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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 11

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Capítulo 11: Capítulo 11 – El Peso de las Horas

FRAGMENTS OF WILL

Capítulo 11: El Peso de las Horas

La conversación con el Diario se desvaneció en un silencio incómodo.

Kairós se quedó un momento mirando el libro, cerrado otra vez sobre la repisa, inofensivo a simple vista. Luego bajó la mirada a su brazo izquierdo. El que la criatura había golpeado en el sueño. El que había usado para apartar el Diario de su cara.

Todavía dolía. Un dolor sordo, profundo, que le recorría el hueso como una caricia de metal oxidado.

—Necesito verme —murmuró, y su propia voz le sonó extraña. Cascada. Como si hubiera estado gritando horas enteras.

Fue al baño.

Era pequeño, apenas un hueco con un lavabo de metal, un espejo empañado por la humedad perpetua y una ducha que goteaba siempre, sin importar lo fuerte que cerraras el grifo. El goteo era un metrónomo. Gota. Gota. Gota. Como los relojes de la tienda, pero más lento. Más pesado.

Kairós encendió la vela que había sobre el lavabo—la luz eléctrica llevaba meses sin funcionar, como todo lo que dependía de los Galenos—y se miró.

Lo primero que vio fueron sus ojos.

Rojos. Hundidos. Con esas ojeras que parecían más profundas que ayer, como si alguien le hubiera vaciado algo por dentro. Tenía la mirada de los que han visto demasiado en muy poco tiempo. La conocía. La había visto en otros, en el orfanato, en las calles de Ferren. Gente a la que la vida había golpeado hasta romperles algo dentro.

Ahora era él.

Luego bajó la mirada.

El costado izquierdo. Justo donde el primer golpe de la criatura le había alcanzado al inicio de la pelea. Allí, bajo la camiseta, había una mancha oscura que no estaba allí ayer.

Kairós se la levantó lentamente. Los dedos le temblaban. No de miedo. De algo peor. De expectativa.

El moretón era enorme.

Morado, negro, amarillo en los bordes. Como si alguien le hubiera dado con un mazo de hierro envuelto en tela. La piel alrededor estaba inflamada, tensa, caliente al tacto. Kairós lo tocó con la punta de los dedos y el dolor le recorrió el cuerpo entero como una descarga eléctrica, haciéndole silbar entre dientes.

—Joder… —La palabra se le escapó sin querer, un suspiro más que un insulto.

Siguió mirando. Más arriba, cerca del pecho, justo donde recordaba que una de las patas de aguja le había alcanzado al final—cuando ya casi había llegado a la salida, cuando el punto caliente era una quemadura en la retina—había un rasguño.

Pequeño. Pero sangrante. La sangre, seca ya, formaba una costra oscura sobre la piel. Alrededor, la carne estaba enrojecida, irritada, como si alguien hubiera pasado un cuchillo de cocina muy despacio.

Kairós se quedó mirándolo un largo rato. La vela parpadeaba. El agua goteaba. Su respiración, lenta y profunda, llenaba el pequeño espacio.

Todo real.

El pensamiento llegó claro, nítido, sin el velo de niebla que solía acompañar sus dudas.

La pelea. Los golpes. El dolor. Todo real.

Se tocó el rasguño. Escoció. Un ardor limpio, como sal en una herida abierta. Pero también confirmó lo que ya sabía: esto no era una alucinación. Esto era su cuerpo. Su carne. Su sangre marcada por algo que no debería existir.

Suspiró. Abrió el botiquín—una caja de madera colgada en la pared con dos clavos oxidados—y sacó lo que necesitaba: un trapo limpio, un poco de alcohol, una pomada que Leinett había comprado hacía meses en el mercado, de esas que vendía un viejo que decía curarlo todo y que probablemente no curaba nada.

Se limpió el rasguño primero. El alcohol ardió como fuego líquido, como si le estuvieran frotando la herida con brasas. Kairós apretó los dientes, los músculos de la mandíbula tensos, pero no apartó la mano. No se permitió apartarla.

—Duele —susurró, y la palabra fue un reconocimiento, no una queja.

Luego pasó a los moretones. La pomada era fría, casi helada, y mientras la extendía sobre la piel amoratada con movimientos circulares lentos, sintió cómo el dolor se suavizaba. Solo un poco. Solo lo suficiente para notar la diferencia.

Terminó. Se miró una vez más al espejo.

