Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 55
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Capítulo 55: La Decisión
Ubicación: Refugio Seguro – Distrito de los Relojeros, Avaloria,Hora: 05:30 AM
La luz del alba comenzaba a teñir de un rosa ceniciento los tejados de Avaloria, filtrándose por las estrechas ventanas del refugio en el Distrito de los Relojeros. El polvo flotaba en el aire, bailando en los rayos de luz, pero la atmósfera dentro de la habitación seguía cargada con la pesadez eléctrica residual de la visita del Observador. Damien permanecía inmóvil frente a la ventana, observando el cambio de guardia en las murallas imperiales. Su silueta era una sombra alargada contra el suelo de madera, pero su mente no estaba allí. Estaba recorriendo los mapas, las trayectorias y los latidos energéticos de tres individuos que, en este mismo instante, se acercaban al precipicio de su propia existencia.
Selene no se había detenido ni un segundo. Sentada frente a la consola central, sus dedos eran un borrón de movimiento rítmico. Sus ojos artificiales emitían un zumbido apenas perceptible mientras procesaba gigabytes de información rúnica por segundo. Ya no estaba simplemente extrayendo datos de la biblioteca imperial; estaba construyendo una arquitectura de interferencia.
—Si el Observador nos detecta enviando información directa a los sujetos, nos borrará antes de que el primer paquete de datos llegue a su destino —advirtió Selene, su voz procesada carente de fatiga, pero cargada de una urgencia técnica—. El sistema de vigilancia del Consejo es una red neuronal que abarca todo el continente. Cualquier señal dirigida a las frecuencias de Natsumi, Erwan o Zerek será interceptada como un intento de sabotaje externo.
Damien se giró, su rostro marcado por las ojeras y la tensión, pero con una claridad en la mirada que Selene no había visto desde que escaparon de la Isla de la Muerte.
—Entonces no les envíes señales directas —respondió Damien, caminando hacia la mesa—. No vamos a jugar a ser generales en una guerra que ellos no saben que están luchando. No son soldados a nuestras órdenes, y si intentamos dirigirlos, su instinto de supervivencia los obligará a rechazar la interferencia. Tenemos que hacerlo a través del ruido ambiental.
Selene ladeó la cabeza, recalculando.
—¿Ruido ambiental?
—Usa los repetidores de maná que el Imperio utiliza para la iluminación pública y la megafonía de las aldeas —explicó Damien, señalando los puntos de luz en el mapa—. Es un sistema saturado, viejo y lleno de estática rúnica. Si fragmentamos la información y la enviamos como pulsos de baja frecuencia, parecerán simples fluctuaciones de la red. Pero para alguien con la sensibilidad de un Catalizador, será como un susurro en una habitación llena de gritos.
◇◇◇
El Arte de la Inyección de Datos
Selene comenzó a codificar los tres paquetes de “ruido”. No eran mensajes de texto, ni voces; eran conjuntos de datos matemáticos y visuales que apelarían directamente a las habilidades específicas de cada protagonista.
—Para Natsumi —instruyó Damien—, envíale las lecturas de presión barométrica y los flujos de energía ley de los nodos del norte. Ella cree que su hielo está conteniendo el colapso, pero si ve los datos reales, entenderá que su esfuerzo está creando una cámara de presión que el Consejo planea detonar. Necesita dudar de su propio papel como “protectora”.
Selene asintió, tecleando una secuencia de algoritmos térmicos.
—Para Erwan, envíale las firmas térmicas de las sombras en las que se oculta —continuó Damien—. Él cree que la oscuridad es su aliada, su refugio. Muéstrale que esas sombras tienen un patrón de emisión que el Consejo puede rastrear. Que entienda que no está cazando en la penumbra, sino que está siendo guiado por ella como un animal hacia el matadero.
—¿Y Zerek? —preguntó Selene, deteniendo sus dedos sobre la consola un momento—. Zerek es el más complejo. Ha rechazado el contrato de Vaelen, sabe que es una trampa, pero su odio lo está empujando directamente hacia el centro. Él no quiere salvar nada; quiere quemarlo todo.
—A Zerek envíale la verdad técnica sobre la “Limpieza” —dijo Damien con una seriedad absoluta—. Muéstrale que cada almacén que destruye, cada intermediario que mata, libera una cantidad de entropía que el sistema está reciclando para alimentar el ritual final. Muéstrale que su “fuego verde” es el lubricante que los engranajes del Consejo necesitan. Si va a quemar el tablero, tiene que saber exactamente dónde están las vigas maestras, no solo las piezas superficiales.
◇◇◇
Las Migajas de Pan en el Vacío
La secuencia se inició a las 05:45 AM. En el norte helado de Glaciem, una farola en un puesto de avanzada abandonado parpadeó con un ritmo errático. Natsumi, deteniéndose en medio de una tormenta, miró la luz y sintió un escalofrío que no era por el frío; sus sentidos detectaron una anomalía en la frecuencia del hielo a su alrededor.
En las sombras de Umbralis, el dispositivo de comunicación que Erwan le había arrebatado a un ejecutor emitió un pitido estático que, al ser analizado por su instinto, reveló un patrón de cuadrículas de calor.
En el corazón de las Tierras Muertas, el cristal de Zerek vibró con una coordenada adicional, una que no estaba marcada con la tipografía aséptica de Vaelen, sino con una frecuencia cruda y antigua que le recordó al laboratorio de la Isla de la Muerte.
