Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 46
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Capítulo 46: El Templo Enterrado
Ubicación: Valle de los Ecos, Cordillera de Obsidiana
Hora: 04:30 AM
Estado: Infiltración / Energía del Cáliz: Inestable (Mutación en progreso)
El frío en el Valle de los Ecos no se limitaba a la temperatura. Era un frío ontológico, una sensación de que el espacio mismo entre los átomos se estaba expandiendo. Caminaba por el fondo del cañón, donde las paredes de obsidiana pulida por siglos de viento negro reflejaban mi propia imagen distorsionada. Mi brazo derecho, marcado por el “borrado” y ahora surcado por venas violetas que palpitaban con una luz eléctrica, era lo único que emitía calor en aquel páramo.
Cada paso que daba resonaba tres o cuatro veces, como si el valle estuviera guardando mis pisadas para usarlas en mi contra más tarde. Saqué el cilindro de cristal. El mapa holográfico flotó ante mí, proyectando una luz verde sobre la nieve grisácea.
—Aquí es —murmuré.
El mapa indicaba una anomalía en el centro exacto del valle. Pero allí no había nada más que una duna de ceniza y rocas afiladas. Guardé el cilindro y cerré los puños. Sentí cómo la energía mutada de mi brazo derecho luchaba contra el Deterioro puro de mi mano izquierda. Era una fricción interna constante, un terremoto silencioso bajo mi piel.
—No me obligues a buscarte, Vaelen. Sé que el templo está aquí.
Cerré los ojos y extendí mi percepción. No busqué materia, busqué “diseño”. El Supervisor me había dicho que yo era el catalizador, la fuerza que rompía la inercia. Si el templo estaba oculto, era porque su frecuencia estaba sincronizada con el entorno para ser invisible.
Yo solo tenía que desafinar esa frecuencia.
Hundí mi mano izquierda en el suelo.
—¡Deterioro: Pulso de Realidad!
La onda verde oscura se propagó por el suelo, pero no destruyó la roca. En su lugar, hizo que el aire vibrara violentamente. Como si una cortina de humo se disipara, el suelo frente a mí comenzó a hundirse, revelando una estructura que desafiaba la arquitectura de Altheria.
◇◇◇
La entrada era un arco de piedra blanca, idéntico al material de las máscaras de los Ejecutores. No tenía relieves de héroes ni de dioses, solo grabados geométricos que parecían moverse si los mirabas directamente. Al cruzar el umbral, el silencio del valle fue reemplazado por un zumbido constante, una nota baja que vibraba en mis huesos.
Este lugar no era un templo para la adoración. Era un laboratorio de escala cósmica.
Caminé por pasillos que se iluminaban a mi paso con una luz azul estéril. Las paredes estaban formadas por paneles de cristal que mostraban datos que no lograba comprender: flujos de maná, picos de energía en otros continentes y, lo más inquietante, tres diagramas de flujo que representaban la interacción de tres fuerzas opuestas.
En el centro de cada diagrama había un símbolo que ya conocía: el Cáliz.
—Natsumi… Erwan —dije en voz baja, pasando los dedos por el panel frío—. Nos han estado estudiando desde el momento en que abrimos los ojos en este mundo.
Llegué a la cámara central. Era una cúpula inmensa donde el suelo no era de piedra, sino de un material translúcido que permitía ver un pozo de energía violeta en las profundidades. En el centro de la estancia, flotaba un círculo incompleto.
Estaba formado por piezas de metal flotantes que rotaban lentamente, buscando una posición de equilibrio que nunca alcanzaban.
Era el mismo tipo de estructura que las notas del Excavador describían. Un nodo de Sincronicidad. Pero este estaba diseñado para activarse de una forma específica: a través del conflicto.
Me acerqué al altar central. Sobre él, una inscripción en una lengua antigua, pero que el Cáliz tradujo instantáneamente en mi mente, brillaba con una luz tenue:
> “Tres vectores. Uno caerá. Dos sobrevivirán. La repetición es el precio de la trascendencia.”
Sentí una punzada de náuseas. No era solo una predicción; era un manual de instrucciones. Vaelen quería que chocáramos. Quería que uno de nosotros fuera el sacrificio necesario para que los otros dos alcanzaran el siguiente nivel de poder, alimentando así el despertar definitivo.
—¿Uno caerá? —apreté los dientes, y mi brazo derecho soltó una descarga de energía violeta—. No si quemo el maldito manual primero.
◇◇◇
El zumbido en la sala aumentó. Sentí una presencia a mis espaldas. No era el Supervisor, sino algo mucho más primario. Un constructo de defensa que el templo había generado al detectar mi hostilidad.
Era una masa de sombras y porcelana, una amalgama de los enemigos que ya había enfrentado, pero con una diferencia: tenía mi forma. O al menos, una versión distorsionada de mi silueta.
—Variable Noctis detectada —dijo el constructo con mi propia voz, pero despojada de toda emoción—. Iniciando protocolo de prueba de estrés.
El “Falso Zerek” se lanzó hacia adelante. No usó una lanza, sino que proyectó una descarga de Deterioro verde. Me lancé hacia un lado, sorprendido por la velocidad. El impacto contra la pared de porcelana no dejó un agujero; hizo que la pared se regenerara instantáneamente, absorbiendo mi energía.