El reflejo le devolvió la mirada. Un tipo de unos 19 años, con el pelo revuelto, los ojos cansados y marcas de violencia reciente en el cuerpo. Un tipo que hasta ayer creía que las cosas raras eran solo imaginaciones.

—Estás vivo —se dijo, y la frase sonó a orden, a promesa, a amenaza—. Sigue así.

Bajó las escaleras.

El olor a comida le llegó antes de verla. Algo frito. Algo con huevo. Algo que, en circunstancias normales, le habría hecho la boca agua y apretado el paso.

Hoy solo le recordó que el cuerpo necesitaba combustible, aunque la mente no tuviera hambre.

Leinett estaba en la pequeña cocina, de espaldas a él, moviendo una sartén con una destreza que solo dan los años de práctica. Llevaba el pelo recogido en un moño torcido—de esos que se hace cuando no hay tiempo para peinarse bien—y una bata vieja sobre la ropa. La que tenía un desgarrón en la manga que ella siempre decía que iba a coser y nunca cosía.

—Ya era hora —dijo sin volverse. Su voz sonaba más ligera que ayer. Como si la noche hubiera borrado algo de la tensión—. La comida se enfría. Y no pienso calentártela dos veces.

Kairós se sentó a la mesa. La madera estaba gastada, llena de pequeñas marcas de cuchillos y quemaduras de otros platos. Había dos platos. Pan moreno, duro, el de siempre. Unos huevos revueltos con algo que parecía verdura—cebolla, quizás, o algún tubérculo que Leinett había encontrado barato en el mercado. No era mucho, pero en Ferren, en su situación, era un lujo.

Leinett se giró con la sartén en la mano y sirvió la comida en los platos. El gesto era tan cotidiano, tan normal, que por un instante Kairós olvidó dónde estaba. Quién era. Lo que había visto.

Luego ella se sentó frente a él y lo miró bien.

La sonrisa se le borró de la cara.

—¿Qué te pasa en la cara?

Kairós parpadeó. Se tocó la mejilla sin pensar.

—¿En la cara?

—Tienes mala cara. Peor que ayer. —Ella entrecerró los ojos, escudriñándolo—. Y ayer tenías muy mala cara. Parece que no has dormido en una semana.

Kairós dudó un momento. Los dedos aún le dolían. El costado le palpitaba bajo la camiseta. El rasguño escocía cada vez que respiraba hondo.

Respiró hondo. Una vez. Dos veces.

—Tengo que contarte algo.

Leinett dejó el tenedor. El metal tintineó contra el plato. Cruzó los brazos sobre la mesa, apoyando el peso en ellos. Esa postura suya de “estoy escuchando y no me gusta lo que voy a oír”. La conocía desde hacía trece años.

—Te escucho.

Kairós habló.

Le contó todo. O casi todo. El sueño—si es que podía llamarse sueño—que había tenido después de la cena. La pelea con la criatura de cuatro metros. Los golpes. La huida. Las cosas pequeñas, las ratas de muchos ojos, que habían salido de la nada para acorralarlo. La sensación de ahogo cuando algo le tapaba la cara. El punto caliente en la distancia, esa calidez que lo había guiado hacia la salida.

Y el despertar. El Diario en el suelo. Su mano apartándolo. Los moretones.

Leinett escuchó en silencio.

Su cara pasó por varias fases. Primero, atención. Luego, incredulidad—las cejas que se arqueaban, los labios que se fruncían. Luego, preocupación. Y al final, esa expresión que Kairós conocía bien: la de “esto es una locura pero te quiero y por eso te escucho y finjo que te creo”.

Cuando terminó, ella se quedó callada un momento. El tic-tac de los relojes del taller se filtraba hasta la cocina. Diez, quince segundos.

—Kairós —dijo al fin. Su voz era suave. Demasiado suave. La voz que usaba cuando quería calmarlo sin que él se diera cuenta—. Eso fue un sueño.

—Lo sé.

—Un sueño muy real, pero un sueño.

—Lo sé.

—Y ahora estás aquí, despierto, contándomelo como si hubiera pasado de verdad.

Kairós no respondió.

En lugar de eso, se levantó. La silla raspó el suelo con un gemido. Se subió la camiseta.

Leinett abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.

El silencio se hizo absoluto.

El moretón en el costado era imposible de ignorar. Morado, negro, amarillo. Como un mapa de violencia. La piel alrededor, tensa e inflamada. El rasguño en el pecho, con su costra oscura.

—¿Qué…? —empezó Leinett. La voz se le quebró.

