Fingiendo ser un capo intocable - Capítulo 27
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27: ¿Sin dron?
27: ¿Sin dron?
Hace unos meses, en los muelles de Arbera.
—¿Así que quieres que yo…
que…?
—¿Que…?
—¿Me lo meta por el culo?
Un silencio incómodo.
—Sí.
—Héctor, no puedo hacer eso, ¿cómo crees?
—Mírame, Rei —dijo Héctor, agarrándolo con firmeza por el hombro—.
Un viaje son 5000 para ti.
Sin impuestos ni otras gilipolleces.
—¿Quieres que me lo meta por el culo, entre en el edificio del Ministerio de Justicia, me lo saque y lo venda?
Los ojos de Héctor parpadearon por un momento.
—Exacto.
—No, no voy a hacer eso.
Lo siento —dijo Rei, levantando las manos en señal de rendición.
—¿Por qué no?
Tengo un poco de aceite.
Entrará suavemente, sin problemas.
—¡Héctor, esa cosa es tan grande como un mechero!
—Cagas cosas más grandes, Rei.
No te asustes.
Y como te he dicho, no va a tener fugas y a drogarte.
O sea, claro que podría pasar, pero no te preocupes, este es seguro.
Incluso tiene un hilito colgando para que puedas sacarlo sin más —explicó mientras se lo enseñaba a Rei.
—¿Por qué no puede vendérselo alguien directamente?
—Son gente influyente, siempre vigilada.
No pueden simplemente acercarse a uno de los traficantes.
Y tú eres un guardia de seguridad allí, ¿cuánto ganas?
¿1000 al mes?
Esto podría cambiarte la vida.
—10 000 y lo haré —dijo Rei con ojos serios.
—Nah, es demasiado.
—¿Demasiado por meterme eso?
Podrían arrestarme y meterme en la puta cárcel durante años, Héctor.
—Mírame, Rei.
Nos conocemos desde la universidad.
Sí, es de alto riesgo, pero entras, lo vendes, vuelves con el dinero y tienes 5000.
Cinco viajes en una semana son 25 000.
Nunca vas a ganar tanto dinero de otra manera.
Rei exhaló bruscamente, frotándose las sienes.
—Joder…
esto es una locura.
Héctor sonrió con suficiencia.
—Locura es estar sin un duro, Rei.
Locura es tener un trabajo que apenas te da para pagar el alquiler mientras los cabrones de arriba nadan en dinero.
¿Esto?
Esto es solo un atajo.
Rei caminó de un lado a otro, con las manos en las caderas.
—¿Y si me pillan?
—No lo harán.
—¿Pero y si lo hacen?
Héctor suspiró y se acercó.
—Entonces mantienes la boca cerrada, cumples tu condena y, cuando salgas, me aseguraré de que estés solucionado de por vida.
Pero escucha, nadie va a ser pillado.
No si lo haces bien.
Rei soltó una risa amarga.
—Claro.
Simplemente entro en el Ministerio de Justicia con un puto paquete del tamaño de un mechero metido en el culo y luego lo saco como si fuera un truco de magia.
Sí, totalmente normal.
—Exacto —dijo Héctor con una sonrisa—.
Lo vas pillando.
Rei se quedó mirando el paquetito en la mano de Héctor.
Ya podía sentir el peso de la decisión aplastándolo.
—Un viaje —murmuró Rei—.
Haré un viaje.
Héctor le dio una palmada en la espalda.
—Ese es mi chico.
Ahora vete a casa, duerme, y por la mañana, lo haces.
Vuelves con el dinero y entonces te pago, ¿de acuerdo?
—Sí…
—masculló Rei, metiendo las manos en los bolsillos.
Se giró para irse, pero Héctor lo agarró del brazo.
—Oye.
Rei miró hacia atrás, con expresión cansada.
—No le des demasiadas vueltas —dijo Héctor en voz baja—.
Simplemente hazlo.
—Eres un tipo malvado, Héctor —dijo uno de sus hombres mientras Rei se alejaba—.
