Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 41
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Capítulo 41: Rumores Del Consejo
Ubicación: Sede del Consejo de los Siete, Ciudad Blanca de Aethelgard – 8:12 PM
La distancia entre Puerto Arenoso y Aethelgard no se medía solo en kilómetros, sino en realidades. Mientras Zerek Noctis respiraba el aire cargado de polvo, sangre y sudor de las Tierras Muertas, en el Continente Central el aire era una sinfonía de fragancias exóticas y frescor mágico. Aquí, las calles no eran de tierra, sino de mármol veteado con hilos de oro que brillaban bajo las lunas de Altheria.
En la cúspide de la Torre de la Sincronicidad, la estancia más alta de la capital, el silencio era casi absoluto. Era un silencio denso, el tipo de silencio que solo existe donde se toman decisiones que alteran el curso de millones de vidas.
Tres figuras estaban sentadas alrededor de una mesa de obsidiana perfectamente circular. Sobre la superficie pulida, un mapa holográfico de Altheria flotaba en el aire, proyectando un brillo azulado sobre los rostros de los presentes.
—El Desierto de Arena Viva ha tenido una lectura de energía… irregular —la voz de Khione era como el hielo rompiéndose bajo el peso de una ventisca. Ella era la supervisora del sector norte y una de las mentes más frías del Consejo. Sus ojos, de un color blanco níveo, no parpadeaban mientras observaban los datos que se desplazaban por el mapa.
—¿Irregular? —Lord Valerius, un hombre cuya armadura dorada parecía emitir su propia luz solar, golpeó la mesa con un guantelete—. No uses eufemismos, Khione. Medio continente sintió el temblor. El Oasis de Tres Palmas ha desaparecido literalmente del mapa comercial, tragado por una alteración geomántica que no podemos explicar. Las caravanas que han logrado llegar a los límites informan de bestias mutadas con ojos rojos. Eso no es una irregularidad. Es una brecha de seguridad de Nivel Omega.
Khione movió una mano, expandiendo la región de las Tierras Muertas en el holograma. Un punto rojo profundo parpadeaba en el epicentro del desastre, justo donde el Excavador había pasado sus últimos veinte años.
—El Sello del Desierto Eterno ha sufrido una activación parcial —continuó ella, ignorando el tono de Valerius—. Los sensores de flujo manáptico confirman que el nodo está enviando datos al Núcleo Central. El proceso de “Despertar” ha avanzado un 14%. Estamos viendo la primera resonancia verdadera desde la Era de los Arquitectos.
—¿Quién fue el responsable? —Valerius se inclinó hacia adelante—. ¿El culto de las Sombras Devoradoras? Pensé que el usuario de sombras que apareció en Umbralis los había diezmado hasta el punto de la irrelevancia. Mis informantes dijeron que ese tal Erwan había convertido sus templos en cementerios.
En ese momento, una tercera figura se movió en las sombras, al borde del círculo de luz. No llevaba armadura ni túnicas de seda mágica, sino un traje académico sencillo, casi austero. Era Vaelen, el Bibliotecario Jefe del Consejo. Para el resto de los ciudadanos de Aethelgard, Vaelen era un erudito inofensivo obsesionado con las lenguas muertas. Para el lector, era el Supervisor.
—El usuario de sombras, Erwan, eliminó efectivamente a los operativos de bajo rango en el Continente de Umbralis —intervino Vaelen con una suavidad que resultaba inquietante—. Fue una limpieza necesaria. Esos cultistas eran ruidosos, torpes y carecían de la sofisticación necesaria para la Fase Final. Del mismo modo, la mujer que maneja el hielo en el norte, Natsumi, destruyó nuestro laboratorio en Glaciem. Ambos han sido… extremadamente efectivos retrasando lo inevitable.
Valerius frunció el ceño, confundido por la calma del erudito.
—¿Retrasando? Vaelen, se supone que debemos proteger los Sellos, no permitir que anomalías con el poder del Cáliz jueguen con ellos. Si Natsumi y Erwan están interfiriendo, deberíamos capturarlos y extraer su esencia.
—¿Y el desierto? —preguntó Khione, fijando su mirada blanca en Vaelen—. ¿Qué pasó en las Tierras Muertas? No hay registros de Natsumi ni de Erwan moviéndose hacia el este.
Vaelen caminó hacia la mesa, su rostro iluminado por el resplandor rojo del nodo activado. Sonrió, y fue una expresión mecánica, carente de cualquier rastro de humanidad.
