FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 1
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1: Capítulo 1 – Otro día normal en Darsalia 1: Capítulo 1 – Otro día normal en Darsalia FRAGMENTS OF WILL Capítulo 1 – Otro día normal en Darsalia —Érase una vez un mundo sin murallas.
Los humanos vivían en cuevas, en pequeños clanes.
Cazaban, recolectaban, temblaban.
No tenían depredador natural, así que la Madre Naturaleza creó uno.
Los hizo de la sustancia más oscura de su corazón.
Los hizo de miedo.
Hasta que nacieron ellos.
Los Siete Campeones de la Humanidad.
Valdris el Fuerte.
Elyra la Veloz.
Morvan el Sabio.
Sera la Valiente.
Aldric el Justo.
Veyla la Silenciosa.
Y Darsaly.
Darsaly no era guerrero.
Era artesano.
Forjaba herramientas, armas, hogares.
Mientras los demás cazaban sombras, él construía refugios.
Un día, las sombras lo encontraron.
Lo rodearon.
Mostraron dientes.
Darsaly no huyó.
Se arrodilló.
Clavó su martillo en la tierra.
Y de la tierra, brotó luz.
No mató a las sombras.
No podía.
Las sombras no mueren.
Pero podía contenerlas.
Construyó la primera muralla.
No de piedra.
De voluntad.
De esperanza.
De la negativa a ser olvidado.
Detrás de esa muralla, una ciudad creció.
La llamaron Darsalia, en su honor.
Los Campeones ganaron la guerra.
Pero la batalla…
la batalla la libra cada persona, cada día, en su propio corazón.
Y por eso, el mayor enemigo no es el que viene de fuera.
Es el que susurra dentro de tu cabeza que no puedes, que no vales, que no tiene sentido intentarlo.
—* El niño cerró el libro.
—¿Y cómo acaba?
—preguntó.
La voz que respondió no era la de un adulto.
Era más antigua.
Más fría.
Una voz que no debería estar en una habitación de niños.
—No acaba.
Solo espera.
El niño levantó la vista.
Y vio algo que no debería ver.
Una figura recortada contra la penumbra.
Ojos que no eran ojos.
Una sonrisa que no era una sonrisa.
—Pero tú…
—la voz se hizo más baja, más íntima, más cruel—.
Tú no eres como los demás, ¿verdad, Kairós?
El niño no respondió.
No podía.
—Kairós es malo —continuó la voz, cantarina, como si saboreara cada palabra—.
Hurga en la mente de otras personas.
Escucha lo que no debería.
Mira donde no le llaman.
La figura se inclinó hacia él.
El frío aumentó.
—Ten cuidado.
Porque si sigues mirando al abismo y negando que existe…
Una pausa.
La sonrisa se ensanchó.
—…el abismo vendrá por ti algún día.
El niño quiso gritar.
Quiso cerrar los ojos.
Pero no podía.
Solo podía sentir el frío.
El frío creciendo.
Expandiéndose.
Llenándolo todo.
—* El frío lo despertó.
No el frío de una presencia en la habitación.
Ese era el frío de una caricia helada, de un secreto susurrado al oído.
Este era un frío mezquino.
Terrenal.
El frío de los tablones del suelo contra su mejilla.
Kairós jadeó.
El aire se le atragantó—no, no era el aire.
Era algo dentro del aire.
Una presión.
Como si la advertencia de ese sueño aún ocupara espacio en su pecho, empujando los pulmones contra las costillas.
Había estado allí.
Lo había sentido.
La voz.
La sonrisa.
Las palabras.
Kairós es malo.
Hurga en la mente de otras personas.
El abismo vendrá por ti.
Ahora estaba aquí.
Tirado en el suelo de su taller.
Parpadeó.
La luz grisácea del amanecer se filtraba por la ventana sucia—rayas de polvo bailando en los haces.
El olor a aceite de máquina y metal viejo reemplazó al olor a nada.
