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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 Capítulo 30 - Inversiones y preparativos
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30: Capítulo 30 – Inversiones y preparativos 30: Capítulo 30 – Inversiones y preparativos FRAGMENTS OF WILL Capítulo 30 – Inversiones y preparativos La luz del amanecer aún era gris cuando Kairós subió las escaleras hacia el cuarto de Leinett.

Lo hacía cada mañana desde aquella noche.

Desde que el Historiador había soltado aquellas palabras como una maldición.

Pobre de ella.

No importaba que estuviera cansado.

No importaba que sus propios sueños fueran un campo de batalla.

Antes de cualquier otra cosa, antes de pensar en el día, antes de siquiera bajar al taller, Kairós necesitaba verla.

La puerta estaba entreabierta.

La empujó suavemente.

Leinett dormía.

El pelo revuelto sobre la almohada.

La respiración profunda y regular.

El pecho subiendo y bajando con ese ritmo tranquilo de quien no tiene pesadillas.

Viva.

Respirando.

Bien.

Kairós se quedó un momento en el umbral, observándola.

El nudo que llevaba en el estómago desde hacía días se aflojaba un poco cada vez que la veía así.

Tranquila.

A salvo.

Cerró la puerta sin hacer ruido y fue a su propia habitación.

Allí, junto al armario, la realidad lo esperaba.

Su abrigo negro colgaba de una percha.

Lo había limpiado hacía dos días, frotando la tela con un cepillo hasta quitarle la tierra y el barro.

Las marcas de las garras seguían ahí—arañazos superficiales que recorrían la espalda y las mangas—pero desde lejos parecía decente.

Desde lejos, nadie notaría que había estado en una batalla.

La camisa negra, en cambio, era un desastre.

La cogió con cuidado.

La manga izquierda estaba literalmente partida en dos, desde el hombro hasta el codo.

Los desgarrones eran limpios—cortes de garras, no roturas de tela barata.

Kairós la sostuvo un momento, recordando el momento exacto en que esas garras habían buscado su brazo.

Recordando el dolor.

La sangre.

La supervivencia.

Su expresión se ensombreció.

—Necesito más ropa —murmuró—.

Y no solo para el día a día.

Dejó la camisa sobre la cama y abrió el armario.

Dentro, su ropa habitual: el abrigo gris con marrón, tres camisas de manga larga (dos grises, una azul descolorida), dos pantalones negros, ropa interior, calcetines.

Nada más.

Nada para lo que estaba planeando.

Se giró hacia la mesilla.

La máscara negra estaba ahí, junto al reloj de su padre.

La cogió.

La sostuvo un momento.

La superficie rugosa, los orificios vacíos, la sensación de que al ponérsela se convertía en otra persona.

—Necesito otro abrigo —dijo en voz alta, haciendo inventario—.

De otro color, pero oscuro.

Que no llame la atención.

Una camisa negra nueva.

Y otra de repuesto, de otro color, por si acaso.

El pantalón puede aguantar un poco más, pero necesito uno más cómodo.

Más elástico.

Que permita moverse.

Hizo una pausa.

—Ropa de entrenamiento.

O de caza.

La que sea más resistente.

Salió de la habitación y bajó al sótano.

La caja fuerte estaba en su sitio, detrás del barril vacío.

La abrió con la llave que llevaba al cuello.

Dentro, sus “maravillosas riquezas”, como le gustaba llamarlas con ironía.

Diez monedas de oro.

Doscientas de plata.

El fruto de tres años de trabajo, de reparaciones, de ahorrar cada moneda que podía.

Kairós las miró un momento.

Luego empezó a calcular.

—Impuestos —murmuró—.

Tengo que pagar impuestos.

La mayoría de esto no está declarado.

Si los Galenos hicieran una inspección…

Hizo cálculos rápidos.

Unos nueve de oro y diez de plata, después de impuestos.

Si tenía suerte.

Si no le caía una multa por atrasos.

—Vale —suspiró—.

Vale.

Cogió una moneda de oro.

La sopesó en la mano.

El metal brillaba incluso en la penumbra del sótano.

