FRAGMENTS OF WILL - Capítulo 32
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Capítulo 32: Capítulo 32 – Noche de Caza ( parte 2 )
FRAGMENTS OF WILL
Capítulo 32 – Noche de Caza ( parte 2 )
El mundo se dobló.
Kairós sintió el desgarro en todo el cuerpo—como si alguien lo hubiera agarrado por los hombros y lo hubiera metido a la fuerza por un agujero que no era lo suficientemente grande. El aire cambió. La luz cambió. El suelo bajo sus pies ya no era tierra pisoteada de un callejón de Ferren.
Era piedra. Piedra antigua, gastada por siglos de pisadas.
Parpadeó. Una vez. Dos veces.
Estaba en una ciudad.
Pero no era Ferren. No era ninguna ciudad que hubiera visto antes. Los edificios eran altos, de piedra gris, con columnas y arcos que recordaban a los libros de historia—los que hablaban de tiempos anteriores a los Galenos, anteriores a las murallas. El suelo era de losas irregulares, cubiertas de musgo y polvo. El cielo… el cielo no existía. Solo una claridad grisácea, sin sol, sin nubes, sin nada.
Kairós levantó la vista un momento. No había luna. No había estrellas. Por primera vez en semanas, se sintió verdaderamente solo.
Y entonces, las imágenes llegaron.
No eran reales. Eran como fantasmas. Figuras translúcidas que pasaban a su lado sin verlo. Gente. Cientos de gente. Vestían ropas antiguas, túnicas, capas. Caminaban por las calles, entraban en los edificios, hablaban en un idioma que Kairós no entendía.
Vio a una mujer cargando un cesto de pan. Vio a un hombre ajustando una rueda de carro. Vio niños correteando, riendo, jugando.
La ciudad estaba viva.
Pero solo por un instante.
Las figuras se desvanecieron como humo. Los sonidos—el rumor de la multitud, las risas, las conversaciones—se apagaron. Y la ciudad quedó vacía.
Silencio absoluto.
Kairós se quedó quieto un momento, procesando. La mano en la espada. El corazón acelerado.
—¿Diario? —susurró.
Silencio.
—¿Diario?
Nada.
Se llevó la mano al bolsillo. El libro estaba ahí. Caliente. Pero no respondía.
—Vale —murmuró—. Vale. Solo. Estoy solo.
Empezó a caminar.
Las calles eran laberínticas, pero hermosas. Edificios de piedra con grabados en las fachadas. Símbolos que no reconocía. Escenas de batallas, de cosechas, de ceremonias. Gente arrodillada ante figuras más grandes, más brillantes.
¿Dioses? pensó. ¿Los Campeones?
Se acercó a uno de los grabados. Pasó los dedos por la piedra. Las figuras eran toscas, antiguas, pero tenían un detalle que le llamó la atención. En todas ellas, las personas miraban hacia arriba. Hacia el cielo. Como si esperaran algo.
—¿Qué es esto? —murmuró.
Siguió caminando.
Llegó a una plaza central. En medio, una fuente seca, cubierta de polvo. Alrededor, más edificios, más grabados. Y al fondo, una estructura más grande que las demás. Como un templo. Como un palacio.
Kairós se acercó. Las puertas eran enormes, de madera negra, con grabados de figuras aladas. Las empujó. Cedieron con un gemido antiguo.
Dentro, oscuridad.
Pero no una oscuridad vacía. Una oscuridad que respiraba. Que susurraba.
Los murmullos. Los mismos de fuera de la grieta. Pero aquí eran más fuertes. Más claros.
—…no… duele… por qué…
—…los dioses nos abandonaron…
—…fuego… todo fuego…
Kairós apretó la mandíbula. Siguió adelante.
El interior del templo era enorme. Columnas que se perdían en la oscuridad. Un altar al fondo, cubierto de polvo. Y detrás del altar, más grabados.
Pero estos eran diferentes.
Mostraban una batalla. Una batalla entre humanos y sombras. Los mismos Disonantes que conocía, pero más grandes, más terribles. Y en el centro de la batalla, una figura. Una mujer. Con una lanza. Con una luz que irradiaba de su cuerpo.
—Elyra —susurró Kairós.
Por un instante, le pareció que los ojos de la figura en el grabado lo miraban. No era posible, lo sabía. Pero la sensación no se fue.
El grabado la mostraba en el momento de la victoria. Las sombras huyendo. Los humanos vitoreando. Ella, de pie, mirando al horizonte.
Pero si miraba con atención, si seguía los grabados hacia la derecha, la historia cambiaba.
Elyra, sola. Elyra, vieja. Elyra, en una cama, rodeada de sirvientes que no la miraban a los ojos.
Sola.
Siempre sola.
