Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 28
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Capítulo 28: Despertar En La Oscuridad
Día 1 en Altheria – Ciudad de Sombras Perpetuas, 11:47 PM
Erwan Shadowend abrió los ojos en la oscuridad absoluta.
No. No era oscuridad absoluta. Sus ojos se ajustaron lentamente y descubrió que podía ver. Sombras. Formas. Contornos de edificios que se elevaban a su alrededor como gigantes silenciosos.
Estaba en un callejón. El suelo era piedra fría bajo sus manos. Paredes de ladrillo negro a ambos lados. Y sobre él… nada. No había luna. No había estrellas. Solo oscuridad densa, casi tangible.
Se puso de pie lentamente, ignorando el dolor pulsante en todo su cuerpo. Los efectos residuales de la batalla final en la Isla de la Muerte. Del agujero negro que Bran había creado. De la teleportación a través del Cáliz.
Revisó su cuerpo. Ropa destrozada en varios lugares. Cortes menores que ya habían dejado de sangrar. Su maná… bajo. Muy bajo. Tal vez 30%.
Pero estaba vivo. Y eso era más de lo que muchos podían decir.
Extendió su mano. Sombras respondieron inmediatamente, fluyendo desde las paredes hacia sus dedos como ríos oscuros. Se materializaron en forma de cuchilla, luego se disolvieron, luego se reformaron como cadena.
Su poder aún funcionaba. Bien.
Erwan manipuló las sombras un poco más, probando sus límites. Formó una esfera flotante, luego la comprimió hasta que desapareció en un punto singular. La sensación era diferente aquí. Las sombras respondían más fácilmente, como si este lugar estuviera saturado con su elemento. Era reconfortante y perturbador a la vez.
Salió del callejón hacia lo que parecía ser una calle principal. Y se detuvo en seco.
La ciudad era masiva.
Edificios de cinco, seis, algunos de diez pisos se extendían en todas direcciones. Pero todos eran oscuros. No negros. Oscuros. Como si absorbieran luz en lugar de reflejarla. Las calles estaban iluminadas por lámparas que emitían luz púrpura tenue—suficiente para ver, pero no para disipar la sensación de estar sumergido en noche eterna.
Y la gente. Había gente.
Caminaban por las calles como si fuera mediodía. Vestidos con ropas oscuras—negros, grises, púrpuras profundos. Algunos llevaban capucha. Otros máscaras. Pero todos se movían con propósito, sin miedo aparente a la oscuridad que los rodeaba.
Erwan observó más detenidamente mientras caminaba. Los ciudadanos no solo toleraban la oscuridad, la abrazaban. Vio a un grupo de niños jugando en una plaza cercana, sus risas resonando en la noche perpetua. Un vendedor ambulante pregonaba frutas que brillaban con una fosforescencia extraña. Dos guardias patrullaban con armadura que parecía forjada de la misma oscuridad que rodeaba la ciudad.
No había pánico. No había miedo. Esta era su normalidad.
Pasó junto a un mercado nocturno donde comerciantes vendían de todo—desde armas hasta ingredientes alquímicos, desde ropa hasta libros antiguos. Las transacciones se realizaban con eficiencia silenciosa, cada vendedor conociendo su lugar, cada comprador sabiendo exactamente qué buscar.
Erwan vio un letrero colgando de un edificio cercano. Tallado en madera negra con letras que brillaban tenuemente: “La Sombra Silenciosa – Posada y Taberna”.
Una posada. Eso significaba comida. Información. Tal vez una cama.
Comenzó a caminar hacia ella, sus pasos resonando suavemente en el empedrado. La arquitectura de los edificios circundantes era fascinante—arcos góticos mezclados con diseños más antiguos, casi primitivos. Como si la ciudad hubiera sido construida en capas a lo largo de siglos, cada generación añadiendo su propio estilo sin borrar completamente el anterior.
Y entonces sintió los ojos sobre él.
No de una persona. De muchas. Pequeños destellos de atención desde ventanas oscuras, desde callejones laterales, desde las sombras mismas. La ciudad lo estaba evaluando, decidiendo si era amenaza o simple visitante.
◆ ◆ ◆
Los Guardianes de Nyx
Calle Principal – 11:52 PM
Erwan no se giró. No corrió. Simplemente continuó caminando hacia la posada, pero extendió sus sentidos.
Tres personas. Siguiéndolo desde cincuenta metros atrás. Moviéndose en formación coordinada. Y todas ellas tenían auras.
Despertados. Nivel Épico, los tres.
Sus auras eran distintas—una sentía como sombras líquidas, otra como oscuridad sólida, la tercera como vacío puro. Todos usuarios de sombra, entonces. Todos entrenados. Todos peligrosos si decidían serlo.
