Fingiendo ser un capo intocable - Capítulo 251
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
251: Fe amañada.
251: Fe amañada.
Mientras ellos debatían sobre su yo interior, sobre lo que eran exactamente o si aún quedaba esperanza para ellos, James ya estaba en casa, si es que se le podía llamar hogar.
Era más bien el cascarón de lo que una vez fue un hogar.
Los escombros del tiroteo seguían allí, aunque los guardias habían intentado barrerlos; al igual que los agujeros de bala en las ventanas, la puerta y las paredes, con restos de sangre en la entrada que no habían podido quitar con agua.
A pesar de todo aquello, el interior era diferente.
Los cocineros y el ama de llaves recibieron a James con una sonrisa en el rostro como si no hubiera pasado nada, con los platos ya puestos sobre la mesa y una langosta roja descomunal que, en cuanto James la vio, le devolvió el hambre de inmediato, así que se sentó para hincarle el diente.
—Acompáñenme —dijo mientras agarraba el cuchillo y, para su sorpresa, no tuvo que repetirlo.
El ama de llaves dejó la escoba, los chefs también soltaron lo que tuvieran en las manos y se sentaron con él a la mesa.
Por fin, con todos ellos comiendo juntos, aquello pareció una especie de hogar, aunque reinaba el silencio.
No se pronunció ni una palabra mientras comían la langosta, el arroz, la ensalada… Todo el mundo guardaba silencio porque de James emanaba algo.
Su forma de comer revelaba a gritos que algo lo estresaba; comía con agresividad, sin ni siquiera masticar bien la comida.
No apreció todo el sabor de la langosta roja que, a todas luces, habían preparado y sazonado para él… Se limitaba a comer sin saborear, pero no era solo eso.
No apartó la vista del plato en ningún momento, ni siquiera para mirarlos.
Su respiración era algo entrecortada… como la de un perro que no hubiera comido en días.
—¿Hay algún problema, señor?
—Albert reunió el valor suficiente, o más bien sintió la necesidad de preguntar, porque era obvio que algo pasaba.
—No —respondió casi al instante, sin levantar la vista, y siguió comiendo de aquella forma salvaje.
Aquello solo les confirmó que algo no andaba bien.
Se comportaba de un modo que nunca le habían visto; ellos, que lo consideraban un líder, alguien con poder y autoridad, ahora solo lo veían sumamente estresado, lejos de la actitud calmada que solía tener.
Sin embargo, Albert no volvió a preguntar.
Al fin y al cabo, solo era un cocinero, el chef de la casa, no alguien con una conexión más profunda con él… Aunque habían tenido buenas conversaciones antes y James se sabía sus nombres, Albert sabía que ellos no debían interferir en los negocios de la familia, de los que, por otro lado, no sabían nada.
En resumen, sabían que James no confiaba en ellos lo suficiente como para sincerarse… aunque a Alda eso no le importó e insistió.
—Sé, sabemos, que no formamos parte de ningún negocio de la familia, ni somos gente con la que puedas hablar de ello abiertamente… —dijo ella mientras miraba a los demás.
Ahora, incluso James por fin la miró—.
Pero somos parte de la familia.
Somos los que te conocemos mejor que los guardias de fuera, que tus socios o tus enemigos.
Cocinamos, limpiamos, te vemos casi a diario, conocemos tus necesidades, lo que te gusta y lo que no.
—Se detuvo un instante mientras le miraba a los ojos, su expresión, y por fin lo vio… Parecía cansado, muy cansado—.
…puedes actuar como si no fuéramos más que cocineros, personal de limpieza… simples empleados…, pero vemos cosas que otros no ven —continuó Alda—.
No tienes que contarnos nada de los negocios…; eso no nos importa.
Pero no finjas que no nos damos cuenta cuando te vienes abajo en tu propia casa.
No finjas que eres un fantasma que deambula por estos pasillos, James, porque nos importas, aunque no quieras.
Todos lo sintieron, todos los presentes: las palabras de Alda habían ido demasiado lejos.
Las había dicho de un modo que sonaba más al de una madre cuidando de sus hijos que al de una simple ama de llaves… Estaba presionando demasiado con sus palabras, adentrándose en un terreno demasiado delicado y arriesgado.
