Fingiendo ser un capo intocable - Capítulo 273
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273: ¿A sus espaldas?
273: ¿A sus espaldas?
El momento que compartieron fue como si todo se hubiera detenido, como si él no fuera quien era, y por un instante fue bueno… el silencio, el calor del sol, el abrazo y su significado.
Todo era tan… tranquilo y reconfortante.
Sin embargo, no todo el mundo tenía el privilegio de estar tan tranquilo.
El propio Finn se encontraba en la operación más grande desde que estaba con la familia.
—¿Cuánta agua es esa?
—preguntó Jack.
—Mucha, no sé, pero compra el más grande para no tener que andar jodiendo con eso —respondió Finn mientras miraba el portátil.
Literalmente, solo estaban comprando todo lo que necesitaban para trabajar con las drogas.
—¿Y qué hay de los aspersores?
Hay un montón de opciones —dijo Jack mientras ojeaba todas las posibilidades como si tuviera la más remota idea de lo que eran.
—Por arriba necesitamos de los que nebulizan, y luego una tubería que vaya a las macetas para regar las raíces —explicó Finn—.
Así que necesitamos eso —señaló a la pantalla—, y la línea del sistema de tuberías de la izquierda.
—Volvió a señalar, pero Jack se quedó un poco confundido.
—Pero… ¿no vamos a montar un invernadero?
—lo miró—.
No necesitamos macetas, solo un bancal o como se llame.
—Sí, pero primero tenemos que experimentar y luego ampliar la producción.
En macetas se podrá mover y no tendremos que desenterrar nada.
Así que hasta que no estemos cien por cien seguros de lo que necesita, de cuántos cuidados y cosas por el estilo, lo haremos en macetas.
Jack parecía aún más confundido.
—¿Espera, estamos hablando de la Greenweed o de la magia blanca?
Es que las raíces de la magia blanca son demasiado grandes y pueden romper una maceta.
—Greenweed, Jack —lo miró Finn—.
Sé que James querrá la Greenweed pura y, por supuesto, de la que pega fuerte.
Tenemos que experimentar con ellas para ver cuánta agua, fertilizante y otras cosas necesita para ser de las potentes.
—Ah, aunque hay gente que sabe cómo cuidarla… pero ya veo que no quieres que nadie de fuera se entere de la producción.
—Sí, Jack lo había entendido bien.
Era mucho mejor idea experimentar que salir a buscar a gente con experiencia en la Greenweed, gente que pudiera delatarlos, decir dónde estaban los almacenes y los invernaderos, y que luego sus enemigos los jodieran.
—Entonces, aspersores de nebulización y tuberías para las macetas… Mierda, entonces necesitamos macetas especiales a las que se pueda acoplar la tubería, una bomba que suministre el agua desde el depósito y todo el sistema de riego… va a ser caro.
—Pero nos dará millones —le dijo Finn dándole una palmada en el hombro mientras sacaba sus notas—.
En un almacén-invernadero caben, digamos, ciento cincuenta.
¿Cuál es el alcance efectivo de los aspersores?
Jack hizo clic en el enlace.
—Dice… que nebuliza hasta un metro y medio, pero depende de la altura a la que se coloque.
—Entonces un aspersor puede nebulizar tres plantas, así que necesitamos cincuenta aspersores por almacén.
Tendremos seis, así que añade trescientos cincuenta aspersores al carrito, y seis sistemas de riego, seis depósitos, seis bombas, novecientas macetas y tuberías, y una línea de riego de unos quinientos metros.
—Joder, van a pensar que somos una puta empresa de flores o unos agricultores —se rio Jack mientras añadía las cosas al carrito.
—Si lo piensas, lo somos —rio Finn entre dientes—.
Aunque esto es solo una prueba.
Si funciona, construiremos otros mejores y más eficientes.
—Para ser una prueba, gastarse cuarenta y tres mil es una pasada —dijo mirando a Finn—.
Y aún no hemos añadido los fertilizantes y otras mierdas, como las lámparas.
Sí, las lámparas que hacían falta para que la Greenweed creciera más rápido.
—En realidad no las necesitamos.
Los invernaderos tendrán luz de sobra y el almacén tiene tragaluces que dejan pasar la luz natural.
Si no, pues cortamos el techo y ponemos más —dijo como si fuera constructor o algo por el estilo mientras repasaba sus notas.
Jack volvió a reírse y negó con la cabeza.
Era una puta locura.
De la nada, Finn lo llamaba, aparecía y, sin tener ni idea, se ponían a montar una granja de drogas… aunque era emocionante.
—¿Qué dirección pongo para la entrega?
—preguntó Jack.
—La de la inmobiliaria.
Ya les he informado de que nuestro paquete llegará allí y de adónde tienen que llevarlo.
—Aun así, parece arriesgado, ¿no?
Si hasta un ciego vería que esto es para montar algo ilegal —dijo Jack mientras se disponía a pedirlo todo.
