Fragmento de lo Infinito - Capítulo 76
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Capítulo 76: Capítulo 75: Los que Volvieron
Cuando Biel ofreció su última chispa de vida para reconstruir el universo, no solo lo restauró…
Lo renació.
Los cielos, viejos como plegarias olvidadas, se rasgaron como un manto hecho de siglos. Y de aquellas fisuras, no cayó solo luz…
Cayó posibilidad.
La frontera entre los planos se desgarró como papel en manos de un dios emocionado. Y por esa grieta cósmica, el mundo se derramó hacia lo impensado. Creció como un árbol cuyas raíces tocaban otros mundos, otras almas. El aire olía distinto. La tierra vibraba como si recordara un nombre antiguo. Todo lo que era, ya no sería. Todo lo que vendría, aún no tenía forma… pero respiraba.
Los primeros en llegar no fueron dioses.
Fueron hadas, chispas doradas que danzaban entre brasas y brotes nuevos, flotando sobre campos aún humeantes por las cicatrices del fin.
Sus risas eran la risa del mundo que vuelve a creer.
—Despierta, mundo —decían—. El dolor ya no gobierna.
Luego, un rugido ancestral partió el cielo.
No eran dragones… no del todo.
Drakeryanos, hijos del fuego y del espíritu, descendieron sobre las montañas recién alzadas. Sus alas pintaban historias en el aire.
“¿Quiénes somos ahora?”, se preguntaban. No como guerreros, sino como herederos de una segunda oportunidad.
Los enanos del nuevo ciclo, en lo profundo, ya no eran solo herreros. Eran artesanos del alma.
Forjaban intenciones, esculpían recuerdos, cincelaban esperanzas en obsidiana viva.
—El mundo cambia… y nosotros lo forjaremos —dijeron, al alzar su primera ciudad subterránea como una catedral de ecos.
Los Umbrelianos surgieron bajo la primera luna negra, envueltos en sombra líquida. Pensaban sin hablar, comprendían sin preguntar. Sus pensamientos eran cuchillas suaves, portadores de verdad sin violencia.
Los Celestborn, hijos de luz y susurros de ángeles, caminaron sobre la hierba sin dejar huella.
Donde pisaban, la tierra sanaba. Donde hablaban, el viento murmuraba en lenguas antiguas.
Algunos los adoraban. Otros temblaban ante ellos.
De los bosques, entre ruinas cubiertas de musgo, surgieron los Arborianos, mitad espíritu, mitad árbol.
Sus cuerpos eran corteza viva, y de sus cabezas crecían ramas doradas.
—El ciclo se reanuda —murmuraban—. El bosque no olvida a quien lo sembró.
En los mares, bajo lunas gemelas, nadaban los Marevios, de cantos hipnóticos y ojos perlados. Tejían ciudades de coral entre las corrientes del mar espiritual. Donde sus voces flotaban, el agua se volvía clara como la verdad.
Y al fin… llegaron los Feralkin. Tribus de cuerpos salvajes y corazones sabios. No cazaban por hambre, sino por comunión.
Sus colmillos eran lenguas antiguas. Sus rugidos, historia pura.
El mundo respiró.
Y en esa exhalación colectiva, la historia comenzó de nuevo.
Las torres antiguas cayeron. Los altares se deshicieron como ceniza al alba.
Pero no hubo lamento.
Porque por cada piedra que caía, brotaba una flor.
Por cada templo destruido, surgía una comunidad.
El mundo fue libre.
Libre para ser lo que nunca había podido imaginarse.
Y en lo profundo del cosmos, donde los antiguos dioses ya no gobernaban desde lo alto, algo nuevo tomó forma.
Cuando el último vestigio de los dioses antiguos se desvaneció en el tejido del nuevo universo, sus tronos no quedaron como mausoleos.
Quedaron como jardines.
Diez asientos suspendidos en la altura intangible del Cosmos, tallados no en piedra, sino en esencia: luz que recordaba, sombra que perdonaba, fuego que ya no quemaba. Ecos puros de quienes lo dieron todo por el mundo.
No eran tumbas.
Eran semillas.
Y como las estaciones siguen a los eclipses, nuevas deidades brotaron no desde el cielo… sino desde la necesidad.
Porque el mundo ya no bastaba con contemplarlo.
Ahora, los dioses debían sentir.
Los primeros en alzarse no nacieron.
Despertaron.
Aurelya, la Diosa del Sol, emergió entre brasas que aún guardaban el eco de Solaryon. Su luz no dominaba; guiaba.
Vaelis, la Diosa de la Vida, brotó de una semilla dorada en el corazón del mundo, hija de la última lágrima de Elaris.
Nysereth, diosa de las sombras, envolvió al mundo con descanso.
Zhyra, la risa caótica que reconstruye, bailó donde Veyrith gritó por última vez.
Elenya, la Diosa de la Naturaleza, floreció cuando cayó la última hoja del Gran Árbol. Era el suspiro de Sylvaran vuelto vida.
Ella no nació bajo el sol ni la luna.
Despertó en el silencio entre ambas cosas.
Y con su primer paso, un valle entero brotó a su alrededor.
—Vuelve la raíz… —susurró el viento.
Un oso le lamió la mano. Un ciervo se arrodilló. Pájaros trazaron himnos en el aire.
Y ella, sin decir nada más, existió.
Eso bastaba.
Otros nuevos dioses también hallaron su voz:
Kaerthas, Dios de la Guerra sin guerra, alzó su mirada sobre campos sin muertos.
Nozkar, Dios del Vacío, susurró desde la nada donde Xaltheron había rugido.
Arkelion, Dios de la Muerte, caminó entre los moribundos no para tomar… sino para acompañar.
Mireon, tejedor de destinos, alzó un telar donde antes había cadenas.
Lorvahn, Dios de la Sabiduría, no dictó. Aprendió.
Ninguno reinó.
Todos estuvieron.
El cosmos cambió.
No desde arriba.
Sino desde dentro.
Y no todos los dioses se retiraron al firmamento.
Una eligió caminar entre los mortales.
Su nombre era Yael.
Pero algunos, en las leyendas más antiguas, la recordaban como Enit, Reina de los Espíritus.
Ella no descendió con estruendo, ni entre rayos, ni con multitudes adorando su llegada.
Simplemente estuvo.
Se decía que en Renacelia, ciudad de saberes antiguos y de sueños por venir, una mujer de voz serena y paso firme recorría sus caminos.
Con ojos que recordaban más de lo que dejaban ver.
Con una mirada que no juzgaba ni instruía… solo escuchaba.
No vestía corona ni portaba bastón.
No flotaba sobre nubes ni era seguida por coros de luz.
Llevaba libros bajo el brazo. Caminaba sola. Hablaba poco. Sonreía con el alma.
Los niños le ofrecían flores sin saber por qué.
Los ancianos la saludaban con respeto instintivo.
Y algunos, en susurros, decían que cuando ella pasaba, los árboles se volvían un poco más verdes.
Ella era la memoria viva del sacrificio.
Una chispa eterna, encarnada en piel, que había elegido no el trono, sino el camino.
El polvo en los zapatos. La mirada directa. El silencio compartido.
Porque incluso los dioses que fueron, pueden elegir ser humanos.
Y entre los muchos nuevos amaneceres, ella caminaba.
No como reina.
Sino como testigo.
Doscientos años habían pasado desde aquel amanecer imposible.
El mundo ya no era una simple extensión de tierra y cielo. Era un tapiz multicolor de culturas entretejidas por antiguos sacrificios, pactos olvidados y un anhelo constante de redención.
Las razas antiguas —humanos, vampiros, demonios, espíritus, ángeles y elfos espirituales— no desaparecieron con el caos. Sobrevivieron. Evolucionaron.
Y junto a ellas, las nuevas razas nacidas tras el sacrificio de Biel encontraron su lugar en este mundo renacido: Umbrelianos de mirada opaca, Arborianos de paso lento, Feralkin que rugían sabiduría, Marevios de voz de océano… Todos caminaban ahora las mismas calles, compartían pan, mercados, magia.
La armonía no era perfecta.
No lo sería jamás.
Aunque las guerras ya no estallaban al ritmo del odio, y aunque el prejuicio no quemaba con la fiereza de antes, aún quedaban sombras.
Sombras de desigualdad.
De arrogancia heredada.
De familias que se creían linaje.
De razas que se miraban por encima del hombro con orgullo disfrazado de costumbre.
Pero el mundo respiraba junto. Y eso ya era un milagro.
Biel avanzaba por las calles de Renacelia, una ciudad que parecía surgir del cruce entre un sueño y una promesa. Torres de cristal mágico se alzaban como lanzas de luz, mientras canales de agua espiritual serpenteaban entre puentes flotantes y caminos de piedra viva. Las casas cantaban al amanecer, los postes respondían al tacto con fuego suave, y las flores crecían en los bordes de los edificios como si no reconocieran los límites de lo urbano.
Vestía un abrigo largo negro con bordes plateados, cerrado al frente con una hilera de botones metálicos que trazaban una línea recta hasta la cintura. El cuello alto abrazaba su cuello con elegancia, y las mangas ajustadas mostraban discretas runas bordadas que parecían respirar. En la muñeca izquierda llevaba un guante de combate de cuero reforzado, inscrito con un símbolo olvidado.
Sus pantalones eran firmes, de un tejido oscuro y flexible, rematados por botas mágicas que relucían apenas bajo la luz de los cristales urbanos.
No llevaba espada a la vista, ni insignia alguna. Solo sus ojos… sus ojos antiguos escondidos en un rostro joven.
Ojos que buscaban algo que aún no recordaban del todo.
—¿Disculpe… podría decirme dónde está el Instituto de Historia Mágica? —preguntó a una anciana Arboriana con ramas por cabello y piel de musgo suave.
La mujer sonrió con dulzura y voz de otoño:
—A dos cuadras hacia el sur, joven. Sigue el canto de los libros… lo oirás cuando estés cerca.
Biel asintió, agradecido.
—Muchas gracias.
Y caminó.
Cada paso era un eco que resonaba en los hilos sueltos de su alma. No sabía por qué, pero algo en sus entrañas le decía que esa ciudad…
Esa ciudad había sido construida por sus amigos.
Por aquellos que, al igual que él, cruzaron la eternidad con la llama de la memoria aún encendida.
El Instituto apareció de pronto ante sus ojos.
Y fue como si el mundo se detuviera un instante.
