FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 3
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3: Capítulo 3 – La Cliente Número Uno 3: Capítulo 3 – La Cliente Número Uno FRAGMENTS OF WILL Capítulo 3 – La Cliente Número Uno Llegaron al taller con el sol ya alto.
Kairós abrió la puerta con manos temblorosas.
El picaporte se le escapó una vez.
Dos veces.
A la tercera consiguió girarlo.
El metal estaba frío, como todo hoy, como todo desde que había despertado en el suelo con lágrimas en las mejillas y una advertencia antigua resonándole en el cráneo.
—¿Seguro que estás bien?
—preguntó Leinett desde atrás.
—Sí.
No lo estaba.
La imagen del mensajero envuelto en llamas azules aún bailaba detrás de sus párpados.
Las cenizas humeantes.
La indiferencia de la gente.
El niño ciego en el callejón, con esa sonrisa que parecía saberlo todo.
La cosa de los muchos ojos deslizándose dentro de una grieta.
Y por encima de todo, como un zumbido de fondo que no cesaba, las palabras de aquella voz en el sueño.
Kairós es malo.
Hurga en la mente de otras personas.
Ten cuidado.
Porque si sigues mirando al abismo y negando que existe, el abismo vendrá por ti algún día.
Kairós cruzó el umbral y se apoyó en el mostrador un momento.
La madera estaba gastada, lisa por años de uso.
La tocó con las yemas de los dedos, buscando anclarse en algo tangible.
En algo que no fueran visiones ni voces ni llamas que nadie más veía.
—Es mentira —murmuró para sí mismo, tan bajo que Leinett no pudo oírlo.
El mantra de los Galenos.
El que llevaba tres años repitiéndose cada vez que una sombra se movía donde no debía, cada vez que una grieta en la pared le devolvía la mirada, cada vez que el mundo se inclinaba un grado más de lo que debería.
No es real.
No me pueden dañar.
Los Galenos lo explican: la mente juega malas pasadas cuando…
Cuando qué.
Nunca terminaba la frase.
Porque nadie le había explicado nunca qué pasaba cuando las malas pasadas no se iban.
Cuando se acumulaban.
Cuando empezaban a formar un patrón.
Kairós es malo.
Esa voz.
Esa voz en el sueño.
No recordaba haberla oído antes—no, eso no era cierto.
No recordaba cuándo la había oído antes.
Pero le resultaba familiar.
Como una canción de cuna que alguien te cantó de niño y que luego olvidas hasta que, décadas después, un fragmento te llega en sueños y te despierta con el corazón acelerado sin saber por qué.
El cuento también le era familiar.
Los Siete Campeones.
Darsaly clavando su martillo en la tierra.
La primera muralla.
Lo había leído mil veces en el orfanato, en ese libro viejo y gastado que la cuidadora mayor les leía en las noches de invierno.
Pero la voz…
la voz no pertenecía a ese libro.
Y la advertencia tampoco.
El abismo vendrá por ti algún día.
Kairós respiró hondo.
El taller olía a aceite y metal, como siempre.
El olor de lo familiar.
De lo seguro.
Se aferró a él como un náufrago a una tabla.
—Voy a guardar el dinero —dijo, con la voz más firme de lo que se sentía.
Bajó al sótano.
Los escalones crujieron bajo sus pies, cada uno con un gemido distinto.
Los conocía todos.
El tercero desde arriba siempre sonaba como un quejido.
El séptimo, como un chasquido.
Pequeñas imperfecciones en las que nunca había reparado hasta ahora, cuando cada sonido le parecía un presagio.
La caja fuerte estaba detrás del barril vacío, en la pared del fondo.
La abrió con la llave que llevaba colgada al cuello—una llave pequeña, de latón, caliente por el contacto con su piel.
Dentro, las monedas estaban ordenadas con precisión de relojero.
Montoncitos de cobre.
Unas pocas de plata.
Y ahora, siete coronas más, relucientes y frías.
Contó las siete coronas de plata.
Separó dos.
—Los Galenos nos quitan hasta el derecho a estar tristes —murmuró—.
Ahora hasta eso tiene impuesto.
El sonido de su propia voz en el sótano vacío le resultó extraño.
Como si no acabara de pertenecerle.
En el banco de trabajo junto a él, el Diario Viviente se abrió de repente.
Kairós dio un respingo.
El libro había estado allí siempre, sí.
