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Fragmento de lo Infinito - Capítulo 53

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53: Capítulo 52: Nueva Alianza 53: Capítulo 52: Nueva Alianza Biel se dejó caer sobre la enorme cama de su habitación en el castillo, sintiendo cómo el colchón suave lo atrapaba como si la misma gravedad hubiera decidido apiadarse de él.

Cubrió su rostro con las manos y exhaló un largo suspiro.

Su mente era un remolino de pensamientos caóticos.

—No puede ser…

—murmuró para sí mismo, observando el techo ornamentado—.

Ese viejo decrépito me vendió como si fuera un saco de trigo en el mercado.

¿Cómo demonios pasó de ser un viajero interdimensional a un prometido real?

Su ceja se crispó al recordar las palabras del rey.

Biel esperaba un desafío marcial, un duelo con el capitán del ejército, o al menos una prueba de habilidades, pero en su lugar, le habían entregado un compromiso matrimonial envuelto en la diplomacia de la realeza.

—Vaya giro argumental —suspendido con ironía.

Aine, quien flotaba elegantemente a su lado con una expresión serena, inclinó la cabeza y lo observó con curiosidad.

—¿Le ocurre algo, querido Biel?

—preguntó con una ligera sonrisa.

Biel giró el rostro hacia ella con la expresión de alguien que había sido emboscado por el destino.

— ¿Tú puedes creer esto?

—soltó, agitando las manos—.

Pensé que me harían pelear contra un general o algo así, no que terminaría en un compromiso.

¡¡Compromiso!!

¿Qué se supone que haga con eso?

Aine soltó una risa suave, casi melódica, como el tintineo de campanas en la brisa nocturna.

—Supongo que te toca aprender sobre la diplomacia humana.

Pero debo admitir que la princesa es interesante…

Biel la miró con escepticismo.

—¿Interesante?

Aine ascendió y cruzó los brazos con aire pensativo.

—Aunque no lo creas, es extremadamente fuerte.

—Hizo una pausa y luego sonriendo con cierta picardía—.

Aunque, por supuesto, no tanto como yo.

Biel arqueó una ceja, divertido.

—Ah, claro.

Porque si hay alguien que necesita un recordatorio de su supremacía, es precisamente yo.

Aine levantó una ceja en respuesta y le lanzó una mirada de fingida indignación.

—Bueno, querido Biel, no es mi culpa que la competencia sea tan…

mediocre.

—Su sonrisa era la de alguien que disfrutaba jugar con las palabras, como un gato con su presa.

Biel no pudo evitar reírse.

El ambiente en la habitación se aligeró momentáneamente con su risa.

Se acomodó mejor en la cama y miró al techo una vez más.

—Bueno…

al menos la princesa no parece una mala persona.

Aunque…

—Hizo una pausa y frunció el ceño—.

¿Cuánto tiempo crees que tarde en descubrir que no tengo ni la menor idea de lo que estoy haciendo?

Aine ladeó la cabeza con dulzura fingida.

—Oh, querido Biel, creo que ya lo sabe.

Biel puso los ojos en blanco y giró sobre sí mismo en la cama, enterrando el rostro en la almohada.

—Voy a dormir antes de que me convenzan de que este compromiso es una buena idea.

Aine dejó escapar una suave risa y flotó hasta la ventana, observando la luna iluminando el jardín real.

—Dulces sueños, prometido real.

Biel gruñó en respuesta y se cubrió con la manta, preguntándose si al despertar, todo habría sido solo un extraño sueño.

Pero en lo más profundo de su mente, sabía que no tenía tanta suerte.

Biel flotaba en la vasta negra de su conciencia, el espacio entre sueños donde el tiempo parecía doblarse sobre sí mismo.

Frente a él, emergiendo de la penumbra como una montaña viviente, estaba Monsfil, el Rey Demonio de la Destrucción Eterna.

Su presencia imponía un respeto ancestral, pero su expresión era la de alguien que había visto demasiado y ahora disfrutaba de cada pequeño giro inesperado de la historia.

—Vaya, vaya, has venido otra vez, joven portador —dijo Monsfil con una sonrisa afilada.

Biel suspir, cruzndose de brazos.

—Han pasado muchas cosas…

—murmuró, sintiendo el peso de los recientes eventos como un yunque sobre sus hombros.

Monsfil inclinó la cabeza con fingida curiosidad.

—Sí, lo sé.

Ahora tienes un compromiso con la princesa.

