, con la voz cargada, aunque no sabía si era por Arine o por él mismo—.
No estás solo.
Las palabras sonaron huecas, como si nunca pudieran ser suficientes para llenar el vacío dejado por una familia que no estaba.
Pero en ese momento, era todo lo que podía ofrecer.
La siguiente bala que pasó junto a ellos lo hizo demasiado cerca, pero en ese instante, antes de que el mundo se desmoronara por completo, se permitió el más mínimo atisbo de esperanza de que quizá, solo quizá, podrían salir de esta juntos.
No porque pensaran que iban a ganar.
Sino porque eran Bellinis.
Así que Mike hizo lo que tenía que hacer: sacó la pistola del guardia y se la lanzó a Arine, mientras él recargaba la suya.
Luke y los demás hicieron lo mismo, sacando sus pistolas y preparándose para disparar en el momento en que los agentes avanzaran.
El corazón de Mike se aceleró, con las palmas de las manos resbaladizas por el sudor mientras aferraba con más fuerza su pistola.
Miró a Arine, y sus miradas se encontraron con un entendimiento silencioso.
Había llegado el momento.
Benji mascullaba en voz baja mientras sacaba su cuchillo, ya que se había quedado sin nada más.
Todos conocían la realidad de la situación: no iban a salir de esta.
No vivos, al menos.
Los pensamientos de Mike retrocedieron a cada momento, cada batalla, cada trozo de sí mismo que había vendido solo para sobrevivir a esta vida.
Los Bellinis no eran solo una familia, eran la única familia que cualquiera de ellos había conocido jamás.
Y ahora, allí estaban, listos para caer luchando por lo único que importaba: la lealtad.
El sonido de las botas contra el asfalto se acercaba cada vez más.
A Mike se le oprimió el pecho y, por un momento, juraría que podía oír los latidos del corazón de cada hombre que estaba a su lado: Benji, Luke, incluso los otros que no habían dicho una palabra.
Estaban todos allí, unidos por un vínculo más profundo que la sangre.
—Hacemos esto juntos…
—dijo Mike, apretando el dedo en el gatillo.
—Tengo miedo, Mike —dijo Arine con la voz quebrada.
—Yo también, tío.
Entonces llegó el silencio.
Un silencio pesado, como si todo a su alrededor hubiera dejado de existir.
Ni sonidos, ni pasos, ni disparos…
nada.
Durante varios minutos reinó el silencio.
Silencio…
sí, era el silencio de la muerte que se acercaba.
Y entonces, un sonido.
El sonido de algo golpeando el asfalto.
Un golpeteo sordo y rítmico que se acercaba más y más, hasta que finalmente se mostró.
Con una sonrisa en el rostro y un bastón en la mano, allí estaba de pie…
James Bellini.
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