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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 Capitulo 26 - El ojo que todo lo ve
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26: Capitulo 26 – El ojo que todo lo ve 26: Capitulo 26 – El ojo que todo lo ve FRAGMENTS OF WILL Capítulo 26: El ojo que todo lo ve El departamento de los Galenos en Ferren no se parecía en nada a las calles de fuera.

Allí abajo, en el distrito industrial, la gente caminaba entre adoquines rotos y farolas de vapor, con ropa gastada y caras cansadas.

Allí abajo, la tecnología era la de siempre: engranajes, muelles, vapor.

La época victoriana estancada, como si el tiempo se hubiera congelado hacía cien años.

Pero aquí arriba, en el piso doce del Edificio Central de Vigilancia, el mundo era otro.

Pantallas.

Decenas de pantallas.

Grandes, planas, de una nitidez que dolía la vista.

Mostraban calles, plazas, edificios.

Todo Ferren, dividido en cuadrículas, vigilado en tiempo real.

Las cámaras—pequeñas, casi invisibles, incrustadas en farolas y cornisas—enviaban su flujo de imágenes sin descanso.

En una de las paredes, un mapa interactivo de la ciudad proyectaba puntos de colores: rojo para incidentes, amarillo para sospechosos, verde para zonas tranquilas.

Los datos se actualizaban solos, alimentados por algoritmos que nadie en la calle sabía que existían.

En otra esquina, un panel de control mostraba los niveles de Neblina Sedante en cada sector.

Gráficos.

Porcentajes.

Ajustes automáticos.

Un zumbido constante, casi imperceptible, llenaba la sala—el sonido de la vigilancia perfecta.

Y en el centro de todo, dos hombres.

— Valius Ergate tenía diecinueve años, pero aparentaba más.

Alto.

Fornido.

El uniforme negro de los Cazadores le sentaba como una segunda piel.

El pelo, corto y oscuro, peinado hacia atrás con fijador.

La mandíbula cuadrada, los ojos grises, la expresión de alguien que ha aprendido a no mostrar lo que siente.

Pero esta noche, había algo en esos ojos.

Algo que quería ser preocupación.

En su pecho, la insignia de plata.

Grado II.

Cazador de Sombras.

Una de las promesas más jóvenes del departamento.

A su lado, apoyado contra una mesa repleta de pantallas más pequeñas, estaba Gof Hetwer.

Gof tenía la misma edad, pero parecía más joven.

Más bajo, más delgado, con una cara redonda y unos ojos que siempre parecían a punto de hacer una broma.

Pero esta noche no había bromas.

Vestía el uniforme gris de la Guardia Alta—el de los que hacen el trabajo sucio sin mancharse las manos—y en el pecho, una insignia de cobre.

Grado I.

Asistente.

Llevaban doce años juntos.

Desde los siete, cuando entraron juntos en los programas de entrenamiento de los Galenos.

Habían crecido juntos, aprendido juntos, peleado juntos.

Gof era el único que podía llamar a Valius por su nombre de pila sin temor a represalias.

—Café —dijo Gof, tendiéndole una taza humeante—.

Tercera en dos horas.

Te va a explotar el corazón.

Valius cogió la taza sin mirarlo.

Sus ojos no se apartaban de la pantalla principal.

—El corazón aguanta.

El trabajo, no sé.

Gof se sentó en una silla giratoria, de esas que parecían sacadas de otro mundo.

Dio una vuelta completa antes de quedarse quieto.

—Sigues dándole vueltas al relojero.

—Sí.

—Llevamos dos días.

Dos días revisando sus movimientos, sus conversaciones, las cámaras.

Y no hemos encontrado nada.

—Ese es el problema.

Gof arqueó una ceja.

—¿Que no haya nada es un problema?

—Sí.

—Valius señaló la pantalla, donde aparecía Kairós saliendo de su taller—.

Mira su rutina.

Taller-casa-mercado-taller-casa.

Siempre igual.

Siempre predecible.

Siempre…

normal.

—¿Y?

—Y cuando lo entrevisté, cuando le pregunté por la anciana, su respuesta fue perfecta.

Demasiado perfecta.

Las palabras correctas, el tono correcto, la postura correcta.

—Valius apretó la mandíbula—.

He interrogado a cientos de personas, Gof.

Sé cuándo mienten.

Y él no mintió.

Dijo la verdad.

Pero…

—¿Pero?

—Pero no dijo toda la verdad.

Lo sé.

Lo sentí.

Había algo detrás de sus ojos.

Algo que no encajaba.

Como si estuviera representando un papel.

Como si hubiera ensayado cada palabra.

Gof se levantó y se acercó a la pantalla.

Observó la imagen congelada de Kairós.

—La postura es normal —dijo—.

Los brazos relajados, el peso equilibrado.

No hay señales de nerviosismo.

—Lo sé.

Por eso es raro.

La gente normal, cuando la interrogan, se pone nerviosa aunque no tenga nada que ocultar.

Es fisiológico.

El corazón se acelera, las manos sudan, los ojos se mueven.

Pero él…

él estaba demasiado tranquilo.

Demasiado en control.

Como si hubiera entrenado para eso.

—¿Y si solo es un tipo con sangre fría?

—Puede.

Pero entonces explícame esto.

Valius tocó la pantalla.

Los dedos deslizaron imágenes.

Secuencias de cámaras de los últimos tres días.

—Día 17.

Sale del taller a las 10 de la mañana.

Vuelve a las 12.

Luego sale otra vez a las 6 de la tarde.

Vuelve a las 9 de la noche.

Todo normal.

Pasó a la siguiente.

—Día 18.

No sale en todo el día.

Las cámaras lo captan en el taller, en la ventana, en la puerta.