Era un edificio colosal, cubierto de piedra blanca y mármol encantado, con torres que atrapaban las nubes y ventanales que reflejaban estrellas incluso durante el día. Portales flotantes giraban alrededor de la entrada principal, emitiendo destellos de luz dorada y runas vivas que hablaban de historia, de tiempo, de conocimiento.
Un dragón esculpido en obsidiana custodiaba la entrada. No era solo una estatua: respiraba con lentitud, como si durmiera vigilante.
Biel tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta que no era del todo humano. Era nostalgia.
—Entonces… aquí comienza —susurró.
Al cruzar las puertas principales, fue recibido por un hombre alto y calvo con una túnica gris de diseño militar encantado, ajustada al torso y con hombreras decoradas con símbolos mágicos flotantes.
—¿Nuevo aspirante? —preguntó sin rodeos, consultando un pergamino que se actualizaba solo.
—Sí… vine a rendir el examen de admisión.
—Bien. Ven conmigo.
Lo condujo por pasillos amplios, adornados con pinturas que se movían y saludaban. Algunos retratos incluso susurraban cosas entre ellos, murmurando nombres que Biel sentía familiares sin saber por qué.
—Allí está la fila —indicó el coordinador—. Espera tu turno para la evaluación mágica inicial.
Biel asintió y caminó hasta colocarse al final de la fila.
A su alrededor, chicos y chicas de distintas razas murmuraban entre sí, emocionados, nerviosos. La energía era palpable: una mezcla de ansiedad e ilusión.
La mayoría vestía uniformes mágicos con acentos modernos: chaquetas ajustadas con runas flotantes, pantalones reforzados con placas finas de mithril, cinturones de hechizos, insignias de sus casas mágicas bordadas en el pecho. Las chicas combinaban faldones divididos con medias encantadas o pantalones estilizados. Algunos llevaban hombreras ligeras y broches activos que cambiaban de color según su afinidad mágica.
Pero entonces ocurrió.
Una joven tropezó a pocos pasos de él.
—¡Ah! —exclamó, cayendo hacia adelante.
Biel, sin pensarlo, la sujetó de los brazos. Su cuerpo se movió por instinto, como si ya lo hubiera hecho cientos de veces antes.
Y cuando sus ojos se encontraron…
Su mundo se detuvo.
Cabello castaño revuelto. Ojos vivos como fuego juguetón. Una sonrisa torpe, insegura, dulce.
Era ella.
Xantle.
El aire se espesó a su alrededor. Su pecho se contrajo. Las lágrimas se asomaron a los bordes de su visión sin pedir permiso.
—Tenga… mucho cuidado —dijo, esforzándose por mantener la voz firme.
La chica se rió, un sonido que para él fue como una melodía resucitada.
—Sí… es que soy un poco torpe. Lo siento.
Biel tragó saliva.
—¿Cómo te llamas?
Ella inclinó la cabeza, sin sospechar nada.
—Mi nombre es Xantle.
El corazón de Biel estalló en su pecho como un cometa.
Lo supo. Lo sintió.
Era ella. Su amiga. La chica de otra vida.
La misma Xantle.
Sus labios temblaron por un segundo, pero se obligó a sonreír.
Antes de que pudiera decir algo más, una voz grave lo interrumpió:
—¿Qué haces, novato? ¿Coqueteando con mi hermana?
Biel giró con rapidez. Un joven de cabello oscuro, musculatura atlética y uniforme negro con detalles dorados se acercaba con los brazos cruzados. Llevaba una banda mágica en el brazo izquierdo y una espada ceremonial en la espalda.
Sus ojos brillaban con fuego contenido.
Biel levantó las manos con calma.
—No, no… solo la ayudé. Se tropezó y la sujeté antes de que cayera.
—¿Es verdad lo que dice, hermana? —preguntó el chico.
Xantle asintió de inmediato.
—Sí. Me ayudó. No está haciendo nada malo.
El joven se relajó al instante.
—Mil disculpas —dijo, haciendo una leve reverencia—. Fui muy descortés contigo. Me llamo Easton, y soy su hermano mellizo.
El mundo de Biel giró.
—Easton… —repitió en voz baja, casi sin aliento.
Easton y Xantle.
Reencarnados.
Estaban vivos.
Y si ellos habían vuelto… entonces los demás también debían estar allí, en algún lugar de ese mundo nuevo.
—No pasa nada —respondió Biel, reprimiendo las lágrimas que luchaban por salir—. De verdad. Solo fue un malentendido.
Easton sonrió con sinceridad.
—Me alegra que seas así de comprensivo. No todos lo son en estos días. A veces las diferencias entre razas traen… problemas.
—Lo sé —dijo Biel, observando los ojos de ambos con una ternura escondida—. Pero también sé que hay esperanza.
Y así, mientras la fila avanzaba, Biel se quedó a su lado, intercambiando miradas y palabras con dos almas que había amado en otra vida.
No dijo nada aún.
No podía.
Pero en su pecho…
La llama del reencuentro comenzaba a arder.
El sol colgaba alto sobre los cristales flotantes de Renacelia, y su luz se filtraba a través de los vitrales del gran salón del Instituto de Historia Mágica, tiñendo el suelo de colores danzantes. Los candidatos se alineaban como piezas de un tapiz aún por tejer, cada uno aguardando su momento frente a la Esfera de Medición: un cristal flotante, translúcido y palpitante, como un corazón sin cuerpo.
La sala estaba impregnada de murmullos y ansiedad. Las botas mágicas resonaban sobre el mármol, y las insignias bordadas brillaban con orgullo o nerviosismo. Algunos llevaban uniformes elegantes de corte militar encantado; otros, trajes de combate estilizados con correas cruzadas, hombreras delgadas y broches de gremios antiguos. Chicas con faldones divididos y mangas acampanadas conversaban entre sí mientras ajustaban sus cinturones de hechizos o acariciaban cristales incrustados en sus guantes. Todo tenía el inconfundible aire de un nuevo comienzo.
Biel observaba en silencio, vestido con su abrigo negro con detalles plateados, pantalones reforzados y guante rúnico. Sus ojos recorrían cada rostro, y su alma parecía vibrar con cada chispa de reconocimiento.
—Entonces… esto es lo que eligieron ser ahora —murmuró para sí mismo.
Uno a uno, los aspirantes se acercaban a la esfera y colocaban su mano sobre ella. En un instante, una luz estallaba dentro del cristal, proyectando una tonalidad sobre el suelo: azul para las afinidades comunes, naranja para las no comunes. No había más detalles, solo ese color que, para la mayoría, era un símbolo de estatus… o de vergüenza.
—Siguiente —anunció el examinador, un hombre de mediana edad con una túnica oscura con ribetes dorados, gafas que flotaban sobre su nariz y una runa luminosa grabada sobre la frente.
Una chica de cabello plateado y ojos violáceos se adelantó. Tocó la esfera. Azul. Sonrió. Volvió a su sitio con el mentón alto.
Otra chica pasó. Azul.
Un chico: naranja.
Las risas se multiplicaron como cuchicheos venenosos. Algunos aspirantes de azul empezaban a burlarse de los de color distinto.
—Miren eso, otro naranja.
—Seguro que su magia es del tipo “decoración”.
—¿Sabías que una vez alguien tuvo magia de “calor emocional”? No sirve ni para cocinar…
Biel apretó los dientes, conteniendo una respuesta. Pero entonces… la vio.
Una figura entre la multitud, de pie, con la postura erguida de alguien que no sabe si debe tener miedo o esperanza. Cabello rubio como rayo contenido, ojos de un azul pálido, como hielo derritiéndose. Vestía un uniforme de aspirante adaptado a su figura: chaqueta blanca ajustada con bordes azules, hombreras suaves, broche con una estrella triple, falda dividida que caía sobre pantalones delgados y botas encantadas.
Biel sintió cómo el aire se le escapaba.
—Ella… tiene que ser Acalia. Lo sé… lo siento.
La forma en que movía la cabeza. Esa mirada decidida, aunque temblorosa. Era ella.
No había duda.
El examinador alzó la voz para hablar al grupo:
—Atención. Hoy comenzamos el segundo día del examen de admisión. En total son tres días, así que si alguno no logra pasar hoy, no se preocupen. Mañana será la última oportunidad para medir su poder mágico.
—Así que sin más demora… continuamos.
La fila avanzó. Más azules. Algunos naranjas.
Y entonces…
—Tú. Adelante. Nombre. —dijo el examinador, mirando a la chica de rubio celestial.
Ella dio un paso al frente, con el corazón latiendo como un tambor de guerra en el pecho.
—Mi nombre es Acalia —dijo, clara y firme.
Biel contuvo el aliento.
—Bien, Acalia. Coloca tu mano sobre la esfera.
Ella extendió su brazo. Llevaba un guante de tela encantada en una mano, del cual se desprendían ligeros destellos de energía. Al posar su palma sobre el cristal, una reacción inmediata estremeció el salón.
La esfera comenzó a girar lentamente. No como con los demás.
Y entonces…
¡BOOM!
Una llamarada de energía pulsó desde la esfera, proyectando un resplandor naranja intenso, casi dorado, que hizo retroceder a algunos aspirantes.
Los de azul rieron en voz baja.
—¿Eso es todo? Vaya espectáculo para una magia rara.
—Debe ser otra de esas habilidades inútiles.
—¿Cómo se llamaba? ¿Magia de… herencia?
El examinador frunció el ceño.
—Magia de Herencia Primordial.
Las risas se intensificaron.
—¿”Primordial”? Qué nombre tan ridículo. ¿No deberían llamarla “ancestralmente inútil”?
—Tal vez su poder es… contar historias antiguas.
Biel no se movió. Solo observó. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.
—Ellos no lo saben… —susurró—. No conocen lo que ella puede hacer.
Porque Biel sí sabía.
Sabía que la Magia de Herencia Primordial era una de las habilidades más extrañas y poderosas jamás vistas. Una magia que podía despertar linajes dormidos, invocar recuerdos mágicos genéticos, canalizar el poder de ancestros desconocidos.
Una magia que, si despertaba por completo… podía rivalizar con los mismísimos dioses.
Y ella, Acalia, su amiga de otra vida, había vuelto a nacer con ese poder intacto.
Biel sonrió, esta vez con calidez.
—Si no conocen nuestras magias… todos ellos serán naranjas. Uno a uno.
Y cuando sus verdaderas habilidades despierten…
Entonces se reconocerán.
Acalia bajó la mano con la frente en alto, fingiendo que las risas no dolían. Pero sus ojos… sus ojos titilaban con tristeza.
Biel la observó. Y, como si su corazón hablara con el de ella, deseó poder acercarse, decirle:
“Todo estará bien. No estás sola.”