Kairós se señaló el pecho. El rasguño.

—Esto me lo hizo una de esas cosas pequeñas. Al final de la pelea, cuando ya casi había llegado a la salida.

Leinett se levantó tan rápido que la silla casi se cae. Se acercó. Sus dedos—siempre calientes, siempre vivos—tocaron el moretón con una delicadeza que dolía casi más que el golpe.

—Duele —dijo Kairós. No era una queja. Era un hecho.

—Tiene que doler. —Ella retiró la mano como si hubiera tocado fuego—. Esto es…

—Real. Lo sé.

—Los sueños no dejan moretones.

—Lo sé.

Leinett lo miró a los ojos. Y por primera vez desde que empezó la conversación, Kairós vio miedo en ellos. Miedo de verdad. No el miedo a los Cazadores o a los Galenos o a no llegar a fin de mes. Miedo por él. Por lo que se estaba convirtiendo.

—¿Qué eres? —susurró.

Kairós la sostuvo la mirada.

—No lo sé —respondió—. Pero voy a averiguarlo.

Se sentaron otra vez. La comida se había enfriado por completo. Los huevos tenían esa capa gelatinosa que da el reposo. El pan estaba más duro todavía.

Comieron igual. En silencio. Cada bocado un acto de fe en la normalidad.

Cuando terminaron, Leinett habló.

—Hoy empiezo el trabajo.

Kairós asintió. Había olvidado. Entre sueños y monstruos, el mundo real seguía girando.

—Por la tarde. Hasta la noche. —Ella jugueteaba con el borde del plato, un tic nervioso que tenía desde niña—. Me dijeron que al principio solo será organizar archivos. Cosas aburridas. Papeles viejos. Pero…

—¿Pero?

—Pero puedo mirar cosas. Mientras organizo. Nadie vigila a la nueva. Puedo… indagar.

Kairós negó con la cabeza. El movimiento fue firme, decidido.

—No.

—¿Cómo que no? —Ella arqueó las cejas. El tono se le subió un punto—. Kairós, después de todo lo que me has contado, ¿vas a decirme que no busque?

—Leinett, escúchame. —Él se inclinó hacia adelante. Apoyó los codos en la mesa. La postura de quien necesita ser creído—. Este trabajo es importante. Es tu oportunidad. La única que hemos tenido en años. Si empiezas a husmear desde el primer día, si alguien te descubre… no quiero ni pensarlo.

—Pero la señora Elara. Lo que viste en el callejón. Esa cosa. Todo eso necesita respuestas.

—Todo eso necesita respuestas, sí. Pero no así. —Kairós le sostuvo la mirada. Sin pestañear—. Ve con la mentalidad de aprender. De ascender. De hacerte útil. Gana su confianza. Aprende cómo funciona todo por dentro. Los horarios, las personas, los protocolos. Y cuando estés arriba, cuando tengas acceso real y nadie sospeche de ti, entonces podrás buscar.

Leinett apretó los labios. Kairós vio la lucha en sus ojos. La misma lucha de siempre: la impulsividad contra la paciencia, el corazón contra la cabeza.

Pero al final asintió. Un movimiento lento, pero firme.

—Vale. Aprender y ascender. Nada más.

—Nada más.

Ella se levantó. Recogió los platos. El tintineo de la loza llenó el silencio.

—Voy a arreglarme —dijo, ya de espaldas—. No puedo llegar hecha un adefesio el primer día. Los archivistas tienen que parecer… no sé. Serios. Importantes.

Kairós sonrió. Una sonrisa pequeña, pero real.

—Siempre llegas hecha un adefesio.

—Cállate. —Pero había una sonrisa en su voz.

Ella subió las escaleras. Sus pasos, rápidos y ligeros, se perdieron en el piso de arriba. Una puerta se abrió y se cerró.

Kairós se quedó solo en la cocina.

Suspiró. El aire le pesó en los pulmones. Se levantó con cuidado, sintiendo cada músculo quejarse, y fue hacia el taller.

La luz de la mañana entraba por la ventana, gris y polvorienta, iluminando las herramientas colgadas en la pared, los relojes en sus estantes, el mostrador gastado por años de uso. Normalidad. La rutina de siempre.

Pero nada era normal.

Kairós se sentó en la silla, frente al banco de trabajo. La madera estaba fría. Apoyó los codos, se frotó la cara con las manos. Las palmas le ardían. Los párpados le pesaban.

