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FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 31

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31: Capítulo 31- Noche de caza (Parte 1) 31: Capítulo 31- Noche de caza (Parte 1) FRAGMENTS OF WILL Capítulo 31- Noche de caza (Parte 1) Kairós subió a su habitación con paso decidido.

La ropa de combate estaba sobre la cama, recién comprada, esperando.

La camisa negra, el pantalón elástico, los zapatos de suela de goma.

Se cambió rápidamente, sintiendo la diferencia con su ropa habitual.

Más ligero.

Más libre.

Más…

preparado.

Se miró en el pequeño espejo.

Un desconocido le devolvió la mirada.

Alguien que se estaba convirtiendo en algo que no terminaba de entender.

Luego cogió el abrigo negro—el de la batalla, el que aún tenía marcas de garras—y lo sostuvo un momento.

Después la máscara.

La superficie rugosa, los orificios vacíos, la promesa de anonimato.

Ambos objetos los colocó sobre la cama.

Luego cogió el Diario.

—Oye —dijo, en voz baja.

El libro no se abrió.

Pero Kairós sintió su atención.

—Oye, que te hablo.

No quiero hablarte.

—Ya.

Pero tengo que preguntarte algo.

Silencio.

Kairós señaló el abrigo y la máscara.

—¿Puedes comerte esto?

El Diario se abrió de golpe.

La tinta apareció rápida, casi ofendida.

¿Cómo que si puedo comerme eso?

¿Por qué querría comerme un abrigo sudado y una máscara de mal gusto?

—No es para que te lo comas por gusto.

Es para guardarlo.

En ese inventario del que hablaste.

Silencio.

Luego, más lento: Ah.

Ya veo.

Quieres usar el inventario.

—Sí.

Hoy en la noche saldré a buscar más de esas cosas.

Disonantes.

Y tengo curiosidad por experimentar eso del inventario.

Considerando que comes cosas y luego aparecen ahí…

no quiero descubrir cómo vuelven cuando las necesito.

Prefiero saberlo antes.

El Diario tardó un momento en responder.

Cuando lo hizo, la tinta tenía un tono diferente.

Casi…

¿aprobación?

Muchacho listo.

Pensé que tardarías más en preguntar.

—Pues ya pregunté.

Vale.

Escucha, que no lo repito.

Kairós asintió, atento.

Ábreme.

Tírame las cosas al medio.

Yo me las como.

Se quedan guardadas en mi…

llamémoslo “estómago dimensional”.

Cuando quieras sacar algo, me volteas boca abajo, me das una palmadita en la tapa—firme, pero sin pasarte—y dices en voz alta qué objeto quieres.

Yo lo escupo.

¿Entendido?

—¿Escupir?

*Metafóricamente.

O no.

Depende de mi humor.

¿Entendido?

—Entendido.

Kairós abrió el Diario por la mitad.

Cogió el abrigo negro, lo dobló lo mejor que pudo, y lo dejó caer sobre las páginas.

El libro…

se abrió más.

No físicamente, pero Kairós sintió como si las páginas se volvieran un pozo sin fondo.

El abrigo cayó, cayó, cayó, y desapareció.

Luego la máscara.

Lo mismo.

El Diario se cerró solo.

En su cubierta, apareció una línea: Dos objetos guardados.

Capacidad restante: mucha.

No te preocupes por el espacio.

Kairós sonrió.

—Eres útil a veces.

No lo digas muy alto, que se me sube a la cabeza.

Se guardó el Diario en el bolsillo del pantalón—el nuevo, el elástico—y bajó las escaleras.

…

Kairós bajó las escaleras con paso tranquilo, la ropa de entrenamiento ya puesta.

La camisa negra, el pantalón elástico, los zapatos de suela de goma.

Se sentía diferente.

Más ligero.

Más preparado.

En el taller, Leinett y Liana estaban sentadas frente al mostrador, charlando animadamente.

Liana llevaba puesto el vestido gris con marrón que habían comprado esa mañana.

Le quedaba bien.

Muy bien, de hecho.

La cría parecía mayor, más formal, como si realmente fuera una pequeña comerciante en lugar de una huérfana que vendía pájaros de metal en una manta.

Leinett, a su lado, vestía ropa de estar en casa.

Una blusa sencilla, oscura, y una falda cómoda.

