Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 12
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12: Dos Frentes De Guerra 12: Dos Frentes De Guerra Día 10, 7:03 AM – Arena Central El suelo de la arena se iluminó en veinte secciones circulares, cada una del tamaño de una cancha de baloncesto.
Runas doradas las delimitaban, pulsando con poder antiguo.
Steven sintió el tirón inmediatamente.
No era compulsión como antes.
Era selección.
Una fuerza invisible lo arrastró a él y a diecinueve personas más hacia el círculo más cercano.
Zerek y Erwan fueron arrancados de su lado, aspirados hacia círculos diferentes.
Yumi gritó su nombre antes de desaparecer en otra sección.
Cuando la luz se asentó, Steven se encontró en un círculo con diecinueve extraños.
Algunos los reconocía vagamente.
Otros eran completamente desconocidos.
Todos compartían la misma expresión: terror puro.
Las runas doradas se elevaron como paredes de luz, encerrándolos.
Treinta metros de diámetro.
Veinte personas.
Diez tenían que morir.
—No…
—una chica de segundo año retrocedió—.
No voy a matar a nadie.
No voy a— Un chico de tercero se lanzó sobre ella.
No hubo advertencia.
No hubo discurso.
Solo supervivencia animal.
El chico—cuyo nombre Steven no conocía—tenía garras de hielo cristalino.
Las clavó en el estómago de la chica antes de que pudiera gritar.
La sangre salpicó el suelo negro.
Y el infierno se desató.
Steven transformó instantáneamente.
Escamas doradas, alas desplegadas, ojos reptilianos.
No para atacar.
Para proteger.
—¡DETÉNGANSE!
Su rugido dragónico sacudió el círculo entero.
Cinco personas que habían comenzado a atacarse congelaron momentáneamente.
—Podemos sobrevivir sin matarnos —continuó Steven, su voz resonando con poder—.
Los más débiles se rinden.
Los diez más fuertes quedan de pie.
Nadie tiene que morir.
—¿Y quién decide quién es débil?
—escupió un chico con tatuajes de fuego en sus brazos—.
¿Tú?
¿El monstruo dragón?
—Yo decido —Steven caminó hacia el centro, sus garras resonando contra la piedra—.
Porque soy el más fuerte aquí.
Y si alguien quiere discutir eso…
Dejó la amenaza flotar en el aire.
Nadie se movió.
—Los diez sin poderes despertados, al suelo.
Ahora.
Siete personas colapsaron inmediatamente, aliviadas.
Tres dudaron.
El chico de los tatuajes de fuego atacó a uno de los que dudaban.
Fuego estalló de sus puños.
Steven se movió.
En un parpadeo, estaba entre el atacante y su objetivo.
Agarró el puño ardiente con su mano escamada.
El fuego se extinguió contra sus escamas como agua contra roca.
—Dije.
Que.
No.
Apretó.
Los huesos del chico crujieron.
No se rompieron, pero el mensaje fue claro.
El chico cayó de rodillas.
—Diez en el suelo —ordenó Steven—.
Los más débiles primero.
Si cooperan, todos vivimos.
Lentamente, diez personas se arrodillaron.
Algunos lloraban.
Otros temblaban.
Pero obedecieron.
Las runas pulsaron.
Luz dorada envolvió a los diez arrodillados.
No desaparecieron.
Solo quedaron inmóviles, congelados en estasis.
La voz del Guardián resonó desde todas partes.
—Interesante.
El cachorro dragón muestra liderazgo.
Pero la prueba no ha terminado.
El suelo tembló.
Del centro del círculo emergió una criatura.
Dos metros y medio de altura.
Cuerpo de piedra negra con venas de lava roja.
Ojos vacíos que ardían con fuego interno.
Brazos que terminaban en cuchillas de obsidiana.
—Mátenlo en cinco minutos, o los diez congelados mueren.
La criatura rugió.
Steven no dudó.
Se lanzó hacia adelante, alas impulsándolo, puño cargado con poder dragónico.
El impacto resonó como trueno.
La criatura retrocedió tres pasos.
Tres pasos.
No cayó.
—¡Ataquen todos a la vez!
—gritó Steven.
Los nueve supervivientes restantes se lanzaron al combate.
◆ ◆ ◆ Círculo 7 – Zerek y Erwan Zerek Noctis tocó el suelo.
Deterioro explotó en un círculo de quince metros.