Había encargos pendientes. Un reloj de pared que necesitaba una pieza nueva—el dueño había dicho que volvería en dos días. Una lámpara que alguien había traído ayer, con la mecha carbonizada. Dos despertadores esperando reparación, sus manecillas quietas, congeladas en horas que ya no importaban.

Trabajo. Trabajo normal.

Metió la mano en el bolsillo del pantalón. El Diario seguía allí. Caliente. Como si tuviera fiebre. Como si dentro de sus páginas algo respirara.

Lo sacó y lo puso sobre el mostrador.

—Oye —dijo en voz baja. La voz le salió ronca. Cansada.

El libro se abrió solo. Las páginas pasaron hasta una en blanco. La tinta apareció lentamente, como si alguien estuviera escribiendo con una pluma invisible.

¿”Oye”? ¿Eso es una forma de dirigirse a quien te salvó la vida dos veces en menos de doce horas? Podrías esforzarte un poco más. “Salvador ilustre”, por ejemplo. “Guía espiritual”, también funciona. “Eres un sol”, sería exagerado pero me gustaría.

Kairós ignoró el sarcasmo. Ya empezaba a acostumbrarse.

—Tú —dijo, pasándose una mano por la cara—. No sé ni por dónde empezar.

El Diario no respondió inmediatamente. Las páginas pasaron lentamente, como si estuviera pensando. Luego, la tinta volvió a aparecer.

Oye, ya que estamos… ¿no deberías estar preocupado por subir tus estadísticas?

Kairós frunció el ceño. Bajó las manos de la cara y miró el libro.

—¿Qué? —La pregunta le salió automática, sin pensar—. ¿Por qué? El peligro ya pasó, ¿no?

El Diario soltó una risa escrita. La tinta tembló en el papel.

¿Ya pasó? ¿De verdad crees que ya pasó?

Kairós se incorporó un poco en la silla. Una punzada de dolor le recordó el moretón en el costado.

—Anoche me atacó en sueños. Logré escapar. Estoy aquí. Despierto. —Hizo una pausa—. Eso significa que gané, ¿no?

No, idiota. Eso significa que sobreviviste. No es lo mismo.

Kairós apretó la mandíbula.

—Entonces explícate.

El Diario tardó en responder. La tinta apareció lenta, deliberada.

Tus estadísticas son una mierda. Fuerza 11, agilidad 12, vitalidad 11. Eres un humano normal tirando a mediocre. Lo de anoche fue instinto puro, supervivencia callejera, y un poco de ayuda de mi parte. Pero el instinto no gana guerras. Y eso que viste en el callejón anoche… no era un sueño. Era un aviso.

Kairós sintió que la sangre se le enfriaba.

—¿Un aviso?

Un preludio. Un “mira lo que puedo hacerte si esto fuera real”. Y pronto, muy pronto, va a ser real.

—¿Cómo de pronto?

Setenta horas.

Las palabras cayeron como una losa.

Kairós se quedó mirando el libro. Las letras no cambiaban. Seguían ahí. Setenta horas.

—Setenta horas —repitió, como si decirlo en voz alta pudiera hacerlo más real—. ¿Setenta horas para qué?

Para que la cosa del callejón te encuentre en el mundo real. Ahora solo podía atacarte en sueños, cuando tu mente está vulnerable. La frontera entre su mundo y el tuyo es… porosa. Pero se está debilitando. En setenta horas, podrá pasar.

Kairós sintió que el suelo se inclinaba. Se agarró al borde del mostrador.

—¿Cómo lo sabes?

Porque lo he visto antes. Porque conozco a esas cosas. Porque… El Diario dudó. La tinta tardó en volver a aparecer. …porque estuve dentro de una durante mil años. Sé cómo funcionan. Sé sus ciclos. Sé sus límites.

Silencio.

Kairós respiró hondo. Una vez. Dos veces. Tres.

—Setenta horas —repitió. El número sonaba a sentencia—. ¿Y qué se supone que haga en setenta horas?

Entrenar. Aprender. Subir esas estadísticas de mierda. Conseguir más aura. Y… Otra pausa. …acordarte del trato que hiciste.

—¿Qué trato?

Con El Historiador. Cuando todo se puso blanco. ¿No te acuerdas?

Kairós frunció el ceño. Recordaba la visión. El vacío blanco. La figura con la capa. Las palabras. La revelación de los Galenos, de los Disonantes, de la guerra que no sabía que existía.

Pero no recordaba ningún trato.