Pero no sale.

No hace nada.

Todo el día en casa.

Valius se detuvo en esa imagen un momento más de lo necesario.

Algo en ese día, en esa quietud forzada, le resultaba inquietante.

Como si el relojero hubiera estado ahí sin estar realmente.

—¿Y qué tiene de raro?

La gente se queda en casa.

La gente tiene días malos.

—La gente se queda en casa, sí.

Pero mira esto.

Otra secuencia.

Día 19.

—A las 8 de la mañana, sale con Leinett.

Ella se va al trabajo.

Él vuelve al taller.

Luego, a las 12 del día, sale otra vez.

Pero no es su ropa habitual.

Lleva un abrigo negro que no había usado nunca.

Las cámaras lo pierden durante dos horas.

Aparece de nuevo a las 2 de la tarde.

Vuelve al taller.

—¿Y?

—Y luego, a las 8 de la noche, sale otra vez.

Con el mismo abrigo negro.

Camina hacia el norte.

Pasa por la herrería de Nay, donde compra una espada.

Luego sigue hacia el borde de la ciudad.

Hacia las Zonas Bajas.

Gof se inclinó hacia la pantalla.

—¿Y después?

—Después, nada.

Las cámaras de las Zonas Bajas están…

estropeadas.

Desde hace meses.

No sabemos a dónde fue.

No sabemos qué hizo.

Solo sabemos que volvió a la 1 de la madrugada.

Con la ropa sucia.

Con la espada en la mano.

Silencio.

—Valius…

estás diciendo que este tipo…

—No estoy diciendo nada.

Solo que hay patrones.

Y los patrones, cuando se repiten, significan algo.

Un hombre que desaparece en las Zonas Bajas durante horas, que compra un arma, que vuelve de noche con la ropa manchada…

eso no es normal.

Eso no es un relojero haciendo su vida.

Gof se dejó caer en la silla otra vez.

—¿Crees que podría ser como el fugitivo de esta mañana?

—No lo sé.

—Valius negó con la cabeza—.

El fugitivo estaba loco.

Gritaba cosas sobre dioses y muerte.

Este tipo…

este tipo es diferente.

Es callado.

Es controlado.

Es…

peligroso, si resulta ser lo que creo.

—¿Y qué crees?

Valius no respondió inmediatamente.

Miró la pantalla.

La imagen congelada de Kairós, con su abrigo negro, desapareciendo en el borde de la ciudad.

—Creo que hay algo en él.

Algo que no hemos visto.

Algo que no quiere que veamos.

Se giró hacia Gof.

—El fugitivo dijo algo, antes de que lo neutralizaran.

“Los dioses no nos protegerán.” Los iluminados siempre hablan de dioses.

De fuerzas superiores.

De cosas que nosotros no podemos ver.

Gof asintió, pero algo en su expresión cambió.

“Hablando de cosas que no vemos…

¿has visto los informes del Observatorio?

Dicen que en unos meses habrá un eclipse.

El primero en décadas.” Valius lo miró.

“¿Y eso qué tiene que ver?” “Nada.

Solo lo mencionaba.” —¿Por cierto Valius, aún crees que el relojero es un iluminado?

—No lo sé.

Pero si lo es…

tenemos que encontrarlo antes de que se convierta en un problema.

Antes de que los Disonantes lo encuentren a él.

Antes de que alguien como el Historiador le meta ideas en la cabeza.

Gof tragó saliva.

—El Historiador.

Ese nombre no se oía desde hace meses.

—No se oía porque no actuaba.

Pero los informes de Inteligencia dicen que ha vuelto.

Que está moviendo piezas.

Que está reclutando.

—Valius apretó los puños—.

No podemos permitir que otro iluminado se le una.

No podemos.

—¿Y si el relojero no es un iluminado?

¿Y si solo es un tipo raro que compró una espada?

—Entonces no pasa nada.

Lo vigilamos un tiempo y listo.

Pero si lo es…

—Valius hizo una pausa—.

Si lo es, tenemos que decidir qué hacemos con él.

Gof lo miró.

—¿Y qué haremos?

Si resulta ser un iluminado, quiero decir.

Valius no respondió.

En lugar de eso, se giró lentamente hacia el fondo de la sala.

Allí, al otro lado de un cristal blindado, había una sección del departamento a la que pocos tenían acceso.

Luces tenues.

Movimientos lentos.

Siluetas que se desplazaban sin hacer ruido.

La Unidad de las Quimeras.

—Sabes muy bien lo que les pasa a los iluminados que no se unen a nosotros —dijo Valius, en voz baja—.

Sabes muy bien cuál es su destino.

Gof siguió su mirada.

Vio las siluetas.

Vio cómo se movían, cómo esperaban, cómo no eran ya personas sino herramientas.

—No quisiera terminar como ellos —murmuró.

—Yo tampoco.

—Valius apagó la pantalla—.

Por eso tenemos que hacerlo bien.

Por eso tenemos que estar seguros.

Porque si nos equivocamos…

si condenamos a un inocente…

ese peso no nos lo quita nadie.

Silencio.

Las cámaras siguieron grabando.

Los algoritmos, calculando.

La ciudad, abajo, durmiendo.

—Mañana empiezo la vigilancia personal —dijo Valius—.

Quiero un informe cada noche.

Y quiero discreción.

Si este tipo es lo que creo, no podemos asustarlo.

—Entendido.

Valius cogió su taza.

El café estaba frío.

Bebió igual.

—Por el bien del Todo —murmuró.

—Por el bien del Todo —respondió Gof.

Pero esta vez, las palabras sonaron diferentes.

Como una pregunta.

Como una duda.

Como un escalofrío.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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