Lo había comprado hacía tres años en una tienda de viejo, por dos monedas de cobre.
Un cuaderno de tapas negras, gastadas, con las páginas amarillentas.
Nunca había hecho nada.
Nunca había dicho nada.
Hasta ahora.
Las páginas pasaron solas, una tras otra, como si un viento invisible las moviera.
Se detuvieron en una entrada reciente.
Y entonces, la tinta empezó a aparecer.
Letra burlona.
Casi bailarina.
Apunte fiscal del día: El impuesto por lágrima derramada es de 0.02 coronas de plata.
¿Quieres pagar ahora o prefieres recordar algo menos triste?
Kairós se quedó mirando las palabras un buen rato.
Su mente, aún aturdida por las visiones de la mañana, tardó en procesar lo que estaba viendo.
El libro había hablado.
No.
El libro había escrito.
Solo.
Sin que nadie lo tocara.
Debería haber sentido miedo.
O sorpresa.
O algo.
Pero lo único que sintió fue un cansancio inmenso, como si llevara toda la vida esperando que algo así ocurriera.
Soltó una risa corta y amarga.
El sonido rebotó en las paredes del sótano.
Luego, con un movimiento rápido y habitual—como quien cierra un libro que ha terminado de leer—cerró el Diario de un golpe seco.
El cuaderno se quedó quieto.
Inofensivo.
Como si nunca hubiera hablado.
Kairós lo miró un momento, esperando que volviera a abrirse.
No lo hizo.
—Claro —murmuró—.
Ahora te haces el tonto.
Pero el libro, en su silencio, sonrió.
Había esperado dos años.
Podía esperar un poco más.
Subió las escaleras.
La luz del taller le dio en la cara cuando salió del sótano.
Más gris que dorada ahora.
La tarde avanzaba.
Iba a girar el letrero de la puerta a “ABIERTO”—un gesto mecánico, de todos los días—cuando la campanilla tintineó.
La señora Elara entró.
Y todo cambió.
No cambió el mundo, no.
Las paredes siguieron siendo las mismas.
El olor a aceite, también.
Pero algo en el aire se suavizó.
Como si ella trajera consigo un pedazo de mundo menos corrupto, un rincón de normalidad que se negaba a doblegarse ante la grisura de Ferren.
Kairós parpadeó.
La señora Elara.
Sesenta y tantos años.
El pelo cano recogido en un moño desordenado del que siempre escapaban algunos mechones.
Arrugas que sonreían antes que su boca—patas de gallo en los ojos, surcos profundos en las mejillas, mapas de una vida vivida con intensidad.
Iba siempre con un vestido oscuro, remendado en los codos, pero limpio.
Inmaculadamente limpio, como si ella se resistiera a dejar que la suciedad del distrito la tocara.
En las manos sostenía con cuidado un reloj de bolsillo de latón.
Antiguo.
Querido.
Se notaba en la forma en que lo sujetaba, como si fuera un pajarillo herido.
—Kairós, cariño —dijo, y su voz era exactamente como él la recordaba: cálida, un poco ronca, con ese deje cantarín de quien ha vivido siempre en Ferren—.
¿Tienes un momento para este viejo truhán?
Kairós sintió que algo en su pecho se aflojaba.
Solo un poco.
Solo un momento.
La señora Elara.
Tres años.
Tres años atrás, cuando llegó a Ferren con lo puesto—una mochila, unas herramientas heredadas, y un taller en alquiler que apenas podía pagar—ella fue la primera en cruzar esa puerta.
Lo recordaba perfectamente.
Era un día como este.
Gris.
Húmedo.
Él estaba colocando sus herramientas en el banco de trabajo, preguntándose si habría tomado la decisión correcta al escaparse del orfanato, al arrastrar a Leinett con él a este distrito de humo y metal.
Y entonces la campanilla tintineó.
Ella entró con un reloj de cocina en las manos.
De esos baratos, de hojalata, con la esfera descolorida y las manecillas oxidados.
Un reloj que cualquier persona sensata habría tirado a la basura sin pensarlo dos veces.
—Mi Henrik dice que lo tire —le dijo aquel día, con esa misma sonrisa—.
Pero este reloj lo compramos cuando nos casamos.
Hace cuarenta años.
No voy a tirarlo a la basura como si no significara nada.
Kairós lo arregló.
No fue difícil: una pieza suelta, un poco de aceite, un ajuste en el escape.