—No hicimos ningún trato —dijo—. Solo me habló. Me dijo lo de los Galenos. Lo de las criaturas. Y luego se fue.

Te dio algo. La letra del Diario era firme. Segura. Una moneda. La agarraste y la guardaste.

Kairós negó con la cabeza.

—No. No me acuerdo de eso. Estoy seguro.

Pues deberías. Porque esa moneda está en tu cuarto. En el cajón de tu mesilla. Ve a mirar.

Kairós dudó. Algo en el tono del Diario—si es que un libro podía tener tono—le decía que no estaba mintiendo.

Se levantó. Las piernas le temblaban un poco. Subió las escaleras casi corriendo, ignorando el dolor en el costado, el rasguño que se quejaba con cada movimiento.

Entró en su habitación. La cama deshecha. La vela apagada. La luz gris del amanecer.

Abrió el cajón de la mesilla.

Allí estaba.

Una moneda.

Pequeña. Oscura. De un metal que no reconocía. En una cara, grabado, un péndulo dentro de un triángulo invertido. El mismo símbolo que había visto pintado en la pared del callejón. El mismo que llevaba El Historiador en la capa.

Kairós la cogió. La sostuvo en la palma de la mano.

Estaba caliente. Casi ardiente. Como si acabaran de sacarla de una fragua.

La giró.

En la otra cara, algo estaba escrito. Pero no lo entendía. Las letras—si eran letras—cambiaban constantemente, como si estuvieran vivas. Como si la moneda misma respirara.

—¿Qué…? —susurró.

Bajó las escaleras con la moneda apretada en el puño. Llegó al taller. Se plantó frente al Diario.

—¿Qué es esto?

Eso es la prueba de que el trato existe. Aunque no lo recuerdes. El Historiador no da nada gratis. Esa moneda… es un compromiso. Una deuda. Un plazo.

—¿Un plazo?

Sí. Como el de la cosa del callejón. Tienes tiempo para cumplir tu parte. O para prepararte.

Kairós miró la moneda. Luego el Diario. Luego la moneda otra vez.

—¿Cuánto tiempo?

Eso no lo sé. Depende de lo que acordaras. Pero hay algo que sí sé.

—¿Qué?

Mira los relojes.

Kairós levantó la vista.

El reloj de la pared marcaba las 8:17.

El de su bolsillo—el que siempre llevaba puesto—marcaba las 8:22.

Y el de la mesilla, el que había heredado de sus padres, el que siempre marcaba las 3:07, seguía en las 3:07.

Pero eso no era lo extraño.

Lo extraño era otra cosa.

—No entiendo —dijo—. Los relojes siempre han ido mal. El de la pared se atrasa. El mío se adelanta. Eso es normal.

No mires las horas. Mira las fechas.

Kairós volvió a mirar.

Y entonces lo vio.

El calendario del taller—un almanaque barato colgado en la pared, de esos que los Galenos repartían gratis—marcaba 18 de Umbral.

El periódico de ayer, el que Leinett había usado para envolver algo, tenía impresa la fecha: 17 de Umbral.

Pero su reloj de bolsillo, el que siempre se adelantaba, marcaba… 19 de Umbral.

—¿Qué…?

La moneda —dijo el Diario—. Algo en ella está afectando el tiempo a tu alrededor. O tal vez siempre ha sido así y tú no te habías dado cuenta. O tal vez El Historiador te metió en algo más grande de lo que crees.

Kairós sintió que la cabeza le daba vueltas.

—Espera. Espera un momento. —Se apoyó en el mostrador. La madera estaba fría. Sólida. Real—. Si esto es cierto… si el tiempo no cuadra… entonces lo de las 70 horas…

¿Qué pasa con las 70 horas?

—Que no pueden ser 70 horas.

Kairós empezó a calcular en voz alta. Los dedos le temblaban, pero la mente—esa inteligencia de 19 que el Diario había señalado—funcionaba a toda velocidad.

—Anoche. La detención de la señora Elara fue a las 7 de la tarde. Lo sé porque pasé por el reloj de la plaza cuando volvía. Siete en punto.

El Diario no respondió. Esperó.

—Luego tuve la visión con El Historiador. El vacío blanco. Eso fue… una hora después. Más o menos. Cuando volví en mí, Leinett bajaba con la cena. Digamos… 8 de la noche.

—Correcto.

—Luego la pelea en el sueño. No sé cuánto duró. Pero cuando desperté, cuando te aparté de mi cara… eran más de las 12. Lo vi en el reloj de la mesilla. Las doce y cuarto.