Tu vida parece sacada de una obra cómica, joven portador.

No como la mía hace más de doscientos años…

En aquella época todo era caos, destrucción y enfrentamientos interminables.

Pero esta era es…

más tranquila.

Incluso diría que tiene su lado divertido.

Biel lo miró con incredulidad.

—Para mí no tiene nada de divertido todo esto.

Es un desastre tras otro.

Y ahora…

¿qué se supone que debo hacer?

Parece que voy a morir otra vez.

Monsfil soltó una carcajada, su voz resonando como un trueno en la lejanía.

—Si te refieres a las demás chicas que te aprecian…

bueno, hay una posibilidad de que realmente vuelvas a morir.

¡Será mejor que vayas haciendo tu testamento y elijas un nuevo portador para el poder del Rey Demonio!

—hizo una pausa, sonriendo al ver la expresión de horror de Biel—.

Jajaja, es broma.

Ya no eres débil, joven portador.

Ahora eres capaz de superar cualquier obstáculo.

Confío en que tomarás una buena decisión y evitarás crear más malentendidos…

¡Bueno, ya es hora de que despiertes!

Biel arqueó una ceja.

— ¿Esperas que me quede tranquilo después de decir eso?

¿Qué quieres decir con “ya es hora de que despiertes”?

Monsfil alarmantemente con aire travieso.

—Alguien está entrando a tu habitación en este momento.

Biel se tensó de inmediato.

—¡Espera un momento!

¡¿Cómo que alguien está entrando?!

No me digas que es…

Monsfil se inclinó levemente hacia atrás y, con una sonrisa taimada, dijo: —No mueras, joven portador.

Antes de que Biel pudiera replicar, su conciencia se disolvió como tinta en el agua y despertó abruptamente.

Sus ojos se abrieron justo un tiempo para ver la puerta de su habitación deslizándose suavemente.

Un destello de dorado y azul entró en su campo de visión.

—Buenos días, cariño —dijo Keshia, la princesa, con una sonrisa dulce pero firme—.

Mi padre me envió porque escuché que te sentías triste.

Biel sintió que su alma dejaba su cuerpo por un instante.

—Oh, no…

—murmuró para sí mismo.

Antes de que pudiera encontrar las palabras adecuadas, una figura flotante se interpuso con elegancia entre ambas.

—Oh, querida princesa, ¡no hay necesidad de preocuparse!

Mi querido Biel no está triste porque yo estoy aquí —declaró Aine con una sonrisa radiante.

Keshia parpadeó y su expresión se endureció levemente.

—Eres tú otra vez…

—Sí, soy yo otra vez —respondió Aine con una inclinación de cabeza.

La tensión en la habitación se sintió como una tormenta eléctrica contenida en un frasco.

Keshia se giró hacia Biel, con una sonrisa reluciente que parecía una espada envainada lista para desenvainarse.

—Mi querido Biel estará bien si yo estoy con él —afirmó con dulzura.

Aine chasqueó la lengua y cruzó los brazos.

—Oh, qué coincidencia, justo lo mismo que iba a decir yo.

Biel sintió cómo un sudor frío le recorría la espalda.

Sus ojos se movieron rápidamente entre ambas mujeres como un duelista atrapado en una pelea que nunca quiso iniciar.

—¡Biel, moneda de diez centavos!

¿Prefiere el desayuno con mermelada y pan caliente o con frutas frescas?

—preguntó Keshia con una sonrisa radiante, pero sus ojos desafiaban a Aine.

—Oh, ¡pero no te olvides de un buen té preparado con un toque especial de magia!

—Aine se inclinó hacia Biel con una sonrisa juguetona.

Biel, atrapado entre las dos fuerzas opuestas del destino, sólo pudo pensar en una cosa: —¡¿Por qué me está pasando esto?!

—gritó en su mente, mientras externamente soltaba una risa nerviosa.

El sol brillaba a través de la ventana, iluminando la escena de un nuevo tipo de batalla que Biel tendría que enfrentar: la guerra de afectos.

Y no estaba seguro de que pudiera salir ileso.

El sonido de unos golpes suaves en la puerta resonó en la habitación.

Biel, todavía aturdido por el caos emocional de la mañana, se revolvió en la cama con un gruñido de resignación.

Antes de que pudiera siquiera recomponer su mente, la puerta se abrió con la precisión calculada de alguien que sabía que su llamado no podía ser ignorado.