Nada del uniforme azul de los Archivos.

Hoy era su día libre.

Mañana también.

Dos días enteros para descansar, para estar en el taller, para vigilar.

Y, sobre todo, para hablar con Liana.

Kairós se detuvo un momento a observarlas.

Liana gesticulaba con entusiasmo, explicando algo sobre diseños de agujas.

Leinett escuchaba con atención, asintiendo, haciendo preguntas.

Las dos, juntas, construyendo algo.

Apretó la mandíbula.

Luego se acercó.

—Vaya —dijo, señalando a Liana—.

Mira qué elegante.

Parece que trabajas aquí de verdad.

Liana se sonrojó.

Se miró el vestido, las mangas, la falda.

Una sonrisa tímida le cruzó la cara.

—¿Te gusta?

—Te queda bien.

Muy bien.

—Kairós asintió—.

Los clientes te van a tomar más en serio con esa pinta.

Ella sonrió, orgullosa.

Leinett, desde su silla, lo miró con una ceja arqueada.

—¿Y a mí no me dices nada?

Llevo tu broche puesto.

Kairós la miró.

El pequeño libro de plata brillaba en su blusa, justo sobre el corazón.

—Te queda mejor de lo que imaginaba.

—Claro que me queda mejor.

Soy yo quien lo lleva.

Liana se rió.

Una risa pequeña, pero genuina.

Kairós se acercó al mostrador.

Apoyó las manos en la madera.

Miró a las dos.

—Voy a salir —dijo.

Leinett frunció el ceño.

—¿Ahora?

¿A dónde?

—Al Campo.

A entrenar.

—Señaló su ropa nueva—.

Tengo que probar esto, ver si es tan cómodo como prometían.

—¿A estas horas?

—Leinett miró por la ventana.

El sol empezaba a declinar—.

Va a anochecer.

—Por eso.

Por la noche hay menos gente.

Más espacio para practicar.

Leinett lo miró un momento.

Sus ojos—esos ojos azules que siempre veían demasiado—se entrecerraron.

Pero no preguntó.

No dijo nada.

—Estos dos días voy a salir bastante —añadió Kairós, con un tono casual—.

Ya que cierta persona está libre y puede vigilar la tienda.

Leinett sonrió.

Una sonrisa cómplice.

—¿Cierta persona?

¿Te refieres a mí?

—A ti, sí.

Ya que tienes dos días libres, puedes echarme una mano con la tienda.

Y con la cría.

—Señaló a Liana—.

Así ella no se queda sola.

—Claro que puedo.

—Leinett cruzó los brazos—.

Pero no es gratis.

Quiero más detalles de esa marca de relojes.

Liana me estaba contando unas ideas…

—Miró a la cría con admiración—.

La niña tiene más visión comercial que los dos juntos.

Liana se sonrojó otra vez.

—No es para tanto…

—Sí lo es.

Y vamos a hablar de ello.

Tú y yo.

—Leinett la señaló—.

Esta noche.

Hoy la tienda cierra más tarde.

Así que prepara tu cuaderno.

Liana asintió, seria.

Ya tenía el cuaderno en la mano.

Siempre lo tenía.

—Cuando vuelvas al trabajo —dijo, mirando a Leinett—, podrás buscar cosas más específicas.

Según lo que hablemos, sabrás qué necesitamos.

Diseños, tendencias, lo que la gente de clase alta considera bonito.

Leinett asintió, con respeto.

—La cría piensa en todo.

—Aprendo rápido.

Kairós sonrió.

Liana lo miró.

Sus ojos verdes, grandes tras las gafas rotas, se fijaron en la espada que llevaba al cinto.

Luego en su ropa.

Luego en su postura.

Algo en su expresión cambió.

No era miedo.

Era otra cosa.

Admiración, quizás.

Como quien mira a alguien que está a punto de hacer algo importante.

—Kairós…

—dijo, en voz baja.

—¿Mmm?

—¿Algún día…?

—dudó—.

¿Algún día podrías enseñarme?

Eso.

—Señaló la espada—.

A manejarla, digo.

Kairós la miró un momento.

La cría.

Con sus gafas rotas y su vestido nuevo y sus manos rápidas.

Queriendo aprender a usar una espada.

—Liana —dijo—.

Llevo menos de una semana practicando.

Menos de una semana.