Le cobró lo justo—dos monedas de cobre, el precio de un pan—porque en ese entonces no sabía cuánto cobrar, y porque ella le había mirado de una forma que no recordaba desde que sus padres…
No terminó el pensamiento.
Nunca lo terminaba.
Ella pagó y se fue.
A la semana siguiente volvió.
Con otro encargo.
Un despertador que su vecina había tirado.
Y a la otra.
Y a la otra.
En un año, la señora Elara se había convertido en su cliente más fiel.
No porque tuviera muchos relojes—no los tenía—sino porque recomendaba su taller a todo el mundo.
A sus vecinos.
A las amigas del mercado.
Al carnicero de la esquina.
Al herrero Brann, que un día apareció con un reloj de pared enorme y una actitud de pocos amigos, y que ahora les gritaba bromas desde la puerta de su herrería.
—Es un buen chico —decía ella a quien quisiera oírla—.
Callado, pero honrado.
Y no cobra lo que no debe.
Cuando Kairós no llegaba a fin de mes—y eso pasaba a menudo, los primeros tiempos—ella aparecía con un pastel o un puñado de verduras.
“Es que Henrik compró demasiado”, decía.
Y Kairós sabía que mentía—Henrik compraba justo lo que necesitaban, como todos en Ferren—pero aceptaba igual.
Porque el gesto no era la comida.
Era ella.
Era su forma de decir estamos aquí, no estás solo.
Tres años.
Tres años siendo su primera clienta.
Su clienta número uno.
Y ahora estaba ahí, con su reloj de bolsillo en las manos y esa calidez que parecía repeler la grisura del distrito.
Después de una mañana de visiones y voces y cosas que no deberían existir, ella era un ancla.
Un recordatorio de que había cosas buenas en el mundo.
Cosas simples.
Cosas reales.
—Para usted, siempre —dijo Kairós, y su voz sonó más suave de lo habitual.
Casi tierna.
Hacía tiempo que no usaba ese tono con nadie que no fuera Leinett.
Se limpió las manos en el trapo—un gesto automático, de años de oficio—y se acercó al mostrador.
—¿El capitán volvió a darle batalla?
—Los viajes entre distritos no le sientan bien —asintió ella, dejando el reloj sobre la madera con un cariño que solo se tiene por las cosas viejas.
Las cosas que han compartido una vida contigo—.
Se atrasa, se adelanta…
mi pobre Henrik casi pierde su turno en los Pulmones por culpa de su capricho.
Kairós tomó el reloj.
El metal estaba caliente por las manos de ella.
Caliente de verdad, no como las monedas de los Galenos, que parecían absorber el calor en lugar de darlo.
La tapa, gastada por los años, tenía ese brillo suave que da el uso constante, el pasar de una mano a otra, el ser acariciado en momentos de espera.
La abrió.
Las manecillas temblaban.
Iban y venían sin ritmo, como si el tiempo dentro del reloj hubiera perdido la memoria de cómo debía fluir.
Un desfase mínimo, pero constante.
El tipo de avería que solo notaba un relojero—o alguien que llevaba cuarenta años mirando ese mismo reloj cada día.
Kairós se concentró en las piezas.
En los engranajes diminutos.
En el escape, ese corazón del reloj que marcaba el ritmo de los segundos.
Y entonces lo sintió.
No fue como las visiones de la mañana.
No fue aterrador ni violento.
Fue suave.
Como una caricia.
A través de una grieta diminuta, casi invisible, que recorría el engranaje principal—una fisura que no era física, que no podía verse con los ojos, pero que él sabía que estaba ahí—llegó hasta él un eco.
Lejano.
Tenue.
Pero real.
Una risa.
No una risa cualquiera.
Una risa ahogada en lágrimas de felicidad.
El sonido de una promesa cumplida después de muchos años de espera.
El olor a pan recién horneado en una cocina pequeña, con las ventanas empañadas por el vapor.
La calidez de un abrazo después de una discusión, cuando las palabras ya no importan y solo queda el calor del otro.
Las manos de Henrik, grandes y callosas, sosteniendo el mismo reloj que ahora sostenía él, y susurrando “te quiero” en un momento de intimidad que nadie más debía presenciar.
La señora Elara.
Su vida.
Sus recuerdos.
Kairós aspiró hondo.
El aire le llenó los pulmones, pero no era el aire del taller.
Era el aire de esa cocina imaginaria, cargado de harina y de amor.
Y sin pensarlo, sin quererlo, algo en su interior se abrió.
