FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 2
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2: Capítulo 2 – El Precio de la Normalidad 2: Capítulo 2 – El Precio de la Normalidad FRAGMENTS OF WILL Capítulo 2 – El Precio de la Normalidad Caminaron de vuelta en silencio.
El sol de Ferren se había encapotado, dejando una luz grisácea que hacía que las calles parecieran aún más sucias.
Los adoquines brillaban con esa humedad invisible que nunca terminaba de secarse, la misma que se colaba en los huesos y los volvía pesados.
Kairós aún sentía el peso de las monedas en el bolsillo.
Siete coronas de plata.
Frías.
Como todo lo que tocaban los Galenos.
Las acarició con la yema de los dedos mientras caminaba, como si pudiera arrancarles algo de calidez a fuerza de contacto.
Leinett caminaba a su lado, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en los adoquines.
Llevaba así un rato.
Demasiado silenciosa para ser ella.
Normalmente, después de una entrega, ya estaría quejándose del hambre, del cansancio, de lo injusto que era el mundo.
Pero ahora solo caminaba.
Y mordisqueaba el interior de su mejilla.
Ese tic que tenía desde niña cuando algo le bullía por dentro y no sabía cómo sacarlo.
Kairós la observó de reojo un par de manzanas antes de decidirse a preguntar.
—¿Qué pasa?
Ella tardó en responder.
Tres pasos.
Cuatro.
Luego, una sonrisa se le escapó.
Pequeña.
Casi de disculpa.
Como si la alegría que llevaba dentro fuera un secreto que aún no estaba lista para compartir.
—Nada.
Es que…
no quería decírtelo hasta que fuera seguro, pero…
Kairós giró la cabeza.
Leinett mordía el interior de su mejilla con más fuerza.
Sus ojos verdes brillaban de una forma que él conocía bien.
Era el mismo brillo que tenía cuando, de niños, encontraba algo valioso en la basura del orfanato y lo escondía para enseñárselo a él a solas.
—¿Pero?
—insistió él.
Ella se detuvo en seco.
Se giró hacia él.
Y entonces la sonrisa estalló.
Genuina.
Desarmante.
Una sonrisa que le llenaba toda la cara y le arrugaba las comisuras de los ojos.
—Me dieron el puesto.
Kairós parpadeó.
Se quedó quieto un momento, procesando.
Las palabras no terminaban de encajar.
—¿Qué puesto?
—¡El de los archivos de Virell, pedazo de relojero con memoria de pez!
—Leinett dio una palmada en el aire, tan fuerte que una mujer que pasaba con un carrito de verduras la miró mal.
A Leinett no le importó—.
Archivista junior.
Jornada completa.
Cinco días a la semana.
Pago fijo, Kairós.
¡Pago fijo!
Kairós se quedó quieto un momento.
Luego, sin pensarlo, soltó una risa corta.
Sorprendida.
Casi genuina.
—¿Los Virell?
¿Esos ratas de biblioteca con más deuda que influencia?
—¡Una corona de oro al mes!
—Leinett alzó las cejas, como si eso lo explicara todo—.
¿Sabes lo que es una corona de oro al mes, Kairós?
Es no tener que contar las monedas para el alquiler.
Es pan sin preguntar el precio.
Es…
Se quedó callada, buscando la palabra.
Kairós la encontró primero.
—Decente.
La palabra le salió más suave de lo que esperaba.
Había un brillo raro en sus ojos, algo que no terminaba de identificar.
¿Orgullo?
¿Esperanza?
Hacía tanto que no sentía ninguna de las dos que casi no las reconocía.
—Decente —repitió ella, y la palabra sonó a triunfo en su boca—.
Exacto.
Decente.
Siguieron caminando.
Pero ahora el silencio era distinto.
Más ligero.
Leinett se balanceaba ligeramente al andar, como si llevara música dentro.
Sus pasos parecían menos pesados sobre los adoquines.
Kairós pensó en lo que significaba ese puesto.
La Biblioteca de Virell no era una institución cualquiera.
Tenía sedes en cada distrito, sí, pero la de Ferren era la puerta de entrada.
El primer escalón.
Desde allí, un archivista podía ascender.