El zumbido lejano de los Pulmones de Condensación—ese jadeo rítmico y eterno de la ciudad, como si Darsalia entera fuera un paciente con respiración asistida—ahogó el eco de esa voz antigua.
Un espasmo le recorrió el brazo.
Un tic nervioso.
Nada más.
Pero la huella permaneció.
Alguien había susurrado su nombre en el lugar más profundo de su mente.
Y el eco no se iba.
Y por un momento, solo un momento, le pareció sentir el contorno de otra presencia dentro de él.
Como una semilla.
Esperando.
Se tocó la mejilla.
Húmeda.
Lágrimas.
Las observó un segundo.
El pavor de un animal que despierta junto a su propio cadáver.
La puerta chirrió.
—Normalmente eres tú el que me tira café encima para despertarme.
La voz de Leinett fue un cuchillo cortando el cordón umbilical que aún lo unía al sueño.
Kairós sintió el corte en el estómago—un vacío repentino, como si algo se hubiera roto.
—¿Otra vez resaca metafísica?
—dijo ella.
El tono era cansado, pero había algo más.
Una tensión que no terminaba de disimular.
Como quien bromea para no preguntar.Pero no era una resaca.
Lo sabía.
Había algo en sus ojos que no le gustaba.
Algo que no podía nombrar Kairós no respondió.
Se quedó unos segundos más en el suelo, la mirada perdida en las vigas del techo.
La madera estaba agrietada.
Siempre lo había estado.
Pero ahora las grietas le parecían venas.
Como si el taller también respirara.
Como si todo respirara.
Y en el borde de su mente, un eco: el abismo vendrá por ti.
—Kairós.
Leinett se arrodilló a su lado.
Le puso una mano en el hombro.
Caliente.
Firme.
—¿Estás ahí?
Parpadeó.
Dos veces.
Tres.
—Sí —dijo.
La voz le salió ronca, como si hubiera estado gritando en sueños—.
Sí, estoy.
Ella no se movió.
Lo estudió un momento con esos ojos verdes que siempre veían demasiado.
—Soñé cosas raras —añadió él, por llenar el silencio.
—Ya.
—Leinett soltó el hombro y se incorporó.
Le tendió una mano para ayudarlo a levantarse—.
Se te nota.
Tienes cara de haber visto un fantasma.
Kairós cogió su mano y se puso en pie.
Los huesos protestaron—no, no protestaron.
Chillaron.
Como engranajes sin aceite.
El mundo se inclinó a la izquierda, recuperó el equilibrio, se inclinó otra vez.
El sueño se disolvió, pero la sensación de amenaza se aferró a sus costillas como un frío persistente.
Como si alguien lo estuviera observando desde alguna parte.
Esperando.
Necesitaba anclarse a lo tangible.
—El reloj de Holben —dijo, enderezándose.
Se sacudió el polvo de los hombros—un gesto inútil, pero los gestos inútiles a veces son los únicos que mantienen a uno cuerdo—.
Debemos llevarlo antes de que el ciclo de umbral haga imposible moverse.
Leinett arqueó una ceja.
Cruzó los brazos.
Apoyó el peso en una cadera—esa postura suya de “voy a discutir contigo aunque los dos sepamos que al final haré lo que dices”.
—¿Y mi café?
Porque despertarte del suelo cuenta como horas extra, Thornen.
—Te pagaré con la satisfacción del trabajo bien hecho.
—La satisfacción no paga el alquiler.
Pero ya se movía hacia el rincón donde esperaba el reloj de piso, encapsulado en su caja de madera.
Siete coronas de plata.
Eso sí pagaba el alquiler.
—Siete —asintió Kairós, agarrando su lado de la caja.
La madera estaba fría, pero no tanto como las monedas de los Galenos.
Nada lo estaba—.
Si no regatea.
—Si no le revisamos los engranajes otra vez gratis —completó ella.