—12:17 —precisó el Diario—. Si vamos a ser exactos.

—Y luego hablamos. Tú y yo. Esa conversación… duró un rato. Luego me dormí. Y ahora son las 8 de la mañana.

Kairós levantó la vista. Los ojos le brillaban. No de luz, sino de algo parecido a la furia.

Desde las 7 de la tarde hasta las 8 de la mañana han pasado 13 horas. Desde la detención de Elara hasta ahora. No 70. 13.

El Diario se quedó en silencio.

—Y sin embargo tú me dices que me quedan 70 horas para que esa cosa me encuentre. —Kairós apretó la moneda en la mano—. Eso no cuadra. A menos que…

—¿A menos que qué?

—A menos que estés mintiendo.

El silencio se hizo absoluto.

El tic-tac de los relojes llenó el taller. Todos marcando horas distintas. Todas diciendo mentiras diferentes.

Kairós esperó.

El Diario no respondía.

—Diario.

Nada.

—Diario, te estoy hablando.

La tinta apareció al fin. Lenta. Cuidadosa.

No estaba mintiendo.

—Las matemáticas no mienten.

Las matemáticas, no. Yo, sí. Miento mucho. Casi siempre. Es lo que hago. Es lo que soy.

Kairós sintió que algo se le rompía dentro. No con violencia. Con tristeza.

—¿Entonces nada de lo que dices es cierto?

No he dicho eso. He dicho que miento mucho. No que mienta siempre.

—¿Y cómo sé cuándo mientes y cuándo no?

No lo sabes. Esa es la gracia.

Kairós apretó la mandíbula. La furia le quemaba el pecho. Pero también había algo más. Algo que no terminaba de entender.

—¿Por qué? ¿Por qué mentir sobre algo así?

Porque sí. Porque me aburro. Porque quería ver si te dabas cuenta. Porque los humanos sois tan… predecibles. Os dan un número y lo aceptáis sin cuestionar. Pero tú… tú lo has cuestionado. Tú has hecho las cuentas. Tú me has pillado.

—Eso no es una respuesta.

Es la única que tengo. Soy un libro que pasó mil años en el estómago de un monstruo. Aprendí a mentir para sobrevivir. Aprendí a decir lo que mi captor quería oír. Aprendí a retorcer la verdad hasta hacerla irreconocible. Y cuando escapé… no supe dejar de hacerlo.

Kairós se quedó callado.

La rabia seguía ahí. Pero mezclada con otra cosa. Algo parecido a la compasión.

—¿Y ahora? —preguntó al fin—. ¿Me estás mintiendo ahora?

No. Sobre lo de la moneda, no. Sobre lo del tiempo, sí. Sobre la criatura… eso es complicado.

—Explícate.

La cosa del callejón vendrá a por ti. Eso es cierto. Pero no en 70 horas. No lo sé con exactitud. Puede ser mañana. Puede ser dentro de una semana. Puede ser dentro de un mes. Depende de muchas cosas. Del ciclo. De su hambre. De ti.

—¿Y por qué dijiste 70?

Porque es un número bonito. Porque sonaba urgente. Porque quería que te movieras. Porque… Otra pausa. …porque no confío en que tomes esto en serio si no hay un plazo.

Kairós soltó una risa corta. Amarga.

—¿Así que todo esto es para motivarme?

En parte. Y en parte, sí, para verte reaccionar. Para saber si eras lo suficientemente listo para pillar la mentira. Para saber si merecías la verdad.

—¿Y qué has concluido?

El Diario tardó en responder. Cuando lo hizo, la letra era más pequeña. Casi humana.

Que eres más listo de lo que pareces. Y que mereces saber algo.

—¿Qué?

Que no me creas nunca. El 99% de lo que diga será mentira, exageración, o una broma pesada. Pero cuando no miento… cuando te digo algo en serio… es verdad. La verdad de verdad. Y eso es más de lo que la mayoría de la gente tiene en este puto mundo.

Kairós se quedó mirando el libro.

Las palabras resonaban en su cabeza. No me creas nunca. Pero cuando no miento, es verdad.

—¿Y cómo sé cuándo no mientes?

No lo sabes. Tendrás que averiguarlo. Como todo lo demás.

Kairós negó con la cabeza. Pero había una sonrisa en sus labios. Pequeña. Cansada. Pero real.

—Eres un verdadero hijo de puta, ¿lo sabes?