A Ambil, a Noptup, incluso a Los Altos si demostraba suficiente valía.
Leinett no lo sabía—o quizás sí, quizás por eso le brillaban los ojos de esa forma—pero aquello no era solo un trabajo.
Era una grieta en el sistema.
Un modo de acceder a información que los Galenos creían bien guardada.
Tres años llevaban en Ferren.
Tres años sobreviviendo.
Y ahora, por fin, algo se movía.
—Empezarás mañana, supongo —dijo Kairós.
—Mañana mismo.
—Ella le dio un codazo en las costillas, justo donde sabía que le hacía cosquillas—.
Así que ya puedes ir pensando en cómo vas a celebrarlo, jefe.
Porque hoy tú pagas.
—¿Yo pago?
—Kairós arqueó una ceja, fingiendo indignación—.
Tú eres la que va a ganar una corona de oro al mes.
—Exacto.
Por eso hoy pagas tú.
Inversión.
Cuando cobre, te invito a algo que no sea sopa.
Kairós resopló.
Pero no dijo que no.
No podía.
No cuando ella lo miraba así, con esa mezcla de ilusión y complicidad que le recordaba por qué había decidido escaparse del orfanato con ella aquella noche, hace trece años.
Trece años.
Y todavía aquí.
Todavía juntos.
El pensamiento le calentó el pecho un instante.
Solo un instante.
Siguieron caminando.
La calle se curvaba hacia el mercado de la plaza chica, donde las tenderas ya recogían sus puestos.
Las lonas se plegaban con ese sonido áspero de tela vieja.
Los últimos compradores regateaban precios con voces cansadas.
Kairós miraba el suelo, contando adoquines.
Una mancha de humedad.
Otra.
Una grieta en la pared.
La grieta se movió.
Kairós frenó en seco.
Fue un instante.
Una fracción de segundo.
Allí, en la sombra que proyectaba un toldo descosido, algo se deslizó.
Pequeño.
Del tamaño de una rata.
Pero no era una rata.
Tenía demasiadas patas—patas que parecían agujas de coser, delgadas como el hambre.
Y su cuerpo…
su cuerpo era una esfera cubierta de algo que brillaba en la penumbra.
Diminutos puntos de luz.
Ojos.
Docenas de ojos, todos mirando hacia ningún sitio y hacia todas partes a la vez.
Kairós contuvo el aliento.
El aire se le atascó en la garganta como si alguien hubiera cerrado una válvula.
La cosa se movía con una lentitud antinatural, como si el tiempo a su alrededor fuera más denso.
Cada paso de sus patas de aguja dejaba una estela brillante en el aire, pequeñas chispas que se apagaban al tocar el suelo.
Kairós quiso apartar la mirada.
No pudo.
Es mentira, se dijo.
El mantra de los Galenos le vino a la boca como un sabor conocido.
No es real.
No me pueden dañar.
Solo son imágenes.
Resacas metafísicas.
Los Galenos lo explican: la mente juega malas pasadas cuando…
Cuando qué.
No terminó el pensamiento.
La cosa, como si hubiera escuchado algo, giró su cuerpo esférico hacia él.
Todos los ojos—los docenas de ojos diminutos—se clavaron en los suyos al mismo tiempo.
Kairós sintió el impacto en el estómago.
Un puño helado.
Y luego, la cosa desapareció.
Se deslizó dentro de la grieta de la pared como si la oscuridad la hubiera absorbido, y la grieta volvió a ser solo una grieta.
Cemento viejo.
Nada más.
—¿Kairós?
La voz de Leinett llegó desde muy lejos.
Él parpadeó.
Ella se había detenido también, mirándolo con el ceño fruncido.
Tenía las manos en las caderas, esa postura suya de “explicame ya qué te pasa”.
—¿Qué pasa?
—repitió.
—Nada —dijo él.
La voz le salió ronca, como si hubiera estado conteniendo la respiración—.
Creí ver…
una rata.
—¿Otra pared que respira?
—No.
Una rata.
Grande.
Leinett se encogió de hombros.
Miró hacia la pared, hacia la grieta que Kairós señalaba sin señalar.
—Pues claro que hay ratas, vivimos en Ferren.