Se miraron un segundo.
Una sonrisa pequeña, fugaz, cruzó la cara de Leinett.
Kairós sintió que algo en su pecho se aflojaba.
Solo un poco.
Solo un momento.
La calidez de ella, por un instante, alejó el frío.
Salieron a la calle.
El aire de Ferren los golpeó como una bofetada húmeda y caliente.
Espeso.
Dorado por el sulfuro de las fundiciones.
Kairós lo sintió en la garganta primero—una capa áspera, como si estuviera tragando arena fina.
Luego en los ojos: ese escozor leve que nunca terminaba de irse.
Un sabor metálico que se pegaba al paladar.
Aspiró hondo.
Cobre y resignación.
Cargaron el reloj calle abajo, abriéndose paso entre el flujo de peatones.
La gente se movía con la sincronización lenta y sombría de una maquinaria a punto de fallar.
Hombres con overoles manchados de grasa.
Mujeres con pañuelos en la cabeza, la mirada fija en el suelo.
Niños con ojos demasiado viejos para sus caras.
Kairós esquivó una mancha de óxido en la pared.
Por un microsegundo, mientras pasaba junto a ella, le pareció que latía.
Como si debajo de la herrumbre hubiera algo vivo, algo que respiraba al mismo ritmo que los Pulmones de Condensación.
Parpadeó.
Y era solo óxido.
A unos metros, en una esquina, una niña con gafas rotas estaba sentada en el suelo, rodeada de pequeños pájaros de metal.
Kairós pasó de largo.
No la vio.
O no quiso verla, al menos no aún.
—A la izquierda —indicó Leinett, esquivando un charco de líquido que brillaba con un color que no existía en la naturaleza—.
No quiero que se moje la mercancía.
—¿O no quieres que se te estropeen las botas nuevas?
—Un poco de ambas.
Prioridades.
Desde la puerta de una herrería, un hombre fornido con un delantal de cuero les gritó: —¡Eh, Relojero!
¡Esa caja parece más pesada que mi suegra!
—¡Solo porque tu suegra está llena de aire caliente, Brann!
—respondió Leinett al instante.
La voz le salió fácil, natural, como si el insulto llevara años esperando turno para salir.
Kairós ni siquiera giró la cabeza.
Conocía a Brann.
Conocía a todos en esta ruta.
La rutina era un escudo.
Una mujer mayor que vendía mechas y carburos junto a la acera les sonrió.
No era una sonrisa profesional—era genuina, cálida, de esas que arrugan los ojos.
—Buenos ciclos, maestro Thornen.
Mi lámpara ya no titila.
Gracias.
Kairós asintió.
Quiso decir algo más, pero las palabras no le salieron.
Solo un movimiento de cabeza, seco, preciso.
—Es su trabajo.
Que tenga un día estable, señora Elara.
La mujer se rió, como si hubiera dicho un chiste.
—¡Estable!
¡Eso me gusta de usted, relojero!
¡Siempre tan preciso!
Kairós no se rió.
Ajustó el agarre en la caja—los dedos ya le dolían un poco—y siguió caminando.
La precisión era lo único que lo mantenía a flote.
Un vendedor ambulante con la cara cubierta de hollín les ofreció su mercancía.
La voz le salía rota, como si tuviera engranajes en la garganta.
—Empanadas de nostalgia certificada.
Aprobadas por el consejo.
Sin picos emocionales.
—Hoy no —murmuró Leinett.
Apartó la mirada demasiado rápido.
—¡Es la especialidad de la casa!
—insistió el hombre.
Al hablar, escupió una sustancia amarillenta.
Las gotas se detuvieron en el aire medio segundo—como si el tiempo hubiera dudado—y luego se desvanecieron—.
Sentirá que extraña algo que nunca tuvo.
Kairós apretó el paso.
Sintió el tirón en los músculos de las piernas, el latido acelerándose en las sienes.
