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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 Capítulo 27 - Tres días de calma
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27: Capítulo 27 – Tres días de calma 27: Capítulo 27 – Tres días de calma FRAGMENTS OF WILL Capítulo 27 – Tres días de calma Tres días.

Tres días desde aquella noche en el claro.

Tres días desde que Kairós había matado a la cosa de cuatro metros y había quemado la sensación de la señora Elara.

Tres días desde que Leinett había empezado su trabajo en los Archivos y Liana se había sentado por primera vez en su silla junto al mostrador.

La rutina, esa palabra que antes significaba seguridad, se había instalado en el taller.

— El tercer día, Leinett llegó a los Archivos con diez minutos de antelación, como siempre.

Saludó al guardia de la puerta con una sonrisa.

Él, un hombre mayor de bigote gris, ya la conocía.

Le devolvió el saludo con un gesto de cabeza.

—Buenos días, señorita Thorne.

¿Otro día de papeles?

—Otro día de papeles —confirmó ella—.

Pero me gustan.

—Eso es porque eres joven.

Cuando lleves treinta años, los papeles te van a parecer una condena.

Leinett se rió y entró.

La sala de archivos generales ya le resultaba familiar.

Las estanterías, los legajos, el olor a papel viejo.

Se había aprendido la disposición de las secciones en dos días: A la izquierda, documentos históricos.

Al centro, registros civiles.

A la derecha, informes administrativos.

Al fondo, la zona restringida, a la que solo podían acceder los de Grado 2 o superior.

Se sentó en su puesto.

A los pocos minutos, empezaron a llegar los demás.

El primero fue Dorian, el chico del pelo engominado.

La saludó con un gesto seco—él era de Noptup, y los de Noptup siempre parecían tener prisa por demostrar que eran mejores que los demás—pero al menos ya no la miraba con suficiencia.

Luego llegó Elara Morn, la mujer de Ambil.

Se sentó cerca de Leinett y le sonrió.

—¿Qué tal tu segundo día?

—preguntó.

—Bien.

Ya me sé las secciones.

Casi.

—Más de lo que yo sé.

Aún me pierdo en la F.

—La F es fácil.

Ferren, fábricas, fallos estructurales.

—Leinett señaló una estantería—.

Todo eso está ahí.

Elara asintió, agradecida.

Después llegó Harold Stone, el hombre mayor de las fábricas.

Caminaba más lento que los demás, pero su mirada era la más atenta de todos.

Se sentó en su rincón y empezó a trabajar sin decir palabra.

El supervisor Aldric Venn pasó a media mañana.

Se detuvo junto a Leinett y observó su trabajo un momento.

—Has clasificado más que los otros dos juntos —dijo—.

Y con menos errores.

Leinett levantó la vista.

—Me gusta.

El orden.

La lógica.

—Eso se nota.

—Venn asintió, y por un instante, algo parecido a una sonrisa asomó en sus labios—.

Sigue así.

Los Archivos necesitan gente como tú.

No dijo más.

Se fue.

Pero Leinett notó que Dorian la miraba con una mezcla de envidia y respeto.

—El supervisor nunca sonríe —dijo Elara en voz baja—.

Y contigo lo ha hecho dos veces.

—No ha sido una sonrisa.

Ha sido una mueca.

—Eso es lo más parecido a una sonrisa que le he visto en tres años.

Leinett no supo qué responder.

Volvió a su trabajo.

Pero en los descansos, cuando nadie la miraba, ella buscaba.

No sabía bien qué.

Solo que necesitaba saber más.

Sobre los Thornen.

Sobre el incendio.

Sobre ese hombre que había preguntado el primer día.

Revisó los archivos de prensa antigua.

Periódicos de hace trece años.

Microfilms que había que pasar lentamente, con cuidado.

Y en uno de ellos, en una esquina, lo encontró.

Una noticia breve.

Tres párrafos.

En la sección de sociedad.

“Familia Thornen realiza donación a la alcaldía municipal.” Leinett leyó las palabras una y otra vez.

Algo en esa noticia no encajaba.

Era demasiado breve.

Demasiado…

perfecta.

Como si alguien hubiera querido que esa familia existiera solo en ese recorte.

Leinett leyó las palabras una y otra vez.

Familia Thornen.

Conocidos comerciantes del distrito de Los Altos, los Thornen han donado una importante suma para la restauración de la fuente de la Plaza Central.

El alcalde agradeció el gesto y destacó la labor filantrópica de la familia en la comunidad.

