Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 28

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. FRAGMENTS OF WILL
  4. Capítulo 28 - 28 Capítulo 28 - Noche de hermanos
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

28: Capítulo 28 – Noche de hermanos.

28: Capítulo 28 – Noche de hermanos.

FRAGMENTS OF WILL Capítulo 28 – Noche de hermanos.

Las diez de la noche.

Kairós estaba en el taller, repasando el libro de encargos con la concentración de quien lleva horas haciendo lo mismo, cuando la puerta se abrió.

Levantó la vista, esperando encontrarse con la noche, con el frío, con la rutina de siempre.

Pero quien entró fue Leinett.

—¿Ya?

—preguntó, dejando el lápiz sobre el mostrador—.

Son las diez.

Tu turno termina a las doce.

Leinett dejó su bolsa en una silla y se dejó caer en otra con un suspiro de alivio que pareció venirle desde los pies.

Se quitó los zapatos con movimientos cansados, frotándose las plantas contra el suelo de madera.

—Me dejaron ir antes.

Kairós arqueó una ceja.

—¿Te dejaron?

¿Los Galenos dejan salir antes a la gente?

Eso es nuevo.

Normalmente si haces bien tu trabajo, te ponen más.

No menos.

Leinett se rió.

Una risa cansada, pero genuina.

Se estiró en la silla como un gato perezoso.

—Lo sé.

Lo sé.

Pero la persona que me recomendó me dijo que hiciera exactamente eso.

Que diera el doscientos por ciento todos los días, aunque fuera agotador.

Dijo que los supervisores lo toman en cuenta para los ascensos.

Que la eficiencia se recompensa, no se castiga.

Al menos en los Archivos.

—¿Y funciona?

—Pregúntame cuando ascienda.

—Se recostó en la silla, cerrando los ojos un momento—.

Por ahora, solo sé que estoy agotada.

Pero agotada con propósito, ¿sabes?

Es diferente.

Como cuando corres sabiendo que hay una meta, no solo por correr.

Kairós asintió.

Entendía esa sensación.

La había sentido en el Campo, con la espada en la mano, sintiendo cómo el cuerpo aprendía poco a poco.

Se quedaron en silencio un momento.

El tic-tac de los relojes llenaba el espacio.

Diferentes ritmos, diferentes tonos, pero todos marcando el mismo tiempo de formas distintas.

Luego, Leinett se incorporó un poco.

Su expresión cambió.

La relajación de quien llega a casa se desvaneció, reemplazada por algo más serio.

Kairós lo notó inmediatamente—tres años leyendo sus microexpresiones, trece años conociéndola.

—Kairós.

—¿Mmm?

—Encontré algo.

En los archivos.

Él la miró.

No preguntó.

Esperó.

Sabía que cuando ella ponía esa cara, lo mejor era dejar que hablara a su ritmo.

Leinett sacó un papel del bolsillo de su chaqueta.

No era el original, claro—una copia hecha a mano, con su letra apretada y cuidadosa.

Lo desdobló lentamente, como si el papel fuera frágil, como si las palabras pudieran romperse.

—Sobre los Thornen —dijo en voz baja—.

Sobre tu familia.

El silencio se hizo más denso.

Los relojes parecieron sonar más fuerte.

Leinett leyó en voz baja: —”Familia Thornen realiza donación a la alcaldía municipal.

Conocidos comerciantes del distrito de Los Altos, los Thornen han donado una importante suma para la restauración de la fuente de la Plaza Central.

Los Thornen, propietarios de varias empresas en el sector textil, son conocidos por su discreción y su compromiso con el bienestar de Ferren.” Levantó la vista.

Sus ojos azules buscaron los de él.

—Es de hace trece años.

Justo antes del incendio.

Kairós no dijo nada.

Su cara no se movió.

Pero sus manos—esas manos que nunca temblaban con los relojes—se cerraron ligeramente sobre el mostrador.

—Los Altos —repitió al fin.

Su voz sonaba extraña, como si las palabras vinieran de muy lejos—.

Empresas textiles.

Donaciones.

—Tu familia era adinerada, Kairós.

O al menos, lo bastante para hacer donaciones y aparecer en los periódicos.

Él se quedó callado un largo rato.

Su mirada se perdió en algún punto de la pared, en ningún sitio, en todos.

Luego habló.

La voz le salió baja, casi un susurro.