Al llegar a la Plaza de las Mareas, el espacio se abrió.
Un enorme reloj de sol de metal retorcido dominaba el centro, proyectando sombras que no terminaban de coincidir con la posición del sol.
Los edificios circundantes se inclinaban hacia la plaza como si una marea invisible los arrastrara—una ilusión óptica, decían los Galenos.
Siempre una ilusión óptica.
Una guardia los detuvo.
Sin mediar palabra, acercó el diafragma de un estetoscopio de latón a la caja del reloj.
Sus ojos, tras unas gafas ahumadas, no se veían.
Pero Kairós sintió el peso de su atención—fría, como la de un cirujano antes del corte.
—Latido irregular —murmuró.
Presionó el instrumento contra la madera, moviéndolo en círculos lentos.
La escuchaba a él, no al reloj—.
¿Declaran el contenido emocional del artefacto?
—Cero punto cero —respondió Kairós.
Voz plana.
La misma voz que usaba con todos ellos.
La voz que había aprendido a usar en tres años—.
Solo mecanismos y memoria inerte.
Encargo para el señor Holben.
La guardia asintió.
Anotó en su tablilla con un lápiz que chirriaba.
—Verificado.
Pueden proseguir.
Recuerden: la puntualidad es un síntoma de salud mental.
Siguieron caminando.
Y entonces Kairós lo sintió.
Una mirada.
No en la nuca.
Más adentro.
En algún lugar entre las costillas.
Como si alguien le hubiera apoyado un dedo helado directamente sobre el corazón.
Se giró.
Un niño, no mayor de siete años, estaba sentado en los escalones de una librería.
Tenía los ojos velados por una nube lechosa—ciegos, sí, ciegos.
Pero estaban clavados en él.
Kairós sintió el impacto en el estómago primero.
Como si esa mirada sin ojos fuera un puño.
Luego en la nuca: un cosquilleo eléctrico, el tipo de alerta que los animales sienten segundos antes de que algo los ataque.
No había lógica.
Un niño ciego en unos escalones.
Pero su piel decía otra cosa.Era como si, sin saber cómo, él mismo los estuviera llamando, como un faro en medio de la oscuridad.
El niño esbozó una sonrisa.
Minúscula.
Fugaz.
Un gesto que no pertenecía a un rostro infantil.
Los labios se curvaron hacia arriba con una lentitud que no era natural, como si el gesto requiriera instrucciones que el niño no terminaba de recordar.
Kairós parpadeó.
En ese parpadeo, por un instante, la nube lechosa de sus ojos se movió.
Como si algo, dentro de ellos, hubiera cambiado de posición para seguirlo mejor.
Luego el niño volvió a girar la cabeza.
Se puso a tararear una tonada que sonaba a engranajes rotos.
Kairós apretó el paso.
Las piernas le temblaban.
Tuvo que concentrarse en no tropezar.
—¿Qué miras?
—preguntó Leinett.
Mordisqueaba el borde de una moneda de plata—un tic nervioso que tenía desde niña, cuando algo no le gustaba—.
¿Otra pared sudando?
—Nada —murmuró él.
La voz le salió más ronca de lo que esperaba—.
Sombras.
Siempre sombras.
Doblaron una esquina.
Un hombre embozado en una capa oscura se apartó de una pared.
Llevaba bordado en el pecho, casi oculto por los pliegues de la tela, un símbolo: un péndulo invertido dentro de un triángulo invertido.
La punta hacia abajo.
Hacia el corazón.
No dijo nada.
Solo lo miró.
Desde las sombras de su capucha, Kairós sintió el peso de una evaluación fría.
Impersonal.
Como si lo estuvieran calibrando.
Midiendo.
Decidiendo si valía la pena.
La figura se desvaneció en una rendija entre dos edificios.
No corrió.
Simplemente…
se deslizó.
Como si la oscuridad lo hubiera absorbido.
—¿Kairós?
Parpadeó.
