Fragmento de lo Infinito - Capítulo 78
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Capítulo 78: Capítulo 77: El Eco de una Promesa Rota
Dos días después…
El sol se filtraba entre las nubes como si intentara, tímidamente, empujar al mundo hacia un nuevo comienzo. En Renacelia, la ciudad donde lo mágico y lo moderno se abrazaban sin complejos, el cielo tenía un azul limpio que parecía haber sido pulido por los dioses. Era una mañana especial.
Biel, que había pasado los últimos tres días en la casa de Acalia, se levantó con una sonrisa serena. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que su alma descansaba. Vivir en ese hogar cálido, entre cenas sencillas, risas espontáneas y el ladrido ocasional de un perro vecino que confundía mariposas con amenazas, le había dado una calma casi mágica.
Acalia bajaba por las escaleras ajustando su chaqueta blanca con bordes azules, sus hombreras suaves ligeramente ladeadas. El broche con la estrella triple brillaba sobre su pecho. Su falda dividida caía en pliegues firmes sobre los pantalones delgados, mientras las botas encantadas emitían un leve resplandor con cada paso.
—¿Ya estás listo? —preguntó ella, viendo a Biel pelear con una arruga en su abrigo negro.
—Más que listo. Hoy es el gran día —respondió él, alisando los detalles plateados de su vestimenta y ajustando su guante rúnico con un gesto firme—. El examen de admisión nos espera… junto con un montón de nervios colectivos.
—Mejor que estén nerviosos ellos. Nosotros vamos confiados —replicó Acalia, sonriendo.
En el recibidor, Elaris les tendió una caja con dulces energéticos envueltos en papel dorado.
—Por si el examen no viene con desayuno incluido —dijo, guiñando un ojo.
Thalgron los esperaba apoyado contra el marco de la puerta, su presencia imponente como una estatua de fuego contenido.
—Ella sí puede. Porque es fuerte —dijo, mirando a su hija con una mezcla de orgullo y desafío.
Acalia bajó ligeramente la cabeza, agradecida.
Biel, de pie junto a ella, no pudo evitar sentir un calor en el pecho. “Qué bonito es ver a alguien tan querido recibir palabras así…”, pensó.
Y así, los dos salieron en dirección al Instituto de Historia Mágica de Renacelia.
El viento jugaba con los bordes de sus ropas, como si también quisiera seguirlos. Las calles, pavimentadas con piedra blanca, ya comenzaban a llenarse de jóvenes aspirantes, algunos murmurando fórmulas, otros con el rostro pálido de quien olvidó repasar algo.
Mientras caminaban, Biel rompió el silencio con una mirada curiosa:
—Oye, Acalia… ¿ya me crees?
—¿Creerte qué?
—Que soy la reencarnación de Biel. El héroe aclamado. ¿Recuerdas?
Acalia soltó una risa breve.
—Aún no te creo al 100%. —Se detuvo a mirarlo con esos ojos que parecían leer más de lo que decían—. Pero me enseñaste cómo funciona mi habilidad… así que te creo un 25%.
—¡¿Solo un 25%?! ¡Eso ni siquiera es una calificación aprobatoria!
—Además —continuó ella, ignorando su queja dramática—, fuiste la primera persona que pudo comprender mi habilidad. Ni mi padre pudo…
Recuerdo de hace dos días…
—¡Papá! Hoy aprendí a usar mi habilidad de Herencia Primordial —dijo Acalia entrando al patio, agitada, con una mezcla de emoción y orgullo en su voz.
Thalgron, que estaba practicando movimientos con una lanza mágica, se giró con una ceja levantada.
—Vaya, hija. ¿Cómo así que aprendiste a usar tu habilidad? Ni yo ni tu madre podíamos comprender esa habilidad.
Acalia sonrió como quien está por revelar un truco de magia.
—Fue gracias a Biel.
Al escuchar el nombre, Thalgron frunció el ceño. Algo se movió dentro de él. ¿Celos? ¿Inseguridad? ¿Un ligero deseo de lanzarle una sandía al cráneo al muchacho?
—Así que ese tal Biel es capaz de saber cómo funciona tu habilidad —dijo con una sonrisa sádica que helaba hasta los cubos de hielo.
—Sí. Es increíble cómo funciona mi habilidad —respondió Acalia, ignorando completamente el tono de su padre.
—A ver… enséñame cómo funciona —dijo Thalgron, cruzándose de brazos.
—Sí. Aquí vamos.
Acalia respiró hondo.
—Primero tienes que canalizar un poco de tu magia.
Thalgron cerró los ojos y activó su habilidad: Asimilación Marcial, una técnica que le permitía luchar como si tuviera décadas de experiencia en cualquier arte marcial solo con verla una vez. La energía a su alrededor cambió. El aire se tensó. Era como si el suelo mismo se pusiera en guardia.
Acalia extendió su mano. Un suave brillo dorado recorrió sus dedos.
—¿Qué hiciste? Solo extendiste la mano y nada más —dijo Thalgron, confundido.
—Ahora verás, papá.
—¿Qué me estás diciendo? ¿Que ya puedes…?
—Enfréntame, papá.
—De acuerdo, hija. Pero me contendré un poco.
—No lo hagas, papá. Entonces no será divertido.
Thalgron sonrió como un guerrero que escucha un tambor antiguo.
—De acuerdo, hija…
Se puso en postura de combate. Pero cuando alzó la vista, su sonrisa desapareció. Acalia tenía exactamente la misma postura. Cada detalle. Cada tensión muscular. Era como mirarse en un espejo invertido.
“¡¿Pero qué…?!”, pensó.
Thalgron lanzó un golpe. Rápido, brutal. Un golpe que en sus años de aventurero había derribado a bestias el triple de su tamaño.
¡CLACK!
El puño fue detenido con facilidad.
—¿Qué…?
—Ahora es mi turno —dijo Acalia.
—Espera un momento, hija…
¡PUM!
Un golpe perfecto al estómago lo mandó de rodillas. Thalgron soltó un quejido y se dobló como una silla rota.
—¿Qué pasó, papá? Te dije que iba en serio —dijo ella, estirando los brazos como si nada.
—Así que así funciona tu habilidad… Es muy buena… —jadeó—. Así que todo este tiempo que perdía contra ti era por tu habilidad. Te permite… robar habilidades…
—No es robar —corrigió Acalia, ofendida—. Solo hago una copia. Y puedo usarla para mí misma.
—Ya entiendo… Pero dime, ¿cómo es posible que Biel sepa cómo funciona tu habilidad, si según el instituto te dijeron que esa habilidad no es común? ¿Cómo es posible que ese chiquillo sepa lo que es tu habilidad?
Acalia miró a su padre con seriedad por un momento.
—Papá… ¿me creerías si yo te dijera que soy una reencarnación de una chica del pasado?
Thalgron parpadeó, desconcertado.
—¿A qué viene esa pregunta, hija?
—Me gustaría que lo fueras —dijo finalmente, con voz grave—. Que fueras la reencarnación de alguien del pasado que luchó para salvar a este mundo.
Ella no dijo más. Solo se acercó y lo abrazó con fuerza.
—Gracias, papá, por todo lo que me enseñaste. Ahora… ahora lo haré por mí misma.
Fin del recuerdo.
—Así que sí, Biel —dijo Acalia mientras volvían al presente—. Te creo un 25%. Eso es más de lo que he creído en cualquiera.
Biel alzó las cejas.
—¿Y qué se necesita para el 100%?
—Eso… te lo ganas en el examen.
Y con esas palabras, ambos llegaron frente a los portones del Instituto de Historia Mágica. Las puertas estaban abiertas. El futuro también.
El Instituto de Historia Mágica de Renacelia se alzaba imponente, como una catedral tejida con magia ancestral y arquitectura moderna. Sus torres de cristal resplandecían bajo el sol matutino, y el enorme portón de entrada estaba decorado con símbolos arcanos que brillaban tenuemente al paso de los estudiantes. Las fuentes que flanqueaban la entrada no arrojaban agua, sino hilos flotantes de energía que se entrelazaban como si narraran historias invisibles.
Bajo esa entrada gloriosa, se reunía una multitud de aspirantes, todos con el corazón palpitando entre nervios, emoción y un toque de competencia feroz.
A cada uno se le había asignado un brazalete de color, según la afinidad mágica determinada tras tocar una esfera mágica durante la preselección de días atrás.
Cuando Biel y Acalia llegaron al patio principal, los encargados les entregaron a cada uno un brazalete de color naranja. El tono era cálido, un poco más apagado que el rojo fuego y menos solemne que el dorado arcano. Lo suficientemente diferente como para ser señalado.
Apenas se colocaron los brazaletes, varias miradas se volvieron hacia ellos. Algunas con curiosidad. La mayoría con una mueca de desdén. El murmullo no tardó en esparcirse entre los grupos como una brisa maliciosa.
—Mira, los naranjas…
—Pff, habilidades raras, seguro son inestables.
—¿Por qué no postulan a un circo mágico en vez de venir aquí?
El desprecio flotaba en el aire como humo de incienso barato.
Y entonces, sucedió.
Mientras Biel caminaba con tranquilidad, dos chicos con brazaletes azules pasaron junto a él… y uno de ellos lo empujó deliberadamente por el hombro, haciéndolo perder el equilibrio un instante.