—Este lugar se alimenta de mí —me di cuenta, mientras recuperaba el equilibrio—. Cada vez que uso mi poder, el templo se vuelve más fuerte.
El constructo no me dio tiempo a pensar. Sus manos se transformaron en cuchillas de obsidiana y comenzó una danza de cortes precisos. Bloqueé con mi brazo derecho, aprovechando la dureza del “borrado”. El sonido del metal contra la porcelana resonó en la cúpula como campanas fúnebres.
—¡Deterioro: Vacío Absoluto! —grité, intentando asfixiar al constructo en una zona de entropía.
Pero el constructo simplemente absorbió el ataque y me lo devolvió multiplicado por dos. Fui lanzado contra el altar central, golpeándome la espalda contra el borde afilado del círculo incompleto.
El dolor fue un estallido de estática en mi cerebro. Pero en ese dolor, algo hizo clic. Si el templo se alimentaba del conflicto y de la energía de los supervivientes, la única forma de ganarle no era luchando contra él… sino cortando el flujo.
◇◇◇
Me puse en pie, con la sangre goteando de un corte en mi frente. El constructo se detuvo, esperando mi siguiente movimiento, listo para copiarlo y superarlo.
—Vaelen dijo que la repetición es necesaria —murmuré, mirando mis dos manos: la izquierda con su fuego verde y la derecha con su electricidad violeta—. Pero incluso la repetición tiene un límite de saturación.
En lugar de atacar al constructo, me giré hacia el círculo incompleto en el centro de la sala. El “Falso Zerek” pareció dudar por un milisegundo, una falla en su programación de combate.
—No voy a pelear contigo —le dije a la sombra—. Voy a darle a este lugar más energía de la que puede procesar.
Junté mis manos. El choque entre el Deterioro puro y la energía de Sincronicidad mutada en mi brazo derecho creó un arco voltaico que iluminó toda la cúpula. Sentí que mis pulmones iban a estallar, que mis huesos se estaban astillando bajo la presión.
—¡CONVERGENCIA FORZADA!
No disparé hacia afuera. Dejé que la energía fluyera a través de mí, convirtiéndome en un puente directo entre el Cáliz y el nodo del templo. Fue como intentar canalizar un océano a través de una pajita de cristal. Mi piel comenzó a agrietarse, dejando escapar vapores de color esmeralda y violeta.
El templo comenzó a temblar. El zumbido se convirtió en un grito ensordecedor. El constructo intentó acercarse para detenerme, pero antes de que pudiera tocarme, su forma empezó a desestabilizarse, deshilachándose en hilos de información pura.
—¡DEMASIADA… INFORMACIÓN! —rugí, hundiendo mis manos en el núcleo del círculo flotante.
El círculo, que buscaba el equilibrio, entró en un frenesí rotatorio. Las piezas de metal se pusieron al rojo vivo. Las pantallas de cristal de los pasillos explotaron una a una. El pozo de energía violeta bajo el suelo entró en erupción, pero no en una explosión de fuego, sino en una implosión de realidad.
Todo se volvió blanco.
◇◇◇
Cuando recuperé el sentido, estaba tumbado en el suelo de piedra fría del valle. El templo había desaparecido. O mejor dicho, se había hundido de nuevo en el subsuelo, pero esta vez no como una estructura funcional, sino como un amasijo de escombros inertes.
Me levanté con esfuerzo, apoyándome en una roca de obsidiana. Mi brazo derecho estaba negro, cubierto de quemaduras mágicas, pero la marca del “borrado” parecía haberse estabilizado. Había asimilado el nodo.
Miré hacia el cielo. Las nubes de ceniza se habían disipado, dejando ver un cielo estrellado que parecía más nítido, como si hubiera limpiado una lente sucia.
Había destruido el templo antes de que el ritual de conflicto se completara. Pero sabía que esto solo era el principio. Vaelen no se detendría. Si yo había roto su juguete en el Valle de los Ecos, él simplemente buscaría otro tablero.
Saqué el cilindro de cristal una vez más. Las coordenadas de Natsumi y Erwan ahora eran fijas. Ya no parpadeaban. Estaban en movimiento, y ambas trayectorias se dirigían hacia un único punto en el mapa: Aethelgard, la Ciudad Central.
—Tres vectores —recordé la inscripción—. Uno caerá.
Guardé el cristal con un gesto brusco.
—No seré yo —dije al viento, que ahora soplaba con una calma antinatural—. Y me aseguraré de que los otros dos tampoco lo sean.
Caminé hacia la salida del valle. Ya no era solo una variable fuera de control. Era un virus que acababa de aprender cómo borrar el sistema operativo de sus creadores. El camino hacia la Ciudad Central sería un rastro de ceniza y suministros destruidos, pero por primera vez desde que desperté en este mundo, sentía que yo tenía el control del vector.
La guerra contra la Sincronicidad acababa de subir de nivel, y yo estaba ansioso por ver qué otras “pruebas de estrés” tenía preparadas el Supervisor. Porque la próxima vez, no solo sobrecargaría el nodo. Haría que todo el Consejo sintiera el cortocircuito.
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