Pero aún no era el momento.
Detrás de ella, Xantle y Easton miraban la esfera. El primero con curiosidad; la segunda con un brillo nervioso en los ojos.
—¿Crees que me tocará el color raro también? —susurró Xantle.
—Ojalá sí —respondió Easton, con una sonrisa orgullosa—. Así podremos formar nuestro propio club de raros poderosos.
Biel no pudo evitar reír en silencio.
Todo avanzaba como debía ser.
Los recuerdos estaban dormidos… pero comenzaban a soñar.
Y el alma del mundo, en silencio, volvía a girar.
La tarde descendía como un manto dorado sobre los muros del Instituto de Historia Mágica. Las luces mágicas del techo del gran salón titilaban con una suavidad rítmica, respondiendo al flujo de emociones que llenaba el aire como polvo brillante. Las filas de aspirantes se habían reducido a los últimos valientes. Biel, Xantle y Easton estaban entre ellos.
—Ya casi nos toca —susurró Easton, haciendo girar una piedra de afinidad que colgaba de su cinturón.
—¿Tú crees que me salga algo raro? —preguntó Xantle, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo.
—Si es raro, seguro es genial —respondió Easton con una sonrisa que contagiaba.
Biel los miró de reojo. Su pecho palpitaba con una ansiedad que no nacía del miedo… sino de lo que estaba por despertar.
El profesor se colocó al frente, con sus túnicas elegantes ondeando levemente por la brisa mágica que recorría la sala.
—Seguimos con las últimas pruebas del día. ¡Ustedes, adelante!
Xantle dio un paso tembloroso. Llevaba un uniforme blanco y verde con detalles dorados. Sus mangas estaban ceñidas, y el faldón dividido ondeaba como hojas en tormenta. Tomó aire, alzó la barbilla con un valor robado al pasado y puso la mano sobre la esfera.
ZUMM.
Un halo naranja vibró desde la esfera. Luego, letras flotantes emergieron lentamente:
“Magia de Astreo.”
Los murmullos comenzaron de inmediato.
—¿Astreo? Nunca escuché eso.
—¿No será una de esas magias lunares inútiles?
Xantle retrocedió un paso, bajando la mano. Los ojos le temblaban. Pero entonces, Biel habló suavemente.
—Fue magnífico.
Ella lo miró, y por un momento, solo un instante, pareció reconocer algo en sus palabras.
Algo viejo.
Algo importante.
—Gracias… —dijo en voz baja.
—¡Siguiente!
Easton avanzó con paso seguro, su uniforme negro con líneas celestes reflejaba el temple que aún no sabía que poseía. Colocó la mano con determinación.
La esfera emitió un chasquido frío y azul pálido.
“Magia de Glaciar.”
Naranja también.
—¿Otra magia no común?
—Parece que estamos recolectando rarezas.
Easton levantó una ceja.
—No común no significa débil. Solo… aún no entendida. —Y caminó al sector naranja con una expresión digna de un caballero.
Biel sonrió por dentro. Eran ellos. Seguían siendo ellos.
—El último del día —anunció el examinador—. Nombre, por favor.
Biel caminó hacia la esfera. Su abrigo largo, negro con runas plateadas, rozaba el suelo como una sombra viva. El silencio en la sala era total.
—Mi nombre es Biel.
Un susurro cruzó la multitud como un trueno contenido.
—¿Dijo… Biel?
—Ese es el nombre del héroe, ¿verdad?
—No puede ser. Es solo un campesino.
Acalia, que se encontraba más atrás, giró lentamente. Su mirada se clavó en él como una pregunta no formulada.
—¿Biel…? —susurró para sí.
Un chico de uniforme azul bufó con desprecio.
—¿Cómo se atreve a usar ese nombre? Un don nadie como él…
—Sí, un nombre tan grande debería respetarse. No mancharse.
Biel escuchó todo. Las palabras eran agujas de sal.
Pero se mantuvo erguido.
No por orgullo, sino por dignidad.
Sabía que incluso después de sacrificarse por ellos, el mundo no había cambiado del todo.
Las semillas de prejuicio seguían brotando.
El profesor golpeó su bastón contra el suelo.
—¡Silencio! No hay nada de malo en que el joven lleve el nombre del héroe que salvó nuestras vidas hace más de doscientos años. ¡Más respeto!
Las palabras hicieron eco, y la sala quedó muda.
Biel se acercó a la esfera. Cerró los ojos.
Y tocó el cristal.
Nada pasó.
La esfera no reaccionó. No emitió color alguno. No hubo luz. Solo silencio.
Los de color azul rieron entre dientes.
—¿Nada? ¿Ni azul ni naranja?
—Tal vez su magia es “inexistente”.
—Qué decepción. Y con ese nombre…
Biel soltó el aire lentamente.
Y sonrió.
—Parece que no soy común en ningún sentido.
El examinador frunció el ceño.
—Nunca había visto esto. Hmm… pasa al área naranja por ahora. Tendremos que revisar esto más a fondo.
Y así lo hizo. Caminó hacia el mismo grupo donde estaban Xantle, Easton y Acalia.
Sus pasos no pesaban.
No necesitaba demostraciones.
Él sabía quién era.
Y el segundo día concluyó.
Todos se retiraron. Algunos con alegría, otros con incertidumbre. Los aspirantes debían volver en dos días para el verdadero examen de admisión.
Biel caminó por las calles de Renacelia sin rumbo. Las luces mágicas comenzaban a encenderse, una por una, como luciérnagas domesticadas. El cielo adquiría un tono lila, y las torres cantaban canciones suaves para despedir el día.
—¿Y ahora… dónde duermo? —se preguntó en voz baja.
Y entonces, como si respondiera al llamado del destino, una voz sonó detrás de él:
—¡Oye, tú! ¡Sí, tú!
Biel se giró.
Acalia.
Su figura se recortaba contra la luz de una farola flotante. El viento jugaba con su cabello dorado y su uniforme blanco brillaba tenuemente.
—¿Qué sucede, Acalia?
Ella se cruzó de brazos.
—No tienes el derecho de llamarme por mi nombre.
Biel parpadeó, sorprendido.
—Me disculpo… ¿qué desea la señorita?
Acalia se sonrojó apenas, frunciendo el ceño con leve confusión.
—Está bien… puedes llamarme Acalia.
Biel asintió, sonriendo con suavidad.
—Como desees, Acalia.
Ella se acercó un poco más.
—Hace un momento dijiste que te llamas Biel, ¿no es verdad?
—Sí, yo me llamo Biel. ¿Por qué la pregunta?
—Es que… se me hizo familiar ese nombre. Por eso te lo pregunto.
—Ah, debe ser porque es el nombre del héroe —respondió él con tono neutro.
Acalia negó con la cabeza lentamente.
—No… me suena como si ya lo hubiera escuchado antes. Pero no lo recuerdo bien…
Biel sintió un escalofrío. Estaba ocurriendo.
Ella tenía fragmentos. Borrones. Ecos.
—Tal vez —dijo suavemente— en nuestras vidas pasadas nos conocimos.
Ella se rió, casi con nerviosismo.
—No creo. Pero bueno… es una buena teoría.
Se hizo un breve silencio. Entonces ella lo miró fijamente.
—Sé que llegaste a esta ciudad hoy mismo. Así que… no creo que tengas a dónde ir.
—Es verdad. No tengo idea de adónde ir ni dónde quedarme a dormir esta noche. Estaba pensando en alguna posada…
Acalia ladeó la cabeza con una expresión decidida.
—Si quieres… puedes pasar la noche en la casa de mis padres.
Biel la miró, sorprendido.
—¿No será una molestia?
Ella negó con una sonrisa tranquila.
—Claro que no. Además… tenemos magias no comunes, así que casi somos iguales.
Y esa sonrisa…
Esa sonrisa le habló de un lazo que aún no se había roto.
Solo estaba esperando… para volver a florecer.
La brisa de Renacelia descendía suave y tibia cuando Acalia guio a Biel a través de un barrio residencial elevado, lleno de jardines que brillaban con magia natural. Las casas eran elegantes, con estructuras de piedra blanca y madera viva que cambiaba de color según la hora del día. Ramas crecían como ornamentos vivos, y las ventanas proyectaban luces suaves como luciérnagas contenidas en cristales encantados.
—¿Esta es tu casa? —preguntó Biel, con una mezcla de sorpresa y timidez.
—Sí —respondió Acalia, abriendo la reja mágica que se desvaneció con un suave tintineo—. No es enorme, pero es acogedora. Mi madre adora las flores… aunque a veces crecen donde no deberían.
Biel rió suavemente.
La puerta principal se abrió incluso antes de que llegaran a tocarla. Una mujer de porte gentil y rostro luminoso apareció en el umbral. Su cabello, color miel, caía en ondas encantadas por los hombros, y llevaba un vestido largo blanco y esmeralda, bordado con flores vivas que se abrían y cerraban lentamente como si respiraran.
—¿Cómo te fue, mi niña? —preguntó con una voz cálida, tan dulce que parecía envolver a quien la escuchaba.
Acalia suspiró.
—No lo sé… me tocó una magia no común.
La mujer no perdió la sonrisa.
—No pasa nada, querida. Tal vez sea una magia nunca vista. A veces, lo raro no es un error… es una señal. —Y luego miró a Biel, como si apenas ahora notara su presencia—. ¿Y quién es tu invitado?
—Él se llama Biel. Lo conocí hoy en el instituto.
Biel dio un paso adelante e hizo una leve reverencia, como dictaban las costumbres formales.
—Es un honor. Gracias por recibirme.
La mujer le devolvió la reverencia con gentileza.
—Yo me llamo Elaris. Bienvenido a nuestro hogar, Biel.
El nombre… cayó como un trueno suave en la mente de Biel.
Elaris.
El mundo se volvió estático. Por un segundo, el aire dejó de moverse. La imagen de una batalla antigua regresó con violencia a su mente. La Diosa de la Vida, Elaris, luchando contra Khios, con lágrimas de esperanza en los ojos y una luz pura desbordando de su ser. Recordó el momento exacto en que ella y los demás dioses ofrecieron sus vidas para formar la semilla de calamidad, aquella que permitió su contraataque final.
Sus ojos se nublaron un instante.
—Biel… —dijo Elaris, arqueando una ceja—. ¿Te sucede algo? ¿Acaso viste un fantasma?
Él parpadeó, saliendo del trance, y forzó una sonrisa.
—No es nada. Solo… recordé algo importante.
Ella lo observó por unos segundos más, como si una chispa oculta en su interior también le susurrara antiguos ecos, pero no dijo nada.
