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Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 58

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Capítulo 58: Rastros De Hielo

Ubicación: El Nexo Gris – Sector de Baja Resonancia,Hora: Nula (La cronología se ha fragmentado en bucles de estática)

Zerek Noctis se detuvo en seco. Sus botas, pesadas y cubiertas por el fino polvo de ceniza digital del Nexo Gris, quedaron ancladas frente a una anomalía que no encajaba con la uniformidad monocromática de aquel desierto de datos.

El silencio allí era una entidad física, pero de repente, un sonido nuevo comenzó a filtrarse por las grietas de la realidad: un tintineo cristalino, agudo y melódico, como si miles de campanas de cristal se estuvieran rompiendo al unísono a kilómetros de distancia.

En el suelo, extendiéndose desde un punto de origen invisible hasta un horizonte que se curvaba de forma antinatural hacia arriba, había una hilera de huellas. Pero no eran simples marcas de presión en la ceniza.

Cada pisada estaba cristalizada en un hielo de un azul tan intenso y profundo que parecía herir la vista en aquel mundo de grises muertos. El hielo no se derretía; al contrario, parecía ser una estructura depredadora que estaba “bebiendo” la estática del ambiente para crecer. De los bordes de cada huella brotaban pequeñas flores de escarcha, fractales perfectos que vibraban con una luz interna propia.

—Natsumi —murmuró Zerek.

El nombre de su antigua compañera de clase sonó extraño en sus labios, una reliquia de un pasado que se sentía como la vida de otra persona. No era solo una deducción visual basada en el elemento; su brazo derecho, marcado por la Sincronicidad violeta, comenzó a arder con un frío seco y punzante que le subía por el hombro hasta la base del cráneo. Era una señal de proximidad rúnica de grado militar. El sistema le estaba gritando en el lenguaje del dolor que la Unidad de Preservación V-01 estaba allí, compartiendo sus coordenadas lógicas.

Zerek comenzó a correr. Al principio, sus movimientos eran torpes. En el Nexo Gris, la inercia era una variable que el Consejo ajustaba a su antojo para evitar que las piezas se movieran con demasiada libertad. Se sentía como si estuviera atravesando una masa de melaza invisible. Cada zancada requería un esfuerzo hercúleo, como si el espacio mismo se resistiera a ser desplazado por su masa física.

—¡Natsumi! —gritó, su voz proyectándose hacia una densa bruma de píxeles que flotaba frente a él—. ¡Sé que estás ahí! ¡Detente!

◇◇◇

La Paradoja de la Distancia Euclidiana

Zerek aceleró el paso, ignorando el dolor en sus pulmones que ardían con el aire gélido que emanaba del rastro. Podía ver las huellas con una claridad insultante; estaban frescas, emitiendo ese vapor azulado y pesado que caracterizaba la magia de la “consentida”. Incluso llegó a creer que veía, por un breve instante entre la niebla de datos, el ondeante cabello oscuro y la capa blanca de la chica desapareciendo tras una formación de prismas de cristal que se retorcían en el aire.

Sin embargo, ocurrió lo imposible. Cuanto más rápido corría Zerek, más se alejaban las huellas. No era una cuestión de velocidad física; Natsumi no estaba corriendo más rápido que él. Lo que estaba ocurriendo era que el espacio entre ambos se estaba expandiendo de forma elástica, una dilatación métrica controlada. Por cada metro que Zerek avanzaba hacia el norte, el suelo bajo sus pies se estiraba dos metros en la dirección opuesta, manteniéndolo en una persecución perpetua.

Era una tortura lógica diseñada por una mente matemática. Estaba viendo el rastro de alguien que estaba físicamente “ahí”, en el mismo plano, pero que habitaba en una frecuencia de realidad ligeramente desfasada. Eran dos fantasmas intentando tocarse en una habitación llena de espejos deformantes.

Zerek se detuvo, jadeando, con el sudor congelándose instantáneamente en su frente. Se arrodilló, exhausto, y tocó una de las huellas de hielo con su mano izquierda, la mano del fuego verde del Deterioro.

Al contacto, ocurrió una reacción violenta.

El hielo azul y el fuego verde no se anularon de forma pacífica. Al ser dos energías de Catalizador opuestas en un entorno de baja estabilidad, se repelieron con la fuerza de un imán de polaridad idéntica. Una explosión de estática violeta lanzó a Zerek cinco metros hacia atrás, golpeándolo contra un pilar de cristal que no estaba allí un segundo antes.

—Maldita sea… —gruñó Zerek, escupiendo un hilo de sangre y mirando su mano izquierda, que ahora humeaba con un vapor negro—. Estamos en la misma celda de castigo, pero en diferentes dimensiones. Vaelen, eres un hijo de perra ingenioso.

Zerek no podía verlo, pero a escasos “centímetros” lógicos de él, Natsumi estaba experimentando la misma agonía. Ella veía rastros de ceniza quemada y llamas verdes que serpenteaban por el suelo, marcando el paso errático de Zerek. Ella gritaba su nombre, pero su propia magia de preservación creaba una cúpula de silencio que aislaba su voz. Estaban superpuestos, como dos fotogramas de una película que el proyeccionista se niega a alinear.

◇◇◇

La Atalaya del Supervisor: El Ojo de Vaelen

Mientras Zerek luchaba contra la geometría no euclidiana del Nexo, no estaba tan solo como creía. A kilómetros de altura, en una capa de realidad de “alta prioridad” que no sufría las distorsiones del suelo, una presencia observaba el drama con una calma gélida y analítica.

Vaelen, el Supervisor del Consejo de los Siete, permanecía de pie en una plataforma de luz sólida que flotaba en el vacío superior del Nexo. Su vestimenta era impecable, un uniforme blanco y dorado que no tenía una sola mota de la ceniza que cubría a sus sujetos. Frente a él, decenas de pantallas holográficas se desplegaban en un arco de 360 grados, mostrando flujos constantes de datos: ritmo cardíaco, saturación de maná, niveles de estrés cortical y, lo más importante, la Tasa de Resonancia.

—La resonancia entre el V-03 y la V-01 ha alcanzado el 68% —informó una voz sintética que emanaba de la propia plataforma—. Si el contacto físico ocurre en este sector, la inestabilidad del Nexo Gris podría provocar una fractura de fase. El continente de Glaciem perdería el 12% de su masa estructural en menos de tres segundos.

Vaelen no respondió de inmediato. Se ajustó un guante de seda y observó la imagen de Zerek en la pantalla principal. El mercenario estaba golpeando el suelo con el puño, frustrado por la imposibilidad de alcanzar a Natsumi. En los ojos de Vaelen no había odio, ni sadismo, ni siquiera triunfo. Había la curiosidad distante de un entomólogo observando a un escarabajo atrapado en una caja de Skinner.

—Déjalos que se busquen —dijo finalmente Vaelen. Su voz era suave, casi melódica, poseyendo una autoridad que parecía dictar las leyes de la física—. El hambre de reencuentro es el combustible más eficiente que tenemos en este ciclo. Cuanto más deseen tocarse, más energía de fricción generan para el sistema. El Nexo no se alimenta de su odio, se alimenta de su necesidad de conexión no resuelta.

—Señor, el sujeto Erwan (V-02) está intentando realizar una incursión lateral —advirtió la voz del sistema—. Está utilizando la frecuencia de sombra para ocultar su vector de las cámaras de lógica. Está buscando el punto de intersección de los otros dos.

Vaelen sonrió levemente, una expresión mecánica que no llegaba a iluminar sus ojos.

—Erwan siempre fue el alumno aventajado. Cree que si encuentra la grieta en el código, podrá sacarlos de aquí. No comprende que sus esfuerzos por “liberarlos” son exactamente lo que está tensando los nudos del ritual de Convergencia Cero. Cada byte que intenta hackear es un bit más de poder que el sistema extrae de su propia alma.

Vaelen extendió una mano hacia el holograma de la zona donde Zerek corría. Con un gesto elegante de sus dedos, como si estuviera ajustando un ecualizador, alteró un valor en la consola de “Probabilidad de Encuentro”.

Abajo, en el Nexo, el rastro de hielo azul que Zerek estaba siguiendo con tanta desesperación se bifurcó de repente en mil direcciones diferentes, creando un laberinto de señales térmicas falsas que llenaron el horizonte.

—Que corran —susurró Vaelen, su figura reflejada en el cristal de la pantalla—. Que se agoten buscando sombras de lo que una vez fueron. Cuando finalmente lleguen al centro, estarán tan desesperados por un contacto real que el choque de sus energías será lo suficientemente violento como para alimentar diez ciclos de Sincronicidad más. El orden requiere el caos de la esperanza para renovarse.

◇◇◇

El Laberinto de los Espejismos Sensoriales

Zerek se puso en pie, tambaleándose. Ahora estaba rodeado por una red de huellas de hielo que aparecían y desaparecían en todas las direcciones, como un parpadeo de una pantalla de televisión mal sintonizada.

El aire, antes silencioso, comenzó a llenarse de un murmullo constante, una superposición de voces que Natsumi había emitido en diferentes momentos de su vida.

—Zerek… por favor, ayúdame, hace frío… —decía un susurro a su derecha, con la voz de la Natsumi que conoció en la escuela.

—Zerek, eres un monstruo, ¿por qué destruyes todo? —decía otro a su izquierda, con la voz cargada de juicio de la Natsumi de Glaciem.

Él apretó los dientes, sintiendo que la cabeza le iba a estallar. Sabía que eran simulaciones de baja fidelidad. Sabía que Vaelen estaba escarbando en su subconsciente para extraer los archivos de memoria y proyectarlos como armas psicológicas.

Pero el ardor en su brazo violeta no mentía. Había una señal real oculta entre la estática. Natsumi estaba allí, en alguna parte de esa sopa de datos.

Zerek cerró los ojos. Dejó de confiar en sus sentidos físicos, que estaban siendo engañados por la arquitectura del Nexo. Dejó de buscar el hielo azul con los ojos. En su lugar, se concentró en la presión que sentía en su pecho, ese vacío doloroso que solo aparecía cuando otro Catalizador estaba cerca. Era una atracción gravitatoria, una necesidad biológica de equilibrio.

Caminó lentamente, ignorando los gritos de ayuda falsos y los espejismos de escarcha que intentaban desviarlo hacia las trampas de lógica del suelo. Se dirigió hacia un punto donde la ceniza gris parecía estar volviéndose líquida, disolviéndose en una negrura absoluta. Allí, la presencia de Natsumi era tan fuerte que podía oler el perfume floral que ella solía usar en la Tierra antes de que todo esto empezara; un detalle tan pequeño, tan humano y tan fuera de lugar que le dolió más que cualquier herida de batalla.

—Natsumi… —murmuró, extendiendo su mano hacia el vacío.

Por un segundo, la interferencia cesó. Sus dedos rozaron algo que no era aire. No fue carne firme, ni la tela de una capa. Fue una chispa de energía pura, un choque eléctrico de alta tensión que iluminó el Nexo Gris con un destello violeta cegador que pudo verse desde los tres continentes.

Zerek vio el rostro de Natsumi por un microsegundo: estaba a menos de un metro de él, pero su imagen vibraba como si estuviera bajo el agua. Tenía los ojos rojos de tanto llorar, llenos de una soledad tan profunda que hacía que el desierto de ceniza pareciera acogedor. Ella también extendía su mano, con los dedos a milímetros de los suyos.

—¡Zerek! —gritó ella, y por primera vez, él escuchó su voz real, no una grabación.

Pero en el instante en que sus dedos iban a entrelazarse, el sistema reaccionó. Una alarma silenciosa recorrió el Nexo. El espacio entre ellos se plegó violentamente, como si una mano gigante hubiera tirado de una alfombra. Natsumi fue lanzada hacia atrás por un vector de fuerza invisible, desapareciendo en una cascada de píxeles azules mientras gritaba su nombre una última vez.

Zerek cayó de rodillas, con la mano izquierda humeante y el brazo derecho entumecido.

El rastro de hielo había desaparecido.

El perfume floral fue reemplazado por el olor a ozono y metal quemado. El silencio regresó, pero ahora no era solo un vacío de sonido; era una burla.

Había detectado la señal. Había sentido su calor y su miedo.

Pero el sistema le había recordado la regla fundamental de la Fase I: en el Nexo Gris, estar cerca es simplemente la forma más cruel de estar solo.

Zerek Noctis se quedó solo en la inmensidad del gris, una mota de polvo en un servidor infinito. Miró hacia arriba, hacia el cielo falso, y por un momento juró que podía sentir la mirada satisfecha de Vaelen sobre él. El juego de la Fase I continuaba, y los protagonistas estaban empezando a entender que su mayor enemigo no era el Consejo, sino la imposibilidad física de volver a ser humanos juntos.

Zerek se puso en pie, sus ojos brillando con un odio renovado que el Deterioro comenzó a alimentar. Si no podía tocarla, entonces quemaría el sistema hasta que no quedara ningún lugar donde esconderse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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