Los Thornen, propietarios de varias empresas en el sector textil, son conocidos por su discreción y su compromiso con el bienestar de Ferren.

La señora Thornen, en una breve declaración, afirmó que “es un honor poder contribuir al embellecimiento de nuestra querida ciudad”.

La fuente será restaurada en los próximos meses.

Leinett se quedó mirando la pantalla—porque aquí arriba, en los Archivos, había pantallas, ordenadores, tecnología que no existía en la calle.

Los Altos.

Empresas textiles.

Donaciones.

La familia de Kairós era…

adinerada?

Guardó la imagen en su memoria.

No la descargó—no podía, no sin levantar sospechas.

Pero la memorizó.

Fecha.

Nombres.

Detalles.

Luego siguió trabajando como si nada.

Pero la pregunta no se iba.

¿Qué pasó con esa familia?

¿Cómo terminó Kairós en un orfanato?

— En el taller, el tiempo pasaba de otra manera.

Kairós atendía a los clientes, y Liana observaba.

Pero ya no solo observaba.

Ahora también hablaba.

Preguntaba.

Daba opiniones.

El segundo día, cuando un cliente trajo un reloj de pared antiguo, Liana se acercó y dijo: —El problema es el muelle principal.

Está oxidado.

Hay que cambiarlo.

El cliente la miró con escepticismo.

—¿Y tú quién eres?

—Su aprendiz —respondió Liana, sin inmutarse—.

Y tengo razón.

Kairós abrió el reloj.

El muelle principal, oxidado.

El cliente pagó sin rechistar.

Cuando se fue, Kairós la miró.

—¿Cómo lo supiste?

—El ruido.

Cuando lo movió, sonaba diferente.

A metal viejo, no a metal desgastado.

—Liana se encogió de hombros—.

Lo aprendí con los pájaros.

Si una pieza suena mal, está rota.

Kairós no dijo nada.

Pero esa noche, en su cuaderno, anotó: “Liana diagnostica por el sonido.

Yo nunca enseñé eso.” El tercer día, ella ya no solo diagnosticaba.

También creaba.

Había empezado con el reloj de Kairós—el que le había dado para que practicara.

Después de desmontarlo y montarlo diez veces, las agujas tenían forma de pájaros.

Luego pasó a los relojes de exhibición, los que Kairós tenía en el taller para vender.

—Son muy simples —dijo, señalando uno—.

La gente quiere cosas bonitas.

Cosas únicas.

Si les pones un pájaro en las agujas, o una flor, o algo especial…

pagarán más.

—¿Y cómo piensas hacer eso?

—Ya lo estoy haciendo.

—Señaló la estantería.

Tres relojes de pared pequeños tenían ahora agujas decoradas.

Uno con flores, otro con mariposas, otro con pequeños engranajes visibles—.

Estos no los he terminado.

Pero cuando los termine…

—dudó—.

Kairós, podríamos venderlos como algo exclusivo.

Una marca.

Algo que solo se consiga aquí.

Kairós se quedó mirando los relojes.

—¿Una marca?

—Sí.

Como los artesanos de Los Altos.

Pero más bonito.

Y más barato.

—Liana se animaba según hablaba—.

Podríamos atraer a clientes de clase media-alta.

Incluso de clase alta.

Tú tienes fama, ¿no?

He oído a clientes decir que eres el mejor relojero de Ferren.

—Eso es exagerado.

—Pero lo dicen.

Y si lo dicen, podemos usarlo.

—Liana lo miró con esos ojos verdes brillantes—.

Si fabricamos nuestros propios modelos, y los vendemos como algo exclusivo, podríamos ganar mucho más que con reparaciones.

Kairós se quedó sin palabras.

La cría de trece años, la que hasta hace tres días vendía pájaros de metal en una manta en el suelo, le estaba dando una lección de negocio.

—Liana —dijo al fin—.

Si logras hacer eso…

si logras que funcione…

nos repartimos las ganancias al cincuenta por ciento.

Ella abrió los ojos de par en par.

—¿Cincuenta?

—Cincuenta.

Tú pones la creatividad.

Yo el taller, las herramientas y la fama.

Mitad y mitad.

Liana se quedó quieta un momento.

Luego sonrió.

Una sonrisa enorme, de esas que iluminan una habitación.

—Lo haré —dijo—.

Lo haré tan bien que no te arrepentirás.

—Ya no me arrepiento.

Ella se puso a trabajar con más energía que nunca.

Kairós la observó un momento.