—Mamá —intervino Acalia, girándose hacia su madre—, ¿está bien si Biel se queda esta noche aquí? Llegó a Renacelia hoy mismo y no tiene dónde dormir.
—Claro que sí —respondió Elaris, sin dudar—. Es un invitado especial, así que es bienvenido.
Justo entonces, una voz retumbó desde el interior de la casa:
—¿Así que eres el novio de mi hija?
Biel se congeló. Literalmente. El sudor se deslizó por su nuca como si le hubieran arrojado un hechizo de hielo. Acalia se volteó de inmediato, con las mejillas enrojecidas.
—¡¿Qué dices, papá?! —gritó, con una mezcla de indignación y vergüenza—. ¡Él es un conocido! Lo conocí hoy en la inscripción del examen de admisión.
Una figura imponente apareció en el umbral de la puerta. Un hombre de cabello castaño oscuro con mechones grises, hombros anchos y una presencia que irradiaba autoridad natural. Llevaba un abrigo de tela pesada con detalles metálicos en los puños, botas militares reforzadas, y una bufanda azul oscuro con el símbolo de una espada cruzada con un laurel.
—Cariño… —suspiró Elaris—. Él solo es un invitado.
El hombre asintió, dejando escapar una risa profunda y amigable.
—Está bien. Solo bromeaba. Me presento: Thalgron, mucho gusto en conocerte, joven Biel.
Y ahí fue donde el alma de Biel tembló de nuevo.
Thalgron.
El Dios de la Guerra. El mismo que cayó peleando contra Khios.
Biel tragó saliva.
—El gusto es mío… señor Thalgron —dijo, intentando sonar normal, aunque por dentro sentía como si el tiempo se hubiera doblado.
Elaris y Thalgron… renacidos. No como dioses… sino como humanos. Como padres. Como familia.
—Vamos —dijo Acalia—, te mostraré tu habitación.
Subieron por unas escaleras flotantes que se extendían al detectar su presencia. El interior de la casa era acogedor, lleno de luz natural y magia ambiental. En las paredes flotaban pequeños cuadros encantados que mostraban escenas familiares: picnics, celebraciones, tardes de lectura. El hogar olía a flores de luna, pan recién horneado y recuerdos felices.
Acalia abrió una puerta lateral.
—Aquí estarás cómodo. No es nada lujoso, pero tiene sábanas encantadas que se adaptan a tu temperatura mágica.
—Gracias —respondió Biel—. De verdad, no sé cómo agradecerles.
Acalia lo miró en silencio unos segundos.
—Oye… cuando dijiste que recordaste algo antes… ¿era algo triste?
—¿Cómo lo supiste?
—Tus ojos… parecían llenos de viento. Como si algo se moviera dentro de ti, pero no pudieras sostenerlo.
Biel sonrió, cansado pero sincero.
—Sí… algo así.
Ella lo observó con más atención, como si tratara de leer entre los pliegues de su alma.
—Eres muy extraño. Pero no en mal sentido.
—Tú también lo eres, Acalia.
Se cruzaron las miradas. Breve. Inocente. Intensa.
Acalia miró hacia otro lado, encendiendo una lámpara de gemas flotantes.
—Descansa. Mañana será un día largo. Y pasado mañana… el examen final.
—Buenas noches —dijo Biel.
—Buenas noches, Biel.
Y cuando la puerta se cerró suavemente, él se dejó caer en la cama.
El techo encantado proyectaba una danza de estrellas.
Y en medio de aquel silencio… Biel susurró:
—Gracias… por volver.
En lo más alto del Instituto de Historia Mágica, más allá de las torres de observación y los salones encantados, se hallaba la Dirección, un lugar envuelto en hechizos de silencio eterno. Allí, el tiempo parecía moverse distinto, como si cada segundo se arrastrara, sabiendo que las decisiones tomadas entre esas paredes eran capaces de torcer destinos.
El pasillo era estrecho y alfombrado con tela mágica negra que absorbía los ecos. Solo las antorchas flotantes, de fuego azul, iluminaban tenuemente el camino hasta la gran puerta de madera viva que latía como si tuviera corazón propio.
Toc. Toc. Toc.
El profesor, aún con su túnica gris ceremonial y el rostro marcado por la inquietud, respiró hondo y empujó la puerta.
Dentro, la sala era vasta, de techos altos y paredes cubiertas de mapas estelares encantados. Frente a él, sentadas en tronos oscuros, había dos siluetas. Ambas se mantenían cubiertas por la penumbra, como si la luz no se atreviera a tocarlas.
La figura de la izquierda era alta, ancha, masculina. La oscuridad que lo envolvía dejaba entrever colmillos alargados y una mirada como dos carbones encendidos. El subdirector, conocido por pocos, temido por todos.
La figura de la derecha era más delicada, femenina. Llevaba un vestido de sombras entretejidas con hilos de luna, y su cabello —o lo que parecía ser cabello— flotaba levemente como si nadara en agua invisible. Era la directora.
—Habla —ordenó ella, sin moverse, pero su voz sonó como una melodía vieja que aún dolía.
El profesor tragó saliva.
—Hoy pasó algo peculiar durante el segundo día de inscripción del examen de admisión. Al igual que ayer, se presentaron jóvenes con magias no comunes.
—No hay nada de malo en eso… ¿verdad? —respondió la directora con calma, aunque algo en su tono estaba cambiando.
—No —dijo el profesor—. Pero hubo uno que es un caso aparte. Un chico llamado Biel. Tiene magia… pero la esfera no mostró nada.
Un silencio cayó sobre la sala. Las antorchas vacilaron. La oscuridad pareció expandirse como tinta en agua.
La directora inclinó apenas la cabeza, y sus ojos —dos lunas ocultas tras niebla— brillaron por un instante.
—¿Cómo dijiste que se llamaba?
—Biel, señora —repitió el profesor.
La directora se quedó inmóvil.
Su sombra se estremeció.
Sus dedos se crisparon lentamente sobre los brazos del trono.
Y entonces lo dijo, sin poder contenerlo:
—Entonces… él ya volvió.
El subdirector giró el rostro hacia ella, y sus colmillos se asomaron más.
—¿Qué fue lo que dijiste?
—No es nada —respondió ella al instante, con voz firme, como si quisiera borrar lo que acababa de escaparle.
El subdirector se levantó. Su silueta proyectaba un aura tan fría que el suelo crujió con escarcha mágica.
—Como desees. Yo me retiro. Debo ver cómo se encuentra mi querida hija.
—Puedes retirarte —dijo la directora, sin mirarlo—. Yo me encargo de lo que falta.
El subdirector caminó hacia la salida, su manto oscuro serpenteando detrás como una criatura viva. Pero antes de cruzar la puerta, se detuvo.
—¿Por cierto… cuál es el apellido de ese tal Biel?
—No lo indicó —dijo el profesor—. Solo dijo “Biel”.
El subdirector rió por lo bajo.
—Interesante. Tal vez… demasiado interesante. —Y desapareció por el pasillo.
Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a devorar la sala. Solo quedaron el profesor y la directora.
Ella se levantó.
La sombra que la cubría se deshizo ligeramente, revelando la figura de una mujer imponente, de ojos que parecían contener estrellas en colapso. Su rostro era bello y grave, con una tristeza antigua grabada en cada línea.
—Gracias por el informe —dijo, con una cortesía que no era necesaria—. Puedes retirarte.
El profesor hizo una reverencia temblorosa y se marchó.
La directora se quedó sola.
Y entonces… dejó caer todo el peso de la contención. Caminó hasta el ventanal que miraba hacia la ciudad de Renacelia. Bajo la luz del anochecer, sus pensamientos se arremolinaban.
“Él ya volvió.”
Esas palabras seguían golpeándole el pecho como martillazos de eco.
Había pasado tanto tiempo. Más del que cualquier alma debería recordar.
Y sin embargo, ella sabía.
Lo sintió.
La magia sin forma. El nombre pronunciado con voz firme. La calma frente al desprecio.
Solo podía ser él.
Su puño se cerró con fuerza. Las runas sobre su vestido parpadearon.
—Después de tanto tiempo… —susurró—. Biel…
Las estrellas titilaban como si respondieran.
La directora cerró los ojos. Un torrente de memorias cruzó su mente como una marea de fuego y luz: una guerra más allá de la carne, una promesa no cumplida, una despedida sin palabras.
Y en el centro de todo… él.
El que lo sacrificó todo.
—Esta vez… te observaré de cerca —dijo. Su voz, firme como el filo de un juramento.
Volvió al trono y se sentó, con la mirada fija en el vacío.
Pero dentro de ella, algo susurraba.
Una voz que no le pertenecía.
Una emoción que no había sentido en siglos.
Esperanza.
a noche se extendía sobre el hogar de los padres de Acalia como un manto tejido con hilos de silencio y estrellas. Las cortinas danzaban al ritmo de una brisa suave, y la tenue luz de la luna se colaba por entre las rendijas, proyectando sombras que parecían guardianes antiguos en reposo. Biel, acostado en un futón sencillo pero cómodo, dormía profundamente, su respiración acompasada como la melodía de un bosque sin tiempo.
Pero su mente… su mente viajaba.
Un pulso leve, casi imperceptible, recorrió su frente. La magia ancestral se activó como una llave invisible girando en una cerradura olvidada. Y entonces, todo cambió.
Su cuerpo seguía dormido, pero su alma… su alma cruzó el umbral.
Flotando en un vacío profundo, Biel descendió lentamente hasta tocar un suelo que parecía no tener textura, pero aun así lo sostenía. Un paisaje de oscuridad majestuosa se extendía por todos lados, decorado con constelaciones flotantes, símbolos demoníacos danzando como luciérnagas negras, y fragmentos de piedra suspendidos en el aire que formaban escaleras hacia ningún lugar. Un lugar entre la vigilia y el olvido.
Frente a él, se alzaba una figura imponente: un trono forjado con raíces de mundos destruidos, llamas congeladas y plumas de bestias ya extintas. Allí, sentado como si nunca se hubiera movido desde el inicio de los tiempos, lo esperaba Monsfil, el Rey Demonio original.
Sus ojos brillaban como lunas sangrientas y su presencia era tan densa que el aire mismo parecía aullar.
Biel dio un paso al frente, sin temor.
—Hola de nuevo, maestro. —saludó con una voz suave, pero firme como el acero aún al rojo vivo.
Monsfil esbozó una sonrisa que no era benévola, ni cruel, sino inmensamente antigua.
