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Fragmento de lo Infinito - Capítulo 16

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  3. Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 Verdaderas Intenciones
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16: Capítulo 16: Verdaderas Intenciones 16: Capítulo 16: Verdaderas Intenciones La ciudad se alzaba majestuosa bajo el manto de la noche eterna, una metrópolis de arquitectura gótica cuyas altas torres parecían arañar el cielo.

No había antorchas ni fuego; las estructuras estaban bañadas por un resplandor pálido y fantasmal que parecía emanar del mismo suelo, otorgando a las calles adoquinadas una belleza etérea pero gélida.

Biel y su grupo avanzaban con cautela, sus pasos resonando demasiado fuerte en el silencio sepulcral.

Sus sentidos estaban al límite.

Había algo en el ambiente que les resultaba profundamente incorrecto: una calma antinatural, una quietud de depredador que contrastaba con la violencia que habían enfrentado hasta ahora.

Sarah, quien caminaba encogida para ocultar su rostro bajo una capucha, fue la primera en romper el silencio, incapaz de contener su nerviosismo.

—Esto no es normal —susurró, con la voz temblorosa—.

¿Por qué nadie nos ataca?

¿Por qué no hay hostilidad hacia nosotros?

Especialmente hacia ustedes, que son humanos.

En este lugar, deberíamos ser presas, no invitados.

Sus ojos brillaban con desconfianza bajo la tela, escaneando cada sombra.

Antes de que alguien pudiera aventurar una respuesta, una figura emergió de la penumbra.

Era un vampiro noble, de postura elegante y movimientos fluidos.

Su capa negra ondeaba ligeramente con una brisa inexistente, y sus ojos escarlatas se clavaron en el grupo con una mezcla de curiosidad científica y superioridad arrogante.

—Bienvenidos al dominio de la noche —dijo con una voz suave como la seda—.

El Gran Rey Vampiro Lip los espera.

Por favor, acompáñenme.

Hizo una reverencia teatral, invitándolos a pasar.

Biel intercambió una mirada rápida con Acalia.

Ella asintió con firmeza, su rostro impasible calculando las probabilidades.

Aunque la situación apestaba a emboscada, estaban en territorio enemigo y rodeados; no tenían otra opción real más que seguir el juego.

Mientras caminaban tras el noble, la inquietud de Biel creció hasta convertirse en una presión física en su pecho.

La actitud servicial del vampiro y la paz artificial de la ciudad disparaban todas sus alarmas.

Fue entonces cuando la voz resonó en su cabeza.

No era un pensamiento propio, sino una presencia antigua, grave y cargada de una oscuridad abismal.

Era Monsfil.

«Portador, cuidado.

El aire apesta a traición.

Esto es una trampa.» Biel apretó los puños, disimulando su reacción, y respondió mentalmente con determinación: «Lo tomaré en cuenta.

Desde que cruzamos las puertas, algo se me hacía raro.

Mantente alerta.» El grupo continuó su marcha hasta llegar a las fauces del imponente palacio real.

Las gigantescas puertas de hierro negro se abrieron solas con un chirrido profundo que pareció un lamento, revelando un interior opulento.

El noble los guio a través de interminables pasillos decorados con candelabros de cristal que proyectaban una luz tenue y sombras alargadas, hasta llegar a la Sala del Trono.

Allí, la atmósfera se volvió densa, casi irrespirable.

Sentado en un majestuoso trono tallado en una sola pieza de obsidiana, se encontraba Lip, el Rey Vampiro.

Su expresión era tranquila, pero emanaba una autoridad absoluta que helaba la sangre.

Sin embargo, lo que más llamó la atención de Biel no fue el rey, sino quien estaba a su lado: un joven vampiro de porte regio, pero con una mirada completamente vacía, como una muñeca de porcelana sin alma, que permanecía inmóvil junto a su señor.

—Saludos, humanos —dijo Lip, con una voz profunda y melodiosa que pareció vibrar en los huesos de los presentes, dulce como la miel pero pesada como el plomo—.

Me complace enormemente que hayan aceptado mi invitación.

Acalia, tensa como una cuerda de arco, dio un paso adelante.

Su mirada se clavó en el rey con una intensidad desafiante.

—Olvidemos los saludos —espetó, su voz resonando con frialdad—.

¿Qué deseas de mí y de mis acompañantes?

Una pequeña sonrisa, casi imperceptible y terriblemente satisfecha, se dibujó en los labios de Lip.

Se recostó cómodamente en su trono de obsidiana, como un gato que acaba de atrapar al ratón.

—Quiero que te cases con mi hijo, Muskar —anunció con calma, señalando al joven de mirada vacía a su lado—, para que el antiguo pacto entre humanos y vampiros no se rompa.

La declaración cayó sobre el grupo como un balde de agua helada.

Acalia frunció el ceño, confundida, abriendo la boca para replicar, pero las palabras parecieron morir en su garganta.

Antes de que el silencio se alargara demasiado, Biel intervino, dando un paso al frente para protegerla.

—Y ¿qué tiene que ver esto conmigo?

—preguntó, intentando mantener la calma aunque su corazón latía desbocado.