—¡Ups! Perdón… debe ser que las habilidades inusuales también afectan la estabilidad del cuerpo —dijo uno con una sonrisa burlona.
—O la inteligencia —añadió el otro con una risa seca.
Acalia giró tan rápido que su falda dividida ondeó como una llamarada mágica. Su expresión se oscureció, los dedos de sus botas encantadas chispearon en el suelo, y sus ojos parecían lanzas listas para ser disparadas.
—¡Oye, imbécil! ¡Repite eso y te haré tragar tus brazaletes con todo y huesos! —rugió, dando un paso al frente.
Pero Biel la detuvo, extendiendo el brazo frente a ella como una muralla serena.
—¿Qué haces, Biel? ¡¿No ves que se nos están burlando?! —exclamó ella, con los puños temblando de rabia contenida.
—No importa —respondió él, sin borrar su sonrisa, aunque en sus ojos se notaba un brillo diferente, más profundo.
Se giró hacia los chicos, que ya se daban media vuelta con superioridad.
—Es verdad —dijo Biel, con una calma que desarmaba—. No tenemos habilidades comunes.
Los chicos apenas voltearon la cabeza.
—Era mejor que no aspiraran a ingresar a este instituto —dijeron con una mueca amarga, antes de seguir caminando, como si hubieran arrojado una piedra al río y ya no les importara ver dónde caía.
Biel se quedó ahí, inmóvil, mirando al suelo un momento. No dijo nada.
Acalia lo observó de reojo. Sus labios se fruncieron. Su ceja derecha tembló. El pecho se le inflaba de frustración como si estuviera tragando fuego por dentro.
—¿Por qué dejas que se burlen así de ti?
Biel levantó la mirada y la miró con suavidad, como quien ve a alguien llorando por primera vez y no quiere empeorar la herida.
—No pasa nada… —dijo—. Ya he vivido muchas cosas casi iguales.
Y justo en ese instante, como si el viento hubiera traído otra pieza clave del destino, una chica con un brazalete de color azul se acercó a Biel. Caminaba con seguridad, pero con una calma que se notaba natural, no forzada.
Acalia la detectó al instante. Dio un paso al frente, aún a la defensiva, y le lanzó una mirada afilada.
—¿Acaso tú también vienes a burlarte de nosotros?
La chica parpadeó, sorprendida, y alzó ambas manos como si alejara un malentendido con un gesto.
—No… eso no. A mí no me gusta discriminar a la gente así por así.
La voz era suave, melodiosa. Como si cada palabra estuviera envuelta en pétalos de sinceridad.
Biel sintió una punzada en el corazón. Esa voz. Esa mirada.
Y entonces la vio bien: cabello marrón oscuro que caía en ondas sobre sus hombros, piel clara con un leve rubor natural… y lo más llamativo: dos alas angelicales, elegantes y luminosas, que descansaban plegadas sobre su espalda como si fueran parte de su respiración.
“Ella también renació”, pensó Biel, con el corazón latiéndole como un tambor. Una chispa de reconocimiento encendió sus ojos.
El chico sonrió, sorprendido y profundamente feliz, como si acabara de encontrar un fragmento perdido de sí mismo.
La chica lo notó, se detuvo a medio paso.
—¿Te ocurre algo? —preguntó, ladeando la cabeza con curiosidad.
Biel intentó disimular. Rascó suavemente su mejilla y respondió:
—No es nada… solo que se me hace familiar tu rostro.
Las palabras fueron suaves, pero cayeron como una gota de tinta en el agua clara. La chica se sonrojó de inmediato. Su mano fue a su flequillo, ocultando un poco los ojos, y desvió la mirada con una tímida sonrisa.
—¿Ah, sí…? Pues… eso es raro. Nunca he estado aquí antes.
—Quizá es solo una coincidencia… —murmuró Biel, aunque en el fondo de su ser sabía que no lo era.
Acalia, mientras tanto, estaba a su lado… pero no del todo tranquila. Hinchó sus mejillas como un globo, frunció los labios con fuerza y giró la cabeza con un sonoro “hmph”, como si acabara de oler algo agrio.
La tensión se le acumulaba en las orejas, que estaban más rojas que una flor de fuego. Sus pensamientos eran una maraña de frases como: “¿Quién se cree que es esta con alas de purpurina?”, “¿Por qué Biel está tan feliz?”, y “No me importa, no me importa, no me importa… ¡me importa demasiado!”
—Todo bien, Acalia… —dijo Biel, notando su expresión.
—¡No estoy celosa! —soltó ella de golpe.
—¿Quién dijo que estabas celosa? —preguntó la chica alada, genuinamente confundida.
—¡N-nadie! ¡Y no lo estoy! —gritó Acalia, girándose para mirar una pared muy interesante que no tenía nada en particular—. Solo… estoy evaluando amenazas externas. ¡Por seguridad táctica!
Biel soltó una risa.
—No sabía que eras especialista en “amenazas con alas bonitas”.
—¡Te juro que te piso el guante rúnico, Biel!
La chica alada no pudo evitar reír. Tenía una risa dulce, como campanillas meciéndose al viento.
—Me llamo Raizel, por cierto —dijo ella, tendiéndole la mano a Biel.
—Biel —respondió él, estrechándola con suavidad—. Es un gusto conocerte.
—El gusto… es mío —respondió ella, y sus ojos brillaron un instante.
El reloj mágico en el patio marcó las nueve en punto, y un eco de campanas flotó en el aire, llamando a los aspirantes a formarse para el ingreso.
—Será mejor que vayamos —dijo Raizel, dando un paso hacia su grupo.
—Sí… nos vemos adentro —añadió Biel.
Ella se alejó. Y aunque sus alas no se abrieron, por un momento pareció que el viento la seguía.
Acalia se cruzó de brazos, aún inflada como un pez globo de orgullo herido.
—Pff… alas. Ni siquiera tenían brillo constante.
Biel solo sonrió.
—¿Seguro que no estás celosa?
—¡Ni un poco! ¡Solo estoy… haciendo un análisis comparativo de presencias femeninas sospechosas! ¿Entendido?
Biel alzó las manos en rendición.
—Entendido, comandante Acalia.
Y mientras los brazaletes naranjas se alineaban junto a los demás colores, Biel pensó que, a veces, el mundo era cruel con lo diferente… pero también le ofrecía regalos inesperados. Como una mirada. Como una voz conocida. Como una segunda oportunidad.
Biel caminaba con una ligereza casi infantil, como si cada paso lo acercara un poco más a una verdad que llevaba años anhelando. Su sonrisa era sincera, amplia, cálida, y sus ojos parecían espejos captando todos los destellos del entorno.
—Me hubiera gustado que estuviera con nosotros… los de brazalete naranja —murmuró, con una risa suave—. Pero al parecer la habilidad de luz sí es común… a diferencia de la nuestra.
A su lado, Acalia no compartía la misma dicha. Aún hinchaba sus mejillas cada cierto tiempo como una tetera a punto de hervir, mirando de reojo a todo lo que no fuera él. Cuando escuchó el nombre tácito de la “chica alada”, no pudo más.
—¿Acaso te gusta la chica alada o qué?
Biel la miró, medio confundido, medio divertido.
—¿Ves que estás celosa?
—¡Eres un tonto!
—¿Y ahora qué dije?
—¡Cállate! —gruñó ella, volviéndose hacia un árbol cercano con repentina fascinación por la corteza.
Biel soltó un suspiro.
—Ella también es una renacida… al igual que yo… y al igual que tú.
La palabra “renacida” cayó como una campana de bronce en la mente de Acalia. Un pequeño dolor de cabeza le atravesó las sienes, como una punzada eléctrica que rebotaba en su cráneo.
Sus pasos se detuvieron. El mundo se tornó borroso por un instante.
Entonces llegaron los recuerdos.
Ella y una chica alada, ambas luchando espalda con espalda en una llanura incendiada por la guerra. La chica tenía cuatro alas, relucientes, deslumbrantes, cada pluma irradiando un poder celestial imposible de describir con palabras. Sus voces gritaban nombres, sus corazones palpitaban al mismo ritmo, y el lazo que las unía era tan fuerte como el fuego que las rodeaba.
Acalia llevó la mano a la cabeza, tambaleándose.
—¿Qué es esto…? Recuerdo a una chica… casi idéntica a ella, pero con… cuatro alas…
Biel se detuvo frente a ella, sin dejar de mirarla.
—Ya lo recuerdas —dijo en voz baja, como si compartiera un secreto con el universo—. Ella es Raizel. Y aquella chica que nos habló hace un instante… es ella.
Acalia abrió los ojos, perpleja.
—¿Q-qué…?
—Si recuerdas sus cuatro alas, es porque esa es su verdadera forma —explicó Biel, con solemnidad—. Ella, en ese momento… era un arcángel. Por eso tenía cuatro alas. Actualmente, no está activando esa versión de sí misma. Está… bloqueada, por decirlo así.
Acalia lo miró como si acabara de revelarle que la luna era una fruta gigante.
—Eso es… impresionante. Sorprendente. ¡Espeluznantemente mágico!
—Lo es —susurró Biel, mientras una sombra cruzaba sus pensamientos—. Pero si ella renació… entonces en cualquier momento… ella también aparecerá…
El frío le recorrió la espalda. Un escalofrío como un dedo invisible subiéndole por la columna. Pero antes de que pudiera procesar más, alguien tropezó con él.
