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Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 50

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Capítulo 50: El mensaje

Ubicación: Ruinas del Puesto de Avanzada 09 – Frontera con Glaciem,Hora: 04:10 AM

El fuego verde de mi Deterioro aún lamía los restos del almacén de suministros, una estructura que apenas una hora antes era el orgullo de la logística del Consejo en el sector norte. Ahora, solo quedaba un esqueleto de metal retorcido y el siseo del vapor escapando de las tuberías de refrigeración rúnica rotas. Pero ya no sentía la satisfacción de la destrucción. No había esa descarga de adrenalina que solía acompañar a un trabajo bien hecho en mis días de mercenario.

Mis pulmones ardían por el aire gélido de las montañas, ese frío cortante de Glaciem que parecía querer cristalizar la sangre en mis venas. Mi brazo derecho, el que había sido “borrado” por los Ejecutores y luego mutado por la energía del templo, soltaba espasmos de una electricidad violeta que se negaba a apagarse. Era una vibración que recorría mis nervios como agujas al rojo vivo, un recordatorio constante de que mi cuerpo se estaba convirtiendo en algo que ya no era del todo humano. Había cumplido mi palabra: la infraestructura logística del sector norte era ahora poco más que chatarra y ceniza. Había cortado el suministro de los Reguladores, había saboteado los depósitos de maná y había dejado a los agentes del Consejo ciegos en este cuadrante.

Me derrumbé contra una columna de piedra ennegrecida, ignorando el calor residual que desprendía. Mis manos temblaban. Intenté cerrar el puño, pero mis dedos no respondían con la velocidad de siempre. Estaba al límite.

La “Limpieza” me había costado más de lo que estaba dispuesto a admitir; no solo energía física, sino una parte de mi propia cordura. Cada vez que usaba el Deterioro a esta escala, sentía que algo dentro de mí se erosionaba, como si el precio de desintegrar la realidad fuera desintegrarme a mí mismo un poco cada vez.

Fue entonces cuando ocurrió.

El cilindro de cristal que colgaba de mi cinturón, el mismo que contenía el mapa de los nodos y que me había servido de brújula en este descenso a los infiernos, comenzó a vibrar con una intensidad que casi me quema la cadera. Fue una vibración rítmica, violenta, diferente a cualquier señal de rastreo que hubiera sentido antes. Lo saqué con un movimiento torpe, casi dejando que se me escapara de los dedos entumecidos.

El cristal no proyectó el mapa habitual de Altheria, con sus puntos rojos y azules parpadeando. En su lugar, la luz se condensó en una sola esfera de color gris plomizo, densa y opaca, que flotó frente a mis ojos a la altura de mi rostro. El aire a mi alrededor se volvió extrañamente pesado, como si la presión atmosférica hubiera aumentado de golpe.

No hubo música grandilocuente, ni la aparición de una figura encapuchada, ni proyecciones de rostros burlones intentando intimidarme. La transmisión era limpia, pura, desprovista de cualquier rastro de ego o teatralidad. Era la comunicación de un sistema hablándole a una de sus partes.

En el aire, frente a la esfera gris, flotaban unos números que pulsaban con una suavidad hipnótica: 44.0921, -70.4473.

Una coordenada exacta. Un punto ciego en la geografía conocida de Altheria, situado en lo que los cartógrafos antiguos llamaban el “Corazón de la Convergencia”, un lugar donde las líneas ley se entrelazaban y se anudaban como un nudo gordiano imposible de desatar. Era el centro geométrico del continente, un territorio que, según los rumores, el Consejo había borrado de todos los mapas comerciales hacía décadas.

Debajo de la coordenada, apareció una sola frase, escrita en la misma tipografía aséptica, funcional y despojada de adornos que había visto en los informes clasificados de los búnkeres:

> “Si no quieres ser pieza… ven a discutir el tablero.”

◇◇◇

Me quedé mirando el mensaje durante lo que parecieron horas, aunque probablemente solo fueron unos segundos. La luz de la esfera iluminaba las cicatrices de mis manos con una palidez fantasmal. No era una amenaza de muerte. No decía que me cazarían hasta el fin del mundo si no me presentaba, ni se reía de mis intentos de sabotaje como si fueran los berrinches de un niño. No había rastro del desprecio que un dios mostraría hacia un mortal.

Era algo mucho más inquietante: era una invitación entre iguales. O al menos, la pretensión de serlo. Era el reconocimiento de que mi existencia ya no podía ser gestionada como un simple error logístico.

—Discutir el tablero —mascullé, escupiendo un poco de sangre mezclada con ceniza. El sabor metálico en mi boca me recordó que seguía vivo, por ahora—. El bastardo tiene sentido del humor después de todo. O quizás es solo que su lógica no admite otra salida.

La frase era un reconocimiento implícito del daño que había causado. Vaelen estaba admitiendo, a través de ese mensaje frío, que mis ataques sistemáticos a los almacenes, mi quema de suministros y mi absoluta negativa a seguir cumpliendo con los contratos de asesinato habían alterado su ecuación fundamental. Yo ya no era una “variable 03” que podía ser manejada a través de intermediarios como el Pagador o mediante el envío de sombras de porcelana. Al quemar los cimientos de su control, lo había obligado a bajar a la arena, o al menos a abrir la puerta de su despacho más privado.

Vaelen no me estaba pidiendo que me rindiera. Me estaba pidiendo que fuera a ver el mecanismo por dentro. Era la oferta de un arquitecto a la tormenta que amenaza con derribar su edificio: una invitación a hablar antes de que todo colapse.

