Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 36
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Capítulo 36: Contrato Del Desierto Eterno
Día 1 – Puerto Arenoso, Tierras Muertas del Este, 3:47 PM
El calor era absoluto.
No el tipo de calor que te hace sudar. El tipo que extrae la humedad de tu cuerpo antes de que puedas siquiera notarlo. El tipo que convierte la respiración en acto doloroso.
Zerek Noctis caminaba por las calles de Puerto Arenoso con capucha levantada, ignorando las miradas curiosas de los locales. Su túnica negra—completamente inadecuada para el clima—ondeaba ligeramente con el viento caliente que arrastraba arena desde el desierto más allá de los muros de la ciudad.
Tres semanas.
Tres semanas desde que había despertado en este continente maldito por los dioses. Tres semanas desde la Isla de la Muerte. Tres semanas desde que el Cáliz lo había teletransportado a las Tierras Muertas del Este.
Nombre apropiado.
Este continente era vasto desierto interrumpido ocasionalmente por oasis que sostenían ciudades-estado independientes. Sin gobierno central. Sin leyes unificadas. Solo comercio, supervivencia, y contratos.
Muchos contratos.
Zerek había aprendido rápidamente que aquí, si tenías poder, tenías valor. Y si tenías valor, podías comer. Simple. Brutal. Eficiente.
Había completado siete trabajos en tres semanas. Nada espectacular. Guardaespaldas para caravanas. Exterminio de bestias del desierto que atacaban oasis menores. Una vez, eliminar a un comerciante que había engañado al gremio equivocado.
Trabajos sucios. Pero pagaban bien.
Y Zerek necesitaba recursos. Información. Mapas. Cualquier pista sobre dónde podrían haber caído los otros supervivientes del Ciclo 49.
Bran. Steven. Erwan. Natsumi. Selene.
¿Dónde estaban?
Llegó a su destino: La Garra del Chacal, una taberna que servía como punto de encuentro no oficial para mercenarios y contratistas.
Empujó la puerta de madera astillada. El interior era apenas más fresco que el exterior, pero al menos había sombra. Mesas dispersas ocupadas por figuras encapuchadas. El olor a alcohol barato y sudor seco.
Se dirigió directamente al mostrador.
El tabernero—hombre de sesenta años con cicatriz que atravesaba su rostro—lo reconoció inmediatamente.
—Noctis. Dos semanas sin verte. Pensé que habías muerto en el Paso de las Víboras.
—Casi. Zerek se sentó en taburete que crujió bajo su peso. —¿Tienes algo para mí?
El tabernero—conocido solo como Kresh—asintió lentamente. Sacó sobre sellado de debajo del mostrador.
—Llegó hace tres días. Cliente anónimo. Pago adelantado. Empujó el sobre hacia Zerek. —Treinta monedas de oro. Quince por adelantado.
Zerek levantó una ceja.
Treinta monedas de oro era mucho. Sus trabajos anteriores habían pagado entre tres y ocho. Este era cuatro veces mayor que su contrato más lucrativo.
—¿Qué tipo de trabajo justifica ese pago?
Kresh se encogió de hombros.
—No lo sé. El mensajero dejó el sobre, pagó tu tarifa de conexión, y se fue. Dijo que el contrato hablaba por sí mismo.
Zerek rompió el sello.
Dentro había tres cosas: quince monedas de oro, un mapa doblado, y una hoja de pergamino con detalles del contrato.
Leyó en silencio.
CONTRATO #4471-E
OBJETIVO: Eliminar a arqueólogo renegado conocido como “El Excavador”
UBICACIÓN: Ruinas enterradas, 120km al sur de Puerto Arenoso (mapa adjunto)
PAGO: 30 monedas de oro (15 adelantadas, 15 al completar)
CONDICIONES ESPECIALES:
– Muerte confirmada DENTRO del perímetro marcado
– El cuerpo NO debe ser retirado del lugar
– Confirmación mediante cristal de registro (adjunto)
PLAZO: 7 días
CLIENTE: Anónimo
Zerek frunció el ceño.
Había varios elementos extraños aquí.
Primero: la especificación de que la muerte debía ocurrir dentro del perímetro. ¿Por qué importaba dónde moría el objetivo?
Segundo: prohibición explícita de retirar el cuerpo. Eso sugería que el cuerpo mismo era importante. ¿Ritual? ¿Trampa?
Tercero: el cristal de registro. Pequé objeto del tamaño de pulgar que brillaba débilmente con luz roja. Registraría la muerte del objetivo y serviría como prueba.
Desplegó el mapa.
Mostraba ruta desde Puerto Arenoso hacia el sur. A través del Desierto de Arena Viva—región notoriamente peligrosa donde las dunas se movían impredeciblemente, tragando caravanas enteras.
Y en el destino final, marcado con círculo rojo, había símbolos.
Zerek no los reconoció inmediatamente. Pero algo en su diseño le resultaba… familiar. Como si los hubiera visto antes, en algún contexto que no podía recordar completamente.
Tres símbolos entrelazados:
Un círculo dentro de otro círculo.
Líneas que se curvaban en espiral.
Y en el centro, algo que parecía ser ojo estilizado.
Guardó el mapa y miró a Kresh.
—¿El mensajero dijo algo más?
—Solo que el trabajo era urgente. Y que si no lo aceptabas en tres días, buscarían a otro.
Zerek consideró sus opciones.
Treinta monedas de oro era suficiente para comprar información de calidad sobre los continentes circundantes. Suficiente para contratar rastreadores que pudieran buscar señales de otros Despertados poderosos.