Lo están comprando como si fueran caramelos de nuestros traficantes…
y se lo haces a tu viejo amigo…
—Siempre odié a ese cabrón.
Siempre me superaba en la universidad, el muy jodido.
Era el número uno.
Siempre.
—Eres malvado.
—Se lo merece.
El hombre junto a Héctor se movió, incómodo.
—¿Y si no sufre una sobredosis?
¿Vas a pagarle cinco de los grandes cada vez?
Héctor soltó una risa ahogada.
—Si no sufre una sobredosis a la tercera, simplemente lo mataré.
—¿Estás seguro de esto?
Digo, solo es un guardia de seguridad desesperado.
—Esa es la cuestión, era el número uno de su promoción de empresariales en la universidad y ahora es un puto guardia, qué perdedor.
—Aun así…
es jodidamente frío, Jefe.
Héctor exhaló una nube de humo, sonriendo con suficiencia.
—Pero lo más importante, ¿por qué cojones sigues hablándome?
Carga los putos cuerpos.
Le dio una lenta calada a su cigarrillo, observando cómo trabajaban sus hombres.
Metiendo droga en el estómago del soldado muerto.
Poco a poco, el hígado, el riñón y los intestinos desaparecían en gruesos sacos negros.
Luego, cuando terminaron de meter las drogas en los cuerpos, los metieron en ataúdes y los llevaron a los barcos.
—¿Héctor?
Una voz vino de detrás, una que no pertenecía a ese lugar.
Al girarse, Héctor sacó su pistola en un instante.
—¿Quién coño eres?
—¿Jefe?
—uno de sus hombres levantó su arma, apuntando a la alta figura.
—Haz tu trabajo.
No tenemos tiempo para esto.
Venga —dijo Héctor sin apartar la vista del hombre.
El desconocido se sentó despreocupadamente en una caja cercana.
—Tengo una propuesta de negocios.
Héctor se burló.
—¿Te crees que estás en una puta película?
—miró a su alrededor con sorna—.
¿O me están gastando una broma?
El hombre no reaccionó.
—No.
Soy un agente del ISB y estoy aquí para…
—¿Qué coño es el ISB?
¿Irritante Saco de Bolas?
—Héctor estalló en carcajadas.
Sus hombres se rieron entre dientes, pero el desconocido permaneció impasible.
—Soy un agente de la Oficina de Seguridad Internacional —continuó el hombre, imperturbable—.
Están fabricando drogas en Arbera, pasándolas de contrabando a Hangur y escondiéndolas dentro de los cuerpos de soldados muertos.
La sonrisa de Héctor se desvaneció ligeramente.
—¿Y qué es lo que quiere, señor Saco de Bolas?
—El cincuenta por ciento del dinero.
A cambio, garantizamos un transporte sin problemas y mantenemos a la policía y otras agencias alejadas.
Y esto no es una negociación…
tengo esto —se levantó un poco la camisa, revelando un micrófono, y sostuvo un pequeño dispositivo en la mano—.
Si pulso esto, un dron atacará este lugar, matándome a mí, a ti, a tus hombres y destruyendo las drogas.
Así que…
Antes de que pudiera terminar, un disparo resonó en el aire, la bala rozándole la cabeza.
Y Héctor intervino rápidamente, estrellando el cañón de su pistola contra la ceja del agente, partiéndole la piel.
El agente gruñó, tambaleándose hacia atrás, pero antes de que pudiera recuperarse, Héctor le asestó una fuerte patada en el estómago, enviándolo al suelo.
—¿Crees que…?
—Héctor lo pateó de nuevo—.
¿Puedes darme putas órdenes a mí?
Escupió al agente y le dio otra patada por si acaso.
—¿Por qué estás callado?
Habla.
El agente tosió, la sangre acumulándose en su boca.
Sus dedos temblaban sobre el botón, su respiración era entrecortada e irregular.
Héctor se agachó, con la cara a centímetros de la suya.
—Venga, púlsalo.
