Fragmentos De Otro Mundo - Capítulo 7
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7: Separados Pero Vivos 7: Separados Pero Vivos Día 6, 6:34 AM – Playa Norte Zerek no había dormido.
Había pasado toda la noche reforzando las defensas, expandiendo su perímetro de deterioro, asegurándose de que los quince estudiantes bajo su protección no murieran mientras dormían.
Erwan estaba a su lado, igual de exhausto, con sombras todavía fluyendo de sus manos mientras reparaba una sección de muro que un monstruo había dañado antes del amanecer.
—Tenemos que encontrarlos —dijo Zerek en voz baja, mirando hacia la jungla oscura.
—Lo sé —Erwan no dejó de trabajar—.
Pero no podemos abandonar a estos quince.
La mayoría no tiene poderes.
Si nos vamos… —Mueren —terminó Zerek con amargura—.
Lo sé.
Pero Bran está ahí afuera.
Natsumi también.
Steven.
¿Y si están heridos?
¿Y si necesitan ayuda?
—Bran es el Despertado más fuerte que tenemos.
Steven puede convertirse en un dragón literal.
Natsumi congeló a veinte monstruos ella sola hace dos días —Erwan finalmente se detuvo y miró a Zerek—.
Ellos pueden cuidarse solos.
Estos quince no.
Zerek sabía que tenía razón.
Pero eso no hacía que doliera menos.
—¿Y si no sobrevivieron la estampida?
—preguntó en voz baja.
Erwan puso una mano en su hombro.
—Entonces los vengaremos.
Pero hasta que sepamos con certeza, asumimos que están vivos.
Porque la alternativa… No terminó la frase.
No necesitaba hacerlo.
Un grito interrumpió el momento.
—¡Hay alguien acercándose!
Ambos se pusieron en alerta instantáneamente.
De la jungla emergió una figura.
No un monstruo.
Un humano.
Una chica de segundo año —Aiko Tanaka— corría con una cojera pronunciada.
Sangre goteaba de un corte en su frente.
—¡Ayuda!
—gritó—.
¡Por favor, hay más detrás de mí!
¡Nos están persiguiendo!
Zerek y Erwan se miraron durante una fracción de segundo.
Luego actuaron.
Erwan extendió sombras hacia la jungla, creando una red de oscuridad que ralentizaría lo que fuera que la perseguía.
Zerek corrió hacia Aiko, ayudándola a cruzar el perímetro antes de que colapsara.
—¿Cuántos más?
—exigió Zerek.
—Siete —Aiko tosió—.
Siete más.
Todos heridos.
Los monstruos… nos emboscaron anoche.
Éramos diecisiete.
Perdimos a diez.
—¿Dónde están los otros siete?
—Treinta metros detrás.
Yo… yo soy la más rápida.
Vine a buscar ayuda.
Erwan ya se estaba moviendo.
—Cubro el rescate.
Zerek, mantén el perímetro.
—Espera, no puedes ir solo— —No tenemos opción —Erwan miró hacia atrás—.
Si ambos vamos, ¿quién protege a los que ya están aquí?
Antes de que Zerek pudiera protestar, Erwan se disolvió en sombras y desapareció en la jungla.
Zerek maldijo en voz baja.
—Idiota temerario…
Pero confiaba en él.
Tenía que hacerlo.
Día 6, 6:47 AM – Jungla, 30 metros al norte Erwan encontró a los siete.
Estaban rodeados por cinco monstruos: criaturas parecidas a hienas, pero del tamaño de caballos, con mandíbulas que goteaban ácido.
Los siete estudiantes estaban espalda con espalda.
Dos tenían poderes: uno disparaba pequeñas bolas de fuego; el otro creaba escudos de tierra.
Los otros cinco solo tenían palos y rocas.
Estaban perdiendo.
Erwan no anunció su llegada.
Simplemente atacó.
Sombras erupcionaron desde el suelo bajo los monstruos, formando estacas afiladas que atravesaron a tres de ellos antes de que pudieran reaccionar.
Los otros dos se giraron hacia él.
Erwan sonrió sin humor.
—Mal movimiento.
Sus manos se convirtieron en hojas de sombra pura.
Se movió como un fantasma, esquivando las mandíbulas que intentaban atraparlo, cortando tendones, cercenando gargantas.
En quince segundos, los cinco monstruos estaban muertos.
Los siete estudiantes lo miraban con una mezcla de alivio y temor.
—Erwan… Shadowend… —jadeó uno de ellos—.
Gracias.
Pensamos que íbamos a… —Pueden agradecerme cuando estén a salvo —Erwan señaló hacia la playa—.
