Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 48
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Capítulo 48: Decisión
Ubicación: Cordillera de los Lamentos – Paso de la Niebla,Hora: 06:00 PM
El viento en las alturas de la cordillera no soplaba; cortaba. Era un aullido constante que transportaba partículas de ceniza volcánica y cristales de hielo, una mezcla que se adhería a mi túnica como escamas de un reptil agonizante. Me detuve frente a un precipicio que caía verticalmente hacia un abismo de nubes perpetuas, un mar de gris que ocultaba las tierras bajas.
Metí la mano en mi bolsa de cuero y saqué el último “contrato” que había aceptado. Lo había recogido de un buzón muerto en una aldea sin nombre, un lugar donde el miedo se olía antes que el humo de las chimeneas. El pergamino era de vitela fina, sellado con una cera negra que brillaba como obsidiana.
Objetivo: Una sacerdotisa renegada en el sector sur, acusada de “contaminar el flujo rúnico”.
Pago: Trescientos soberanos de oro purificado.
Miré el papel. Hace apenas una semana, mi mente habría calculado automáticamente la ruta más corta, el punto de emboscada ideal y cómo gastar el oro en nuevas dagas o raciones de calidad. Pero ahora, mis ojos no veían un objetivo; veían un código. Miré mi brazo derecho, donde las venas violetas pulsaban con una intensidad rítmica, casi musical, sincronizadas perfectamente con los latidos de mi corazón y los parpadeos del mapa holográfico que flotaba a mi lado.
En ese momento, la advertencia de Kaelen en el bosque de piedra y la cínica sonrisa de la proyección de Vaelen colisionaron en mi mente con la violencia de un impacto físico.
—”El éxito no es necesario. La repetición sí” —susurré. Mi propia voz me sonó ajena, cargada de una fatiga existencial que ningún descanso podría curar.
◇◇◇
La verdad se desplegó ante mí como una red de pesca que finalmente sale a la superficie. Entendí que cada vez que yo aceptaba uno de estos contratos “anónimos”, cada vez que rastreaba a un objetivo “renegado” y lo borraba de la faz de Altheria con mi Deterioro, no estaba simplemente sobreviviendo. No era un agente libre.
Yo era el destornillador en la mano del Arquitecto.
Vaelen no necesitaba que los rituales funcionaran. Necesitaba que yo “limpiara” los obstáculos. La sacerdotisa, el arqueólogo, el búnker… todos eran nodos de fricción. Al eliminarlos, yo estaba cerrando circuitos de energía que el Consejo no podía tocar directamente sin desestabilizar el mundo. Mi Deterioro era la herramienta de demolición necesaria para construir el nuevo orden de la Sincronicidad.
Cada moneda de oro que había ganado era un grillete más en mi propia jaula.
Sentí una náusea profunda, un rechazo que nacía del Cáliz mismo. El poder del Deterioro siempre había sido sobre el fin de las cosas, sobre la libertad que otorga la ceniza. Y, sin embargo, yo lo había convertido en una correa.
Arrugué el pergamino del contrato hasta convertirlo en una bola de papel insignificante. Cerré mi puño izquierdo y dejé que el fuego verde lo consumiera. No quedó nada, ni siquiera el rastro del humo. El viento se llevó los restos hacia el abismo.
—Se acabó —dije, y esta vez mi voz fue firme, un decreto.
◇◇◇
En el instante en que renuncié al contrato, el cilindro de cristal en mi cinturón emitió un pitido agudo. El mapa de los siete nodos parpadeó violentamente. La señal de “Sujeto 03”, Natsumi, emitió un pulso de socorro de color azul gélido. Estaba siendo acosada cerca de la frontera de Glaciem por fuerzas que el mapa identificaba como “Reguladores Atmosféricos”.
Mi instinto de mercenario, esa voz vieja, cínica y pragmática que me había mantenido vivo en la Isla de la Muerte, comenzó a gritarme.
“No hay dinero en rescatar a una extraña. No hay beneficio en enfrentarse a los Reguladores por nada. Muévete hacia el sur, busca un contrato real, sobrevive un día más. Si ella muere, no es tu problema”.