Como si estuviera hablando consigo mismo más que con ella.

—No me acuerdo.

Leinett esperó.

No se movió.

No preguntó.

—Del incendio me acuerdo.

Del fuego.

Del humo.

De alguien—una mujer, mi madre—gritando mi nombre desde algún lugar que no podía ver.

Y luego…

luego el orfanato.

Nada más.

—Apretó la mandíbula.

El músculo saltó bajo la piel—.

No me acuerdo de Los Altos.

No me acuerdo de empresas textiles.

No me acuerdo de donaciones.

No me acuerdo de los nombres de mis padres.

Hizo una pausa.

Respiró hondo.

—Solo de la cara de mamá.

Borrosa, como un sueño que se desvanece cuando despiertas.

Y del reloj de papá.

El que siempre marcaba las 3:07.

Eso es todo.

El resto…

el resto es fuego y silencio.

Leinett no dijo nada.

Solo alargó una mano y la puso sobre la de él.

Sus dedos, más pequeños, más cálidos, cubrieron los nudillos de Kairós.

Se quedaron así un momento.

El tic-tac de los relojes.

La noche fuera.

El calor de una mano sobre otra.

—Lo siento —dijo Leinett.

—No.

—Kairós negó con la cabeza.

Un movimiento lento, firme—.

Es bueno saberlo.

O al menos…

es algo.

Es más de lo que tenía ayer.

Ella asintió.

Le apretó la mano una vez antes de soltarla.

—Seguiré buscando.

Hay más archivos.

Secciones restringidas a las que no puedo entrar todavía.

Pero cuando ascienda…

—Ten cuidado.

—Siempre.

Se separaron.

Kairós respiró hondo, como quien se sacude un peso de encima.

—Bueno —dijo, y su voz volvió a ser la de siempre, aunque con un matiz distinto—.

Yo también tengo cosas que contar.

—¿Sobre tu día?

—Leinett se reclinó en la silla, interesada.

Su cuerpo cambió de postura, abierta, receptiva.

Kairós lo notó.

Siempre notaba esas cosas.

—Sobre Liana, sobre todo.

—¿Qué ha hecho la pequeña?

—Los ojos de Leinett se iluminaron ligeramente.

Le tenía cariño a la cría, eso era evidente.

Kairós sonrió.

Una sonrisa pequeña, pero que le llegó a los ojos.

—Quiere crear una marca de relojes.

Leinett parpadeó.

Una vez.

Dos veces.

Su expresión pasó por varias fases en cuestión de segundos—confusión, procesamiento, sorpresa, y luego algo que Kairós identificó como…

¿asombro?

—¿Una…

una qué?

—preguntó, como si necesitara confirmar que había oído bien.

—Una marca.

Relojes exclusivos, con diseños propios, para vender a gente con dinero.

—Kairós negó con la cabeza, pero la sonrisa no se le iba—.

La cría lleva cuatro días en el taller y ya está planeando expandir el negocio.

Leinett se quedó en silencio.

Sus ojos se movieron ligeramente, procesando la información.

Kairós la observaba—la forma en que su mandíbula se relajaba, la manera en que sus dedos empezaron a tamborilear sobre el brazo de la silla.

Estaba pensando.

Calculando.

Haciendo conexiones.

—Es una idea increíble —dijo al fin—.

Quiero decir…

es una locura, pero tiene sentido.

Si ella puede hacer esos pájaros y flores que vi en la estantería…

si puede poner eso en relojes…

—Se incorporó, animándose—.

La gente de clase media-alta, incluso los de Los Altos, pagan fortunas por cosas “únicas”.

Por tener algo que nadie más tiene.

—Eso mismo dijo ella.

—Porque es lista.

—Leinett sonrió—.

Más lista que muchos adultos que conozco.

—Ya ha empezado.

Ha modificado los relojes de exhibición.

Les pone pájaros en las agujas, flores, mariposas.

Cosas pequeñas, pero que los hacen diferentes.

—¿Y funcionan?

—Funcionan perfectamente.

Solo que ahora son más bonitos.

Leinett se levantó de la silla y empezó a pasear por el taller.

Kairós la siguió con la mirada, leyendo su lenguaje corporal—excitación contenida, energía acumulada.

Cuando Leinett se movía así, era porque algo le bullía por dentro.

—Podríamos…

—empezó, y se detuvo.

