Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 45
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Capítulo 45: El Precio Del Rechazo
Norte de las Tierras Muertas
Hora: 11:45 PM
Estado: Fugitivo / Nivel de Amenaza: Rojo (Consejo de los Siete)
El precio de decirle “no” a un dios de la logística es que, de repente, el mundo deja de funcionar para ti.
Llevaba dieciocho horas caminando desde mi encuentro con la proyección de Vaelen en las Llanuras de Ceniza. En ese tiempo, el sistema que antes me alimentaba se había vuelto una soga alrededor de mi cuello.
Intenté comprar suministros en un puesto de avanzada de mercenarios; el tabernero, un hombre que me debía la vida por un trabajo en los muelles, ni siquiera me miró a los ojos. Simplemente señaló un cartel en la pared donde mi rostro, dibujado con una precisión aterradora, valía más oro del que una aldea entera vería en tres generaciones.
No hubo palabras. Solo el sonido de diez ballestas amartillándose en las sombras de la taberna. Salí de allí antes de que la primera saeta tocara mi capa.
◇◇◇
Ahora, me encontraba en el Paso de los Cuervos, un desfiladero estrecho donde el viento aullaba como un animal herido. Mi brazo derecho estaba frío, una pieza de mármol muerto pegada a mi hombro. El “borrado” se extendía lentamente, un milímetro cada pocas horas, devorando la sensibilidad de mi piel.
—Fase 2, ¿eh? —gruñí, apoyándome contra una pared de roca fría.
El hambre era un agujero en mi estómago, pero el instinto era más fuerte. Sentía las vibraciones en el suelo. No eran pisadas humanas. Eran rítmicas, pesadas, envueltas en una estática mágica que conocía demasiado bien.
—Nivel de hostilidad: Máximo —una voz metálica resonó entre las paredes del desfiladero—. Sujeto Noctis, has invalidado tu contrato de existencia.
Tres siluetas aparecieron bajo la luz plateada de las lunas. No eran los Ejecutores de Porcelana del callejón. Estos eran diferentes. Sus armaduras eran de un metal opaco que parecía absorber la luz, y en lugar de máscaras lisas, sus rostros eran rejillas de ventilación por las que escapaba un vapor azulado.
—Cazadores de Sincronicidad: Modelo Interceptor —leyó mi mente, recordando los archivos del búnker.
No esperaron. El Interceptor central levantó una lanza de energía y disparó un rayo de luz blanca. Rodé hacia la izquierda, sintiendo cómo el calor del disparo vitrificaba la roca donde mi cabeza había estado hace un segundo.
—¡Deterioro: Garras de Entropía! —rugí, lanzando un arco de energía verde con mi mano izquierda.
La energía golpeó el escudo del primer Interceptor. A diferencia de los modelos anteriores, estos no se desintegraron de inmediato. Sus escudos vibraban en una frecuencia que anulaba parcialmente mi deterioro, creando una zona de interferencia donde mi poder se volvía inestable.
—Ajustando frecuencia de defensa —dijo el Interceptor.
—Ajusta esto —siseé.
Corrí hacia el más cercano. La falta de comida y el cansancio me hacían ver doble, pero la rabia era un combustible infinito. Salté sobre una saliente y me impulsé, cayendo sobre el Interceptor como un depredador. No usé energía proyectada; hundí mis dedos directamente en las juntas de su armadura.
El metal empezó a gemir. El Deterioro no es solo una fuerza destructiva; es la verdad del tiempo acelerada. El acero de décadas se convirtió en óxido de siglos en un parpadeo. El Interceptor intentó agarrarme, pero su brazo se desprendió, convertido en escamas de metal podrido.
Sin embargo, los otros dos no se quedaron mirando. Sus lanzas se transformaron en látigos de energía que se enroscaron alrededor de mi pierna izquierda y mi brazo derecho muerto.
—¡Agh! —el dolor fue como si me inyectaran mercurio hirviendo en las venas.
—Captura iniciada —anunciaron los constructos—. Procesando desmantelamiento de la variable.
◇◇◇
Me arrastraron por el suelo rocoso. La fricción desgarraba mi ropa y mi piel, pero lo peor era la sensación de vacío que emanaba de sus armas. Estaban drenando el Cáliz, intentando secar la fuente de mi poder antes de que pudiera reaccionar.
En ese momento, la voz de Vaelen volvió a mi mente, como un eco de una pesadilla: “El mundo entero se convertirá en tu celda”.
—Todavía… no —murmuré, con la boca llena de sangre y polvo.
Cerré los ojos y busqué el núcleo de mi poder. No la energía que proyectaba hacia afuera, sino la que mantenía mis propios átomos unidos. Era una maniobra suicida. Si deterioraba mi propia barrera interna, podría explotar. Pero morir luchando era mejor que terminar en una mesa de disección de Aethelgard.
—¡Deterioro: Colapso Interno!
Mi cuerpo emitió un pulso de luz verde tan oscuro que era casi negro. Los látigos de energía se quebraron como cristal. La onda de choque lanzó a los Interceptores contra las paredes del desfiladero, rompiendo sus armaduras y exponiendo sus núcleos de energía inestable.
Me puse en pie, tambaleándome. Mi visión era un túnel de sombras verdes.
Caminé hacia el Interceptor que aún intentaba levantarse. Sus sistemas emitían chispas y un fluido aceitoso goteaba de su máscara.
—Dile… a tu Supervisor —dije, pisando su pecho con fuerza—, que si quiere mi poder, va a tener que venir a recoger los pedazos él mismo.
Hundí mi mano en su núcleo. La explosión resultante me lanzó varios metros hacia atrás, pero el Interceptor quedó reducido a cenizas y chatarra inerte.
◇◇◇
Me quedé solo en el silencio del paso. El frío ahora era más intenso, pero mi brazo derecho… mi brazo derecho estaba ardiendo. Miré la marca blanca. Ya no era estática. Tenía venas de un color violeta oscuro que palpitaban bajo la piel muerta.
Había absorbido parte de la energía de los Interceptores durante el colapso. Mi poder de Deterioro estaba mutando, asimilando la tecnología del Consejo de una forma que ni Vaelen habría previsto.
Me arrastré hacia una pequeña cueva oculta por unos matorrales secos. No podía seguir caminando.
Mi cuerpo había llegado al límite absoluto.
Saqué el cilindro de cristal que contenía el mapa de los nodos. Al tocarlo con mis dedos manchados de sangre y energía mutada, la imagen cambió. Ya no solo mostraba los nodos logísticos. Ahora, dos puntos brillantes parpadeaban en los extremos opuestos del mapa.
—Natsumi… Erwan —susurré sus nombres por primera vez en voz alta.
Ellos también estaban siendo cazados. Podía sentirlo en la vibración del cristal. El Consejo estaba cerrando el cerco sobre los tres supervivientes del Ciclo 49. Vaelen quería la convergencia, y nos estaba empujando hacia ella como a ganado hacia el matadero.
—Si quieres que nos encontremos, Supervisor —dije, cerrando los ojos mientras el sueño me vencía—, lo haremos. Pero no será en tu tablero.
Me sumergí en un sueño sin sueños, rodeado por el frío del Paso de los Cuervos y el calor antinatural de un brazo que ya no era del todo humano. El precio del rechazo había sido caro, pero la verdadera cuenta aún no se había pasado.
La caza continuaba, pero la presa acababa de descubrir cómo morder el anzuelo.
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