Incluso James estaba sorprendido de que Alda le hablara de esa manera, de que le alzara la voz, llena de cariño y preocupación.
Pero no dijo nada, solo la miró a la cara.
Ella no le tenía miedo… al contrario, parecía decidida.
—Sabemos lo suficiente —continuó ella, sosteniéndole la mirada—.
Lo suficiente para ver cómo te destruyes a ti mismo antes de que nadie más tenga la oportunidad.
Y si acabas muerto… al menos sabrás… que no fue porque a nadie le importaras.
Alda no dijo más, no era necesario.
Se mantuvo firme, sin dejar de mirarlo, mientras los demás guardaban silencio; no por miedo o preocupación a que pudiera pasar algo, sino porque lo que Alda había dicho era la pura verdad, sin más.
Y la reacción de James reveló aún más.
Intentó restarle importancia con una risa, pero enseguida se dio cuenta de que su cuerpo lo había traicionado: su pierna no dejaba de temblar ligeramente y la sonrisa falsa de su rostro tampoco se desvanecía.
—Acabas de decir algo con más sentido que el terapeuta que vi hoy.
Podrías dedicarte a ello, si eres capaz de juzgar las cosas tan rápido solo con mirarme… ¿cómo?
—preguntó, observándola.
Pero ahora, algo en él parecía muy diferente.
Aquella sonrisa falsa se transformó en algo distinto… en una genuina, como si hasta sus ojos tuvieran esa mirada… la que ponía cuando estaba a punto de hacer alguna barbaridad.
De repente, todo el cuerpo de Alda se tensó y su voz se tornó vacilante.
Intentó evitarle la mirada, pero no pudo… Aquellos ojos gritaban autoridad sobre ella, y algo mucho peor que eso.
—P-Porque nunca… habías parecido tan perdido y cansado —dijo ella con sinceridad—.
Y porque… esta casa nunca se concibió para ser una tumba.
Silencio de nuevo.
James se reclinó en la silla, mirando al techo.
Luego volvió a mirarla y le hizo una pregunta que les heló la sangre a todos todavía más, una que les inyectó una nueva dosis de adrenalina en las venas, mezclada con miedo.
—¿Sabes por qué me gusta lanzar monedas al aire?
—preguntó, y la sala entera enmudeció—.
Porque te arrebata la decisión… Durante unos segundos… todo es simple.
Cara o cruz.
Sin darle demasiadas vueltas, sin sopesar riesgos… Solo… el destino decidiendo por mí.
Metió la mano en el bolsillo y sacó una moneda que había encontrado en el coche de vuelta a casa.
—Cuando la lanzo… siento que puedo culpar a la moneda.
No a mí, no a mis decisiones.
—James apretó la moneda contra la mesa, tamborileando con ella suavemente—.
A veces pienso… que quizá debería dejarlo todo en manos de esta estúpida moneda… cada decisión.
Irme o quedarme.
Destruir o perdonar.
Vivir… o rendirme.
—Su expresión se ensombreció, pero una sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios—.
Pero la cuestión es… que la moneda que siempre he usado estaba trucada.
—Miró a Alda profundamente a los ojos—.
¿No es curioso que a veces incluso una moneda trucada falle… y aun así el resultado pueda ser bueno?
Esa es la parte más divertida.
Negó con la cabeza y la sonrisa desapareció de su rostro.
—Como la moneda, hay dos caras.
Lo que he estado persiguiendo todo este tiempo no era la mafia, ni esta vida, sino mi verdadera familia.
Hacía todo lo posible para que funcionara por ellos, para darles todo y una vida mejor, y en la otra cara… estaba la familia Bellini.
Entonces me di cuenta enseguida de que la maldita moneda que no paro de lanzar también está trucada… y siempre cae del lado de los Bellini.
—Volvió a negar con la cabeza—.
Estoy cansado, sin más… Quiero que me quieran, que me abracen.
Solo quiero descansar.
—E-Entonces deja… de lanzarla —respondió Alda—.
O busca una nueva, una que no esté amañada en tu contra.
Se rio mientras volvía a coger la moneda.
—Qué va… si te digo la verdad… me encanta lanzarla.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com