—¡Oh! Discúlpame… no me percaté, lo siento —dijo una voz joven y nerviosa.
Biel bajó la vista. Y lo vio.
El chico.
Cabello desordenado, sonrisa amable, mirada honesta. De estatura parecida, con un aura ligeramente inquieta… como si fuera nuevo, pero con algo muy antiguo escondido bajo la piel.
—Mi nombre es Bastian —dijo, extendiéndole la mano en señal de disculpa.
Biel se quedó paralizado. Su mente se desconectó por completo. El corazón le retumbó como un tambor de guerra. No podía moverse. El mundo se volvió silencio.
Aquel rostro.
Esa mirada.
Esa voz.
Eran imposibles de olvidar.
Pero él… no debería estar allí.
Y sin embargo… estaba.
Biel, luchando contra sí mismo, logró finalmente estrechar su mano, aunque el guante rúnico temblaba.
—No pasa nada… —murmuró, apenas audible.
—Qué bueno —respondió Bastian con una sonrisa sincera—. Soy nuevo aquí y no quiero hacer enemigos en este instituto.
Biel forzó una sonrisa, pero sentía que todo su cuerpo se desmoronaba por dentro. Su mirada cayó sobre el brazalete azul en la muñeca de Bastian.
—Una habilidad común… —pensó—. ¿Pero cuál…? ¿Cuál es?
—Bueno, luego nos vemos —dijo Bastian con un gesto amistoso, y comenzó a alejarse lentamente.
Biel no respondió. Ni se movió. Era como si cada fibra de su ser estuviera siendo triturada por una verdad que no podía aceptar.
Acalia lo notó al instante. Su expresión cambió del enfado al asombro, y luego a la preocupación.
—¿Acaso viste un fantasma o qué? ¿Por qué estás tan pálido?
Biel no contestó. Solo murmuró:
—Espérame aquí… voy afuera a tomar aire.
—Está bien pero… —Acalia no terminó la frase. Biel ya se alejaba con pasos rápidos.
Salió del edificio, cruzando las puertas sin ver a nadie, sin escuchar las voces ni los rumores. Afuera, el aire golpeaba con fuerza, pero él no lo sentía.
Se dejó caer de rodillas en el suelo.
El mundo, por un instante, se volvió lejano, como si estuviera encerrado en una burbuja donde solo existía su respiración y el temblor en sus manos.
Y entonces, empezó a llorar.
—¿Cómo es posible…? —susurró—. ¿Cómo es posible…?
Golpeó el suelo con los puños, una y otra vez, como si con eso pudiera borrar la realidad.
—¿Por qué tú también…? ¿Por qué…?
Su llanto no era escandaloso. Era ahogado, contenido. Como si no quisiera ser escuchado. Pero el dolor se escapaba en cada palabra, en cada golpe al suelo, como ríos desbordándose bajo una máscara rota.
Allí, arrodillado bajo un cielo que ya no parecía tan claro, Biel se quebró.
Doscientos años atrás.
El cielo se partía en fragmentos. Las nubes no eran más que jirones de tormenta, desgarradas por una energía que ningún mundo debería soportar. La tierra temblaba, crujía y se quebraba como un cristal bajo martillos divinos.
En el corazón del apocalipsis, Biel, ya convertido en la Calamidad del Sacrificio, luchaba contra Khios, el Titán que proclamaba dominio sobre la creación y la destrucción.
Sus golpes no eran simples ataques. Cada choque de sus cuerpos rompía montañas, partía océanos, resquebrajaba el tejido de la realidad misma. No había espectadores, no había testigos. Solo quedaban los susurros de los dioses que temían el fin… y el eco de una batalla imposible.
El mundo ardía.
Y entonces, en uno de esos impactos que desgarró el aire como un trueno de mil almas, Biel tocó el alma de Bastian.
Fue como si el tiempo se detuviera. Como si, entre todo ese caos, una hebra invisible los conectara a través del abismo. En medio del rugido, Biel lo vio. Vio su alma, rota. Triste. Dolorosa.
—¿Bastian…? —susurró Biel, confundido, mientras flotaban en una dimensión espiritual paralela, suspendida entre ruinas flotantes.
—Estoy… aquí… —la voz de Bastian temblaba. Estaba agotado, emocionalmente desgarrado—. Quiero que escuches algo, amigo… quiero contarte lo que viví.
Y así, el recuerdo se desplegó ante Biel, como una tormenta que volvía a estallar.
Cuando Bastian llegó a este mundo, fue llevado 17 años atrás. Su historia no comenzó como una promesa, sino como una tragedia.
—Nací débil —dijo Bastian—. Apenas podía respirar. Mi madre, Lady Mirana, me sostenía con los ojos llenos de lágrimas. Mi padre, Lord Valen, tenía los labios partidos por la desesperación. Sabían que iba a morir.
Sus palabras flotaban mientras las imágenes lo envolvían. Un bebé entre sábanas blancas, con un hilo de vida que parecía romperse con cada segundo.
—Mis padres… rogaban. A las Entidades Celestiales. Seres antiguos. Olvidados. Ellos no respondían… hasta que una lo hizo.
La sombra de una presencia aterradora emergió entre las visiones. Oscura. Densa. Un ser de ojos infinitos que no respiraba… pero que era más vivo que cualquier otra cosa.
—La entidad les ofreció un trato: salvarme… a cambio de convertirme en el recipiente del Rey Demonio del Caos Divino.
La energía mostrada era monstruosa. Negra. Vibrante. Un huracán que consumía la luz y devoraba la esperanza.
—Ellos aceptaron —dijo Bastian, su voz quebrándose—. Me sellaron ese poder dentro del cuerpo. Y viví. Pero ya no era normal. Nada en mí lo era.
A medida que el recuerdo continuaba, las escenas se oscurecían.
—Las plantas se marchitaban a mi paso… las sombras se alargaban… y las personas comenzaron a llamarme el maldito.
Niño, apenas de cuatro años, con los ojos llenos de terror. Un pueblo entero mirándolo con odio. Los cuchillos afilados por el miedo.
—Una noche… vinieron por mí. Una turba… con antorchas y cuchillos. Quemaron mi casa. Querían matarme.
El fuego rugía. Biel sintió que su pecho ardía. Vio al pequeño Bastian atrapado entre humo y cenizas.
—Mi padre… Valen… me abrazó. Con un hechizo me lanzó lejos, fuera del fuego.
El niño desapareció en una chispa. Los padres… no.
—No volvieron a salir de esa casa. El fuego los devoró.
La escena cambió. Bastian, más grande, solo. Rodeado de árboles. Con los ojos vacíos.
—Un anciano me encontró. Me crió. Me enseñó a sobrevivir. Pero el poder dentro de mí… nunca desapareció. Solo dormía.
Un salto en el tiempo. Diez años. Tormenta. Un rayo cae.
—Y entonces… todo volvió. Todos los recuerdos, todos los gritos… todo. Me colapsé. Lloré por días. Pero no me rendí. Decidí… aprender a controlarlo.
Biel veía al joven entrenando en soledad. Rompiendo árboles por accidente. Luchando con lágrimas. Derrumbando montañas con solo respirar.
—Quería ser fuerte… pero cada vez que usaba ese poder, el Caos me comía un poco más.
La oscuridad se expandía en su interior como tinta en agua pura.
—Y a los 18… me consumió. La entidad tomó todo el control. Ya no era yo. Ya no quedaba nada.
El recuerdo final volvió a la batalla. Biel y Bastian flotaban entre los restos del cosmos. El rostro de Bastian era el de un niño perdido en un cuerpo de adulto.
—Eso es todo lo que recuerdo… amigo —dijo Bastian, sus ojos brillando con lágrimas que no se evaporaban, ni siquiera en la inmensidad del vacío—. Biel, amigo mío… acaba con esto.
Biel se quedó congelado.
—¿Qué…?
—Mátame. —Las palabras eran cuchillos—. Ya no quiero vivir. Este mundo… mi vida… ha sido un tormento constante. Ya no quiero vivir más. Por favor… asesíname de una vez…
El universo se detuvo.
—¡No puedo! —gritó Biel, su voz rompiendo el cielo—. ¡No quiero…!
—Hazlo. —Bastian sonrió por última vez, con una paz que solo se consigue en el abismo—. Perdóname… por no ser más fuerte.
Biel apretó los dientes. Cerró los ojos.
—Entonces… perdóname tú, amigo.
Y con un rugido que desgarró la existencia misma, Biel soltó su poder completo. La Calamidad del Sacrificio rugió, y el universo respondió.
Una explosión de energía borró todo. El mundo sucumbió. El universo… el megaverso… todo fue destruido.
Nada quedó.
Solo el dolor.
El viento se deslizaba suave sobre la tierra del jardín exterior del instituto, pero no era capaz de calmar el torbellino dentro del pecho de Biel.
Sus rodillas estaban enterradas en la hierba húmeda. Sus manos apretadas contra el suelo temblaban. Lágrimas silenciosas caían por su rostro como ríos que no encontraban mar. Su respiración era errática, como si en cada bocanada intentara entender una verdad imposible.
“Después de eso… reconstruí todo.”