Luego fue al mostrador y sacó el Diario del bolsillo.

No lo abrió.

Solo lo sostuvo.

—¿La ves?

—susurró.

La veo —respondió el Diario en su mente—.

Y me pregunto cuánto tardará en empezar a ver cosas raras también.

Kairós no respondió.

Pero la pregunta se quedó.

— Las tardes, después de cerrar el taller, Kairós iba al Campo.

El primer día, Yet Jumber lo recibió con una sonrisa.

Yet tenía veintiseis años, aunque aparentaba treinta.

Era alto, delgado, con una cara alargada y una expresión que parecía decir “no importa lo que pase, yo sigo aquí”.

Llevaba cinco años practicando con la espada.

Cinco años yendo al Campo casi a diario.

Cinco años sin mejorar mucho.

—Ya llegó el novato —dijo cuando vio a Kairós—.

¿A que no sabes cuánto tardé yo en aprender a mover los pies sin arrastrarlos?

—¿Cuánto?

—Tres años.

—Yet se rió, pero no era una risa amarga.

Era una risa de aceptación—.

Tres años para hacer lo que tú hiciste en dos días.

No tengo talento, ¿sabes?

Pero me gusta.

Y mientras me guste, sigo.

Kairós lo miró.

—¿Y para qué practicas si no tienes talento?

—Para entrar en la Guardia Baja.

Necesitas un mínimo.

No hace falta ser un maestro.

Solo pasar el examen.

—Yet suspiró—.

Llevo seis años intentándolo.

Seis veces he suspendido.

Pero el año que viene…

el año que viene será diferente.

—¿Y si no?

—Entonces seguiré intentándolo.

Mientras pueda sostener una espada, lo intentaré.

Kairós asintió.

No dijo nada.

Pero algo en la perseverancia de Yet le pareció admirable.

El segundo día, mientras practicaban, Yet le señaló a un chico.

—Mira a ese.

Era un muchacho de unos catorce años.

Pelo oscuro, revuelto.

Ropa vieja, remendada.

Estaba solo en un rincón, practicando movimientos con una precisión que no parecía propia de su edad.

—Nunca habla —dijo Yet—.

No dice su nombre, no dice de dónde viene.

Solo viene, practica, y se va.

Y es bueno.

Muy bueno.

—¿Te ha ganado alguna vez?

—Siempre.

A todo el que le reta, gana.

—Yet sonrió—.

Pero no presume.

Solo practica.

Como si estuviera entrenando para algo importante.

Kairós observó al chico un rato.

Luego, sin pensarlo, se acercó.

—¿Quieres practicar con alguien?

El chico lo miró.

Sus ojos eran oscuros, casi negros.

No dijo nada.

Pero asintió.

Empuñaron las espadas de madera.

La pelea duró treinta segundos.

Kairós ni siquiera vio venir el golpe.

Un movimiento, y estaba en el suelo, la espada a un metro.

El chico lo miró.

Luego extendió una mano para ayudarlo a levantarse.

—Gracias —dijo Kairós.

El chico no respondió.

Solo volvió a su rincón y siguió practicando.

Yet, desde atrás, se reía.

—Ya te dije.

Es bueno.

—Demasiado bueno.

—Hay gente así.

Nacen con ello.

—Yet se encogió de hombros—.

Luego están los como yo, que tienen que pelearlo cada día.

Kairós se levantó, sacudió el polvo de la ropa, y volvió a su postura.

—Pues a pelearlo.

Yet sonrió.

—Eso me gusta.

No te rindes.

Siguieron practicando.

El tercer día, Kairós notó que la espada pesaba menos.

No físicamente.

Mentalmente.

Sus manos se movían con más soltura, sus pies encontraban el equilibrio con más facilidad.

Todavía era malo—muy malo comparado con el chico silencioso—pero ya no era un completo inútil.

El Campo, además, le gustaba.

La gente era…

auténtica.

Nadie fingía ser lo que no era.

Los pobres entrenaban junto a los pobres.

Los que tenían un poco más, pagaban muñecos.

Los matones—grupos de jóvenes con ropa medio buena que contrataban instructores privados y luego buscaban pelea con los demás—eran los únicos que rompían la armonía.

El segundo día, uno de esos grupos se acercó a Yet.

—¿Sigues aquí, fracasado?

—dijo el líder, un chico de unos veinte años con el pelo engominado—.

¿Cuántos años llevas?

¿Cinco?

¿Seis?

Y aún no sabes ni sostener la espada.