—Una de oro —dijo, con voz de funeral—.

Para ropa.

Con mucho dolor.

La guardó en el bolsillo.

Cerró la caja.

Subió las escaleras.

— Liana llegó puntual, como siempre.

Las siete en punto.

El pelo revuelto, las gafas rotas, el cuaderno bajo el brazo.

—Buenos días —dijo, dejando sus cosas en su silla.

—Buenos días.

—Kairós la miró un momento—.

Liana, hoy vas a acompañarme.

Ella levantó la vista, curiosa.

—¿A dónde?

—De compras.

Necesito ropa nueva.

Y tú…

tú también necesitas algo.

Liana parpadeó.

—¿Yo?

—Tú.

—Kairós señaló su ropa—.

No te ofendas, pero si vamos a vender relojes exclusivos a gente con dinero, la tienda tiene que verse bien.

Y la gente que la atiende también.

Liana se miró.

El vestido viejo, remendado en tres sitios.

Las mangas, desgastadas.

Los zapatos, con la suela casi gastada.

—¿Vas a…

vas a comprarme ropa?

—Te la descontaré del sueldo.

—Kairós sonrió, pero era una sonrisa amable—.

Pero sí.

Algo presentable.

Algo que haga que los clientes te tomen en serio.

Liana se quedó callada un momento.

Luego asintió, seria.

—Vale.

Lo haré bien.

No te arrepentirás.

—Ya no me arrepiento.

Ella sonrió.

Esa sonrisa suya que iluminaba la habitación.

—Y hablando de no arrepentirse —dijo Kairós, sacando la moneda de oro del bolsillo—.

También tengo que comprarle algo a Leinett.

—¿A Leinett?

—Liana inclinó la cabeza.

—Sí.

Siempre que gano algo extra, le compro algún detalle.

Para que no se ponga celosa.

—Se encogió de hombros—.

Además, ella se gasta sus ahorros en mí.

Es justo.

Liana sonrió.

—Sois raros.

—Somos hermanos.

—Kairós guardó la moneda—.

Vamos.

Hay que aprovechar el día.

Salieron a la calle.

El sol gris de Ferren los acompañó.

Y en algún lugar, muy lejos, algo esperaba.

Pero por ahora, solo era un día de compras.

— La mañana de compras había sido más larga de lo que Kairós esperaba.

Habían empezado por las tiendas de ropa común, esas que vendían prendas sencillas pero duraderas.

Liana caminaba a su lado con los ojos muy abiertos, como si cada escaparate fuera un mundo nuevo.

Para ella, en cierto modo, lo era.

La primera tienda fue para ella.

Kairós la observó mientras probaba un vestido gris con detalles marrones—los mismos colores de su abrigo favorito.

Cuando salió del probador, incluso él, que no solía fijarse en esas cosas, tuvo que admitir que le quedaba perfecto.

—¿Te gusta?

—preguntó Liana, girando sobre sí misma.

—Te queda bien.

Muy bien.

—Kairós asintió—.

Y combina con mi abrigo.

Cuando estemos juntos en la tienda, pareceremos…

no sé.

Profesionales.

Liana se rió.

Una risa feliz, de esas que no podía contener.

—¿Profesionales?

¿Con mi cara de cría?

—Con tu cara de cría que arregla relojes mejor que muchos adultos.

Eso impresiona más que cualquier vestido caro.

Ella se sonrojó, pero sonrió.

Luego encontraron un pequeño abrigo negro, de esos de dama, que combinaba perfectamente con el vestido.

Kairós lo añadió a la compra sin dudar.

—Para los días de frío —dijo—.

Y para que parezcas aún más importante.

Liana lo miró con una expresión que no supo identificar.

Gratitud, quizás.

O esa mezcla rara de asombro y miedo a despertar de un sueño.

—Gracias —susurró.

—Ya te lo descontaré del sueldo —respondió él, pero su tono era amable.

— La siguiente parada fue para él.

Ropa de entrenamiento.

Ropa elástica, resistente, que permitiera moverse sin restricciones.