Lo sé. Y me encanta.

Se quedaron en silencio un momento. El tic-tac de los relojes. La respiración de Kairós. La calma tensa de la mañana.

Pero Kairós no podía dejar de darle vueltas.

—El Historiador —dijo de repente—. Cuando apareció en el callejón, después de lo de Elara… dijo “El abismo ya llegó”. No “llegará”. “Ya llegó.”

—¿Y?

—Y luego, en la visión, me habló del trato. Dijo “anoche, cuando aceptaste lo que aún no recuerdas”. —Kairós se levantó, empezó a pasear—. Pero anoche, para mí, fue la noche del 16 al 17. La noche antes de que todo esto empezara. Y yo no acepté nada.

El Diario no respondió.

—A menos que… —Kairós dudó. La idea le llegó como un latigazo—. A menos que él no estuviera hablando en pasado. Sino en futuro.

—¿Cómo?

—¿Y si “anoche” para él es la noche que voy a perder? La del 17 al 18. La que aún no ha pasado. La que según tú… —miró el almanaque—. Hoy es 18, ¿no? El maldito calendario marca 18.

Silencio.

—Kairós —dijo el Diario, y por primera vez su tono no era burlón—. Te estás haciendo un lío.

—¿O tú? —Kairós se giró hacia el libro—. Dime una cosa. El Historiador… ¿existe en el tiempo como nosotros? ¿O para él el pasado y el futuro son lo mismo?

El Diario tardó en responder. La tinta tembló.

—No lo sé. Nadie lo sabe. Pero he oído rumores… teorías… que los dioses no juegan con las mismas reglas.

—¿Dioses?

—Eso dijo él, ¿no? “Soy el dios de este mundo.”

Kairós sintió que el suelo se inclinaba. La moneda, en su mano, estaba más caliente que nunca.

—Entonces… cuando dijo “anoche”… ¿podría estar hablando de una noche que para mí aún no ha llegado?

—O de una noche que ya pasó pero tú no recuerdas. —El Diario hizo una pausa—. O de las dos cosas a la vez. Con esos seres, nunca se sabe.

—Y la cosa del callejón. La de cuatro metros. Dijo “adiós, Kairós, chico malo”. Y levantó tres dedos. —Kairós se tocó la sien—. Tres días, pensé. Me quedan tres días. Pero si el tiempo está roto… si él puede mover los dedos como si nada…

—¿Qué?

—Que quizás los tres dedos no eran una cuenta atrás. Eran una cuenta ya terminada. —Kairós tragó saliva—. Quizás ya estoy muerto y no lo sé.

El Diario soltó una risa. Pero era una risa nerviosa.

—No te flipes, Kairós. No estás muerto. Los muertos no sangran moretones.

—¿Y si solamente todo esto es una repetición?

El Diario se quedó quieto. Sus páginas dejaron de moverse.

—¿Cómo?

—Acaso… —la voz de Kairós temblaba—. ¿Acaso estoy viviendo en un bucle? ¿Y si esto ya ha pasado antes? ¿Y si ya viví este día, y el anterior, y el siguiente, y no me acuerdo?

—Kairós…

—¡Piénsalo! —Se giró hacia el libro, los ojos desorbitados—. Perdí un día. Un día entero. No recuerdo nada del 18. Y el 17 fue cuando todo empezó. El niño ciego. El mensajero ardiendo. Elara. Todo en un solo día. ¿Y ahora resulta que es 18 y no me acuerdo de nada? ¿Y que la cosa viene en 70 horas pero según mis cuentas solo han pasado 13?

—Tranquilo…

—¡No puedo estar tranquilo! —Kairós se agarraba la cabeza—. ¿Y si todo es sencillamente una realidad alterna? ¿Y si el Historiador puede ver el futuro y por eso sabía que estaría aquí, diciendo esto, en este momento? ¿O si estábamos en el pasado y ese fue el mismo día?

La moneda, en su mano, comenzó a temblar. O era su mano la que temblaba. Ya no lo sabía.

—¿Y si ya hemos muerto? —susurró—. ¿Y si todo lo que estoy viendo es una repetición de mi vida? Una y otra vez. Como un disco rayado. —Miró al Diario con los ojos llenos de algo que podía ser terror o lucidez—. Admítelo. No soy capaz de sobrevivir contra esa cosa. Que esté vivo es un milagro. Pero… ¿cómo estoy vivo?

Silencio.