—Reanudó la marcha, tirándole de la manga para que la siguiera—.
Las ratas son lo único que prospera aquí.
Eso y los hongos.
Kairós la siguió.
Pero no pudo evitar mirar hacia atrás una última vez.
La grieta seguía ahí.
Inmóvil.
Inocente.
Resaca metafísica, repitió mentalmente.
Solo eso.
Pero en el fondo, en ese lugar donde las mentiras no funcionan, algo le susurró: “Siempre vienen a ti.
Siempre.” Pero en el fondo de su mente, una voz distinta—más antigua, más fría—susurró algo que no quiso escuchar.
Kairós es malo.
Hurga en la mente de otras personas.
Apartó el pensamiento con un movimiento brusco de cabeza.
Pasaron junto a un callejón.
Y allí, en la penumbra, Kairós lo vio otra vez.
No era la cosa de los ojos.
Era otra cosa.
Algo pintado en la pared.
Un símbolo.
Un péndulo dentro de un triángulo invertido.
La punta hacia abajo.
Hacia el corazón.
La pintura era reciente—goteaba aún, formando pequeñas lagrimas negras que se deslizaban por el ladrillo.
Y tenía un olor.
Metálico.
A cobre.
A algo que no era sangre pero se le parecía mucho.
El sentia como ese símbolo le hablaba directamente a él, como si estuviera escrito en una lengua que su sangre conocía.
se detuvo de nuevo.
Esta vez su cuerpo se negó a seguir avanzando.
Las piernas se le clavaron al suelo como raíces.
—¿Qué?
—Leinett esta vez sí se giró con impaciencia.
Tenía un cabo de suelto en el dobladillo del pantalón y se agachó a arrancarlo de un tirón—.
¿Otra rata?
¿Otra pared?
¿Otra nube con forma de cara?
Porque tengo hambre, Kairós.
Hambre de verdad.
La del estómago, no la metafísica.
—Es…
Kairós no pudo terminar la frase.
Miró hacia el final del callejón, más allá del símbolo, más allá de las sombras que se arremolinaban como si tuvieran vida propia.
Y allí estaba.
El niño.
Sentado en un barril vacío, con los ojos blancos perdidos en ninguna parte.
Vestía los mismos harapos que aquella mañana, frente a la librería.
Tenía las piernas cruzadas.
Y sonreía.
No una sonrisa infantil.
Una sonrisa lenta, paciente, que parecía saber algo que Kairós ignoraba.
Una sonrisa que había estado esperando mucho tiempo para mostrarse.
Es mentira, repitió Kairós mentalmente.
Pero el mantra sonaba hueco ahora.
Como una campana rajada.
No es real.
Solo son imágenes.
Resacas metafísicas.
Los Galenos dicen que…
El niño levantó una mano.
Deditos sucios, uñas rotas.
Y le hizo un gesto.
Ven.
Kairós sintió que el suelo se inclinaba.
El mundo se ladeó a la izquierda, luego a la derecha, como si la gravedad hubiera decidido tomarse un descanso.
El olor del callejón—humedad, podredumbre, ese metal dulzón—le llenó la nariz hasta marearlo.
Ven.
Sus pies dieron un paso hacia adelante sin que él se lo pidiera.
Y dentro de Kairós, algo que no era él respondió.
Un eco.
Un latido.
—Kairós.
Una mano se cerró sobre su muñeca.
Firme.
Cálida.
Cinco dedos que se clavaban en su piel con la fuerza de quien no está dispuesto a soltar.
Leinett lo agarraba con fuerza, obligándolo a girar la cabeza.
—Mírame a mí.
Su voz era un ancla.
Cortaba a través del mareo.
Y por un instante, Kairós se preguntó si ella también sentiría algo, si su mano era tan cálida porque, sin saberlo, lo estaba protegiendo de caer del todo.
Kairós parpadeó.
Miró a Leinett.
Su rostro.
Sus ojos verdes, llenos de preocupación.
Tenía esa arruga entre las cejas, la que le salía cuando algo no le gustaba nada.
La misma que tenía cuando, de niños, algún mayor del orfanato se acercaba demasiado.
—¿Qué estás mirando?
—preguntó ella.
Su voz era baja.