—Señorito Biel —dijo el mayordomo con voz impecable—, el rey solicita de inmediata su presencia.

Biel parpadeó un par de veces, procesando las palabras.

Su cerebro, aún medio dormido, comenzó a funcionar lentamente.

—Ahora, ¿qué quiere este rey?

—pensó mientras se levantaba—.

No me digas que ahora me quiere comprometer con otra de sus hijas…

Se pasó la mano por la cara en un intento de despejarse y suspir.

Con un gesto resignado, ascendió.

—Bien, vamos.

El mayordomo se giró con la misma elegancia mecánica con la que había llegado y comenzó a caminar.

Biel lo siguió, su mente saltando de un pensamiento caótico a otro mientras recorrían los pasillos del castillo.

La decoración ostentosa parecía burlarse de su situación; cada lámpara de cristal y cada cuadro majestuoso parecían susurrarle “bienvenido a tu destino”.

Al llegar a la gran sala, Biel se detuvo en la entrada, sintiendo una opresión extraña en el pecho.

Una larga mesa de madera noble dominaba el centro de la estancia, y en la cabecera, sentado con una presencia imponente, estaba el rey de Claiflor.

Pero no estaba solo.

Más figuras ocupaban la mesa, todas con expresiones serias y centradas.

Biel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—No me digas que…

—pensó con un nudo en el estómago.

El rey levantó la vista y lo miró con un gesto solemne.

—Saludos, Biel.

Siéntate —dijo con una voz sorprendentemente calmada.

Biel arqueó una ceja.

Había esperado la misma energía altanera y burlona del día anterior, pero el tono del rey era completamente distinto.

No había rastro de la actitud despreocupada con la que lo había “comprometido”.

Se sentó, sin apartar la vista del monarca, como si intentara descifrar un enigma.

El rey apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos.

—Bien, es hora de que comience la reunión para ayudar a la ciudad de Lunarys.

Biel sintió un pequeño sobresalto en el pecho.

No era lo que esperaba.

Su mente tardó un par de segundos en procesar el cambio drástico de actitud.

Ayer, el rey lo trataba como un futuro yerno y hoy, como un guerrero con quien discutir asuntos estratégicos.

—Espera, ¿qué?

—murmuró en su mente, con una ceja temblando por la confusión.

El monarca continuó sin darle oportunidad de reaccionar.

—Biel, aquí están la capitana del ejército, Berty, y el subcapitán Vaer.

Ellos son los más fuertes de mi ejército y desean comprobar tu fuerza.

Quieren evaluar si realmente es buena idea que ayudemos a Lunarys.

Biel giró la cabeza y observó a los dos oficiales.

Berty, una mujer de cabello corto y mirada afilada como un cuchillo, lo miraba con un destello de interés en los ojos.

Vaer, a su lado, cruzado de brazos, tenía la postura de alguien que evaluaba el peligro de una criatura salvaje.

Biel sonriendo con cierta satisfacción.

—Esto era lo que quería desde el principio —pensó.

Al fin, un desafío tangible.

—Está bien —respondió con confianza.

El rey asentándose con un aire satisfecho.

—Bien.

Ahora mismo irán al coliseo.

Antes de que Biel pudiera siquiera asentir, la monarca chasqueó los dedos.

Un instante después, la realidad pareció desmoronarse por un par de segundos.

Biel sintió un tirón en el estómago, como si su cuerpo fuera absorbido por una corriente invisible, y cuando volvió a parpadear, ya no estaba en la sala.

Estaba en el coliseo.

El sol pegaba con fuerza sobre la arena dorada, y las imponentes grados rodeaban el campo de batalla con su grandeza inquebrantable.

Biel se tambaleó un poco, tratando de recuperar el equilibrio.

—Impresionante…

—murmuró, observando a su alrededor.

Pero no era teletransportación como la que conocía.

Había algo distinto en la manera en que había sido trasladado.

—La habilidad del rey es increíble…

aunque no es como la teletransportación de Kircle —dijo en voz baja.

—Es porque la habilidad de mi padre le permite trasladar de un punto a otro, pero no a gran escala, sino a menor escala —intervino Keshia, quien estaba a su lado.

Biel giró para mirarla, sorprendido tanto por su repentina aparición como por su tono.

—¿Keshia…?

—murmuró.

La princesa lo observaba con una expresión serena y madura, completamente distinta a la coqueta noble de la noche anterior.

Biel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Qué demonios les pasa a todos en este reino?