—Hola, Biel. ¿Cómo estás? —Su voz era un trueno contenido, una vibración que hacía crujir el espacio entre dimensiones.
—La última vez que conversamos fue hace años… —añadió Biel, cruzando los brazos con nostalgia.
Monsfil inclinó la cabeza, como quien observa a un árbol joven que ha resistido el invierno.
—Es verdad… Han pasado tres años desde la última vez que hablamos.
—Dime, portador, ¿cómo va tu nueva vida en este mundo que tú mismo creaste?
El joven bajó la vista un momento, como si repasara las memorias aún fragmentadas que habitaban su mente. Luego alzó la mirada con una sonrisa sincera.
—Es maravilloso. Es el mundo que deseaba vivir desde un principio. —sus palabras flotaron como pétalos dorados en la oscuridad etérea—. También estoy muy feliz… Mis amigos también reencarnaron. Acalia, Xantle y Easton… ellos están aquí. Volvieron, como me lo prometió el dios del tiempo, Chronasis.
Monsfil asintió con solemnidad.
—Me alegro por ti, joven portador. Todo lo que sucedió… es gracias a ti. Así que disfrútalo. Pero ten mucho cuidado…
Su mirada se volvió como la de un depredador que olfatea una tormenta lejana.
—Pues como ya te lo dijo el dios del tiempo hace más de 200 años… eventualmente tendrás que enfrentarlos.
Biel frunció el ceño. Las palabras de su maestro eran un recordatorio amargo, como una astilla oculta bajo la piel de la esperanza.
—Es verdad. En el pasado dejé muchos cabos sin atar.
El entorno tembló ligeramente, como si respondiera a sus pensamientos.
—Quienes eran ellos… me atacaron en mi mente. También atacaron a Raizel y Ryder. Pero desaparecieron justo cuando llegué al campo de batalla para enfrentar a Domia. Solo recuerdo que mencionaron que su líder era Molpiur, y que pertenecían a los Ocho Males.
Un silencio pesado cayó, como una losa invisible.
—Y también… el paradero de Khios es incierto. No sé si murió o quedó con vida. Y si murió… entonces el alma de Bastian podría haber descansado como se lo prometí aquella vez. Son incógnitas que tendré que resolver con el tiempo.
Monsfil exhaló, y su aliento creó un anillo de fuego flotante que se disipó en cristales negros.
—Eres impresionante, joven portador. Tu voluntad es enorme.
Biel bajó la cabeza con modestia. Luego levantó la mirada, sus ojos brillando con curiosidad.
—Dime algo, maestro. ¿Qué tanto poder tuyo puedo utilizar en estos momentos?
Monsfil entrecerró los ojos, como quien evalúa una fórmula peligrosa.
—Por ahora… solo puedes usar el 25% de la forma imperfecta de Rey Demonio.
Las palabras cayeron como una campana rota. Biel se quedó en silencio por un instante, atónito.
—¿Y decir que antes podía utilizar todas las formas de Rey Demonio… y ahora ni siquiera llego a la primera? —preguntó con un suspiro de frustración.
Monsfil no se burló. En su voz no había juicio, solo comprensión.
—Te entiendo perfectamente. Pero eso se debe a que ahora solo tienes 18 años. En tu anterior vida también viviste hasta los 18. Llegaste a ese mundo a los 17, y en tan solo un año… lograste alcanzar las tres formas. No subestimes lo que eres capaz de hacer con tiempo.
Biel cerró los puños. Su aura tembló levemente como una llama en el vacío.
—Está bien… entonces entrenaré mi cuerpo para lograrlo. Aún no recupero todos mis recuerdos. Solo recuerdo que me sacrifiqué para recrear el mundo… pero más atrás… todavía es borroso.
Monsfil alzó una mano. Un remolino de memorias giró en su palma: ecos de batallas, de lágrimas, de risas perdidas y de despedidas eternas.
—Tranquilo. Poco a poco irás recordando todo. Y quizá, solo quizá… podrás usar todo el poder de Rey Demonio. Pero por ahora… trata de dominar ese 25%. Úsalo sabiamente.
Biel asintió con respeto.
—Eso haré. Bueno… es hora de retirarme. Ya voy a despertar.
Miró a su alrededor. El tiempo allí se sentía como un parpadeo eterno.
—El tiempo aquí transcurre diferente. Se me hizo muy corto…
Monsfil se levantó de su trono, su figura expandiéndose como una sombra infinita que acariciaba las estrellas.
—Eso es porque este lugar funciona como un sueño. Solo tu alma entra aquí mientras tu cuerpo descansa. Este espacio… es tu enlace astral.
—Entonces por eso parece tan breve… porque es un sueño. —murmuró Biel, más para sí que para él.
—Sí. Un sueño donde puedes interactuar… con mi esencia. —Monsfil le dedicó una última sonrisa, entre severa y orgullosa—. Bueno… se acabó el tiempo. Nos volveremos a ver muy pronto, joven portador.
Biel, con el corazón palpitante de gratitud, bajó la cabeza y se inclinó profundamente.
—Claro, maestro. Nos volveremos a ver más adelante… y gracias por todo.
Y entonces, como si el universo respirara al compás de su alma, el entorno se deshizo. El trono, el cielo oscuro, las runas, el fuego flotante… todo se desvaneció como polvo de estrellas.
La conciencia de Biel regresó a su cuerpo dormido, aún tibio bajo las sábanas del hogar de Acalia. Afuera, los pájaros comenzaban a cantar.
Una nueva mañana estaba por nacer.
Y con ella… una voluntad renovada.
El primer rayo de sol acarició el rostro de Biel como un dedo tibio que insistía en traerlo de regreso a la realidad. Parpadeó lentamente, aun sintiendo la estela del sueño que acababa de vivir. Su corazón latía sereno, pero su alma todavía vibraba con las palabras de Monsfil.
—”Así que solo puedo usar el 25% del poder del Rey Demonio…” —murmuró para sí, girando la cabeza sobre la almohada.
Unos segundos después, una voz familiar tocó la puerta, como quien llama a un recuerdo querido.
—¡Biel! ¿Ya estás despierto? —dijo Acalia desde el otro lado, su tono animado y cálido como pan recién horneado—. Mi mamá dice que vengas a desayunar.
Biel se desperezó lentamente, estirando los brazos como si tratara de alcanzar el techo.
—Está bien, enseguida voy. —respondió, su voz aún ronca por el descanso.
—Bueno, te esperamos. —canturreó Acalia antes de alejarse, sus pasos danzando con ligereza por el pasillo.
Biel se incorporó y estiró el cuello con un leve crujido. Luego arregló la cama con cuidado, sacudiendo las sábanas como si aún contuvieran fragmentos de su sueño. El cuarto estaba impregnado de una calidez que no provenía solo del clima, sino del aura acogedora de la familia que lo hospedaba.
Mientras caminaba hacia el comedor, Biel no pudo evitar reflexionar.
—Qué buenas personas son los padres de Acalia… —pensó— Quizás se deba a que antes sus almas fueron de dioses. Tal vez sus virtudes no se perdieron, sino que fueron tejidas en sus almas humanas, como hilos dorados que atraviesan vidas.
Al llegar al comedor, una escena tranquila y hogareña lo recibió: una mesa generosamente servida, el aroma a pan con canela y fruta fresca flotando como una sinfonía invisible, y Elaris y Thalgron sentados como si fueran reyes en su exilio voluntario.
Biel inclinó la cabeza con cortesía.
—Buenos días. Gracias por dejarme hospedarme en su casa.
Elaris sonrió con la calidez de un amanecer.
—No es nada. Solamente ayudamos a un amigo de nuestra hija.
Thalgron, de brazos cruzados y mirada recia como un acantilado, soltó una risa nasal.
—Pero no creas que te doy mi aprobación de suegro.
Biel, atónito, sintió cómo se le atoraban las palabras en la garganta. Su cara se tiñó de un rubor leve.
—¡N-no es lo que parece!
Acalia, que entraba justo en ese momento con un plato en las manos, tropezó levemente al escuchar a su padre.
—¡Papá, no me avergüences así! —exclamó con las mejillas más rojas que una fresa encantada bajo el sol.
Thalgron soltó una carcajada profunda, esa clase de risa que solo un dios reencarnado podría tener.
—Solo es una broma… pero igualmente, Biel… cuida de mi hija.
Biel tragó saliva, pero se recompuso con dignidad.
—Claro que sí. Ella es especial.
Acalia casi dejó caer el plato. Su rostro se convirtió en una bandera carmesí de vergüenza y ternura reprimida. Los ojos le brillaban como si una estrella hubiera decidido residir allí por un instante.
Thalgron alzó una ceja, y por un instante, una pequeña vena le palpitó en la frente.
Biel, captando la energía densa que se generaba, levantó ambas manos con nerviosismo.
—¡Solo es un decir! Solo un decir…
La tensión se rompió con una carcajada de Elaris, que hizo que incluso los cubiertos tintinearan sobre la mesa.
—Vamos, siéntense, que el desayuno se enfría.
La conversación se volvió más ligera mientras todos desayunaban. Acalia se ocupaba de servir jugo de frutas que chispeaban levemente con magia, y Thalgron cortaba pan como si fuera un campo de batalla en miniatura. Biel no podía evitar sonreír al ver cómo esa familia, que había sido dioses, ahora vivía con tanta humildad y calidez.
Al terminar, Thalgron se puso de pie, se ajustó un cinturón con herramientas y dio un golpe amistoso en el hombro de Biel.
—Bueno, me voy a trabajar. Recuerda lo que te dije, ¿eh?
—Sí, señor Thalgron. —dijo Biel con una leve reverencia.
Apenas se cerró la puerta tras él, Biel se volvió hacia Acalia.
—Bueno… es hora de retirarme. Tengo que ir a hacer unas cosas.
Acalia, aún sentada, lo miró con una sonrisa animada.
—Entonces iré contigo.
Biel ladeó la cabeza, sorprendido.
—¿Pero no sé si tu madre te dejará ir con un desconocido a ir por ahí…?
Antes de que Acalia pudiera responder, Elaris se adelantó con un tono risueño y una mirada llena de complicidad.
—Ya no eres un desconocido. Eres el amigo… y novio de mi hija. Así que ya no eres un desconocido.
La cucharita que Acalia sostenía cayó al plato con un tint perfecto.
—¡Mamá, ¡qué dices! ¡Solo somos amigos! —gritó, llevándose las manos al rostro, como si intentara esconderse detrás de su propia existencia.
Biel también se puso rojo como un rubí recién forjado, y murmuró entre dientes:
—Solo somos amigos…
Elaris rió con una elegancia traviesa.