Llegó a la entrada de la posada. La puerta era pesada, de madera reforzada con hierro. Grabados rúnicos decoraban el marco—protecciones, probablemente. O alarmas. La empujó.
Una mano se estrelló contra la puerta, manteniéndola cerrada.
Erwan se giró lentamente.
Tres figuras vestidas con túnicas grises oscuras. Capuchas cubiertas. Pero podía ver sus rostros parcialmente—dos hombres, una mujer. Todos en sus veinte o treinta. Todos con expresiones de autoridad fría.
El hombre que había cerrado la puerta habló primero.
—Forastero. Identifícate.
Su voz era plana, sin emoción. Como si hubiera hecho esta pregunta mil veces.
—Erwan. Viajero. Recién llegado.
—¿De dónde?
—De lejos.
La mujer dio un paso adelante. Sombras comenzaron a fluir alrededor de sus manos, formando patrones que Erwan reconoció como preparación para conjuros de captura. No ofensivos, pero definitivamente restrictivos si decidía usarlos.
—No seas evasivo. En Ciudad de Sombras Perpetuas, todos los forasteros deben registrarse con el Consejo. Y todos los Despertados deben presentarse ante el Templo de Nyx.
—No sabía eso. Recién llegué hace diez minutos.
—Lo suponemos —dijo el tercer hombre, más joven que los otros dos—. Por eso estamos aquí. Para escoltarte. No es opcional.
Erwan evaluó la situación. Tres Épicos. Él era Divino, pero estaba al 30% de maná. Podría ganar una pelea, pero sería ruidosa. Y no sabía qué tan rápido llegarían refuerzos.
Además, no tenía razón para pelear. Aún.
Miró alrededor brevemente. Ciudadanos se habían detenido a distancia segura, observando la confrontación con curiosidad pero no alarma. Claramente, esto era común. Los guardias interceptando forasteros, llevándolos al registro. Rutina.
—Está bien. Llévenme al Templo.
Los tres intercambiaron miradas. Claramente no esperaban cooperación.
—Bien. Síguenos. Y no intentes huir. Esta ciudad tiene ojos en todas partes.
No estaban exagerando. Erwan podía sentir docenas de presencias observándolos mientras comenzaban a caminar. Algunos eran guardias adicionales, posicionados estratégicamente en techos y balcones. Otros eran ciudadanos comunes, simplemente curiosos. Y otros… otros eran algo más. Algo que no podía identificar completamente.
Comenzaron a caminar. Erwan los siguió, manteniendo distancia de tres metros. Suficiente para reaccionar si atacaban. Suficiente para observar.
Mientras caminaban, estudió la ciudad más de cerca. Los edificios tenían símbolos tallados en las paredes. Lunas crecientes. Estrellas de ocho puntas. Y algo más—un ojo dentro de un círculo, rodeado por sombras ondulantes.
El símbolo de Nyx.
Entonces esta era una ciudad religiosa. Controlada por un culto. O al menos, fuertemente influenciada por uno.
Interesante.
Pasaron por una fuente ornamental donde el agua fluía hacia arriba en lugar de hacia abajo—magia obvia, pero el efecto era hipnótico. Las estatuas alrededor de la fuente representaban figuras encapuchadas en poses de adoración, todas mirando hacia el centro de la ciudad. Hacia donde, presumiblemente, se encontraba el templo principal.
Un grupo de sacerdotes pasó en dirección opuesta, sus túnicas negras ondeando a pesar de la ausencia de viento. Intercambiaron saludos silenciosos con los guardias—un simple asentimiento de cabeza, pero cargado de significado. Jerarquía. Respeto. Reconocimiento mutuo de autoridad.
Erwan notó más detalles mientras avanzaban. Los nombres de las calles estaban escritos en un idioma que no reconocía completamente, pero que podía leer gracias a algún tipo de traducción mágica automática. “Avenida de las Sombras Danzantes”. “Callejón del Crepúsculo Eterno”. “Plaza de la Luna Oscura”.
Todo tenía tema. Todo estaba conectado a la oscuridad, a las sombras, a la noche.
Era como si la ciudad entera fuera un altar gigante a Nyx.
◆ ◆ ◆
El Templo de Nyx
Santuario de la Noche Eterna – 12:17 AM
El Templo de Nyx era imposible de ignorar.
Se elevaba en el centro de la ciudad como catedral gótica construida de obsidiana pura. Torres que se extendían hacia el cielo sin estrellas. Ventanas de vitral oscuro que mostraban escenas de sombras consumiendo luz. Y en la entrada, una estatua de veinte metros de altura.
Una mujer. Hermosa pero terrible. Vestida con nada excepto sombras que fluían alrededor de su cuerpo como vestido viviente. Sus ojos eran gemas púrpuras que brillaban tenuemente. Y en su mano derecha sostenía una daga de obsidiana.