Pero esa voz era la que me había convertido en una pieza. Esa lógica era la que Vaelen había usado para predecir cada uno de mis movimientos.
—He pasado toda mi vida cazando hombres por el precio de una bolsa de monedas —dije, mirando mis manos. La izquierda, el caos verde; la derecha, la estructura violeta—. Me han llamado monstruo, asesino y paria. Si voy a ser una herramienta de destrucción, al menos seré yo quien elija qué es lo que merece ser destruido.
Tomé la decisión que ningún registro de mi historial o perfil de comportamiento del Consejo habría podido prever. No iba a cazar a la sacerdotisa. No iba a esconderme. Iba a cazar a los cazadores. Ya no me interesaban las víctimas del Consejo; me interesaban los orígenes.
Ya no cortaría las ramas de este árbol podrido. Iba a quemar la raíz.
◇◇◇
Cambié mi rumbo radicalmente, girando hacia el norte, hacia el punto donde la señal de Natsumi se debilitaba. El Paso de la Niebla era territorio de los Reguladores, la unidad de élite diseñada para “estabilizar” las variables como yo. Eran más peligrosos que los Ejecutores de Porcelana, porque ellos no buscaban medirte; buscaban borrarte para que el sistema pudiera reiniciarse.
A medida que avanzaba, abrí el mapa holográfico de nuevo. Pero esta vez no busqué objetivos. Busqué el flujo de los suministros. Busqué los puntos donde la energía de la Sincronicidad era más densa, los almacenes ocultos que alimentaban a las tropas del Consejo.
—Vaelen, dijiste que el mundo entero se convertiría en mi celda —murmuré, mientras mis ojos se encendían con una mezcla de verde y violeta—. Pero olvidaste una cosa. No hay nadie mejor para escapar de una celda que el hombre que sabe cómo deteriorar los barrotes.
Mi plan era simple pero suicida. No iría directamente a Aethelgard. Primero, desmantelaría la infraestructura. Si el Consejo necesitaba “repetición” y “logística”, yo les daría desabastecimiento y caos. Atacaría sus depósitos de núcleos de energía, sus puestos de comunicación y sus rutas de transporte de esencia.
Quería que el Supervisor sintiera que el tablero se estaba astillando bajo sus dedos.
◇◇◇
A lo lejos, el cielo sobre la frontera de Glaciem se iluminó con un destello de luz azul, seguido de un trueno sordo que hizo temblar la montaña. Natsumi estaba liberando su poder. Estaba peleando con la desesperación de quien sabe que está sola.
—Resiste un poco más, Protectora —dije, apretando el paso.
No iba allí para ser un héroe. No me importaba la moralidad de salvar a una vida. Iba allí porque Natsumi era una pieza que Vaelen quería sacrificar, y yo me negaba a dejar que él hiciera su jugada. Salvarla no era un acto de bondad; era un acto de guerra contra la lógica del sistema.
Dejé que mi aura de Deterioro se expandiera sin control. Ya no me importaba que me rastrearan. Quería que los sensores del Consejo enloquecieran. Quería que el Supervisor viera cómo el “Catalizador” dejaba de ser un motor y se convertía en un incendio.
La nieve a mi alrededor comenzó a volverse gris, desintegrándose antes de tocar el suelo. El aire olía a ozono y a final de los tiempos. El mercenario que cobraba por sangre había muerto en este paso de montaña. Lo que quedaba era algo nuevo, algo que el Cáliz del Ciclo 49 había estado esperando: una voluntad propia armada con el poder del colapso.
—Voy a quemar tu tablero, Vaelen —sentencié, saltando desde un risco hacia la ladera inferior, envuelto en una tormenta de energía esmeralda—. Y cuando termine, no quedarán ni las cenizas para que puedas volver a empezar.
Zerek Noctis se lanzó hacia la batalla, no por dinero, sino por el placer de ser la única cosa que el Arquitecto no podía prever: un hombre que ya no tenía precio.
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