Ayer eran unos y hoy son otros…

—pensó con una mezcla de confusión y sospecha.

Pero no había tiempo para seguir analizando.

Frente a él, Berty y Vaer ya estaban listos.

Sus miradas eran filosas, y la atmósfera a su alrededor vibraba con una tensión electrizante.

Biel sonrió para sí mismo.

—Bueno, al menos esto sí tiene sentido.

El combate estaba a punto de comenzar.

El coliseo rugía con la expectación de un público ansioso.

Biel se mantenía en el centro de la arena, su mirada fija en Berty, quien afilaba su expresión con la emoción del combate.

—Yo sola me enfrentaré a él, que nadie se meta —declaró la capitana con autoridad, mientras los soldados y Vaer daban un paso atrás.

El rey, con un aire solemne, se levantó ligeramente de su asiento.

—Las reglas son simples: el combate termina cuando uno de los dos cae inconsciente o se rinde.

Pueden usar todo tipo de magia.

No se preocupen por la gente del coliseo, la reina usará su magia para proteger a los civiles.

Así que no se contenerán y vayan con todo.

Una barrera translúcida se expandió por las graduaciones, envolviendo el área con un brillo celeste.

La reina, con un gesto elegante, había creado un escudo impenetrable.

Ahora no había restricciones.

Berty flexionó sus piernas y una llamada emergió de sus manos.

Su sonrisa era la de una cazadora que había encontrado una presa digna.

—Ahora prepárate, porque voy a acabar con esto con un solo golpe.

Biel entrecerró los ojos y se puso en guardia.

—Veremos.

—¡Empiecen!

—tronó la voz del rey.

Berty desapareció en un parpadeo, y antes de que Biel pudiera reaccionar, un rugido ardiente surcó la arena.

—¡Corazón Ardiente!

—gritó ella.

Una ráfaga de fuego viajó a una velocidad imposible, arrancando jirones de arena y convirtiendo el suelo en lava al contacto.

Biel apenas tuvo tiempo de esquivar con un salto lateral, sintiendo el calor abrasador rozarle la piel.

Cuando se aterrizó, se giró con rapidez, su respiración acelerada.

—Vaya, es más rápido de lo que esperaba…

Berty chasqueó la lengua y lo observó con renovado interés.

—Interesante…

eres el primero en esquivar una de mis habilidades de apertura.

Parece que te subestimé.

Los ojos de Biel brillaron con una chispa desafiante.

—No soy alguien que caiga dos veces en el mismo truco.

Pero en su interior, estaba sorprendida.

No era solo velocidad, sino que su presencia desaparecía por completo en el instante en que atacaba.

Era un depredador entrenado para cazar con precisión letal.

—No queda otra —murmuró Biel, cerrando los ojos por un instante.

Y entonces, su grito desgarró el aire.

Una ola de energía oscura brotó de su cuerpo, sacudiendo la arena del coliseo como si un terremoto hubiera despertado de su letargo.

El suelo tembló, las gradas crujieron bajo la presión de su aura y la temperatura del ambiente descendió de golpe.

Los espectadores contuvieron la respiración.

Biel abrió los ojos y estos brillaban con un rojo profundo.

Su cuerpo estaba envuelto en una neblina oscura, su silueta parecía desdibujarse entre sombras vivas.

La transformación había ocurrido en un parpadeo: Biel había accedido a su forma semi perfecta de Rey Demonio.

Berty, por primera vez, no se movió.

Su cuerpo había quedado paralizado ante la pura presión del poder que emanaba Biel.

Su instinto de guerra la obligaba a moverse, pero su cuerpo no respondía.

Era como si una entidad mucho mayor la estuviera observando desde el abismo.

—¿Qué…

es esto…?

—susurró, sus labios temblando.

Las gradas se estallaron en murmullos ahogados.

— ¿Qué clase de monstruo es él?

—preguntó un soldado.

— ¿Cómo es posible que tenga un aura tan…

aterradora?

—susurró otro.

El rey, con los ojos abiertos de par en par, apoyó una mano en la mesa con fuerza.

—Ese poder…

—murmuró—, no es magia ordinaria.

Biel levantó su mano derecha con calma, apuntando directamente a Berty.

Su voz, ahora con un eco distorsionado, resonó en todo el coliseo.

—Mi turno de contraatacar.

Las sombras a su alrededor se agitaron como si un titán encadenado hubiera despertado.

