Fingiendo ser un capo intocable - Capítulo 233
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233: Un nombre.
233: Un nombre.
—¿Una… moneda?
—repreguntó la doctora mientras miraba a James, quien la había pedido con indiferencia, pero que, al mismo tiempo, había interrumpido a Niam.
En su mente, él era quien todavía tenía la pistola, y aunque no tuviera balas, seguía siendo un arma… y, aun así, este tipo, Scott, acababa de interrumpirlo sin más… Le importaba una puta mierda su existencia.
Aquello solo la convenció más de que ese hombre era alguien peligroso.
—Sí, solo una moneda —le respondió James mientras la miraba profundamente a los ojos, y ella quedó hipnotizada por ello… por la profundidad de esa mirada, de ese ojo.
Puede que la gente normal no se diera cuenta, pero con su experiencia, de un solo vistazo, supo que aquel hombre era mucho más que peligroso; mucho más de lo que había pensado de él.
Pero entonces, ¿quién coño era?
Scott Miller… No se le ocurría ningún nombre.
No había oído hablar de ese nombre… Era falso.
Sí, lo pilló.
Se dio cuenta de que era imposible que ese fuera su nombre real.
—Entonces, ¿tienes una?
—volvió a preguntar James, ya que ella se le había quedado mirando fijamente, completamente absorta en él.
—S-sí, tengo… —susurró ella mientras agarraba su bolso y, vaciando todo su contenido, sacó la cartera, cogió unas cuantas monedas y las puso sobre el escritorio, sin entender todavía para qué era necesaria la moneda.
—Genial —dijo James mientras cogía una de las monedas y se recostaba en su asiento.
Volvió a mirarlos.
Se quedó allí sentado en silencio, jugando a lanzar la moneda con la mano.
Creyeron que era una intimidación; bueno, la doctora también lo pensó y, en fin, todos estaban intimidados por el puto peso que tenía ese hombre.
Era como si él fuera la presencia dominante en la sala, su centro, y aunque no les dijera nada, ni una amenaza ni nada por el estilo, sentían que estaban en peligro.
Por otro lado, James estaba pensando.
Estaba algo decepcionado consigo mismo porque se había prometido que no se dejaría llevar por su personalidad, que no cedería a su ego y a su influencia, que no permitiría que se apoderaran de él de nuevo, que no perdería el control y la liaría parda.
Pero ahora estaba haciendo exactamente eso sin ni siquiera darse cuenta, hasta el momento en que agarró la fría moneda.
Al agarrarla, fue como si le hubieran lanzado un hechizo y hubiera recuperado el control de sí mismo, o como si la moneda lo hubiera empujado fuera de la oscuridad que volvía a surgir en él.
Porque sí, hasta ese momento había querido matarlos, o al menos darles una lección.
Pero no porque tuviera un trastorno de la personalidad o esquizofrenia, sino porque así era él.
Sí, ya no era el James de antes.
Había cambiado y, desde entonces, siempre había estado en la oscuridad, aunque no se diera cuenta.
El pensamiento de matarlos o darles una lección, tal vez dispararles en una pierna o en una mano, acudía a su mente con facilidad.
Sí, desde que el cártel entró en escena, desde que tirotearon su casa, había descendido a la oscuridad.
Pero esta tenía niveles, y ahora él estaba en los pisos superiores, controlándola.
Incluso Mike, que todavía estaba mirando por la puta puerta, se sorprendió un poco.
Fue como si por una fracción de segundo lo hubiera visto… ese pequeño cambio.
Pudo sentir y ver, al mirar a James, que estaba a punto de joderlo todo.
Pero entonces… se calmó sin más.
Fue una locura de presenciar, sobre todo después de haberle visto hacer… bueno, cosas horrendas y aterradoras.
«Ya tengo la moneda en la mano…».
Volvió a mirarlos.
«Es el destino, ¿verdad?».
Sí, era el destino.
Había llegado justo cuando unos putos aspirantes a matones de pacotilla estaban en terapia.
Había entrado, elegido la misma sesión y, de repente, todo se había ido a la mierda.
Y ahora la moneda estaba en su mano, lista para ser lanzada… una moneda que no estaba trucada, una moneda que no podía controlar.
Era el destino.
Tal vez en un futuro próximo significaría algo.
Tal vez sus caminos volverían a cruzarse… pero ¿qué pasaría entonces?
La moneda lo decidiría.
—¿Cara o cruz?
—preguntó, mirando a Eva, que seguía aferrada a la pistola como si fuera su salvavidas, como si pudiera hacer algo con ella.
