Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 47
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Capítulo 47: Interferencia
Ubicación: Tierras Fronterizas – El Bosque de los Suspiros Pétreos
Hora: 02:15 PM
Estado: Movimiento Estratégico / Detección de Señal Activa
El aire en el Bosque de los Suspiros Pétreos era denso, cargado de una estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara constantemente. Aquí, los árboles no eran de madera, sino de una calcificación mineral que recordaba a huesos antiguos estirándose hacia un cielo perpetuamente gris. Cada vez que mi capa rozaba una rama, el sonido era el de un metal oxidado chirriando contra el mármol.
Había dejado atrás el Valle de los Ecos hace tres días. Mi brazo derecho, ahora una amalgama de carne marcada y venas de un violeta eléctrico, pesaba más que nunca. No era un peso físico, sino una carga de información residual. Al sobrecargar el templo, no solo destruí el nodo; absorbí parte de su red de datos. Ahora, cuando cerraba los ojos, no veía oscuridad, sino líneas de código rúnico fluyendo por mi retina.
—Estás cerca —murmuré, consultando el cilindro de cristal.
La señal de uno de los otros supervivientes —Natsumi o Erwan, el mapa no los diferenciaba por nombre, solo por frecuencia— estaba a menos de diez kilómetros. Pero algo estaba mal. El punto en el mapa no se movía. Estaba estático, justo en medio de un claro que los archivos del búnker denominaban “Zona de Interferencia”.
◇◇◇
Me adentré en el claro. El suelo estaba cubierto de una alfombra de agujas de piedra que crujían bajo mis botas. En el centro, sentado sobre una roca pulida, no encontré a una mujer de hielo ni a un guerrero de sombras.
Encontré a un hombre vestido con el uniforme de los Pacificadores del Consejo.
No era un constructo. No era un Ejecutor de Porcelana. Era un humano, o al menos lo parecía. Su armadura de cuero reforzado llevaba el emblema del Séptimo Círculo, pero las placas estaban rayadas y llenas de muescas de combates que no habían sido “limpios”. Tenía el rostro marcado por cicatrices de quemaduras mágicas y una mirada que solo tienen aquellos que han visto el abismo y han decidido acampar en su borde.
No sacó su arma. Solo se quedó allí, pelando una manzana con una daga de plata.
—Zerek Noctis —dijo, sin levantar la vista—. Llegas tarde. Esperaba que el pulso del Valle de los Ecos te trajera aquí hace seis horas.
Me detuve a cinco metros, con la mano izquierda encendida en una llama verde esmeralda. El Deterioro estaba ansioso, alimentándose de mi desconfianza.
—¿Quién eres? —mi voz sonó como el rugido de una tormenta de arena—. ¿Otro experimento de Vaelen? ¿O simplemente otro cadáver que quiere ahorrarme el trabajo de buscarlo?
El hombre soltó una carcajada seca y me lanzó un trozo de manzana. No lo atrapé; dejé que se desintegrara en el aire antes de que llegara a mí.
—Mi nombre es Kaelen. Y no, no soy un experimento de Vaelen. Soy su mayor error. O su mayor éxito, según a quién le preguntes en Aethelgard. Fui un agente de campo durante el Ciclo 48. Sí, el anterior al tuyo.
Bajé un poco la mano, pero no apagué el fuego. Un superviviente de un ciclo anterior era algo que no aparecía en los archivos que yo había robado.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté—. El Consejo no deja cabos sueltos. Si eres del Ciclo 48, deberías estar muerto o formando parte de la arquitectura de algún templo.
—Estoy en “interferencia” —Kaelen señaló el aire a su alrededor—. Este claro anula las señales de rastreo del Supervisor por unos minutos al día. He venido a advertirte, Variable. No porque me importes, sino porque odio ver cómo el mismo truco funciona dos veces.
◇◇◇
Kaelen se levantó. Era alto, pero caminaba con una cojera sutil. Se acercó a mí, ignorando el aura de muerte que emanaba de mi cuerpo.
—Crees que estás ganando porque destruiste un templo —dijo, su voz volviéndose seria—. Crees que sobrecargar el sistema es una forma de rebelión. Pero déjame decirte algo sobre Vaelen: él es un arquitecto de la causalidad. Tu destrucción no es un error en su plan; es el material de construcción.
—Ya me lo dijo —gruñí—. “La repetición es necesaria”. No me importa. Si el sistema se alimenta de mi lucha, haré que se atragante con ella.
—No lo entiendes —Kaelen me agarró del hombro izquierdo. Su mano estaba fría, pero era una frialdad humana, llena de pulso—. No se trata solo de ti. Se trata de la tríada.
Sacó un pequeño proyector de bolsillo, similar al mío pero mucho más antiguo. Al activarlo, tres figuras aparecieron en el aire.
—Natsumi, la mujer que porta el fragmento de la Preservación en Glaciem —Kaelen señaló a la figura azul—. Erwan, el usuario de sombras que está desmantelando los cultos en Umbralis —señaló a la figura oscura—. Y tú, Zerek. El Catalizador del Deterioro.
—¿Qué tiene que ver esto con el ciclo anterior?
—En mi ciclo, fuimos tres también —la voz de Kaelen se quebró ligeramente—. Yo era el catalizador. Teníamos una protectora y un interceptor. Pensamos que éramos un equipo. Pensamos que podíamos asaltar Aethelgard y acabar con el Consejo.
Kaelen guardó el proyector y me miró fijamente a los ojos.