Leinett lo miraba, frunciendo el ceño.
Tenía una arruga entre las cejas—la arruga de “algo te pasa y vas a mentirme”.
—Ya llegamos —dijo ella, señalando la puerta de la tienda de Holben—.
¿Seguro que estás bien?
Kairós miró la puerta.
Luego la calle vacía donde había estado el hombre.
—Sí —mintió.
La mentira supo a metal en su lengua—.
Vamos.
Empujaron la puerta.
El interior de la tienda era un santuario de tiempo domesticado.
El tic-tac sincronizado de docenas de relojes los envolvió como una red invisible.
Cada instrumento marcaba el mismo segundo exacto.
Una cacofonía de orden opresivo.
Kairós sintió el sonido en los dientes.
Esa vibración leve que tienen los lugares demasiado silenciosos.
Demasiado controlados.
Holben emergió del fondo.
Movimientos precisos.
Económicos.
Una sonrisa que no llegaba a sus ojos—se detenía en los labios, como si hubiera olvidado cómo continuar.
—Ah, mi Chronos —murmuró.
Acarició la caja con una devoción que rozaba lo obsceno.
Los dedos, largos y pálidos, recorrían la madera como si estuviera reconociendo a un amante—.
¿Lograron domar su pulso irregular?
—El péndulo responde al compás universal ahora —afirmó Kairós.
Ayudó a bajar el reloj.
La madera estaba fría.
Demasiado fría para una mañana de ciclo de umbral.
—Excelente.
Holben se inclinó sobre el reloj.
Su reflejo se multiplicó en los cristales de los demás relojes.
Docenas de Holben.
Docenas de sonrisas vacías.
Todos moviéndose al mismo tiempo, con la misma precisión.
Kairós observó los reflejos.
Y vio algo más.
Su propio reflejo.
Dentro del escaparate.
Mirándolo fijamente.
Sonriendo.
Con la sonrisa vacía de Holben.
Kairós sintió que las uñas se le clavaban en las palmas.
No por miedo.
Por el esfuerzo de no girarse para ver si su propio reflejo seguía allí.
—¿Kairós?
—la voz de Leinett llegó desde muy lejos, como si hablara a través de un túnel—.
¿Todo bien?
Parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
El reflejo ya no estaba.
Solo su cara.
Pálida.
Ojeras profundas.
Labios apretados en una línea fina.
—El gas —murmuró.
Se frotó los ojos con el dorso de la mano.
Las yemas de los dedos le temblaban—.
Solo el gas.
Holben les pagó con monedas frías.
Kairós las sintió heladas en el bolsillo, como pequeños fragmentos de hielo contra el muslo.
Siete coronas de plata.
El peso exacto de la normalidad.
Salieron a la calle.
La luz había cambiado.
Una tonalidad dorada enfermiza bañaba la plaza—no el dorado del sol, sino otro.
Más denso.
Más pesado.
Como si el aire mismo estuviera fermentando.
—Vamos a casa —dijo Leinett.
Y por primera vez, Kairós detectó una fisura en su voz.
Una tensión que delataba el mismo malestar que crecía en su propio pecho.
Ese nudo entre las costillas que no terminaba de irse.
Pero no dijo nada.
Caminaron en silencio.
El sonido de sus pasos sobre los adoquines era lo único que llenaba el espacio entre ellos.
Y detrás, en la penumbra de la tienda de Holben, todos los relojes siguieron marcando el mismo segundo.
Todos excepto uno.
El reloj de bolsillo que Holben había guardado en su chaleco.
Ese marcaba las 3:07.
Y su tic-tac, apenas audible—un latido en el pecho de nadie—iba medio segundo más lento que los demás.
Kairós, ya en la calle, sintió el peso del reloj de su padre en el bolsillo.
Siempre parado.
Siempre las 3:07.
Como si el tiempo, para él, se hubiera roto mucho antes de hoy….
Por : Hanzonex.
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