Suficiente para acercarse un paso más a encontrar a sus compañeros.
Y el trabajo en sí no sonaba particularmente difícil. Un arqueólogo renegado. Probablemente alguien que había desenterrado algo que no debía. Probablemente sin entrenamiento de combate real.
Fácil.
Tomó las quince monedas y las guardó en su bolsa.
—Acepto.
Kresh asintió, anotando algo en registro oculto bajo el mostrador.
—Buena suerte, Noctis. Y ten cuidado en el Desierto de Arena Viva. He oído que las tormentas de arena han estado más intensas últimamente.
—Siempre lo están.
◆ ◆ ◆
Preparativos – 6:23 PM
Zerek pasó las siguientes horas preparándose metódicamente.
Primero: suministros. Agua. Mucha agua. El Desierto de Arena Viva ganaba su nombre porque incluso las dunas parecían estar sedientas. Compró seis odres de cuero, cada uno lo suficientemente grande para dos días de viaje.
Segundo: equipo de supervivencia. Brújula encantada que siempre apuntaba norte (crítica cuando las dunas cambiaban constantemente). Cuerda reforzada. Lona resistente al calor para improvisar refugio.
Tercero: armas. No muchas. Zerek confiaba principalmente en su poder de Deterioro. Pero llevaba dos dagas cortas—más como herramientas que como armas—y un bastón de hierro que podía usarse tanto para caminar como para defenderse.
Cuarto, y más importante: reconocimiento de información.
Visitó el Gremio de Cartógrafos—edificio de dos pisos en el distrito comercial donde se archivaban mapas y registros de expediciones.
Pagó dos monedas de plata por acceso a sus archivos.
Buscó cualquier referencia a “ruinas enterradas” en la región marcada en su mapa.
Encontró tres menciones:
Entrada 1 (47 años atrás): “Expedición reporta estructuras de piedra parcialmente visibles después de tormenta de arena masiva. Investigación abandonada cuando dos miembros desaparecieron durante la noche.”
Entrada 2 (23 años atrás): “Comerciante afirma haber encontrado entrada a complejo subterráneo. Describe ‘arquitectura que no coincide con ningún estilo conocido’. No regresó de segunda visita.”
Entrada 3 (8 años atrás): “Grupo de saqueadores intenta excavación organizada. Recuperan varios artefactos antes de que toda la estructura colapse. Tres muertos. Supervivientes reportan ‘presión inexplicable’ y ‘silencio antinatural’.”
Zerek copió las entradas en su propio cuaderno.
Patrón claro: las ruinas eran peligrosas. Gente desaparecía. Gente moría. Y había algo en la arquitectura que no coincidía con estilos conocidos.
Interesante.
Pero no disuasorio. Zerek había sobrevivido quince días en la Isla de la Muerte. Había peleado contra monstruos que harían llorar a la mayoría de las personas. Ruinas peligrosas eran… manejables.
Dejó el Gremio de Cartógrafos cuando el sol comenzaba a ponerse.
Regresó a su habitación alquilada—pequeño cuarto en posada barata en el borde de la ciudad. Organizó su equipo. Revisó el mapa una vez más.
Los símbolos seguían molestándolo.
Círculo dentro de círculo. Espirales. Ojo.
¿Dónde los había visto?
Se durmió sin respuesta.
◆ ◆ ◆
Día 2 – Desierto de Arena Viva, 9:34 AM
Zerek partió al amanecer.
El desierto se extendía ante él como océano dorado. Dunas que se elevaban y caían en olas petrificadas. El cielo era azul sin nubes, y el sol ya golpeaba con fuerza despiadada.
Caminó.
Y caminó.
Y caminó.
El Desierto de Arena Viva ganaba su nombre no solo por las dunas móviles, sino por la sensación de que el desierto mismo estaba observando. Cada paso se sentía pesado. Como si la arena no quisiera dejarlo pasar.
A las tres horas, vio su primer cadáver.
Esqueleto medio enterrado en la arena. Ropa podrida. Sin señales de violencia. Simplemente… muerto.
Probable causa: deshidratación. O perderse. O ambas.
Zerek continuó sin detenerse.
A las seis horas, la brújula encantada comenzó a comportarse erráticamente. La aguja giraba sin razón. Norte cambiaba cada pocos minutos.
Interferencia mágica.
Guardó la brújula y confió en su sentido de dirección. El sol como guía. Las estrellas cuando cayera la noche.
A las nueve horas, vio las ruinas.
O más precisamente, vio la entrada.
No era obvia. De hecho, casi la pasó de largo. Pero su ojo entrenado captó la irregularidad—un patrón en la arena que no era natural. Líneas rectas donde no debían existir.
Se acercó cautelosamente.
Bajo una capa delgada de arena, había escaleras.
Descendiendo hacia oscuridad completa.
Talladas en piedra negra que absorbía luz en lugar de reflejarla. Y en los bordes de la entrada, apenas visibles bajo arena acumulada—
Los símbolos.
Círculo dentro de círculo.
Espirales entrelazadas.
Ojo en el centro.
Y ahora que los veía en persona, Zerek finalmente recordó dónde los había visto antes.
En la Isla de la Muerte.
En el templo donde habían encontrado los Cálices.
Estos símbolos eran idénticos.
Su mano se movió instintivamente hacia su daga.
Algo estaba mal aquí. Muy mal.
Pero el contrato era claro. Y necesitaba ese dinero.
Respiró profundamente.
Y descendió hacia la oscuridad.
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