Kairós no sabía exactamente dónde buscar, pero siguió su instinto—y los consejos de Yet—hasta dar con una pequeña tienda en un callejón cerca del Campo.

El dueño era un hombre mayor, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla y una mirada que evaluaba a los clientes antes de que abrieran la boca.

—¿Buscas ropa de pelea?

—preguntó, sin preámbulos.

—Sí.

El hombre lo miró un momento.

Luego a Liana.

Luego la espada al cinto.

—El Campo.

Te he visto por allí.

Con Yet.

—Sí.

—Yet es buen chico.

Lástima de talento.

—El hombre se encogió de hombros—.

Pero tú…

tú tienes algo diferente.

No sé qué.

Pero se nota.

Kairós no respondió.

Solo esperó.

El hombre asintió y empezó a sacar prendas de los estantes.

—Camisa negra, de algodón grueso, con refuerzos en los codos.

Pantalón negro, elástico, con costuras dobles.

Zapatos negros, suela de goma, buen agarre.

El combo básico.

Kairós probó todo.

Le quedaba bien.

Cómodo.

Ligero.

—¿Cuánto?

—La mitad de lo que llevas en el bolsillo.

Kairós arqueó una ceja.

—¿Perdón?

—Es una broma.

—El hombre sonrió, mostrando un diente menos—.

Tres coronas de plata.

Todo.

Kairós pagó sin regatear.

Era un buen precio.

Luego, ropa común.

Camisas, pantalones, ropa interior.

Cosas aburridas pero necesarias.

Cuando salieron de la última tienda, llevaban cuatro bolsas entre los dos.

—¿Y Leinett?

—preguntó Liana—.

Dijiste que le comprarías algo.

—Sí.

Pero eso lo haré solo.

Tú esperas aquí.

— Veinte minutos después, Kairós salió de una pequeña boutique con un paquete envuelto en papel marrón.

No dijo qué era.

Liana no preguntó.

La última parada fue la tienda de Renaldo.

El viejo los recibió con una sonrisa.

—¡Kairós!

¡Y la pequeña Liana!

—Los miró de arriba abajo—.

Vaya, vaya.

Habéis estrenado armario.

Os queda bien.

—Gracias —dijo Liana, sonriendo.

—¿La pieza?

—preguntó Kairós.

Renaldo asintió y desapareció tras el mostrador.

Volvió con un paquete pequeño, envuelto en trapo.

—El muelle principal.

Llegó ayer.

Calidad superior, como pediste.

—Lo puso sobre el mostrador—.

Setenta y cinco de plata.

Kairós hizo cálculos rápidos.

La ropa: tres de plata.

Lo de Liana: dos.

Lo de Leinett: cinco.

Las piezas anteriores: siete.

Esto: setenta y cinco.

—Noventa y dos de plata —murmuró—.

Y una de oro.

—¿Cómo?

—preguntó Renaldo.

—Nada.

—Kairós sacó la moneda de oro y un puñado de plata—.

Aquí tienes.

Renaldo cogió el dinero, lo contó, asintió.

—Siempre es un placer, muchacho.

Saluda a la pequeña de mi parte.

—Lo haré.

Salieron de la tienda.

Las bolsas pesaban.

Pero el objetivo estaba más cerca.

— Cuando llegaron al taller, Leinett estaba en la cocina.

El olor llegó antes que la imagen.

Huevos revueltos, pan tostado, algo con especias que Kairós no supo identificar.

El estómago le rugió.

—¡Ya era hora!

—gritó Leinett desde arriba—.

Llevo una hora esperando para desayunar.

¿Dónde os habíais metido?

Subieron las escaleras.

Leinett estaba en la cocina, con un delantal prestado—el único que tenían—y una sonrisa enorme.

—He hecho desayuno —dijo—.

Para todos.

Siéntense.

Se sentaron.

La mesa era pequeña, pero para tres cabían.

Leinett sirvió generosamente.

Liana comió como si no hubiera probado bocado en días—y quizás no lo había hecho, al menos no uno caliente.

Leinett la miraba con una sonrisa, sirviéndole más cuando el plato se vaciaba.