Su pensamiento flotaba en medio de la confusión, repitiéndose en ecos sordos. Lo recordaba con claridad: había destruido el mundo, el universo, el megaverso… y lo reconstruyó con su propia vitalidad, dejándolo todo atrás. Se sacrificó sin remordimiento. Solo le importaba una cosa.
“Lo hice para que Bastian descansara en paz… Para que no volviera a sufrir… Para que no renaciera.”
Pero ahora… él estaba aquí.
¿Por qué?
—No… no tiene sentido… —murmuró Biel, su voz quebrada por el temblor—. ¿Qué significa esto…?
El corazón le latía con un ritmo torcido. Sus pensamientos eran cuchillas girando dentro de su mente.
—¿Acaso… el dios del tiempo intervino? —se preguntó con temor—. ¿Fue él quien hizo que Bastian reencarnara…?
Pero no. No cuadraba. Bastian no quería vivir. Aquella petición, aquel llanto, su última mirada… lo confirmaban. Él había deseado no volver jamás.
Y entonces, una idea escalofriante se coló en su conciencia, como una daga invisible que perforaba su calma.
Biel alzó el rostro, pálido, sus ojos abiertos por el miedo.
—No… No me digas que Khios fue el que intervino… —susurró—. ¿Acaso fue él quien hizo que Bastian reencarnara en el presente?
Sus palabras se volvieron cuchillas. El mundo pareció contener el aliento.
—Eso quiere decir que… Khios sigue jugando con la vida de mi amigo… ¡con su alma…! —gritó Biel, apretando los dientes—. ¿Por qué, Khios…? ¿Por qué…?
Entonces, su aura comenzó a liberarse.
Como una grieta que se abre en la presa de la contención, la energía comenzó a emanar de su cuerpo en ondas irregulares. Era oscura, violenta, desbordante. La tierra comenzó a temblar lentamente, como si respondiera al dolor del muchacho.
Alrededor del edificio, las ventanas vibraron. Los pilares del instituto resonaron con un murmullo profundo. Los estudiantes comenzaron a gritar.
—¡¿Qué está pasando?!
—¡¿Un terremoto?!
—¡Corran!
Los aspirantes, desorientados y aterrados, comenzaron a correr en todas direcciones. Algunos tropezaban, otros caían. Nadie entendía qué estaba sucediendo. Nadie… excepto ella.
Acalia, desde dentro del edificio, sintió la sacudida y la reconoció como algo más que un desastre natural.
—¿Biel…?
Corrió. Con todas sus fuerzas. Su falda dividida ondeaba con cada zancada. Sus botas encantadas chispeaban contra las piedras del pasillo. Cruzó puertas sin pedir permiso. La intuición era más fuerte que la lógica.
Y entonces lo vio.
Biel estaba de rodillas en el jardín. Su abrigo negro ondeaba como una bandera en mitad de una tormenta invisible. El suelo a su alrededor se resquebrajaba. Las piedras flotaban levemente. La atmósfera temblaba.
Y Biel… lloraba.
Acalia se quedó quieta. Atónita.
—¿Él… está llorando? —susurró, incrédula.
No comprendía cómo podía hacer temblar el mundo con solo liberar su tristeza, pero entonces recordó algo. Una frase que hasta ahora había subestimado.
“¿Crees que soy la reencarnación de Biel, el héroe proclamado?”
Sus ojos se abrieron.
—¡No…! —murmuró—. No hay dudas… ese poder… es de él. Biel es el auténtico héroe del pasado…
El aura se volvía más intensa. El aire más pesado. Biel estaba perdiendo el control.
Dentro de su mente, una voz resonó, distante, como un eco en una caverna en ruinas.
—Joven portador… tranquilízate… —decía Monsfil, con urgencia—. No es momento de desatar el poder de Rey Demonio aquí… ¡joveeeeeeeeeeen!
Pero Biel ya no escuchaba. Su conciencia era un mar de confusión y agonía. El mundo se le oscurecía por los bordes. Sentía que si respiraba una vez más, el universo se rompería.
En la oficina de la dirección, la directora, una mujer de túnica de energía pura y ojos de sabiduría infinita, alzó la mirada desde su escritorio de cristal flotante.
El temblor le caló hasta los huesos.
—Él está aquí… —susurró—. Pero ¿por qué está haciendo temblar el lugar?
La puerta se abrió de golpe.
—¡Directora! —irrumpió el subdirector, agitado—. ¿Qué sucede? ¡¿Por qué tiembla la tierra?!
La mujer lo miró, sin alterar el tono de su voz.
—La tierra tiembla… de frustración, dolor… y caos.
El subdirector quedó helado.
—¿Qué quiere decir con eso… directora?
Ella solo entrecerró los ojos.
—Esto… es el inicio de todo.
De vuelta en el jardín, la tormenta interna de Biel alcanzaba su clímax. El cielo parecía fracturarse. Los pájaros huyeron. Las hojas giraban como si un vórtice se abriera desde su pecho.
Acalia ya no dudó.
Corrió hacia él. Cayó de rodillas frente a su amigo… y sin pensarlo, lo abrazó con fuerza.
—¡Biel! —gritó, enterrando el rostro en su hombro—. ¡No luches solo! ¡Comparte un poco de tu carga con nosotros… conmigo!
Su voz se quebró.
—Yo estaré a tu lado para luchar junto a ti… no lo olvides… nunca.
Como si esas palabras fueran una llave, algo se rompió dentro de Biel… y algo se cerró.
El aura comenzó a disminuir. El temblor se desvaneció. El aire volvió a fluir. La calma descendió como un manto de esperanza.
La energía del Rey Demonio se retrajo, vencida por el abrazo de una amiga sincera.
Biel respiró hondo. Su cuerpo tembló una última vez… y el mundo se tranquilizó.
Acalia lo soltó suavemente, aún con las mejillas ligeramente rojas.
—No preguntaré por qué te pusiste así… pero dime… ¿te encuentras bien?
Biel levantó la mirada. Sus ojos aún brillaban con humedad.
—Sí… Gracias, Acalia.
Ella desvió la mirada, con un leve rubor.
—Hmph… solo porque no me gusta verte llorar. Y… porque soy tu compañera. Eso es todo.
Biel sonrió.
Ambos se pusieron de pie.
Entonces, Biel dio un paso hacia el portón del instituto.
Todos lo miraban.
Los aspirantes se quedaron en silencio. El chico del abrigo negro caminaba entre ellos con una tranquilidad abrumadora, como si nada hubiera pasado. Pero todos lo sintieron.
Ese poder. Esa emoción. Esa fuerza.
Y justo entonces, la directora apareció en el escenario central.
Su voz cortó el aire como un faro en la oscuridad:
—Bienvenidos, aspirantes.
El aire vibró de forma imperceptible antes de que ocurriera.
La multitud de aspirantes que llenaba la gran explanada del Instituto de Historia Mágica guardaba silencio por unos segundos, solo para estallar de inmediato en murmullos y exclamaciones cuando la directora apareció en el escenario central.
Una figura elegante, serena y con una autoridad natural que no necesitaba palabras. Cada paso suyo era medido, preciso, como si el suelo se acomodara para recibirla.
—Bienvenidos, aspirantes. —Su voz no fue fuerte… pero se escuchó en cada rincón como un susurro que obligaba al alma a prestarle atención.
Una oleada de asombro recorrió al grupo. Era común que la apertura del ciclo escolar estuviera a cargo del subdirector, mientras que la directora rara vez se presentaba más allá de la ceremonia inicial. Su presencia era tan infrecuente como un eclipse mágico.
Los comentarios no se hicieron esperar:
—¡Es la directora… en persona!
—¿Qué hace aquí? ¿No debería estar en su torre?
—Tal vez viene a ver a los que tienen habilidades comunes. Ya sabes… los del brazalete azul.
—¿Y si es por algo importante? ¿Creen que haya pasado algo?
El murmullo era un río desbocado. Pero uno cuyas aguas seguían envenenadas de prejuicio.
Los aspirantes con brazaletes naranjas eran el blanco fácil de miradas torcidas y comentarios a media voz. Especialmente dos chicos al fondo del grupo: Xantle y Easton. Ambos permanecían juntos, aunque con reacciones muy distintas.
Easton, despreocupado, bromeaba con una sonrisa de oreja a oreja, haciendo malabares con una piedra flotante que manipulaba con magia de viento.
—Relájate, Xantle, los mirones son parte del paquete. Que se rompan el cuello de tanto torcerlo.
Pero Xantle… bajaba la cabeza. Su mirada evitaba el contacto. Su cuerpo parecía encogerse más con cada palabra cargada de desprecio que rozaba su oído.
Biel observaba desde su lugar. Sentía cada punzada de rechazo como si le atravesaran la piel.
Apretó los puños, con los dientes tensos.
“No hemos cambiado nada”, pensó. “Nada realmente.”
Entonces, los recuerdos llegaron.
El eco de una voz monstruosa, profunda como una caverna sin fondo, retumbó en su mente.
“Esto es un ciclo…”
“Eventualmente volveré, pues la desesperación nunca acabará…”
“Eso también es para las demás calamidades. Todas somos ciclos sin fin. Aunque morimos, volveremos.”
Belcebú, la calamidad de la desesperación, le había dicho esas palabras dentro de la Dimensión Cero. Y ahora, resonaban con una claridad aterradora.
“Es cierto…”, pensó Biel. “Sacrifiqué todo… y el mundo fue reconstruido… pero no pude eliminar esto.”