Aún soy un desastre.

—Pero aprendes rápido.

Se te nota.

—Ella se encogió de hombros—.

Y yo también aprendo rápido.

Kairós negó con la cabeza, pero sonreía.

—Supongo que eso será en mucho tiempo.

Cuando yo sepa algo, y tú hayas dominado esto.

—Señaló el taller, los relojes, las herramientas—.

Primero lo uno, luego lo otro.

Liana asintió, seria.

—Vale.

Pero no me olvido.

—No creo que olvides nada.

Tienes buena memoria.

Ella sonrió.

Leinett, desde su silla, observaba la escena con una expresión que Kairós conocía bien.

Esa mezcla de orgullo y diversión que ponía cuando algo le hacía gracia.

—Vale, vale —dijo—.

Ya basta de momentos emotivos.

Si vas a irte, vete.

Que luego llegas tarde y yo tengo que aguantarte de mal humor.

Kairós se rió.

—No me voy de mal humor.

—Sí, claro.

Anda, vete.

—Leinett hizo un gesto con la mano—.

Nosotras tenemos que hablar de negocios.

Y hoy la tienda cierra tarde.

Kairós asintió.

Se ajustó la espada al cinto.

Respiró hondo.

—Adiós, chicas —dijo.

—Cuídate —respondió Leinett.

Liana levantó la mano en un pequeño saludo.

—Vuelve pronto.

Kairós sonrió.

Abrió la puerta.

La noche de Ferren lo recibió con su aire frío y su olor a metal.

Salió.

La puerta se cerró tras él.

Leinett y Liana se quedaron en el taller.

La primera se giró hacia la segunda.

—Vale —dijo—.

Cuéntame todo.

Desde el principio.

Qué tienes en mente, qué necesitas, qué puedo buscar en los Archivos cuando vuelva.

Liana abrió su cuaderno.

Sus ojos verdes brillaron detrás de las gafas rotas.

—Mira —dijo, señalando un dibujo—.

Esto es lo que he pensado para las agujas.

Pero necesito saber si esto es algo que la gente de clase alta compraría…

Leinett se inclinó sobre el cuaderno.

La noche avanzaba.

El taller, cerrado al público, se llenaba de ideas y proyectos.

Afuera, Kairós caminaba hacia el Campo.

Kairós caminaba hacia el Campo cuando sintió el frío.

No era el frío de la noche.

Ese ya lo conocía.

Era otro frío.

Más profundo.

Más íntimo.

El mismo que había sentido aquella noche en el calle , justamente antes de ir a matar a la cosa del callejón.

Se detuvo en medio de la calle.

La mano fue automática al pecho, donde el abrigo guardaba el calor de su cuerpo.

Pero no era el abrigo.

Era algo más.

El reloj de su padre.

Lo sacó lentamente.

La tapa de latón estaba fría.

Más fría que el aire.

Más fría que la muerte.

La abrió.

Las agujas se movían.

No marcaban las 3:07.

No marcaban nada fijo.

Giraban lentamente, buscando, hasta detenerse en una dirección.

Noroeste.

Otra vez.

—Joder —susurró—.

Otra vez no.

Pero sus pies ya se estaban moviendo.

No hacia el Campo.

Hacia otra dirección.

Hacia donde el reloj apuntaba.

Miró a su alrededor.

La calle estaba llena de gente—trabajadores que volvían a casa, mujeres con bolsas de la compra, niños correteando entre los adultos.

Gente normal.

Gente que no veía lo que él veía.

Pero Kairós sí veía.

Veía las cámaras.

Pequeñas.

Casi invisibles.

Incrustadas en las farolas, en las cornisas, en los carteles de los Galenos.

Las había aprendido a reconocer en las Zonas Bajas, donde los mayores enseñaban a los jóvenes qué esquinas evitar, qué calles no tomar, dónde las “luces que todo lo ven” no llegaban.

Siguió caminando, pero ahora con más cuidado.

Contando las cámaras.

Memorizando sus ángulos.

La dirección que señalaba el reloj no era el Campo.

Era una zona cercana, a solo diez minutos.

Una zona que Kairós conocía bien.

Almacenes abandonados.

Fábricas cerradas.

Calles donde ni siquiera los Galenos ponían cámaras.

Porque las cámaras, allí, no funcionaban.

Nadie sabía por qué.