Kairós retrocedió. Algo no iba bien. El aire se había vuelto más pesado. Los murmullos, más fuertes.
Y entonces lo sintió.
Un presentimiento. Ese mismo que le había salvado la vida en el callejón, en el sueño, en el claro. Algo le dijo: muévete.
Se lanzó hacia atrás sin pensar.
Tres cosas cayeron del techo—del cielo inexistente—y se estrellaron contra el suelo donde él había estado.
No eran piedras normales. Eran negras. Brillantes. Babosas. Como si estuvieran vivas. Y al impactar contra el suelo, empezaron a moverse. A retorcerse. A cambiar de forma.
En cuestión de segundos, dejaron de ser piedras.
Eran ratas. Las mismas ratas de muchos ojos que había matado en el claro. Pero más. Muchas más.
Kairós contó rápido. Una, dos, tres… diez. Diez ratas, moviéndose en círculos, sus ojos diminutos brillando en la penumbra.
Pero no eran las únicas.
A lo lejos, al fondo del templo, más figuras se movían. Más altas. Más esbeltas. Con brazos largos, cuerpos de primate, y algo en las manos que parecían… ¿piedras? ¿proyectiles?
Lanzadores.
Kairós tragó saliva. Cinco. Seis. Siete. Demasiados para contarlos rápido.
Y luego, más ratas. Otra oleada. Otra. Y otra.
—Veinte —susurró—. Veinte de esas putas ratas. Más los lanzadores.
El corazón le golpeó el pecho.
Las ratas avanzaban. Lentas. Seguras. Sabían que lo tenían rodeado.
Kairós miró atrás. La puerta del templo estaba a unos metros. Podía salir. Podía huir. Las criaturas eran rápidas, pero él también.
Pero si huía… si huía, no descubriría qué era este lugar. No sabría por qué el reloj lo había traído aquí. No encontraría respuestas.
Las ratas se acercaban.
Veinte.
Veinte contra uno.
—Vale —dijo Kairós, desenvainando la espada—. Vale. Veinte. Es solo veinte.
El Diario, desde el bolsillo, soltó una risa mental. “Oye, Kairós. ¿Te imaginas tener que vivir aquí siete días y siete noches? Solo matando, matando y matando. Sería divertido, ¿no?”
Kairós no respondió. No tenía tiempo para sarcasmos.
La hoja brilló bajo esa luz inexistente.
La primera rata saltó.
Y el combate comenzó.
La primera rata saltó.
Kairós no pensó. Su cuerpo se movió antes de que su mente procesara la orden. Un paso lateral—no el torpe arrastre de principiante, sino un desplazamiento limpio, el peso transferido de una pierna a la otra con una fluidez que no sabía que tenía.
La rata pasó rozándole el costado. Sus patas de aguja arañaron el aire donde había estado su brazo.
—Sí —susurró Kairós—. Sí.
El entrenamiento de pies. Esas horas en el Campo, moviéndose de un lado a otro, sintiendo la tierra bajo las suelas, aprendiendo a cambiar de dirección sin perder el equilibrio. Yet se lo había repetido hasta la saciedad: “Los pies ganan las batallas, no la espada.”
Y por primera vez, lo entendía.
Las otras ratas dudaron un instante. Solo un instante. Luego se lanzaron.
Kairós se movió.
No era elegante. No era un baile. Era supervivencia pura, instinto refinado por días de práctica y noches de pesadillas. Esquivó una, dos, tres. La espada bajó una vez, dos veces, tres. Cada golpe, una rata partida. Cada rata, un chorro de líquido negro.
Pero eran muchas.
Una le alcanzó la pierna. Las patas de aguja se clavaron en su pantorrilla como cuchillas diminutas. El dolor fue un latigazo que le recorrió el cuerpo. Kairós gritó, pateó, la lanzó contra la pared. La rata se deshizo en el impacto.
Otra le mordió el brazo. Los dientes—cientos de dientes diminutos—buscaron carne. Kairós sintió cómo se hundían, cómo la sangre empezaba a correr. Clavó la espada en el cuerpo de la criatura y la sacudió hasta que soltó.
—¡Joder! —gritó.
Contó. Había matado cinco. Quizás seis. Pero seguían viniendo. Las que quedaban—doce, trece—se movían en círculos, esperando el momento.
Y entonces, desde el fondo del templo, un silbido.
Kairós levantó la vista. Los lanzadores. Habían estado observando todo el tiempo. Ahora, uno de ellos alzó un brazo largo y desproporcionado. En su mano, una piedra negra, como las que habían caído del techo.
La lanzó.
La piedra voló por encima de las ratas y cayó a diez metros de Kairós. Al impactar contra el suelo, se rompió. Y de los fragmentos, empezaron a surgir formas. Nuevas ratas. Diez más.