Lip desvió su atención lentamente hacia Biel.

Sus ojos escarlata brillaron con un interés renovado, una mirada penetrante que hizo que el joven se sintiera desnudo, como si el vampiro pudiera leer cada uno de sus secretos.

—¿Tú?

—Lip soltó una risa suave—.

Simplemente quería conocerte.

Eres famoso en todo el mundo, chico.

Tu llegada, marcada por esa extraña luz que rasgó el cielo, salvó a algunas criaturas…

y destruyó a otras.

Me resulta sumamente curioso que alguien con tanto poder, capaz de traer la muerte con su sola presencia, esté parado aquí tan ingenuamente.

Las palabras de Lip golpearon a Biel como un mazazo físico.

El aire se le escapó de los pulmones.

¿Destruyó a otras?

La idea de que su aterrizaje en este mundo había causado muertes inocentes era algo que jamás se había planteado.

La culpa comenzó a reptar por su espalda.

Mientras procesaba esta revelación paralizante, la voz de Monsfil irrumpió nuevamente en su mente, esta vez no como un susurro, sino como un grito de guerra urgente.

«¡Portador, no le respondas!

¡Cierra la boca!

Ese vampiro tiene una habilidad maldita para controlar a quienes le contestan.

Desafortunadamente, Acalia ya ha caído bajo su poder al hablar, al igual que sus subordinados y ese cascarón vacío que llama hijo.» Biel miró de reojo a Acalia.

Su ceño fruncido se había relajado en una expresión plácida y vacía, idéntica a la del príncipe Muskar.

El pánico lo invadió.

«Pero es hora de que dejes de temblar y uses un poco de mi poder.

¡Protégete y protege a los tuyos antes de que sea tarde!» Biel cerró los ojos, bloqueando la mirada hipnótica de Lip, y respiró profundamente.

Buscó en su interior esa oscuridad que siempre temía tocar.

La energía de Monsfil, densa, fría y destructiva, respondió a su llamado, fluyendo por sus venas como un torrente de lava negra.

Apenas podía contenerla; sentía que sus huesos iban a estallar.

—¡AAAAHHH!

—con un grito gutural, Biel liberó la energía.

No fue una luz heroica, sino una onda expansiva de oscuridad pura, una versión incompleta pero brutal del poder del Rey Demonio de la Destrucción.

La energía estalló desde su cuerpo, creando una barrera física y espiritual que golpeó las mentes de sus compañeros, rompiendo violentamente los hilos invisibles del lavado de cerebro de Lip y sacudiendo los cimientos del salón del trono.

—¡Maldito vampiro!

—rugió Biel, con la respiración entrecortada por el esfuerzo de mantener su barrera—.

¿Cómo te atreves a profanar la mente de Acalia?

¡Dime cuál es tu verdadero plan!

Lip se detuvo un momento, observando la energía oscura que emanaba del joven no con miedo, sino con una fascinación casi científica.

—Al parecer, eres más especial de lo que decían los informes —murmuró, asintiendo lentamente—.

Muy bien.

Te lo diré.

No por misericordia, sino porque es una lástima que mueras ignorante.

El Rey Vampiro se levantó de su trono de obsidiana.

Su movimiento fue suave, pero su presencia se expandió de golpe, llenando la sala con una tensión sofocante, tan densa que el aire parecía haberse convertido en mercurio.

—No me interesa simplemente gobernar un reino de sombras —declaró Lip, extendiendo los brazos como si abarcara el horizonte—.

Planeo apoderarme de la estructura misma de este mundo.

Ni los dioses en sus tronos de luz, ni los Reyes Demonios en sus prisiones eternas podrán detenerme.

Con la fuerza bruta de tu destrucción y el vínculo divino de Acalia, seré invencible.

Seré el único Dios.

Mientras Lip desgranaba su blasfemia en el mundo mortal, muy lejos de allí, en un plano de existencia donde el tiempo y el espacio se entrelazan, los dioses observaban.

En el Umbral Divino, una sala construida con luz estelar y nebulosas, la tensión era palpable.

Elaris, la Diosa de la Vida, miraba la proyección de los hechos en un estanque de agua pura.

Sus manos temblaban ligeramente.

—Maldición —susurró, con la voz quebrada por la impotencia—.

Mi aprendiz…

Le puse un sello para proteger su corazón del dolor, y ahora esa misma mente está en manos de ese vampiro.

Y yo…

yo no puedo intervenir.

Desde un rincón donde la luz no llegaba, Nyxaris, el Dios de las Sombras, respondió.

Su voz era envolvente y suave, como el roce de la seda negra.

—Sabes bien por qué nuestras manos están atadas, Elaris.

Los Rifilser nos lo prohibieron.

Ellos son los Arquitectos, están por encima de nosotros, y su voluntad es una ley que no puede ser desafiada sin arriesgar la existencia misma.

Solaryon, el Dios de la Luz, cuya armadura brillaba con la intensidad de un sol al mediodía, golpeó el suelo con frustración.

—¿Y qué se supone que hagamos?

—replicó, con fuego en los ojos—.

¿Esperar y observar cómo todo lo que hemos construido se desmorona por la ambición de un parásito no-muerto?