Se giró hacia él—.

Kairós, ¿te has parado a pensar lo que esto significa?

—¿El qué?

—Una marca.

Una marca nuestra.

—Se acercó—.

Los Thornen.

Podríamos llamarla algo como…

“Thornen Relojes”.

O “Creaciones Thornen”.

Algo que suene a familia, a tradición, a calidad.

Kairós la miró.

Había algo en sus ojos que no veía desde hacía tiempo.

Ilusión.

Esperanza.

—Leinett…

—Escucha.

—Ella se sentó en el borde del mostrador, frente a él—.

Tú tienes la fama.

Todo el barrio sabe que eres el mejor relojero de Ferren.

Los clientes vienen de otros distritos porque has reparado relojes que nadie más pudo arreglar.

Eso vale.

Vale mucho.

—No es para tanto.

—Sí lo es.

Y Liana tiene el talento creativo.

Lo que ella hace con las manos…

yo no he visto nada igual.

—Leinett se inclinó hacia adelante—.

Y yo…

yo puedo ayudar.

En los Archivos veo cosas.

Libros de arte, de moda, de tendencias.

Lo que la gente de clase alta considera elegante.

Puedo copiar ideas, estilos, colores.

Traer referencias.

—¿No es eso ilegal?

—Es inspirarse.

No es lo mismo.

—Leinett sonrió, una sonrisa pícara que Kairós conocía bien—.

Además, si vamos a vender a ricos, tenemos que pensar como ricos.

Y yo estoy aprendiendo a pensar como ellos.

Kairós se quedó callado un momento.

Observó a su hermana.

La postura erguida, los ojos brillantes, las manos que gesticulaban con energía.

Era la misma Leinett que había soñado con escapar del orfanato, la misma que había trabajado junto a él durante tres años sin quejarse.

—¿Sabes qué?

—dijo al fin—.

Liana dijo algo parecido.

Casi palabra por palabra.

—Porque es lista.

Y porque nosotros—los de Eclipsa—pensamos igual.

Sobrevivir, adaptarse, crear.

—Leinett se encogió de hombros—.

Es lo único que sabemos hacer.

Kairós asintió.

—Le dije que si lo logra, nos repartimos las ganancias al cincuenta por ciento.

Leinett silbó.

—Generoso.

—Es su idea.

Su talento.

Yo solo pongo el taller y las herramientas.

Es justo.

—Y yo puedo ayudar con los diseños sin llevarme nada.

—Leinett levantó una mano cuando él iba a protestar—.

Es mi contribución.

Mi parte.

Cuando la marca despegue, ya veremos.

—Eres…

—Tu hermana.

Y esto es nuestro.

Todo esto.

—Señaló el taller, los relojes, las herramientas—.

Lo construimos juntos.

Y ahora viene alguien nueva a ayudarnos a hacerlo más grande.

No voy a cobrar por eso.

Kairós no dijo nada.

Pero algo en su pecho—ese lugar donde antes había una sensación cálida—se llenó un poco.

No igual que con la señora Elara.

Diferente.

Pero cálido también.

—Mañana estaré ocupado casi todo el día —dijo, cambiando de tema—.

El encargo grande.

El reloj de Gregor.

—¿El de la herrería?

—Sí.

El muelle principal llega mañana.

Cuesta entre cincuenta y setenta y cinco monedas de plata.

Es caro.

Es antiguo.

Pero con eso y el trabajo de estos días, el reloj quedará como nuevo.

—¿Y Liana?

—Viene conmigo.

Parte del aprendizaje.

—Bien.

Así la niña sigue aprendiendo.

Y de paso ves si se le da bien eso de los encargos grandes.

Kairós asintió.

El Diario, desde el bolsillo de su abrigo colgado en la silla, intervino en su mente: Qué conversación tan monótona y aburrida.

Relojes, marcas, diseños…

¿De verdad esto es lo que haces con tu tiempo?

Deberías estar cazando Disonantes.

Consiguiendo fragmentos.

Preparándote para lo que viene.

Pero no, aquí estáis, planeando vender relojes con pajaritos.

Kairós lo ignoró.

—¿Y tú?

—preguntó Leinett—.

¿Cómo van tus…

cosas?

—Mis cosas van.

El entrenamiento, poco a poco.

La espada, ya no me pesa tanto.