—Solo es una broma. Pero no me digas que no hacen bonita pareja…
—Definitivamente sí que son bromistas, —pensó Biel, rascándose la nuca con torpeza.
—Recuerda que puedes quedarte todo el tiempo que quieras en esta casa. —añadió Elaris con una dulzura que desarmaba.
Biel negó suavemente con la cabeza.
—Gracias, pero debo encontrar un lugar para hospedarme. No quiero depender solo de Acalia.
—Bueno, pero hasta que encuentres ese lugar, puedes vivir con nosotros. —insistió ella.
—Claro. Gracias. —respondió con una sonrisa sincera—. Bueno, nos vamos.
Elaris caminó hacia ellos y acarició suavemente el cabello de Acalia, como solo una madre puede hacerlo.
—Cuida de mi hija, Biel.
—Sí… eso haré. —dijo, esta vez con más convicción que nervios.
—¡Mamá, sabes que me puedo cuidar sola! —protestó Acalia.
—Claro que lo sé… pero nadie sabe qué puede suceder en cualquier momento.
—Tendré cuidado, mamá. —dijo Acalia, abrazándola brevemente.
—Cuídate, hija. —fue la última bendición que Elaris les dio antes de que cruzaran la puerta.
El sol brillaba con fuerza en el cielo encantado, y las calles de la ciudad estaban vivas con el zumbido de energía mágica. Las casas estaban construidas con piedras que susurraban historias, y los postes de luz tenían pequeñas hadas durmiendo en sus bases.
Biel caminaba al lado de Acalia por una calle empedrada que parecía latir bajo sus pies.
—Así que… novio, ¿eh? —bromeó él, dándole un leve codazo.
—¡No empieces! —Acalia lo empujó suavemente, su rostro todavía encendido.
—Admito que me halagó un poco… —añadió él con media sonrisa, mirando hacia el cielo.
—¡¿Qué?! ¡Biel! —Acalia se tapó la cara—. ¡No digas esas cosas tan tranquilo!
—¿Qué cosas? Solo dije que me halagó. No dije que quería casarme. —se encogió de hombros con fingida inocencia.
—¡Este chico me va a volver loca! —murmuró ella, mordiéndose el labio para no sonreír más de la cuenta.
Y así, caminando juntos entre callejones encantados, tiendas flotantes, gatos con alas y panaderías que vendían “pan del alba”, Biel y Acalia se adentraron en la ciudad que aún no conocían del todo.
Pero en sus pasos, en sus bromas, y en los silencios cómodos que compartían… ya se estaba tejiendo algo.
Algo que ni el tiempo, ni los dioses, ni los demonios podrían borrar.
Las calles de Renacelia estaban vivas como un organismo palpitante. Cristales flotantes servían de faroles diurnos, emitiendo una suave luz azulada que reaccionaba al paso de los ciudadanos. Árboles con copas color amatista decoraban las veredas, y pequeños gólems urbanos cargaban canastos con fruta brillante, saludando a los niños con voces metálicas.
Biel caminaba junto a Acalia en ese lienzo de magia y arquitectura viva. El sol bañaba los tejados de la ciudad como si pintara la mañana con oro líquido, y entre ellos, los dos jóvenes compartían una calma extrañamente íntima.
—Acalia… —rompió el silencio Biel mientras evitaba una mariposa de papel que voló frente a ellos—. ¿Sabes usar tu poder de Herencia Primordial?
Acalia ladeó la cabeza, como si la pregunta la sacara de un estado de contemplación.
—La verdad… solo un poco. —admitió con una media sonrisa—. Es un poder que me permite utilizar las fuerzas de otras personas y con ella usarlas a mi favor.
Biel guardó silencio, aunque por dentro su mente chispeaba con la claridad del conocimiento antiguo.
—No sabe lo que su habilidad puede hacer en realidad… —pensó mientras la miraba de reojo— No es solo la fuerza de las personas. También puede tomar sus habilidades, incluso las de dioses. Por eso… la Acalia del pasado fue una de las más fuertes. La Maestra Espadachina…
—¿Qué te sucede, Biel? —preguntó ella de repente, observándolo con una mezcla de curiosidad y ternura—. Te ves perdido.
Biel parpadeó, saliendo del trance mental, y dibujó una sonrisa tranquila.
—No es nada. —respondió, bajando ligeramente la mirada—. Por cierto… ¿sabes usar la espada?
Acalia se cruzó de brazos, y una chispa de orgullo encendió su mirada.
—Sí. Una vez la tomé por primera vez cuando mi papá me entrenaba, y entonces lo derroté varias veces… bueno, creo que se dejaba ganar para que no me pusiera mal.
Biel soltó una risa corta, divertida por la imagen mental de Thalgron siendo vencido por una versión más joven de Acalia.
—Entonces vamos a ese lugar. —dijo, señalando con el dedo una estructura de madera y piedra con un cartel flotante en el aire: “Forja del Alba – Entrenamiento de Espadas”.
El interior era cálido, con paredes cubiertas de espadas mágicas selladas en vitrinas. Al entrar, un hombre de barba espesa y ojos brillantes los saludó con una sonrisa amistosa.
—¡Bienvenidos, niños! ¿Vienen aquí para entrenar?
—Sí. —respondió Biel.
—Entonces, vengan por aquí.
El hombre los guio hacia una pequeña puerta al fondo del recinto. Biel miró por una ventana cercana y frunció el ceño.
—Hmm… esa habitación parece demasiado pequeña para entrenar.
El dueño rió.
—Así parece… pero en realidad tiene un campo distinto dentro.
Biel arqueó una ceja, curioso. Al cruzar la puerta, una ráfaga de energía le acarició la piel. Su cuerpo se sintió como si flotara un segundo… y luego el entorno cambió por completo.
Ante ellos se abría una vasta llanura cercada por árboles de acero vivo. La arena del suelo era gris cenizo, y una cascada flotante caía en reversa, desafiando la gravedad al ritmo de una melodía que solo el silencio podía escuchar.
—¡Vaya… era verdad lo que decía el señor! —exclamó Biel, fascinado.
Acalia, sin embargo, mantenía una expresión calmada.
—No te ves sorprendida. —comentó Biel.
—Eso es porque ya estuve aquí hace unos años. Además… aquí obtuve un título de maestra con la espada.
Biel abrió los ojos, impresionado.
—¿Maestra con la espada? Entonces… ¿ya domina la perfección en el arte de la espada…?
—Bueno, entonces practiquemos un poco. —dijo él con una sonrisa desafiante.
—Está bien. Pero después no estés llorando porque te gané. —respondió ella con picardía.
—Eso veremos.
Ambos tomaron espadas de entrenamiento encantadas, livianas como el viento, pero resistentes como la voluntad. Se ubicaron uno frente al otro en la arena.
Los primeros choques fueron sutiles. Biel atacó con un corte horizontal, Acalia bloqueó con facilidad. Ella respondió con una estocada al hombro, Biel la esquivó girando con agilidad. Sus movimientos eran como una danza ancestral que sus cuerpos recordaban mejor que sus mentes.
—Veo que te subestimé… sí sabes usar la espada. —dijo Acalia mientras retrocedía con gracia.
—Igualmente, eres muy diestra. —respondió Biel—. Tus movimientos son naturales, como si la espada y tú fueran uno solo.
Acalia asintió.
—La verdad… un día tomé una espada, y desde entonces, como si fuera magia… aprendí todo sobre ella.
—Ya veo… entonces desde hace años atrás tu poder despertó.
Acalia se detuvo, sorprendida.
—¿Cómo sabes que despertó?
Biel dudó un instante.
—Bueno… la habilidad de Herencia Primordial le permite al usuario usar las habilidades de otras personas para sí mismo.
Ella lo miró fijamente, sus ojos buscando respuestas entre los de él.
—¿Cómo sabes que así funciona la habilidad de Herencia Primordial?
—No puedo decirle que ya conozco esa habilidad…
—Lo sé porque… lo leí en un libro. —dijo, intentando sonar convincente.
—¿Cómo que en un libro? Si según la academia, esta habilidad no es común. ¿Cómo es posible que tú sepas algo así?
Biel titubeó. Sus pensamientos se arremolinaban como hojas en un vendaval. No había registros modernos, ni historias documentadas. Nadie recordaba el pasado… salvo él.
—No tengo alternativa… debo decirle la verdad.
Respiró hondo.
—Acalia… ¿me creerías si te dijera que he reencarnado con los recuerdos del héroe de hace 200 años?
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué? ¿Reencarnaste? Eso solo son cuentos de hadas. Aparte… ¿cómo vas a ser tú el héroe que salvó el mundo hace 200 años…?
Pero entonces, un dolor atravesó la mente de Acalia como un relámpago en una noche tranquila. Cayó de rodillas, tomándose la cabeza.
—¡Ah! ¡Me duele la cabeza!
Biel corrió a sostenerla.
—¿Acalia, ¿qué te sucede?
—¡No lo sé! Veo… veo imágenes… ¡Recuerdos! ¿Quién… quién es ella?
Una ráfaga de visiones la invadió:
Una chica parecida a ella, luchando junto a un chico de cabello oscuro contra un vampiro imponente.
El chico se lanza frente a ella para recibir un golpe mortal.
Ella grita, la rabia y el dolor rompen su límite, y con un grito de furia… atraviesa al vampiro.
Luego cae de rodillas, llorando sobre el cuerpo inerte del chico.
Cura sus heridas… pero no puede traerlo de vuelta.
Acalia jadeaba. Su rostro estaba empapado de sudor.
—Veo a una chica… casi igual a mí, pero más adulta. Luchaba junto a un chico contra un vampiro… el chico murió para salvarla. Ella se enfureció, mató al vampiro… pero no pudo traerlo de vuelta.
Biel apretó los dientes.
—Lip… —pensó— Esa fue la batalla contra Lip, el rey vampiro. La escena de mi sacrificio…
—Acalia… esos recuerdos… son memorias pasadas de ti.
—¿De mí? Estás bromeando… ¿no?
—No. Es verdad. Como te dije… yo reencarné. Y tú también lo hiciste. Tú eres Acalia… la amiga del héroe de hace 200 años.
Ella lo miró, temblorosa, vulnerable. Sus labios se movían, pero no salían palabras. Solo una emoción latente, una intuición que ardía en su pecho.
—Cuando escuché tu nombre en el instituto… algo en mí reaccionó. Una chispa. Una memoria. ¿Era por esto…?
