Fingiendo ser un capo intocable - Capítulo 129
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129: Solo.
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—Esa zorra harapienta…
—dijo Héctor mientras bajaba la pistola.
—¡Lo sabía!
—dijo Bella desde atrás, mirando fijamente a Héctor—.
¡Y tú todavía creías que era yo, cabrón!
—añadió, visiblemente contenta consigo misma por la situación, pero James no estaba tan contento.
Cerró los ojos en cuanto escuchó el nombre.
Una de las personas con las que se había aliado lo estaba apuñalando por la espalda, robándole dinero.
«Isabella, en qué coño estabas pensando…
Pero ella no es tan poderosa, no es tan audaz como para hacerlo sola, no, así que también fue Marco, ese egoísta hijo de puta…
Me apuñalaron por la espalda después de años de comerme la polla a la menor oportunidad…»
—¿Qué deberíamos hacer, James?
—le preguntó Héctor, pero él mantuvo los ojos cerrados.
«Isabella y Marco están en mi contra, el cártel de Sinatra está en mi contra, cabe la posibilidad de que el hijo de Silas también vaya a hacer algo…
Son demasiados para enfrentarlos».
—¿James?
Soltó un largo suspiro mientras abría los ojos.
—Señorita, ha cometido el mayor atraco a un banco del país, es usted una genio, es inteligente y tiene los medios para ser una gran persona, pero…
—Le apuntó con su pistola—.
Quiere abarcar demasiado.
Si lo hubiera hecho con un porcentaje menor, nadie se habría enterado nunca y podría haber huido del país.
Si no hubiera estirado la mano más de lo que podía coger, no se habría metido con Isabella, lo que también significa que ella no me habría robado de la nada.
Se puso de pie y Héctor lo sujetó de inmediato por debajo del brazo para ayudarlo.
Se acercó más y le presionó la pistola contra la cabeza.
—Míreme, señorita —dijo él.
Y ella lo hizo, lo miró, todavía con esa misma sonrisa.
—¿Quiere trabajar para mí?
Todos se quedaron atónitos ante la pregunta, incluso la propia Elizabeth.
—James, ella…
—¿Te he preguntado algo, Bella?
—James se giró hacia ella, pero esta se limitó a bajar la mirada al suelo, y él se volvió hacia Elizabeth—.
Voy a decirlo para que quede claro.
Va a trabajar para mí y a robar más dinero.
—Los ojos de ella se abrieron como platos al oírlo—.
Usted los ayudó a robarme cuarenta millones, así que me debe cuatrocientos millones.
¿Está lista para recuperarlos?
—preguntó, presionando con más fuerza el cañón contra la frente de ella.
—¿Pero qué está…?
James apuntó de inmediato la pistola hacia Fredrick, pero mantuvo los ojos fijos en Elizabeth.
—Espero que te des cuenta de que tu vida está en mis manos, de que toda tu puta familia está en mis manos, así que siéntate de una puta vez y cállate antes de que haga algo muy malo, ¿entendido?
Fredrick, en efecto, se sentó de una puta vez.
—Entonces, señorita, ¿está lista para robar dinero?
Sus ojos todavía reflejaban incredulidad ante lo que estaba sucediendo, ante toda la situación.
Acababa de admitir que robó el dinero, acababa de decir que ella era la causante de una muerte, pero el hombre que tenía delante le estaba dando una segunda oportunidad.
—E-estoy lista…
—susurró ella.
—Perfecto —dijo James y enfundó la pistola—.
Entonces tiene exactamente tres días para recuperar mis cuarenta millones, señorita.
Ella no dijo nada.
Parecía imposible hacerlo sin que la atraparan, era demasiado dinero…
¿o no?
Porque el director había escuchado la conversación, y él podría ayudarla a conseguirlo.
—Lo haré —susurró de nuevo.
—A partir de este momento trabaja para mí, lo que significa que no tiene que preocuparse por su vida.