Pero, por otro lado, Niam lo comprendió, o al menos pudo imaginar de qué iba el lanzamiento de la moneda… sus vidas.
Igual que en las películas, como si fuera un juego.
Y tenía razón… iba exactamente de eso.
Así que, antes de que Eva pudiera responder, Niam se aferró al último recurso que se le ocurrió.
Creyó que era el as que tenía en la manga, uno que nadie vería venir.
Sí, tenía uno… y era más que un as: era el comodín.
Sonrió mientras se inclinaba hacia delante; una sonrisa que era más bien producto del pánico y el estrés, una sonrisa falsa, y se notaba a simple vista.
—Te va a matar… —dijo, mirando a James, que todavía jugaba a lanzar la moneda, pero que se detuvo en cuanto lo oyó.
Ahora era una amenaza de verdad… más poderosa que una pistola vacía.
Niam había usado sus palabras para amenazarlo.
—¿Quién?
—repreguntó él, e incluso Eva estaba confundida.
¿En quién podía estar pensando?
Porque estaba claro que al tipo que tenían delante le importaba una mierda su padre.
Niam se enderezó y se recostó, cruzando una pierna, como si de la nada quisiera parecer relajado y despreocupado, como si ahora tuviera la sartén por el mango… con ese nombre en mente.
Mientras tanto, James se lo pensó de verdad.
Vale, había nombres que podía conocer, pero una puta banda de poca monta, una mafia como la que dirigía su padre, no podía conocer a nadie que pudiera hacerle daño… o quizá el nombre era el de un político, un gobernador, un líder de sector; alguien de quien debiera tener miedo, alguien con poder para matar.
—Bellini.
Silencio absoluto, como si fuera jodidamente imposible que lo hubiera dicho.
James ni siquiera pudo reaccionar; se quedó sentado mirándolo, asimilando lo que acababa de decir.
—Conozco a Bellini… Si me tocas a mí o a mi hermana, estás muerto —continuó Niam, inclinándose de nuevo hacia delante con la misma sonrisa en el rostro y una puta seriedad en la mirada—.
No solo tú… toda tu puta familia morirá.
Era la puta cosa más graciosa que James había oído en su vida; era imposible que estuviera sucediendo de verdad.
Y no solo eso, sino que Niam usaba el nombre para amenazarlo… cuando él era el puto Bellini del que hablaba.
Daban ganas de partirse el culo de la risa, de ponerse a llorar en el acto, pero, al mismo tiempo, James estaba completamente paralizado por el hecho de que aquello estuviera en su lista.
Había deseado que sucediera alguna vez, que de alguna forma, alguien usara su nombre sin saber quién era él.
Y ahora estaba pasando.
Niam estaba usando el puto nombre de Bellini como un arma.
Ese era su comodín, la carta que él creía que sería devastadora, que sería peor que un disparo.
Ese cabrón de verdad creía que había funcionado porque, al mirarlo, James estaba totalmente paralizado, y Niam se creyó de verdad que había funcionado, joder.
Se había estresado para nada, había sentido miedo para nada, como si pudiera haber sacado el nombre antes para zanjarlo todo… para parecer poderoso de verdad.
Pero incluso si hubiera sido verdad, no habría sido más que una jugada de niñatos… usar el puto nombre de otro para amenazar, para salvarse el culo por la que él mismo había liado.
¿Qué tan rastreros eran, joder?
Esto iba más allá de ser un simple despojo humano.
Este puto niñato, que a ojo no tenía ni veintiuno, en lugar de ir a la universidad, estudiar de una puta vez y largarse a un país extranjero a ganar el triple de lo que ganaría aquí… no, en lugar de eso, se dedicaba a hacerse el puto gánster y a ir soltando nombres por ahí… y a pasearse con una pistola vacía de la que no sabía ni quitar el puto seguro.
Pura y puta incredulidad, eso era todo lo que reflejaba el rostro de James ante tales hechos; hasta se quedó con la boca abierta mientras miraba fijamente a Niam.
—¡Sí, lo conocemos!
—Ahora Eva también había cambiado por completo, a pesar de que no tenía ni idea de quién era esa persona.
El nombre no le sonaba de nada, pero si su hermano lo decía y esa había sido la reacción de Scott, entonces pensó que debía de ser un nombre que era poder en sí mismo.
A James, le explotó todavía más la cabeza al ver que de verdad iban en serio… y decidió seguirles el juego.
Jugar un poco.
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