Kairós observó la escena.

Leinett, riendo por algo que Liana había dicho.

Liana, sonrojada pero feliz, contando alguna historia del mercado.

Las dos, juntas, como si llevaran años conociéndose.

Apretó la mano bajo la mesa.

Las voy a defender, pensó.

Pase lo que pase.

Cueste lo que cueste.

—¿Kairós?

—Leinett lo miró—.

¿Estás bien?

—Sí.

—Parpadeó—.

Solo pensando.

—Pensando en qué.

—En nada importante.

—Sonrió—.

El desayuno está buenísimo.

Leinett lo miró un momento.

Sus ojos—esos ojos que siempre veían demasiado—se entrecerraron.

Pero no preguntó.

—Claro que está buenísimo.

Soy una chef sin título.

—Y sin modestia.

—Eso también.

Liana se rió.

Leinett también.

Kairós, al final, se unió.

Por un momento, todo fue normal.

— Después de comer, guardaron la ropa.

Liana se probó el vestido gris otra vez, y Leinett hizo un comentario sobre lo bien que le quedaba.

Kairós, aprovechando, le dio el paquete marrón.

—¿Qué es esto?

—preguntó Leinett.

—Ábrelo.

Lo abrió.

Dentro había un pequeño broche de plata con forma de libro abierto.

En sus páginas, grabadas diminutas, las palabras: “Siempre”.

Leinett se quedó mirándolo un momento.

—Kairós…

—Para que lo lleves en el uniforme.

Para que no olvides quién eres cuando estés entre tanto papel.

Ella levantó la vista.

Los ojos le brillaban.

—Eres un blando.

—Ya lo sé.

Leinett lo sostuvo un momento.

Las palabras “Siempre” grabadas en la plata le parecieron más pesadas de lo que el metal podía justificar.

Se lo puso en la solapa.

Le quedaba perfecto.

Liana observaba todo con una sonrisa.

—Vale —dijo Kairós, cambiando de tema—.

Ahora, al trabajo.

El encargo grande nos espera.

— La herrería de Gregor bullía con su ruido habitual.

El martillo contra el yunque.

El silbido del vapor.

El olor a carbón y metal caliente.

Nay los recibió en la puerta.

—¡Ya era hora!

Mi tío no ha pegado ojo en toda la noche, pensando en el reloj.

—Pues que deje de pensar y nos deje trabajar —respondió Kairós.

Nay se rió y los guio al fondo.

Gregor estaba en la oficina, sentado frente al reloj, mirándolo con una expresión que Kairós conocía bien.

La de alguien que quiere creer pero tiene miedo a ilusionarse.

—Kairós.

—Se levantó—.

¿La pieza?

—Aquí.

—Kairós mostró el muelle—.

Y hemos traído refuerzos.

Liana saludó con una mano tímida.

Gregor la miró.

—¿La pequeña otra vez?

—Mi socia.

—Kairós señaló el reloj—.

Ella se encargará de los detalles estéticos.

Yo, de los mecánicos.

Manos extra, trabajo más rápido.

Gregor asintió.

—Adelante.

El tiempo corre.

— Las horas pasaron.

Primero, la limpieza profunda.

Kairós desmontó la tapa trasera y empezó a retirar el polvo acumulado durante años.

Liana, a su lado, observaba atenta, aprendiendo.

—El polvo es el enemigo —explicaba Kairós mientras trabajaba—.

Se mete entre los engranajes, los desgasta, los bloquea.

Un reloj limpio es un reloj que dura.

Liana asintió, seria.

Cuando terminaron la limpieza, Kairós se centró en los mecanismos internos.

El muelle nuevo.

Los engranajes desgastados que había que reemplazar.

Los ajustes finos.

Liana, mientras tanto, se dedicó a la estética.

—Las agujas —murmuró, examinándolas—.

Son originales, pero están muy gastadas.

Podría restaurarlas.

Darles forma otra vez.

—¿Sabes hacer eso?

—preguntó Kairós sin levantar la vista.

—Con los pájaros, sí.

Con esto…

—tocó el metal—.

Es diferente.

