FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 29
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29: Capítulo 29 – El peso del pasado 29: Capítulo 29 – El peso del pasado FRAGMENTS OF WILL Capítulo 29 – El peso del pasado La luz gris del amanecer se filtraba por la ventana, pero Kairós no la veía.
Sentado en el borde de la cama, con la mirada perdida en algún punto de la pared, seguía atrapado en las imágenes del sueño.
Los soldados.
Las espadas brillantes.
La luz blanca envolviendo la suya propia.
Familiar, pensó.
Se sentía tan…
familiar.
Bajó la mirada hacia la espada.
Estaba ahí, apoyada contra el escritorio, a menos de un metro.
Desde aquella noche en el claro, nunca se alejaba de ella.
Dormía con ella cerca.
Comía con ella cerca.
Se había convertido en una extensión de sí mismo, en una fiel acompañante que siempre estaba ahí.
Sin pensar, sin decidirlo, alargó la mano y la cogió.
La empuñadura se ajustó a su palma como si hubiera sido hecha para él.
El peso, antes extraño, ahora era natural.
Familiar.
Cerró los ojos.
Recordó la luz del sueño.
Esa sensación de poder puro, de conexión absoluta.
Y sin saber cómo, sin entender el mecanismo, intentó repetirla.
Buscó dentro de sí.
Esa brasa diminuta que el Diario llamaba aura.
Esa energía que había usado contra el Reflejo, que había quemado en el momento final.
La encontró—pequeña, débil, pero ahí.
La empujó hacia el brazo.
Hacia la mano.
Hacia la espada.
El metal brilló.
Solo un instante.
Uno o dos segundos.
Una luz blanca, tenue pero real, envolvió la hoja.
Kairós la miró, fascinado.
Era como en el sueño.
Era la misma luz.
Y entonces, un calambre.
El brazo se le contrajo, la luz se apagó, y la espada cayó al suelo con un golpe sordo.
Kairós se sujetó el antebrazo, sintiendo las agujetas recorrerle los músculos.
—Joder —susurró.
El Diario, desde la mesilla, se abrió solo.
La tinta apareció rápida, casi emocionada.
¿Has visto eso?
¡Has visto eso!
¡Lo has hecho!
—Sí.
Y luego me dio un calambre.
Porque te quedaste sin aura.
0%.
Vacío.
Como tu cuenta bancaria.
—La letra del Diario bailaba—.
Pero lo hiciste.
Y fue más natural que la otra vez.
Más fluido.
Menos forzado.
Kairós se masajeó el brazo.
—¿Eso es bueno?
¿Bueno?
Es jodidamente increíble.
Hace una semana no sabías que el aura existía.
Hace cuatro días la usaste por primera vez y casi mueres en el intento.
Y ahora…
ahora la canalizas sin pensarlo, como si llevaras años haciéndolo.
—No ha sido sin pensarlo.
He pensado.
Pero no has forzado.
Es diferente.
Es como…
como si tu cuerpo ya supiera.
Como si solo necesitara que tu mente le dejara hacerlo.
El Diario tardó en responder.
Luego, con una mezcla de admiración y algo que parecía miedo: Tu aprendizaje es sobrenatural, Kairós.
No tengo otra palabra.
Kairós se quedó callado.
Recordó el sueño otra vez.
Los cientos de soldados.
Las espadas brillando.
La orden que había dado sin saber de dónde salía.
—El sueño —dijo en voz baja—.
En el sueño, mi espada brillaba igual.
Pero era más fuerte.
Más intensa.
Como si…
¿Como si qué?
—Como si hubiera hecho eso toda la vida.
El Diario no respondió inmediatamente.
Cuando lo hizo, su tono era más serio.
Kairós, lo del sueño…
no era un sueño normal.
Ya lo hablamos.
Pero ahora, después de esto…
creo que era algo más.
—¿El qué?
No lo sé.
Pero hay algo en ti.
Algo que no encaja con lo que sabes de ti mismo.
Esa sensación de familiaridad…
no es casualidad.
Kairós apretó la mandíbula.
Y entonces, sin saber por qué, las palabras llegaron.
No las dijo nadie.
No las escribió el Diario.
Simplemente aparecieron en su mente, claras como el agua, nítidas como si alguien las estuviera susurrando en su oído.
Kairós, chico malo.
Deja de hurgar en las mentes y recuerdos de los demás.
Si miras al abismo…
el abismo vendrá por ti algún día.
Se quedó helado.
Era la voz del sueño.
La del orfanato.
La del niño con el libro.
La misma que le había advertido cuando era pequeño.
—¿De dónde…?
—susurró.