—Podrían denunciarlo, sí, pero lo tenemos todo de nuestra parte, así que no te preocupes —dijo Finn, dándole otra palmada en el hombro—.
Pero no te olvides de tu trabajo.
—Seleccionar gente para la jardinería… El mejor trabajo del mundo —suspiró, recostándose en la silla.
—No solo para jardinería.
Quiero gente que sea cuidadosa.
Un movimiento en falso y todo se puede ir a la mierda.
Ah, y hablando de equivocarse, pide también mascarillas homologadas y trajes químicos con pulverizadores, pero solo de bombeo o eléctricos.
Eso es todo.
En ese momento, al oír a Finn, Jack tuvo la sensación de que, joder, de verdad podía cagarla con la gente que eligiera, porque si las cosas salían mal, se irían a la basura millones.
Empezó a estresarse.
Sin embargo, le quedaba una pregunta.
—¿Qué hay de la magia blanca?
—Esa tarea se la he encargado a Pipa.
Estuvo en Dennus con Héctor e incluso visitó los campamentos, así que tanto él como los trabajadores que estuvieron allí preparando la magia blanca saben lo que se hacen.
Explicó Finn, y tenía mucho sentido.
Dárselo a los que estuvieron sudando la gota gorda y acabaron acribillados por los mosquitos en la selva era la mejor opción.
Sabían qué hacer y cómo hacerlo, y eran de la familia, no gente de fuera.
Un paso que ahorraba mucho tiempo.
—¿Alguna otra pregunta antes de irme?
—le preguntó a Jack.
—Sí, esa sobaquera doble… ¿es eficaz o la llevas por la pinta?
—sonrió, porque la verdad es que Finn tenía un aspecto imponente con ella.
—Por la pinta, claro.
Si hasta tengo licencia de armas —sonrió—.
Pero no es muy práctica, al menos para mí.
A veces también llevo chaleco antibalas y es un coñazo, aunque para eso tengo un arma de respaldo en la cintura.
Lo sorprendente del asunto era que Finn de verdad tenía licencia de armas, e incluso permiso de porte.
—Ah, ¿entonces solo usas las dos pistolas para molar?
—Claro, imagínate que entro por la puerta y saco las dos pistolas como un puto amo —dijo, haciendo un gesto con las manos como si disparara.
Ambos se rieron y Finn ya se disponía a marcharse cuando un fuerte estruendo resonó por todo el almacén.
Luego otro, y otro… Era un sonido ahogado, que venía del interior de algo y, en cuanto Finn miró en dirección al ruido, comprendió al instante lo que estaba pasando.
Eran seis barriles.
—¿No es demasiado cruel?
—preguntó volviendo la vista hacia Jack, que seguía sonriendo, pero con una mirada distinta en los ojos.
—Me sorprende bastante oírte decir eso.
—Sí, pero no suelo encerrarlos en un barril para que se asfixien —dijo, volviendo a mirar los barriles, leyendo la etiqueta y luego a Jack—.
Meterlos en barriles de petróleo… es una barbaridad, no tiene nada de elegante.
—Bueno, puede que sea una barbaridad, pero se lo merecían.
Esas ratas llevaban unos días por todas partes, literalmente: forzando coches, almacenes, todo… una puta pandilla… aunque ya no lo son.
—Ah, ¿intentaron robar este almacén?
—preguntó Finn, porque era una estupidez… ¿Qué podía haber para unos ladrones en un almacén destartalado a las afueras de la ciudad?
Nada… al menos, ahora no había nada, porque en su día estuvo lleno de dinero, armas y magia blanca.
—Bueno, el almacén no, pero sí los coches de fuera.
El cabrón se puso a reventar la ventanilla con un bate sin parar, mientras otros cinco lo cubrían con pistolas.
Pero cuando se dio cuenta de que la ventanilla no se rompía, fueron a por otro coche.
Era el de uno de los trabajadores, que no estaba blindado, pero la cagaron igual porque la alarma empezó a sonar a gritos y les echamos el guante.
—¿Sin disparos?
—preguntó Finn, y Jack soltó una carcajada de nuevo.
—Esos capullos —dijo señalando los barriles—.
Tenían dinero para pistolas pero no para balas, ni una sola.
Y no solo eso, encima se pusieron a hacer sus putos signos de pandilleros para intentar intimidarnos, pero en cuanto vieron que nosotros teníamos armas de las grandes con balas de las grandes, se quedaron helados y suplicaron por sus vidas como unas putas nenazas.
—Vaya, al menos os entretenéis de vez en cuando —dijo Finn mientras cogía su chaqueta, echando una última mirada a los barriles y a Jack—.
Nos vemos.
—Se dio la vuelta y lo saludó con la mano, pero no llegó a dar ni un paso.
—Finn —lo llamó por su nombre—.
¿Y qué hay del… ya sabes, el negocio?
Héctor no ha dicho nada y los compradores están…
—James… —se volvió—.
…bueno, él todavía no sabe nada.
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