Fingiendo ser un capo intocable - Capítulo 354
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Capítulo 354: El secreto de Ferucci.
Literalmente, todo el mundo estaba librando sus propias batallas, y la razón era que la cantidad de sangre y muerte que cargaban en sus manos no hacía más que remover cada trauma enterrado en su interior.
El temor de Sofía por el NSBI, la lucha interna de Benjamín con el pasado, el miedo de Linda a la catástrofe si todo salía mal, los demonios propios de Steven y Thomas… y la lista de nombres seguía, a excepción de una persona.
Una única persona que no albergaba esos demonios ni ese miedo en su interior… Héctor.
Todo lo que él tenía era ira y furia en su interior, ¿pero miedo? No, no sentía miedo, aunque lo deseaba. Quería sentir miedo, del de verdad, sobre todo después de que Xavier y los traidores lo decepcionaran, en el momento en que podría haberlo sentido… pero no.
Ni siquiera cuando le dispararon sintió nada… ¿Y por qué iba a hacerlo?
Su familia estaba en buenas manos, escondida y preparándose para volar a Maraci y estar en un palacio seguro, y la muerte no significaba nada para él, pues sabía que tarde o temprano llegaría.
Sí, más que miedo, sentía ira y furia contra aquellos que querían joderlos… pero eso también desapareció, porque no había nadie a quien matar… no quedaba nadie en el hampa, ni siquiera en la familia.
Ordenó la ejecución de más gente, incluso mató a algunos con sus propias manos, y después, con Dani y un par de personas más, registraron el almacén en busca de pistas sobre una filtración, pero no encontraron nada importante en ninguna parte.
Eran buenos, y por eso, él estaba tranquilo… quizás demasiado tranquilo para alguien a quien habían tiroteado horas antes, cuya familia había sido atacada… A lo mejor no era calma, después de todo, sino pura decepción… y por eso estaba con él.
—Tío, sé que te habría encantado verles las caras…, despellejarlos tú mismo. Toda esta historia es una locura, debería estar en un libro o en una película… —explicó mientras comía unas gominolas—. Aunque tengo que confesarte algo… De verdad pensaba que eras gay. O sea, no hay ningún problema con ser gay, solo que sería tan… diferente, por así decirlo, y lo pensé porque nunca te vi con ninguna chica ni oí rumores sobre ti. Pero ahora estoy seguro de que tienes a alguien, y te esforzaste al máximo por ocultarlo, ¿eh?
Antes de volver a preguntar, miró un jarrón que había sobre la mesa con un precioso ramo de flores de todos los colores imaginables. Era un poco demasiado grande, como una carta de amor en sí mismo. —¿Pero quién? ¿Quién puede ser? Nunca he visto ninguna pista… o quizá tu cambio radical fue por eso. Imposible. Los dientes blancos, el corte de pelo, la piel suave… Joder, debería haberlo sabido. Por eso cambiaste de verdad, cabrón, y decías que era por James, Dios mío… ¿escondiéndonos una tía? Hijo de puta.
Héctor se rio, pero el silencio que siguió fue… demasiado.
Ni siquiera era silencio. No, era un silencio lleno del pitido de la máquina a la que estaba conectado Ferucci, manteniéndolo con vida mientras su cuerpo yacía allí, inmóvil, como si durmiera.
—Llevo dos horas seguidas hablando… ¿y ni siquiera puedes responderme algo? —Lo miró, observando su rostro, los ojos cerrados, la respiración constante, y se rio de nuevo—. Es tan morboso, pero espero que estés de acuerdo conmigo, tío. La verdad es que echo de menos tu estúpido culo.
Su voz cambió, bajó de tono por un segundo mientras se reclinaba en la silla. —Descubrí tu secreto, así que déjame contarte uno de los míos… Yo…
—¿Disculpe? —dijo una voz a espaldas de Héctor, desde la puerta. Cuando se giró, lo supo… supo jodidamente bien que había llegado la hora… la del secreto de Ferucci.
—¿Eh, hola? —respondió él, y estaba emocionado, porque la mujer que tenía delante era… despampanante.
Piel morena clara, ojos verdes, un largo pelo negro y rizado, y su cuerpo también era… una auténtica locura… costaba creer que Ferucci lo hubiera conseguido.
—¿Conoce a Ferucci? —preguntó ella, un tanto confundida por lo que estaba pasando y por qué ese hombre de aspecto intimidante estaba allí.
—Sí, somos compañeros en la… —Se le olvidó. Estaba tan aturdido que se olvidó de todo el asunto, de que lo de Ferucci siendo un agente era una farsa en el otro hospital.