Unas lanzas negras emergieron de la nada, rasgando la realidad con grietas espirales.

El aire se distorsionó alrededor de ellas, como si la existencia misma se negara a tocarlas.

—¡Espinas de Penumbra!

—pronunció Biel, y con un gesto seco, las lanzó.

Las lanzas sombrías surcaron el espacio como relámpagos inversos, cortando la distancia entre ellos en un suspiro.

Antes de que Berty pudiera reaccionar, la explosión de oscuridad la envolvió en un estallido silencioso y devastador.

Un segundo después, su cuerpo cayó a la arena, inconsciente.

El silencio absoluto reinó en el coliseo.

Biel bajó la mano lentamente, observando el cuerpo inmóvil de la capitana.

La energía oscura se disipó a su alrededor como un humo que se desvanecía con el viento.

Sus ojos volvieron a su tono normal, y su respiración, aunque agitada, se mantenía estable.

El público, los soldados, el rey, Keshia…

todos estaban atónitos.

Nadie había visto algo así antes.

—Ganador: Biel…

—anunció finalmente el rey, su voz apenas un susurro.

Pero nadie aplaudió.

Todos estaban demasiado ocupados preguntándose qué clase de ser acababan de presenciar.

El silencio todavía reinaba en el coliseo.

La arena, que minutos antes era un campo de batalla rugiente, ahora parecía una escena congelada en el tiempo.

Todos los presentes aún intentaban procesar lo que acababan de presenciar.

Vaer, con los brazos cruzados y una expresión analítica en el rostro, dio un paso adelante y exhaló con admiración.

—Eres impresionante…

—dijo, mirando a Biel fijamente—.

Aunque solo usas el 25% de tu forma de Rey Demonio.

Si hubieras ido en serio, tal vez este lugar habría desaparecido.

Biel se tensó.

Su mente empezó a trabajar a toda velocidad.

— ¿Cómo demonios lo saben?

—pensó con incredulidad.

No había forma de que alguien pudiera medir su poder con tanta precisión, a menos que…

Dirigió una mirada inquisitiva hacia Vaer, pero el subcapitán simplemente sonriendo con una mezcla de respeto y precaución.

El rey, quien hasta ese momento se había quedado con la boca abierta, por fin reaccionó.

Se pasó la mano por la barba y murmuró para sí mismo: —Solo usé el 25% de su poder…

y derrotó con facilidad a Berty?

—Tragó saliva y giró la vista hacia la reina, quien estaba visiblemente agotada.

Sus hombros subían y bajaban con pesadez.

—Usé casi todo mi poder mágico en la barrera…

—susurró la reina, limpiando el sudor de la frente—.

Si no la hubieran mantenido, el coliseo habría sido reducido a cenizas.

El rey avanzaba lentamente, luego desvió su mirada hacia Biel con un nuevo brillo en sus ojos: respeto absoluto…

y un toque de miedo.

—Es impresionante…

y aterrador.

Se inclinó hacia atrás en su trono improvisado y soltó una carcajada nerviosa.

—Definitivamente no será buena idea ponernos en su contra.

Keshia, quien hasta ahora había permanecido en silencio, cruzó los brazos y sonriendo con una mezcla de satisfacción y picardía.

—Oh, padre, me alegra que finalmente lo entiendas.

Por eso mi querido Biel es el hombre ideal para mí.

Biel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Oh, por favor, no empecemos otra vez con eso…

—pensó mientras forzaba una sonrisa tensa.

El rey dejó escapar un suspiro pesado, volviendo su atención a Vaer.

—Entonces, Vaer, después de ver esto…

¿qué decide?

Vaer miró a Biel una vez más y luego avanzando con convicción.

—Está bien.

Ayudaremos a la ciudad de Lunarys.

Sin esperar más, extendiendo su mano hacia Biel.

Por un instante, Biel dudó.

No porque no confiara en el trato, sino porque aún no comprendía del todo el cambio arrepentido en la actitud de todos en este reino.

Sin embargo, al ver la determinación en los ojos de Vaer, finalmente aceptó el gesto y estrechó su mano con firmeza.

La ayuda estaba asegurada.

El público, que aún no terminaba de recuperarse del espectáculo, se estalló en vítores y aplausos, celebrando la recién formada alianza.

Biel exhaló, sintiendo un alivio inesperado.

—Bueno…

al menos ahora podremos enfrentarnos a Domia sin preocuparnos de pelear solos —dijo con una media sonrisa.

