Fingiendo ser un capo intocable - Capítulo 322
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322: Pura mierda.
322: Pura mierda.
Ahora, completamente equipados y con los subfusiles en las manos, estaban listos para salir, aunque Sofía tenía ciertas reservas al respecto, algunas de ellas alarmantes.
Es que todo el rollo, todo el asunto del NSBI, seguía siendo una cagada para ella, y ahora que llevaba su uniforme, equipada con una jodida granada… estaba, bueno, un poco preocupada por todo.
Aunque sabía de sobra que no podía morir y que todo ese equipo se lo habían dado por esa misma razón.
—Así que vamos con estas preciosidades —dijo Benjamín mientras volvían a bajar al garaje subterráneo, que era enorme, pero más enormes aún eran los vehículos que estaban allí alineados.
Y Sofía tuvo aún más claro que toda esta operación no iba a ser encubierta ni en la sombra, lejos del ojo público… qué va, porque todo el mundo iba a saber que algo pasaba en cuanto el convoy de vehículos saliera del NSBI.
A lo que Benjamín se refería como «preciosidades» eran más bien vehículos militares, pintados completamente de negro con el emblema del NSBI encima… Y no solo eso, sino la torreta en el techo con una calibre .50 montada… Parecía más que iban a una guerra que a simplemente a por unos criminales.
—¿No es esto demasiado?
—preguntó Sofía mientras observaba la fila, donde había más de treinta de esos vehículos militares—.
Quiero decir, si alguien saca una foto, saldrá en todas las noticias.
Sí, eso era lo más preocupante, no tanto por los vehículos, sino porque si la foto se hacía viral, la gente a por la que iban sería alertada con bastante rapidez.
—Por eso establecimos los tres niveles —empezó Benjamín—.
De las amenazas de nivel uno se encargará nuestra unidad de respuesta rápida.
Les harán una redada con helicópteros y vehículos de incógnito, luego vienen las amenazas de nivel dos, donde de nuevo agentes encubiertos harán la redada, y nosotros vamos a por el nivel tres con estos vehículos —explicó.
—Así que es solo para fardar, ¿eh?
—preguntó ella.
Benjamín soltó una risita.
—Bueno, bajo la ley de la Emergencia Nacional podemos actuar como queramos, pero lo más importante es que necesitamos demostrarle a la gente que nos lo tomamos en serio y, cuando vean estos vehículos, pensarán: «Vaya, de verdad lo están haciendo».
Y, por supuesto, infundirá miedo en todos y cada uno de los criminales; que sepan que fuimos nosotros —explicó, y bueno, tenía razón en lo que decía.
Ver cómo revientan a los criminales, a los que se consideran de alto nivel, los que tenían poder, infundirá miedo en esos pequeños cabrones.
Al ver helicópteros militares, vehículos militares, agentes totalmente equipados, se cagarán encima, mientras que, por otro lado, el gran público aplaudirá.
Sí, la gente aplaudiría, se sorprendería de que de verdad hubiera pasado y, bueno, el as en la manga de Benjamín eran los políticos.
La gente que él, Linda y todos los demás habían elegido cuidadosamente para ser arrestados porque tenían las pruebas con las que podían respaldar toda la operación.
Eligieron a veinticuatro políticos, todos ellos viviendo a todo lujo como putos barones, y uno de ellos es el ministro de transportes, que se… bueno, se llevará una sorpresita, aunque no pueden morir.
Ese es el plan: los criminales pueden morir, a nadie le importa una mierda, pero los políticos no, ellos no pueden morir.
Necesitan atraparlos vivos y luego ponerlos delante del público, exhibirlos como un puto trofeo y entonces hacer lo que han prometido.
Ejecutarlos, como en los tiempos del siglo XVIII, aunque la diferencia sería que se haría con la horca o la guillotina, quizá incluso en una pira humana.
No, se haría mediante un pelotón de fusilamiento o una inyección que sería retransmitida en directo en todas las televisiones nacionales.
—Así que seguís siendo los mismos hijos de puta.
—Sofía negó con la cabeza mientras lo decía, mirando a Benjamín a los ojos—.
Lo hacéis solo para mantener vuestro estatus, no por voluntad propia, sino porque hay que hacerlo para conservar vuestro puesto y evitar que la gente se rebele de una puta vez… Genial.
Vaya, había dado en el clavo.
No solo eso, sino que con sus palabras fue como si apuñalara a Benjamín en el corazón, porque tal y como lo dijo, sonó… realmente mal.
—En realidad no.
Sabes que necesito permanecer en mi puesto, es una maldición, porque si dimito, todo se irá a la mierda.
Si Linda dimite, o Thomas o Stephen, de nuevo todo se irá a la puta mierda.
Todos los que estamos metidos en esta mierda necesitamos permanecer en nuestros puestos para que todo siga funcionando, aunque sea absurdo y desafíe a la realidad.
—Eso es exactamente lo que he dicho.
Aunque hoy en día un gobierno puede caer por la voluntad del pueblo, y así es como empiezan las guerras civiles, es porque el gobierno es un puto desastre de incompetentes como lo erais vosotros, y la única razón por la que el gobierno ha sobrevivido hasta ahora es que la gente se volvió insensible a la corrupción al convertirse en algo cotidiano, pero… —dijo, sin apartar la mirada de él—.
…si no fuera por Lucian, Bellini, Silas o el Círculo, el gobierno ya habría caído.
Silencio… uno denso, porque sí, era verdad.
La mafia había ayudado a miles de personas a conseguir trabajo para que pudieran pagar el alquiler y simplemente vivir sus vidas.
Todo lo que ella dijo era verdad… pero la cuestión es que solo hace falta una voz para encender la mecha, y la oposición llevaba meses haciéndolo.
Aunque… arrestaron al líder de la oposición porque, bueno, estaba incitando a la violencia, si bien eso ocurrió tras la Emergencia Nacional, lo que calmó los ánimos en torno a su arresto y sus ideas.
—Sí, bueno, no es momento para una lección de historia ni para buscar soluciones y problemas.
Todo el mundo sabe lo que está mal y ahora podemos actuar, así que… subamos, Sofía, y vámonos —dijo Benjamín sonriendo, pero su sonrisa no era sincera; no, estaba harto de todo.
Todo el mundo repetía siempre lo mismo.
Sí, la habían cagado, todo el mundo lo sabía.
¿Por qué cojones tenían que decirlo cada vez?
—Vamos, Sofía, sube —dijo él una vez más, ofreciéndole la mano, aunque ella no la aceptó.
Qué va, subió por su cuenta, demostrando que no necesitaba la ayuda de una mano que pertenecía a un federal.
Bueno, Benjamín sabía que no sería como con James; no, el ambiente iba a estar caldeado, pero a decir verdad, ese era el estado de ánimo adecuado para matar a unos cuantos.
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