Fingiendo ser un capo intocable - Capítulo 212
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212: Prepárate.
212: Prepárate.
—Levántate, Linda —dijo Stephen, dándole un golpecito en el hombro a Linda mientras ella dormía, con la cabeza apoyada en el escritorio.
Se despertó de golpe, desorientada y con un estrés de la hostia; miró a su alrededor, pero lo único que vio fue a Benjamín, Thomas y Stephen de pie en la oficina, observándola.
—¿Qué…?
—preguntó ella, reclinándose lentamente.
No había dormido bien, más bien había sido solo un descanso.
Se despertaba casi cada treinta minutos, porque todo el estrés recaía sobre ella, y ahora, verlos mirándola fijamente mientras dormía solo le confirmaba que algo estaba pasando.
Era algo que ya sabía, pero ver a Benjamín y Thomas ya trajeados y con aspecto renovado le indicaba que había llegado la hora.
—¿Y ese traje?
—preguntó mientras se levantaba despacio, con la mirada fija en Thomas, porque estaba segura de que no era el suyo.
A él no le gustaba el color azul, y ese era de un azul vivo.
Y no era solo él; Stephen también llevaba un traje gris y parecía totalmente renovado.
—Se lo he pedido prestado a uno de los agentes —dijo Thomas.
—Yo también, a uno de mis hombres, y hasta me he duchado…
Necesito tener buen aspecto, todos lo necesitamos, así que tú también, ve a asearte.
Tenemos una hora y tenemos que estar allí —dijo Stephen y, con una última mirada, salió de la oficina con Thomas, mientras Benjamín se quedaba inmóvil, observándola.
Y ella se quedó aún más desorientada.
¿Ir adónde?
Todo lo que había ocurrido el día anterior seguía en su mente: las docenas de informes que leyó, la operación de Stephen —resultaba increíble que la familia Silas se hubiera desmoronado en una hora— y, mientras pensaba en todo aquello, olvidó lo más importante.
—El presidente está listo para dar una declaración oficial y todos tenemos que estar allí, a su lado —dijo Benjamín, y ella por fin lo recordó.
Sí, el presidente también, diría algo…
—Joder…
Estoy hecha un asco —dijo al mirarse en el espejo y, bueno, sí que estaba hecha un asco.
Tenía el maquillaje corrido, el pelo revuelto y, bueno, todo su atuendo era un desastre por el sudor y la sangre de Marco que todavía lo manchaba.
Benjamín también se dio cuenta y lo primero que hizo fue soltar una risita, porque ver a alguien con tanto poder como ella tan estresada, simplemente le alegraba la existencia.
Parecía una especie de bruja de película; desprendía mal olor, una mezcla de sudor y sangre con un toque de lejía.
Su ropa estaba cubierta de algo, quizá sangre, y llevaba el maquillaje tan corrido que parecía que tuviera dos caras.
—Sabes que te cubro la espalda —dijo él, todavía riéndose entre dientes.
Linda lo fulminó con la mirada, pero Benjamín estaba realmente preparado y le tendió un traje a Linda.
—Lo robé…
bueno, hice un trato con tu asistenta y me lo dio para ti —añadió.
Ella no dijo nada porque le dolía la cabeza y el hecho de que apenas hubiera dormido no ayudaba, pero hubo algo que notó que, de alguna manera, le dio repelús.
—¿Cómo es que os levantáis y ya sabéis lo del presidente…?
No había una hora exacta para su declaración oficial —dijo mientras bebía un poco de agua.
—Bueno, sobre las once volvió a entrar tu asistenta, pero nos encontró a todos durmiendo aquí y, en fin, tenías unas pintas horribles y no quiso despertarte, así que me despertó a mí primero y luego yo a los demás.
Después hablé con el secretario del presidente, que dijo que moviéramos el culo porque va a dar un discurso que será una bomba nuclear.
Mientras miraba fijamente a los ojos de Benjamín, esa palabra le llamó la atención y la espabiló demasiado rápido.
Primero, ¿a qué coño se refería con lo del secretario del presidente?
Habían dicho que sería una operación secreta y hasta el secretario estaba al tanto…
Luego, al reflexionar, sus preocupaciones se disiparon, porque el secretario era un viejo amigo del presidente, así que, si él confiaba en su amigo, estaba bien.
Pero la última palabra la impactó aún más.
—¿Bomba nuclear?
—Esa parte a mí también me preocupa —dijo Benjamín, dejando el traje sobre la mesa—.
Puede que todo sea un plan para jodernos, piénsalo.
Un plan para ayudar a un gánster es una muy buena razón para despedirnos a todos: la Ministra de Justicia, los directores de las agencias…
De esa forma, puede poner a gente en la que de verdad confía en puestos que puedan amenazarle.
—Benjamín lo dijo mirando directamente a los ojos de Linda, y la verdad es que era algo que podía pasar.
De hecho, era tan posible que Linda se quedó helada un momento, porque, joder, no había pensado en ello ni un minuto.
Tenía a James Bellini en la cabeza veinticuatro siete; no podía quitárselo de la mente, ni al cártel, ni toda la desesperación a la que esto podía abocar al país…
Sí, todavía conservaba ese sentido de la justicia en su interior, aunque fuera en lo más profundo…
tan profundo que se había olvidado por completo de la forma de ser del presidente y de que él también tenía su propia justicia.
Si el presidente no confiaba en ellos o en las agencias, y bueno, ningún presidente lo hace, podía darle la vuelta a toda la operación y contar la historia de que, en realidad, había sido idea de las agencias con la autorización de la Ministra de Justicia a sus espaldas.
De esa forma, podía despedir y mandar a la cárcel a todos los que ocupaban los cargos más importantes y sustituirlos por quien él quisiera.
—No me jodas ahora, Benjamín —dijo ella, mirándolo fijamente y negando con la cabeza—.
No he podido pegar ojo por toda esta puta mierda.
—Hizo un gesto hacia los informes sobre la mesa—.
He puesto mi puta carrera y las vuestras en juego con esta mierda para intentar hacer de este país un lugar medianamente habitable para todos, ¿y ahora me dices que todo estaba en nuestra contra…?
—Lo miró, y él lo vio por primera vez en los ojos de Linda, la Ministra de Justicia: autoridad, poder y voluntad—.
¡Le prenderé fuego a toda esta mierda hasta los cimientos!
—gritó, golpeando la mesa con el puño y clavándole la mirada.
Se hizo el silencio por un momento, porque Benjamín nunca pensó que vería algo así en Linda.
Con aquella mirada, parecía una mujer de armas tomar…
Por un milisegundo, se pareció a James.
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