Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 56
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Capítulo 56: Coordenadas Imposibles
Ubicación: El Nexo Gris (Región de Convergencia)
Hora: Desconocida (El tiempo es una variable nula)
Zerek Noctis fue el primero en llegar al epicentro del final. No hubo una entrada triunfal, ni una fanfarria que anunciara el inicio del clímax de la saga. Lo que hubo fue un silencio absoluto, un vacío de sonido tan denso que resultaba físico, casi doloroso para los tímpanos. Al cruzar la última frontera invisible entre el continente conocido y el Nexo Gris, la realidad simplemente dejó de esforzarse por parecer real.
El suelo bajo sus botas no era tierra, ni piedra, ni la ceniza de los incendios que él mismo había provocado en el sur durante su campaña de sabotaje.
Era una sustancia grisácea, una especie de material granular que recordaba a la ceniza prensada o al hormigón pulverizado, pero desprovisto de su peso y densidad natural. No devolvía el eco de sus pasos; cada zancada era absorbida por la superficie como si estuviera caminando sobre un cadáver gigante que se negaba a pudrirse.
Zerek se detuvo y miró hacia arriba. No había sol, ni nubes, ni estrellas. El cielo era un degradado monótono de gris plomizo, una bóveda perfecta y vacía que recordaba a una pantalla de monitor apagada o a un renderizado sin texturas. No había viento, pero el aire se sentía pesado, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de sus brazos se erizara constantemente. Era como estar dentro de una campana de cristal de la que alguien hubiera extraído todo el sentido.
—Así que esto es lo que hay detrás del decorado —masculló Zerek.
Su voz sonó plana, privada de sus armónicos naturales, como si las ondas sonoras fueran sofocadas apenas salían de su garganta. No había reverberación. El mundo aquí no tenía memoria de lo que ocurría en él.
Sintió un espasmo en su mano izquierda. El resplandor verde del Deterioro, que solía ser una llama vibrante y caótica capaz de desintegrar la materia, ahora parpadeaba con una frecuencia rítmica y mecánica, casi como el latido de un motor moribundo. En su brazo derecho, la energía violeta de la Sincronicidad —el regalo maldito que Vaelen le había implantado para controlarlo— zumbaba con una intensidad agresiva, compitiendo por el espacio bajo su piel. Las dos energías, que en el mundo exterior luchaban constantemente por anularse, aquí parecían estar en una tregua forzada por la naturaleza muerta del entorno.
Sacó el cilindro de cristal de su cinturón con un movimiento lento.
Los números que le habían servido de brújula en su viaje hacia el norte, las coordenadas 44.0921, -70.4473, parpadeaban con una luz roja intermitente. Sin embargo, la aguja holográfica de dirección, el vector que debía indicarle el camino exacto, giraba locamente sobre su eje, incapaz de fijar un punto de referencia cardinal.
Zerek frunció el ceño, apretando el cilindro hasta que sus nudillos blanquearon. Sabía lo que estaba pasando: aquí, el espacio no era una constante física regida por la geometría tradicional, sino una variable lógica sujeta al estrés del sistema.
Intentó avanzar. Caminó cien metros hacia lo que él consideraba el norte, manteniendo la vista fija en una pequeña elevación de terreno gris que sobresalía en la monotonía. Después de un minuto de marcha constante y deliberada, se detuvo y miró hacia atrás. El montón de escombros que acababa de dejar estaba a solo tres pasos de distancia. El espacio se había plegado sobre sí mismo, como una hoja de papel arrugada por una mano invisible.
Volvió a intentar avanzar, esta vez corriendo, quemando la poca energía que le quedaba en los pulmones, pero el resultado fue el mismo: la distancia era una ilusión, un bucle de retroalimentación que lo mantenía anclado en un radio de acción absurdamente pequeño. Estaba corriendo en una cinta de correr invisible diseñada por el Consejo.
No había enemigos a la vista. No había patrullas de Ejecutores de Porcelana, ni monstruos de sombra de Umbralis, ni las defensas automatizadas que solían proteger los búnkeres del Consejo. Solo había errores de sistema.
A unos metros a su derecha, Zerek vio un fenómeno que desafiaba cualquier lógica biológica o física. Un árbol, o lo que parecía ser la estructura de uno, crecía hacia abajo. Sus ramas, desprovistas de hojas y con una textura similar al metal oxidado, se hundían en un suelo que se volvía translúcido en ese punto exacto, mientras que sus raíces se elevaban hacia el cielo gris, retorciéndose como dedos que buscaban desesperadamente algo a lo que aferrarse en la nada.
Un poco más allá, una corriente de agua —o un líquido que imitaba perfectamente el agua— fluía en un círculo perfecto de tres metros de diámetro, levitando a medio metro del suelo. El líquido giraba perpetuamente sin salpicar ni evaporarse, desafiando la gravedad y la inercia, emitiendo un zumbido de baja frecuencia que vibraba directamente en los dientes de Zerek.
Todo en el Nexo Gris gritaba que el sistema de Vaelen estaba haciendo un esfuerzo computacional sobrehumano por mantener esa zona unida. Era el pegamento de Altheria, el código fuente que sostenía la existencia de los tres continentes, pero los recursos se estaban agotando. El mundo estaba “glitcheando”, rompiéndose en sus costuras más básicas.
—Vaelen —dijo Zerek al vacío gris, su voz cargada de un cansancio que iba más allá de lo muscular. Era fatiga existencial—. Sé que estás mirando. Sé que este es tu patio trasero, el lugar donde guardas las herramientas que ya no usas. Deja de esconderte tras los fallos de renderizado y da la cara.
No hubo respuesta física inmediata. No hubo proyecciones holográficas ni voces de ultratumba en el aire. Sin embargo, en el horizonte monótono, algo cambió drásticamente. Una fina línea de escarcha blanca, brillante y perfecta, comenzó a avanzar hacia él desde el cuadrante que representaba el norte geográfico.
La escarcha no se extendía de forma natural, como el hielo que se forma sobre un charco; avanzaba congelando la ceniza gris con una precisión geométrica absoluta, creando fractales de hielo que parecían tallados por un arquitecto obsesivo.
Zerek sintió un frío repentino, un descenso térmico tan violento que hizo que su aliento se cristalizara en el aire antes de que pudiera exhalarlo por completo. Su brazo derecho reaccionó violentamente, el color violeta brillando con la intensidad de una alarma de proximidad.
—Hielo —susurró Zerek, sus labios entumecidos—. Natsumi.
Reconoció esa firma de energía de inmediato. Era la misma que había sentido en los informes filtrados de Glaciem, la misma de la que Damien le había advertido a través de los mensajes cifrados de “ruido ambiental” en Avaloria. Era una energía que no buscaba la destrucción caótica, sino la detención absoluta. Era la Preservación en su estado más puro, más desesperado y más peligroso.
Zerek se puso en pie, haciendo crujir sus articulaciones. Dejó que el Deterioro verde envolviera su mano izquierda como un guante de energía corrosiva. Sabía que ella estaba cerca, pero también sabía que en este lugar, bajo la mirada omnipotente del Supervisor, cualquier encuentro era una colisión potencial de masas críticas. En el Nexo Gris, las intenciones no importaban; solo importaba el choque de los vectores.
El suelo bajo sus pies comenzó a vibrar con un ritmo sordo, como el motor de una fábrica subterránea. La línea de escarcha se detuvo abruptamente a escasos tres metros de él, formando una barrera de cristales afilados que parecían cuchillas de diamante. De la bruma grisácea del fondo, una silueta empezó a materializarse con una lentitud tortuosa.
No era una sombra rápida y escurridiza como la de Erwan, ni una mole de poder desbordante como la suya propia. Era una figura pequeña que parecía llevar el peso de un continente entero sobre sus hombros. Natsumi avanzaba, pero su caminar era pesado, carente de la elegancia que solía caracterizar a la “consentida” de la clase. Estaba exhausta. Su túnica estaba desgarrada por el frío extremo y sus ojos, al encontrarse con los de Zerek, no mostraron alivio, sino una guardia feroz y defensiva.
Zerek no bajó la mano.
El verde de su palma siseaba al contacto con el aire gélido que ella emanaba. En el Nexo Gris, nada era lo que parecía, y el sistema solía proyectar espejismos para que las piezas se eliminaran entre sí antes de llegar al núcleo.
—Si eres tú, “consentida”, mejor que hables antes de que intente desintegrar este bloque de hielo en el que te escondes —gritó Zerek, aunque su propia agresividad se sentía vacía en ese entorno muerto.
La figura se detuvo. El silencio volvió a reinar, pero ahora era un silencio diferente. Era un silencio expectante, cargado de la tensión superficial de una gota de agua a punto de caer. Era el breve momento de calma antes de que tres fuerzas de la naturaleza, diseñadas meticulosamente por un Consejo de siglos para anularse mutuamente, descubrieran que el tablero en el que jugaban estaba a punto de romperse bajo sus pies.
Zerek Noctis, el mercenario que solo deseaba su libertad al precio del caos, y Natsumi, la chica que solo deseaba proteger la estructura del mundo al precio de su propia alma, estaban finalmente cara a cara.
Al mirar sus propias manos, Zerek notó con horror que los bordes de sus dedos se veían ligeramente borrosos, con píxeles de realidad desprendiéndose de su piel. Sus recuerdos de la Tierra, de la escuela secundaria, del rostro de sus padres, se sentían como archivos corruptos en una base de datos dañada; sabía que estaban allí, pero el acceso le estaba siendo denegado por el propio entorno.
“No interfieran demasiado”, le había advertido el Observador en Avaloria.
Zerek apretó los dientes, sintiendo una furia fría que superaba al hielo de Natsumi. Si el sistema estaba fallando tanto que ni siquiera podía renderizar un cuerpo humano con nitidez, entonces Vaelen no era un dios. No era un arquitecto infalible.
Era simplemente un administrador desbordado, un hombre atrapado en un bucle de lógica que ya no podía contener la voluntad de aquellos a quienes intentaba procesar.
Natsumi dio un paso al frente, rompiendo el círculo de escarcha. El hielo bajo sus pies crujió, el único sonido real y orgánico en kilómetros de desierto gris.
—Zerek… —dijo ella. Su voz era un hilo frágil, pero cargado de una autoridad que el Nexo Gris no podía silenciar—. No estamos aquí para luchar.
—Dile eso a la frecuencia que emite tu brazo —respondió Zerek, aunque empezó a retraer la energía verde—. En este lugar, nuestras intenciones son lo de menos. Lo que importa es lo que nuestras energías le hacen al sistema.
Natsumi miró a su alrededor, viendo el árbol invertido y el agua circular. Sus ojos se abrieron con una mezcla de terror y comprensión técnica. Ella, más que nadie, entendía lo que significaba la preservación, y lo que veía aquí era la muerte de la estructura.
—El mundo se está apagando, Zerek. Y nosotros somos las últimas luces que quedan antes de la oscuridad total.
La Fase I de la Aproximación acababa de concluir. El reencuentro no trajo calidez, solo la confirmación de que el terreno de juego era una fosa común de leyes físicas. Y mientras ambos se miraban, una tercera sombra, una mancha de oscuridad más negra que el gris del cielo, comenzó a deslizarse por el suelo, acercándose desde el este. Erwan estaba llegando.
La convergencia de los tres Catalizadores estaba completa en su primer estadio. El Ciclo 49 estaba entrando en su fase crítica, y el Supervisor, desde su trono de datos en el centro del Nexo, comenzó a sonreír. Las piezas estaban finalmente donde debían estar.
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