Pero puedo intentarlo.

—Inténtalo.

Ella se puso a trabajar.

Con una lupa en el ojo—de las que usaba Kairós para piezas pequeñas—y unas herramientas diminutas, empezó a limar, pulir, dar forma.

El tío de Nay, Gregor, se acercó de vez en cuando.

No decía nada.

Solo miraba.

Primero a Kairós, con sus manos precisas moviéndose entre engranajes.

Luego a Liana, con su concentración absoluta, devolviendo vida a las agujas.

—La cría tiene talento —murmuró Nay a Kairós en un descanso.

—Lo sé.

—¿Dónde la encontraste?

—En la calle.

Vendiendo pájaros de metal.

Nay silbó.

—Vaya ojo tienes.

—Más bien ella me encontró a mí.

Siguieron trabajando.

Cuando el sol empezó a declinar, el reloj estaba terminado.

Kairós dio cuerda.

Las manecillas empezaron a moverse.

El tic-tac, antes errático, era ahora perfecto.

Regular.

Constante.

—Funciona —dijo.

Liana dio un paso atrás.

Las agujas, restauradas, brillaban con un tono dorado que no tenían antes.

Y en el fondo de la esfera, había añadido pequeños detalles—flores diminutas, casi imperceptibles, que rodeaban los números.

—Es…

—Gregor se acercó.

Tocó la madera con la punta de los dedos—.

Es igual que cuando mi padre lo tenía.

No, es mejor.

Es más bonito.

Se quedó callado un momento.

Luego, sin previo aviso, los ojos se le humedecieron.

—Mi padre lo miraba cada noche —dijo, la voz ronca—.

Se sentaba en esta silla, lo miraba, y decía…

decía que era una belleza.

Que nunca había visto un reloj tan hermoso.

Nay puso una mano en el hombro de su tío.

—Ahora lo es otra vez —dijo.

Gregor asintió.

Se secó los ojos con el dorso de la mano.

Luego se giró hacia Kairós.

—¿Cuánto era?

¿Una pieza de oro?

—Sí.

Más las piezas.

—Kairós sacó la lista—.

Setenta y cinco de plata en total.

Gregor asintió.

Metió la mano en un cajón y sacó tres monedas de oro.

—Toma.

Kairós las miró.

—Son tres.

El trato era dos.

—Lo sé.

—Gregor sonrió—.

La tercera es por ella.

—Señaló a Liana—.

Por lo que hizo.

Por devolverle la belleza a este reloj.

Mi padre habría llorado de alegría si la viera trabajar.

Liana abrió la boca.

La cerró.

No sabía qué decir.

—No…

no es para tanto —logró articular.

—Sí lo es.

—Gregor le tendió la moneda—.

Toma.

Es tuya.

Gánala bien.

Liana miró a Kairós.

Él asintió.

Ella cogió la moneda.

La sostuvo en la palma de la mano.

Una pieza de oro.

Más dinero del que había visto en toda su vida.

—Gracias —susurró.

—Gracias a ti, pequeña.

—Gregor se giró hacia Kairós—.

Cuando necesites algo, aquí estaremos.

Eres bienvenido siempre.

—Lo sé.

Gracias.

Salieron de la herrería.

El sol ya casi se había puesto.

Las calles de Ferren empezaban a llenarse de sombras.

Liana caminaba a su lado, apretando la moneda en la mano.

—Kairós.

—¿Mmm?

—Nunca había tenido una moneda de oro.

Liana no lo dijo, pero mientras apretaba la moneda, sintió algo extraño.

Como si aquel metal, frío y pesado, fuera también una promesa.

—Pues ya tienes.

—Es…

es mucho dinero.

—Sí.

Y te lo mereces.

Ella no dijo nada.

Pero cuando Kairós la miró, vio que tenía los ojos brillantes.

—No llores —dijo—.

Que luego se te empañan las gafas.

Liana se rió.

Una risa pequeña, pero genuina.

—No estoy llorando.

—Claro que no.

Siguieron caminando.

El taller los esperaba.

Y dentro, Leinett, con la cena casi lista.

Por : Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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