Cerré el puño izquierdo con fuerza, la energía verde de mi Deterioro envolvió el aire alrededor del cristal, y la proyección desapareció en un estallido de estática, dejando tras de sí un rastro de ozono y el eco de un zumbido en mis oídos.

◇◇◇

Sabía perfectamente que ir a esa coordenada era lanzarme de cabeza a la boca del lobo. No era solo el centro del mapa; era el punto donde la “Sincronicidad” del Consejo sería más pura, más densa y más letal. Era el terreno de juego del Arquitecto, un lugar donde cada piedra, cada ráfaga de viento y cada brizna de hierba probablemente estaban programadas para mantener el orden. Allí, él tendría todas las ventajas: el control de las líneas ley, la defensa de sus Reguladores de Realidad y la capacidad de manipular el espacio mismo.

Pero quedarme en la periferia ya no era una opción viable. Si continuaba atacando los almacenes de suministros, si seguía con mi estrategia de “tierra quemada”, Vaelen simplemente dejaría que el mundo se colapsara bajo su propio peso. Él ya lo había demostrado en el valle anterior: usaría mi rebeldía para castigar a los inocentes, convirtiendo mi lucha en el motor de una tragedia mayor. Él siempre ganaba en el desgaste, porque él era el dueño del tiempo y de los recursos.

Si quería detener la rueda, no podía seguir corriendo por el borde. Tenía que meterme en el eje.

Miré hacia el horizonte norteño, donde las luces azules de los “Reguladores” barrían las cumbres nevadas buscando mi rastro. Al sur, el desierto que yo había marcado con fuego y entropía seguía humeando, una cicatriz que se veía desde las alturas.

El mundo estaba cambiando, y yo era la mano que sostenía el cuchillo, pero alguien más guiaba la mano a través de la sombra.

—No voy a discutir nada contigo, Vaelen —dije, poniéndome en pie con un esfuerzo sobrehumano que hizo que mis articulaciones crujieran—. No soy un orador, ni un diplomático, ni un maldito académico de tu Consejo de los Siete.

Me apoyé en mi brazo derecho, sintiendo cómo la nota violeta de la Sincronicidad vibraba en mis huesos, aceptando la dirección de la coordenada como si fuera una brújula magnética.

Mi propio poder, el que me habían robado y devuelto deformado, me estaba empujando hacia el centro. Ya no era solo una misión; era una atracción gravitatoria.

—Voy a ir allí —continué, mi voz volviéndose más firme a medida que la rabia reemplazaba a la fatiga—. Voy a ir allí para ver qué pasa cuando el tablero de juego se encuentra con la única fuerza que no puede computar. Voy a ver si tu lógica resiste cuando el error de sistema se siente a tu mesa.

Me ajusté la túnica hecha jirones, me eché la capucha sobre el rostro y comencé a caminar, dejando atrás las ruinas humeantes del Puesto 09.

Ya no buscaba refugio en las cuevas. Ya no buscaba el pago de un intermediario sudoroso en un puerto infecto. Ya no buscaba sobrevivir un día más para ver el siguiente amanecer.

Seguía el rastro de la única cosa que un mercenario de mi calaña nunca, bajo ninguna circunstancia, puede ignorar: la fuente original del problema.

La invitación estaba sobre la mesa, brillando en la oscuridad de mi mente.

El juego de sombras, de contratos anónimos y de persecuciones en los callejones terminaba aquí. El camino hacia el Corazón de la Convergencia estaba abierto, y por primera vez en mi vida, no estaba huyendo de mi destino. Estaba yendo a buscarlo para estrangularlo con mis propias manos.

◇◇◇

Mientras caminaba por el Paso de la Niebla, sentí que el mapa en mi cilindro de cristal comenzaba a transformarse de nuevo. Los puntos que representaban a Natsumi y Erwan ya no eran simples destellos lejanos. Estaban convergiendo. Sus trayectorias, marcadas por el mismo mensaje o quizás por sus propios motivos de venganza y justicia, se inclinaban hacia la misma coordenada.

Éramos tres hilos de un mismo tapiz que se estaba deshilachando, siendo atraídos hacia el mismo nudo.

Vaelen quería que estuviéramos allí. Él quería la convergencia de los tres fragmentos: la Preservación, la Intercepción y el Deterioro.

Él creía que, al reunirnos, podría finalmente completar su diseño, usándonos como las llaves finales de su ritual de despertar.

Pero lo que el Supervisor no entendía es que una herramienta, cuando se rompe de la forma adecuada, se convierte en un arma. Y yo estaba muy, muy roto.

Miré hacia las estrellas, que empezaban a palidecer ante la llegada del alba sobre las montañas de Glaciem.

El frío ya no me molestaba tanto. Quizás era porque mi fuego interno, esa mezcla de verde y violeta, estaba ardiendo con una pureza nueva. No era odio ciego, ni era ambición de poder. Era la calma absoluta de quien ha decidido que, si tiene que arder, se asegurará de que el incendio sea lo suficientemente grande como para que nadie pueda volver a construir sobre sus cenizas.

—Prepárate, Vaelen —murmuré, mi aliento creando una densa nube de vapor en el aire gélido—. Porque el tablero está a punto de conocer a la Variable que no sabe perder.

Zerek Noctis aceleró el paso, su silueta perdiéndose entre las sombras de las rocas y el resplandor de la nieve. El mercenario había terminado su contrato con el mundo. El catalizador estaba yendo a cobrar su deuda final. Y el precio no se pagaría en oro, sino en la destrucción total de la mentira que llamaban orden.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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