¿Qué pasa?
—preguntó el Diario.
—Nada.
—Kairós negó con la cabeza—.
Solo…
solo un recuerdo.
Pero no era un recuerdo cualquiera.
Era el primero.
El más antiguo.
El que había dado inicio a todo.
El abismo vendrá por ti.
Y lo había hecho.
La cosa de cuatro metros.
El Reflejo.
El Grado III.
El abismo había venido.
Y él lo había mirado.
Y había sobrevivido.
Pero la advertencia…
la advertencia seguía ahí.
Como un eco.
Como una promesa.
Kairós respiró hondo.
Se levantó.
Fue al armario, se arrodilló, y sacó una caja de madera que guardaba debajo de la ropa.
La abrió.
Dentro, estaba el libro.
El cuento de los Siete Campeones de la Humanidad.
El mismo que había leído cien veces en el orfanato.
El mismo que había comprado por dos monedas en una tienda de viejo.
El lomo gastado.
Las páginas amarillas.
Las ilustraciones toscas.
Lo cogió.
Volvió a la cama.
Lo abrió por la página que conocía de memoria.
Elyra la Veloz.
La historia era simple.
Elyra, la más rápida de los Campeones.
La que podía correr más rápido que el viento.
La que siempre llegaba primero.
La que salvó a su pueblo una y otra vez con su velocidad imposible.
Las ilustraciones la mostraban joven, sonriente, victoriosa.
Una heroína de cuento.
Pero Kairós no podía dejar de pensar en lo que El Historiador le había contado.
Elyra no era rápida.
Elyra sabía.
Sabía dónde iban a estar las sombras antes de que ellas mismas lo supieran.
Leía el tiempo como otros leen un libro.
Tuvo un amor.
Se llamaba Kael.
Era cazador, como ella.
Pero él no tenía su don.
Un día, las sombras lo atraparon.
Elyra llegó tarde.
Un segundo tarde.
Un solo puto segundo.
Después de eso, juró que nunca volvería a llegar tarde.
Que aprendería a ver más allá.
Que dominaría el tiempo como nadie lo había hecho antes.
Unificó las tribus.
Las ciudades.
Los clanes.
Todos la seguían.
No porque fuera rápida.
Porque nunca llegaba tarde.
Porque siempre estaba donde tenía que estar, cuando tenía que estar.
La llamaron Reina de la Batalla.
La Unificadora.
La que nunca falla.
Pero olvidaron algo.
Elyra nunca volvió a enamorarse.
Nunca tuvo hijos.
Nunca permitió que nadie se acercara demasiado.
Porque sabía que, aunque viera el tiempo, aunque supiera dónde estar, no podía estar en todas partes.
Y si elegía a alguien…
ese alguien moriría.
Como Kael.
Murió sola.
En su cama.
Vieja.
Rodeada de sirvientes que la cuidaban, pero sola.
Sin nadie que la conociera de verdad.
Sin nadie que la amara.
Kairós cerró el libro.
La versión del Historiador era más cruda.
Más real.
Más…
humana.
Y lo peor era que la sentía verdadera.
No como una mentira bien contada.
Como algo real.
Algo que El Historiador había visto, o vivido, o sabido de primera mano.
—¿Por qué?
—murmuró—.
¿Por qué me cuenta estas cosas?
El Diario respondió: Porque quiere algo de ti.
Porque te está preparando.
Porque eres importante para sus planes.
—¿Y qué planes son esos?
No lo sé.
Pero si te está contando la verdad sobre los Campeones…
si te está dando la versión real de la historia…
es porque cree que mereces saberla.
O porque necesita que la sepas.
Kairós miró el libro otra vez.
La versión infantil.
La de los héroes perfectos.
La que había leído cien veces.
Y la versión del Historiador.
La de los héroes rotos.
La que dolía.
—¿Cuál es la verdad?
—preguntó.
Probablemente ninguna de las dos.
Probablemente las dos a la vez.
La verdad casi siempre está en el medio.
Kairós asintió.
Dejó el libro sobre la mesilla.
Miró por la ventana.
El sol gris de Ferren empezaba a iluminar las calles.
—Tengo que descubrir quién soy —dijo—.
De dónde vengo.
Qué pasó con mis padres.
Por qué sueño con batallas que no recuerdo.
Sí.
Tienes que hacerlo.
—¿Y por dónde empiezo?
El Diario tardó en responder.
Luego, escribió: Por el principio.
Por lo único que tienes.
El reloj de tu padre.
Las 3:07.
Y ese sueño.
Todo está conectado.
Solo tienes que encontrar el hilo.
Kairós cogió el reloj de la mesilla.