El Campo, conozco gente.

—Se encogió de hombros—.

Nada emocionante.

¿Nada emocionante?

Mata a un Grado III y dice que nada emocionante.

Este chico…

—Cállate —murmuró Kairós.

—¿Qué?

—preguntó Leinett.

—No tú.

El libro.

—Ah.

El libro invisible.

—Leinett rodó los ojos—.

¿Qué dice ahora?

—Que debería estar cazando monstruos en lugar de hablar con mi hermana.

—Pues que se joda.

—Leinett cruzó los brazos, desafiante—.

Las hermanas son más importantes que los monstruos.

Y los relojes con pajaritos también.

Kairós sonrió.

—Eso mismo le he dicho.

El Diario, ofendido, se quedó en silencio.

Pero Kairós juró que sintió un bufido metafórico en su mente.

La noche siguió su curso.

Hablaron de cosas sin importancia.

De clientes graciosos que habían tenido.

De vecinos chismosos.

De Liana y sus ocurrencias.

De todo y de nada.

Cuando Leinett se fue a dormir, con un bostezo enorme y un “mañana te cuento más”, Kairós se quedó un rato más en el taller.

Mirando la puerta.

Escuchando los relojes.

—Tres días sin incidentes —murmuró.

El Diario respondió, más bajo que de costumbre: Tres días de calma.

Que no es lo mismo que paz.

—Lo sé.

Apagó la vela.

Y la noche, por una vez, fue tranquila.

Por el momento.

—– El aire olía a sangre y a metal.

Kairós parpadeó.

No sabía dónde estaba.

No sabía cuándo había llegado.

Solo sabía que el suelo bajo sus pies era tierra pisoteada, mezclada con barro y algo que prefería no identificar.

Delante de él, un campo de batalla.

No como los que había visto en los libros.

No como los grabados de los Campeones.

Esto era real.

Brutal.

Inmenso.

Cientos de figuras humanas se movían en oleadas, chocando contra criaturas que no deberían existir.

Disonantes.

De todos los tamaños, de todas las formas.

Algunos como los perros sin ojos, pero más grandes.

Otros como el Reflejo, pero más numerosos.

Y otros…

otros que no había visto nunca.

Monstruos de pesadilla, de esas que solo existen en los cuentos para asustar a los niños.

Los soldados—porque eran soldados, con armaduras y estandartes—luchaban con una ferocidad que helaba la sangre.

Sus espadas brillaban con luces de colores.

Aura.

Todos tenían aura.

Gritos.

Órdenes.

El choque del metal contra la carne.

El rugir de las bestias.

Kairós se quedó quieto, sin entender.

Su mano buscó la espada al cinto—estaba ahí.

Su ropa era diferente.

Una armadura ligera, como las que llevaban los demás.

¿Cómo había llegado hasta aquí?

¿Qué estaba pasando?

—¡Novato!

Una mano se cerró sobre su hombro.

Kairós se giró, instintivamente, la espada a medio desenvainar.

Un hombre lo miraba.

Tendría treinta años, la cara manchada de sangre y sudor, los ojos brillantes con una determinación feroz.

Llevaba el uniforme de los soldados, y en el pecho, una insignia que Kairós no reconoció.

—¡Novato, despierta!

—le gritó, sacudiéndolo—.

¡Oye!

¿Estás bien?

¿Puedes oírme?

Kairós abrió la boca.

No salieron palabras.

El hombre lo miró un momento, evaluando.

Luego sonrió—una sonrisa rápida, de alivio.

—Menos mal.

Creí que te había dado.

—Le dio una palmada en el hombro—.

Levántate.

Vuelve al combate.

Te necesitamos.

Kairós se incorporó sin saber cómo.

Las piernas le respondían, aunque no recordaba haberlas movido.

—¿Qué…

qué pasa?

—logró preguntar.

El hombre lo miró como si hubiera dicho algo absurdo.

—¿Qué pasa?

Que estamos en medio de una batalla, novato.

La Legión está a cargo de proteger este punto.

—Señaló hacia el horizonte, donde una silueta enorme se alzaba entre el humo y las llamas—.

Y ese…

ese es el enemigo.

Kairós miró.

La silueta era gigantesca.

Un Disonante de un tamaño que no había imaginado posible.

Su forma cambiaba constantemente, como si estuviera hecha de pesadillas líquidas.