Piedra se convirtió en polvo.
Diez personas—las más cercanas—colapsaron, gritando mientras su fuerza vital era drenada.
No murieron.
Zerek tuvo cuidado.
Pero quedaron demasiado débiles para moverse.
Erwan emergió de las sombras detrás de los nueve restantes, sus manos transformadas en cuchillas de oscuridad sólida.
—Ríndanse —su voz era fría, sin emoción—.
O los hacemos rendirse.
Ocho se rindieron inmediatamente.
El noveno—un chico con poder de rayo—intentó atacar.
Zerek y Erwan se movieron como uno solo.
Deterioro trepó por la pierna del chico mientras sombras envolvían sus brazos.
En tres segundos, estaba en el suelo, inconsciente pero vivo.
Su círculo se completó en menos de dos minutos.
Ninguna muerte.
◆ ◆ ◆ Círculo 3 – Damien Crowford Damien no intentó salvar a nadie.
Cuando las runas se activaron, invocó su poder.
Sangre—la suya propia—erupcionó de sus palmas en forma de látigos carmesí.
Se movieron como serpientes vivas, envolviéndose alrededor de los nueve más débiles.
Apretó.
Nueve personas colapsaron, sus gritos silenciados por la constricción.
No murieron.
Damien no necesitaba matarlos.
Solo incapacitarlos.
Una décima persona—una chica con poder de viento—intentó atacarlo por la espalda.
Cassian Threadweaver apareció entre ellos, sus hilos invisibles ya envueltos alrededor de los tobillos de la chica.
Un tirón y cayó de cara.
—Lo siento —murmuró Cassian.
Diez en el suelo.
Prueba completada.
Pragmatismo perfecto.
◆ ◆ ◆ Círculo 14 – La Masacre No todos los círculos terminaron pacíficamente.
En el círculo catorce, ninguno de los veinte tenía poderes significativos.
Todos eran débiles.
Todos iguales.
Y cuando todos son iguales, la violencia se vuelve la única moneda.
Dieciocho minutos después, diez personas quedaban de pie.
Empapadas en sangre.
Temblando.
Algunos vomitaban.
Otros solo miraban al vacío.
Diez cuerpos yacían dispersos.
Algunos reconocibles.
Otros…
no.
◆ ◆ ◆ Arena Central – 8:47 AM Cuando todas las pruebas terminaron, doscientos cuarenta y dos supervivientes permanecían de pie.
Cuarenta y uno habían muerto.
El Guardián apareció en el centro, observando los resultados.
—Doscientos cuarenta y dos —dijo, su voz cargada con algo que podría haber sido aprobación—.
Mejor de lo que esperaba.
El cachorro dragón salvó a muchos.
El señor de la sangre fue eficiente.
El manipulador de hilos, astuto.
Hizo una pausa.
—Pero algunos círculos…
algunos eligieron la violencia.
Y pagaron el precio en humanidad, no en vidas.
Señaló hacia el círculo catorce.
—Recuerden esto: cada muerte los cambia.
Cada asesinato los corrompe.
La isla se alimenta de violencia tanto como de almas.
Las runas se apagaron.
Los supervivientes colapsaron, agotados.
—Tienen hasta el anochecer para descansar —continuó el Guardián—.
Mañana, les revelaré lo que les espera en el Día 15.
Desapareció.
Los Siete Inmortales permanecieron, observando en silencio.
Y en la distancia, bajo tierra, otro grupo libraba una batalla completamente diferente Día 10, 5:47 AM – Mazmorra, Nivel 5 Bran Ashford no sintió la compulsión.
Treinta metros bajo tierra, rodeado por piedra antigua y magia más antigua aún, el tirón que arrastraba a doscientos ochenta y tres estudiantes hacia el centro de la isla era apenas un susurro distante.
Pero sintió algo más.
Una presencia.
Las cinco personas en la cámara del tesoro se congelaron simultáneamente.
El aire se volvió denso, pesado, como si la gravedad misma se hubiera duplicado.
—Alguien viene —susurró Selene, sus ojos brillando con el poder de Calamidades—.
Algo…
poderoso.
La pared del fondo explotó.
No se agrietó.
No se derrumbó.
Simplemente dejó de existir.
Piedra de diez mil años de antigüedad se vaporizó como niebla bajo el sol.
Y a través del agujero caminó una mujer.
Alta.
Cabello negro como la noche del vacío.