La discriminación.
Seguía allí. En los rostros. En los ojos. En los susurros que se clavaban más que cualquier cuchillo.
Las voces seguían, una tras otra, como un martillo implacable golpeando el mismo clavo oxidado. Pero entonces…
—Silencio.
La palabra fue una orden. Una sentencia.
El mundo se detuvo.
Una oleada de aura emergió desde la directora. No fue solo magia. Fue presencia pura. Como si el aire se hiciera más pesado de repente. Como si el tiempo decidiera guardar respeto por instinto.
Todos se paralizaron. Literalmente.
Los cuerpos se tensaron, las bocas se cerraron, las miradas se congelaron. Algunos cayeron de rodillas, no por voluntad, sino por la fuerza abrumadora que los empujaba como una ola invisible.
Todos… excepto uno.
Biel.
Ni siquiera pestañeó. Su cuerpo permaneció erguido. Su expresión inmutable. No era arrogancia. Era… reconocimiento.
Y entonces sus miradas se cruzaron.
En ese instante, fue como si el tiempo se hundiera en un pozo profundo. Biel y la directora se vieron. Realmente se vieron.
Y ambos se reconocieron.
Sus ojos se abrieron ligeramente, sorprendidos. La directora, por un leve segundo, pareció perder el control de su expresión. Una chispa de emoción brilló en sus pupilas. Biel, en cambio, sintió que el estómago se le contraía.
—”No puede ser…” —murmuró en su mente.
Ella era Yael… “Enit”.
La reina de los espíritus. La diosa que una vez…
Pero no. No ahora.
Ahora… era la directora del instituto. Y él no debía recordarla como otra cosa. No todavía.
La directora recuperó el control de su aura con una sutileza impecable. En un parpadeo, retiró aquella presión que había cubierto a los aspirantes como una losa de mármol.
Todos volvieron a respirar. Las piernas se aflojaron. Las cabezas giraron lentamente.
El silencio permaneció… pero ahora era otro. Uno lleno de respeto, de temor… de curiosidad.
Los susurros cesaron.
La directora bajó un peldaño, deteniéndose frente al borde del escenario. Sus manos, unidas a la altura de la cintura, emanaban una tranquilidad que solo podía lograr quien lleva siglos observando sin intervenir.
—Este año será diferente. —dijo con calma—. Porque ustedes también lo serán.
Los ojos de muchos se agrandaron. Biel bajó la mirada un instante, todavía procesando lo que acababa de sentir.
“¿Qué haces aquí, Yael…?”, pensó. “¿Por qué… ahora?”
Xantle alzó la vista. Por primera vez, sus hombros dejaron de temblar.
Easton se cruzó de brazos, murmurando con media sonrisa:
—Vaya… me gusta cuando las cosas se ponen raras.
Los brazaletes naranjas dejaron de ser motivo de burla. Al menos por ahora.
Biel respiró hondo. Su mirada volvió a cruzarse con la de la directora.
Ella lo sostuvo un segundo más… y luego habló a todos:
—Prepárense. La evaluación comenzará pronto.
Y entonces, dio media vuelta. Su silueta desapareció entre los pilares como una sombra que no necesita ruido para hacerse sentir.
—¿La viste? —susurró Easton a Xantle—. ¡¡La directora lanzó un aura que me hizo sentir que mis dientes eran de papel! ¡¿Viste eso?!
Xantle solo asintió, aún pasmada.
Acalia se acercó a Biel, sus ojos aún brillaban por la sorpresa.
—Oye… ¿tú… no reaccionaste? —le preguntó en voz baja.
—No lo necesitaba —respondió él.
—A veces eres raro, ¿sabes?
—Gracias. Lo tomaré como un cumplido.
Ella se rio por lo bajo, aunque con cierta inquietud.
Pero algo había cambiado. Y no solo para Biel.
Todos lo sintieron.
El ciclo estaba comenzando.
Otra vez.
Biel permanecía en silencio, observando el ambiente. Algo en el aire era distinto… o tal vez él lo percibía así. Su mente, aún agitada por el encuentro visual con la directora, comenzó a repasar los rostros alrededor.
Sus amigos… estaban allí.
Uno por uno.
A su lado, como siempre, Acalia, de brazos cruzados, aún masticando la tensión como si fuera una manzana agria.
Más atrás, casi riéndose de todo, estaban Xantle y Easton. La primera intentaba pasar desapercibida, como si fuera parte del suelo, mientras Easton parecía entretenerse lanzando piedritas al aire con magia de hielo, fingiendo que no le importaba nada.
En una esquina, Ryder, de mirada severa y distante, como si evaluara la situación como un guardián oculto.
En el centro del grupo, con una tranquilidad angelical, estaba Raizel, saludando a algunos con una sonrisa casi imperceptible, como si su mera presencia apaciguara la tensión.
Y en el fondo, sin hacer ruido, Gaudel, observando desde la sombra de un árbol, con la expresión de alguien que ya había visto demasiado.
Pero había ausencias. Biel las sintió como ecos en un cuarto vacío. Sarah, Yumi, Ylfur… aún no habían aparecido. ¿Estarían por llegar?
Y como si el destino hubiera estado esperando ese pensamiento…
Una sensación recorrió su columna.
La puerta del instituto se abrió. La brisa entró primero. Luego, los murmullos.
Y entonces, ella.
Una chica de cabello rosado, largo, brillante como seda viva bajo el sol de Renacelia, caminó con paso firme. Su rostro mostraba un semblante serio, pero sus ojos… buscaban a alguien.
Sarah.
Biel contuvo el aliento por un instante. Ella también… estaba aquí.
La multitud se abrió instintivamente. Algunos la miraban con asombro, otros con respeto. No era solo por su belleza, sino por el aura que irradiaba: fuerte, digna, imperturbable.
En su muñeca, un brazalete azul. La marca de una habilidad considerada “común”, lo que para muchos implicaba prestigio.
—¿Quién es…? —murmuraban algunos.
—Se ve fuerte… ¿Es nueva?
—¡Es hermosa!
Pero cuando Sarah vio a Biel, su seriedad se derritió como hielo al fuego. Sus ojos brillaron, y con una sonrisa repentina, corrió hacia él.
Los aspirantes con brazalete azul quedaron en shock.
—¿Qué…? ¿Acaso lo conoce?
—¿Por qué se acerca a él así?
Entre ellos, Raizel y Bastian sonrieron levemente. Como si ya supieran algo que los demás no.
—Hola, Biel. ¿Cómo estás? —preguntó Sarah, deteniéndose frente a él, con la calidez brillando en su mirada.
—Hola… me encuentro bien. —respondió él, con una sonrisa contenida, como si su corazón tratara de mantener la compostura frente a una tormenta suave pero poderosa.
—¿Por qué tan serio? —preguntó ella, ladeando la cabeza con dulzura.
—¿No ves cómo nos miran todos? —respondió Biel, apenas moviendo los labios.
Sarah desvió la mirada a su alrededor. Y lo notó. Las miradas. Las murmuraciones. El veneno en forma de juicio.
Justo entonces, Acalia se acercó con el ceño fruncido, como un gato a punto de arañar.
—¿Qué te pasa, Sarah? —dijo con tono cortante—. ¿Acaso no ves que a nosotros nos desprecian los de brazaletes azules?
La tensión era visible. Pero antes de que Sarah pudiera responder, un aspirante de brazalete azul se acercó, con paso firme y arrogancia flotando a su alrededor como perfume barato.
—No es apropiado acercarse a tipos con habilidades no comunes. —dijo, dirigiéndose a Sarah como si estuviera corrigiendo a una niña—. Dañan la reputación de las habilidades comunes. Señorita, es mejor que se aleje de él.
El silencio fue inmediato. Biel bajó la mirada por un segundo. Acalia abrió la boca, pero no alcanzó a decir nada.
Sarah levantó la mano… y le dio una cachetada.
¡PLAF!
El sonido resonó por todo el patio como un látigo mágico. Algunos soltaron un jadeo. Otros simplemente se quedaron paralizados.
—¿Quiénes se creen para discriminar a los de habilidades no comunes? —espetó Sarah con una voz firme, limpia, llena de orgullo—. Incluso creo que ellos son mejores que nosotros los de habilidades comunes.
El chico retrocedió un paso, con la mano en la mejilla.
—¿C-cómo te atreves a golpearme…?
Su rostro se crispó de ira. En un movimiento rabioso, levantó el puño.
Pero Biel ya estaba frente a él.
Con un movimiento tan rápido como natural, detuvo el brazo del chico en el aire.
—¿Cómo te atreves a querer golpear a una chica…? —dijo con voz grave, y una mirada que no admitía perdón—. Has caído muy bajo.
El aspirante intentó zafarse, sin éxito.
—¡Suéltame, maldito no común! —gritó—. ¡Esto no te lo perdonaré! Te reto a un duelo. Si gano, te irás de aquí y no rendirás el examen de admisión. Y si tú ganas… los dejaré de discriminar.
Biel no dudó.
—Acepto.
El chico sonrió con malicia.
—Estupendo.
Un profesor cercano, al ver la tensión, levantó las manos. En un abrir y cerrar de ojos, creó un escenario de combate mágico. El suelo se alzó, formando un cuadrilátero de energía flotante. El espacio alrededor se despejó, todos los aspirantes se alejaron, formando un círculo natural.