—En el desierto no enviamos a un culto ni a un ejército. Las organizaciones son vulnerables, Valerius. Los grupos pueden ser infiltrados, traicionados o destruidos sistemáticamente. Para el Desierto Eterno, optamos por un enfoque diferente.
Enviamos una variable independiente.
—¿Un mercenario? —Valerius soltó una carcajada seca—. ¿Dejaste el destino de un Fragmento de Sellado en manos de un asesino a sueldo?
—No es un asesino cualquiera —corrigió Vaelen, haciendo un gesto con los dedos. Una ficha técnica apareció en el aire—.
Zerek Noctis. El tercer superviviente confirmado del Ciclo 49. A diferencia de Natsumi, que se guía por un idealismo protector, o de Erwan, que se mueve por un cinismo reactivo, Zerek es un catalizador puro. Él no hace preguntas si el pago es suficiente y la misión es clara.
Valerius entrecerró los ojos, estudiando la imagen de Zerek que el sistema había logrado capturar en Puerto Arenoso.
—¿Usaste a un portador del Cáliz para activar el Sello? ¿Estás loco, Vaelen? Si el Gran Consejo de los Siete se entera de que estás utilizando activamente a los Despertados para acelerar el despertar del Primero…
—El Consejo quiere resultados, Lord Valerius —la voz de Vaelen se volvió un poco más fría—. Altheria está estancada. La magia se está diluyendo. Los Sellos de los Arquitectos son como vendajes viejos sobre una herida que necesita respirar. Natsumi y Erwan son anomalías defensivas; actúan como anticuerpos del sistema.
Necesitábamos una variable ofensiva para equilibrar la ecuación. Alguien que, por el simple hecho de existir y pelear, alimente la red con la energía necesaria.
Khione analizó los gráficos de energía de la región.
—La firma de “Deterioro” es inmensa —murmuró ella—. Zerek Noctis no solo mató al Excavador. Su poder consumió la energía residual del lugar y la transmutó en una frecuencia que el Sello pudo absorber instantáneamente. Logró en minutos lo que a un culto le hubiera tomado años de sacrificios rituales.
—Exacto —asintió Vaelen—. Zerek no busca salvar el mundo. Solo busca respuestas, recursos y, sobre todo, sobrevivir. Es el peón perfecto porque cree que está actuando por voluntad propia, impulsado por su propia necesidad de poder e información. Al matar al Excavador, eliminó veinte años de contrainteligencia que nos estaba costando millones mantener controlada.
—Pero el Excavador le dio su cuaderno —señaló Khione con preocupación—. Nuestros observadores confirmaron que Zerek recuperó la investigación completa sobre los Fragmentos. Ahora tiene la hoja de ruta de los Arquitectos. Sabe dónde están los otros nodos.
Vaelen se encogió de hombros, restándole importancia con un gesto lánguido.
—La información es una carga, no una ventaja, si no tienes la infraestructura para procesarla. Zerek es un hombre de acción, un guerrero brutal, no un erudito. Intentará encontrar a sus compañeros basándose en las notas del Excavador. Y al hacerlo, nos llevará directamente a los nodos restantes que aún no hemos localizado con precisión. No es un cabo suelto; es nuestro perro rastreador.
Lord Valerius se levantó, su capa dorada ondeando con un sonido metálico. Caminó por la estancia, inquieto.
—Me parece un juego demasiado peligroso, incluso para ti, Vaelen. Esos tres supervivientes… tienen el Cáliz. Sus poderes están escalando a una velocidad que desafía cualquier registro histórico de los Épicos. Si llegan a unirse antes de que el Sello Central en Aethelgard esté listo para la convergencia…
—No se unirán —Vaelen apagó el holograma con un movimiento seco, dejando la habitación en una penumbra repentina—. El perfil psicológico es claro. Zerek es un asesino que no confía en nadie. Erwan es un alma solitaria que desprecia la debilidad. Natsumi es una idealista que probablemente vería a Zerek como un monstruo. Chocarán antes de cooperar. La naturaleza humana es nuestra mayor aliada.
Solo tenemos que asegurarnos de que el choque ocurra en el lugar adecuado y en el momento que nosotros decidamos.
Vaelen se acercó a la gran vidriera de la torre, mirando hacia abajo, hacia las miles de luces de Aethelgard que se extendían como un mar de estrellas terrestres.
—He enviado a los Ejecutores de Porcelana a Puerto Arenoso —anunció con calma—. No tienen órdenes de matarlo. Todavía no. Sus órdenes son medirlo. Necesito saber cuánta energía de Deterioro puede generar bajo una presión de combate extrema. Necesito ver si su voluntad puede sostener el peso de ser el Vector Final.
—¿Y si sobrevive? —preguntó Khione desde la mesa.
Vaelen se giró lentamente. Por un breve instante, la luz de las lunas golpeó sus ojos y ocurrió algo antinatural. Sus pupilas parecieron dividirse, duplicándose hasta formar un patrón espiral idéntico a los grabados encontrados en las ruinas del desierto. Una geometría sagrada y prohibida grabada en su propia carne.
—Si sobrevive, habrá demostrado que es la pieza que nos faltaba —respondió Vaelen con una sonrisa que no tenía nada de humana—. Si muere… bueno, la Isla de la Muerte fue generosa este ciclo. Siempre hay más supervivientes en el Ciclo 49 esperando a ser utilizados. ¿No es así?
De vuelta en Puerto Arenoso, Tierras Muertas – 7:15 PM
Mientras las élites de Aethelgard discutían su destino como si fuera una simple estadística en un informe de laboratorio, Zerek Noctis se encontraba en una situación mucho más inmediata y letal.
El callejón donde se encontraba parecía haber sido aislado del resto de la ciudad.
El ruido de los mercados lejanos, el regateo de los comerciantes y el murmullo de la gente habían desaparecido, reemplazados por un silencio estéril y artificial. El aire mismo se sentía “limpio”, libre de los olores naturales del desierto, como si hubiera sido filtrado por una fuerza invisible.
Frente a él, tres figuras bloqueaban la salida.
Llevaban túnicas grises de una tela que no reflejaba la luz, pero lo que más destacaba eran sus rostros: máscaras de porcelana blanca, perfectamente lisas, sin ojos, sin narices, sin bocas.
Eran superficies inmaculadas que resultaban profundamente perturbadoras por su falta de expresión.
Eran los Ejecutores de Porcelana.
Zerek no los reconoció por su nombre, pero su instinto de combate, forjado en mil batallas y agudizado por el Cáliz, le gritó que no eran humanos. No olían a sudor. No tenían latidos cardíacos rítmicos. Sus auras no fluctuaban con la emoción o la adrenalina. Eran estables, frías y mecánicas.
—Variable confirmada —dijo uno de los asesinos. Su voz no provenía de una boca, sino que parecía vibrar directamente en el aire, una frecuencia metálica y superpuesta.
—Fase de medición: Iniciada.
Zerek no perdió el tiempo con palabras. Su pragmatismo era absoluto. Si hablaban de “medirlo”, significaba que lo veían como un objeto de estudio. Y a Zerek no le gustaba ser estudiado.
Apretó los puños y la energía verde esmeralda de Deterioro comenzó a brotar de sus poros como una neblina tóxica. El suelo de adobe bajo sus pies empezó a agrietarse y a convertirse en polvo negro antes de que siquiera se moviera. La madera de una caja cercana se pudrió instantáneamente, desmoronándose en virutas grises.
—¿Queréis medir algo? —Zerek escupió a un lado, su rostro transformado en una máscara de desprecio brutal y sed de sangre—. Medid la velocidad a la que vuestros cuerpos se convierten en basura.
Zerek se lanzó hacia adelante, no como un héroe que inicia un duelo, sino como una bestia que ataca a su presa. Su primer golpe fue directo al pecho del Ejecutor central, imbuido con suficiente energía de Deterioro para desintegrar un pilar de piedra.
Pero el Ejecutor no se movió como un humano. Su cuerpo se inclinó en un ángulo imposible, casi como si no tuviera huesos, y dejó que el puño de Zerek pasara a milímetros de su máscara.
Zerek sintió una descarga eléctrica de peligro y giró sobre sus talones justo cuando los otros dos Ejecutores se materializaban a sus flancos. No se movían rápido; simplemente estaban allí, desafiando las leyes de la inercia.
—Nivel de salida inicial: Bajo —dijo el segundo Ejecutor—. Incrementando resistencia ambiental.
Zerek gruñó, sintiendo cómo el peso del aire en el callejón aumentaba de repente. La presión mágica era tan intensa que sus rodillas amenazaron con doblarse, pero él solo apretó los dientes, dejando que el odio y su instinto de supervivencia alimentaran su conexión con el Cáliz.
La pelea apenas comenzaba. En las Tierras Muertas, el catalizador estaba siendo puesto a prueba, mientras que en la Ciudad Blanca, el Arquitecto observaba con satisfacción cómo las piezas finalmente empezaban a moverse por el tablero.
El destino de Altheria ya no dependía de grandes ejércitos, sino de lo que ocurriera en ese callejón olvidado por Dios.
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