A ver si tienes cojones para morir con nosotros.
Los ojos del agente se movían de un lado a otro, su mente acelerada.
Héctor se rio entre dientes.
—Sí…
eso es lo que pensaba —tiró de la muñeca del hombre, retorciéndosela hasta que el agente gimió de dolor, obligándolo a soltar el detonador.
Luego lo agarró por el cuello de la camisa y lo arrastró hacia una mesa cercana.
Estrelló la mano del agente contra la mesa e hizo un gesto a uno de sus hombres.
—Tráeme un cuchillo.
Le pasaron rápidamente una hoja.
Héctor presionó la punta contra los dedos del agente, sonriendo.
—Tienes diez segundos para empezar a hablar.
Si no, empezaré a cortar.
El agente apretó la mandíbula, el sudor goteando por su frente.
Héctor golpeó ligeramente la hoja contra su meñique.
—Diez.
Silencio.
—Nueve.
Seguía sin decir nada.
—Ocho.
La respiración del agente se volvió más errática.
Héctor suspiró.
—A la mierda —presionó hacia abajo, cortando la piel.
—Tú…
no tienes ni idea de con quién te estás metiendo.
Héctor enarcó una ceja.
—¿Ah, sí?
—agarró de nuevo la mano del agente—.
Veamos si a tus jefes les importas lo suficiente como para salvarte.
Bajó la hoja…
¡PUM!
Un solo disparo resonó desde fuera.
Héctor se quedó helado.
Sus hombres se tensaron, con las armas en alto.
El agente sonrió con suficiencia a través de sus dientes ensangrentados.
—Ya están aquí.
—Oh…
no…
no, qué miedo tengo, que alguien me ayude…
¡que alguien me ayude!
—gritó Héctor y luego se echó a reír.
—Tú…
psicópata.
Lo agarró de nuevo por el cuello de la camisa y lo arrastró afuera, donde al menos diez coches estaban alineados con las puertas abiertas.
Agentes totalmente armados estaban por todas partes, sus chalecos antibalas estampados con las letras ISB en negrita.
A Héctor realmente no le importaba eso.
Inclinó la cabeza hacia arriba, escudriñando el cielo.
—¿Dónde está el dron?
—su mirada volvió al agente—.
¿Me has mentido?
—presionó el cuchillo contra la garganta del hombre.
Uno de los agentes del ISB levantó su rifle.
—¡Suelta el arma!
Esto es…
—¿El Saco de Bolas?
—sonrió Héctor con suficiencia.
Miró a la fila de agentes, tan tranquilo como siempre.
Tuvieron tiempo de dispararme.
Pero no lo hicieron.
El dinero vale más para ellos que este idiota.
Una nueva voz, la de una mujer, interrumpió el tenso enfrentamiento.
Suave, segura de sí misma.
—No queremos hacerte daño, Héctor, no…
Ángel de la Muerte.
¿Qué?
¿Qué ha dicho?
¿Me ha llamado…?
—Solo déjanos hablar, no tenemos por qué…
Risas.
No solo una risita, la verdadera risa de Héctor.
Profunda, cruda, casi alegre.
Todo su cuerpo se sacudía con ella, su cabeza echada hacia atrás.
Incluso se le asomaron algunas lágrimas a los ojos mientras arrojaba el cuchillo a un lado, casi doblándose por la mitad.
Los agentes del ISB dudaron, intercambiando miradas confusas.
Incluso el agente que se había estado arrastrando para alejarse se quedó helado, mirando a Héctor como si hubiera perdido la puta cabeza.
Bajaron las armas.
La mujer, aún firme, entrecerró los ojos.
—¿Qué es tan gracioso?
—Ese hijo de puta entró como si fuera a prueba de balas…
—se rio de nuevo, negando con la cabeza—.
Luego aparecéis todos vosotros como si esto fuera el puto plató de una película.
¿Y la mejor parte?
Su risa se apagó tan rápido como había llegado.