Acalia se acercó al profesor.
—¿Por qué no impidió ese duelo?
El hombre sonrió con una tranquilidad casi sospechosa.
—Este duelo ya está ganado.
—Eso no fue lo que pregunté. —replicó ella, frunciendo el ceño.
—Solo observa. —dijo él, sin dejar de mirar el cuadrilátero.
Dentro del escenario, Biel y el aspirante se posicionaban frente a frente. Las voces de los demás no tardaron en estallar.
—¡Jajaja! Ese no común no tiene ninguna chance.
—¿Sabe siquiera contra quién pelea?
—¡Se enfrenta a Say! ¡El hijo del comandante de la ciudad!
—Será el primero en irse… y después se irán todos los naranjas. ¡Por fin!
Las palabras ardían en el aire como lanzas de fuego.
Los dos combatientes se miraron.
—Mi nombre es Biel.
—Mi nombre es Say. —respondió el otro con arrogancia, haciendo crujir los nudillos.
La tensión se podía cortar con una daga.
Acalia apretó los puños desde fuera del ring. Sarah observaba con expresión dura. Easton cruzó los brazos, murmurando:
—Esto va a estar bueno.
Raizel simplemente cerró los ojos… y sonrió.
El combate estaba por comenzar.
Y con él… el inicio de un cambio.
El cuadrilátero flotaba sobre el suelo como una plataforma de tensión contenida. Un anillo de energía pura delimitaba el espacio, mientras las miradas de todos los aspirantes se clavaban en los dos jóvenes dentro de él. Algunos murmuraban, otros apretaban los dientes con impaciencia. Nadie quería parpadear.
Biel y Say se miraban cara a cara.
—El ganador será quien se mantenga en pie… o haga caer inconsciente a su oponente. —anunció el profesor con voz neutral, retirándose del campo de batalla.
Say fue el primero en moverse. Con un gesto rápido, abrió un espacio de almacenamiento temporal, y extrajo una espada ornamentada, forjada en plata encantada con líneas rojas que se encendían al contacto con su magia. En segundos, las llamas danzaban por su hoja, envolviéndola como una serpiente viva.
—Fuego, ¿eh? —susurró alguien entre el público.
—Claro, con razón es azul. Controla el fuego con precisión militar.
Say sonrió con autosuficiencia.
Por su parte, Biel bajó la mirada… y sacó una daga. Sencilla. Nada espectacular. Sin adornos. Un arma que parecía más una herramienta de cocina que un instrumento de combate.
Las risas no se hicieron esperar.
—¿Una daga?
—¿No tiene ni para una espada?
—¡Va a pelear con eso!
Say soltó una carcajada arrogante.
—¿No me digas que con eso vas a enfrentarme? —alzó una ceja, burlón—. En fin, terminaré rápido con esto.
Mientras algunos aspirantes de brazalete azul se burlaban abiertamente, uno de ellos preguntó en voz alta:
—Oye, ¿cuál era la habilidad no común de ese tipo?
—Cuando midieron sus habilidades, no le salió ningún tipo de magia —respondió otro, confundido—. Aunque tenía energía mágica… no se reveló el nombre. Por eso está con los no comunes.
—Bah, debe ser una habilidad simplona. Si ni nombre tiene, ¿qué se puede esperar?
En ese instante, Biel cerró los ojos.
La calma en su pecho fue reemplazada por una decisión silenciosa. Sujetó la daga con firmeza… y canalizó su energía en ella.
Un susurro oscuro envolvió el aire.
La daga tembló, brilló… y se transformó en una espada, larga y afilada, cubierta de una energía negra que ondulaba como humo líquido, palpitando como un corazón vivo.
El ambiente se congeló.
—¿Espera un momento… eso es… magia de oscuridad?
—¡Tiene magia de oscuridad! ¡Pero… esa es una magia común! Entonces, ¿por qué fue clasificado como no común?
—No entiendo nada…
En medio de la confusión, Gaudel, con su único ojo mágico, observaba con atención quirúrgica. Sus pupilas se dilataron un poco. Una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Eso… no es solo oscuridad —murmuró para sí—. Esa energía… es más antigua, más profunda… Es como si… devorara a la oscuridad misma. Esto ya tiene un ganador.
En el cuadrilátero, Say dio un paso atrás, sorprendido.
—¿Acaso no tienes una habilidad no común? Entonces, ¿por qué usas una de las habilidades más comunes como la oscuridad?
Biel alzó la mirada. Su expresión era seria, firme como piedra bajo una cascada.
—Esta magia… no es oscuridad.
—¿Qué dices? ¿Cómo no va a serlo?
—Es hora de comenzar.
Say alzó su espada.
—Cuando quieras.
El primer movimiento fue de Say. Avanzó como un vendaval, con su espada de fuego girando en círculos brillantes. Las llamas silbaban, cortaban el aire como lenguas ardientes. Lanzó una estocada directa, seguida de un tajo diagonal con gran velocidad.
Biel no se movió. Solo bloqueó.
Cada golpe de Say era recibido por la hoja negra de Biel sin retroceder un solo paso. Las chispas del fuego chocaban contra la energía sombría y desaparecían como luciérnagas aplastadas.
Say gruñó, molesto.
—¿Qué te sucede? ¿Por qué no contraatacas? ¿Acaso no puedes?
Biel no respondió. Solo lo miraba, con esa calma inquietante que hacía que el silencio pesara más que el ruido.
Say siguió atacando. Cada embestida era más salvaje que la anterior. Saltó, giró, arrastró su hoja en llamas… pero nada servía.
Y entonces… lo sintió.
Su cuerpo comenzó a temblar.
Un peso invisible cayó sobre él, como si una montaña se hubiera manifestado sobre sus hombros. Las piernas se le debilitaron. El sudor se le pegó al cuello.
—¿Q-qué es esa presión…? —murmuró.
El cuerpo de Biel desprendía un aura sofocante. No era magia común. No era siquiera energía destructiva. Era una presencia.
Una presencia tan densa, tan antigua, tan abrumadora, que parecía haber despertado algo en el alma misma de quienes la sentían.
Era como si en él habitara otra entidad, una sombra majestuosa, gigantesca, indómita… algo más allá del bien y del mal.
Monsfil. Aunque nadie más podía verlo, él estaba allí, en el reflejo de los ojos de Biel.
Say dio un paso atrás.
Y entonces, Biel levantó su espada, su hoja ondulando con esa oscuridad viva… y dio un solo tajo.
¡CRASH!
La espada de Say se rompió como si fuera de cristal. Las llamas se extinguieron de inmediato.
Say cayó de rodillas, jadeando.
—Me… rindo… —dijo con la voz hecha pedazos.
El cuadrilátero enmudeció.
El silencio fue tan absoluto que se escuchó el suspiro de alguien a tres metros.
Y luego… las voces comenzaron.
—¡Lo derrotó con suma facilidad!
—¿Qué acabo de ver?
—¡Es imposible! ¿Say… derrotado por un no común?
—¡¿Quién es ese tipo…?!
A un lado del campo, Acalia dejó escapar un suspiro aliviado.
—Uf… ya me estaba poniendo de mal humor —murmuró, cruzando los brazos—. Aunque fue divertido ver cómo lo humilló.
Sarah, en cambio, sonreía con una mezcla de admiración y ternura, como si cada golpe de Biel le hubiera despejado las dudas de mil pensamientos.
—Sabía que no nos fallarías…
Raizel y Bastian intercambiaron una mirada cómplice. Gaudel simplemente sonrió, satisfecho.
—Tal como lo vi… —murmuró el del ojo mágico—. Ni siquiera se puso serio.
El profesor se acercó, haciendo desaparecer el cuadrilátero con un gesto.
—Bueno… —dijo con voz serena—. Es hora del examen de admisión.
Las palabras marcaron el inicio de una nueva fase… y de un nuevo respeto.
Biel, sin decir nada, volvió con los suyos.
A su paso, las miradas ya no eran de burla.
Ahora… eran de miedo.
O de asombro.
O de algo que ni ellos mismos sabían cómo nombrar.
El aire alrededor del cuadrilátero comenzaba a calmarse. Las voces se apagaban poco a poco, reemplazadas por un murmullo reverente. Biel bajó del escenario con pasos tranquilos, su expresión inmutable, como si lo que acabara de hacer no hubiese sido más que una caminata matutina.
Los aspirantes con brazaletes naranjas lo miraban con un brillo distinto en los ojos. Ya no era solo admiración. Era algo más profundo: esperanza. Una sensación que hacía tiempo no sabían cómo se sentía.
Xantle fue la primera en acercarse. Sus pasos eran pequeños, pero su mirada brillaba con un fuego nuevo.
—Eres impresionante… —dijo con un hilo de voz—. Le ganaste con suma facilidad…
Easton, como siempre, más despreocupado, se cruzó de brazos mientras sonreía con el descaro de quien acaba de ganar una apuesta que no hizo.
—Estuviste genial, Biel. —dijo—. Me encantaría pelear contigo algún día… aunque quizás después de unas cuantas décadas de entrenamiento.
Biel sonrió apenas, como si se permitiera disfrutar de ese momento, aunque fuera solo por un segundo.
Pero entonces, un murmullo inquieto se propagó por el grupo.
Say se acercaba.