El rey lo miró con una expresión pensativa y luego sonriendo de lado.

—Sí…

y por lo que he visto hoy, diría que la emperatriz Domia está a punto de conocer el verdadero significado del miedo.

Biel sonriendo, pero en el fondo, no podía sacarse de la cabeza una sola pregunta: — ¿Cómo diablos supo Vaer cuánto poder usé realmente…?

El bullicio del coliseo se iba apagando lentamente mientras Biel, aún con la adrenalina latiendo en sus venas, giraba hacia Vaer con una pregunta que no podía ignorar.

—Dime, Vaer…

¿cómo supiste que solo utilicé el 25% de mi poder?

Vaer emitiendo calma, cruzándose de brazos.

—Es gracias a mi habilidad única: Análisis.

—Sus ojos brillaron con un destello agudo, como si estuviera evaluando cada movimiento de Biel incluso en ese momento—.

Puedo examinar todo a mi alrededor con precisión absoluta.

Desde la cantidad de energía que un oponente libera hasta la estructura de sus ataques.

Con esa información, puedo idear estrategias en segundos.

Biel Silbó, visiblemente impresionado.

—Esa habilidad…

se parece mucho al Ojo Mágico de Gaudel.

Vaer parpadeó, su expresión cambió en un instante.

—Espera…

¿dijiste Gaudel?

—Preguntó con un tono más interesado repentinamente—.

¿Lo conoces?

Biel sin dudar.

—Sí, lo conocí en Lunarys.

Es un buen amigo.

Vaer se quedó en silencio un momento, luego dejó escapar una carcajada llena de incredulidad.

—Vaya coincidencia…

—murmuró—.

Porque Gaudel es mi hermano.

Biel sintió que su cerebro colapsaba por un momento.

—¡¡Tu hermano!?

—repitió, como si el universo acabara de revelarle uno de sus mayores secretos.

Vaer avanzando con diversión, disfrutando de la expresión de completo desconcierto en el rostro de Biel.

—Así es.

No lo veo desde hace tiempo, pero si está en Lunarys, supongo que sigue metiéndose en problemas.

Biel estaba a punto de responder cuando, en una parte muy lejana del reino, en la ciudad de Lunarys, Gaudel se encontraba disfrutando de una tranquila taza de té en una taberna.

De repente, sintió un escalofrío recorrerle la espalda y estornudó con tal fuerza que el líquido caliente se derramó sobre la mesa.

—¡Maldición!

—se quejó, sacudiendo las manos—.

¿Alguien está hablando mal de mí?

Uno de los mercenarios sentados cerca de él lo miró con confusión.

— ¿Qué importa?

Seguro son puras habladurías.

Gaudel frunció el fruncido.

—No lo sé…

pero tengo el extraño presentimiento de que Biel está involucrado.

Mientras tanto, de vuelta en el coliseo, Biel aún procesaba la información.

—Así que Gaudel es tu hermano…

—repitió en voz baja, intentando similar la coincidencia.

Vaer.

—El mundo es más pequeño de lo que crees, Biel.

Y con eso, me queda claro que nuestra alianza es mucho más fuerte de lo que imaginábamos.

El Rey, observando la escena, soltó una carcajada satisfecho.

—¡Perfecto!

¡Ahora todo encaja aún mejor!

No solo tenemos a Biel y sus aliados, sino que también fortalecemos nuestra relación con Lunarys.

¡Domia caerá más rápido de lo que pensábamos!

Biel suspir y se llev una mano a la frente.

—Bueno, al menos algo bueno salió de todo esto…

aunque sigo sin superar lo de “hermano de Gaudel”.

Keshia, con una sonrisa radiante, se acercó a Biel y le dio una ligera palmada en el hombro.

—No te preocupes, cariño.

Lo importante es que ahora estamos juntos en esto.

Además…

—se inclinó un poco hacia él, con un brillo juguetón en los ojos—.

No olvides que nuestro compromiso sigue en pie.

Biel sintió que un nuevo escalofrío le recorría la espalda.

—Oh, por favor…

—murmuró en su mente, mientras Aine, a su lado, le lanzaba una mirada divertida.

Así, con una alianza forjada y nuevos secretos revelados, el destino de Lunarys y la guerra contra Domia tomaron un rumbo inesperado.

Pero algo le decía a Biel que lo más caótico…

aún estaba por venir.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Yorlin_Napa ARCO 4: EL OCASO DE DOMIA

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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