Seria.
No había rastro de la bromista de hacía un momento—.
Dime qué estás mirando.
Kairós abrió la boca.
Cerró los ojos.
Los volvió a abrir.
Luego volvió a mirar el callejón.
Vacío.
El niño se había ido.
El símbolo también.
Solo quedaba la pared sucia, los adoquines mojados, el olor a humedad de siempre.
—Nada —susurró.
La voz le salió tan débil que casi no la reconoció—.
Lo siento.
Creo que…
necesito comer algo.
Leinett lo soltó, pero no del todo.
Le quedó la mano en el hombro.
Caliente.
Firme.
Un recordatorio de que ella estaba allí.
—Vale —dijo, y su tono volvió a ser el de siempre, aunque Kairós notó la tensión que escondía—.
Pues vamos a la panadería.
Tú pagas.
—Tú tienes un trabajo nuevo.
—Por eso mismo.
Hoy pagas tú.
Mañana ya seré una señorita importante y te invitaré a caviar.
—No hay caviar en Ferren.
—Pues a lo que haya.
La pastelería estaba en una esquina del mercado, justo donde el olor a humo de las fundiciones se mezclaba con el aroma a azúcar y especias.
Una mujer joven atendía el mostrador, con un delantal blanco inmaculado y una sonrisa profesional que no llegaba a sus ojos.
Leinett se pegó al escaparate como un niño.
Literalmente.
Apoyó la nariz contra el cristal y empañó el área justo donde estaban los pasteles más caros.
—Mira, Kairós.
Mira eso.
Señalaba una bandeja de pastelitos redondos, bañados en una capa brillante de miel oscura y cubiertos de semillas tostadas.
Dorados.
Perfectos.
Tenían una pinta que casi dolía de lo buena que era.
Kairós miró el precio.
Luego miró a Leinett.
Luego miró el pastel otra vez.
—Dos —dijo al tender.
—¿Solo dos?
—Leinett puso morros.
Un morro exagerado, teatral, de esos que sabía que a él le costaba resistir.
—Uno para ti y otro para mí.
No hay más.
—Eres un tirano.
—Soy realista.
Pagó.
Dos coronas de plata.
El dinero se fue de sus dedos con esa facilidad que siempre dolía un poco, pero cuando vio la cara de Leinett al recibir su pastel, supo que había valido la pena.
Ella cogió el suyo y le dio un mordisco nada más salir de la tienda.
Cerró los ojos.
Y por un momento, solo un momento, su cara fue la de una niña pequeña disfrutando algo prohibido.
—Dios —murmuró con la boca llena.
Las migajas le caían por la comisura de los labios y ella no hacía nada por limpiárselas—.
Esto es mejor que respirar.
—No hables con la boca llena.
—No puedo evitarlo.
Es religioso.
Kairós sonrió.
Una sonrisa pequeña, fugaz, pero real.
El pastel estaba bueno, sí.
Pero lo que realmente calentaba era verla a ella así.
Feliz.
Despreocupada.
Humana.
Doblaron una esquina.
Y entonces Kairós lo vio.
El mensajero.
Un hombre joven, con el uniforme gris de la compañía de encomiendas, caminaba por la acera opuesta con un paquete bajo el brazo.
Iba rápido, como siempre.
Esquivaba transeúntes con esa agilidad que da años haciendo la misma ruta.
Miraba su reloj de bolsillo, calculaba tiempos, apretaba el paso.
Y entonces, sin previo aviso, se detuvo.
No fue una pausa normal.
Fue como si alguien hubiera apretado un botón de pausa solo para él.
El cuerpo se le quedó rígido.
El brazo que sostenía el paquete cayó a un lado.
El paquete golpeó el suelo con un sonido sordo.
El aire a su alrededor se distorsionó.
Como una onda de calor en verano, pero al revés.
Frío.
Kairós sintió el frío antes de ver nada.
Un frío que le recorrió la espina dorsal y le erizó el vello de los brazos.
Luego vinieron las llamas.
Azules.
Brotaron del mensajero sin origen visible.
No de su ropa—la ropa seguía intacta un segundo, dos.
De su piel.
De sus ojos.
De su boca.
Azules.
Frías.