No fue la primera vez.
Lo sabía, en algún lugar muy profundo.
Como si su cuerpo recordara un movimiento que su mente había olvidado.
Tampoco fue un acto consciente.
Fue como respirar.
Como cuando llevas mucho tiempo conteniendo el aliento y por fin, al exhalar, todo tu cuerpo se relaja.
La calidez de ella, su gratitud tranquila, su amor por ese reloj y por el hombre que se lo regaló…
todo eso fluyó hacia él.
Se arremolinó a su alrededor como una brisa cálida en un día de invierno.
Y él la inhaló.
El vacío en su pecho, ese que siempre estaba ahí—ese hueco que no sabía cuándo se había formado ni por qué—se llenó un milímetro.
Un milímetro de algo que no era suyo.
Pero que, de algún modo, siempre lo había estado esperando Pero suficiente.
Las imágenes de la mañana—el niño ciego, el símbolo del péndulo, el mensajero envuelto en llamas, la cosa de los muchos ojos—retrocedieron un poco.
Como si por un instante, solo un instante, la realidad pudiera ser otra cosa.
Una cosa más amable.
Más cálida.
Más humana.
Kairós cerró los ojos un momento.
Luego trabajó.
Rápido.
Preciso.
Sus dedos encontraron la pieza suelta—un diminuto eje de latón que había cedido con los años—y la reajustaron con la punta de un destornillador.
Limpió el polvo acumulado con un pincel de cerdas suaves.
Aplicó una gota de aceite en el punto exacto donde la fricción empezaba a desgastar el metal.
El tic-tac del reloj recuperó su ritmo.
Constante.
Seguro.
Vivo.
—Ahí lo tiene —dijo, devolviéndoselo—.
A tiempo para el próximo turno.
Elara tomó el reloj.
Se lo llevó al oído un momento, como hacía siempre, y sonrió al escuchar el tic-tac firme y regular.
Luego se lo guardó en el bolsillo del delantal, justo sobre el corazón.
Su sonrisa era un regalo en sí misma.
De esas que arrugan los ojos y hacen que quien las recibe se sienta especial.
—Eres un sol, Kairós.
—Sacudió la cabeza con admiración—.
¿Cuánto te debo?
—Nada —respondió él.
Ella arqueó una ceja.
—Nada —repitió Kairós—.
Considérelo pago por los panecillos de anís de la semana pasada.
Ella sabía que era mentira.
Los panecillos no valían ni una décima parte de lo que costaba una reparación de reloj.
Pero aceptó el gesto con un guiño cómplice.
Con esa forma que tenían los viejos de aceptar un favor sin hacer sentir mal a quien lo daba.
—Eres un terco, ¿lo sabías?
—Me lo dicen a menudo.
Ella se rió.
Una risa pequeña, cálida, que llenó el taller como la luz de una vela llena una habitación a oscuras.
—Bueno, pues ya que no me dejas pagar, al menos venid a cenar esta noche.
—Levantó una mano cuando él abrió la boca para protestar—.
Henrik hará su estofado.
Ese que te gusta, con las verduras enteras y la carne tan tierna que se deshace.
Y no acepto un no por respuesta.
Kairós dudó un instante.
La cena.
El estofado de Henrik.
La mesa pequeña de la cocina de ella, con el mantel de cuadros rojos y blancos y las velas siempre encendidas aunque no hiciera falta.
El olor a hogar.
A familia.
A cosas que él nunca había tenido, o que había tenido y perdido hace demasiado tiempo.
Normalidad.
Eso era lo que ofrecía la señora Elara.
Un pedazo de normalidad en un mundo que no lo era.
En una mañana donde había visto cosas que no deberían existir y oído una voz que no debería recordar, ella era la prueba de que aún quedaba cordura.
Aún quedaba calidez.
Aún quedaba humanidad.
—Iremos —dijo.
—Bien.
—Ella asintió, satisfecha, y se encaminó a la puerta con ese andar pausado que pareía desafiar las prisas del mundo—.
Sobre las ocho.
Y traed hambre.
La de verdad, no esa hambre metafísica de la que hablan los jóvenes.
La campanilla tintineó a su salida.
El taller se quedó en silencio.
Kairós se quedó quieto un momento, mirando la puerta cerrada.
La calidez de ella aún resonaba en su pecho, mezclada con ese eco de recuerdos prestados que había absorbido sin querer.
Era buena.