Yet no respondió.

Bajó la mirada y se alejó.

Kairós lo vio.

Sintió algo.

Rabia, quizás.

Pero no intervino.

No era su lugar.

Cuando los matones se fueron, Yet volvió.

—No les hagas caso —dijo—.

Son idiotas con dinero.

Creen que porque pueden pagar un instructor, son mejores.

Pero no saben nada.

—¿Por qué no les respondes?

—¿Para qué?

No van a cambiar.

Y si respondo, me buscarán más.

Así que mejor callar y seguir.

Kairós asintió.

Entendía esa lógica.

Era la misma que había usado en el orfanato.

La misma que usaba con los Galenos.

No decir nada.

No llamar la atención.

Sobrevivir.

— Los Galenos: El ojo que todo lo ve En el piso doce del Edificio Central de Vigilancia, Valius repasaba los informes de los últimos tres días.

Gof estaba a su lado, con una taza de café en la mano.

—Nada —dijo—.

Absolutamente nada.

El relojero sale al mercado, vuelve al taller, atiende clientes, y por las tardes va a un campo de entrenamiento al sur del distrito.

Practica con la espada.

Habla con la gente.

Luego vuelve a casa.

—¿Y la noche?

—En casa.

Todas las noches.

Las cámaras lo captan en la ventana, en el taller, a veces en la cocina.

Pero no sale.

—Gof hizo una pausa—.

Es aburrido, Valius.

Es el tipo más aburrido de Ferren.

Valius no respondió.

Miraba las imágenes en la pantalla.

Kairós en el mercado.

Kairós en el taller.

Kairós en el Campo, con una espada de madera, moviéndose torpemente.

—¿Y la chica?

—preguntó.

—¿Liana?

La aprendiz.

También rutina.

Llega a las siete, se va a las seis.

Atiende clientes, hace cosas con las manos.

Es una cría.

No parece peligrosa.

—¿Y la hermana?

—Leinett Thorne.

Trabaja en los Archivos de Virell.

Su primer día fue el 19.

Desde entonces, va y viene.

No hace nada fuera de lo común.

Valius se recostó en la silla.

—Tres días —murmuró—.

Tres días sin nada.

—Puede que te equivocaras.

Puede que solo sea un tipo raro que compró una espada y se fue a dar un paseo por las Zonas Bajas.

La gente hace cosas raras a veces.

Valius no respondió.

Pero mientras Gof hablaba, sus ojos no se apartaban de la imagen congelada de Kairós.

Algo le decía que aquella mirada, esa calma tensa, no era la de un hombre común.

—Lo sé.

Pero…

—Pero nada.

—Gof se sentó frente a él—.

Valius, tenemos cientos de casos.

No podemos obsesionarnos con uno.

Si en dos días más no pasa nada, tendremos que cerrarlo.

Archivar.

Pasar a otra cosa.

Valius no respondió.

Miró la pantalla otra vez.

La imagen congelada de Kairós, en el Campo, con la espada en alto.

—Dos días más —dijo al fin—.

Si en dos días no pasa nada, lo archivamos.

—Trato hecho.

Gof se levantó y fue a por más café.

Valius se quedó solo con las pantallas.

Y aunque no quería admitirlo, algo en su interior seguía alerta.

Algo le decía que el relojero no era tan simple como parecía.

Pero por ahora…

por ahora, solo era un hombre con una rutina.

— Kairós cerró el taller a las seis.

Liana se fue con su cuaderno lleno de notas y diseños.

Leinett llegaría en unas horas.

Se sentó en su silla.

El cuerpo le dolía—las heridas aún cicatrizando, los músculos agarrotados por el entrenamiento.

Pero era un dolor bueno.

El dolor de quien está mejorando.

El Diario, desde el bolsillo, dijo: Tres días.

—Lo sé.

Tres días sin que pase nada.

¿Sabes lo que eso significa?

—¿Que tienes menos motivos para quejarte?

No.

Significa que el enemigo se está preparando.

Que lo que viene…

viene más fuerte.

Kairós suspiró.

—Siempre dices lo mismo.

Y siempre tengo razón.

Más tarde o más temprano.

—Pues cuando tengas razón de verdad, avísame.

El Diario no respondió.

Pero en sus páginas, escribió una línea que Kairós no vio: Tres días sin que pase nada son tres días de preparación para el enemigo.

Y el enemigo…

ya está preparado.

Afuera, la noche caía sobre Ferren.

Y en las sombras, algo esperaba.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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