Solo que no funcionaban.

Y la gente de las Zonas Bajas había aprendido a usar eso a su favor.

Kairós apretó el paso.

— Encontró un callejón estrecho, oscuro, sin farolas.

Se metió en él, pegado a la pared.

El olor a orín y humedad le llenó la nariz, pero no le importó.

Sacó el Diario del bolsillo.

—Abre —susurró.

El libro se abrió solo.

Sus páginas, en la oscuridad, parecían brillar con una luz tenue.

—El abrigo —dijo Kairós—.

La máscara.

El Diario no respondió con palabras.

Pero sus páginas se abrieron más, y de ese pozo sin fondo que era su interior, surgieron primero el abrigo negro, luego la máscara.

Kairós se vistió rápido.

El abrigo le quedó como siempre.

La máscara, en su cara, lo separó del mundo.

—Gracias —susurró.

Vuelve pronto —respondió el Diario—.

Y con cuidado.

Kairós guardó el libro.

Salió del callejón por el otro lado.

La calle era diferente.

Menos gente.

Edificios más viejos.

Farolas que parpadeaban con una luz enfermiza.

Ninguna cámara.

Kairós conocía esta zona.

La había recorrido cien veces en su cabeza, planeando rutas de escape, memorizando callejones.

Una ventaja de haber vivido en la calle: te sabías la ciudad mejor que nadie.

Avanzó pegado a las paredes, moviéndose entre las sombras.

El reloj en la mano, las agujas temblorosas, señalando siempre hacia adelante.

El aire cambió.

Kairós lo sintió antes de ver nada.

Se volvió más denso.

Más pesado.

Como si la atmósfera misma estuviera enferma.

Cada paso requería un esfuerzo.

Cada respiración, una lucha.

Y luego, los murmullos.

No eran voces claras.

Eran susurros, fragmentos, palabras rotas que llegaban desde ninguna parte.

Como si el aire mismo estuviera lleno de gente hablando en otro idioma, en otro tiempo, en otro mundo.

Por un instante, entre el caos de sonidos, le pareció oír algo familiar.

Una palabra.

Un nombre.

El suyo.

Luego se perdió entre los demás ecos.

Kairós apretó la mandíbula.

Siguió avanzando.

El reloj, en su mano, empezó a volverse loco.

Las agujas giraban, giraban, giraban, sin parar.

Ya no señalaban ninguna dirección.

Solo daban vueltas, como si el tiempo mismo se hubiera roto.

Kairós lo apretó con fuerza.

El metal, antes frío, ahora quemaba.

Como si el reloj mismo quisiera advertirle.

—¿Qué…?

—susurró.

Dobló una esquina.

Y lo vio.

No era un Disonante.

No era una criatura.

Era otra cosa.

Una grieta.

Pero no una grieta en la pared.

Era una grieta en el espacio mismo.

Como si la realidad se hubiera desgarrado y alguien hubiera olvidado coserla.

Unos dos metros de alto, uno de ancho, con bordes que brillaban con una luz tenue y enfermiza.

Del interior, salían los murmullos.

Del interior, salía ese aire opresivo, pesado, que le aplastaba los pulmones.

—Esto…

—murmuró—.

Esto no es como antes.

Esto es diferente.

Esto es…

más antiguo.

El Diario, desde su bolsillo, no dijo nada.

Pero Kairós sintió su calor.

Su tensión.

Su miedo.

Las cámaras de los Galenos, en esta zona, estaban apagadas.

Ahora sabía por qué.

Kairós se quedó quieto un momento, mirando la grieta.

Pensó en Leinett.

En Liana.

En lo que les había prometido.

Luego apartó los pensamientos.

No había tiempo para dudas.

Los murmullos llamaban.

El aire empujaba.

El reloj, en su mano, seguía dando vueltas sin sentido.

—Vale —dijo en voz baja, más para sí mismo que para nadie—.

Vale.

Dio un paso adelante.

Otro.

La grieta estaba a cinco metros.

Luego a cuatro.

Luego a tres.

—El abismo —susurró—.

Otra vez.

Las palabras del Historiador resonaron en su mente: “Si sigues mirando al abismo y negando que existe, el abismo vendrá por ti.” Ya no lo negaba, ni lo volvería a negar, jamás….

Y entró.

Por: Hanzonex

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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