Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Despertar en el Infierno
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2: Despertar en el Infierno 2: Despertar en el Infierno Isla Desconocida – Día 1, 12:03 PM Dolor.
Eso fue lo primero que Bran sintió cuando recuperó la consciencia.
Un dolor punzante en su cabeza, como si alguien hubiera usado su cráneo como tambor.
Abrió los ojos lentamente.
Cielo azul.
Nubes blancas perfectas.
El sonido de olas rompiendo a lo lejos.
El graznido de gaviotas.
“¿Estoy…
en la playa?” Se incorporó bruscamente, ignorando la protesta de su cuerpo adolorido.
Arena.
Arena blanca bajo sus manos.
Calor intenso del sol sobre su piel.
El aire olía a sal marina y a algo más…
algo vagamente podrido.
—¿Steven?
—Su voz salió ronca, áspera.
Carraspeó e intentó de nuevo—.
¿Steven?
Miró alrededor con creciente desesperación.
Estaba en una playa.
Una playa tropical hermosa que parecía sacada de una postal de vacaciones.
A su alrededor, otros estudiantes comenzaban a despertar.
Algunos gritaban.
Otros lloraban.
La mayoría simplemente permanecían congelados, con sus rostros mostrando el mismo shock que probablemente reflejaba el suyo.
—¡BRAN!
El alivio lo golpeó como una ola física.
Steven apareció corriendo entre las palmeras, con su uniforme escolar—que parecía absurdamente fuera de lugar en este entorno—manchado de arena y hojas.
Tenía un rasguño en la mejilla pero por lo demás parecía ileso.
—Estás bien.
—Bran exhaló profundamente, sintiendo cómo la tensión abandonaba sus hombros—.
Gracias a Dios, estás bien.
—¿Qué pasó?
—Steven se detuvo frente a él, mirando alrededor con ojos desorbitados—.
¿Dónde estamos?
Desperté hace cinco minutos allá.
—Señaló vagamente hacia el interior de la isla—.
Bran, esto es…
esto no puede ser real, ¿verdad?
Antes de que Bran pudiera responder—antes de que pudiera intentar dar sentido a lo que claramente no tenía sentido—un grito desgarrador cortó el aire.
Un grito que no sonaba humano.
Ambos hermanos se giraron hacia el origen del sonido.
A unos cincuenta metros de distancia, una chica de primer año—no podía tener más de catorce años—estaba siendo arrastrada hacia la jungla por…
algo.
Algo con demasiadas patas.
Algo con piel escamosa verde oscuro.
Algo con una boca llena de dientes que goteaban saliva ácida.
—¡AYUDA!
¡POR FAVOR AYÚDENME!
¡NO QUIERO MORIR!
¡MAMÁ, MAMÁ—!
El grito se cortó abruptamente.
Silencio.
Luego, el inconfundible sonido de huesos rompiéndose.
De carne siendo desgarrada.
Nadie se movió.
Los cincuenta o sesenta estudiantes en la playa estaban completamente paralizados, mirando hacia la oscuridad de la jungla donde la chica había desaparecido.
Bran sintió bilis subiendo por su garganta.
“Eso…
eso acaba de pasar.
Alguien acaba de morir.
Aquí.
Ahora.” —Bran…
—La voz de Steven temblaba—.
Esto es real.
Esto está pasando de verdad.
Como si esas palabras hubieran roto un hechizo, el pánico estalló.
Gritos.
Docenas de ellos.
Estudiantes corriendo en todas direcciones.
Algunos hacia la jungla.
Otros hacia el agua.
La mayoría simplemente corriendo sin dirección, cegados por el terror.
Y entonces Bran lo sintió.
Algo dentro de él…
despertando.
Su visión cambió.
De repente podía ver cosas que no debería poder ver.
Líneas invisibles conectando todo a su alrededor—el aire, el espacio, la realidad misma.
Era como si el mundo se hubiera convertido en una red tridimensional de energía pulsante, y él de alguna manera podía percibirla toda.