—Vaelen nos dejó llegar. Nos dejó entrar en la Cámara de la Sincronicidad. Y allí descubrimos la verdad: el ritual no se completa con la activación de los nodos. Se completa cuando los tres vectores chocan en un solo punto con la intención de destruir al Arquitecto. Vuestra rabia es la llave maestra.
◇◇◇
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el Deterioro. Todo lo que había hecho desde que maté al arqueólogo… cada paso hacia la libertad, cada golpe contra la infraestructura del Consejo… ¿todo era parte del camino preestablecido?
—¿Qué pasó con los otros dos de tu ciclo? —pregunté, temiendo la respuesta.
—”Uno caerá. Dos sobrevivirán” —citó Kaelen la misma frase que vi en el templo—. Nuestra protectora cayó. Su sacrificio alimentó el reinicio del mundo. Yo sobreviví para ser el testigo que nadie escucha. El interceptor… bueno, él se convirtió en algo que el Consejo usa para limpiar sus errores. Lo llaman Shadowend ahora. Quizás te encuentres con él pronto.
Kaelen me dio la espalda y empezó a caminar hacia la linde del claro.
—¿A dónde vas? —le grité—. Si sabes todo esto, ayúdame a romperlo.
—No se puede romper desde fuera, Zerek —Kaelen se detuvo sin girarse—. Tienes que entrar en el sistema y ser tan caótico que la Sincronicidad no pueda encontrar un patrón. No ataques sus nodos logísticos. Eso es predecible. Ataca su lógica.
—¿Y cómo se ataca la lógica de un dios burócrata?
—Encuentra a los otros dos —Kaelen me miró de reojo—. Pero no para pelear. Si los tres llegáis a Aethelgard y, en lugar de chocar, hacéis algo que el sistema no pueda procesar… quizás, y solo quizás, el Ciclo 49 sea el último.
Kaelen desapareció entre los árboles pétreos antes de que pudiera hacerle otra pregunta. Su señal en mi mapa se desvaneció instantáneamente, como si nunca hubiera existido.
◇◇◇
Me quedé solo en el claro, con el sabor amargo de la manzana y la advertencia de un muerto viviente pesando sobre mis hombros. Miré el cilindro de cristal. Los dos puntos que representaban a Natsumi y Erwan seguían moviéndose hacia Aethelgard. Eran como polillas atraídas por una llama que juraban que iban a apagar.
—Hacer algo que el sistema no pueda procesar… —repetí.
Para un hombre como yo, que solo conocía la violencia y el intercambio de oro por sangre, la idea de “cooperación” era casi tan alienígena como los Ejecutores de Porcelana. Pero Kaelen tenía razón en algo: Vaelen se alimentaba de mi odio. Si llegaba a la Ciudad Central con el único objetivo de matar, le estaría dando exactamente lo que quería.
Me senté en la roca donde Kaelen había estado. Saqué el cuaderno del Excavador y busqué entre las páginas finales, aquellas que estaban escritas con una caligrafía temblorosa, casi ilegible.
> “La trampa no es el muro. La trampa es el camino que te obliga a golpearlo.”
Cerré el cuaderno con fuerza.
—Bien, Supervisor —dije al aire, sabiendo que en algún lugar de la red, mis palabras estaban siendo registradas—. Quieres una convergencia. Quieres que los tres vectores choquemos.
Me levanté, y esta vez, el fuego verde de mi mano izquierda no era una explosión de rabia, sino un brillo controlado, frío y calculador. Mi brazo derecho pulsó con una nota violeta, sincronizándose por primera vez con mi voluntad en lugar de luchar contra ella.
—Te daré tu convergencia. Pero no seremos tus vectores. Seremos tu cortocircuito.
◇◇◇
Empecé a caminar, pero no hacia el siguiente nodo logístico. Cambié mi rumbo. Según el mapa, la frecuencia de la mujer de hielo, Natsumi, estaba cruzando las montañas del norte. Estaba herida, o al menos su señal era débil, intermitente. El Consejo estaba enviando más que simples interceptores tras ella; estaban enviando “Reguladores Atmosféricos”.
Si quería romper la lógica de Vaelen, tenía que salvar a la “Protectora” antes de que el sistema la obligara a sacrificarse.
—Interferencia —murmuré.
No era solo el nombre de este lugar. Era mi nueva estrategia. A partir de ahora, cada una de mis acciones no estaría motivada por la supervivencia o el dinero, sino por la creación de ruido en la red de la Sincronicidad.
Si el plan requería que yo fuera el monstruo que asustara a los otros dos para que corrieran hacia el centro, yo haría lo contrario. Sería el aliado indeseado. La interferencia que nadie pidió, pero que todos necesitaban.
A medida que salía del Bosque de los Suspiros Pétreos, la estática en el aire comenzó a disminuir, pero la claridad en mi mente aumentó. El Ciclo 49 no terminaría como el 48. No habría sacrificios heroicos, ni supervivientes amargados escondidos en los bosques.
—Voy por ti, Natsumi —dije, mirando hacia las cumbres nevadas del norte—. Y espero que estés lista para confiar en alguien que huele a podrido, porque el mundo depende de que no nos matemos antes de llegar a la puerta de Vaelen.
Zerek Noctis aceleró el paso. El mercenario había muerto en el Valle de los Ecos. El catalizador se había negado a arder en el búnker. Lo que caminaba ahora hacia las montañas era algo nuevo, algo que el Consejo no tenía en sus archivos.
Era una variable que acababa de aprender a sumar.
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