El de su padre.
El que siempre marcaba las 3:07.
Lo sostuvo en la mano.
Sintió su peso.
Su frío.
Su silencio.
—3:07 —susurró—.
Siempre las 3:07.
Algo pasó a esa hora.
Algo que cambió tu vida.
Y ese algo…
no fue un accidente.
Kairós apretó el reloj.
—Lo sé.
Se quedó así un momento.
Con el reloj en una mano.
Con la espada en el suelo.
Con el libro de cuentos en la mesilla.
Tres objetos.
Tres pistas.
Tres preguntas.
Afuera, el día comenzaba.
Y dentro de él, algo había despertado.
Algo que no iba a callarse.
….
Kairós se quedó en silencio un largo rato.
El reloj de su padre seguía en su mano.
Frío.
Quieto.
Siempre las 3:07.
Como si el tiempo se hubiera detenido para siempre en el momento exacto en que su mundo se había roto.
Miró por la ventana.
El sol gris de Ferren ya iluminaba las calles.
La gente empezaba a moverse.
El día comenzaba.
—Tres días —murmuró—.
Tres días sin que pase nada.
El Diario, desde la mesilla, no respondió.
Pero Kairós sintió su presencia.
Su atención.
Luego, el libro se abrió solo.
Pero esta vez no había sarcasmo en su tinta.
La letra era más seria.
Más pausada.
Kairós.
—¿Mmm?
Sabes lo que pasa cuando los días son pacíficos y de repente tu poder latente—o lo que sea que tengas—empieza a despertar?
Kairós lo miró.
No respondió.
Solo esperó.
Lo sabes bien.
Con tu suerte de -2, si te pasan tantas cosas buenas seguidas…
es porque algo muy malo viene.
Una pausa.
Y te lo he dicho desde hace días.
Debes salir a cazar Disonantes.
Mejorar tus estadísticas.
Ascender.
Porque esto—esto que sientes, estos sueños, esta familiaridad—no es casualidad.
Kairós apretó el reloj en la mano.
—¿Y qué crees que viene?
El Diario tardó en responder.
La tinta tembló un instante antes de formar las palabras.
No lo sé.
Pero no es un Disonante.
Es algo peor.
Algo mucho más complicado de combatir.
—¿Peor que un Grado III?
Mucho peor.
Y siento que ese día está cerca.
Muy cerca.
El silencio se hizo denso.
Los relojes del taller, abajo, marcaban horas distintas.
Todos mintiendo.
Todos callando.
Kairós sostuvo la mirada del Diario—si es que un libro podía tener mirada.
—Podrías explicarme una cosa —dijo, con voz calmada pero firme.
¿Qué?
—Cómo un libro…
cómo sientes cosas.
El Diario se quedó en silencio.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Las páginas no se movían.
La tinta no aparecía.
El libro, simplemente, se quedó quieto.
Luego, de repente, se inclinó hacia adelante.
Perdió el equilibrio.
Y cayó de la repisa al suelo con un golpe sordo.
Kairós lo miró, sin entender.
El Diario rodó lentamente—una vuelta, otra—hasta meterse debajo de la cama.
Allí se quedó, en la oscuridad, invisible.
Desde las sombras, su voz llegó a la mente de Kairós, amortiguada pero clara: Definitivamente estás buscando que te maten.
¿Todavía no me crees después de tanto, grandísimo imbécil?
Kairós no pudo evitarlo.
Sonrió.
Una sonrisa pequeña, cansada, pero real.
—Eres un libro de mierda —dijo.
Desde debajo de la cama, llegó un sonido.
Como un bufido.
Como un “no pienso seguir hablando contigo”.
Kairós se levantó.
Dejó el reloj en la mesilla.
Se estiró, sintiendo los músculos protestar.
—Vale —dijo—.
Vale.
Te creo.
Algo viene.
Estaré listo.
Silencio.
—O no.
Pero lo intentaré.
Desde debajo de la cama, una última línea apareció en su mente: Eso es lo único que puedes hacer.
Intentarlo.
Y rezar para que sea suficiente.
Kairós asintió.
Salió de la habitación.
Abajo, el taller lo esperaba.
Liana llegaría pronto.
Leinett aún dormía.
El día comenzaba.
Y en algún lugar, en las sombras, algo se preparaba.
Pero por ahora…
por ahora, había un reloj que reparar.
Una aprendiz que enseñar.
Una vida que vivir.
Kairós bajó las escaleras.
Y el Diario, debajo de la cama, escribió en una página oculta: Tres días de calma.
Ojalá me equivoque.
Pero nunca me equivoco.
Qué putada.
Por : Hanzonex
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