—Entonces… según tú, porque eres la reencarnación del héroe, sabes que mi habilidad de Herencia Primordial es más que solo tomar prestada la fuerza de las personas.
—Efectivamente. La Herencia Primordial… fue una de las habilidades más poderosas hace más de 200 años. Y tú… eras su portadora.
Acalia bajó la vista. Su mente aún era un torbellino, pero su corazón comenzaba a calmarse.
—Bueno… confiaré en ti. Aunque todavía no creo del todo la historia que me acabas de contar.
Biel sonrió con ternura, como alguien que comprende que las verdades más grandes no se aceptan de inmediato.
—No tienes que creerme ahora. Solo… camina a mi lado. El resto… lo descubrirás tú misma.
Y en medio del campo encantado, las espadas ya olvidadas en la arena, el viento soplaba como si los antiguos espíritus del pasado los observaran con orgullo… esperando ver cómo las piezas del destino volvían a unirse.
El viento etéreo del campo de entrenamiento soplaba con una intensidad creciente, como si los mismos espíritus del pasado se agitaran, expectantes. Acalia, aun procesando la revelación de su identidad reencarnada, miraba a Biel con una mezcla de incredulidad, respeto… y algo más profundo, algo que vibraba entre sus recuerdos recién despertados y su alma.
Biel dio un paso al frente, con la mirada seria, pero serena.
—Acalia, te enseñaré a utilizar tu habilidad de Herencia Primordial.
Ella alzó una ceja, cruzando los brazos con escepticismo divertido.
—Está bien. Si logras enseñarme lo que según tú sabes… te creeré.
Una sonrisa tranquila se dibujó en el rostro de Biel, quien retrocedió un par de pasos, levantó su espada con ambas manos y cerró los ojos. El aire se tensó, como si el espacio mismo contuviera la respiración.
De pronto, una oscuridad viva, líquida y vibrante como la noche misma, empezó a envolverse alrededor de su hoja. No era una sombra común. Era una oscuridad densa, casi tangible, que destilaba poder y ruina.
Acalia retrocedió un paso instintivamente, sus ojos agrandándose.
—¿Qué clase de magia es esa? ¿Por qué… es tan oscura?
Biel mantuvo la mirada fija en su espada mientras esta latía como un corazón de sombras.
—Es porque este poder… es de Monsfil. El Rey Demonio de la Destrucción Eterna.
El rostro de Acalia palideció levemente.
—¿Rey demonio…? ¿Me quieres decir que tú tienes las habilidades del legendario Rey Demonio Monsfil? Él era una leyenda… ¡Es imposible que tú tengas su poder!
Biel bajó su espada envuelta en oscuridad y la clavó suavemente en el suelo, sin romperlo.
—Es la verdad. Yo soy su sucesor. Monsfil me escogió como su portador. Me entregó todo su poder mágico… y me aceptó como portador de su legado. Pero ahora… solo puedo usar el 25% de la forma imperfecta.
Los ojos de Acalia no se despegaban de él. Había un fulgor en su mirada que comenzaba a borrar las dudas. Su corazón latía más fuerte, no por miedo, sino por una certeza creciente.
—Sus ojos… no mienten.
Biel dio un paso adelante y extendió su espada hacia ella.
—Bueno, entonces toma mi poder. Tu habilidad de Herencia Primordial te lo permite.
Acalia lo miró con nerviosismo, pero su determinación era más fuerte.
—Está bien.
Con un gesto solemne, extendió su mano hacia la hoja cubierta de sombras. Apenas la punta de sus dedos rozó la energía, un estallido silencioso de chispas oscuras se elevó. La oscuridad abandonó la espada de Biel y serpenteó en el aire como un dragón hecho de humo nocturno. Luego se envolvió en la espada de Acalia, tiñéndola con la misma aura tenebrosa.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Q-qué es esto…? ¡Puedo sentirlo! La oscuridad… ¡el poder! —exclamó, mirando su espada con asombro reverente.
Biel asintió con una sonrisa de satisfacción.
—Ves… esa es la verdadera habilidad que tú posees.
Acalia bajó la vista hacia su arma. El acero parecía respirar, susurrándole secretos antiguos en un idioma que recién comenzaba a comprender.
—Vaya… ahora te creo más sobre que tú y yo reencarnamos. Está claro que sabes cómo funciona la habilidad de Herencia Primordial… y, sobre todo, conoces su potencial.
Alzó la mirada con fuego renovado.
—En fin… entonces sigamos con el duelo.
—Eso era lo que estaba esperando que dijeras.
Ambos se prepararon. El campo de entrenamiento, sensible a la magia, extendió su perímetro como si respondiera a su intención. Las nubes flotantes se desplazaron, el cielo artificial se tornó más claro, y un leve zumbido mágico envolvió la zona, marcando el inicio de una batalla seria.
Las espadas chocaron con fuerza. El primer impacto fue como el crujir de un trueno contenido. Biel desvió un tajo lateral con un movimiento en espiral, retrocediendo un paso mientras Acalia se lanzaba con la velocidad de un relámpago.
—¡No creas que porque me mostraste cómo usar la Herencia, me vas a ganar fácil! —exclamó ella, con una sonrisa.
—Nunca lo creí. Sé bien de lo que eres capaz. —respondió él, girando sobre su propio eje para lanzar una estocada precisa.
Acalia esquivó y dio una patada giratoria que Biel bloqueó con su antebrazo envuelto en aura oscura. El suelo tembló bajo sus pies. La magia fluyó por sus espadas como ríos vivos, cruzándose y danzando como lobos en batalla.
Cada golpe era una sinfonía de acero.
Cada estocada, una nota de un pasado renacido.
Cada paso, un eco de lo que fueron… y lo que podrían volver a ser.
Biel giró sobre sí mismo y lanzó una ráfaga de oscuridad, no letal, pero potente. Acalia contraatacó imitando su mismo ataque: una ráfaga gemela surgió de su espada y ambas colisionaron en el centro del campo, formando una explosión de luz negra que ondeó en círculos perfectos.
—¡Vaya! Realmente puedes copiar incluso la energía demoníaca. —exclamó Biel, jadeando ligeramente.
—¡Gracias a ti! Esto es… ¡increíble! —gritó ella, avanzando con una combinación de cortes bajos y rápidos.
El combate continuó por varios minutos, cada uno empujando al otro al límite. Sus cuerpos se movían como cometas en una tormenta, desafiando la gravedad, chocando y retrocediendo, envueltos en energía y determinación.
Acalia dio un salto hacia atrás y se lanzó en picada con un tajo vertical cubierto de oscuridad.
—¡Técnica sombra descendente! —gritó.
Biel cruzó su espada frente a él y liberó un corte ascendente, rugiendo:
—¡Ascenso del colmillo oscuro!
Las dos espadas se encontraron en un destello de oscuridad pura. El impacto fue tan intenso que el suelo se fragmentó bajo sus pies, y ambos fueron lanzados en direcciones opuestas, rodando por el campo.
El silencio regresó… solo interrumpido por sus respiraciones agitadas.
Biel se incorporó, riendo entre dientes.
—Creo… que fue un empate.
Acalia también se sentó, sacudiendo el polvo de su ropa y riendo suavemente.
—Sí… un empate justo. Aunque no me esperaba ese último ataque.
—Ni yo el tuyo. Fue increíble.
Ambos se miraron… y por un instante, el mundo pareció detenerse.
Había sudor en sus frentes, cortes leves en sus brazos, pero también una conexión que iba más allá de las palabras. Entre jadeos y sonrisas, sus ojos hablaron por ellos.
—Gracias, Biel. —dijo Acalia al fin—. Gracias por ayudarme a descubrir lo que hay dentro de mí.
—Siempre estaré para ayudarte… Acalia.
El campo comenzó a desactivarse, desvaneciéndose poco a poco en partículas flotantes de luz. Ambos jóvenes se pusieron de pie, aun sonriendo, sus espadas ahora envainadas… pero sus almas más despiertas que nunca.
Y así, entre risas, oscuridad y duelos… dos antiguas almas comenzaron a reencontrarse en el presente.
Luego del intenso duelo, aún con las mejillas enrojecidas por el esfuerzo y las risas, Biel y Acalia salieron del campo de entrenamiento como si el aire mismo les agradeciera la batalla. Sus pasos resonaban por las calles de Renacelia, cada uno lleno de una confianza naciente, como si el pasado y el presente empezaran a caminar al mismo ritmo.
—Bueno… es hora de ir a recorrer la ciudad. —dijo Biel, girándose hacia Acalia con una sonrisa liviana.
—Sí, vamos. —respondió ella, algo más alegre que antes. Sus ojos ya no cargaban el mismo peso del desconcierto. Ahora brillaban con una mezcla de curiosidad… y confianza.
Mientras caminaban, pasaban frente a tiendas mágicas, puestos flotantes con frutas que cantaban nombres al ser tocadas, y estatuas que se movían suavemente saludando a los transeúntes. La ciudad era un mosaico de maravillas, y Biel se sentía como si cada rincón fuera un recuerdo en potencia.
Pero justo cuando giró para entrar en una calle más angosta, su cuerpo chocó de lleno con alguien.
—¡Ah! —exclamaron ambos al unísono, el impacto leve pero sorpresivo.
Biel retrocedió medio paso, sacudiendo la cabeza. Su voz salió casi instintiva.
—Discúlpame… iba despistado.
Extendió su mano para ayudar a la persona frente a él, pero en cuanto sus ojos se encontraron con los de ella… el mundo se detuvo.
Cabello rosado, largo y ligeramente ondulado, como una cascada encantada. Ojos color rubí brillante que no parecían humanos, sino estrellas comprimidas. Su presencia irradiaba energía… y nostalgia. El corazón de Biel latió con fuerza.
—¡Sarah…! —pensó.
—Yo debería disculparme… —respondió ella, aceptando su mano—. Yo iba corriendo y no me di cuenta que alguien venía.
Pero Biel no respondió. Sus labios estaban sellados por la sorpresa. Sus ojos se habían abierto como si acabara de ver un fantasma… o más bien, a una amiga perdida y reencontrada por la eternidad.
Sarah lo observó, confundida.
—Oye… tu amigo se quedó paralizado. —le dijo a Acalia.
Acalia lo miró, entre divertida y desconcertada.
—No sé qué le pasa… es como despistado.
—Ah, entiendo… —respondió Sarah con una sonrisa ladeada.
Entonces, como si una chispa lo hiciera regresar a su cuerpo, Biel parpadeó. Su alma se había adelantado unos segundos, atrapada en un recuerdo que apenas podía articular.
—Tú eres… Sarah. —dijo sin pensar.