Nyx. Señora de las Sombras.
Erwan se detuvo involuntariamente, admirando la arquitectura. No por apreciación artística, sino por reconocimiento táctico. El templo era fortaleza disfrazada de lugar de adoración. Las torres no eran solo decorativas—eran puntos de vigilancia. Las ventanas de vitral oscuro eran unidireccionales, permitiendo observar sin ser observado. Y la estatua misma emanaba un aura de poder que sugería que no era simplemente piedra tallada.
Era un conducto. O un guardián. Posiblemente ambos.
Los tres guardias lo llevaron a través de las puertas masivas. El interior era aún más impresionante que el exterior. Columnas de mármol negro se elevaban treinta metros hacia un techo abovedado decorado con constelaciones que no existían en ningún cielo que Erwan conociera. Suelo pulido que reflejaba como espejo, creando la ilusión de profundidad infinita. Y en el centro, un altar circular donde una llama púrpura ardía sin consumir combustible.
Docenas de acólitos vestidos con túnicas negras se movían en silencio, realizando rituales, limpiando, orando. Algunos cantaban en voz baja, armónicos que resonaban en frecuencias casi subsónicas. Otros trazaban símbolos en el aire con sombras materializadas, creando patrones geométricos complejos que desaparecían tan pronto como se completaban.
Y sobre el altar, observando a todos con mirada penetrante, estaba una mujer.
Alta. Tal vez cuarenta años, aunque algo en su presencia sugería que era mucho mayor. Cabello negro largo hasta la cintura, sin un solo mechón fuera de lugar. Ojos que brillaban con luz plateada propia, como lunas miniatura. Y un aura que hizo que Erwan se detuviera involuntariamente.
Divino.
No Divino inferior. Divino medio. Tal vez incluso superior.
Su presencia llenaba el espacio como gravedad, atrayendo atención sin esfuerzo. Los acólitos se movían en órbita alrededor de ella, nunca acercándose demasiado, nunca alejándose completamente. Como planetas alrededor de un sol oscuro.
La mujer descendió del altar con gracia fluida. Cada paso era medido, preciso, como si estuviera ejecutando una danza ensayada mil veces. Se detuvo a cinco metros de Erwan, estudiándolo con expresión inescrutable.
—Soy Sacerdotisa Umbra Nightveil. Alta Sacerdotisa de Nyx en esta ciudad. Y tú…
Sus ojos se entrecerraron.
—…tienes sombras que nunca he visto antes.
Extendió su mano. Sombras fluyeron de sus dedos, alcanzando hacia Erwan. No amenazadoramente. Explorando. Probando. Como dedos invisibles tocando su aura, sintiendo los contornos de su poder.
Erwan no se movió. Dejó que las sombras tocaran las suyas, sintiendo a su vez. Su poder era antiguo, refinado por siglos de práctica. Pero había algo más—una corriente subyacente de preocupación. De urgencia contenida.
Y entonces Umbra jadeó.
Se retractó como si hubiera tocado fuego. Sus ojos se abrieron completamente, y por un momento, su máscara de control perfecto se resquebrajó, revelando sorpresa genuina debajo.
—¿Qué eres?
—Erwan Shadowend. Como dije. Viajero.
—No. Tus sombras… son puras. Más puras que las mías. Más puras que cualquiera que haya visto en trescientos años.
Se giró hacia los tres guardias.
—Déjennos. Ahora.
Los tres obedecieron inmediatamente, retirándose sin preguntas. Los acólitos también comenzaron a alejarse, reconociendo la orden silenciosa. En menos de un minuto, el gran salón del templo estaba vacío excepto por Erwan y Umbra.
Cuando se fueron, Umbra se acercó más. Su expresión había cambiado de sorpresa a algo más complejo. Curiosidad. Cautela. Y… ¿codicia?
—¿Cuál es tu nivel?
—Divino.
No tenía sentido mentir. Ella claramente podía sentir su poder.
—¿Divino? ¿A tu edad?
Erwan no tenía más de dieciocho años. La mayoría de Divinos tenían siglos.
—Tuve… entrenamiento intensivo.
Quince días en la Isla de la Muerte. Eso contaba como intensivo.
Umbra lo estudió en silencio por treinta segundos. Erwan pudo ver su mente trabajando, evaluando opciones, considerando posibilidades. Finalmente, algo se resolvió en su expresión. Una decisión tomada.
Luego, inesperadamente, sonrió.
—Erwan Shadowend. Eres exactamente lo que he estado buscando.
—¿Disculpa?
—Ven conmigo. Tenemos mucho que discutir. Y te advierto desde ahora…
Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por expresión sombría.
—…esta ciudad está en peligro. Y tú podrías ser la única oportunidad de salvarla.
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