—Mierda —susurró Kairós—. Mierda, mierda, mierda.
Las ratas nuevas se unieron a las viejas. Veintitantas otra vez. Y los lanzadores, al fondo, preparaban más piedras.
Cada minuto, pensó. Cada puto minuto lanzan más. Si sigo aquí, me superarán.
Pero no podía huir. No aún. Necesitaba…
Mató otra rata. La séptima. Su espada la partió limpiamente.
Y entonces, entre los restos, algo brilló.
Un fragmento. Pequeño. Diminuto. Pero real. Palpitaba con una luz tenue en medio del charco negro.
Kairós se agachó, la mano extendida.
Una rata se interpuso.
No la vio venir. La criatura se lanzó desde un costado, le mordió la mano—no profundo, pero sí lo suficiente para que el dolor le hiciera soltar la espada un instante. La espada cayó al suelo. Kairós la recuperó de una patada, pero cuando miró hacia el fragmento…
La rata lo tenía.
Lo sostenía entre sus patas de aguja, lo olía, lo miraba con sus cientos de ojos diminutos. Y luego, sin prisa, salió corriendo hacia el fondo del templo. Hacia los lanzadores. Hacia la oscuridad.
—¡No! —gritó Kairós—. ¡Eso es mío!
Pero no pudo perseguirla. Las otras ratas lo rodearon, cortándole el paso.
Veinte. Otra vez veinte.
Y entonces, el temblor.
No fue un grito. Fue el suelo. Las losas de piedra vibraron bajo sus pies. Un ritmo pesado. Constante. Cada vez más cerca.
Pum. Pum. Pum.
Algo enorme se acercaba.
Kairós miró hacia el fondo del templo. Más allá de los lanzadores. Más allá de la oscuridad. Y lo vio.
Una silueta. Seis metros de altura. Una mole de músculo y sombras. No se movía como las otras criaturas. Se movía con un propósito. Con una dirección.
Hacia él.
—Corre —susurró—. Corre, corre, CORRE.
Y corrió.
Hacia la puerta del templo. Hacia la luz gris. Hacia la calle vacía de la ciudad fantasma.
Las ratas se apartaron a su paso—no querían interponerse entre él y lo que venía. Los lanzadores lanzaron más piedras, pero esta vez no eran para crear más ratas. Eran para acertarle. Para derribarlo.
Una piedra le pasó rozando la oreja. Otra le golpeó el hombro, haciéndole tropezar. Recuperó el equilibrio, siguió corriendo.
Salió del templo. Cruzó la plaza. Corrió por las calles de piedra antigua, las piernas ardiendo, los pulmones gritando.
El ruido de la cosa detrás de él no se alejaba. Se acercaba.
Miró atrás un instante.
La mole estaba a cincuenta metros. Corría con una velocidad que no debería tener algo de ese tamaño. Sus brazos—cada uno del tamaño de Kairós—se movían como péndulos, derribando columnas, arrancando fachadas, sin disminuir la marcha.
—JODER —gritó Kairós, y aceleró.
El portal. La grieta. Tenía que estar cerca. Tenía que…
La cosa lo alcanzó.
No de lleno. Pero el viento de su brazo—ese brazo gigantesco que barrió el espacio donde Kairós acababa de estar—lo lanzó por los aires. Rodó por el suelo, la espada escapándose de sus manos, el cuerpo golpeando contra las losas una y otra vez.
Se incorporó como pudo. La espada estaba a tres metros. Corrió hacia ella.
La cosa se abalanzaba.
Los lanzadores, desde las azoteas, lanzaron más piedras. Diez. Veinte. Todas hacia él.
Kairós rodó. Esquivó una. Otra. La tercera le dio en la espalda. El dolor lo cegó un instante, pero siguió moviéndose.
La espada. La cogió. La empuñó.
La cosa estaba a diez metros.
El portal estaba a quince.
Kairós no lo dudó. Corrió.
La cosa atacó otra vez. Su brazo barrió el aire. Kairós se lanzó al suelo, rodó entre sus piernas—esas piernas como troncos—y salió al otro lado.
El portal. A cinco metros.
La cosa rugió. Un sonido que no era de este mundo. Los lanzadores lanzaron otra oleada.
Mientras corría, Kairós buscó el cielo con la mirada. Ninguna estrella. Ninguna luna. Solo esa claridad gris y enfermiza. En otro momento, eso le habría dado igual. Ahora, notaba su ausencia.
Kairós saltó.
Las piedras pasaron bajo sus pies. El brazo de la cosa pasó sobre su cabeza. El portal estaba ahí, frente a él, brillando con esa luz tenue y enfermiza.
Un metro.
Luego medio.
Luego…
Por : Hanzonex
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