Treinta metros al sur.
Zerek tiene un campamento fortificado.
Corran.
Ahora.
No esperó respuesta.
Ya estaba escaneando la jungla en busca de más amenazas.
Porque podía sentir algo.
Algo grande.
Algo que los observaba.
Las sombras a su alrededor se agitaron inquietas, respondiendo a su tensión creciente.
Y entonces lo vio.
Ojos.
Docenas de ellos.
Brillando en amarillo desde la oscuridad de la jungla densa.
No era un monstruo.
Eran veinte.
—Mierda.
Día 6, 7:15 AM – Playa Norte Zerek sintió la explosión de poder de Erwan antes de verla.
Una columna de oscuridad erupcionó desde la jungla, visible incluso desde la playa.
—No, no, no… —Zerek comenzó a correr hacia allí.
—¡Zerek, espera!
—gritó uno de los estudiantes—.
¡No puedes dejarnos!
Zerek se detuvo, dividido entre dos lealtades imposibles.
Entonces vio a Erwan emerger de la jungla.
Estaba cubierto de sangre.
No la suya.
Arrastraba a dos estudiantes inconscientes, uno en cada brazo.
Detrás de él, los otros cinco corrían con terror en el rostro.
Y detrás de ellos… La manada.
Veinte monstruos, todos persiguiendo —¡ZEREK!
—gritó Erwan—.
¡PERÍMETRO!
¡AHORA!
Zerek no vaciló.
Golpeó el suelo con ambas manos.
Su poder de deterioro explotó hacia afuera en un círculo perfecto de treinta metros de diámetro.
El suelo se pudrió instantáneamente.
Los árboles se desintegraron.
La vegetación se convirtió en polvo.
Creando una zona muerta absoluta entre la playa y la jungla.
Los monstruos que pisaron esa zona comenzaron a pudrirse desde las patas hacia arriba.
Aullaron.
Intentaron retroceder.
Pero el deterioro ya estaba en ellos, extendiéndose como una plaga.
En cuarenta segundos, los veinte monstruos eran montones de carne descompuesta.
Erwan cruzó el perímetro justo antes de que Zerek lo activara, dejando caer a los dos inconscientes con cuidado antes de colapsar de rodillas.
—Eso… fue demasiado cerca… —jadeó.
—Idiota —Zerek lo ayudó a ponerse de pie —.
Te dije que no fueras solo.
—Y te dije que alguien tenía que quedarse —Erwan sonrió débilmente—.
Mira.
Veintitrés supervivientes ahora.
No está mal.
Zerek quería estar enojado.
Pero no podía.
Porque Erwan tenía razón.
Habían salvado a ocho más.
En una isla donde cada vida importaba, eso era una victoria.
—Veintitrés —repitió Zerek—.
Bien.
Ahora solo tenemos que mantenerlos vivos hasta el Día 15.
—Nueve días más —Erwan miró hacia el horizonte—.
¿Crees que Bran sigue vivo?
—Tiene que estarlo —respondió Zerek, con más confianza de la que sentía—.
Porque si él murió, ¿quién nos va a sacar de esta pesadilla?
Día 6, 8:02 AM – La Mazmorra, Nivel Dos Bran y las cinco chicas habían descansado cuatro horas.
No era suficiente.
Pero era lo que tenían.
Ahora estaban parados al inicio del Nivel Dos, mirando el corredor que descendía en la oscuridad.
Era diferente del Nivel Uno.
Las paredes aquí no brillaban con cristales.
En cambio, antorchas de fuego azul ardían en soportes de hierro negro, creando sombras danzantes que parecían moverse con vida propia.
—Este nivel se siente… más oscuro —murmuró Hana.
—Porque lo es —Selene tenía esa mirada distante que significaba que su poder de Calamidades estaba activo—.
Puedo sentir peligro más intenso aquí.
Múltiples fuentes.
Y algo… grande.
Al final.
—¿El jefe?
—preguntó Rei.
—Probablemente.
Bran comprobó el arma que había sacado del cofre del Nivel Uno.
Era una daga.
Simple en apariencia, pero hecha de un metal que parecía absorber la luz.
Cuando la blandía, el espacio alrededor de la hoja se distorsionaba ligeramente.
Clase Divina: Segadora del Vacío.
Corta el espacio mismo.
Las otras también habían recibido ítems del cofre del Nivel Uno: Natsumi: Guantes de cristal de hielo eterno.
Amplificaban su poder de hielo diez veces.
Selene: Un anillo que brillaba en rojo.
Le permitía no solo sentir calamidades, sino dirigirlas hacia objetivos específicos.