Ojos plateados que brillaban con luz propia.
Vestía lo que alguna vez pudo haber sido armadura elegante, ahora desgastada por siglos de uso.
Una espada colgaba de su cadera—no de acero, sino de algo que parecía luz cristalizada.
—Interesante —su voz era suave, casi musical—.
Cinco ratoncitos en mi mazmorra.
Y uno de ellos…
huele a Supremo.
Sus ojos se fijaron en Bran.
—Hace quinientos años desde que sentí ese nivel de poder en un novato.
El Emperador Eterno fue el último.
Dime, niño…
¿tienes su ambición?
Bran no respondió.
Estaba calculando.
Esta mujer acababa de borrar una pared de piedra mágicamente reforzada.
Sin esfuerzo.
Sin siquiera tocarla.
Y hablaba del Emperador Eterno—el líder del Ciclo 48, el más exitoso en la historia—como si lo conociera personalmente.
Una de los Siete Inmortales.
—Soy Seraphine —dijo la mujer, sonriendo—.
La Sexta.
Y ustedes…
están en mi territorio.
Desapareció.
Bran sintió el peligro una fracción de segundo antes del impacto.
Torció el espacio instintivamente, creando una barrera invisible.
La espada de Seraphine rebotó contra la barrera con una explosión de luz.
El impacto lanzó a Bran tres metros hacia atrás, pero no atravesó su defensa.
—¡Oh!
—Seraphine rió, genuinamente deleitada—.
¡Bloqueaste eso!
El último Supremo no pudo bloquear mi primer golpe.
Esto será divertido.
Atacó de nuevo.
Y de nuevo.
Y de nuevo.
Cada golpe era una obra maestra de técnica.
Cada ataque venía desde un ángulo imposible.
Seraphine se movía como el agua, fluida e imparable.
Bran bloqueaba.
Una barrera espacial aquí.
Un portal de redirección allá.
Pero cada bloqueo lo agotaba más.
Cada defensa consumía maná a un ritmo alarmante.
—¡Natsumi!
¡Yuki!
¡Apoyo!
—gritó.
Natsumi invocó una tormenta de estacas de hielo.
Yuki envió cuchillas de viento.
Rei desató relámpagos.
Seraphine las esquivó todas sin mirar.
—Lindos trucos —dijo, aburrida—.
Pero estoy aquí por él.
Apareció frente a Bran.
Su espada atravesó su defensa como si no existiera.
Bran apenas logró ladearse, pero la hoja cortó profundo en su hombro.
Sangre caliente.
Dolor cegador.
Y algo más.
Claridad.
Por un momento—apenas una fracción de segundo—Bran vio.
Vio el espacio entre espacios.
Vio las líneas que conectaban todo.
Vio cómo Seraphine no estaba “moviéndose rápido”, sino doblando la distancia entre puntos.
Vio cómo su propio poder—Control Espacial—no era solo comprimir o expandir.
Era dominio absoluto sobre un área definida.
—Área de Control: tres metros.
Las palabras salieron de su boca sin pensarlo.
Y el mundo cambió.
Un círculo de tres metros de radio apareció alrededor de Bran, invisible pero tangible.
Dentro de ese círculo, él no era solo fuerte.
Era dios.
Seraphine atacó de nuevo.
Su espada entró en el área.
Y se detuvo.
Congelada en el aire.
No por hielo.
No por tiempo.
Simplemente…
detenida.
Porque Bran no permitía que se moviera dentro de su dominio.
—¿Qué…?
Por primera vez, Seraphine se veía sorprendida.
Bran extendió su mano.
Dentro de su área, el maná respondía a su voluntad como extensión de su cuerpo.
—Fuego.
Llamas erupcionaron alrededor de Seraphine.
No creadas por un hechizo externo.
Creadas directamente dentro de su dominio, manifestadas por pura voluntad.
Seraphine saltó hacia atrás, saliendo del área.
El fuego desapareció al instante.
—Eso…
—sus ojos brillaron con algo parecido al respeto—.
Eso fue Dominio de Área.
Lo desbloqueaste en medio del combate.
Impresionante.
Sonrió.
Pero esta vez, era una sonrisa peligrosa.
—Pero tres metros es patético.
El Emperador Eterno tenía cincuenta metros cuando dejó la isla.
Veamos cuánto aguantas.
Su poder explotó.
El combate verdadero acababa de comenzar.
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