—Bran…
tus ojos…
—Steven lo miraba con una mezcla de asombro y horror—.
Están brillando.
Bran levantó su mano frente a su rostro.
Pequeñas chispas de energía dorada danzaban entre sus dedos, como luciérnagas diminutas respondiendo a su voluntad.
—¿Qué me está pasando?
RUGIDO.
El sonido hizo que cada estudiante en la playa se congelara instantáneamente.
De la jungla emergió la criatura que había matado a la chica.
Ahora que podía verla completamente, Bran deseó no poder.
Tres metros de altura.
Cuerpo similar a un lagarto pero bípedo.
Piel escamosa que brillaba con un tono verde enfermizo.
Seis ojos amarillos que se movían independientemente, escaneando a los estudiantes como un depredador eligiendo su siguiente comida.
Su mandíbula—Dios, su mandíbula—se abría tan ampliamente que podría tragarse a una persona entera.
Sangre goteaba de sus dientes.
Sangre que hace dos minutos había fluido por las venas de una estudiante de catorce años que solo quería volver a casa.
—¡CORRAN!
—gritó alguien.
Pero el monstruo fue más rápido.
Saltó hacia un grupo de cinco estudiantes con velocidad imposible.
Sus garras atravesaron el pecho del primero—un chico de segundo año que Bran reconoció vagamente del club de fútbol.
Sangre salpicó la arena blanca, tiñéndola de carmesí.
El chico ni siquiera tuvo tiempo de gritar.
Y Bran actuó.
No pensó.
No planificó.
Simplemente actuó por puro instinto.
Extendió su mano hacia la criatura.
Hacia el espacio alrededor de la criatura.
Y empujó.
—¡DETENTE!
El mundo obedeció.
El monstruo se congeló en el aire, a centímetros de su segunda víctima.
Completamente inmóvil.
Como si hubiera sido atrapado en estasis temporal.
Pero Bran podía sentir que no era tiempo lo que había manipulado.
Era el espacio mismo.
Había solidificado el aire alrededor del monstruo, comprimiendo el espacio hasta convertirlo en una jaula invisible pero infinitamente fuerte.
Todos los estudiantes en la playa lo miraban.
Steven lo miraba.
Y el monstruo, atrapado en su prisión espacial, lo miraba con sus seis ojos amarillos llenos de furia.
—Retrocedan —dijo Bran, su voz sonando extrañamente calmada para alguien cuyo corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en sus oídos—.
Todos retrocedan.
Ahora.
Los estudiantes obedecieron, arrastrándose hacia atrás mientras mantenían sus ojos fijos en el monstruo suspendido.
Bran cerró su puño.
Y el espacio se comprimió.
CRACK.
CRACK.
CRACK.
El sonido de huesos—no, de todo el cuerpo—siendo aplastado por presión invisible.
El monstruo ni siquiera pudo gritar.
Su cuerpo entero se comprimió sobre sí mismo, volviéndose más y más pequeño.
En tres segundos, donde había estado una criatura de tres metros de altura, ahora solo quedaba una esfera compacta de carne, hueso y sangre del tamaño aproximado de una pelota de béisbol.
Cayó a la arena con un ruido húmedo, nauseabundo.
Silencio absoluto.
Quinientos estudiantes—o al menos los que estaban lo suficientemente cerca para presenciarlo—miraban a Bran Ashford.
Y Bran los miraba de vuelta, con sus ojos todavía brillando en ese dorado antinatural.
—Creo…
—Su voz tembló ligeramente—.
Creo que tenemos un problema.
* * * El mismo momento – A 2 kilómetros de distancia Steven Ashford no presenció el despertar del poder de su hermano.
Porque en el momento exacto en que el monstruo atacó, algo dentro de él también despertó.
Calor.
Calor intenso, abrasador, que no quemaba pero que recorría cada célula de su cuerpo como lava líquida fluyendo por sus venas.
Su piel comenzó a brillar con un resplandor dorado.
—¿Qué…?
—Steven miró sus manos con horror fascinado.
Escamas.
Escamas doradas estaban creciendo sobre su piel, emergiendo de debajo de la superficie como si siempre hubieran estado ahí, esperando.
Y entonces lo escuchó.
Una voz.
Antigua.
Poderosa.
Resonando no en sus oídos sino directamente en su mente, en su alma.
“DESPIERTA, HIJO DE LOS CIELOS.” Los ojos de Steven cambiaron.
De marrón humano a dorado reptiliano.
Pupilas verticales que veían el mundo de una manera completamente nueva.
Y rugió.
No un grito humano.
Un rugido que sacudió la isla entera.
Un sonido que hizo que cada criatura en un radio de cinco kilómetros se congelara instantáneamente, con un miedo primordial grabado en su ADN gritándoles que huyeran.
Porque ese rugido pertenecía a un depredador que estaba por encima de la cadena alimenticia.
Pertenecía a un dragón.
* * * Al mismo tiempo – Otro sector de la playa Natsumi Yukimura tosió arena, levantándose con dificultad mientras su cabeza daba vueltas.
“¿Qué pasó?
¿Dónde estoy?” A su alrededor, el caos reinaba.
Sus compañeros de clase—personas que conocía desde hace años—gritaban y corrían en pánico.
Algunos estaban heridos.
Otros simplemente estaban paralizados por el shock.
—¡Zerek!
¡Erwan!
—gritó, buscándolos desesperadamente entre la multitud.
No los vio.
Pero vio algo más.
Un niño.
Un estudiante de primer año, no podía tener más de catorce años, atrapado bajo un tronco caído.
Tres criaturas—parecidas a lobos pero con cabezas que se dividían grotescamente en múltiples mandíbulas—se acercaban a él lentamente, saboreando su miedo.
El niño lloraba.
Intentaba arrastrarse pero el tronco era demasiado pesado.
Natsumi miró alrededor.
Nadie más lo ayudaría.
Todos estaban demasiado ocupados salvándose a sí mismos.
“Alguien tiene que hacer algo.” Sus piernas se movieron antes de que su cerebro pudiera procesar la decisión.
Corrió hacia el niño.
—¡Aléjense!
—gritó, interponiéndose entre el niño y las bestias.
Las criaturas se detuvieron.
La miraron.
Gruñeron.
Y entonces Natsumi sintió el frío.
No el frío del miedo.
El frío del poder.
Su aliento se volvió visible en el aire tropical.
Escarcha comenzó a formarse en el suelo bajo sus pies, extendiéndose en patrones cristalinos hermosos y mortales.
La temperatura alrededor de ella cayó en picada.
Veinte grados.
Treinta.
Cuarenta.
Cuando levantó su mano para defenderse, descubrió que ya no era una mano humana normal.
Era hielo puro.
Cristalino.
Perfecto.
Mortal.
—Aléjense —repitió, pero ahora su voz sonaba diferente.
Más fría.
Con un eco que no debería existir.
Las criaturas no escucharon.
Atacaron simultáneamente, con sus múltiples mandíbulas abiertas.
Natsumi movió su mano instintivamente.
Estacas de hielo erupcionaron del suelo—docenas de ellas, cada una afilada como una espada—atravesando a las tres bestias simultáneamente antes de que pudieran cerrar ni siquiera un metro de distancia.
Sus cuerpos se congelaron en segundos.
La sangre que goteaba de sus heridas se solidificó en el aire.
Se convirtieron en estatuas de hielo y muerte.
Natsumi miró sus manos, temblando.
Temblando no de frío—el frío ya no la afectaba—sino de shock.
“¿Qué…
qué acabo de hacer?
¿Qué soy?” —G-gracias…
—El niño bajo el tronco la miraba con ojos llenos de lágrimas y alivio.
Natsumi no respondió.
Solo podía mirar los cadáveres congelados de las criaturas que acababa de matar con un pensamiento.
Y preguntarse si alguna vez volvería a ser completamente humana.
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