Y ella se dio cuenta; una sonrisa cruzó su rostro. —¿La agencia, verdad? —preguntó con una risita—. Me dijo que es un secreto que trabaja para ellos.
—Entonces ya lo sabe —respondió Héctor mientras le tendía la mano—. Soy Héctor, su compañero desde hace años. Supongo que es usted un familiar.
—Soy su novia, Victoria Mandell. Pensé que le habría hablado de mí docenas de veces, ¿no? —preguntó, soltando una pequeña risa.
—En realidad, no hablamos de asuntos personales en el trabajo —respondió Héctor, aunque seguía sorprendido. La estaba mirando fijamente, pensando cómo coño se las había arreglado Ferucci para ligarse a una chica como ella… y, además, cómo había sido capaz de mantener la boca cerrada sobre a qué se dedicaba realmente.
—No me ha dicho su apellido —dijo Victoria mientras se sentaba al lado de Ferucci, cogiéndole la mano y alzando la vista hacia Héctor.
—En realidad no pue…
—Bellini… ¿verdad?
Silencio. Héctor se quedó helado… y no fue por sorpresa o confusión… no había confusión alguna. La razón por la que se paralizó fue que sabía lo que significaba que ella supiera sus nombres, sabía lo que tenía que hacer y, en ese preciso instante, recordó por qué estaban todos solteros.
Todo el momento de saber por fin con quién se follaba Ferucci se hizo añicos en un minuto.
—Lo tiene escrito en la cara. Cómo lo sé, ¿verdad? —rio entre dientes, aunque apretó visiblemente con más fuerza la mano de Ferucci—. Ferucci dejaba su pistola desatendida muchas veces cuando estaba en casa… y me di cuenta de que era demasiado brillante, parecía tan extraña, que la curiosidad me pudo. —Alzó la vista hacia Héctor con los ojos llenos de lágrimas—. Cuando la saqué de la funda… me quedé atónita. Una preciosa pistola de plata brillante, con grabados por todas partes, flores y un nombre… Bellini.
La puta pistola… fue el primer pensamiento de Héctor… que la puta pistola que muchos de ellos tenían, con su grabado, el nombre de Bellini, las flores, los santos, los símbolos, las pistolas brillantes… una que hasta él mismo poseía. ¿A que era gracioso?
Sabía a ciencia cierta que llegaría un momento en que, por culpa de una puta pistola y un grabado, surgiría un problema, y ahora el problema estaba allí, sentado frente a él, aferrando la mano de Ferucci y mirándolo con los ojos llorosos.
—Yo… al principio pensé que era una marca de pistolas… pero lo busqué. —Las lágrimas le rodaban por las mejillas—. Pero lo que apareció no fue una marca de pistolas… lo primero que salió fue el funeral de un gánster muy conocido, Augustus Lucian, y fotos de los que asistieron… y allí estaba él. —Miró de reojo a Ferucci, con la voz baja—. Estaba allí, de pie a tu lado… y al lado del hombre del que los periodistas independientes susurran que es el heredero del imperio de Augustus. —Con una leve sonrisa en el rostro, miró a Héctor—. Un gánster.
Era imposible ocultarlo, era imposible creer que nadie hubiera sacado una foto, que nadie hubiera sido lo bastante valiente como para hacerlo. Un periodista independiente lo hizo, tomó una fotografía mientras estaban de pie alrededor del ataúd vacío de Lucian, y en la foto, allí estaban.
James, Héctor, Ferucci, Charlotte, Bella, incluso la familia Silas.
La primera foto de alta calidad que llegó a las redes sociales y a un portal de noticias en línea, pero nadie le dio mucha importancia, ya que solo era un rumor que el joven llamado James Bellini era el heredero del imperio de Agustus… nadie sabía realmente quién era él, solo eran suposiciones y rumores.
Aun así, la foto era real, y Ferucci salía en ella, y a ella no le costó mucho buscar el nombre… Ferucci Bellini, y ahí estaba. Más rumores sobre aquel hombre, los mismos que Rafael había leído y anotado en sus diarios.
—¿Sé… demasiado? —volvió a oírse su voz, pero no miraba a Héctor… Sus ojos estaban fijos en Ferucci, como si se lo preguntara a él.
—Si supieras demasiado… estarías aterrorizada de él —le respondió Héctor mientras caminaba hacia la puerta—. No le veo nada de malo… pero eso puede cambiar, y si cambia, Ferucci se despertará y su novia no estará por ninguna parte.
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