Los Rifilser pueden estar por encima de nosotros, pero este mundo también es nuestra responsabilidad.

Chronasis, el Dios del Tiempo, un ser anciano cuya túnica parecía fluir como arena, levantó una mano esquelética para calmar los ánimos.

—No olvidemos que los Rifilser actúan por el Equilibrio Universal.

Si interviniéramos directamente, la realidad podría fracturarse.

El caos resultante sería aún mayor que el reinado de un vampiro.

Nuestra tarea es guiar desde las sombras, aunque la inacción sea un veneno amargo.

Elaris suspiró profundamente, sintiendo el peso de los eones sobre sus hombros.

—Mi aprendiz, Acalia, es fuerte.

La entrené para ser inquebrantable.

Pero incluso ella tiene límites.

Si cae completamente bajo el control de Lip, no solo perderemos una aliada; el equilibrio mismo colapsará.

Nyxaris esbozó una leve sonrisa en la oscuridad, cínica pero esperanzadora.

—El equilibrio es delicado, sí, pero también adaptable.

A veces, las mayores crisis forjan a los héroes más inesperados.

Ese chico…

Biel.

Él podría ser la chispa impredecible que necesitamos.

Thalgron, el Dios de la Guerra, dio un paso al frente.

Su presencia era como un campo de batalla: violenta y decisiva.

Golpeó su lanza contra el suelo de estrellas, provocando un sonido que resonó como un trueno cósmico.

—Si uno de sus aliados debe caer para fortalecerlo, que así sea —sentenció con brutalidad—.

La paz no crea guerreros.

Biel debe aprender que el poder no es suficiente; también necesita la determinación para sacrificar lo que ama si quiere vencer.

Elaris cerró los ojos, negándose a aceptar esa crueldad, pero sabiendo que sus opciones eran limitadas.

—Aunque nuestras acciones estén restringidas por los Rifilser —dijo con solemnidad, comenzando a brillar con una luz verde esmeralda—, enviaré una bendición silenciosa a mi aprendiz.

Quizás eso le dé la fuerza suficiente para resistir desde adentro.

—Y yo haré lo propio —añadió Nyxaris, fusionándose con las sombras—.

Donde hay luz, debe haber oscuridad para sostenerla.

—Hazlo —concluyó Chronasis, con una gravedad que heló el aire estelar—.

Pero recuerda: cualquier acción que tomemos, por mínima que sea, podría inclinar la balanza de formas que no podemos prever.

Los Rifilser lo están observando todo, y su juicio es absoluto.

Mientras los dioses debatían con temor y cautela, en un plano de existencia mucho más lejano, situado en los límites de la realidad donde incluso el Umbral Divino parecía un punto distante, una figura solitaria observaba.

Era Kaito, el Tercer Rifilser.

Se encontraba de pie en medio de la nada absoluta, escuchando cada palabra de los dioses como si estuvieran a su lado.

Su rostro permanecía oculto bajo una capucha tejida con la misma materia del cosmos, pero sus ojos brillaban con una determinación que trascendía la comprensión mortal.

—Parece que las cosas se están saliendo de control —murmuró para sí mismo, su voz resonando sin eco en el vacío—.

Gracias a nuestra propia prohibición, los dioses tienen las manos atadas.

Si ellos no pueden intervenir para detener esta aberración…

entonces tendré que hacerlo yo.

Kaito dio un paso hacia adelante, y el espacio a su alrededor vibró.

Su figura se envolvió en una energía misteriosa, un poder primordial anterior a la luz y la oscuridad.

Su mente, una vasta red de probabilidades, repasaba cada detalle de su plan, recalculando variables y ajustándose a las nuevas y peligrosas circunstancias.

—El equilibrio está a punto de fracturarse —sentenció—.

Si no actúo ahora, no solo este mundo estará en peligro, sino también todos los demás conectados al Infinito.

Con un movimiento sutil de su mano, una esfera de energía pura se materializó frente a él.

No era magia común; era una ventana a la causalidad.

En su interior, las imágenes de Biel liberando su poder, Acalia bajo el control mental y la sonrisa arrogante de Lip se sucedían rápidamente, como si la esfera estuviera conectada directamente al flujo sanguíneo del destino.

Kaito fijó su vista en el joven héroe.

—Biel…

Aún no comprendes el verdadero alcance de lo que llevas dentro.

Eres una llave y un arma.

Pero pronto lo entenderás.

Y cuando llegue ese momento, cuando el peso de la verdad caiga sobre ti, necesitarás una guía que los dioses no pueden darte.

El Rifilser cerró los ojos un instante, concentrándose en las infinitas ramificaciones de lo que estaba a punto de hacer.

Sabía que descender al tablero de juego y mancharse las manos podría tener consecuencias imprevistas, pero la inacción ya no era una opción.

—El Tercer Rifilser no puede permitirse fallar —declaró, disolviendo la esfera con un chasquido—.

Si el equilibrio se rompe, todo lo que hemos protegido durante eones se desmoronará en el olvido.

Kaito desapareció del vacío, dejando atrás el silencio eterno para adentrarse en la tormenta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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