Eran señales guía incompletas.
Coordenadas que no apuntaban al epicentro del ritual, sino a puntos de observación periféricos.
—Si siguen estas migajas —explicó Selene mientras monitoreaba la salida de datos—, llegarán a la coordenada final desde ángulos tangenciales. No chocarán de frente como tres locomotoras en una vía única, que es lo que el Observador espera para maximizar el impacto. Se encontrarán en los bordes. Tendrán unos minutos, tal vez una hora, para verse las caras antes de que la presión del ritual los obligue a la combustión final.
Damien asintió, apretando los bordes de la mesa. La estrategia era un salto al vacío. Estaban introduciendo entropía controlada en una sinfonía de orden absoluto. Si el Observador era tan omnipotente como afirmaba, vería el cambio de trayectoria en cuestión de segundos. Pero Damien apostaba por la debilidad de toda gran organización: la burocracia y la inercia.
—Vaelen es un gestor de activos de alto nivel —dijo Damien—. Y los gestores odian los cambios de último minuto en los presupuestos de energía. Para cuando el Consejo procese que los tres vectores han variado su inclinación unos pocos grados, ya estarán lo suficientemente cerca los unos de los otros como para formar un frente unido que el sistema no podrá factorizar.
◇◇◇
El Borrado y la Partida
El refugio en el Distrito de los Relojeros ya no era un santuario; ahora era una señal luminosa para cualquier rastreador de alta gama que el Imperio decidiera desplegar. Selene inició el protocolo de borrado físico. No pulsó un botón de “eliminar”; activó cápsulas de ácido alquímico que comenzaron a disolver los circuitos de cobre y los cristales de almacenamiento. El olor a ozono y a corrosión llenó la pequeña habitación.
Las interfaces holográficas se desvanecieron una a una, dejando la estancia en una penumbra grisácea. No quedaría ni un rastro de su paso por Avaloria, ni una huella dactilar digital que pudiera vincularlos con la interferencia.
—Damien —Selene se detuvo frente a él, con sus ojos azules brillando en la oscuridad—. He realizado una última simulación basada en los datos de la interferencia. Hay un 74% de probabilidad de que, al llegar al centro, el choque sea inevitable a pesar de nuestro ruido. El poder que Natsumi, Erwan y Zerek han acumulado durante sus viajes es demasiado denso.
Son como tres masas críticas acercándose.
—Lo sé —Damien caminó hacia la puerta, echándose la capucha de su gabardina sobre la cabeza—. Pero ese 26% restante es el único espacio donde vive la posibilidad de un futuro. No estamos tratando de detener una explosión, Selene. Eso es imposible. Estamos tratando de asegurarnos de que, cuando el estallido ocurra, el fuego queme la mano que sostiene el fósforo y no el mundo entero.
Salieron del refugio justo cuando el sol terminaba de alzarse sobre los rascacielos de mármol de la capital, mezclándose con la marea de ciudadanos, artesanos y soldados que comenzaban su jornada laboral. Eran dos sombras moviéndose entre la maquinaria perfecta del Imperio del Emperador Eterno.
Mientras caminaban hacia las puertas norteñas de la ciudad para iniciar su propio viaje —el más peligroso de todos— hacia el Corazón de la Convergencia, Damien sintió que la advertencia del Observador seguía allí, como un peso muerto en su conciencia. “No hay lugar para observadores”, le había dicho la entidad.
—No vamos a ser observadores —susurró Damien para sí mismo, mientras cruzaba el umbral de las murallas—. Vamos a ser el fallo que el sistema no puede corregir.
◇◇◇
El Horizonte de la Convergencia
A medida que se alejaban de Avaloria, Selene activó un enlace de comunicación cifrado de corto alcance.
—Las señales han sido recibidas —confirmó—. Natsumi ha cambiado su rumbo tres grados al este. Erwan ha ralentizado su avance para flanquear un puesto de escucha. Zerek… Zerek ha destruido el repetidor de maná después de descargar los datos, pero se dirige a la coordenada de observación que le dimos.
Damien sonrió por primera vez en mucho tiempo. No era una sonrisa de alegría, sino la de un ajedrecista que acaba de sacrificar una pieza importante para ganar la partida.
—Entonces el tablero ya no es de Vaelen. Ahora es nuestro.
El mini-arco de Damien y Selene llegaba a su fin, pero su importancia resonaría en cada segundo del acto final. Habían pasado de ser fugitivos a ser los arquitectos de una rebelión invisible. Habían unido los hilos de tres extraños que nunca se habían hablado, dándoles la única herramienta que el Consejo les había negado desde el principio: la capacidad de ver la trampa antes de que se cerrara.
El escenario estaba finalmente montado. Al norte, el frío de Natsumi amenazaba con detener el tiempo; al este, las sombras de Erwan buscaban la verdad oculta; y al sur, el aura de muerte de Zerek prometía el fin de la mentira. En el centro, el Consejo esperaba la culminación de milenios de planificación.
Y entre todos ellos, Damien y Selene avanzaban, llevando consigo el virus de la duda que destruiría la Sincronicidad para siempre.
Damien se detuvo un momento en una colina que miraba hacia el centro del continente. A lo lejos, el cielo parecía estar volviéndose de un tono violeta antinatural, la señal de que el ritual estaba entrando en su fase crítica.
—Si van a chocar… —repitió Damien, mirando a Selene— que no sea donde ellos quieren. Que sea donde el sistema se rompa.
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