Un silencio absoluto. Hasta los relojes parecían haber dejado de latir.

Entonces, el Diario explotó.

Sus páginas se abrieron de golpe, la tinta apareció furiosa, temblorosa, como si el libro estuviera gritando.

¡¿PERO QUÉ MIERDA ESTÁS DICIENDO, IDIOTA?!

Kairós parpadeó, descolocado.

¿UN BUCLE? ¿UNA REPETICIÓN? ¿UNA REALIDAD ALTERNA? ¡ESCÚCHATE, POR FAVOR!

—Pero…

¡NO HAY PERO QUE VALE! ¡MÍRATE! —las páginas señalaban su cuerpo—. ¡TIENES MORETONES! ¡TIENES SANGRE! ¡ESO ES REAL! ¿ESO TE PARECE UNA REPETICIÓN?

Kairós abrió la boca. No salió nada.

¿SABES POR QUÉ ESTÁS VIVO? ¡PORQUE DUDAS! ¡LOS MUERTOS NO DUDAN! ¡LOS MUERTOS NO SE PREGUNTAN SI ESTÁN EN UN BUCLE! ¡LOS MUERTOS SOLO SE PUDREN Y YA!

El Diario dio una voltereta sobre sí mismo, como si estuviera dando una patada en el aire.

¿TE SUENA RENÉ DESCARTES? ¿EL FILÓSOFO DE LOS PUTOS LIBROS QUE NADIE LEE?

—¿Qué…?

¡”PIENSO, LUEGO EXISTO”, IMBÉCIL! ¡SI ESTÁS AQUÍ, ROMPIÉNDOTE LA CABEZA, PREGUNTÁNDOTE SI ESTÁS VIVO O MUERTO… ES PORQUE ESTÁS VIVO! ¡LOS MUERTOS NO SE HACEN ESTAS PUTAS PREGUNTAS!

Kairós se quedó mirando el libro. La furia de la tinta. La forma en que las letras temblaban.

—¿Tú… tú también dudas? —susurró.

El Diario se detuvo.

…¿Qué?

—Dijiste que los muertos no dudan. ¿Tú dudas? ¿Tú te preguntas si esto es real?

Silencio.

Luego, la tinta apareció. Más pequeña. Casi tímida.

…Sí. También dudo. Y si dudo… es que existo. Los dos.

Kairós sintió que algo se aflojaba en su pecho. No era la certeza de estar vivo. Era otra cosa. Compañía.

—Entonces… ¿estamos vivos?

Parece ser. Aunque con la suerte que tienes, no lo confirmaría al cien por cien.

Kairós soltó una risa. Débil. Quebrada. Pero risa.

—Eres un libro de mierda.

Lo sé. Y me encanta. Ahora, coge esa puta moneda, guárdala, y deja de hacerte preguntas existenciales. Ya habrá tiempo para eso cuando no te estén persiguiendo monstruos de cuatro metros.

Kairós miró la moneda. Seguía caliente. Seguía temblando. Pero ahora, junto al calor, sentía algo más.

Vida.

La guardó en el bolsillo. Junto al Diario. Los dos, juntos, calientes.

—Diario.

¿Mmm?

—¿Qué día es hoy?

19 de Umbral, idiota. Lo acabas de ver en el almanaque. Perdiste el 18. El 17 fue cuando empezó todo. Y hoy… hoy es 19.

Kairós asintió. Procesando.

—¿Y entonces lo de las setenta horas?

Ya te dije. Mentira. Para que te movieras.

—¿Y la verdad?

El Diario tardó en responder. La tinta apareció lenta, casi a regañadientes.

Según mis verdaderos cálculos… te queda hasta mañana. Antes de que esa cosa venga a matarte.

Kairós sintió un escalofrío. No dijo nada.

Mañana, Kairós. Veintipocas horas. No setenta. No trece. Mañana.

El silencio se hizo más denso. Los relojes seguían marcando horas distintas. Todos mintiendo.

Y entonces, en un susurro tan bajo que Kairós casi no lo oyó, el Diario escribió:

*Este huésped de mierda y su cabeza loca… otra vez volveré al vacío. *

Kairós abrió la boca para decir algo. Para preguntar. Para consolar, quizás.

Pero no tuvo tiempo.

El timbre de la puerta sonó.

Tres golpes. Secos. Oficiales.

Kairós respiró hondo. Se enderezó. Se ajustó la camisa para cubrir los moretones.

—Voy —dijo en voz alta.

Y fue a abrir.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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