Un hombre la vigilará y la ayudará con las cosas, pero si comete un error, está muerta, señorita.
¿Entendido?
—Sí.
—Eso es todo.
Hemos terminado aquí —dijo James, y luego salió por la puerta, dejando a Fredrick y a Elizabeth paralizados por la conmoción, dándose cuenta por fin de lo jodida que era en realidad su situación.
«Cuatrocientos millones son suficientes para armas de segunda mano y más gente…», pensó mientras bajaba lentamente las escaleras.
«¿O no es para tanto?
Necesitamos granadas explosivas, necesitamos sobornar a gente…
¿O debería hacer un trato con el dictador?
Eso solo traería más complicaciones…»
—¡James, ¿qué ha sido eso?!
—gritó Bella mientras corría hacia él—.
¡Le das trabajo a una…!
No pudo terminar, ya que James la agarró por la cadera, la atrajo hacia él y le dio un largo beso.
Era una escena de película: una pareja besándose en medio de la escalera, mientras todos a su alrededor fingían no ver.
—¿Qué…?
—Bella se sonrojó al mirar a James.
Él estaba tan cerca, tan intenso con ella.
—Nos veremos cuando llegue el momento —dijo mientras miraba a la izquierda—.
Llévensela.
—James…
El guardia la agarró y comenzó a arrastrarla hacia el exterior.
Ella no gritó, no se resistió al darse cuenta de lo que sucedía.
James había tomado su decisión y ella sabía que no podía oponerse ni discutirla.
—Héctor, llama a Dani, envía algo de dinero al aeropuerto y dáselo a Bella.
—Lo haré ahora mismo —dijo Héctor mientras sacaba el teléfono, pero su pulso se aceleraba por momentos.
Significaba la guerra.
James estaba enviando lejos a la gente que amaba y que le importaba.
Pero entonces…
—Héctor…
—James pronunció su nombre de una forma en que nunca lo había hecho antes.
Héctor apartó la vista del teléfono de inmediato y vio que James tenía una leve sonrisa en el rostro.
—Tú también puedes irte.
Héctor se quedó paralizado en el sitio porque James no bromeaba.
La forma en que lo dijo…
fue sincera.
—¿Q-qué quieres decir…?
—Tienes una familia.
Una hermana preciosa.
Una madre preciosa.
Una familia que te quiere, y a la que tú también quieres.
Ya has hecho suficiente por mí.
—James hizo una pausa, mirándose las manos antes de apretarlas ligeramente—.
Me seguiste hasta el mismo fuego.
Mataste, mentiste, sangraste por mí.
Pero no dejaré que tu alma arda más tiempo.
No por mi culpa.
Héctor no se movió.
Sus labios se separaron como si quisiera decir algo…, pero no salió ninguna palabra.
Por primera vez, sintió que estaba ante un desconocido.
No porque James hubiera cambiado, sino porque por fin le había permitido ver detrás del telón.
—No —susurró Héctor, negando con la cabeza lentamente—.
No, no tienes derecho a hacer eso.
James soltó un breve suspiro que casi sonó como una risa.
—No se trata de lealtad.
Estoy intentando salvar lo que queda de ti.
—¿Crees que me he quedado porque no tenía otro sitio a donde ir?
Me quedé porque eres mi hermano, James.
No me voy a marchar.
El silencio se instaló entre ellos.
Entonces, James añadió: —Si te quedas, te ahogarás conmigo.
Y a mí no me importa.
¿Pero tú?
Tú todavía tienes una oportunidad de respirar.
Héctor apretó los puños, con la mandíbula tensa, pero no respondió de inmediato.
Miró la espalda de James; su postura era calmada, pero cansada.
Desgastada.
Y entonces lo comprendió.
James no intentaba dejar a Héctor atrás.
Intentaba librar una guerra por su cuenta.
Intentaba morir solo.
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