Imposibles.
Llamas que no calentaban, que solo iluminaban con una luz espectral las caras de los transeúntes que no las miraban.
El hombre abrió la boca para gritar.
Kairós vio cómo se le formaba el grito en la garganta, cómo los músculos del cuello se tensaban para dejarlo salir.
Pero no salió sonido.
Solo más llamas.
Llenándole la boca.
Los ojos.
Los oídos.
Consumiéndolo desde dentro hacia fuera.
Duró tres segundos.
Kairós los contó.
Uno.
Dos.
Tres.
Luego, el hombre se desplomó.
Pero no era un hombre ya.
Era cenizas.
Ropa carbonizada.
Un montón informe en medio de la calle, humeando todavía con ese calor que no calentaba.
Kairós se quedó paralizado.
El pastel a medio comer se le quedó suspendido en la mano.
La miel empezó a gotearle entre los dedos, caliente, pegajosa, pero él no lo notaba.
Solo podía mirar las cenizas.
El montón de lo que hacía tres segundos había sido un hombre.
Es mentira, se dijo.
El mantra acudió automático, como un reflejo.
No es real.
No me pueden dañar.
Los Galenos lo explican: solo son imágenes.
Resacas metafísicas.
La mente juega malas pasadas cuando…
Una mujer pasó junto al montón de cenizas sin mirarlo.
Literalmente sin mirarlo.
Sus ojos recorrieron la acera, la fachada de una tienda, el suelo, pero cuando llegaron a donde estaban las cenizas…
siguieron de largo.
Como si no hubiera nada.
Un hombre con un carrito de verduras lo esquivó como si fuera un charco.
Las ruedas pasaron a un palmo del montón humeante y el hombre ni siquiera desvió la mirada.
Dos niños pasaron corriendo, riendo, casi pisándolo.
Uno de ellos saltó por encima sin motivo aparente—”¡Esquivé el suelo!”, gritó—y el otro se rió.
Siguieron corriendo.
Nadie miraba.
Nadie veía.
Kairós sintió que las piernas le flaqueaban.
El mundo se inclinó otra vez, pero esta vez no era el niño ciego ni la cosa de los ojos.
Era él.
Su propio cuerpo.
Su propia mente.
Negándose a sostenerlo.
—…está bueno, pero el de la semana pasada estaba más dulce —decía Leinett a su lado.
La voz le llegó desde muy lejos, como si hablara a través de un túnel de tela.
Él giró la cabeza.
Lentamente.
Como si el cuello pesara toneladas.
Leinett estaba allí.
Masticando feliz.
Lamiéndose los dedos.
Ajena por completo a las cenizas que humeaban a diez pasos de ella.
—¿Tú qué crees?
—preguntó.
Se chupó el pulgar con un gesto casi obsceno de placer—.
¿Más dulce el de hoy o el de la semana pasada?
Kairós la miró.
Ella masticaba.
Sonreía.
Estaba viva.
Real.
Cálida.
—Leinett —dijo él.
La voz le salió ronca.
Tan ronca que ella frunció el ceño al oírla.
—¿Mmm?
—¿No ves…?
Levantó la mano.
El dedo tembloroso señaló el montón de cenizas.
La ropa carbonizada.
El paquete aún intacto, caído a un lado, que nadie recogía.
Leinett siguió su dedo con la mirada.
Parpadeó una vez.
Dos veces.
—¿El qué?
—preguntó.
Y no era una broma.
No era un “te estoy tomando el pelo”.
Era genuino.
No veía nada—.
¿El suelo?
Kairós tragó saliva.
La garganta se le movió con un esfuerzo enorme.
—Nada —susurró—.
No es nada.
Solamente es…
No supo qué.
Bajó la mano.
Miró su pastel.
La miel le cubría los dedos, pegajosa, dulce.
La vida continuaba.
La gente pasaba.
Las cenizas se enfriaban.
Y Leinett, su ancla, su hermana, su único faro en este mundo gris, le sonreía sin saber que a diez pasos de ella un hombre había dejado de existir.
Kairós respiró hondo.
—Vámonos a casa —dijo.
Y empezó a caminar.
Sin mirar atrás.
Por : Hanzonex
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com