Su andar ya no era arrogante. No había llamas ni prepotencia en su mirada. Solo una calma extraña, casi inquietante.
Acalia, al verlo, dio un paso al frente como una espada desenvainada.
—¿Cómo te atreves a volver? —dijo con los ojos encendidos—. ¿Acaso seguirás discriminándonos, o qué?
Say se detuvo a un metro de Biel… e inclinó la cabeza con solemnidad.
—Gracias, mi señor, por liberarme. De ahora en adelante lo seguiré hasta el final de mi vida.
El mundo… se congeló.
Los presentes quedaron atónitos. Un par de chicos se atragantaron con su propia saliva. Otros simplemente dejaron caer sus mandíbulas al suelo.
—¿Eh…? —murmuró Easton—. ¿Alguien más escuchó lo mismo que yo…?
—¿Dijo “mi señor”?
—¿Y que lo va a seguir… hasta el final de su vida?
Biel, sin inmutarse demasiado, respondió:
—No fue nada. Ahora eres libre. Puedes hacer lo que desees.
Say, aún con la cabeza gacha, replicó:
—Entiendo, maestro. Pero he decidido por mi voluntad que lo serviré a usted.
Acalia frunció el ceño.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué ahora Say se comporta así?
—Lo liberé de su sello.
—¿Sello? ¿A qué te refieres?
—Alguien de aquí lo estaba controlando. Yo rompí ese sello.
Acalia lo miró como si acabara de decirle que la luna era de papel.
—¿Y por qué lo controlaban…?
Biel alzó la vista, pensativo.
—No lo sé… pero creo que será un problema más adelante.
A las afueras de Renacelia, en lo profundo del bosque, una figura encapuchada se inclinaba hacia un círculo de piedra donde flotaban cristales oscuros rotos en el aire.
—Al parecer… el sello de marioneta se rompió.
Otra figura, de voz más grave, respondió:
—¿Quién sería capaz de romper un sello de ese calibre…?
—Debe ser poderoso. Más de lo que esperábamos.
—Nuestros planes… fueron destruidos.
La tercera figura chasqueó la lengua con fastidio.
—Es hora de retirarse. Por ahora.
Las sombras desaparecieron entre los árboles.
De vuelta en el instituto, la calma comenzaba a imponerse mientras los alumnos murmuraban y se reagrupaban tras el duelo. El profesor se subió a una pequeña plataforma y alzó la voz.
—Aspirantes. Es hora de comenzar con el examen de admisión.
La atención se volvió hacia él al instante.
—El examen será dividido en dos partes: teórico y práctico.
Un par de quejidos se escucharon entre los más estudiosos de último minuto.
—El teórico constará de 50 preguntas sobre la historia de la magia y sobre el héroe que salvó el mundo hace doscientos años. —continuó el profesor con voz firme.
Biel desvió la mirada un instante. Su pecho se tensó. Ese “héroe” era él… y ahora sería evaluado como si fuera una leyenda distante, una figura ajena.
—El examen práctico estará dividido en dos secciones: —prosiguió el profesor—. Precisión con magia y control de magia.
Los murmullos crecieron.
—En la prueba de precisión, usarán sus habilidades para acertar a objetivos flotantes.
—¿Blancos móviles?
—Y en la de control… deberán llenar recipientes mágicos con energía sin romperlos.
—¡Oh no! ¡Esa fue la parte que reprobó mi primo el año pasado!
—¡Silencio! —ordenó el profesor—. Es hora de empezar. Por favor, síganme hasta las aulas donde rendirán el examen de 50 preguntas.
Los aspirantes comenzaron a caminar tras él en orden. Algunos aún robaban miradas a Biel, sus ojos llenos de respeto… o miedo.
Acalia se acercó a Biel.
—Oye… cuando dijiste que lo liberaste… ¿fue literal? ¿Como… con magia o… con tu poder misterioso?
—Ambos, supongo.
—¿Podrías… liberar también a alguien de la flojera eterna? —dijo señalando a Easton.
—Oye —interrumpió Easton con media sonrisa—. El descanso también es una forma de poder.
Sarah se sumó al grupo, caminando al lado de Biel con tranquilidad.
—Eres impresionante, Biel… aunque siempre me preocupo cuando te veo tan callado.
—Solo estoy… pensando.
—¿En mí? —dijo Sarah con un guiño travieso.
Acalia chasqueó la lengua.
—Pfff… qué vergüenza.
—¿Celosa? —sonrió Sarah.
—¡¿Qué?! ¡Claro que no! —bufó Acalia, cruzándose de brazos—. Solo me da lástima verte actuar así.
Easton estalló en una risa suave.
—Amo este grupo. Son como una comedia romántica a punto de explotar en una guerra mágica.
Xantle, caminando detrás, sonrió sin querer. Por primera vez, ya no tenía miedo.
Biel los observó en silencio. Caminaban a su lado. A su ritmo. Con bromas, con dudas… pero sin odio. Como una familia en proceso de formarse.
Y por primera vez… sintió que algo, realmente, estaba cambiando.
El aula quedó en completo silencio. Solo el crujir de sillas y el susurro del aire mágico flotando entre los escritorios marcaban el inicio de la evaluación.
Frente a cada aspirante, una hoja encantada danzaba en el aire. La tinta respondía al pensamiento. No había necesidad de escribir con la mano: bastaba con elegir mentalmente una opción, y la pluma mágica marcaba la respuesta.
Biel observó su hoja levitando. Un suspiro escapó de sus labios. Había enfrentado batallas que sacudían el mundo… pero los exámenes aún le provocaban cierto cosquilleo nervioso.
El profesor alzó la voz:
—Tienen una hora. 50 preguntas. No se permite hablar, usar magia, ni contacto mental. Buena suerte.
Las hojas se iluminaron.
Primera pregunta:
¿Cómo se llamaba la hermana del héroe que luchó en la Gran Guerra Final?
A) Charlotte
B) Keshia
Biel sonrió internamente. Esa sí era fácil.
—”Charlotte…” —marcó la opción A con tranquilidad. “Mi hermana… mi primer lazo en esta nueva vida.”
Segunda pregunta:
¿Con quién fue comprometido el héroe en el reino de Claiflor?
A) Noor
B) Keshia
Biel apretó los labios al recordar aquel episodio. El rey de Lunarys lo había ofrecido a cambio de ayuda. Un trato político que se sintió más como una traición.
Marcó la opción B).
Tercera pregunta:
¿Qué tipo de magia usaba el héroe en la batalla contra Domia?
A) Fuego
B) Magia de destrucción
Biel soltó el aire con un poco más de tensión. Domia…. Ese nombre aún cargaba un peso brutal.
—”Magia de destrucción.” —pensó—. Aunque doliera recordarla.
Marcó B) sin dudar.
Pregunta 14:
¿Cómo se llamaba el rey de Claiflor que forjó la alianza con el héroe?
A) Roderik
B) Amren
C) Hektor
D) Hans
Hans. El rey que no odiaba a los dioses. Uno de los pocos que lo trató como persona, no como arma.
Marcó D) con un leve asentimiento.
Pregunta 21:
¿Cuál fue el gesto final del héroe antes de desaparecer del mundo?
A) Alzó su espada
B) Cayó de rodillas
C) Dio un mensaje al mundo
D) Miró al cielo y sonrió
Biel tragó saliva.
Ese momento…
Aquel suspiro final… aquella transmisión mágica donde habló para todos.
Marcó C).
Desde su asiento, Easton murmuró:
—Hey, esto parece más una biografía épica que un examen…
Xantle, a su lado, lo silenció con un codazo certero.
—¡Concéntrate!
Pregunta 29:
¿Cuál fue el sacrificio más grande del héroe según la Academia de Historia Mágica?
A) Su vitalidad
B) Su vida
C) Su magia
D) Su cuerpo
Biel contuvo un pequeño escalofrío.
—”Mi vitalidad… toda, por reconstruir lo que fue destruido.” —pensó.
Marcó A) sin vacilar.
Pregunta 37:
¿Cómo se llamaba la Calamidad de la Desesperación que el héroe enfrentó en la Dimensión Cero?
A) Thanar
B) Belcebú
C) Drastir
D) Valem
El nombre pesaba como plomo.
Belcebú.
Su voz aún resonaba en sus sueños a veces.
Marcó la opción B).
Pregunta 45:
¿Qué perdió el héroe cuando se enfrentó a Khios en el clímax final?
A) Su memoria
B) Su alma
C) Su cuerpo
D) Sus amigos
Biel bajó la mirada por un instante.
Una imagen. Otra. Y otra.
Cada rostro… desapareciendo.
Uno a uno.
Sus dedos temblaron levemente. La tinta mágica marcó la opción D).
El silencio en la sala parecía volverse más espeso con cada pregunta.
Pregunta 50:
¿Cuál es el nombre verdadero del héroe, registrado en los archivos sellados de la historia mágica?
A) Biel Beltrán
B) Aetherion
C) Zorvath
D) Nombre desconocido
No hubo duda.
Marcó A).
Y con ello, la hoja brilló suavemente. El examen había terminado.
—El examen teórico ha concluido. —anunció el profesor—. Tienen unos minutos de descanso antes de la evaluación práctica.
Los murmullos volvieron a surgir. Algunos suspiraban aliviados, otros parecían aún sumergidos en la avalancha de nombres y hechos.