—¿Órdenes?

—preguntó el hombre, mirándolo fijamente—.

¿Cuáles son sus órdenes?

Kairós sintió algo.

Un impulso.

Como si alguien—o algo—estuviera moviendo su lengua, sus cuerdas vocales, su alma.

Las palabras salieron solas.

Firmes.

Claras.

—Pelearemos aquí.

Daremos nuestra alma para matar al enemigo.

No dejaremos que avancen.

—Hizo una pausa.

La voz, la suya pero no la suya, continuó—.

Debemos proteger el punto.

Por nuestra señora…

por la Emperatriz de Darsalia.

El hombre asintió, como si esas palabras fueran exactamente las que esperaba oír.

—¡Lo has oído!

—gritó, girándose hacia los soldados cercanos—.

¡Defendemos el punto!

¡Damos el alma si es necesario!

¡Por la Emperatriz!

Un rugido de afirmación recorrió las filas.

Y entonces, Kairós lo vio.

Cientos de soldados.

Cientos de espadas, lanzas, arcos.

Todos empezaron a brillar.

Luces de colores—rojo, azul, verde, dorado—brotaron de las armas, de los cuerpos, de los ojos.

Aura.

Todos usando aura al mismo tiempo.

La suya también brillaba.

Kairós bajó la mirada.

Su espada—la misma que había comprado en la herrería de Nay—estaba envuelta en una luz blanca.

Pura.

Intensa.

Cálida.

No como el aura que había usado contra el Reflejo, que era un rescoldo apenas visible.

Esto era otra cosa.

Era…

familiar.

¿Familiar?

La palabra resonó en su mente.

¿Cómo podía ser familiar algo que nunca había visto?

Pero lo era.

Como si hubiera estado aquí antes.

Como si esta batalla, estos soldados, esta luz blanca…

fueran suyos.

Como si perteneciera a este lugar.

—¡Carguen!

—gritó alguien.

Los soldados avanzaron.

Kairós avanzó con ellos.

La criatura se acercaba.

Gigantesca.

Devastadora.

La luz blanca de su espada creció.

Y entonces…

— Kairós abrió los ojos.

El techo de su habitación.

Las grietas familiares.

La luz gris del amanecer filtrándose por la ventana.

Estaba en la cama.

Sudando.

Jadeando.

El corazón le golpeaba el pecho como un martillo.

—¿Qué…?

—susurró.

Se incorporó.

Miró a su alrededor.

Todo estaba en su sitio.

La mesilla.

El reloj de su padre, marcando las 3:07.

El Diario, cerrado.

—Un sueño —murmuró—.

Solo un sueño.

Pero su mano…

su mano aún temblaba.

Como si todavía sostuviera la espada.

Como si la luz blanca aún estuviera ahí.

El Diario, desde la mesilla, se abrió solo.

¿Otra pesadilla?

—No lo sé.

—Kairós se pasó una mano por la cara—.

No era como las otras.

Era diferente.

¿Diferente cómo?

—Había…

había cientos de soldados.

Todos con aura.

Peleando contra Disonantes.

Y yo…

yo estaba con ellos.

Daba órdenes.

El Diario tardó en responder.

¿Órdenes?

—Sí.

Algo sobre proteger un punto.

Sobre la Emperatriz.

—Kairós frunció el ceño—.

No tenía sentido.

Pero en el sueño…

en el sueño lo sabía.

Sabía qué hacer.

Sabía qué decir.

Kairós.

—¿Qué?

Eso no era un sueño normal.

—Lo sé.

Eso era…

un recuerdo.

Kairós se quedó helado.

—¿Un recuerdo?

¿De qué?

El Diario no respondió.

Pero en sus páginas, una línea apareció: No de qué.

De quién.

Kairós miró la pared.

La luz gris del amanecer.

—No entiendo.

Yo tampoco.

Pero hay cosas que no se entienden.

Solo se sienten.

Y tú…

tú sentiste algo, ¿verdad?

—Sí.

¿Qué?

Kairós cerró los ojos.

—Familiar.

Se sentía…

familiar.

Silencio.

Luego, el Diario escribió: Eso es lo que más miedo da.

Kairós no respondió.

Solo se quedó allí, sentado en la cama, mientras el día comenzaba.

Afuera, Ferren despertaba.

Y dentro de él, algo había despertado también.

Por: Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo