Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 21
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21: Laboratorio De Pesadillas 21: Laboratorio De Pesadillas Día 6 en Altheria – Afueras de la Ciudad, 1:34 AM Natsumi encontró el laboratorio exactamente donde Koros dijo que estaría.
Un valle pequeño, oculto entre colinas cubiertas de nieve.
Y en el centro, un edificio de piedra gris.
Dos pisos de altura.
Sin ventanas en el primer nivel.
Ventanas pequeñas y barradas en el segundo.
Parecía fortaleza.
No laboratorio.
Natsumi se acercó desde el norte, usando los árboles como cobertura.
Se detuvo a cien metros de distancia, observando.
Cuatro guardias visibles.
Dos en la entrada principal.
Dos patrullando el perímetro.
Todos armados.
Todos con auras de Despertados—nivel Épico.
Pero lo que realmente capturó su atención fueron los símbolos.
Tallados en las paredes de piedra, apenas visibles bajo la luz de la luna.
No eran el símbolo de la Hermandad—la llama roja con cadenas.
Eran algo diferente.
Una llama.
Pero rodeada de runas extrañas.
Caracteres que no reconocía.
Que brillaban tenuemente con luz naranja rojiza.
Símbolos de culto.
Natsumi esperó treinta minutos, observando los patrones de patrulla.
Los guardias eran profesionales pero predecibles.
Cada diez minutos, había un punto ciego de veinte segundos cerca de la pared este.
Suficiente.
Cuando llegó el momento, se movió.
Silenciosa.
Rápida.
Cruzó los cien metros en quince segundos.
Se pegó a la pared este justo cuando el guardia giraba la esquina.
Encontró una ventana del segundo piso.
Barrada.
Pero las barras eran metal.
Y el metal se volvía frágil cuando se congelaba.
Tocó las barras.
Hielo se expandió instantáneamente, penetrando el metal a nivel molecular.
Empujó.
Las barras se quebraron como vidrio.
Entró.
◆ ◆ ◆ DENTRO DE LA PESADILLA Laboratorio – Segundo Piso, 2:07 AM El interior era peor de lo que esperaba.
El segundo piso era un pasillo largo con puertas a ambos lados.
Natsumi abrió la primera con cuidado.
Oficina.
Escritorio.
Documentos.
Nada útil.
Segunda puerta.
Almacén.
Cajas de suministros médicos.
Jeringas.
Frascos vacíos.
Tercera puerta.
Se detuvo.
Escuchó algo.
Un sonido bajo.
Como…
gemido.
Abrió la puerta lentamente.
Y encontró el horror.
Era una celda.
Tres metros por tres metros.
Y dentro, encadenado a la pared, había un hombre.
No.
No solo encadenado.
Conectado.
Tubos salían de sus brazos, su cuello, su pecho.
Conectados a una máquina extraña en la esquina.
La máquina brillaba con luz roja pulsante.
Y dentro de los tubos, algo fluía.
Algo que parecía energía líquida.
El hombre levantó la cabeza débilmente.
Sus ojos estaban hundidos.
Su piel, pálida como cadáver.
Pero aún estaba vivo.
—Por…
favor…
—susurró—.
Mátame…
o libérame…
Natsumi se acercó.
Miró la máquina.
Los tubos.
Los símbolos grabados en el metal.
Estaban drenándolo.
Extrayendo su magia.
Su esencia misma.
—¿Quién eres?
—Daren…
Daren Frost…
me capturaron hace…
cinco días…
Daren Frost.
Sombra Viviente.
Estaba en la lista.
—¿Qué te están haciendo?
—Extracción…
extraen nuestra magia…
para alimentar algo…
no sé qué…
por favor…
duele…
tanto…
Natsumi agarró los tubos.
Hielo cristalizó alrededor de ellos.
Los congeló.
Los rompió.
La máquina emitió un chillido agudo.
Luego se apagó.
Daren colapsó, libre de los tubos.
Respirando pesadamente.
—Gracias…
gracias…
—¿Cuántos más hay aquí?
—No sé…
escuché…
voces…
otras celdas…
primer piso…
Natsumi lo ayudó a ponerse de pie.
Estaba débil.
Demasiado débil para luchar.
Pero podía caminar.
—Quédate aquí.
Voy a buscar a los demás.
Salió de la celda.
Checó las otras puertas del segundo piso.
Dos celdas más.
Dos prisioneros más.
Elena Brightwind.
Luz Curativa.
Conectada a una máquina similar.
Casi muerta.
Viktor Ironbane.
Magnetismo.
En mejor condición, pero débil.
Los liberó a ambos.
Rompió las máquinas.
Los ayudó al pasillo.
Tres rescatados.
Pero Daren dijo que había más en el primer piso.
Natsumi los dejó ocultos en una oficina vacía.
—Esperen aquí.
No hagan ruido.
Volveré.
Descendió las escaleras hacia el primer piso.
◆ ◆ ◆ EL SANCTUM Laboratorio – Primer Piso, 2:34 AM El primer piso era diferente.
No era solo laboratorio.
Era templo.
El pasillo central estaba flanqueado por columnas de piedra talladas con símbolos de llama.
El suelo tenía runas grabadas que brillaban tenuemente.
Y al final del pasillo, una puerta masiva de metal.
Natsumi se acercó con cautela.
La puerta no estaba cerrada.
Se abrió con un empujón suave.
Y reveló la cámara central.
Era circular.
Veinte metros de diámetro.
Y en el centro, un altar.
No.
No un altar.
Una máquina.
Pero no como las del segundo piso.
Esta era masiva.
Compleja.
Hecha de metal negro que parecía absorber la luz.
Y conectadas a ella, doce personas.
Doce Despertados.
Cada uno encadenado.
Cada uno con docenas de tubos perforando su cuerpo.
Cada uno inconsciente o semiconsciente.
Sus magias estaban siendo drenadas.
Natsumi podía verlo—energías de colores diferentes fluyendo por los tubos hacia la máquina central.
Rayo dorado.
Cristal azul.
Vacío negro.
Magnetismo plateado.
Y la máquina estaba acumulando esa energía.
Almacenándola en un tanque central que brillaba con luz multicolor pulsante.
Pero lo que realmente la hizo detenerse fueron los símbolos en las paredes.
No eran solo decoración.
Eran parte de un ritual masivo.
Un círculo mágico que cubría toda la cámara.
Y en el centro de ese círculo, tallado en el altar mismo, un símbolo que reconoció de la Isla de la Muerte.
El símbolo del Vacío.
La misma marca que había visto en el Dios Antiguo sellado.
La misma energía de entropía y ausencia.
—Qué…
demonios…
Una voz resonó desde las sombras.
—Impresionante, ¿verdad?
Años de trabajo.
Docenas de sacrificios.
Todo para preparar este momento.
Natsumi giró, Frostfang desenvainada.
Un hombre emergió de la oscuridad.
Vestido con túnicas rojas ornamentadas con el símbolo de la llama.
Rostro cubierto parcialmente por una capucha.
Pero sus ojos eran visibles—brillaban con fanatismo.
—Soy el Sacerdote Cassius.
Y tú…
tú eres una intrusa muy valiosa.
Levantó su mano.
Fuego rojo—no normal, oscuro, corrupto—apareció alrededor de sus dedos.
—Otra Marcada.
Hielo Absoluto si no me equivoco.
Serás una adición excelente a nuestra colección.
Más figuras emergieron de las sombras.
Seis guardias.
Todos Despertados.
Todos con el mismo fuego corrupto rodeándolos.
Natsumi estaba rodeada.
Y la alarma comenzó a sonar.
◆ ◆ ◆ LIBERACIÓN Cámara Central – 2:47 AM Natsumi no esperó.
En el momento en que la alarma sonó, atacó.
—¡Tormenta de Escarcha!
Hielo erupcionó en todas direcciones.
Miles de fragmentos llenaron la cámara.
Los seis guardias levantaron barreras de fuego corrupto.
Los fragmentos se derritieron.
Pero no todos.
Tres guardias cayeron, perforados por docenas de estacas de hielo.
Cassius rugió.
—¡Protege la máquina!
¡No dejen que la toque!
Los tres guardias restantes se posicionaron entre Natsumi y el altar.
Pero Natsumi no estaba intentando destruir la máquina.
Estaba liberando a los prisioneros.
Tocó el suelo.
Hielo se expandió en líneas rectas hacia las doce personas encadenadas.
Congeló los tubos.
Los rompió.
Congeló las cadenas.
Las fragmentó.
La máquina chilló.
Las luces parpadearon.
El tanque central comenzó a vibrar violentamente.
Cassius palideció.
—¡NO!
¡Toda la energía acumulada—!
El tanque explotó.
Energía pura—doce tipos diferentes de magia mezcladas—erupcionó como tsunami.
Rayo, cristal, vacío, magnetismo, sombra, luz, todo convergiendo en caos absoluto.
La explosión destrozó la máquina.
Destruyó el altar.
Y envió a todos—Natsumi, Cassius, los guardias, los prisioneros—volando en todas direcciones.
Natsumi golpeó la pared.
Dolor explotó en su espalda.
Pero se obligó a ponerse de pie.
La cámara estaba en ruinas.
Fuego (real esta vez) comenzaba a extenderse.
Los doce prisioneros estaban dispersos, algunos moviéndose débilmente.
Cassius estaba en el suelo, su túnica quemada, su rostro ensangrentado.
Pero vivo.
—Destruiste…
años de trabajo…
¡AÑOS!
Se puso de pie tambaleándose.
Fuego corrupto explotó alrededor de él.
No controlado.
Salvaje.
—Te mataré.
Aunque sea lo último que haga.
¡TE MATARÉ!
Y entonces el edificio tembló.
No por la explosión.
Por algo más.
Desde afuera llegó el sonido de campanas.
Docenas de ellas.
Y gritos.
Y rugidos.
Natsumi corrió hacia una ventana rota.
Miró hacia la ciudad en la distancia.
Y vio luces.
Cientos de ellas.
Moviéndose hacia la capital desde el sur.
Un ejército.
La Hermandad de Kharos estaba atacando Ciudad de Glaciem.
Y Natsumi acababa de destruir uno de sus laboratorios, liberando prisioneros y causando una explosión masiva que probablemente alertó a todos en kilómetros.
Había desencadenado esto.
Sin quererlo.
Pero lo había hecho.
Miró a los prisioneros.
Luego a Cassius.
Luego hacia la ciudad bajo ataque.
Tomó su decisión.
—Dominio de Hielo: Jaula Absoluta.
Hielo cristalino erupcionó alrededor de Cassius.
Lo encerró en una prisión de tres metros.
Inmóvil.
Indestructible.
—Te dejaré para las autoridades.
Pero primero…
Corrió hacia los prisioneros.
Los doce estaban vivos.
Débiles.
Pero vivos.
—¡Los que puedan caminar, síganme!
¡Los que no, sosténganse de los demás!
¡Vamos!
Subió al segundo piso.
Recogió a Daren, Elena y Viktor.
Bajó con los quince supervivientes—algunos caminando, otros arrastrándose, otros siendo cargados.
◆ ◆ ◆ EVACUACIÓN Exterior del Laboratorio – 3:02 AM El aire nocturno era caótico.
Desde la dirección de la ciudad, el sonido de las campanas de alarma resonaba sin cesar.
Natsumi podía ver columnas de humo elevándose contra el cielo estrellado.
Fuego.
Explosiones distantes.
El ataque había comenzado en serio.
Los quince supervivientes se tambaleaban detrás de ella.
Algunos apenas podían mantener el equilibrio.
Otros tosían violentamente, sus cuerpos todavía recuperándose del drenaje de magia.
—No podemos…
—Elena Brightwind colapsó de rodillas, respirando pesadamente—.
No puedo…
seguir más…
Natsumi se detuvo.
Miró hacia atrás.
La mayoría estaban en el límite de sus fuerzas.
Si intentaba llevarlos directamente a la ciudad en su estado actual, morirían en el camino.
Pero quedarse aquí tampoco era opción.
El laboratorio estaba en llamas.
Y si la Hermandad tenía más guardias en camino…
Tomó una decisión rápida.
—Escúchenme todos.
Hay una arboleda cien metros al norte.
Los llevaré ahí.
Pueden descansar diez minutos.
Luego nos movemos hacia la ciudad por la ruta más segura.
—¿Y si…
nos encuentran?
—preguntó Daren débilmente.
Natsumi desenvainó Frostfang.
—No lo harán.
Los guió hacia la arboleda.
Era un grupo pequeño de árboles densos, perfectamente oculto desde el laboratorio y desde el camino principal.
Una vez que todos estuvieron dentro, Natsumi creó una barrera de niebla helada alrededor del perímetro.
No los ocultaría de una búsqueda seria, pero desde la distancia parecerían solo niebla natural.
Los supervivientes colapsaron contra los troncos de los árboles.
Viktor intentó mantenerse alerta, pero incluso él estaba exhausto.
—¿Quién…
eres tú?
—preguntó Elena, mirando a Natsumi con ojos curiosos—.
No eres de aquí.
Tu acento.
Tu forma de pelear.
Eres…
—Una forastera —interrumpió Natsumi—.
Eso es todo lo que necesitan saber.
Elena asintió lentamente.
Demasiado cansada para presionar.
Natsumi se alejó unos metros, manteniendo guardia.
Desde aquí podía ver el laboratorio ardiendo en la distancia.
Las llamas habían consumido el segundo piso completamente.
Pronto el edificio entero colapsaría.
Y Cassius seguía atrapado dentro, encerrado en su jaula de hielo.
Parte de ella se preguntó si debería haberlo matado.
Hubiera sido más simple.
Más seguro.
Pero dejarlo vivo significaba que las autoridades podrían interrogarlo.
Obtener información sobre la Hermandad.
Sobre sus planes.
Sobre qué demonios estaban intentando hacer con toda esa magia extraída.
El símbolo del Vacío seguía quemándose en su mente.
La misma marca que el Dios Antiguo de la Isla de la Muerte.
¿Coincidencia?
Imposible.
Había conexiones aquí.