Sarah parpadeó, sorprendida.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Biel se congeló. Había hablado sin querer, empujado por el peso de la emoción. Justo en ese momento, una voz masculina cortó el aire.
—¿Qué sucede, hija? ¿Quiénes son estos desconocidos?
Un hombre alto, de porte elegante, pero con una aura espesa y antigua, se acercó. Su cabello oscuro caía con elegancia y sus ojos eran profundos, con una sombra que no se disipaba. Acalia lo miró… y todo su cuerpo se tensó.
Un sudor frío recorrió su espalda. Ese rostro…
—¡Es él! ¡El mismo de los recuerdos… el vampiro!
Comenzó a temblar sin darse cuenta.
El hombre percibió la tensión y alzó su aura, como una sombra caliente expandiéndose en la calle. Su energía no era ofensiva, pero sí intimidante.
—¿Qué le hiciste a mi hija, desconocido?
Biel no se dejó afectar. Aunque su corazón dio un vuelco, su expresión no cambió. Sabía perfectamente quién era ese hombre.
—Mil disculpas, señor. Por ir distraído choqué con su hija. Le pido sinceras disculpas.
El aura del hombre comenzó a disiparse, como si sus palabras hubieran calmado el eco de una tormenta.
—Ya veo. Así que eso fue.
Sarah lo miró con cierto fastidio.
—Papá, no tenías que sacar tu aura amenazante para preguntar lo que pasó.
—Es que me preocupé por ti, hija. —respondió el hombre bajando la mirada, un poco avergonzado.
Luego alzó la vista y les sonrió, ya más relajado.
—Vaya, no me he presentado aún. Mi nombre es Lip, y ella es mi hija, Sarah. Mucho gusto, niño… ¿cómo te llamas?
Biel tragó saliva, aunque por dentro ya lo sabía. Aun así, respondió con firmeza.
—Mi nombre es Biel.
Lip entrecerró los ojos, sorprendido.
—¿Biel? ¿Acaso tú eres el chico que no pudo ser medido por el detector mágico en el Instituto de Historia Mágica?
Biel se tensó.
—¿Cómo sabe eso…?
Lip sonrió como un zorro que sabe más de lo que aparenta.
—Porque yo trabajo ahí como subdirector del Instituto.
—¡¿Qué?! —exclamó Acalia sin poder contenerse.
Sarah rió suavemente, con los brazos cruzados.
—Así que él es el chico del que hablabas antes.
—Sí. Él es de quien tengo curiosidad. —confirmó Lip—. Te esperaré en el examen de admisión. —dijo antes de girarse para marcharse.
Sarah, con una sonrisa cálida y ojos chispeantes, hizo un gesto con la mano.
—Nos volveremos a ver. —y se fue tras su padre.
El silencio volvió a envolver la calle.
Biel se quedó mirando el punto donde Sarah había desaparecido. Sus ojos aún brillaban con emoción.
—Sarah… ha reencarnado. Y también Lip. No lo puedo creer…
Pero a su lado, Acalia seguía temblando.
—¿Qué te pasa? —preguntó Biel, con preocupación.
—Esa persona… tenía el mismo rostro del vampiro que vi en los recuerdos. —respondió con voz temblorosa.
Biel asintió con comprensión.
—Es que él es la reencarnación de Lip, el rey vampiro. Y ella es su hija.
Acalia abrió los ojos con espanto.
—¿Rey vampiro…? Entonces… ¿él fue quien te asesinó hace 200 años?
Biel asintió lentamente.
—Sí. Pero para ese entonces… él ya no era él. Era solo una marioneta de Domia. Lip ya había muerto hace tiempo. Lo que enfrentamos fue un eco corrupto.
Acalia lo miró, aún dudosa.
—¿Estás diciendo que ese Lip… no era malvado?
—No. En realidad, Lip nunca fue completamente malo. Solo protegía lo más valioso para él… sus hijos: Sarah y Muskar.
Acalia bajó la mirada, asimilando todo.
—Entonces… ¿este señor no es peligroso?
—No. Ahora solo es un simple vampiro. Y ni siquiera ha evolucionado a un auténtico vampiro aún.
Ella respiró más tranquila, aunque aún quedaba un resquicio de temor.
—Entiendo… entonces no hay de qué preocuparse.
Hubo una pausa. Luego Acalia giró la mirada hacia él con una ceja arqueada.
—¿Y esa chica… la conoces?
Biel la miró, con un toque nostálgico en los ojos.
—Sí. Ella también es mi amiga. Reencarnó, igual que tú. Sarah… también formó parte de mi grupo de aventuras hace 200 años.
—Ya veo… —respondió Acalia, inflando levemente las mejillas—. Así que es otra de tus amigas.
Biel notó la ligera molestia disfrazada en su tono. La miró divertido.
—¿Acaso estás celosa, Acalia?
—¡¿Qué?! ¡Claro que no! —gritó ella, dándose vuelta con el rostro rojo como un tomate—. Solo digo que tienes muchas amigas reencarnadas por ahí.
—Bueno… será que todas querían seguir conmigo hasta el fin del mundo.
Acalia lo golpeó suavemente en el brazo.
—¡Presumido!
Ambos rieron.
Y mientras seguían caminando por Renacelia, entre risas, magia y memorias renacidas… el lazo entre ellos se hacía más fuerte.
Como si el destino, lentamente, comenzara a recomponer la historia.
La noche había abrazado a Renacelia con una delicadeza cósmica. Las lunas dobles se asomaban por las ventanas de los hogares, arrojando destellos plateados como caricias silenciosas. En lo alto de una torre de cristal viviente, en uno de los barrios nobles del distrito oeste, una luz tenue iluminaba la habitación de Sarah.
La joven de cabello rosado estaba acostada sobre su cama flotante, sostenida por runas mágicas que la mantenían ingrávida, como si descansara sobre un suspiro de estrella. Las sábanas de seda encantada le cubrían las piernas, y su largo cabello caía como cascada sobre la almohada. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, y los ojos abiertos… brillando con un fulgor distinto.
Un suspiro escapó de sus labios, suave como un hechizo olvidado.
—”Biel…” —susurró en voz baja, como si temiera que el aire se burlara de ella.
No podía dejar de pensar en él. Desde que sus ojos se encontraron en aquella calle… algo se había encendido en su pecho. Al principio fue sorpresa. Luego curiosidad. Pero ahora… ahora ese cosquilleo extraño se había instalado en su corazón con la torpeza tierna de un primer amor.
—”¿Por qué se quedó tan paralizado al verme?” —se preguntó en voz alta, girándose sobre un costado—. “Y cómo supo mi nombre… nadie se lo había dicho.”
Tapó su rostro con ambas manos, avergonzada al recordar su reacción.
—”Ay no… y yo ahí, toda relajada, diciendo ‘¿qué le pasa a tu amigo?’ ¡Qué vergüenza!”
Rodó sobre sí misma hasta quedar boca arriba otra vez, mirando el techo estrellado mágico que representaba el firmamento de la ciudad.
—”Pero… fue dulce.”
Cerró los ojos. La imagen de Biel reapareció en su mente como una pintura viva: su cabello, sus ojos profundos, su voz calmada pero firme… y esa forma en que la miró. Como si… la conociera desde siempre.
Su corazón latió más rápido.
—”¡Ahh! ¡No puede ser! ¡Me estoy enamorando de alguien que acabo de conocer!” —dijo, sentándose de golpe en la cama, con las mejillas encendidas como una aurora atrapada en una pecera.
Su mirada se posó en el espejo flotante al otro lado de la habitación. Caminó hacia él, con pasos ligeros sobre el suelo encantado, y se observó.
—”Sarah, reacciona. Es solo un chico. Guapo… valiente… con ojos que parecen contener galaxias… pero ¡solo un chico!”
Se dio un par de cachetadas suaves en las mejillas, como si pudiera expulsar al amor naciente a golpes. Pero en vez de disiparlo, ese gesto solo lo hacía más evidente.
—”Y encima… se llama Biel. Qué nombre tan bonito.” —dijo en un susurro, recostando la frente contra el espejo.
La magia del cristal reaccionó a su emoción y proyectó una imagen tenue del chico. Era solo un reflejo de su memoria, pero suficiente para hacerla suspirar de nuevo.
—”Papá dijo que trabaja en el instituto… eso significa que lo veré en el examen.”
Una sonrisa cruzó sus labios. Su mirada se volvió más juguetona, como si ya estuviera ensayando lo que diría la próxima vez que lo viera.
—”Le voy a hacer tantas preguntas… ¡como venganza por dejarme paralizada!”
Caminó hasta su cama otra vez, se tiró sobre ella con un suave rebote mágico y abrazó una almohada como si fuera un escudo.
—”¿Qué tiene ese chico…? ¿Por qué siento que… lo conozco?”
El pensamiento le heló la piel y, al mismo tiempo, le encendió el alma.
Una escena cruzó su mente. Fugaz, como una chispa: ella… pero diferente. Más mayor. Más fuerte. Luchando junto a alguien. Un campo de batalla… oscuridad… sangre… y una pérdida.
Sarah abrió los ojos.
—”¿Qué fue eso…?”
Pero al igual que vino, la imagen se desvaneció.
El corazón le latía con fuerza. No solo por la emoción del día, sino por algo más profundo. Algo que rozaba lo ancestral.
—”Él… ¿me conoce de antes?”
El silencio de la habitación parecía querer responderle. Las runas del techo vibraron levemente, como si escucharan su corazón.
Y entonces lo dijo, sin pensarlo demasiado, como si una parte de ella ya lo supiera desde antes:
—”Me enamoré de él…”
La frase se quedó flotando en el aire, cargada de una dulzura tan pura que casi dolía. Sarah se tapó la boca, sonrojada.
—”¡Lo dije en voz alta!”
Se tapó con las sábanas hasta la cabeza y soltó una risita.
—”Estoy loca… lo sé. Pero…” —se asomó desde el cobertor— “…es como si mi corazón lo hubiera estado esperando desde siempre.”
Cerró los ojos lentamente. La imagen de Biel seguía ahí, viva en su mente. Pero ya no la incomodaba. Al contrario, la calmaba.
—”Nos volveremos a ver…” —murmuró— “…y cuando eso pase… me aseguraré de que no se quede paralizado otra vez.”
Y con esa sonrisa traviesa en los labios, Sarah cayó en un sueño suave, abrazada a su almohada, con el nombre “Biel” susurrado una última vez entre sueños.
El amor, a veces, no necesita tiempo. Solo un recuerdo… y una mirada.
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