Su mirada se clavó en la de ella, su sonrisa desapareció.
—Me llamaste algo que solo mi jefe merece.
El silencio se asentó como un pesado fardo en el aire.
Por primera vez, la confianza de la mujer flaqueó.
—Esta va a ser la mejor puta historia que contar a mis amigos.
Héctor se rio de nuevo, fuerte y despreocupado, como si todo fuera una broma.
Pero entonces, se movió.
Rápido.
Antes de que la mujer pudiera reaccionar, estaba justo delante de ella.
Sus dedos apenas rozaron su barbilla, obligándola a mirarlo.
Demasiado cerca.
Demasiado rápido.
Demasiado peligroso.
—¿Me estás diciendo que…?
—sonrió—.
¿Habéis venido todos aquí…
os habéis metido de lleno en mi negocio y ni siquiera sabíais quién coño soy?
Silencio.
Los agentes del ISB no se movieron.
Tampoco sus hombres.
Nadie ni siquiera respiraba.
Héctor inclinó la cabeza, con una falsa curiosidad en la voz.
—¿O, más importante aún…
quién es mi jefe?
La mujer intentó mantener la compostura, pero él lo vio: el destello de duda, la vacilación.
No lo sabían.
Su sonrisa se ensanchó.
—Sois todos jodidamente estúpidos.
La soltó con un golpecito seco en la mejilla, dándose la vuelta mientras reía de nuevo.
—El dinero os está cegando, ¿no es así?
Todo lo que veis es la pasta, el poder, así que entráis aquí como si fuerais los putos amos, pensando que podéis exigir cosas.
Entonces, con la misma rapidez, la risa desapareció.
Su mirada se clavó de nuevo en ella.
—Deberíais haber hecho vuestros putos deberes, pero el cargamento ya va con retraso y me habéis hecho perder el puto tiempo.
¿Y ni siquiera tenéis un dron?
Patético —escupió—.
Así que largaos de aquí de una puta vez.
Y tú…
—Héctor señaló al agente en el suelo, que todavía se agarraba la ceja sangrante—.
Idiota de mierda, vete a rebuscar en algunos archivos ultrasecretos sobre James Bellini.
Quizá entonces te des cuenta de lo mucho que la has cagado.
La mujer dudó una fracción de segundo, pero Héctor lo vio.
Ese destello de miedo.
Héctor lo captó al instante.
Su sonrisa socarrona se acentuó.
—Ohhh…
has oído el nombre, ¿verdad?
Ella no respondió.
Pero su silencio fue una respuesta en sí misma.
Los otros agentes también se dieron cuenta.
Uno de ellos, de pie detrás de ella, susurró: —¿Quién demonios es James Bellini?
Ella no se giró.
No habló.
Porque había oído ese nombre antes.
En susurros ahogados.
En informes clasificados que apenas tenían detalles.
En conversaciones que terminaban con gente desapareciendo.
James Bellini no era solo un nombre.
Era un mito.
Un fantasma.
Una pesadilla susurrada en los lugares donde existía el poder.
Y ahora, ella estaba de pie bajo su sombra.
—Estás temblando.
Déjame adivinar, no recuerdas dónde lo oíste, ¿eh?
O quizá sí, pero esperas estar equivocada.
Rezas para que sea otro James Bellini.
Finalmente habló.
Su voz era baja, cautelosa.
—Ese nombre…
no debería existir.
Héctor soltó una risa fría.
—Oh, cariño…
—se acercó tanto que estaba pegado a su cara—.
No solo existe…
sino que acabas de hacer que se fije en ti.
La fuerte bocina de un barco rompió la tensa atmósfera.
—Bueno, gracias a todos por esta increíble actuación —dijo, volviéndose hacia ellos y riendo—.
Volveré mañana, así que si tenéis alguna otra actuación, por favor, venid.
¿Cómo podía pasar algo así en la vida real?
Todavía dudaba si era el plató de una película, una broma o alguna otra cosa.
Pero, sobre todo, una cosa…
Quería un dron…
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