Conexiones que se extendían más allá de este continente.
Más allá de este ciclo.
Y ella necesitaba entenderlas.
Pero primero, necesitaba sobrevivir a esta noche.
Miró hacia la ciudad nuevamente.
Las luces del ejército invasor se habían multiplicado.
Cientos ahora.
Quizás mil.
Y se movían con propósito coordinado hacia las murallas de Ciudad de Glaciem.
Un asedio.
O una invasión total.
Sea lo que fuera, iba a ser sangriento.
—Diez minutos terminaron —anunció—.
Nos movemos.
Ahora.
◆ ◆ ◆ RUTA HACIA EL CAOS Camino a Ciudad de Glaciem – 3:47 AM El viaje de regreso fue una pesadilla.
Natsumi mantuvo al grupo alejado del camino principal, moviéndose a través de campos nevados y bosques pequeños.
Más lento.
Más difícil.
Pero más seguro.
Cada pocos minutos se detenían.
Alguien colapsaba.
Alguien vomitaba.
Alguien comenzaba a temblar incontrolablemente—efectos secundarios del drenaje de magia.
Natsumi los mantenía en movimiento.
Sin descanso prolongado.
Sin quejas.
—Si se detienen, mueren.
Así de simple.
Sigan caminando.
Viktor, quien había recuperado algo de fuerza, ayudaba a cargar a los más débiles.
Daren usaba sus sombras para crear soportes temporales bajo los que se tambaleaban.
Trabajaban juntos.
Supervivientes cuidando de supervivientes.
A mitad de camino, escucharon algo.
Cascos.
Muchos cascos.
Natsumi levantó su mano.
Todos se congelaron.
—Al suelo.
Ahora.
El grupo se tiró a la nieve.
Natsumi creó una capa delgada de hielo translúcido sobre todos ellos—camuflaje.
Desde la distancia parecerían solo montículos de nieve.
Los jinetes pasaron cincuenta metros al sur.
Diez de ellos.
Armadura pesada.
Símbolos de la Hermandad en sus escudos.
Pasaron sin detenerse.
Natsumi esperó dos minutos completos antes de dar la señal.
—Arriba.
Seguimos.
Continuaron.
Finalmente, después de una hora de marcha agotadora, llegaron a las afueras de Ciudad de Glaciem.
Y encontraron un campo de batalla.
Las murallas exteriores estaban bajo asedio.
Catapultas lanzaban proyectiles de fuego contra las fortificaciones.
Guerreros de la Hermandad escalaban las paredes con cuerdas y ganchos.
Los defensores—guardias de la ciudad y Despertados locales—luchaban desesperadamente para mantener la línea.
Explosiones iluminaban el cielo nocturno.
Gritos.
Rugidos.
El sonido metálico de armas chocando.
—No podemos entrar por ahí —dijo Viktor, señalando la entrada principal—.
Nos matarán antes de cruzar.
Natsumi estudió las murallas.
Había un punto débil.
El mismo que había usado para salir días atrás.
Oculto por árboles.
Menos vigilado.
—Síganme.
Conozco otra ruta.
Los guió hacia el este, rodeando el perímetro de batalla.
El sonido de la guerra se hacía más distante, pero no desaparecía.
Llegaron al punto débil.
La sección de muralla estaba intacta.
Sin guardias visibles.
Sin atacantes.
Perfecto.
—Suban.
Uno a la vez.
Los ayudaré.
Creó escalones de hielo contra la muralla.
Sólidos.
Seguros.
Uno por uno, los supervivientes subieron.
Cuando todos estuvieron al otro lado, Natsumi destruyó los escalones.
Sin evidencia.
Finalmente estaban dentro de la ciudad.
Pero la ciudad misma estaba en pánico.
Civiles corrían por las calles.
Gritos de terror.
Familias arrastrando pertenencias.
Guardias gritando órdenes.
—¡El Distrito Bajo está perdido!
¡Retírense al centro de la ciudad!
—¡La Hermandad ha roto la puerta sur!
—¡Necesitamos Despertados en la plaza central!
¡AHORA!
Caos.
Absoluto caos.
Natsumi reunió a los supervivientes en un callejón.
—Escuchen.
Vayan al Templo de Khione.
Es el edificio más fortificado de la ciudad.
Estarán seguros ahí.
Digan que son supervivientes del laboratorio de la Hermandad.
Los sacerdotes los protegerán.
—¿Y tú?
—preguntó Elena—.
¿Qué harás?
Natsumi miró hacia el centro de la ciudad.
Hacia el sonido de batalla.
Hacia el fuego y el humo.
—Voy a averiguar qué demonios está pasando realmente aquí.
Se alejó antes de que pudieran responder.
Corrió hacia la batalla.
Hacia las respuestas.
Hacia la guerra.
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