Era limpia.
Era todo lo que el resto de Ferren no era.
—Es buena gente —dijo Leinett desde las escaleras.
Kairós se giró.
Ella estaba apoyada en el marco que llevaba al piso de arriba, con los brazos cruzados y una expresión rara en la cara.
No era tristeza.
No era alegría.
Era algo intermedio.
Algo que solo se ve en la cara de la gente que ha pasado hambre y de repente recuerda que hubo alguien que les dio de comer sin esperar nada a cambio.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—El suficiente.
—Leinett se acercó, arrastrando los pies sobre las tablas del suelo.
Se dejó caer en una de las sillas junto al mostrador, la que siempre ocupaba cuando se sentaba a verlo trabajar—.
La señora Elara.
Siempre viene cuando más lo necesitas, ¿verdad?
Kairós no respondió.
No hacía falta.
Ella se quedó callada un rato, mirando sus propias manos.
Luego, sin levantar la vista, habló.
—¿Sabes?
Henrik me encontró llorando una vez.
En la calle.
Hace meses.
Kairós la miró.
No sabía nada de eso.
—Yo estaba…
no sé.
Agobiada.
—Leinett se encogió de hombros, como si lo que iba a contar no tuviera importancia—.
Había sido un día de mierda.
El alquiler, las cuentas, el no saber si íbamos a llegar a fin de mes.
Me senté en un banco de la plaza chica y me puse a llorar.
Como una idiota.
Sin disimulo.
Hizo una pausa.
Se mordió el labio.
—Y él pasó.
Henrik.
Con su andar de viejo y su chaqueta remendada.
Me vio.
Y sin decir nada—sin preguntar por qué lloraba, sin ofrecerme consejos estúpidos—fue al puesto de la esquina y me compró un pan.
Un pan entero, de los de verdad, no esas migas que venden a veces.
Me lo puso en la mano.
Y se fue.
Kairós la miró.
Los ojos de Leinett brillaban un poco más de lo normal.
—Nunca me lo contaste.
—No era importante.
—Ella se encogió de hombros otra vez, pero el gesto le salió forzado—.
Pero ahora que lo pienso…
sí lo era.
Era importante que alguien hiciera eso.
Que alguien viera a una chica llorando en un banco y pensara “esta necesita un pan” en lugar de “esta está loca” o “problemas de los Galenos”.
Silencio.
El tic-tac de los relojes llenaba el taller.
El de la pared, el del mostrador, el que Kairós había reparado esa mañana.
Todos marcando el mismo tiempo.
Todos avanzando juntos.
—Bueno —dijo Leinett levantándose.
Se estiró, y los huesos le sonaron—.
Yo subo.
Voy a tumbarme un rato antes de la cena.
Ha sido una mañana larga.
—Sí —dijo Kairós—.
Larga.
Ella subió las escaleras.
Sus pasos se perdieron en el piso de arriba.
Una puerta se abrió y se cerró.
Kairós se quedó solo en el taller.
Miró sus manos.
Las manos que habían reparado el reloj de la señora Elara.
Las manos que habían sentido su calidez, su gratitud, su vida.
Las manos que, sin saber cómo, habían absorbido un pedazo de su alma.
Todavía sentía el eco.
Lejano ahora, pero presente.
Una calidez diminuta en el centro del pecho, justo donde antes había un vacío.
Luego miró la calle a través del cristal sucio de la ventana.
La gente pasaba.
Gris.
Indiferente.
Normal.
Hombres con overoles manchados de grasa.
Mujeres con pañuelos en la cabeza.
Niños con ojos demasiado viejos para sus caras.
Todos normales.
Todos ciegos.
Y él, en el centro, viéndolo todo.
Sintiendo cosas que ellos nunca sentirían.
Solo.
Como una estrella en medio de la noche, bajo la luz de la luna viendo danzar a las sombras en el medio de la noche….
Kairós respiró hondo.
Normal, pensó.
Todo es normal.
El sueño fue solo un sueño.
La voz, solo un eco.
Las visiones, solo resacas metafísicas.
Los Galenos lo explican.
La mente juega malas pasadas cuando…
Cuando qué.
No lo sabía.
Pero en su pecho, la calidez de la señora Elara aún latía.
Pequeña.
Frágil.
Real.
Y por un momento, solo un momento, eso fue suficiente para creer que tal vez, solo tal vez, podría seguir fingiendo.
Por: Hanzonex
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com