Yuki: Brazaletes de viento.
Sus ráfagas ahora podían cortar acero.
Hana: Semillas de plantas míticas.
Crecimiento instantáneo, control absoluto.
Rei: Collar que almacenaba electricidad.
Podía liberarla toda de golpe en un ataque masivo.
Seis ítems de Clase Divina y Mítica.
Y solo era el Nivel Uno.
—¿Listos?
—preguntó Bran.
Cinco cabezas asintieron.
Entraron al corredor.
Habían caminado apenas diez metros cuando las paredes comenzaron a moverse.
No hacia ellos.
Se extendían, alargando el corredor, creando múltiples bifurcaciones que no habían estado allí un segundo antes.
—¿Un laberinto?
—Yuki miró alrededor con frustración—.
Por supuesto.
Porque los gólems no fueron suficientes.
—Manténganse juntos —ordenó Bran.
Extendió su sentido espacial, intentando mapear el laberinto.
Pero era extraño.
El espacio aquí no seguía reglas normales.
Corredores que deberían conectar no lo hacían.
Las distancias cambiaban constantemente.
—Este lugar está vivo —comprendió Natsumi—.
No es solo un laberinto.
Es un laberinto que se reescribe constantemente.
Un rugido resonó desde las profundidades.
Luego otro.
Y otro.
—Compañía —murmuró Rei, con electricidad chispeando en sus dedos.
De los corredores laterales comenzaron a emerger.
No gólems esta vez.
Lobos.
Hechos de sombra sólida.
Ojos carmesí.
Garras que goteaban oscuridad que corroía la piedra.
—Cuenta —ordenó Bran.
—Veinticuatro —respondió Selene—.
Y más viniendo.
—Formación defensiva.
Espalda con espalda.
Protéjanse mutuamente.
Día 6, 8:34 AM – Batalla en el Laberinto El combate era caótico.
Bran cortaba con la Segadora del Vacío y los lobos simplemente dejaban de existir donde la hoja tocaba.
Natsumi creaba muros de hielo que los lobos destrozaban, pero cada vez que lo hacían, los fragmentos explotaban en esquirlas que los perforaban.
Rei lanzaba rayos que freían a dos o tres lobos por disparo.
Yuki usaba viento para empujar lobos hacia trampas que Hana creaba: enredaderas que crecían en segundos, atrapando y estrangulando.
Y Selene… Selene simplemente señalaba.
Y donde señalaba, las calamidades ocurrían.
El suelo se agrietaba bajo un lobo, tragándolo.
Una antorcha caía sobre otro, prendiéndolo en llamas azules.
Un tercer lobo tropezaba justo cuando otro saltaba, chocando y noqueándose mutuamente.
Su poder había evolucionado.
Ya no solo predecía desastres.
Los causaba.
En cinco minutos habían eliminado a treinta y dos lobos.
Pero seguían viniendo.
—¡Esto no termina!
—gritó Yuki, cortando a otro con una hoja de viento.
—Porque estamos en su territorio —analizó Bran—.
Los lobos se regeneran desde las sombras del laberinto.
Mientras estemos aquí, son infinitos.
—¿Entonces qué hacemos?
—preguntó Hana.
—Avanzamos —Bran señaló hacia adelante —.
Encontramos el centro del laberinto.
Matamos lo que esté allí.
Y el laberinto colapsa.
—¿Cómo sabes eso?
—No lo sé —admitió Bran—.
Pero es lo que haría yo si diseñara una mazmorra.
—Lógica de videojuego —murmuró Rei—.
Espero que funcione.
Avanzaron luchando con cada paso.
El laberinto se retorcía a su alrededor, intentando separarlos, pero Bran usaba su control espacial para anclar al grupo, manteniéndolos juntos sin importar cómo cambiara la geometría.
Después de veinte minutos de combate constante, llegaron.
Una cámara circular.
Enorme.
Con un techo tan alto que se perdía en la oscuridad.
Y en el centro… Un lobo.
Pero no como los otros.
Medía seis metros de altura sobre cuatro patas.
Su pelaje era oscuridad pura, moviéndose como humo.
Tres colas se extendían desde su lomo, cada una terminando en una cuchilla de sombra.
Y sus ojos… Seis ojos.
Brillando en carmesí como estrellas moribundas.
La voz mecánica resonó: JEFE DE NIVEL DOS: FENRIR DE LAS SOMBRAS ETERNAS.
DERROTEN PARA PROCEDER.
El lobo gigante los miró.
Y rugió.
—Bien —Bran giró su daga—.
Vamos a hacer esto.
Fenrir atacó.
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