Sarah se inclinó hacia Biel, con una sonrisa curiosa.
—¿Qué tal te fue?
—Mejor de lo que esperaba… —respondió él con calma.
—Parecías conocer muy bien al héroe.
Biel desvió la mirada.
—Digamos que… me siento bastante cercano a su historia.
Acalia, desde su lado, se estiró con exageración.
—¡Por fin! Pensé que mis neuronas iban a estallar.
Easton alzó la mano como si pidiera turno en una taberna.
—¿Alguien más piensa que deberíamos demandar al autor del examen por trauma emocional?
Xantle, que había estado callada, soltó una risa suave. Era la primera vez que reía sin miedo.
—Yo digo que al menos deberíamos enviarle una carta. Con tinta llorona. —agregó, bromeando.
Acalia, aún cruzada de brazos, miró al techo como si esperara que el mismísimo autor bajara en persona a explicarle.
—Quiero hablar con él. Necesito saber por qué 49 de 50 preguntas fueron sobre Biel. ¡¿Y solo una sobre magia?!
—Quizá el tipo que escribe todo esto está obsesionado con su protagonista —murmuró Sarah, medio en broma, medio seria.
En ese momento, el cielo del aula chispeó sutilmente. Una voz etérea, burlona, resonó entre los oídos de algunos.
“¡No estoy obsesionado! Solo me cae bien…”
Los estudiantes se miraron confundidos. Easton dio un paso atrás.
—¿Escucharon eso? ¡Nos habló! ¡Nos habló el omnisc… digo, el escritor!
Biel suspiró, mirando al techo con resignación.
—Por favor… no empiecen con eso otra vez. La última vez que Easton habló con la ‘voz misteriosa’, terminamos peleando contra un gólem hecho de deberes escolares.
El profesor, sin entender nada, alzó una ceja.
—¿Dije yo algo?
Acalia apuntó al techo.
—¡Si nos vas a torturar con preguntas de historia personal, al menos paga terapia grupal, escritor invisible!
Otra chispa iluminó una esquina de la sala. Esta vez fue más clara:
“Tranquila, Acalia… tú también tendrás tu protagonismo. Solo que con menos reclamos y más carisma, ¿sí?”
—¡¿Carisma?! ¡Te voy a mostrar carisma cuando…! —gritó Acalia al aire.
Sarah se cubrió la boca para evitar reír.
—¿Esto es normal? ¿Le pasa seguido?
—Últimamente, sí —dijo Xantle, sonriendo con los ojos.
Easton, por su parte, extendió los brazos teatralmente.
—Querido autor omnipotente, ¿podrías hacer que el examen práctico incluya comida? Solo por caridad.
“¿Comida? ¿Magia? ¿Trauma emocional? Claro, Easton. ¿Y por qué no una prueba que incluya balancear libros en la cabeza mientras lanzas hechizos?”
—¡Esa me gusta! —respondió él, sin vergüenza.
Biel, mientras tanto, se frotaba el puente de la nariz.
—Si el autor se va a meter en la historia, al menos que nos dé una pista de lo que viene.
El techo brilló una vez más.
“Spoilers no. Pero te puedo decir que el recipiente mágico de la prueba se va a romper… en manos de alguien.”
Todos miraron a Easton.
—¿Qué? ¿Por qué me miran a mí?
Acalia resopló.
—Porque hueles a desastre con patas.
“¡Y con eso, cortamos la transmisión! Sigan estudiando y sigan leyendo. Fin del anuncio autoril.”
Y con una última chispa de luz… el aula volvió a la normalidad.
Biel cerró los ojos. Sonrió apenas. Por primera vez en años, sentía que el peso de su pasado se aligeraba con algo tan simple como una risa compartida.
Y aunque sabía que el futuro traería oscuridad, caos, tal vez nuevas pérdidas…
En ese instante, entre sus amigos, sus nuevas memorias y… ese autor bromista al que le gustaba complicarle la vida…
Se sintió en casa.
Después de que el autor —sí, ese entrometido de voz brillante— intentara meterse en su propia historia, los aspirantes recibieron una inesperada pero muy bienvenida noticia.
30 minutos de descanso.
—¡Gracias a los cielos y al reglamento institucional mágico! —exclamó Easton, levantando los brazos como si acabara de derrotar a un dragón invisible.
Los estudiantes se relajaron por primera vez en el día. Algunos se estiraban, otros sacaban tentempiés encantados que flotaban frente a ellos como galletas obedientes. El aire del instituto, antes tenso y denso como una sopa de combate, se había vuelto un poco más ligero.
Biel, Acalia, Sarah, Xantle, Easton, y sí… incluso Say, se sentaron en círculo cerca de una de las fuentes mágicas del patio interior. El agua flotaba en burbujas, imitando estrellas. Cada tanto una estallaba con un sonido suave, como el susurro de un recuerdo.
—No puedo creer que Say esté con nosotros —comentó Xantle, dándole una mirada de reojo.
Say, antes arrogante, ahora parecía más un sirviente de té confundido. Se sentó recto, con las manos sobre las rodillas y la mirada respetuosa hacia Biel.
—Mi presencia aquí es por voluntad del maestro. —dijo con solemnidad.
Acalia alzó una ceja con clara molestia.
—Deja de llamarlo maestro, por favor. Me da urticaria mágica.
—No puedo, señorita Acalia. Es mi deber.
—¡No soy una señorita de castillo! —resopló, con un rubor leve que intentó ocultar girando la cara—. Además… tú antes nos despreciabas.
Say bajó la cabeza.
—Estaba cegado. Lo reconozco. Pero el maestro rompió el sello de control… y con ello, también destruyó el orgullo inútil que me ataba.
Easton se inclinó hacia Biel con una mano en el hombro.
—Amigo… tienes el poder de convertir a enemigos en aliados, y a soldados en… ¿esclavos espirituales?
—No es un esclavo —respondió Biel—. Solo se le soltaron los cables mágicos que alguien le puso.
—Aún así, esto es como esos giros que ni tú ves venir —suspiró Easton, mientras mordía una galleta flotante—. Esta obra tiene más sorpresas que una caja de hechizos defectuosos.
Sarah, sentada junto a Biel, rió con suavidad.
—De verdad, esto es una locura. El examen fue casi una biografía del héroe, el autor nos habló desde el cielo y ahora Say es casi tu guardaespaldas personal. Pregunto con toda seriedad… ¿el autor de esta obra está loco o qué?
Un murmullo mágico respondió desde lo alto:
“¡No estoy loco! Solo tengo creatividad excesiva y mucho café místico.”
Todos miraron al cielo.
Acalia alzó una piedra como si quisiera lanzarla.
—¡Déjate de intervenir! ¡Estamos tratando de tener una escena de descanso normal!
Xantle rió bajito, aún con algo de timidez, pero mucho más relajada que en días anteriores.
—Yo solo quiero llegar viva a la parte práctica sin que una de las preguntas incluya “¿cuántos pétalos mágicos volaron en la batalla final del héroe?”…
Biel se apoyó contra la fuente, suspirando.
—A veces siento que esto… no es una evaluación. Es una sátira escrita por alguien con una obsesión muy extraña.
“Sátira no, aventura con toques emocionales, fantasía, y mucho amor por ustedes, personajes queridos.”
Sarah sonrió.
—Bueno, al menos el autor nos quiere. Eso es más de lo que puedo decir de algunos profesores…
—Y eso que aún no conocen al de defensa rúnica —comentó Say, con expresión estoica—. Él lanza tizas explosivas si contestas mal.
—¡¿Explosivas?! —gritó Easton—. ¡No quiero terminar el año con la cara quemada por tiza!
Acalia giró hacia Biel, que permanecía algo callado, pero con una sonrisa en el rostro.
—¿Estás bien? Desde que terminó el examen teórico has estado… más pensativo de lo usual.
Biel asintió.
—Sí. Solo estoy… reflexionando. Las preguntas removieron muchas cosas.
Sarah bajó la vista, con un poco de vergüenza.
—Supongo que… es extraño que hablen tanto de alguien que vivió hace más de doscientos años.
Biel la miró por un segundo.
—No te preocupes. AL final la historia de una persona es fantástica, pues si olvidamos el nombre de esas historias, también olvidaremos sus conocimientos.
Acalia lo miró de reojo, luego se cruzó de brazos.
—Tú no te permites descansar nunca, ¿verdad?
Easton, sin perder el ritmo, añadió:
—Necesita una siesta mágica de diez años. ¡Yo lo voto!
Say se inclinó.
—Si el maestro desea dormir, puedo defender su honor mientras tanto.
Xantle se rió bajito otra vez.
—Esto parece una familia disfuncional, pero mágica.
Sarah se acercó un poco más a Biel.
—Pero me gusta así.
Un leve rubor cruzó por su mejilla. Acalia, con una expresión dura, giró el rostro al instante y murmuró:
—Tsk… tonta.
Easton dio una palmada.
—¡Bueno! Si vamos a pelear con magia, ¡quiero hacerlo bien despierto y alimentado!
Xantle murmuró:
—No deberías haber comido cinco galletas flotantes…
—¿Por qué? ¡Están hechas de maná! ¡Eso se transforma en energía!
—No, Easton… eso se transforma en diarrea si comes más de tres.
Say levantó una ceja.
—¿Puedo considerar eso como advertencia médica?
Acalia se levantó.
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